Mostrando las entradas con la etiqueta Dauvé. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Dauvé. Mostrar todas las entradas

17 de septiembre de 2024

[Libro] Fascismo/Antifascismo — Gilles Dauvé

Lazo Ediciones (Rosario, 2024)


«La comprensión crítica del fascismo implica, necesariamente, la de su contracara antifascista. El análisis de las variaciones de la dominación política burguesa requiere atender a las situaciones históricas concretas y el desenvolvimiento de la lucha de clases. En tiempos de crecimiento de las nuevas derechas, la cuestión ha tomado relevancia nuevamente e invita a una reflexión profunda sobre sus orígenes históricos. Lo que está en juego, finalmente, es la crítica radical de la oposición política más fundamental bajo el capitalismo y su superación. 
 
La presente compilación tiene como disparador al polémico artículo Fascismo/Antifascismo, escrito hace algunas décadas [1979] por Gilles Dauvé. Aquí presentamos algunos de los debates que suscitó [con la revista Aufheben entre 1992 y 1997] y, como texto central, la reelaboración del autor titulada Cuando mueren las insurrecciones [1998]. 
 
[...] Fascismo/Antifascismo puede resultar algo esquemático, en primer lugar debido a su brevedad ya que es un fragmento de un texto más amplio [una antología bordiguista sobre la Revolución y Guerra Civil en España 1936-1939]. A su vez, existen diferencias de enfoque, hallándose más próximo –aunque no exento de críticas– a los postulados de la izquierda comunista italiana de la que formaban parte los editores de la revista Bilan («Balance»). La reelaboración [Cuando mueren las insurrecciones], en cambio, está más estrechamente vinculada a la perspectiva comunizadora de la que Dauvé es una referencia ineludible. Corriente teórica que, justamente, comenzaba a gestarse hacia fines de la década de 1970. Consideramos que la publicación de ambos textos y el debate contribuye a dar a conocer y profundizar en los análisis a contracorriente sobre esta compleja problemática y sus desarrollos. 
 
En el mismo sentido, agregamos un extracto referido al tema en cuestión de una entrevista titulada La Ligne Generale, realizada al autor y a Karl Nesic por Revolution Times (Alemania) a comienzos de 2007. Por último, publicamos Posdata sobre fascismo y antifascismo, que elaboramos desde la revista Cuadernos de Negación [julio de 2024] abordando algunas implicancias actuales.»
 
Contenido:
  • Presentación — Lazo Ediciones... p. 7
  • Cuando mueren las insurrecciones — Gilles Dauvé... p. 11
  • Fascismo /Antifascismo — Gilles Dauvé... p. 71
  • Correspondencia sobre Fascismo/Antifascismo — Gilles Dauvé-Aufheben... p. 123
  • Preguntas y respuestas — Gilles Dauvé y Karl Nesic... p. 143
  • Posdata sobre fascismo y antifascismo — Cuadernos de Negación... p. 159
 
*** 
 
Extractos de Posdata sobre fascismo y antifascismo (CdN, 2024)
 
«Los neonazis o las pandillas racistas y antiinmigrantes son un problema de la calle en muchas ciudades, pero, como ayer, eso no exige convertirse en «antifa». Esta misma etiqueta, hoy como ayer, sirve para hermanar a oprimidos y opresores, explotadores y explotados, gobernantes y gobernados. En nombre del antifascismo se nos llama a unirnos a nuestros explotadores, se nos llama a defender a los asesinos de hoy: los gobernantes progresistas o de izquierda de cualquier país, que también tienen las manos manchadas con sangre. O unirnos con los herederos de otros asesinatos masivos como los estalinistas o maoístas, quienes combaten al movimiento comunista en nombre del «comunismo» [el capitalismo de Estado tipo URSS y China].

Es preciso aclarar que tampoco es necesario que tengan las manos manchadas de sangre, aunque cuál gobernante, por acción u omisión, no las tiene... No se trata de luchar simplemente contra los excesos de la democracia, sino contra la democracia como orden de la explotación organizada, de la sociedad de clases. 
 
¿Pero cómo es que aún continuamos hablando de fascismo? Si hoy aún se habla de fascismo es, en gran medida, gracias a la ideología antifascista. [...]

La estrategia antifascista es siempre similar. [...] reunir a una serie de enemigos tras el rótulo de fascistas ya no es para mandarnos a la guerra, sino para mostrar la democracia liberal como el único horizonte posible. Que tendrá sus defectos, nos dicen, pero es mejor que el fascismo. [...]

Que la mayoría de los izquierdistas apoyen la acción rusa contra Ucrania, considerada como «nido de neonazis», no es de extrañar. Que Putin sea a su vez un ultranacionalista autoritario y conservador, muy cercano al posfascismo eurasiático de los defensores actuales del Imperio ruso parece no importarles demasiado, pues más que anticapitalistas integrales estos izquierdistas son simplemente opositores al imperialismo gringo. Muchos de ellos nunca entendieron que el estalinismo era una contrarrevolución, y siguen creyendo que la Madre Rusia actual es la legítima heredera de la Unión Soviética de los años más heroicos.
 
Pero también, cuando los demócratas y progresistas en general llaman «fascismo» a todo un conjunto de políticas e identidades (como pueden ser los denominados neonazis, la alt-right, los seguidores de las teorías de la conspiración, el antifeminismo reaccionario, las pandillas anti-inmigrantes, el anarcocapitalismo en todas sus variantes, el nacional-bolchevismo, y cada nueva identidad «de derechas») confiesan no entender qué está pasando o no querer entenderlo.

Para quienes están en campaña electoral permanente, la mención de la «amenaza fascista» es un recurso discursivo más como pueden ser la urgencia de una transición hacia energías renovables, o la promesa de medidas de seguridad. Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado, tal como decía Mussolini. Pero en el medio justo, sin excesos ni extremismos. 

Ese intento desesperado por traer a la vida al fantasma del fascismo no tiene por finalidad despertar una adhesión entusiasta por la democracia en occidente como hace 90 años. Porque ya no es necesario, ya han ganado. Y no dicen «elijan esto que es lo mejor» sino «esto es lo único que hay». Por eso todo lo que no es pro-democracia para el progresismo es basura y delirios, desde las derivas reaccionarias pseudocríticas de la democracia hasta la perspectiva comunista por la emancipación humana. [...]

