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7 de mayo de 2023

Junto a Marx, contra el trabajo

Anselm Jappe (2012)
 
Lejos y en contra del culto a su personalidad, compartimos este artículo a propósito del 205 natalicio de Marx, conmemorado hace par días, por su contenido: la «crítica categorial» o radical del trabajo; más específicamente, la crítica del «trabajo abstracto», verdadera sustancia de la sociedad capitalista, pues en ésta «los hombres están dominados por abstracciones» (tiempo, valor, dinero…). En otras palabras, porque estamos de acuerdo con su proposición fundamental:
 
«Para Marx, el trabajo no constituye el punto de vista desde el cual criticar el capitalismo: el trabajo es en sí mismo el objeto de la crítica. […]
La idea de que el trabajo constituye la sociedad y que es la fuente de toda riqueza no se refiere a la sociedad en general, sino únicamente a la sociedad capitalista (o moderna). […]
En una sociedad poscapitalista, el trabajo ya no será la medida de la riqueza social, y por lo tanto ya no estructurará las relaciones sociales. Según Postone, semejante revolución se ha hecho posible hoy en día debido a la sustitución del trabajo humano por el de máquinas, de manera que ahora el tiempo de trabajo directo sólo produce una pequeña parte de la riqueza material. Esta separación cada vez más grande entre producción de riqueza material y producción de valor es la causa profunda de la crisis del capitalismo. Cuando su base, el trabajo creador de valor, pierde su importancia, el capitalismo simplemente se vuelve anacrónico.»
 
Este es en realidad el núcleo de la crítica radical o la teoría revolucionaria elaborada y legada por Marx. Núcleo reivindicado, desarrollado y «actualizado» por Postone, Kurz y Jappe o por la llamada corriente de la «Crítica del Valor», en contra y más allá del marxismo tradicional, con el cual se ha justificado ideológicamente esa variante histórica y brutal del capitalismo llamada «socialismo» (del siglo XX y del siglo XXI), y que ha resurgido sin reelaboración durante las últimas décadas en la escena mediática y electoral:
 
«Marx resurge entonces como aquel que lo había avisado desde siempre: la sociedad moderna no es en absoluto armoniosa, antes bien, su fundamento es el antagonismo de clases, el trabajo sigue estando explotado por el capital, y aquellos que no poseen más que su fuerza de trabajo sólo pueden resistir asociándose [en sindicatos y partidos de izquierda] con vistas a obtener una regulación política [estatal] del mercado. Una crítica tal del capitalismo sólo puede desembocar en el anhelo de un nuevo modelo de regulación de tipo socialdemócrata y keynesiano (y cuya realización sigue siendo bastante improbable). La crítica del capitalismo se hace con frecuencia en nombre del trabajo: ante todo, lo imprescindible es que quienes trabajan reciban a cambio una suma justa de dinero. […]
Según Postone, Marx había concebido su análisis del trabajo abstracto, de la mercancía, del valor y del dinero como una vigorosa crítica de estas categorías que constituyen la base del capitalismo —y sólo de él—. Sin embargo, los marxistas tradicionales creyeron ver en esto la descripción de un hecho ontológico y transhistórico, válido universalmente, y desde entonces sólo se han interesado por la distribución de sus categorías y, en consecuencia, por el reparto del excedente de valor [del plusvalor]. El mercado y la propiedad jurídica de los medios de producción, junto con la estructura desigual de clases que conlleva, representan para el marxismo tradicional el nivel más profundo del sistema capitalista, un nivel que se ocultaría tras la igualdad aparente que reina en el intercambio de mercancías.
Según Postone, la crítica de Marx es mucho más radical: para Marx, el mercado y la propiedad jurídica de los medios de producción son fenómenos que dependen del sector de la distribución. Ahora bien, su verdadera crítica concierne a la producción. La característica principal de la producción en el régimen capitalista es que está estructurada en función de la doble naturaleza del trabajo [trabajo concreto y trabajo abstracto]. La crítica marxiana tiene, pues, como objetivo superar el propio papel del trabajo en la sociedad moderna.»
 
Sí, en contra y más allá del marxismo tradicional y reformista/contrarrevolucionario, Marx no es un defensor del trabajo, sino su enemigo. El corazón del comunismo no es el «trabajo digno» o un «salario justo», sino la abolición del trabajo y del salariado.
 
Sin embargo, es necesario dejar claro que no estamos de acuerdo con la posición de abandono de la lucha de clases y de la revolución proletaria por parte de la corriente de la «Crítica del Valor», ya que para nosotros, proletarios revolucionarios, la crítica práctica y la abolición/superación del trabajo y del proletariado no la llevará a cabo «la humanidad» en abstracto, ni mucho menos el capital ni la tecnología, sino la misma clase trabajadora al calor de la lucha de clases y de la crisis del capitalismo en curso. Tanto las revoluciones/contrarrevoluciones del siglo XX como las múltiples crisis y revueltas de este siglo demuestran empíricamente la potencia revolucionaria del proletariado.  
 
No estamos de acuerdo con esa posición porque el trabajo y el capital, y por tanto la clase trabajadora y la clase capitalista, están implicadas recíprocamente. En consecuencia, según sea la intensidad histórico-mundial de la lucha de clases, el proletariado es el reproductor ó el negador de la sociedad capitalista: el proletariado es una contradicción viviente que sólo se resolverá o superará como tal mediante la revolución comunista.
 
Además, es un error garrafal identificar al proletariado con la clase obrera y sus sindicatos y partidos de izquierda, es decir con la socialdemocracia, peor aún hoy en día en que la relación trabajo-capital se ha reestructurado a lo largo y ancho de toda la economía y la sociedad. Por poner sólo un ejemplo concreto actual: los repartidores de plataformas digitales son proletarios y participan en la lucha de clases mundial. Lo mismo los trabajadores de las cadenas logísticas. 
 
