Ian Alan Paul
10 de junio de 2025
[Un balance crítico sobre los disturbios actuales en Los Ángeles, en particular, y sobre las revueltas del siglo XXI, en general, desde la perspectiva de la comunización y la anarquía. Tomado de Conatus Editorial]
 |
Disturbios contra la ICE, policía migratoria de EE.UU. Los Ángeles, junio de 2025
|
La Comuna de París y vehículos del ICE apedreados con trozos de
hormigón. La Revolución Egipcia y filas de coches autónomos envueltos en
llamas. La Guerra Civil Española y multitudes bloqueando una autopista
cubierta de espesas nubes de gas lacrimógeno. Estas fueron algunas de
las yuxtaposiciones que surgieron mientras leía The Future of Revolution de
Jasper Bernes y recibía mensaje tras mensaje sobre las revueltas en Los
Ángeles de amigos dispersos por el globo: fragmentos de tiempo
dispersos colisionando y haciendo saltar chispas entre sí, apuntando
hacia un lugar aún desconocido. Tanto el libro como las revueltas
plantean al fin una pregunta compartida, una en lenguaje teórico y la
otra en lenguaje práctico: ¿cómo podríamos no solo chocar por completo
contra el orden de este mundo, sino finalmente atravesarlo y alcanzar lo
que yace al otro lado?
The Future of Revolution desarrolla su respuesta a esta
pregunta trazando los contornos de un futuro comunista en la forma de
una diversidad de pasados insurgentes. Tomando como objeto la historia
global de los consejos obreros —navegando por sus múltiples
teorizaciones y contradicciones, sus diversas derrotas y sus
potencialidades aún latentes—, el libro extrae los rasgos negativos y
positivos que siguen siendo integrales a la lucha comunista,
cristalizando en lo que Bernes conceptualiza como la prueba del comunismo:
La prueba del comunismo nos dice el qué pero no el cómo: (el comunismo) debe estar armado; debe quebrar el poder armado del Estado; debe
ser proletario, incorporando a la vasta mayoría de la sociedad en
asociaciones voluntarias que reclamen directamente la totalidad de la
riqueza social; debe ser comunista, proveyendo para el uso común según un plan colectivo sin regulación legal ni intercambio; debe superar las divisiones entre personas y lugares arraigadas en la división del trabajo y la estructura empresarial; debe
ser transparente, comprensible para todos, y manejable, permitiendo que
las personas participen en las decisiones que les conciernen mediante
estructuras de delegación revocable con mandato, comprometidas con la
reproducción de una sociedad sin clases, sin dinero y sin Estado.[i]
Esta prueba no aspira a dictar una secuencia o curso preciso que los
levantamientos deban obedecer, sino a discernir los fundamentos
necesarios de una lucha que comprende su tarea histórica como la destrucción de la sociedad capitalista y la construcción de una comunista.
The Future of Revolution deja claro que la insurrección es
la forma bajo la cual se desarrollará la ruptura con el capitalismo. Si
bien Bernes afirma claramente que no podemos saber de antemano «cómo será una destrucción genuina del poder armado del Estado, dados los ejércitos y la policía modernos» y
deduce que muy probablemente seguirá a una disolución interna antes que
a una confrontación militarizada, nunca vacila respecto a su necesidad.[ii] Como Joshua
Clover también aclaró en su obra, el hecho de que el mundo actual esté
organizado sobre la base de un Estado siempre presente y una economía
permanentemente distante ha alterado las variables que durante mucho
tiempo guiaron los debates sobre insurrección y revolución, demostrando
que para los comunistas la abolición del Estado y la reivindicación de
las fuerzas productivas de la sociedad son simplemente dos dimensiones
de un único proceso revolucionario.[iii] A
la luz de esta necesidad, Bernes también describe lo que ahora se han
convertido en los límites evidentes de las formas exclusivamente
negativas de abolición e insurrección:
Es imposible imaginar la abolición de la policía
independientemente de la abolición de la sociedad de clases, la
inauguración del comunismo. Quemar dos, tres, cuatro, muchas comisarías
parece suicida sin la posibilidad de cultivar una forma de vida que
pudiera prescindir de la policía. Tampoco se puede construir el nuevo
mundo en las cáscaras quemadas del anterior: se necesita su riqueza, sus
recursos y capacidades reales. Así, la abolición termina
significando todo y nada.[iv]
Hay poco que objetar en tal análisis, pues todas las revueltas
significativas del siglo XXI se han agotado y consumido en estos
términos: desarrollaron inmensas capacidades de insurrección y
destrucción que, al final, no pudieron extenderse ni sostenerse
suficientemente, y mucho menos dar forma duradera a modos de vida
comunistas. Al mismo tiempo, lo inverso también sigue siendo cierto: no
puede imaginarse la abolición de la sociedad de clases sin la abolición
de la policía, ni es posible cultivar una forma de vida que prescinda de
la policía mientras persista su poder violento. En este sentido,
las capacidades constructivas y destructivas de los levantamientos siguen
siendo fundamentalmente inseparables: poner fin a la sociedad
capitalista debe simultáneamente dar existencia a una vida más allá del
capital.