Gilles Dauvé nos señala respecto del fascismo histórico que no se opuso realmente a la democracia, sino que se trató de una excepcionalidad en defensa del capital. Entonces no se trató de «fascismo o democracia», sino de «fascismo y democracia». Cuando se analizan los vestigios del fascismo en sus nuevas formas se consideran fundamentalmente dos dimensiones: violencia e ideología. Respecto a la primera, las democracias occidentales contemporáneas –con gobiernos de izquierda a derecha– reprimen y emplean «Estados de excepción» cuando es necesario, sin tornarse a formas de Estado abiertamente totalitarias. La democracia incluye y perfecciona la represión «fascista», además de la guerra abierta en nombre de su defensa. Por su parte, expresiones de ultraderecha han cumplido sus mandatos democráticamente y con gran moderación, a pesar de sus discursos de batalla ideológica de tono extremista. Hitler y Mussolini llegaron al poder por vías semi-institucionales de la mano de sus partidos-milicia, para luego hacerse del control total del Estado y dar curso a la gran gesta bélica. Nada parecido está ocurriendo. Por lo pronto, la democracia no es alternada por los «nuevos fascismos» ni por Estados de excepción, sino que los ha integrado. [...]

La crítica al antifascismo tal como se viene desplegando desde hace casi cien años por la izquierda comunista italiana y continuada por diversas expresiones anticapitalistas no es un programa táctico y estratégico a repetir, pero sí una buena lección para no olvidar en nuestra actual situación.
El frentismo antifascista fue, al igual que el fascismo, el resultado y la expresión de la derrota del asalto revolucionario del cuatrienio 1917-21. Su esencia radica en la renuncia sustancial a la lucha revolucionaria contra el capitalismo (que, en el mejor de los casos, se pospuso a tiempos mejores) en nombre de la restauración de la democracia y el «Estado de derecho».
Su horizonte es el interclasismo, es decir, la alianza entre clases o fracciones de clases, sobre la base de la oposición común al fascismo, hecho que impone en primer lugar la renuncia a los métodos de lucha específicamente proletarios.
Hoy estamos a años luz de un contexto social que sea remotamente comparable, en términos de intensidad de la lucha de clases, al de los años 1920-1930. 
Afirmar que un «peligro fascista» se cierne hoy sobre nuestras cabezas es, ni más ni menos, una idiotez. No hay ninguna dictadura fascista a las puertas: la única dictadura existente –hoy como ayer– es la del capital, el valor en proceso, que ahora impregna y domina todos los resquicios de la vida y las relaciones sociales.
Lo que se aplica al antifascismo se aplica a todos los «anti-ismos»: la transformación del enemigo en un enemigo absoluto se alimenta del mito y lo reproduce. [...] El «fascismo» se convierte así en una categoría pasajera, la clave con la que «explicar» y mantener unidos los fenómenos más dispares: desde la normal y democrática represión policial hasta las manifestaciones de racismo en los suburbios y barrios proletarios; desde las políticas antimigratorias de gobiernos de todos los colores y matices hasta la vuelta a escena de una turba neofascista tan agresiva y mediática (gracias también a los «antifascistas») como numéricamente modesta; desde las nuevas etapas del proceso de vaciado progresivo de las funciones de los parlamentos nacionales –transversal a todos los Estados occidentales desde al menos 1914– hasta la violencia de género; pasando por el creciente éxito de los partidos y movimientos «soberanistas» y/o «populistas», que culmina en Italia, en 2018, con la formación del gobierno Lega-M5S. Y en Estados Unidos con la elección de Trump. Todo, en la cabecita del antifascista más o menos militante, concurre para componer la representación distorsionada de una sociedad y un Estado cada vez más «fascistizados». ¡Como si los fenómenos mencionados fueran incompatibles con la tan cacareada democracia (de derecha y de izquierda)! Y como si no encontraran su necesaria base material en las relaciones sociales capitalistas y su evolución histórica. (F.B., «Miseria del antifascismo», 2018)
La crítica del antifascismo, por tanto, no se trata de una cuestión de coherencia lógica ni mucho menos del mantenimiento de un purismo doctrinario. Ha surgido y se profundiza desde y para las luchas. [...]
 
Deseamos con este conjunto de afirmaciones y negaciones aportar a las luchas en curso. Y deseamos superar el trauma. Un trauma tan grande que hoy, siendo testigos directos de una de las masacres más terribles de esta civilización como es la del Estado de Israel en Gaza, hay quienes se empeñan en no llamar a las cosas por su nombre, le llaman a Israel «fascista», como si no fuese suficiente saber que es un Estado capitalista, faro de la democracia y el mercado en Medio Oriente, exportador de máquinas de matar a todo el mundo. Parece sonar menos grave llamarles demócratas y capitalistas, llamarles simplemente asesinos.»
 
-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
 
Relacionados: 
 
 
 

27 de julio de 2022

Historia normativa y esencia comunista del proletariado

Théorie Communiste

Una crítica de Cuando las insurrecciones mueren de Gilles Dauvé. Publicado originalmente [en francés] bajo el título ‘Histoire normative et essence communiste du prolétariat’, Théorie Communiste nº 16, 2000

Traducción al español: Federico Corriente

Publicado en Endnotes #1. Materiales preliminares para un balance del siglo XX (Octubre 2008)

 

Cuando las insurrecciones mueren nos presenta la concepción normativa de la historia de la lucha de clases en toda su pureza. En la primera página Dauvé establece el vocabulario de esta problemática, hecha de oportunidades «perdidas» y materializaciones «fallidas». A lo largo del texto, el fascismo y el nazismo son descritos como el resultado de los límites de las luchas de clases del período anterior, pero estos límites están definidos en relación con el comunismo (con C mayúscula) en vez de con las luchas de la época. Entretanto, la historia del capital se remite a una contradicción que va más allá de éste, una contradicción general de la historia, la separación entre el hombre y la comunidad, entre la actividad humana y la sociedad:

«La democracia nunca será capaz de solucionar el problema de la sociedad más separada de la historia.»[1]

Pero esto nunca pretendió hacerlo. Sólo la sociedad en la que las relaciones entre las personas son más fuertes y más desarrolladas produce la ficción del individuo aislado. La cuestión no es saber cómo los individuos, determinados por un modo de producción, están unidos por una forma política, sino por qué estos vínculos sociales adoptan la forma de la política. Un cierto tipo de individuo se corresponde con cierto tipo de comunidad; los individuos forman comunidades tan limitadas como ellos mismos. La democracia (el Estado en general) es la forma de esta comunidad en el plano político; no corresponde a una separación general porque tal separación no existe. Decir que la democracia responde «mal» a la separación equivale a decir que esta separación general es la dinámica general de la historia (idea ampliamente desarrollada en La Banquise).