No estamos de acuerdo con esa posición porque, al sostener y reproducir a toda la sociedad capitalista con su trabajo en tanto única fuente viva de producción de valor, el proletariado sólo es revolucionario cuando lucha por dejar de serlo, esto es, cuando lucha por dejar de ser el esclavo moderno o la gallina de los huevos de oro del capital; y, en cambio, producir el comunismo, entendido como nuevo modo de vida material de la especie o como nuevas relaciones sociales libres de mercado y de Estado, no como «nueva economía» ni mucho menos como «Estado de nuevo tipo», según la ideología marxista-leninista, que en realidad es la fracción radical de la socialdemocracia.
 
La razón de ser de la lucha revolucionaria del proletariado no es una ideología o una utopía de izquierda, sino el apremio material de ya no poder seguir reproduciendo su vida como tal, sobre la base material, a su vez, de la crisis del capitalismo, entendida como crisis del «valor que se valoriza succionando trabajo vivo» (Marx, El Capital, Capítulo VI Inédito).
 
Dicho de otra forma, no estamos de acuerdo con esa posición porque la clave de la revolución comunista –o de la revolución entendida como comunización– es la autoabolición del proletariado junto con la abolición del trabajo abstracto y, por tanto, del valor.
 
Finalmente, decir que en sustitución del capitalismo o –lo que es lo mismo– de la sociedad de clases, mercancías y fetiches basada en el trabajo, lo que caracterizará a la nueva sociedad será la actividad creadora organizada ya no como trabajo para producir mercancía y ganancia que es acumulada y usufructuada por la burguesía, sino para satisfacer las necesidades colectivas y desarrollar todas las potencialidades de la comunidad de individuos libremente asociados como tales a fin de producir, reproducir y vivir sus vidas de manera plena. Comunidad humana real en la cual la mayor riqueza será el tiempo libre, pues, como lo sintetiza Jehu siguiendo a Marx en los Grundrisse, «comunismo es tiempo libre y nada más».
 
 
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30 de abril de 2023

1° de Mayo: sobre la Abolición del Proletariado y del Trabajo

 
¿EL PUNTO NO ES ALABAR AL PROLETARIADO SINO ABOLIRLO?
 
Sí, porque el proletariado —de todos los sexos, «razas», nacionalidades, ocupaciones, edades, identidades, ideologías, etc.— sostiene a toda la sociedad capitalista con su trabajo —formal e informal, manual e intelectual, dependiente o «autónomo», etc.—; mejor dicho, con la explotación de su fuerza de trabajo a cambio de dinero para sobrevivir; en fin, con su esclavitud asalariada que, encima más, es socialmente invisibilizada y normalizada. De esta forma, no sólo se reproduce a sí mismo como clase explotada y dominada, sino que también reproduce a su clase explotadora y dominante, la burguesía. Por lo tanto, para abolir a la burguesía y su Estado hay que abolir al proletariado. Abolido el esclavo, abolido el amo, porque el amo no es nada sin el esclavo. Ahí radica realmente nuestro poder para «virar la tortilla», hermanos proletarios. Siendo además que el esclavo asalariado es el único que puede liberarse a sí mismo, sin mesías ni representantes sindicales y políticos, ya que éstos sólo pugnan por sus intereses creados: migajas de los patrones y puestos en los gobiernos de turno. «La emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos.» (Marx)

Si los proletarios producimos con nuestras manos y nuestros cerebros todo lo que existe en esta sociedad, entonces todo debería pertenecernos. Empezando por nuestras vidas. Para ser dueños de nuestras vidas y mejorarlas realmente, pues, hay que apropiarnos de los medios de producción y, sobre esa base material, producir colectivamente a fin de satisfacer las necesidades colectivas sin intermediación del mercado ni del Estado. Producir ya no como proletarios o esclavos asalariados, sino como individuos libremente asociados en una red de asambleas y/o consejos en todas partes: la Comuna Mundial. Esto es «producir el comunismo» (Théorie Communiste) o comunizar la sociedad y la vida, cuya base material —subrayamos— es la abolición de la propiedad privada, el trabajo asalariado, las clases sociales, el dinero, el mercado, el Estado, las fronteras nacionales, y la opresión sexual, racial y del hombre sobre la naturaleza.

Ser proletarios no es una identidad ni mucho menos un orgullo, sino una condena histórica y social que precisamos romper y dejar atrás para vivir una vida que merezca tal nombre, al calor de la lucha de clases por la Revolución Social; es decir, por la abolición de la sociedad de clases. El proletariado sólo es revolucionario cuando lucha por dejar de serlo, mediante la autoorganización, la acción directa y la solidaridad como sus principales armas. Para lo cual, primero debe pasar por muchas batallas y derrotas que lo formen y lo curtan.

«El proletariado es revolucionario o no es nada (Marx)... nada más que la clase del Trabajo/Capital y una criatura del mercado y del Estado: una gran masa de hombres y mujeres que se la pasa trabajando de lo que sea para sobrevivir como sea, compitiendo y hasta matándose entre sí, cuya sangre alimenta sólo al Capital… pero que también puede darle muerte autoaboliéndose y deviniendo comunidad real de individuos libremente asociados para producir y reproducir sus vidas, desde y para sí mismos, en un modo radical y totalmente diferente y mejor que el modo capitalista. El proletariado es esta contradicción viviente, y sólo la revolución comunista puede abolirla y superarla como tal.» 
 

¿LOS COMUNISTAS NO QUEREMOS MÁS TRABAJO ASALARIADO SINO SU ABOLICIÓN? 
¿ENTONCES DE QUÉ VAMOS A VIVIR?