Tras evaluar las diversas formas y tácticas surgidas en —y circulantes entre— múltiples insurrecciones del siglo XXI (bloqueos contralogísticos,
incendios, ocupaciones de edificios, sabotajes, zonas autónomas),
Bernes aborda la construcción del comunismo en condiciones
insurreccionales imaginando especulativamente la formación de comités de
abolición:
Los comités de abolición podrían dedicarse no solo al trabajo
práctico sino al trabajo especulativo: ¿Cómo sería la abolición? ¿Qué
requeriría?… Sus preguntas fundacionales serían: ¿Qué harías si el poder
estatal desapareciera hoy? ¿Qué harías si no hubiera más policía, y
tras ella, ningún ejército? ¿Qué harías si todas las cárceles ardieran?
Una tarea clave para estos comités de investigación sería la indagación
técnica sobre las condiciones de la producción capitalista y la vida
cotidiana… Un comunista mira una central eléctrica, una fábrica, un
supermercado, una flota de autobuses o una granja siempre con la mirada
puesta en lo que podría ser en el comunismo, que no es en absoluto lo
que es en el capitalismo… La idea es imaginar un atlas de la
reproducción comunista, con todo el conocimiento que un movimiento
comunista podría necesitar para comenzar a reproducirse, en algún
momento insurreccional dado.[v]
No cabe duda de la necesidad de cartografiar, diagramar y reimaginar
cómo todos los recursos y tecnologías del mundo capitalista podrían
ser reivindicados y reorganizados por los comunistas, o alternativamente
cómo deberían ser abandonados o destruidos.[vi] Como Bernes aclara: «cada centímetro de la tierra está ahora tan entremezclado con tantos trabajos humanos, formas de endeudamiento y pertenencia»,[vii] una
interconexión histórica de vidas y sistemas planetarios que implica que
cualquier revolución debería desplegarse también a esas escalas. Gran
parte del pensamiento comunista contemporáneo ha girado explícitamente
hacia estas cuestiones, ejemplificado en textos como Forest and Factory de Phil A. Neel y Nick Chavez o Corona, Climate, Chronic Emergency de
Andreas Malm. Sin embargo, estas propuestas comunistas siguen estando
incompletas mientras privilegien lo positivo y descuiden lo negativo,
viendo la capacidad insurreccional de abolir el poder y la dominación
como un antecedente de la sociedad comunista, pero no como un rasgo constitutivo de ella. The Future of Revolution sigue
siendo una contribución valiosa precisamente porque crea una apertura
para vislumbrar cómo lo destructivo y lo constructivo de la insurrección
y la revolución están indisolublemente entrelazados. La forma mediante
la cual se negará la sociedad capitalista es también la forma mediante
la cual se afirmaría cualquier otra sociedad posible, una dinámica que
debe permanecer central en la teorización y experimentación militantes.