Se nos dice que los trabajadores fueron derrotados por la democracia (con la ayuda de los partidos y sindicatos), pero nunca se habla de los objetivos —del contenido— de estas luchas obreras (en Italia, España, Alemania). Por tanto, nos vemos inmersos en la problemática de la «traición» de los partidos y sindicatos.[2] Que los trabajadores obedecieron a los movimientos reformistas es precisamente lo que debería haberse explicado y en función de la naturaleza de las propias luchas, en lugar de permitir que las sombras nebulosas de la manipulación y el engaño pasen por una explicación. «Los proletarios» —esos mismos proletarios que combatieron al capital «utilizando sus propios métodos y objetivos»[3], que por lo demás nunca se definen— «confiaron en los demócratas».[4] Dauvé llega hasta preguntarse: «¿Quién derrotó esta energía proletaria?»[5], pero nunca se dice nada de los contenidos, las formas y los límites propios de esta energía. Es energía proletaria y punto. Para Dauvé la cuestión central era «cómo controlar a la clase obrera»[6], pero antes de hacernos esta pregunta hemos de formular otra: «¿Qué hace la clase obrera?» Esto siempre parece evidente en el texto: es una simple cuestión de «energía proletaria». ¿Por qué entonces el «control» tuvo éxito en 1921 y en 1943 (en Italia)? Estas son las preguntas a las que el texto sólo responde de forma anecdótica, o bien de la manera tan profunda que veremos más adelante: los trabajadores fracasaron y fueron derrotados porque no hicieron la revolución, o sea, una tautología.

Encontramos esta misma «energía revolucionaria» indeterminada en el análisis de la derrota de la clase obrera y la posterior victoria del nazismo en Alemania:
«La derrota alemana de 1918 y la caída del imperio pusieron en movimiento un asalto proletario [debe de tratarse de una manifestación de la «energía proletaria»] lo bastante fuerte como para hacer estremecerse los cimientos de la sociedad, pero impotente para revolucionarla, conduciendo así a la socialdemocracia y a los sindicatos al centro del escenario como claves del equilibrio político.»[7]

No se nos dice nada acerca de este «asalto proletario». ¿Por qué no es lo suficientemente potente como para revolucionar la sociedad? Esa es la pregunta, sin embargo, y la única a la que hace falta responder. Las cosas parecen tan obvias para el autor, es suficiente con decir «proletariado» y «revolución». En cierto momento nos ofrece fugazmente una indicación: dice que el movimiento radical alemán «aspiraba a un mundo obrero».[8] Pero este comentario, de una importancia fundamental, no se desarrolla; aquí sólo sirve como una especie de detalle que no resuelve la cuestión de la derrota, y se le resta importancia inmediatamente frente a la generalidad del «asalto proletario».

La clave de la problemática se nos da en una observación casual:

«Pero la revolución conservadora también se apoderó de los viejos tendencias anticapitalistas (la vuelta a la naturaleza, la huida de las ciudades...) que los partidos obreros, aun los más extremistas, había negado o desestimado por su incapacidad de integrar la dimensión a-clasista y comunitaria del proletariado, por su incapacidad para criticar la economía y por su incapacidad para pensar en el futuro como algo más que una mera prolongación de la industria pesada.»[9]

Dejaremos de lado las luchas del régimen nazi contra la industria pesada; lo que nos interesa es la «energía proletaria». Esta energía se encuentra en la «dimensión a-clasista y comunitaria». Si esto es así, una vez proclamada esta dimensión, todo lo demás —es decir la historia real de la luchas de clases— no puede ser nada más que una sucesión de formas más o menos adecuada a ella. El patrón general del argumento es, pues, el siguiente: el hombre y la sociedad están separados y este es el fundamento de toda la historia, todas las formas históricas de la sociedad humana reposan sobre esta separación e intentan resolverla, pero sólo de forma alienada. El capital es la sociedad en la que la contradicción llega a sus límites, pero a la vez (¡Hegel al rescate!) es la sociedad que da nacimiento a una clase que posee esta dimensión comunitaria, una clase a-clasista. En cuanto al capital, se ve obligado a responder a la misma cuestión de la separación (que, no lo olvidemos, es sólo una forma de vínculo social), mediante el Estado, la democracia, la política. Hemos llegado a la simple oposición de dos respuestas ante la misma pregunta. Los términos de la contradicción en seno del modo de producción capitalista ya no son el proletariado y el capital, sino la comunidad humana de la que es portador el proletariado, y la política (el Estado), que se enfrentan entre sí, y la única conexión entre ambos es que representan soluciones opuestas al problema transhistórico de la separación entre el hombre y la sociedad, el individuo y la comunidad. Podemos encontrar esta problemática en forma desarrollada en «Le roman de nos origines» en La Banquise (LB no. 2). La problemática en conjunto pasa por alto el axioma básico del materialismo: que a cierto tipo de individuo corresponde cierto tipo de comunidad.

El proletariado no es portador de una dimensión a-clasista o comunitaria: tiene, en su contradicción con el capital, la posibilidad de abolir el capital y la sociedad de clases y producir la comunidad (la inmediatez social del individuo). Esto no es una dimensión de la que sea portador, ni como una naturaleza derivada de su situación en el modo de producción capitalista, ni como el sujeto por fin descubierto de la tendencia general de la historia hacia la comunidad.

Incapaz, en el seno de semejante problemática, de considerar la lucha de clases como la historia real de sus formas inmediatas y de entender que su contenido histórico particular agota la totalidad de lo que sucede en la lucha (y no como forma histórica de otra cosa), Dauvé nunca nos dice por qué la revolución fracasó, o por qué cada vez que el Estado, los partidos o los sindicatos quieren destruir el movimiento revolucionario, lo consiguen. «La contrarrevolución inevitablemente triunfa en el terreno de la revolución».[10] Exactamente, pero nunca nos enteramos de por qué la contrarrevolución sale vencedora en relación con las características históricas de la revolución. El autor describe cómo sucede, pero lo deja ahí. Dada la problemática general, la única explicación posible es la tautológica: la revolución fracasó porque no fue más allá. Al decir esto no hemos dicho nada sobre el fracaso realmente existente de la revolución realmente existente. «En esta coyuntura, la democracia y la socialdemocracia eran indispensables para el capitalismo alemán para liquidar el espíritu de rebelión en las urnas, arrancar una serie de reformas a los patronos, y dispersar a los revolucionarios ».[11] Pero la relación de esta actividad de la clase capitalista y la socialdemocracia con el contenido histórico de la propia revolución, que es lo único que nos explicaría por qué «funciona», no ha sido explicada; aquí está el punto ciego inevitable de esta problemática. 

En el capítulo sobre España los callejones sin salida de esta problemática llegan al extremo. Dauvé describe con precisión la contrarrevolución (sobre eso no tenemos ningún desacuerdo con él), pero sólo habla de la revolución partiendo de lo que no hizo, en relación con lo que tendría que haber hecho, y como una sucesión de «errores fatales»:

«Después de derrotar a las fuerzas de reacción en un gran número de ciudades, los obreros tenían el poder. Pero, ¿qué iban a hacer con él? ¿Debían devolverlo al Estado republicano, o debían usarlo para avanzar en una dirección comunista?»[12]

Conocemos la respuesta, y Dauvé nos explica con gran detalle el «error fatal» de los revolucionarios españoles, que no se enfrentaron al gobierno legal, al Estado. Pero ¿por qué cometieron este error? ¿Acaso no estaba ligado a la naturaleza misma del «asalto proletario»? (Sin duda fue fatal, pero que se pueda hablar de un error no está tan claro.) Estas son las preguntas reales que esta problemática es incapaz de abordar. «En mayo de 1937, los obreros todavía habrían podido levantarse contra el Estado (esta vez en su forma democrática), pero ya no podían llevar su lucha hasta el punto de una ruptura abierta»[13] o sea que en julio de 1936 sí podían haberlo hecho. Según Dauvé, las masas fueron «engañadas» por la CNT y el POUM, que temían enemistarse con el Estado:

«Al aceptar la mediación de las “organizaciones representativas” y los consejos de moderación del POUM y de la CNT, el mismo pueblo que había derrotado a los militares fascistas en julio de 1936 se rindió sin lucha a la policía republicana en mayo de 1937.»[14]

Si aceptamos esta interpretación, se deduce que los proletarios españoles son idiotas. Es asombroso escribir expresiones como: «las masas depositaron su confianza», «error fatal», «los proletarios, convencidos de que tenían el poder efectivo», «porque aceptaron la mediación...», sin dudar un solo instante, o hacer una pregunta como: ¿pero por qué da resultado? ¿Por qué otorgan su confianza? ¿Por qué se produjo este error? ¿Por qué esta convicción? Si estas preguntas no se plantean ni siquiera de forma momentánea, de todos modos deberíamos preguntarnos por qué no.

Lo que sucede es que en el texto el proletariado es revolucionario por naturaleza, y, mejor aún, comunista. Se da por hecho que la historia es la historia de la separación entre el hombre y la sociedad; en cuanto a los proletarios, son «seres mercantilizados que ya no pueden y no quieren existir como mercancía, y cuya rebelión hace estallar la lógica capitalista». Los proletarios son, en sí mismos, seres contradictorios, y como tales son portadores de la comunidad, del comunismo. De eso se desprende que cuando no logran hacer la revolución se han equivocado o han sido engañados. Por lo tanto, lo que no sucede se convierte en la explicación de lo que realmente sucedió.

La fórmula «seres mercantilizados, etc.», deja sumidas en la oscuridad preguntas teóricas que no podrían ser más arduas o decisivas. Aquí los proletarios son el quid de una contradicción interna, uno de cuyos términos no se define y se da por sentado: por un lado, son mercancías, pero ¿en nombre de qué, por otro, quieren dejar de serlo? Elemental: son hombres. La definición social del proletariado en un modo de producción específico da paso a una definición híbrida: la mercancía y el hombre. Pero, ¿quién es este hombre que no es el conjunto de relaciones sociales a través de las cuales no es más que una mercancía?

Desde el momento en que la naturaleza revolucionaria del proletariado se construye como este híbrido contradictorio entre el hombre y la mercancía, la historia de la lucha de clases (y para ser más exactos, la de la revolución y el comunismo) desaparece. El comunismo está inscrito de una vez por todas en la naturaleza del proletariado. Que el proletariado no pueda y no quiera seguir siendo lo que es, no es una contradicción interna a su propia naturaleza, inherente a su ser, sino más bien la actualidad de su relación contradictoria con el capital en un modo de producción históricamente específico. Es la relación con el capital de esa mercancía particular que es la fuerza de trabajo como relación de explotación la que constituye la relación revolucionaria. Planteada de esta forma, es necesariamente una historia: la de esta contradicción. La lucha de clases en la Barcelona de mayo del 37 no fue el movimiento del comunismo en general (ni siquiera bajo estas condiciones particulares), que se quedó corto por razones que nunca pueden darse; más bien fue la revolución tal y como realmente existió, es decir, como afirmación del proletariado, que extrajo su fuerza y el contenido de su autonomía de su condición en el seno del modo capitalista de producción. Los «errores» aparecen ahora como lo que son, límites intrínsecos, en la medida en que la revolución presupone su propia contrarrevolución. La afirmación de la autonomía del proletariado presupone la afirmación de lo que es en el capital; es ahí donde encuentra su fuerza y la razón de ser de su actividad, a la vez que se produce el vínculo fundamental entre esta acción y la contrarrevolución.

La afirmación de una dimensión «a-clasista», «comunitaria» del proletariado deriva meramente de la incomprensión de una época de la lucha de clases (hasta la década de 1840) y no de la naturaleza revolucionaria del proletariado. Ahora bien, esto permite construir al proletariado como figura de la humanidad, como representación de una contradicción preexistente. El comunismo es presupuesto como tensión, como tendencia opuesta al capital desde el inicio del modo de producción capitalista que aspira a hacerlo estallar. Esto no es lo mismo que afirmar que el comunismo es el movimiento que suprime las condiciones existentes, es decir, el movimiento de la contradicción interna de estas condiciones. Por otra parte, si otorgamos al proletariado esta dimensión, el proceso histórico de la lucha de clases ya no es realmente necesario en relación con la revolución: se trata simplemente de un proceso de realización. Esto hace que el análisis se desplace de tal modo que la contradicción entre comunismo y capital sustituye a la contradicción entre proletariado y capital.

Si volvemos al curso de la guerra civil española tal como lo describe el texto, llama poderosamente la atención el empleo del subjuntivo y el condicional: «Llevar la revolución más allá de las áreas de control republicano, sin embargo, significaba completar la revolución en las áreas republicanas también.»[15] Lo que no sucedió siempre explica lo que realmente sucedió: «Pero ni siquiera Durruti pareció comprender que el Estado todavía estaba intacto en todas partes.» Todo transcurre como si existiera un termómetro enorme con una escala que llega hasta la Revolución Comunista (comunidad humana): uno lo inserta en un punto sensible de los acontecimientos y se fija hasta dónde llega el mercurio, y luego explica que el mercurio sólo llegó hasta ahí porque no subió más.

Ahora bien, «Durruti y sus compañeros encarnaron una energía que no había aguardado a 1936 para asaltar el mundo existente».[16] En esta visión de la historia, la «energía proletaria» desempeña un papel estelar: es lo que hace que el mercurio ascienda por el termómetro. Es, al igual que en la física antigua, una de esas fuerzas inefables destinadas a arropar todas las tautologías. Tomemos nota de paso de que «la energía», al igual que el «ímpetu», se encarna.[17] En última instancia, sin explicar por qué la revolución española no fue más allá y cuál es su relación fundamental con la contrarrevolución, Dauvé acumula todos los «cómo» pertinentes, pero sin ofrecernos jamás los rudimentos de una explicación, salvo que sea condicional y que la condición sea aquello que se tendría que haber hecho:

«[…] como mínimo, el anuncio de la independencia inmediata e incondicional para el Marruecos español habría creado intranquilidad en el seno de las tropas de choque de la reacción .» […][18]

«A fin de ser consolidadas y ampliadas, las transformaciones sociales sin las cuales la revolución se convierte en una palabra vacía tenían que plantearse como antagonistas a un Estado claramente designado como el adversario. El problema fue que, después de julio de 1936, el poder dual sólo existía en apariencia. No sólo los instrumentos del poder proletario que surgieron de la insurrección, y aquellos que posteriormente supervisaron las socializaciones, toleraron al Estado, sino que le acordaron darle la primacía en la lucha anti-Franco, como si fuera tácticamente necesario por el Estado para derrotar a Franco.»[19]
[…] «Las medidas comunistas podrían haber minado las bases sociales de los dos Estados (republicano y nacionalista), aunque sólo fuera resolviendo la cuestión agraria: en los años treinta, más de la mitad de la población pasó hambre. Una fuerza subversiva hizo erupción, poniendo en primer plano a los estratos más oprimidos, los más alejados de la “vida política” (por ejemplo, las mujeres), pero no logró llegar hasta el fin ni erradicar el sistema de raíz.»[20]

¿Por qué? Para responder a esta pregunta hay que definir la revolución de otro modo que como «ímpetu revolucionario», «potencial comunista» o «revolución abortada».[21] Hay que considerar la contradicción entre proletariado y capital como una relación de implicación recíproca, y la revolución y el comunismo como productos históricos, no como resultado de la naturaleza de la clase revolucionaria definida como tal de una vez por todas.

Para Dauvé la revolución alemana, al igual que la rusa y la española, da testimonio de «un movimiento comunista rehaciendo toda la sociedad».[22] Pero es precisamente la naturaleza de este movimiento comunista en esta coyuntura particular de la historia de la contradicción entre proletariado y capital la que hay que definir si queremos comprender sus límites y su relación con la contrarrevolución sin reducirla a lo que se debería haber hecho y no se hizo. A pesar de todo, el autor nos ofrece una explicación de los límites de la revolución, aunque por lo visto sin atribuirle demasiada importancia:

«La guerra civil española demostró tanto el vigor revolucionario de los lazos y las formas comunitarias penetradas por el capital —pero que todavía no son reproducidos cotidianamente por este— como su impotencia, por sí solas, para engendrar una revolución. La ausencia de un asalto contra el Estado condenó el establecimiento de relaciones diferentes a una autogestión fragmentaria que conservaba el contenido y a menudo las formas del capitalismo, en particular el dinero y la división de actividades por empresas individuales.»[23]

¿Y si fueran precisamente esos lazos y esas formas los que impidieron el «asalto»? ¿Y si estos fueran sólo una forma particular de la afirmación del proletariado? Dauvé no se hace esa clase de preguntas, porque para él las condiciones particulares siempre son sólo condiciones en relación con lo que la revolución ha de hacer, no la forma misma de la revolución en un momento dado. En este pasaje breve pero muy interesante no se libra de una problemática de condiciones objetivas/naturaleza revolucionaria. Esas condiciones particulares, sobre las que llama nuestra atención, deberían haber sido las que, pese a todo, tendrían que haber producido un asalto contra el Estado. En consecuencia, se da una explicación de los límites, pero esta no interviene sobre el razonamiento general. Si lo hubiera hecho, Dauvé se habría visto obligado a precisar históricamente el «vigor revolucionario», el «impulso revolucionario», y ya no podría haber hablado de «revolución abortada» o de «potencialidades comunistas». Ya no habría podido explicar lo que había sucedido a través de lo que no había tenido lugar, y todos los «habría podido suceder» habrían carecido de todo sentido. De hecho, se contenta con yuxtaponer una visión ahistórica de la revolución y del comunismo a las condiciones [históricas concretas o específicas] que le dan forma y que van a moldearla. Aquí la historia de la lucha de clases siempre es dual: por un lado, el principio comunista, la energía o el ímpetu revolucionario que animan el proletariado, es decir, una historia trascendente; por el otro, la manifestación limitada de esta energía, es decir, una historia anecdótica. Entre estos dos aspectos hay una jerarquía. La historia trascendente es la historia «real», y la historia real, con todos sus límites no es más que la forma accidental de la primera, tanto es así que la primera siempre juzga a la segunda.

Apenas cabe poner en duda el comentario de Dauvé sobre el estado de las relaciones sociales de la España de la década de 1930, pero o bien era posible hacer lo que él dice que habría que haber hecho, y por tanto las condiciones podrían haberse superado, o no era posible y en este caso, los condicionantes de Dauvé pierden todo significado racional. Esa situación se habría superado si el ímpetu revolucionario hubiera sido lo que él presupone que fue en su análisis. Pero si se trataba de una lucha programática, dicha situación (los vínculos comunitarios) es un material que se reelabora en función de su propia naturaleza.

Cabría considerar la totalidad de este texto histórico como un trabajo de reflexión sobre lo que la revolución puede y debe ser en la actualidad. Pero el problema es que Dauvé la presenta de una forma eterna y atemporal, hasta el extremo de que aunque terminemos con mayores conocimientos no avanzamos un ápice en la cuestión fundamental: ¿por qué la revolución de hoy podría ser lo que no fue en el pasado?

Dejémoslo claro: estamos absolutamente de acuerdo con la secuencia de los hechos que ofrece Dauvé, tanto en el caso de Alemania como en el de España (con algunas reservas en lo que respecta a Rusia). Su concepción de la revolución comunista es por entero la nuestra en lo que se refiere al contenido y las medidas comunistas, en su concepción como comunización y no como paso previo a la comunización. En lo que discrepamos profundamente es en la comprensión del curso de la lucha de clases como yuxtaposición de un principio comunista de un ser del proletariado dado y conocido de antemano frente a una historia que se contenta con expresar este principio de forma parcial, confusa o abortada. No es cuestión del método de análisis histórico; esto no es una disputa entre filósofos de la historia. Como siempre, lo que está en juego es la comprensión del período actual. El método de Dauvé hace imposible comprender la superación del programatismo, es decir, de la revolución como afirmación del proletariado.[24] Para él, la revolución comunista como actualmente puede concebirse, tal como se presenta en este ciclo de lucha, ya estaba presente (limitada, abortada, con errores e ilusiones, etc.) en las revoluciones rusa, alemana y española. Por tanto, incluso cuando decimos que estamos de acuerdo con la concepción de la revolución que ofrece al final de su folleto, es porque no ve que esta revolución no es —ya no es— la de Rusia, [España,] etc. Dichas revoluciones fueron revoluciones del ciclo de la lucha en el que el proletariado se afirmaba, lo que hoy ya no es el caso. Esa confusión no carece de consecuencias para una teoría basada en la situación actual de la relación entre el proletariado y el capital, en la comprensión de las luchas actuales y de la revolución como superación producida de este ciclo de lucha. Es decir, en la forma en que uno considere estas luchas como realmente productoras de su superación (práctica y teóricamente), y no como luchas que han de ser juzgadas en relación con esa superación postulada de antemano como norma. La historia de la lucha de clases es producción, no realización.    

---------------------------------------------------

Notas:

[1] Gilles Dauvé, Cuando las insurrecciones mueren (todas las referencias corresponden a la versión inglesa de este texto). 

[2] pág. 29

[3] pág. 31

[4] pág. 28

[5] pág. 32

[6] pág. 34

[7] pág. 38

[8] pág. 36. El subrayado es nuestro.

[9] pág. 36

[10] pág. 36

[11] pág. 38. Nota del traductor de la versión inglesa: en la versión francesa del texto al que se refiere Théorie Communiste, la democracia y la socialdemocracia eran indispensables también para contener/integrar (encadrer) a los trabajadores. Esta frase fue omitida en la versión en lengua inglesa.

[12] pág. 34

[13] pág. 50

[14] pág. 51

[15] pág. 53

[16] pág. 55

[17] Nota del traductor de la versión inglesa: «élan » («ímpetu») juego de palabras con el «ímpetu revolucionario» de Dauvé (págs. 57, 67) que en otros textos suyos se traduce como «ola revolucionaria» «... oleada» o «... el impulso». Aquí corresponde a una de las fuerzas inefables de una física difunta. TN: “élan” — a play on Dauvé’s “revolutionary élan” (pp. 57, 67) which in other texts by Dauvé is translated as “revolutionary wave” “…surge” or “…momentum”. Here it corresponds to one of the ineffable forces of a defunct physics.

[18] pág. 56

[19] pág. 59

[20] pág. 68

[21] págs. 57, 66 y 59, respectivamente

[22] pág. 67

[23] pág. 67

[24] Para una explicación del concepto de «programatismo» de TC ver «Epílogo». [Un ejemplo de programatismo son las tesis sobre la revolución y contrarrevolución en la región española durante los años treinta del Grupo Comunista Internacionalista (1997) y del Grupo Barbaria (2019)]

---------------------------------------------------

Relacionados:

Traigan sus muertos — Endnotes #1

Epílogo — Endnotes #1

____________________________________________________________________________________________________

 

Leer más textos de Théorie Communiste en español aquí y aquí (archivos en Google Drive)

1 de septiembre de 2021

Algunos relatos sobre la comunización

Jasper Bernes

Traducido al castellano por: Non Lavoro [https://translatoriac.noblogs.org], 2021


[Serie | 8 partes]

Parte uno: Algunos relatos sobre la comunización
Parte dos: Fracaso | Comunización, la historia de una teoría del futuro
Parte tres: Socialisme ou Barbarie, la Internacional Situacionista y la teoría de la comunización
Parte cuatro: El comunismo es un libro abierto | Jan Appel y la historia del comunismo de consejos
Parte cinco: La autoeducación de Jan Appel | La comunización y su historia

Parte seis: Marcha a paso ligero por el mayo rampante
Parte siete: Explicaciones
Parte ocho: Fisuras y virajes

***

Parte uno

26 de noviembre de 2020

«Quiero hacer una serie de publicaciones sobre la teoría de la “comunización” tal como se ha desarrollado desde 1968, porque me parece que hay mucho más interés en el término, y más deseo de lo que hay comprensión. Son muchas las razones para el abuso que ha sufrido esta palabra, pero la principal es que, en un principio, en Francia, de donde deriva, la “comunización” nunca se usó para nombrar a una tendencia o una teoría coherente. Era simplemente un término en uso que una red vagamente conectada de proyectos comunistas utilizaba para explicar su visión de la revolución comunista.

Incluso cuando el término courant communisateur  —tendencia comunizadora, o corriente comunizadora— comenzó a aplicarse a estos grupos de manera retrospectiva, muchos cuestionaron y se resistieron el término, en atención a la forma en que con éste se confundía a los defensores de la comunización, que podrían existir en el mundo aquí y ahora, con quienes practicaran la comunización, es decir, con personas que aún no existen.

Acreditar un concepto como este a un solo autor o texto es peligrosamente cosificante, pues la mayoría de estos textos fueron escritos, editados y discutidos  en forma colaborativa, y con frecuencia fueron distribuidos por primera vez sin firmar. No obstante, podemos decir que la contribución fundamental fue el ensayo que escribió Gilles Dauvé en 1969, Sobre la ideología de ultraizquierda [“Sur l’ideologie ultra-gauche”], redactado para la reunión nacional del grupo comunista-de-consejos Informations et Correspondances Ouvières, y que pretendía llamar a debate a Paul Mattick. Más tarde, la librería y lugar de encuentro de París La Vieille Taupe [El viejo topo] volvería a publicar el ensayo como “Contribución a la crítica de la ideología de ultra-izquierda”. Dauvé reelaboraría este artículo para publicarlo, a principios de los 70, en Le mouvement communiste, la primera publicación donde se elaboró ​​la teoría de la comunización. Fredy Perlman, entonces editor estadounidense de la Internacional Situacionista y, por extensión, de la ultraizquierda, reunió estos artículos bajo el título Eclipse and Reemergence of the Communist Movement [“Declive y resurgimiento de la perspectiva comunista”] que sigue siendo el texto en francés más conocido sobre la comunización y sin duda el punto cero para la discusión en inglés del término. Este es el primer punto: la comunización surge como una crítica, y en realidad no puede entenderse sin comprender el objeto de la crítica, razón por la cual la mayoría de los documentos de la comunización involucran un recuento de la historia de todo el movimiento obrero desde el siglo XIX en adelante.

Aún no les he dicho en realidad qué es la comunización porque creo que la mejor manera de entenderla, en un comienzo, es como el producto de un problema, un ambiente y una coyuntura, y que eventualmente se volverá lo suficientemente abstracta como para sostenerse por sí sola como teoría. Pero la teoría es imposible de entender sin esta historia, una historia que nos permitirá aproximarnos a la comunización en al menos una docena de formas diferentes.

  1. Síntesis

La comunización no es ante todo una crítica simplemente, sino una síntesis crítica, una especie de química irreversible de ideas, en la que la teoría de la revolución que se encuentra en el comunismo de consejos, es decir, en la ultraizquierda alemano-holandesa, se unió a las ideas de Amadeo Bordiga y el comunismo de izquierda italiano —del que hasta entonces había estado en gran parte separado— para producir una nueva construcción teórica, opuesta tanto al consejismo como al bordiguismo. El primer momento de esta síntesis es el texto que acabamos de nombrar, publicado en el principal órgano francés del consejismo y dirigido al comunista consejista vivo más significativo. Mientras que la ultraizquierda alemano-holandesa concebía  la revolución comunista formalmente, como la extensión de la autogestión obrera al control de la totalidad de la economía, Bordiga y sus asociados llevan la atención al contenido del comunismo, su definición lógica y axiomática:

Rechazando la teoría de la autogestión obrera [de los comunistas de consejos], el bordiguismo realiza una de las críticas más mordaces de la economía rusa [URSS], poniendo al frente no a la burocracia, como hacen los trotskistas y Socialisme ou Barbarie, sino a las relaciones de producción. La revolución, sugiere la prensa bordiguista, debe consistir en la destrucción de la ley del valor y el intercambio. [Recopilado en Rupture dans la theorie de la révolution: Textes 1965-75 ]

El término comunización no se utiliza en este ensayo pero está implícito en la síntesis, y todo lo que sigue bajo el nombre de comunización puede considerarse una extensión de esta síntesis.

¿Qué se está sintetizando? Bueno, el bordiguismo y el consejismo, pero eso es impreciso. Del consejismo Dauvé retiene la insistencia en la autoorganización proletaria, el compromiso radical con la lucha de clases proletaria como teoría. Pero esto no es suficiente, dice la crítica. No es suficiente simplemente tomar el poder, no es solo una cuestión de forma, sino de contenido. No basta con formar consejos y apoderarse de las fábricas, como hicieron parcialmente los trabajadores en el 68. También hay que hacer algo con ese poder tomado, y esto es lo que no sucedió en 1968 y lo que no pudieron explicar los grupos ultraizquierdistas con los que se le asocia: Socialisme ou Barbarie, la Internacional Situacionista, ICO y otras estrellas del más amplio renacimiento ultraizquierdista.

¿Qué es este contenido? Bueno, es la destrucción del valor y el intercambio, que para Dauvé es idéntico al comunismo. Espero mostrar en algún momento cómo es que esta definición se queda corta e introduce problemas para la teoría de la comunización, pero debe notarse primero que para los lectores familiarizados con la literatura bordiguista la frase es una abreviación y se refiere a algo bastante concreto: la distribución directa de los bienes sin el uso del dinero, los salarios u otros mecanismos. De lo contrario, la frase que describe el contenido del comunismo es simplemente otro formalismo: ¿cómo puede la destrucción de una forma ser el contenido del comunismo?

Estaban en juego las cuestiones prácticas de la organización revolucionaria. Bordiga había escrito extensamente sobre la importancia de tales medidas para la revolución comunista, y a manera de crítica de lo que él pensaba que era un capitalismo de estado operativo en Rusia. Esto nos lleva al punto final para estos autores: el vocabulario marxista crítico, en la teoría de la comunización, es a la vez una descripción del comunismo. En la categoría valor, heredada de Marx, encontramos la descripción (invertida) del núcleo del comunismo. En la crítica de Bordiga a la URSS, encontramos una teoría de la revolución como comunismo. La síntesis vincula al comunismo directamente con las categorías de la crítica de la economía política de Marx de una manera única y sin precedentes. [...]»

***

Parte seis

 19 de abril de 2021

«Un paso adelante y dos pasos atrás. Todas mis tentativas de hacer avanzar la historia de la comunización parecen haberme devuelto a sus antecedentes en la izquierda comunista y el comunismo de consejos, cuando no en Marx y la Segunda Internacional. Esto se debe a que la teoría de la comunización siempre se presenta de forma narrativa, según he podido aprender. Los ensayos de Gilles Dauvé y Francois Martin han sido traducidos y titulados en inglés como Eclipse and Reemergence of the Communist Movement, una narración del movimiento obrero y de su eclipse contrarrevolucionario, contada desde el punto de vista de un nuevo ciclo de luchas que avanzaba sobre bases nuevas. Aquí, la crítica de la ultraizquierda histórica es la consecuencia teórica de un desplazamiento real en la lucha de clases, visible por primera vez en el ‘68 pero confirmado en los años transcurridos desde entonces. El objetivo de la teoría de la comunización es hacer balance de lo que ha cambiado, y eso requiere como mínimo un entonces y un ahora. [...]

1968 fue un enigma, y sigue siéndolo, porque no surgió como respuesta a una crisis política o económica declarada. Surgió de un antagonismo producido por el crecimiento mismo, no por su interrupción, de la reorganización histórica de la sociedad francesa a lo largo de los Treinta Gloriosos. Llegar a la raíz del antagonismo no era fácil, pues parecía brotar de una mezcla de quejas cualitativas y existenciales, más visibles en los movimientos estudiantiles y juveniles de la época. Realización, sentido, dignidad, participación, expresión creativa. Entre estas reivindicaciones y los lugares de trabajo capitalistas, sin embargo, había una contradicción, por eso Martin sostiene que la ausencia de instituciones concretas de control obrero en el ’68 no se debe a la timidez de la clase trabajadora, sino a su intransigencia: los trabajadores ya no estaban interesados en asumir la responsabilidad de su reproducción como trabajadores, ahora claramente incompatible con sus necesidades como seres humanos. En el fragor de la lucha se reveló algo más, algo que quedó excluido por el momento de las negociaciones e incluso por la propia identidad obrera. Después del ‘68, en Francia y en Italia, donde esta subjetividad será aún más clara, pareciera que los grupos autoorganizados de trabajadores hacían huelga por hacer huelga y contra la finalización de la misma, encontrando en los medios un fin en sí, y exhibiendo indiferencia hacia la marcha de las negociaciones finales, que siempre conducían al desempoderamiento.

Los ultraizquierdistas de Censier perseguían lo que ellos creían que era el programa comunista máximo, fundado en la expropiación autoorganizada de los medios de producción por parte de comités de trabajadores. A los participantes les costó meses y años asumir el silencio del proletariado, su pasividad curiosamente agresiva; la teoría de la comunización es una forma de llegar a asimilar lo que surgió directamente de los debates de aquellos que continuaron reuniéndose para poder descifrar lo que había sucedido. Pero la explicación que da Martin en su libro no es tanto una explicación como una observación, una señal que indica el problema. Podemos entender la teoría de la comunización como una serie de intentos de asimilar este silencio, que habría de reaparecer, de una forma u otra, en cada lucha significativa desde entonces. Así es como Dauvé y otros lo describen en un documento posterior, que ofrece un relato mucho más completo y rico de 1968:

En las fábricas de 1968 apenas se encontraba el ambiente festivo de 1936. La gente sentía que había sucedido algo que podía ir más allá, pero evitaba hacerlo. La atmósfera de gravedad que reinaba iba acompañada de un resentimiento contra los sindicatos, un chivo expiatorio conveniente, mientras que sólo podían mantener el control a través del comportamiento de las bases. La alegría estaba en otra parte, en las calles. Por eso, mayo del 68 no pudo reproducir ni conducir a un retorno revolucionario durante los años siguientes. El movimiento generó un reformismo que se alimentó de la neutralización de sus aspectos más virulentos. La historia no pasa el plato por segunda vez.

Lo que 1968 expuso fue una profunda des-subjetivación, una desidentificación con el trabajo que a menudo era una desidentificación con el movimiento obrero como tal, una negatividad que se manifestaba en el rechazo del trabajo, en huelgas y sabotajes, pero también en su capacidad de volverse hacia el nihilismo, el cinismo y la pasividad:

Abandonar el control de las fábricas a los sindicatos era un signo de debilidad, pero lo era también del hecho de que eran conscientes de que el problema estaba en otra parte. Cinco años después, en 1973, en una gran huelga en Laval, los trabajadores simplemente abandonaron la fábrica durante tres semanas. Como la «despolitización» de la que tanto se ha hablado, esta pérdida de interés en la empresa, en el trabajo y en su reorganización, es ambivalente, y no puede interpretarse más que en relación con todo lo demás. El comunismo estaba ciertamente presente en 1968, pero sólo en relieve, en negativo. En Nantes en 1968, y más tarde en SEAT en Barcelona (1971) o Quebec (1972), los huelguistas se apoderaban de distritos o ciudades, llegaban a apoderarse de estaciones de radio, pero no hacían nada: la autoorganización de los proletarios «es posible, pero al mismo tiempo, no tienen nada que organizar» (Théorie Communiste, n° 4, 1981, p. 21) [...]

En Italia, entonces, podemos ver más claramente los límites a los que se enfrenta la autoorganización del lugar de trabajo como tal. El auto- de la auto-organización se ha vuelto problemático, fracturado por la remodelación de la industria de mediados de siglo. Los trabajadores luchan contra su propia posicionalidad en la división del trabajo, como mujeres, como migrantes, como trabajadores por pieza, como técnicos, etc. El auto- de la auto-organización debe hallarse en otra parte, ya sea en el proletariado como tal, independientemente de los medios de producción, o en alguna futura transformación comunista de esos medios de producción. Lo que se requiere para la revolución no es la autoorganización como tal, sino la autoorganización de la autoorganización, lo que significaría una otro-organización [N. del T., una organización de/del otro], una recodificación del sistema de lugares [system of places] heredado del capitalismo. Como lo escribe Theorie Communiste, resumiendo esta idea: “la autoorganización es el primer acto de la revolución; luego se convierte en un obstáculo que la revolución debe superar”. [...]

Entre piquetero y ocupante, sólo puede haber un tercer término que supere a ambos y que, por tanto, no pueda proceder de ninguno. Llamarán a esto l’écart, un término un tanto intraducible que puede presentarse en un lugar como “brecha” y en otro lugar como “viraje”. La autoorganización de la autoorganización, que supera su sistema de lugares. Esto es lo que hay que articular, como perspectiva comunista, como actividad comunizadora, con sus anticipaciones ubicadas en las luchas de clases más intensas de la época actual. Es lo que intentaré hacer en ensayos posteriores.»