«Abolición del trabajo (asalariado) no quiere decir abolición de la actividad humana social productiva, o sea que no hagamos nada, la holgazanería absoluta, etc. No. Esto sería imposible y absurdo, suicida inclusive, porque simplemente nos moriríamos tanto de hambre como de inactividad. Abolir el trabajo significa abolir la relación social e histórica de separación, alienación, explotación y dominio bajo la que se halla enjaulada actualmente la actividad humana productiva, a fin de liberarla, transformarla y reivindicarla como tal; es decir, como actividad o praxis humana total, unitaria, integral y común: que la actividad productiva ya no esté separada de —ni aliene ni domine a— la actividad de decidir, alimentarse, crear, conocer, jugar, divertirse, cuidarse, quererse, etc. (Gilles Dauvé) Para lo cual, por supuesto, hay que abolir de modo revolucionario o comunista las condiciones materiales que hacen posible el trabajo asalariado o la explotación: la propiedad privada, la división social del trabajo, la mercancía, el valor, el dinero, el capital.

Sobre esta base —la «propiedad colectiva de los medios de producción» y la «comunidad de bienes», al decir de los comunistas de antaño—, los individuos libremente asociados en Comunas tendríamos el control colectivo y consciente sobre nuestras condiciones materiales de existencia. Por lo tanto, decidiríamos qué y cómo producir según nuestras necesidades humanas para vivir. Y vivir bien: no en escasez, sino en abundancia. Y no sólo unos pocos —como es ahora—, sino todos: o todos o ninguno. Ya no existiría desempleo, pobreza ni delincuencia. «De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades.» (Marx)

El trabajo ya no sería trabajo, al menos no como hoy lo conocemos, su jornada se reduciría al mínimo necesario —3 horas al día, más aún ahora gracias a la tecnología que existe— y, sobre todo, no sería alienado ni explotado ni estaría separado o disociado de las demás formas de actividad y expresión humanas. La actividad creadora, el tiempo libre y las nuevas relaciones humanas serían nuestra mayor riqueza. Así sería una nueva sociedad donde «nuestra actividad real humana —tanto comer, habitar, como crear, disfrutar, sufrir, en definitiva, vivir— jamás vuelva a organizarse como trabajo, como subordinación de la existencia a la ganancia.» (La Oveja Negra)

Todo esto es lo que realmente impulsó la lucha por la reducción de la jornada de trabajo a 8 horas diarias hace más de un siglo atrás. Esta es la verdadera causa del 1° de Mayo por la que lucharon «los mártires de Chicago» y muchos otros compañeros revolucionarios de todos lados. Hoy, la mejor manera de conmemorar esta fecha histórica del proletariado mundial es continuar luchando por ello hasta lograrlo.

¿Utópico? Al contrario: «El comunismo no se trata ni del paraíso en la tierra ni de la construcción de un nuevo ser humano, sino de la superación de las exigencias capitalistas hechas al ser humano, del fin de las catástrofes sociales producidas por el capitalismo. Ni más ni menos. [...] Incluso después del capitalismo, seguirá habiendo enfermedad y muerte, envidia e individuos despreciables. Sólo que no ya no existirá una paradójica pobreza masiva, producida por la producción abstracta de riqueza; ya no existirá un sistema autonomizado de relaciones fetichistas ni formas sociales dogmáticas. El objetivo es grande, justamente porque, medido por la exaltación utópica, se muestra relativamente modesto, y no promete nada más que liberar de sufrimientos completamente innecesarios.» (Robert Kurz) Siendo el trabajo el primero y principal de tales sufrimientos.»
 

PROLETARIOS: 
¡PARA MEJORAR REALMENTE NUESTRAS CONDICIONES DE VIDA, HAY QUE
TOMAR LOS MEDIOS DE PRODUCCIÓN A MANO PROPIA Y DEJAR DE SER ESCLAVOS ASALARIADOS!
¡BASTA DE LUCHAR POR MIGAJAS! ¡VAMOS POR TODO, HASTA QUE TODO SEA DE TODOS!
¡BASTA DE MESÍAS Y REPRESENTANTES! ¡LA AUTOORGANIZACIÓN ES EL PRIMER ACTO DE LA REVOLUCIÓN!

Proletarios Hartos De Serlo
Quito, 1° de Mayo de 2023
 
Se agradece difusión
 

1 de mayo de 2021

1° de Mayo: Materiales Contra el Trabajo

 

«ABOLICIÓN DEL TRABAJO (asalariado) no quiere decir abolición de la actividad humana social productiva, o sea que no hagamos nada, la holgazanería absoluta, etc. No. Esto sería imposible y absurdo, suicida inclusive, porque simplemente nos moriríamos, no sólo de hambre, sino de inactividad. Abolir el trabajo significa abolir la relación social e histórica de separación, alienación, explotación y dominio bajo la que se halla enjaulada actualmente la actividad humana productiva, a fin de liberarla, transformarla y reivindicarla como tal, es decir como actividad o praxis humana total, unitaria, integral y común: que la actividad productiva ya no esté separada de –ni aliene ni domine a– la actividad de decidir, alimentarse, crear, conocer, jugar, divertirse, cuidarse, quererse, etc. (Dauvé). Para lo cual, por supuesto, hay que abolir de modo revolucionario o comunista las condiciones que hacen posible el trabajo asalariado o la explotación: la propiedad privada, la división social del trabajo, la mercancía, el valor, el dinero, el capital…