Para Bernes, la destrucción del capitalismo es sinónimo de la
destrucción del valor —la forma abstracta que une los fragmentos
dispersos de la sociedad capitalista—: «El concepto de valor no es
nada, para los comunistas, si no es un punto de mira que aparece en rojo
cuando necesitamos destrozar algo».[viii] Esta
idea, entrelazada en todo el libro, viene acompañada de una
advertencia: que la destrucción del valor no impide que emerja otra
sociedad igualmente basada en la dominación, aunque bajo términos
formales diferentes. A lo largo de su proyecto, Bernes deja claro
que destruir el capitalismo significa poco sin la construcción paralela
del comunismo, pues no son meras posibilidades binarias,
sino no-conjuntas: no pueden coexistir como formas de sociedad, pero la
ausencia de una no implica necesariamente la existencia de la otra. Como
describe Bernes:
La relación entre capitalismo y comunismo es de no-conjunción, no
de disyunción. Puede haber capitalismo. Puede haber comunismo. Pero no
puede haber capitalismo y comunismo. Su relación es… no-conjunción, no
una simple disyunción excluyente. Podríamos formular esto como el axioma
de la contradicción… Lo que implica la no-conjunción de capitalismo y comunismo es una elección de negaciones mediante las cuales se revela el
contenido positivo del comunismo.[ix]
El desarrollo de sistemas de crédito social, vigilancia automatizada y
proyectos expansivos de IA debería bastar para dejar claro que otras
formas de organización social siguen siendo posibles, formas que algún
día podrían prescindir del valor por completo mientras preservan las
formas de dominación propias de la sociedad de clases. En este sentido,
el valor debe verse como la forma principal mediante la cual la sociedad
de clases se ha organizado históricamente bajo el capitalismo, y por
tanto es precisamente lo que debe ser destruido en el presente; sin
embargo, la sociedad de clases siempre podría reorganizarse en el futuro
bajo diversos términos formales ajenos al valor.
Aquí podemos comenzar a leer dentro de la prueba del comunismo lo que
podríamos llamar la prueba de la anarquía. Para Bernes, la sociedad
comunista necesariamente contradice a la capitalista, pero no existe
como su única alternativa posible. Es porque la clase y la dominación
pueden organizarse en términos distintos a la forma valor que la
sociedad comunista debe contradecir no solo las formas específicas del
capitalismo, sino también toda otra posible sociedad de
clases. Discernir la prueba de la anarquía dentro de la prueba del
comunismo es así reconocer que si la destrucción del capitalismo se
entrelaza con la construcción del comunismo, esta última debe igualmente
entrelazarse con la destrucción de toda lógica de dominación posible,
además del valor. Si el valor es la differentia specifica del
capitalismo, el proyecto de Bernes propone que este puede servir de base
para clarificar tanto la positividad como la negatividad del
comunismo: «la abolición de la ley del valor deja un resto, y es desde y contra este resto que el comunismo debe realizarse».[x]
La anarquía, sin embargo, carece de tal principio formal donde
fundamentarse, pues lo que aspira a negar no es específico del
capitalismo. La prueba de la anarquía corre así como un hilo negro a
través de la historia del capitalismo pero también de toda historia
posible, viendo en cada expresión de dominación el potencial y la
necesidad inerradicables de la insurrección. Si el comunismo toma forma
como un arma afilada particularmente contra el valor, la anarquía debe
surgir más bien como una fragua capaz de producir nuevas armas frente a
cualquier dominación que se imponga.

Dado que el comunismo emerge en no-conjunción con el capitalismo al
constituirse positivamente como sociedad en la imagen negativa del
valor, la prueba de la anarquía surge junto a él como una forma de
no-conjunción cuya apertura es por necesidad infinitamente más amplia,
opuesta a toda forma posible de sociedad basada en la clase y la
dominación. La prisión es, después de todo, una institución
profundamente entrelazada con la historia del capitalismo y moldeada por
ella, pero las posibilidades carcelarias persistirán incluso sin valor,
organizadas bajo cualquier cantidad de términos formales alternativos.
Igualmente fácil es imaginar la existencia de regímenes fronterizos en
futuras sociedades no capitalistas, especialmente mientras se
intensifica la crisis climática y diversas catástrofes y escaseces se
vuelven más agudas y frecuentes. Nuevas formas de jerarquía, dominación y
exclusión basadas en raza, género, sexualidad, capacidad o cualquier
otro criterio seguramente aspirarían a arraigarse tras la destrucción de
la sociedad capitalista, tal como la precedieron. Mientras Bernes
escribe que pretende «tratar la teoría de la revolución comunista desde la perspectiva de la eternidad»,
la tarea de la anarquía también permanece eterna, así como su horizonte
se expandirá perpetuamente, desplegándose siempre de nuevo en
no-conjunción con la dominación.[xi] Así
como el nacimiento del capitalismo inauguró una guerra contra la vida
que este nunca ha cesado de librar, la llegada del comunismo también
marcará el advenimiento de una anarquía perpetua librada contra toda
forma emergente de sociedad de clases.
Las corrientes anarquistas de nuestro tiempo han dirigido su atención
principalmente hacia la cuestión del poder destituyente, enfocándose no
tanto en la necesidad de constituir una nueva sociedad como en la
necesidad de destituir y destruir el orden presente. Este
enfoque nos ha ofrecido un método para experimentar y teorizar todas
aquellas formas y técnicas que exige la insurrección: aprender tácticas y
desarrollar repertorios capaces de desmantelar y derrocar el poder en
todas las diversas formas en que históricamente se constituye. La
anarquía es así el filo destituyente de lo constituido por el comunismo,
el proceso persistente de desactualización que acecha en la penumbra de la actualidad comunista. En las primeras páginas de The Future of Revolution, Bernes cita la perspicacia de C.L.R. James: «la tarea hoy es convocar, enseñar, ilustrar, desarrollar la espontaneidad».[xii] Desarrollar la espontaneidad es,
por supuesto, una formulación contraintuitiva, pero en el contexto del
proyecto de Bernes adquiere un sentido combustivo y explosivo. Hoy
nuestra lucha es ver la espontaneidad del comunismo y la anarquía
mientras se desarrolla como insurrección y como nuevas formas de vida,
ardiendo como estrellas guía en la larga noche de la historia y
desvaneciéndose oscuramente en los agujeros negros formados en la
geometría negativa de lo que no son.
Traducción por Grupo de Traductoras Comunistas, Fracción mexicana
Notas
[i] Jasper Bernes, The Future of Revolution, Verso Books, 2025, 128
[ii] Ibid., 160
[iii] «En
1700, la policía tal como la conocemos hoy no existía; algún alguacil o
bedel esporádico vigilaba el mercado. Al mismo tiempo, la mayoría de
los bienes de primera necesidad se producían localmente. En resumen: el
Estado estaba lejos y la economía cerca. En 2015, el Estado está cerca y
la economía lejos. La producción está pulverizada; las mercancías se
ensamblan y distribuyen mediante cadenas logísticas globales. Inclusos
los alimentos básicos probablemente proceden de otro continente.
Mientras tanto, el ejército doméstico permanente del Estado siempre está
a mano —progresivamente militarizado bajo el pretexto de librar guerras
contra las drogas y el terror.» Joshua Clover, Riot, Strike, Riot, Verso Books, 2019.
[iv] Jasper Bernes, The Future of Revolution, Verso Books, 2025, 169
[v] Ibid., 171-172
[vi] Bernes
se toma el tiempo, a lo largo del libro, para esbozar las
características positivas que organizarían la economía bajo el
comunismo. Al imaginar la forma que tomarán las comunas tras la
destrucción del capitalismo, enfatiza dos aspectos de la prueba del
comunismo que prescriben que una sociedad comunista debe ser, al mismo
tiempo, transparente y controlable. La transparencia se manifiesta en el
consejo o la comuna como un libro abierto que permite a todos ver y
comprender fácilmente cómo se organiza y se gestiona colectivamente la
sociedad, mientras que la controlabilidad se expresa en la capacidad de
revocar de inmediato a los representantes de las comunas o los consejos,
lo cual garantiza que se mantengan responsables y no puedan concentrar
poder. Aunque Bernes evita caer en la trampa de describir en detalle
cómo se verían en la práctica la transparencia o la controlabilidad, y
en su lugar desarrolla sus principios abstractos, ambos conceptos
funcionan como interruptores automáticos, en el sentido de que están
diseñados para sofocar de manera preventiva la posible reaparición de la
clase y del valor, construyendo el comunismo como imagen negativa del
capital.