Sobre esta base (la "comunidad de bienes", al decir de los comunistas de antaño), los seres humanos, asociados libre y comunitariamente, tendríamos control consciente y colectivo sobre las condiciones y medios materiales de vida, y por lo tanto decidiríamos qué y cómo producir según nuestras necesidades humanas para vivir (y vivir bien, no en escasez, sino en abundancia). “De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”. (Marx) El trabajo ya no sería trabajo, al menos no como hoy lo conocemos, y se reduciría al mínimo necesario [2], pero sobre todo no sería alienado ni explotado ni estaría separado o disociado de las demás formas de actividad y expresión humanas. El tiempo libre, la actividad creadora y las relaciones humanas serían nuestra mayor riqueza. Tal sería una comunidad humana real, donde "nuestra actividad real humana —tanto comer, habitar, como crear, disfrutar, sufrir, en definitiva, vivir— jamás vuelva a organizarse como trabajo, como subordinación de la existencia a la ganancia". [3] Y ahí sí, como decía Marx, “dejaríamos de sufrir como bestias y empezaríamos a sufrir (y gozar) como seres humanos”, y ya “no habría pintores, sino hombres que, entre otras cosas, se dedicarían a pintar” (La ideología alemana)…Por cierto, y lo decimos de una vez, éste sería el significado o contenido de las dos últimas consignas de la volante: “¡por la actividad humana libre, cooperativa, creativa, placentera y liberadora!” y “¡por un mundo sin trabajo, clases ni estado, pero con pan, tiempo libre, comunidad y felicidad reales!”...

¿Utópico? Al contrario. El comunismo, como escribió Kurz, "no se trata ni del paraíso en la tierra ni de la construcción de un nuevo ser humano, sino de la superación de las exigencias capitalistas hechas al ser humano, del fin de las catástrofes sociales producidas por el capitalismo. Ni más ni menos. [...] Incluso después del capitalismo, seguirá habiendo enfermedad y muerte, envidia e individuos despreciables. Sólo que no ya no existirá una paradójica pobreza masiva, producida por la producción abstracta de riqueza; ya no existirá un sistema autonomizado de relaciones fetichistas ni formas sociales dogmáticas. El objetivo es grande, justamente porque, medido por la exaltación utópica, se muestra relativamente modesto, y no promete nada más que liberar de sufrimientos completamente innecesarios." (Las lecturas de Marx en el siglo XXI, 2001.) Siendo precisamente el tripalium (tortura) o el trabajo el primero y el principal de tales sufrimientos.»

Nuestra (auto)crítica del trabajo - Proletarios Revolucionarios

Proletario: ¡el trabajo no te dignifica, te esclaviza! - Grupo de Desempleados Cabreados

¿De dónde proviene la palabra "Trabajo"? - Proletarios Cabreados

1° de Mayo: ¡Nada que Celebrar! ¡Abajo el Trabajo! - Comunismo o Barbarie

Fragmento de La ideología alemana - Marx y Engels

Fragmento de El Capital III - Marx

El derecho a la pereza - Paul Lafargue

El trabajo es un crimen - Herman Shuurman

La abolición del trabajo - Bob Black

Los obreros contra el trabajo - Michael Seidman

El proletariado como destructor del trabajo - Grupo Négation

Abajo el proletariado, viva el comunismo - Les Amis du Potlatch

Primero de mayo contra el trabajo - Miguel Amorós

Manifiesto Contra el Trabajo - Grupo Krisis

Lo que el trabajo nos roba. Día de robar algo en el trabajo 2021 - ChrimethInc.

1° de Mayo: Producimos nuestra ruina, arruinemos su producción - Vamos hacia la Vida 

1 de mayo: el trabajo nos enferma - Biblioteca La Caldera  (+ audiovisual)

1° de mayo: memoria y perspectivas - La Oveja Negra

«El presente

Hoy podemos estar seguros de algo que los compañeros en 1886 no podían estarlo tanto. La lucha por las ocho horas fue una lucha por la reducción de la jornada laboral en una situación en la que el capitalista ganaba más haciendo trabajar más tiempo a sus empleados. Los avances tecnológicos y organizativos hicieron que se pueda producir cada vez más en menos horas. Nos indignamos por la situación de aquellos que trabajaban y aún hoy trabajan más de ocho horas, pero no nos sensibiliza de igual forma que alguien trabaje menos de ocho horas bajo modalidades que destruyen cualquier cuerpo humano.

Si bien las categorías básicas del Capital permanecen –valor, trabajo, salario, mercancía, propiedad privada, Estado– mucha agua ha pasado bajo el puente. Las fábricas ya no son el centro de la sociabilidad capitalista, la composición de la clase proletaria no es la misma que antaño, el patrón dólar-oro ya no existe y las culturas proletaria y burguesa se encuentran prácticamente indiferenciadas.

El fin de los “años dorados” supuso la transformación del proletariado en general y una crisis del movimiento obrero en particular. La centralidad del trabajo en la industria y el lugar de la fábrica fue puesta en cuestión e implicó que el obrero industrial ya no fuera visto como el principal protagonista, ni mucho menos como la vanguardia de su clase. Esto significó que toda la experiencia acumulada en base a unas condiciones de trabajo que hacían posible la proliferación de grandes huelgas en los lugares de trabajo, prácticas de sabotaje, rompimiento de máquinas o herramientas, organizaciones de grandes contingentes de hombres y mujeres que compartían la cotidianeidad laboral en el mismo espacio, a veces incluso la vida en el mismo barrio obrero, no sea reproducible bajo las nuevas condiciones.

Evidentemente, estas dieron pie a nuevas formas: cortes de rutas para impedir la circulación de mercancías cuando miles de desocupados ya no pueden impedir la producción, por ejemplo. Por otra parte, y coincidentemente, a partir de ese momento la industria y el progreso capitalista dejaron más que nunca en evidencia la devastación que suponían para el planeta y para quienes lo habitamos. Comenzaron a gestarse cada vez más movimientos contra los efectos nocivos de la producción hacia la salud y el ambiente. Pero el abordaje de nuevas problemáticas o, mejor dicho, el abordaje de problemáticas históricas como novedad no necesariamente desembocan en la crítica y la lucha anticapitalista. Si bien las reivindicaciones salen masivamente de la esfera del trabajo para poner en cuestión diferentes aspectos de la reproducción social en su conjunto, se ha mantenido en la mayoría de los casos una perspectiva que parte de los niveles de la integración de antaño.

El retorno a los inicios del movimiento obrero o del Estado de bienestar no es deseable ni posible. Las luchas del pasado nos inspiran de cara al futuro, pero debemos quitarnos el lastre de la nostalgia progresista.

Hoy el Capital continúa pauperizando nuestras condiciones de vida. La extensión de la informática a cada vez más esferas del trabajo y de la sociabilidad en su totalidad junto a las medidas de aislamiento, profundizan la difícil situación a la que tenemos que hacer frente los proletarios y proletarias en nuestro día a día, y que debemos analizar a la hora de organizarnos si queremos transformar la realidad.

¿Cómo llevar a cabo la resistencia, incluso el más mínimo sabotaje, cuando todas las herramientas son nuestras y el lugar de trabajo es donde vivimos, cuando los niveles de desocupación crecen día a día, cuando no nos podemos encontrar con nuestras compañeras de trabajo más que a través de una pantalla, cuando las horas del día no parecen tener fronteras entre trabajo y no-trabajo, cuando la represión en las calles está legitimada por el discurso del “cuidarnos”? Son algunas de las preguntas que nos hacemos este primero de mayo.

La reestructuración capitalista produce el declive de la identidad obrera y la explosión de múltiples identidades, algunas de ellas vinculadas a las nuevas formas de lucha proletaria.

Las revueltas desatadas en diferentes partes del mundo en las últimas décadas, así como los “nuevos movimientos sociales”, a pesar del carácter interclasista y ciudadanista que observamos en muchas ocasiones, dejan en claro la persistencia de la lucha de clases. Al mismo tiempo nos advierten del carácter diverso que el proletariado tiene y ha tenido. La centralidad de la reproducción social en las luchas nos recuerda que la revolución debe implicar bastante más que la certeza de tener techo y comida. Debe atender, no solo como punto de llegada sino de partida, la denominada cuestión de género, lo racial, la sexualidad, la familia, la naturaleza de la cual formamos parte.

En las revueltas de nuestro tiempo, hoy atravesadas por la declaración mundial de pandemia, está muy claro que no hay una perspectiva de gestionar el objeto de las protestas. Solo los civilizadores progresistas proponen nacionalización, gestión obrera, referéndum, cambios en la administración capitalista. Pero no hay un mismo proyecto que tanto proletariado como burguesía deberíamos defender, gestionándolo de diferentes maneras. No se trata de una guerra de un bando contra otro para administrar y gestionar esta sociedad, sino de luchar contra el Capital en tanto que sociedad, que relación social.

El capitalismo, por sus propias contradicciones internas, no puede mejorar nuestras condiciones de vida. Por otra parte, esta conflictividad social tiende además a sincronizarse porque las medidas de austeridad en épocas de crisis son globales, porque el aumento de la explotación y el empeoramiento de las condiciones de vida no son un problema nacional o de políticas neoliberales. Ni los burgueses eligen este escenario ni los proletarios en lucha elegimos el nuestro. Las fuerzas ciegas de la economía nos han traído hasta acá. Ahora es importante saber qué hacemos, no de cara al futuro ¡sino lo que ya estamos haciendo!

Cada contexto produce condiciones diferentes para la revolución y genera contradicciones (materiales, no morales; sociales, no individuales) particulares. Estas pueden hacernos importantes señalamientos acerca de la sociedad capitalista y su superación, pero la revolución finalmente dependerá de lo que podamos hacer en tanto clase. La lucha es inevitable y necesaria, nos transforma y buscamos transformarla en una definitiva. Nuestra preocupación es que la lucha de clases sea capaz de producir algo más que su propia continuación.

Por esto confiamos en que es tan importante no solo participar sino también comprender, estudiar y debatir el desarrollo de las luchas del presente. Porque en las posibilidades y condiciones de estas luchas, en sus críticas y rupturas, se delinea el horizonte revolucionario del presente.»

Acto 1° de mayo 2021 anticapitalista, internacionalista, revolucionario (audio) - Biblioteca Alberto Ghiraldo

1 de febrero de 2021

[Memoria] Sobre Severino di Giovanni y «El derecho al ocio y a la expropiación individual»

El contexto y el personaje de Severino di Giovanni (Italia 1901-Argentina 1931) ya no existen y no volverán. Hablar sobre él en este día, a 90 años de su fusilamiento, no tiene nada que ver, entonces, con la nostalgia ideológica y romántica por el pasado del movimiento revolucionario y sus "héroes" (ej. Durruti), con el culto a la personalidad, ni con el anarquismo expropiador e insurreccionalista -al cual respetamos pero también le tenemos algunas críticas compañeras-. Lejos estamos nosotros de todo aquello.

Tiene que ver con la reivindicación del ocio y la expropiación, practicados y teorizados por Severino di Giovanni, porque los consideramos como unos medios (la expropiación) y fines (el ocio) de la lucha de clase del proletariado contra el mundo del trabajo, la propiedad privada y el capital, junto con su Estado y su moral, en el ciclo histórico actual de la lucha de clases -en el cual la crisis del capital es crisis del trabajo-. Golpear al trabajo y la propiedad privada -y nosotros agregaríamos: golpear al valor, a la mercancía y su fetichismo- es golpear donde realmente le duele al capitalismo.

Entonces, hablar de di Giovanni hoy en día nos hace sentido porque estas prácticas y estas ideas anti-trabajo y pro-expropiación han existido, existen y existirán por parte de nuestra clase y su vida en conflicto con el capital y el estado, hasta abolirlos. Severino sólo fue un proletario más que hizo esto como una partícula individual activa más del movimiento social real, histórico y mundial de negación, supresión y superación del orden de cosas actual: el comunismo -no el marxismo-, la anarquía -no el anarquismo-. En este estricto sentido, es que recordamos y reivindicamos a este compañero histórico.

Ésto último hay que reivindicarlo también frente al mito del Severino "anarco-individualista" (que, a su vez, abona el culto a su personalidad en filas anarquistas): el mismo Severino tenía clarísimo que formaba parte de -en sus propias palabras- «el despertar del león proletario en la guerra de clases». Por eso comprendía e implicaba su acción individual como acción de clase contra clase. Al igual que lo hicieron muchos otros anarquistas expropiadores y "terroristas" de aquella época (ej. galeanistas como Sacco y Vanzetti o, unos años antes, los anarquistas de Bialystok).

De igual manera, y al igual que todo compañero histórico, Severino no está a salvo de haber tenido contradicciones y limitaciones ni de haber cometido errores y horrores; por lo tanto, no está a salvo de la necesaria «crítica despiadada» por parte de las actuales generaciones de proletarios en lucha para seguir avanzando en la praxis revolucionaria de autoemancipación del proletariado para dejar de serlo. Al fin y al cabo, la historia de la práctica y la teoría revolucionarias es un arsenal que hay que saquear y empuñar para ello. Irónica pero lógicamente, Severino estaría de acuerdo.

Dicho esto, compartimos «El derecho al ocio y a la expropiación individual», texto del propio di Giovanni publicado en el número 8 (mayo 2007) de la edición en papel de la revista «Rojoscuro» (Santiago de Chile). Revista y blog que respetamos, mas no compartimos su ideología insurreccionalista. Sin embargo, coincidimos con ellos en la necesidad y la reivindicación de la violencia revolucionaria practicada por el proletariado contra el Capital-Estado, la propiedad privada, el trabajo (sobre todo el trabajo, tan odiado y atacado con razón en este texto de di Giovanni).

Hoy hay que ir más allá: la violencia revolucionaria para abolir el valor y al mismo proletariado, entendida y practicada no como un fin en sí misma, sino sólo como un medio. Porque nuestra mejor arma es la solidaridad antagonista de clase (para abolir las clases), no la violencia por la violencia ni las armas por las armas. Solidaridad antagonista sin jerarquías ni mercancías-germen de comunismo y anarquía que, en determinadas circunstancias, eso sí, habrá que defender con violencia y armas frente a la brutal violencia estatal del capital. 
 
Quito, 1 de febrero de 2021

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«Por qué publicar hoy a Severino Di Giovanni

Las primeras décadas del siglo XX estuvieron marcadas en el mundo por una gran agitación social, producto de cambios estructurales, guerras imperialistas y de la consolidación de una clase proletaria cada vez más fuerte y que desarrollaba a vasta escala su asociacionismo. Entonces la revolución social era un proyecto tangible y urgente (2). Las discusiones se centraban en las formas de acción del proletariado y en cómo se desencadenaría el proceso revolucionario. Años muy marcados por las ideas anarquistas.

La corriente anarquista comportó diferentes tendencias. Algunas de ellas fueron las de los anarcosindicalistas, anarquistas expropiadores, anarquistas pro-bolcheviques, pacifistas, educacionistas entre otros. Las diferencias llegaban a ser abismales entre estos grupos y sus disputas solían ser violentas. Un ejemplo de esto fue el ajusticiamiento de López Arango, adjudicado a Severino. Y muy esclarecedores fueron los atentados de "La Protesta" contra el periódico "Pampa Libre" ( con muertos y heridos ), pues "La Protesta" siempre se opuso a los vengadores y expropiadores y a las formas de lucha radicales. Como siempre, los pacifistas nunca han tenido problemas con usar la violencia contra los sectores díscolos y contra los revolucionarios.

Pero más allá de estas divergencias internas, que expresan una profunda diferencia de clase dentro del propio movimiento anarquista, Severino fue uno de los revolucionarios más importantes de la época. Según un compañero « la discusión sobre la expropiación siempre fue planteada dentro del movimiento proletario y, en particular, entre los autodenominados anarquistas. Lo importante de este texto es la claridad con la que se denuncia el mito del trabajo y se reivindica el accionar de los expropiadores (….) El autor de nuestro texto nunca condena la expropiación, ni tampoco la expropiación individual, sino que la reivindica abiertamente, denunciando a todos aquellos que decían que hay que esperar que las masas se rebelen, y hasta entonces agachar el lomo. E incluso está de acuerdo con la expropiación per se (…), aunque considera que en estos casos no se puede pedir la solidaridad del movimiento anarquista en general. Y ello se dice porque los Abad de Santillán y compañía acusaban a los expropiadores de vivir de esos fondos y de pasárselos a presos, para los cuales no se habían recaudado (3). Todo esto para decir que el problema de la expropiación siempre ha sido una discusión clave dentro del movimiento proletario». Efectivamente, las ideas de Di Giovanni resultan aún más interesantes si consideramos que se trataba de una época que vivía también una constante apología del trabajo, idea defendida tanto por los gobiernos nacionalistas, populistas, como por el estalinismo; los cuales no sólo cantaban las supuestas glorias del trabajo, sino que sancionaban su obligatoriedad con el terrorismo de estado. Son los años de inicio del nazismo y también de los Frentes Populares.

La práctica de Severino se puede sintetizar en los siguientes planteamientos: Discurso contra el trabajo asalariado y el Estado; a favor de la expropiación; internacionalista; que hace referencia constante al proletariado y no sólo a los individuos; fuerte discurso anti URSS y anti bolchevique; y que tuvo la lucidez de ser crítico y de estar en contra de los "anarquistas" moderados, los que al final son sólo una sección más de la socialdemocracia (4). Además defendía la idea de un paso inmediato al comunismo, y a favor de la lucha armada y de acciones individuales contra el Estado (sabotajes, liberación de presos por la fuerza, piquetes de huelga, etcétera).

Para Severino ya habían sectores revolucionarios que estaban listos para actuar, mientras otros grupos sustentaban que había que seguir acumulando fuerzas y esperando que se dieran las condiciones para la revolución. Di Giovanni criticaba abiertamente la idea de que la lucha más violenta sólo podía iniciarse una vez desencadena la revolución, momento en el que el conjunto de la clase proletaria está lista para lanzar la insurrección armada.

Según él la revolución es un acto colectivo, pero es un proceso que requiere de un cambio cultural de largo plazo, que trasciende la vida de un hombre; por eso afirmaba que 
«no tenemos más que una vida y ésta se precipita hacia su fin con la rapidez del relámpago. La existencia del hombre con relación al tiempo no es verdaderamente más que un instante fugaz. Si se nos esfuma este instante, si no sabemos extraerle el jugo que en forma de alegría nos puede dar, nuestra existencia es vana y desperdiciamos una vida de cuya pérdida no nos resarcirá la humanidad. Por lo tanto, es hoy cuando debemos vivir, no mañana. Es hoy cuando tenemos derecho a nuestra parte de placeres, y lo que hoy perdemos el mañana no nos lo puede restituir: está definitivamente perdido. Por eso es que hoy queremos gozar nuestra parte de bienes, es que hoy deseamos ser felices (….) No hay, por lo tanto, felicidad posible para el trabajador que durante toda su vida está ocupado en resolver el terrible problema del hambre.» (El derecho al ocio y a la expropiación individual, 1933)
Severino y el grupo dentro del que estaba organizado fue un polo de agrupación de revolucionarios con una verdadera práctica internacionalista. Desde la composición del grupo (militantes de Italia, Argentina, Chile y Uruguay) hasta los contactos que mantuvieron con revistas de Nueva York, Francia y con los anarquistas de Montevideo dan prueba de esa práctica internacionalista que desarrolló el colectivo del « perturbador » italiano. Sin etiquetarse bajo ningún nombre, esta fracción del proletariado editó varios periódicos revolucionarios como Anarchia y Cúlmine, además de la labor editorial de algunos libros desarrollada por el propio Severino.

Dentro de los varios grupos llamados obreros autónomos de esos años en la zona del Río de la Plata, que reivindicaban la lucha frontal, la acción directa, quizás Severino fue uno de los exponentes más espectaculares. Sus acciones y su discurso tuvieron mucha repercusión en otros grupos, y causó particularmente mucha simpatía entre los insurreccionalistas de Nueva York, nucleados en el ya nombrado periódico "L’Aldunata dei Refrattari", quienes le dedicaron un emotivo número a los compañeros Severino y Paulino Scarfó tras sus fusilamientos.»

***
«Todos vosotros sabéis que el trabajo honrado, el trabajo que no explota a otros, no ha creado nunca, en el presente sistema, el bienestar de persona alguna y mucho menos, su riqueza puesto que esta es el fruto de la usura y de la explotación, las cuales no se diferencian del crimen más que en las formas exteriores. Después de todo, no nos interesa un relativo bienestar material obtenido por la extenuación de nuestros músculos y de nuestro cerebro: queremos, sí, el bienestar adquirido por la posesión completa, absoluta del producto de nuestro esfuerzo, la posesión incontrastable de todo aquello que sea creación individual.
Estamos, entonces, consumiendo nuestra existencias a total beneficio de nuestros explotadores, persiguiendo un bienestar material ilusorio, eternamente fugitivo, jamás realizable en una forma concreta, estable, porque la liberación de la esclavitud económica no nos podrá llegar por medio de un aceleramiento de nuestra actividad en la producción capitalista, sino con la creación consciente, útil, y con la posesión de lo que se produce.
Es falso decir: "una buena recompensa, un buen salario por una buena jornada de trabajo". Confiesa esta frase que deben existir los que producen y los que se adueñan del producto, y que después de haber quitado una buena parte para ellos -aún no habiendo participado en su creación- distribuyen, en base de criterio y principios absurdos, enteramente arbitrarios, aquello que creen conveniente darle al verdadero productor. Establece la retribución parcial, el robo, la injusticia: consagra, por lo tanto, de hecho, la explotación.
El productor no puede aceptar como base equitativa y justa la retribución parcial. Solamente la posesión integra puede establecer las bases de la Justicia Social. Por consecuencia, todo concurso nuestro a la producción capitalista es un consentimiento y una sumisión a la explotación que se ejerce sobre nosotros. Cada aumento de producción es un remache más para nuestras cadenas, es agravar nuestra esclavitud.» 
 
[...]
«No productores, es cierto, pero no cómplices. No productores, sí; ladrones si queréis –si vuestra poltronería tiene necesidad de otra ruindad para consolarse–, pero no esclavos. Desde hoy, cara a cara, mostrando los dientes al enemigo. Desde hoy, temidos y no humillados. Desde hoy, en estado de guerra contra la sociedad burguesa. Todo, en el actual mundo capitalista, es indignidad y delito; todo nos da vergüenza, todo nos causa náuseas, nos da asco. Se produce, se sufre y se muere como un perro. Dejad, al menos, al individuo la libertad de vivir dignamente o de morir como hombre, si vosotros queréis agonizar en esclavitud.»
Severino Di Giovanni

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2 de septiembre de 2020

Desmantelando el trabajo. Apuntes para una crítica radical anticapitalista

Ricardo Campillo. Antihistoria. México, agosto 2020

«Criticar el trabajo no era siquiera tomado en cuenta entre las doctrinas más “radicales” o “revolucionarias” en tiempos álgidos de revuelta. La crítica del trabajo se abalanzó en los escritos de muchos teóricos que veían en ello una categoría dentro del capitalismo o una actividad perturbadora física y moralmente para el organismo. Se escribieron algunos textos en un Marx, en esos jóvenes anarquistas holandeses en la segunda década de siglo XX, algunas ideas en Kropotkin, en el “No trabajéis jamás” del 68 de influencia situacionista, en los comunizadores o en aquel que mencionó que “El proletariado no es la clase que trabaja, sino la clase que hace la crítica del trabajo” (Dauvé, 1972). Mencionar los textos y escritos, no significa romantizar a cada uno de los autores, sino analizar y reflexionar sobre aquello que supone el núcleo crítico de este ensayo: cuestionar el “trabajo”.

¿Qué es el trabajo? ¿Por qué criticar el trabajo? Trabajo, de trabajar, viene etimológicamente del latín tripalaire. Tripalaire viene de tripalium, que sería un cepo con tres palos que en sus inicios servía para destazar a los animales y se utilizó después para azotar esclavos. Así, históricamente el concepto “trabajo” en muchos idiomas está relacionado con sufrir, golpear, examinar, torturar, etc. Criticar el trabajo, no viene de una obsesión innecesaria de sospechar de cualquier palabra en la que se use “trabajo”, sino más bien, viene de una crítica radical que examine de forma específica una categoría dentro del rol del capitalismo. Algunos autores como Anselm Jappe aseguran que el trabajo nace dentro del capitalismo, mientras otros como Moishe Postone mencionan que el trabajo forzado ha existido desde mucho tiempo atrás, sin embargo, el trabajo hoy en día ha sido subsumido por la totalidad capitalista. [Ver ¿De dónde proviene la palabra "trabajo"?]

Dejar de trabajar no es ni será dejar de hacer, de crear o de realizar. Es absurdo pensar que criticar el trabajo sería morirse de hambre sin hacer nada, sin relacionarse, sin organizarse y que queremos crear una vida para tod@s sin esfuerzo. No hablamos de ese esfuerzo sometido al mercado de producir, comprar y vender, ni hablamos de “abolir el trabajo” explotando a otros y viendo como los demás lo hacen, beneficiándonos de ellos desde una postura privilegiada y burguesa. La crítica al trabajo viene desde un principio, a dejar de someterse al horario, a la monotonía, al esfuerzo innecesario, a ir a pasar 8 o más horas por un sueldo mísero, abandonando a tu familia, tus actividades recreativas, enriqueciendo a una minoría mientras pasan los años y no se ven reflejadas las frases tautológicas y prefabricadas que dicen “esfuérzate y saldrás adelante”, “el pobre es pobre porque quiere”. Tan fuera de la realidad es pensar que los pobres son pobres por simple gusto, y no por un sinfín de relaciones histórico-sociales supeditadas a la economía predominante, esto es totalmente risible, como lo es también pensar que el capitalismo, en todas sus esferas tendrá la solución a todas las problemáticas y que dentro de ella hay oportunidad para todos. Esa “libertad del trabajo” de la que tanto nos hablan, es la libertad que no queremos. [...]

Lo mismo da trabajar para el patrón, para el Estado o para el sindicato, ser de izquierda o de derecha, cada uno de ellos será tu jefe y dependerá de tus horas para mantenerse, ellos quieres que despiertes a un horario, que se te ofrezca como premio lo que ellos dictan y después que estés contento con la vida que se te da en referencia al trabajo, ser servil es el mejor esclavo, igual da si te llaman “trabajador ejemplar”. [...]

El trabajo, a diferencia como se le percibe en la actualidad, no es una actividad natural, es una relación que ha aparecido en la historia a partir de las relaciones sociales específicas... Muchas sociedades antiguas, como las cazadoras-recolectoras no diferenciaban la actividad de trabajar con la de otra actividad. Cazar no era un trabajo, no imponía ni tiempo, ni obligación, simplemente una necesidad. Se conoce que las sociedades antiguas solamente dedicaban una muy corta parte del tiempo a realizar actividades que sustentaran necesidades básicas como alimento, ropa, etc. Es aquí cuando toda actividad era parte de la vida material y espiritual, no parte de una categoría específica del capitalismo... Es un juego difícil en la estructura teórica, pero retomando la parte histórica podremos comprender la no-naturaleza de lo que hoy en día llamamos sin rechiste trabajar. No trabajábamos, se nos obligó a trabajar. [...]

Criticar el trabajo es solo una parte teórica que tiene que desenvolverse dentro de las relaciones sociales existentes. Como ya se ha repetido hasta el cansancio, abolir el trabajo no será solo sentarse a ver que ocurra un cambio, sino que será la completa realización de la vida viviéndola. Dejar de trabajar será crear en comunidad, satisfacer la necesidad, abandonar la autodisciplina del sujeto moderno, romper con el hombre económico, abandonar la producción de mercancías, el dinero, el valor, etc. Liberar el trabajo como premisa revolucionaria del siglo XIX no es suficiente, hay que desmantelarlo: no sabemos si dejaremos de mencionar la palabra trabajo, pero podemos derrumbar sus características existentes.»

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