[vii] Ibid., 126
[viii] Ibid., 88
[ix] Ibid., 127-128
[x] Ibid., 99
[xi] Ibid., 82
[xii] Ibid., 12
_____________________________________________________________________________________________________
Crítica de este texto por Nec Plus Ultra (región chilena, 12 de junio de 2025)
En todo el texto hay una cuestión problemática con respecto a la espontaneidad que es el resultado necesario del marco teórico/práctico de su autor [el anarquismo]. La experiencia reciente de todas las revueltas contemporáneas muestra que la espontaneidad no es necesariamente un "más allá del capital", como si lo espontáneo fuera lo opuesto al capitalismo. De hecho, el capitalismo subsume continuamente lo espontáneo en las formas de la mercancía y el deseo -el capitalismo no podría persistir sin capturar el deseo-. La espontaneidad de los individuos en revuelta es la espontaneidad de personas que están constituidas por el capital, por lo tanto, es intrínsecamente contradictoria. Podría destituir parcialmente la forma capitalista y luego reforzarla -como en Chile 2019/2020-.
El asunto fundamental de la transformación radical de nuestra época no reside en "desarrollar la espontaneidad" a secas, sino en superar la brecha que existe entre revuelta y revolución a través de la constitución de un movimiento conscientemente orientado a la supresión del sistema. Esa supresión no es pura espontaneidad, aunque también se alimenta de ella, sino que implica organización, una comprensión estratégica de las contradicciones de la sociedad capitalista y de la propia lucha insurreccional, lucha armada, planificación concertada de acciones insurreccionales contra las fuerzas armadas de la reacción, constitución conciente de una nueva forma de producción social, etc.
Ian Alan Paul plantea una cuestión fundamental, pero no la responde adecuadamente: "todas las revueltas
significativas del siglo XXI se han agotado y consumido en estos
términos: desarrollaron inmensas capacidades de insurrección y
destrucción que, al final, no pudieron extenderse ni sostenerse
suficientemente, y mucho menos dar forma duradera a modos de vida
comunistas." Para él, la respuesta estaría en fortalecer el momento destituyente, "dar existencia a una vida más allá del capital" y "desarrollar la espontaneidad".
Lo que Ian Alan Paul no ha captado es que el carácter contradictorio de las revueltas contemporáneas resulta del carácter contradictorio de la sociedad capitalista de la cual estas revueltas emergen. Esto queda claro en su concepto de valor, que es, para él, "la forma abstracta que une los fragmentos dispersos de la sociedad capitalista" y no un modo contradictorio de praxis social [el valor no es una cosa, sino una relación de clase.] De ahí que, en última instancia, responda al problema de la revuelta en términos tautológicos: si las revueltas no van más allá del capital es porque no han perseverado en su momento destituyente y no han creado formas de existencia más allá del capital.
Esta forma de plantear los problemas lleva necesariamente a un voluntarismo práctico y teórico, a un callejón sin salida. Sin una perspectiva radical anclada en un movimiento de masas, sin un entendimiento estratégico de las contradicciones de la sociedad, sin organización y sin medios materiales de propaganda, coordinación y autodefensa, las revueltas jamás superarán los horizontes del capital y su institucionalidad, por muy espontáneas y disruptivas que sean. La forma comunista tiene su condición de posibilidad en las contradicciones de la sociedad, pero no puede existir sin una producción conciente de esa forma a partir de medidas prácticas que solo pueden ser sostenidas a través de medios insurreccionales y enfrentando una cruenta represión por parte de todas las fuerzas de la reacción capitalista.
***
Nota de PR: En la
posdata de nuestro último texto de coyuntura en la región ecuatoriana, también desarrollamos una crítica del culto a la espontaneidad o del espontaneísmo y, en cambio, reivindicamos la necesidad de la autoorganización revolucionaria del proletariado o del
Partido Histórico. Por lo cual, consideramos pertinente reproducirla aquí:
No somos partidarios del
espontaneísmo, menos aún si se trata de
contribuir a que las luchas reivindicativas den un salto cualitativo y así
estalle una nueva revuelta que devenga revolución. Una cosa es la espontaneidad
o la forma natural en la que suceden las cosas; en este caso, la lucha del
proletariado contra la burguesía, precisamente por la naturaleza contradictoria
y dinámica de la sociedad de clases. Y otra cosa muy diferente es el
espontaneísmo o el culto a la espontaneidad, el cual no reconoce los límites de
la espontaneidad ―como lo demuestran las revueltas de los últimos años― y, así,
termina negando la necesidad de organización autónoma y de posiciones
revolucionarias. Espontaneidad y autoorganización no son contrarias, sino
complementarias, ya que la autoorganización del proletariado brota de la
espontaneidad de sus luchas y, entonces, la deja atrás para poder desarrollarse,
consolidarse y acertarle golpes contundentes al Estado-Capital y la sociedad de
clases.
Por eso, somos partidarios de
la autoorganización revolucionaria del proletariado; es más, somos
partidarios de lo que Marx, Bordiga, Camatte, n+1, Endnotes, Amorós y otros
camaradas han llamado "Partido Histórico" de la revolución
comunista mundial, el cual “brota espontáneamente del suelo de la sociedad
burguesa” (Marx) y está muy lejos del vanguardismo ―autoproclamarse “la
vanguardia” y pretender hacer del proletariado un objeto dirigible― y del
sustitucionismo ―sustituir al proletariado como sujeto revolucionario—. Porque el
partido histórico propiamente dicho no es más que el conjunto de fuerzas que
luchan por la autoorganización del proletariado para la revolución social
mundial.
Autoorganización del proletariado,
independencia de clase y acción directa son inseparables y significan luchar sin
intermediarios ni representantes; lo que quiere decir, luchar por fuera, en
contra y más allá de sindicatos, partidos, elecciones, parlamentos, leyes, etc.
El “partido independiente de la clase trabajadora” es también “el partido de la
subversión” o “el partido de la anarquía” en duelo a muerte con “el partido del
orden” (Marx).
Considerando que, cuando el
proletariado se levanta y hace temblar al orden capitalista, la derecha y la
izquierda del Capital se unen en un solo partido en su contra: “el partido de
la democracia” (Engels). Por lo tanto, el partido histórico del proletariado
revolucionario es un partido contra la democracia, es decir, contra la
dictadura social del Capital y su Estado sobre el proletariado. Esto no quiere
decir que el partido revolucionario del proletariado sea una organización de
tipo autoritario o vertical. Al contrario: en su interior se practican
relaciones sociales de nuevo tipo basadas en la solidaridad, el apoyo mutuo, la
libertad y la horizontalidad reales.
De allí que el partido histórico
no es un partido formal ni un mini-Estado como los partidos leninistas mal
llamados “comunistas”, sino que es un partido que, si bien necesita
estructurarse para organizar las tareas revolucionarias, va mucho más allá de
estatutos, comités, dirigentes, nombres, siglas y fronteras de todo tipo. Es el
proletariado mismo organizándose y actuando de manera orgánica como clase
revolucionaria. Es “el movimiento real que anula y supera el estado de cosas
actual” (Marx y Engels). Es el partido del comunismo y la anarquía contra el
partido de la democracia. Todo esto es la autoorganización revolucionaria del
proletariado en acción.
Ahora bien, es importante tener
claro que la autoorganización revolucionaria no es un fin en sí mismo, sino
sólo un medio; y, que el objetivo final de la autoorganización revolucionaria
no es convertirse en “Estado proletario”, sino abolirse a sí misma junto con la
autoabolición revolucionaria del proletariado como clase para, en cambio,
devenir comunidad real de individuos libremente asociados que producen y viven
sus vidas como tales. En ese sentido, el partido histórico será “la prefiguración
de la sociedad comunista” (Camatte) o no será: el partido histórico en
este siglo será el Partido-Comunidad o no será. Concebido ya no como una pirámide
de piedra, sino como una red viva cuya sustancia sea la solidaridad antagonista
y transformadora.
A pesar de la contrarrevolución
todavía reinante o de estos malos tiempos para la militancia revolucionaria, las
minorías radicales del proletariado internacionalista que hoy existen son el
germen del partido histórico. Y si no existen, tarde o temprano habrá que
crearlas, fortalecerlas y unirlas para ello; es decir, tendrán que autoorganizarse
como partido histórico y mundial al calor de las luchas proletarias en ascenso.
---------------------------------------------------------------------------
Relacionados: