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24 de agosto de 2026

Dejando el charco (o Para salir del pantano)

L’Ouvrier Communiste (agosto de 1929)
 
 

Sobre el texto:

Este es un artículo publicado en agosto de 1929 en L’Ouvrier Communiste [El Obrero Comunista] número 1, la revista de Groupes ouvriers communistes [Grupos de obreros comunistas] [ver abajo en Relacionados], en la que redactaron revolucionarios cómo Michelangelo Pappalardi y el comunista libertario André Prudhommeaux. Este grupo protagonizó uno de los primeros intentos de unir y de recoger de manera crítica la praxis y posiciones teóricas marxianas/marxistas de la izquierda italiana (“bordiguista”) con las de las izquierdas comunistas no leninistas (sobre todo del comunismo de consejos germano-holandés), y hasta con las de ciertas corrientes anarquistas.

Este grupo surge de una fractura con la revista Prometeo (el periódico de la corriente bordiguista) en varias cuestiones clave, como en el rechazo de los sindicatos al comprender que estos cumplían un rol contrarrevolucionario, y la caracterización de la URSS como un Estado capitalista (diferenciándolos de la crítica trotskista que lo consideraba un "Estado obrero degenerado"). La ruptura con el bordiguismo y por extensión con el leninismo en general, les llevó a un acercamiento con la línea del antiguo KAPD (Partido Comunista de los Trabajadores de Alemania). Este texto retrata cuán profunda fue aquella ruptura.

“[El “viejo topo” ya ha ejecutado su sentencia. Gorter tenía razón y Lenin estaba equivocado.] La línea leninista ha provocado las peores derrotas, la constitución de partidos de masas ha formado un nuevo baluarte oportunista y contrarrevolucionario en el campo del proletariado. La revolución mundial encontró saboteadores en estos partidos, no guías.”

Traducido por Colapso y Desvío a partir de la versión en inglés disponible en libcom. 

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Las grandes luchas y derrotas de la clase trabajadora en los períodos de guerra y posguerra han creado la base para un renacimiento de las fuerzas proletarias, para un resurgimiento de la conciencia ideológica y la capacidad de lucha del proletariado. Sólo que esta elevación de la ideología proletaria se produce a expensas de un proceso de descomposición de las organizaciones en el que la clase trabajadora no pudo encontrar las armas para su victoria sobre el capitalismo, organizaciones representadas por la socialdemocracia y el bolchevismo.

Nuestro origen como grupo donde el arma de la crítica revolucionaria no teme ni a los líderes ni a los ídolos se debe a este proceso de descomposición, que se extendió rápidamente dentro de la Comintern poco después de la NEP (1921-1928). Pero nuestro desarrollo, nuestra libertad del barro del charco, no fue obra de un día. Fueron necesarias muchas luchas para alcanzar nuestro nivel ideológico actual. Y si hoy nuestra posición está libre de oportunismo se debe a una doble escisión.

En el terreno revolucionario sólo podemos alcanzar la claridad a ese precio; no hay otra manera posible de retener y difundir las posiciones que hemos ganado con tanto esfuerzo. Algunos deben quedarse, a veces un puñado debe quedarse solo. De lo contrario, no queda más que ocultar estas posiciones bajo un fango de concesiones y disciplina mecánica.

La primera escisión nos liberó del fanatismo disciplinario, donde esos lamentables centristas, los reformistas de la Comintern, todavía debaten. Pero esta primera escisión, que debemos a los elementos de Prometeo y lo que nos permitió ver el horizonte más amplio, no fue suficiente.

Entre nosotros había herejes vacilantes, asustados por nuestra tendencia iconoclasta y que se escondían en sus bolsillos imágenes descoloridas con la esperanza de que algún día pudieran ser fuente de un milagro. También hubo quienes quedaron a la deriva en una corriente de aristocracia obrera, permanentemente separada de la revolución. De todos aquellos de los que nos deshicimos, no nos arrepentimos porque nuestras ideas y posiciones revolucionarias valían más que su compañía recalcitrante.

Además, la perfecta homogeneidad ideológica que se puede lograr en un período de descomposición a expensas de la cantidad es mucho más preferible a una combinación más amplia de elementos heterogéneos. Hoy en día, el crecimiento de la calidad se ve afectado por una disminución de la cantidad. Las personas que, ante esta dura realidad, se aferran al mito de la unidad para defender sus falsas posiciones, no entendieron la necesidad de este proceso. Asustados por el aislamiento actual, flotan con el actual, habiendo olvidado que la realidad histórica no está limitada en la actualidad, sino que es un conjunto complicado de contingencias que, en última instancia, elimina elementos tan insignificantes.

¡Pero qué importa su pérdida después de nuestra liberación ideológica! ¿No nos regocijamos por romper un vínculo que tal vez nos habría devuelto a los charcos?

Comenzamos nuestro desarrollo negando el mito formal de la unidad, porque sabíamos bien que éste es un medio para preservar las organizaciones contrarrevolucionarias. La historia, los hechos que tenemos ante nosotros, demostraron la exactitud de esta verdad. Simplemente hicimos lo que nos dimos cuenta, ¡ay! Un poco tarde.

¿Era demasiado tarde? No. Además, ¿de qué otra manera se podría haber hecho este descubrimiento? Los elementos de la conciencia subjetiva (estas son expresiones de Lenin) no son una aceleración de la historia. No podemos construir sobre la arena. Lo subjetivo es sólo el reflejo de la continuación, incluso un aspecto, del objetivo mismo. Es la experiencia histórica la que desarrolla nuevas posiciones ideológicas, lo que crea nuevas formas de lucha a expensas de las viejas y anticuadas organizaciones.

El gran error de Lenin, que sin saberlo estaba en él; el reflejo de una situación en la que el elemento proletario no era el único que desempeñaba un papel significativo, fue precisamente esta tendencia a las construcciones artificiales, a la estrategia que, deseando avanzar los límites de la realidad mediante un plan predeterminado, acaba truncando los brotes de espontaneidad.

La Carta de Bordiga a Korsch publicada por Prometeo comentó sobre este fracaso de Lenin[1]. Lo que no logró señalar es que la culpa recae sobre todos aquellos que siguieron a Lenin en la experiencia de la Comintern, incluidos Bordiga y nosotros mismos. Esta falta de objetividad lleva a olvidar el mérito de quienes no siguieron a Lenin en su intento. Y la responsabilidad aumenta si elementos como Bordiga y muchos otros, sabiendo que la línea leninista conduciría a la quiebra de la Tercera Internacional, no lo hubieran dicho con suficiente claridad.

Hoy es doloroso observar que los representantes de la línea de Bordiga pretenden considerar esta línea como una tendencia original y específica de la izquierda dentro de la Internacional, mientras que es una rama bastante tardía de la verdadera izquierda marxista, la de 1919 y 1920 cuyos representantes fueron Sylvia Pankhurst en Gran Bretaña y los tribunistas[2] Gorter y Pannekoek en Holanda.

Il Soviet, el órgano de la fracción abstencionista del Partido Socialista Italiano, ¡incluso ha publicado un folleto de Pannekoek! Lo que finalmente encontró expresión en Alemania en el Partido Comunista Obrero, contra el cual se dirigen casi todos los ataques de Lenin en la Enfermedad Infantil[3].

No hay forma de ocultarlo, sólo los tribunistas y los radicales alemanes se negaron a seguir la línea de Lenin. Fue Herman Gorter en su carta abierta a Lenin, escrita para él y el Partido Comunista Alemán, quien denunció la línea falsa de Lenin.

El “viejo topo” ya ha ejecutado su sentencia. Gorter tenía razón y Lenin estaba equivocado. La línea leninista ha provocado las peores derrotas, la constitución de partidos de masas ha formado un nuevo baluarte oportunista y contrarrevolucionario en el campo del proletariado. La revolución mundial encontró saboteadores en estos partidos, no guías.

La línea de Lenin era la de la unidad, la línea de Gorter la de la división. Pero ¿cuál fue el resultado de la táctica de unidad? Derrota y luego decaimiento.

Hoy, teniendo en cuenta lo que hemos experimentado, ya no se trata de salvar a la Comintern aferrándose desesperadamente al leninismo, como lo hace la mayor parte de la oposición, sino de condenar, a la luz de la experiencia histórica, ese mismo leninismo. Y con esto nos referimos al oportunismo táctico, que no puede crear unidad artificialmente, sino que retrasa el proceso espontáneo de unificación revolucionaria. Al mismo tiempo, debemos girar hacia la línea de izquierda, hacia el “radicalismo infantil”, que Lenin ya había condenado en 1920.

Esto puede parecer una paradoja, pero el “viejo topo” fue el responsable de demostrar que no era el radicalismo la enfermedad infantil del comunismo. Era más bien el leninismo. La relación de las fuerzas sociales en Rusia, que estaban mucho menos desarrolladas que en Europa occidental y América, formó la base del infantilismo leninista. Así, Lenin y los leninistas pensaron que podían aplicar la misma estrategia en Rusia y en otros países, que ya no tenían una revolución burguesa que llevar a cabo. El leninismo, que no ha logrado extraer de la experiencia occidental los elementos de la maduración, se ha transformado en despotismo y reacción tanto en Rusia como en la escena internacional. Y así fue como el proletariado ha visto crecer el número de sus enemigos. El proletariado ya no se ocupa sólo de la democracia burguesa y de la socialdemocracia, sino también de esa falsificación del comunismo que es el bolchevismo.

El aspecto fundamental de la “enfermedad infantil leninista” fue el compromiso. De este modo se aplicó un compromiso en la formación de las partes de la Tercera Internacional. En 1919 y 1920, todos los elementos extremistas o ultraizquierdistas tendieron al antiparlamentarismo total; El leninismo participó en una lucha contra estos elementos, que se dejaron doblegar o fueron expulsados de las filas del comunismo oficial. El antiparlamentarismo radical fue una expresión general del grado de conciencia alcanzado por el proletariado a través de la experiencia de la guerra en los países capitalistas avanzados. No hubo confusión, como lo hizo Lenin, en esta manifestación del desarrollo revolucionario dentro de los países más avanzados con el otzovismo ruso. Pero ese modo de comparación es uno de los métodos (no siempre dialécticos) de la ideología leninista. Aceptaron demagogos parlamentarios en la Internacional, que invadió el Partido Socialista Independiente, en el ala izquierda del Partido Socialista de Francia y en el Partido Socialista de Italia. Fue así como los “líderes” fueron entregados a las masas de la Comintern

Por un lado, se luchó y persiguió el extremismo, por otro, se permitió que el oportunismo parlamentario echara raíces en las filas de la vanguardia proletaria. Así, el antiparlamentarismo de los extremistas —justificado históricamente por el conflicto entre el parlamento, el órgano político del capitalismo y los consejos, los órganos políticos del proletariado—, fue condenado por el leninismo y no tenía cabida en la Comintern.

Está claro que el primer paso del bolchevismo hacia el compromiso fue separarse de los mejores elementos revolucionarios y, por tanto, de la realidad revolucionaria real. A la luz de la experiencia histórica, hoy podemos decir que la cuestión parlamentaria no era secundaria, como lo demostró en la diferente interpretación de las tácticas comunistas la diferencia fundamental entre la revolución rusa y la Revolución Occidental. Hoy la estrategia leninista ha fracasado y ha llevado a la Internacional Comunista a unirse a las filas de la contrarrevolución. Está claro que si la Tercera Internacional hubiera tenido en su base ideológica la fuerza del antiparlamentarismo radical, este espantapájaros de oportunistas, el proceso de degeneración de la Tercera Internacional no habría sido tan fácil y que este organismo al menos habría retenido las posiciones revolucionarias del proletariado internacional.

Sin embargo, no fue suficiente para llegar a un acuerdo sobre la cuestión de los partidos de masas y el parlamentarismo. Después de la introducción de la NEP, el compromiso con la socialdemocracia internacional se produjo en la teoría y la práctica del frente único. Se intentó mediante una formulación diplomática ocultar el verdadero significado oportunista de esta táctica, que reflejaba la degeneración inicial de la dictadura proletaria en Rusia en la escena internacional.

[Gavriil] Miasnikov, en una polémica con Lenin en 1922, comentó con razón que habían intentado en vano ocultar la naturaleza claramente socialdemócrata de esta táctica bajo nuevas fórmulas (cuerda y ahorcamiento, etc.). Esta táctica que se aplicó simultáneamente con el lanzamiento del lema del gobierno obrero y campesino (un lema carente de significado en los países capitalistas avanzados) reveló en pocos años el carácter oportunista de la nueva Internacional. En poco tiempo, llevó al Comintern a las mismas posiciones que provocaron el colapso de la socialdemocracia en 1914.

En 1923, el Partido Comunista Alemán, bajo el liderazgo del Ejecutivo de Moscú, no sólo aplicó la táctica del frente único con la socialdemocracia, sino que intentó aplicarla incluso con los elementos fascistas dentro de Alemania. Con este fin, ensalzó a la Nación y sostuvo al mismo tiempo que sólo el proletariado afiliado a todos los elementos sanos de la población podía defender y salvar a la patria del peligro. Esta fue una abierta traición a los principios internacionalistas.

Hay quienes quieren hacer pasar la traición de 1923 en Alemania como un simple error. De hecho, se trata de las mismas personas que ahora quieren salvar al Comintern. Pero no olvidemos el discurso de Radek sobre Schlageter, los discursos de Bujarin y Zetkin sobre la posición de la Comintern frente a Alemania en 1923, y no ignoremos que en aquel momento se consideraba la colaboración entre el Ejército Rojo y la Reichswehr. Nadie dentro de las filas revolucionarias debería omitir lo que nunca lograron refutar: en 1922 y 1923, la Rusia soviética armó a la Reichswehr[4], contra quien el proletariado luchaba heroicamente.

La aplicación del compromiso impulsado a la traición encuentra su base teórica en el Enfermedad Infantil de Lenin e incluso en Contra la corriente [Pro tetseniyu] por Lenin y Zinoviev. Se ha dicho: “Lenin no habría llegado tan lejos”. Pero cuando hacemos la crítica del leninismo no podemos considerar este argumento. Lo que importa es que el leninismo ya lo haya hecho. En Contra la corriente Lenin adopta posiciones contradictorias sobre la cuestión nacional. Su razonamiento oscila entre una posición internacionalista muy razonable y la preservación de tácticas falsas (buscará “fuerzas revolucionarias”, históricamente muertas en luchas nacionalistas, en la autonomía de los pueblos, etc.), ofreciendo una amplia base teórica para la traición de 1923.

Thalheimer, el alma gemela de Brandler (de quien Souvarine era apologista en Francia), estaba bien atendida por la posición equívoca de Lenin de justificar, en un artículo publicado en Die Rote Fahne en 1923, el nacionalbolchevismo del Partido Comunista de Alemania (KPD).

Aquí, una vez más, la naturaleza de la ideología leninista se revela como comprometedora, en el antiguo estilo socialdemócrata, en contraste con la ideología de la izquierda marxista.

Esto es precisamente lo que pudo discernir Rosa Luxemburgo, que junto con la izquierda holandesa y polaca mostró las tendencias objetivas de la revolución en Occidente, en las desviaciones leninistas de Contra la corriente como las primeras manifestaciones del nacionalbolchevismo de 1923.

El apresurado compromiso que creó la Tercera Internacional en un momento de entusiasmo ocultó estas diferencias, cuya importancia quedó clara más tarde, bajo un velo. Y con admiración se leen las críticas que Rosa Luxemburgo hizo a la Revolución Bolchevique y su falsa estrategia nacional, crítica que se esbozó justo antes de la muerte de este gran teórico marxista. El entusiasmo y luego la complicidad que habían silenciado la pléyade de los líderes del Comintern no habían perturbado en lo más mínimo la objetividad de la heroína proletaria; Afortunadamente para ella, no encontró apologistas ni fieles en la escuela leninista-bujarinista.

Una vez más, el compromiso leninista sufrió otra derrota y nuevamente debe ser condenado. Sin embargo, la lección más profunda impuesta al leninismo por los hechos sigue siendo el fracaso de la conquista de los sindicatos. Sobre este terreno, el bordigismo, el brandlérismo, todos los matices y todas las tendencias de la Tercera Internacional siguieron la misma línea. Y es con este propósito que todos apoyaron la necesidad de permanecer en los mismos sindicatos reformistas para luchar contra el reformismo y reemplazar a los líderes reformistas por líderes comunistas para revolucionar los sindicatos. Hasta ayer éramos los “conquistadores”, creíamos en la utopía de la conquista sindical. Tuvimos que pensar detenidamente, presenciar el triunfo del arbitraje, tuvimos que recorrer las experiencias alemana, italiana y rusa para ver que el leninismo era infantil incluso allí. Lenin había olvidado, como mal dialéctico, que las formas de la lucha de clases no siempre son las mismas, que los órganos originalmente naturales pueden distorsionarse y volverse anticuados y reaccionarios. Hoy los “conquistadores” están varados en el arrecife del arbitraje obligatorio. Qué fruto amargo ha dado ese error al proletariado.

El conflicto histórico entre los consejos fabriles y los sindicatos quedó oculto bajo el velo de la teoría de la conquista, entre la revolución y la contrarrevolución. Las mentes de los trabajadores se han dejado llevar por la ilusión de que reemplazando hombres por hombres, funcionarios por funcionarios, era posible revolucionar órganos que la historia había condenado durante la guerra y durante el levantamiento revolucionario. El leninismo, que, contrariamente al reformismo, apoyaba con razón la necesidad de aplastar al Estado, no entendía que los sindicatos, que se habían integrado al Estado, también debían ser aplastados. En Alemania se ha intentado conquistar y se han dejado conquistar; en Rusia los sindicatos son, como en Italia, corporaciones; forman el vicio que se apodera de la clase trabajadora.

Y los organismos sindicales, que, además de la Internacional de Ámsterdam, afirman conservar la tradición de la lucha de clases, son inevitablemente empujados en la misma dirección que las organizaciones amarillas. Su naturaleza reformista prevalece y ya supera incluso su fraseología revolucionaria. Por un lado, está la influencia antiproletaria del Estado ruso, que los convierte en el juguete de la política contrarrevolucionaria, por otro lado, su esencia, que los limita dentro de los estrechos límites de demandas parciales, desarrollándose en ellos órganos de disciplina laboral, los convierte en obstáculos para el desarrollo de la conciencia revolucionaria del proletariado. Por estas razones nos negamos a ver en ellos formas más revolucionarias de lucha de clases. En cuanto a las organizaciones ajenas a la Sección Internacional de Amsterdam y a la Internacional Roja de Sindicatos, que buscan la solución a la lucha de clases en el mismo terreno, es decir, de la misma forma en que otros ya han revelado o están en proceso de revelar su impotencia, están destinados a correr la misma suerte. Ya sea en Alemania, donde optaron por dividirse, o en Francia, donde se aferran a la teoría de la conquista (simplemente eche un vistazo a la acción y la teoría de la Liga Sindicalista para ver que ya está en la rutina del colaboracionismo de clases), sólo demuestran esta realidad más plenamente.

No podemos conquistar los sindicatos para la revolución, no podemos crear sindicatos revolucionarios. La contradicción entre la lucha por el pan y la lucha por la revolución se resolvió históricamente en los consejos fabriles, los consejos revolucionarios que destrozarán el aparato del Estado burgués y con él los propios sindicatos.

En nuestra consideración, no hemos desarrollado completamente nuestra crítica. Hemos tenido que contentarnos con esbozar sólo el lado crítico de nuestro pensamiento. Para dar una base sólida a nuestra crítica debe haber un análisis exhaustivo del desarrollo de la lucha de clases en los años de la posguerra. Lo cierto es que existen los elementos de este análisis, que intentaremos desarrollar en nuestra actividad posterior. Por lo tanto, ahora podemos sacar conclusiones generales. Estos hallazgos no nos llevan simplemente a condenar el leninismo como ideología y práctica. Nos llevan a posiciones que deben consolidarse, pero que, dada la base objetiva de la lucha proletaria en la escena internacional, tienen un valor duradero. No se relacionan con pura contingencia, sino con todo el período de preparación y desarrollo de la revolución proletaria.

También debe haber una difusión entre los proletarios del contenido de estas posiciones y no por los métodos de agitación bolchevique, sino por la propaganda comunista, que no tiene objetivos inmediatos, sino un objetivo: la revolución proletaria.

Preparar desde una base muy limitada, desde una élite consciente, el espíritu de la masa trabajadora a la revolución o, para ser más precisos, la experiencia histórica de la que el proletariado recibe la mayor parte de su educación, su conciencia de su misión de rebelarse y para llevar a cabo la transformación económica y social: ésta es nuestra posición fundamental.

No se puede mantener esta posición mediante una estrategia de líderes. Por el contrario, sólo puede consolidarse condenando la política de los líderes (cabe señalarse que no podemos llamar líderes a los representantes de la clase proletaria que son controlados antes y durante la acción revolucionaria, ni a los miembros de los consejos y otros órganos revolucionarios, que son meros instrumentos de la acción proletaria), que han encontrado y aún encuentran refugio en organizaciones donde la masa básica no tiene conciencia de los problemas revolucionarios. Por eso no tenemos prisa por fundar un nuevo partido, por ampliar apresuradamente nuestra base organizativa. No queremos repetir estos errores; No queremos con nosotros a los que aún no nos han entendido. Al adoptar este método, estaremos protegidos contra la restauración de líderes políticos en nuestras filas. Nuestro objetivo es formar un partido verdaderamente revolucionario y es para ello que preferimos seguir siendo, durante mucho tiempo si es necesario, una secta[5].

Y nuevamente para mantener esta posición, para preservar su baluarte en la revolución, no bastará con desarrollar una conciencia proletaria a través de la propaganda, ni con separarnos de la política de los líderes. Para desgarrar esta posición de la antigua influencia de la cultura, del medio burgués, debe haber una ruptura definitiva con toda tradición burguesa. Será necesario entrar en una lucha abierta contra las formas que tienden a preservar y difundir las raíces de la influencia burguesa entre la clase trabajadora. Es necesario romper con parlamentarios y sindicalistas; es necesario preparar su destrucción. Es necesario incitar a la clase trabajadora a boicotear el parlamento y preparar su destrucción. Es necesario decirle al proletariado que la lucha por demandas parciales no puede resultar en la mejora de las condiciones de vida de la clase trabajadora, que sólo tiene valor como elemento de preparación para la lucha revolucionaria lo que nos llevará al establecimiento de la dictadura del proletariado[6]; que los sindicatos no pueden ser la expresión de esta lucha revolucionaria, que conducen a la colaboración de clases, es decir, a una mayor esclavitud de la clase trabajadora.

No hace falta decir que la experiencia y proliferación de esta verdad tiene un valor enorme y fundamental para el desarrollo de la conciencia proletaria. Pero cuando nuestra propaganda, en lugar de apoyar esta verdad, en lugar de apoyar las lecciones de la historia, va en contra de la realidad histórica, nuestra actividad se vuelve contrarrevolucionaria; cuando el leninismo niega la existencia de un nivel superior de conciencia proletaria y trata de hacerla pasar por una enfermedad infantil, entra en conflicto con la historia, se vuelve contrarrevolucionaria. No queremos que el puñado de héroes que con sus acciones despierten revoluciones y creen nuevas bases sociales.

Simplemente manteniendo las posiciones que el proletariado ganó durante el período revolucionario de posguerra, aunque fuera a costa de mil derrotas, cumplimos nuestro modesto pero necesario papel.

Y para mantener y ampliar estas posiciones lucharemos incansablemente contra todos los enemigos de la revolución, contra la burguesía y sus afiliados, contra la socialdemocracia occidental y contra la socialdemocracia de Moscú.

 


Notas [de CyD]:

[1] Se refiere a la carta enviada por Bordiga a Karl Korsch en octubre de 1926 y publicada posteriormente en la revista Prometeo, en la que cuestiona la forma en la que Korsch caracteriza la revolución rusa cómo una “revolución burguesa”. Para Bordiga no era tan simple identificar lo que sucedía en Rusia como la reproducción del capitalismo, sino que se trataba de “nuevas formas de la lucha de clases que no tienen precedentes históricos”. Léase en: https://www.quinterna.org/lingue/espanol/historico_es/carta_karl_korsch.htm.

[2] Entiéndase por quiénes se agrupaban en el periodíco De Tribune y representaban el ala izquierda del Partido socialdemócrata de Holanda y que en 1918 participaron de la fundación del Partido Comunista de Holanda.

[3] Se refiere al folleto “La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo”, escrito por Lenin en 1920 contra la fracción abstencionista italiana y las disidencias de izquierda al interior del Partido Comunista Alemán, principalmente por su actitud antisindical, su crítica al Partido y al parlamentarismo. Este panfleto sería respondido por Herman Gorter en su “Carta abierta al camarada Lenin” del mismo año, las divergencias entre Gorter y Lenin llevarían a un intercambio epistolar que terminaría con la carta titulada “Las lecciones de las «Jornadas de Marzo» de 1921 en la que insiste en los errores de la táctica de Lenin para el resto de Europa. Posteriormente, Gorter resumiría el rol de Lenin y los bolcheviques de la siguiente manera:  “Lenín y sus colegas han jugado un papel extraño. Por un lado, han mostrado al proletariado mundial el camino al comunismo, por otro han ayudado a establecer el capitalismo mundial en Rusia y Asia (sin mencionar a los campesinos). Por nuestra parte, siempre consideraremos más importante el verdadero comunismo hacia el que se están esforzando los obreros ingleses, alemanes y norteamericanos”.

[4] Las Reichswehr fueron las fuerzas armadas oficiales de alemania durante la República de Weimar, las cuales colaboraron con las fuerzas paramilitares nacionalistas (Freikorps) para reprimir los levantimientos obreros que estallaron luego de la revolución Rusa, incluído el levantamiento espartaquista que terminaría con el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, y de la República de Baviera que llevó al aprisionamiento y asesinato del anarquista Gustav Landauer en 1919. Posteriormente también serían responsables de reprimir el Levantamiento del Ruhr de 1920 y el Octubre Alemán de 1923. La alianza estratégica con la URSS, permitió el rearmamiento secreto de Alemania a través de la instalación de fábricas de material militar en territorio soviético.

[5] Recomendamos leer la crítica a los rackets por Jacques Camatte y que nosotros hemos abordado también. Véase: J. Camatte, Sobre la organización, 1972 y CyD, Notas sobre la organización y la práctica para los siguientes ciclos de lucha, 2026.

[6] Al respecto, recomendamos la lectura de Dictadura del Proletariado, Revolución Permanente y Guerra Revolucionaria en donde se comprende la dictadura del proletariado no como un Estado obrero, sino que cómo una suerte de Anti-Estado, “una forma de organización que ya no es el Estado”. En donde ni el aparato burocrático del Estado ni la policía sobreviven. En sus propias palabras: “La policía no tiene nada que ver con la dictadura del proletariado: esta última no la necesita, hará su revolución, su revolución permanente, sin la colaboración de este órgano inútil y peligroso”. 

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Relacionados: 

L'Ouvrier Communiste N° 1 (agosto de 1929) - Periódico completo traducido por Colectivo Obrero Comunista (agosto de 2026)

¿Conquistar los sindicatos o destruirlos? (3 partes, agosto-noviembre de 1929) - Traducido por Escritos para la Emancipación (junio de 2021-abril de 2022) y compilado por Barbaria (noviembre de 2024)

Dictadura del Proletariado, Revolución Permanente y Guerra Revolucionaria (octubre de 1930) - Traducido por Colectivo Obrero Comunista (junio de 2026) 

1 de septiembre de 2021

Algunos relatos sobre la comunización

Jasper Bernes

Traducido al castellano por: Non Lavoro [https://translatoriac.noblogs.org], 2021


[Serie | 8 partes]

Parte uno: Algunos relatos sobre la comunización
Parte dos: Fracaso | Comunización, la historia de una teoría del futuro
Parte tres: Socialisme ou Barbarie, la Internacional Situacionista y la teoría de la comunización
Parte cuatro: El comunismo es un libro abierto | Jan Appel y la historia del comunismo de consejos
Parte cinco: La autoeducación de Jan Appel | La comunización y su historia

Parte seis: Marcha a paso ligero por el mayo rampante
Parte siete: Explicaciones
Parte ocho: Fisuras y virajes

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Parte uno

26 de noviembre de 2020

«Quiero hacer una serie de publicaciones sobre la teoría de la “comunización” tal como se ha desarrollado desde 1968, porque me parece que hay mucho más interés en el término, y más deseo de lo que hay comprensión. Son muchas las razones para el abuso que ha sufrido esta palabra, pero la principal es que, en un principio, en Francia, de donde deriva, la “comunización” nunca se usó para nombrar a una tendencia o una teoría coherente. Era simplemente un término en uso que una red vagamente conectada de proyectos comunistas utilizaba para explicar su visión de la revolución comunista.

Incluso cuando el término courant communisateur  —tendencia comunizadora, o corriente comunizadora— comenzó a aplicarse a estos grupos de manera retrospectiva, muchos cuestionaron y se resistieron el término, en atención a la forma en que con éste se confundía a los defensores de la comunización, que podrían existir en el mundo aquí y ahora, con quienes practicaran la comunización, es decir, con personas que aún no existen.

Acreditar un concepto como este a un solo autor o texto es peligrosamente cosificante, pues la mayoría de estos textos fueron escritos, editados y discutidos  en forma colaborativa, y con frecuencia fueron distribuidos por primera vez sin firmar. No obstante, podemos decir que la contribución fundamental fue el ensayo que escribió Gilles Dauvé en 1969, Sobre la ideología de ultraizquierda [“Sur l’ideologie ultra-gauche”], redactado para la reunión nacional del grupo comunista-de-consejos Informations et Correspondances Ouvières, y que pretendía llamar a debate a Paul Mattick. Más tarde, la librería y lugar de encuentro de París La Vieille Taupe [El viejo topo] volvería a publicar el ensayo como “Contribución a la crítica de la ideología de ultra-izquierda”. Dauvé reelaboraría este artículo para publicarlo, a principios de los 70, en Le mouvement communiste, la primera publicación donde se elaboró ​​la teoría de la comunización. Fredy Perlman, entonces editor estadounidense de la Internacional Situacionista y, por extensión, de la ultraizquierda, reunió estos artículos bajo el título Eclipse and Reemergence of the Communist Movement [“Declive y resurgimiento de la perspectiva comunista”] que sigue siendo el texto en francés más conocido sobre la comunización y sin duda el punto cero para la discusión en inglés del término. Este es el primer punto: la comunización surge como una crítica, y en realidad no puede entenderse sin comprender el objeto de la crítica, razón por la cual la mayoría de los documentos de la comunización involucran un recuento de la historia de todo el movimiento obrero desde el siglo XIX en adelante.

Aún no les he dicho en realidad qué es la comunización porque creo que la mejor manera de entenderla, en un comienzo, es como el producto de un problema, un ambiente y una coyuntura, y que eventualmente se volverá lo suficientemente abstracta como para sostenerse por sí sola como teoría. Pero la teoría es imposible de entender sin esta historia, una historia que nos permitirá aproximarnos a la comunización en al menos una docena de formas diferentes.

  1. Síntesis

La comunización no es ante todo una crítica simplemente, sino una síntesis crítica, una especie de química irreversible de ideas, en la que la teoría de la revolución que se encuentra en el comunismo de consejos, es decir, en la ultraizquierda alemano-holandesa, se unió a las ideas de Amadeo Bordiga y el comunismo de izquierda italiano —del que hasta entonces había estado en gran parte separado— para producir una nueva construcción teórica, opuesta tanto al consejismo como al bordiguismo. El primer momento de esta síntesis es el texto que acabamos de nombrar, publicado en el principal órgano francés del consejismo y dirigido al comunista consejista vivo más significativo. Mientras que la ultraizquierda alemano-holandesa concebía  la revolución comunista formalmente, como la extensión de la autogestión obrera al control de la totalidad de la economía, Bordiga y sus asociados llevan la atención al contenido del comunismo, su definición lógica y axiomática:

Rechazando la teoría de la autogestión obrera [de los comunistas de consejos], el bordiguismo realiza una de las críticas más mordaces de la economía rusa [URSS], poniendo al frente no a la burocracia, como hacen los trotskistas y Socialisme ou Barbarie, sino a las relaciones de producción. La revolución, sugiere la prensa bordiguista, debe consistir en la destrucción de la ley del valor y el intercambio. [Recopilado en Rupture dans la theorie de la révolution: Textes 1965-75 ]

El término comunización no se utiliza en este ensayo pero está implícito en la síntesis, y todo lo que sigue bajo el nombre de comunización puede considerarse una extensión de esta síntesis.

¿Qué se está sintetizando? Bueno, el bordiguismo y el consejismo, pero eso es impreciso. Del consejismo Dauvé retiene la insistencia en la autoorganización proletaria, el compromiso radical con la lucha de clases proletaria como teoría. Pero esto no es suficiente, dice la crítica. No es suficiente simplemente tomar el poder, no es solo una cuestión de forma, sino de contenido. No basta con formar consejos y apoderarse de las fábricas, como hicieron parcialmente los trabajadores en el 68. También hay que hacer algo con ese poder tomado, y esto es lo que no sucedió en 1968 y lo que no pudieron explicar los grupos ultraizquierdistas con los que se le asocia: Socialisme ou Barbarie, la Internacional Situacionista, ICO y otras estrellas del más amplio renacimiento ultraizquierdista.

¿Qué es este contenido? Bueno, es la destrucción del valor y el intercambio, que para Dauvé es idéntico al comunismo. Espero mostrar en algún momento cómo es que esta definición se queda corta e introduce problemas para la teoría de la comunización, pero debe notarse primero que para los lectores familiarizados con la literatura bordiguista la frase es una abreviación y se refiere a algo bastante concreto: la distribución directa de los bienes sin el uso del dinero, los salarios u otros mecanismos. De lo contrario, la frase que describe el contenido del comunismo es simplemente otro formalismo: ¿cómo puede la destrucción de una forma ser el contenido del comunismo?

Estaban en juego las cuestiones prácticas de la organización revolucionaria. Bordiga había escrito extensamente sobre la importancia de tales medidas para la revolución comunista, y a manera de crítica de lo que él pensaba que era un capitalismo de estado operativo en Rusia. Esto nos lleva al punto final para estos autores: el vocabulario marxista crítico, en la teoría de la comunización, es a la vez una descripción del comunismo. En la categoría valor, heredada de Marx, encontramos la descripción (invertida) del núcleo del comunismo. En la crítica de Bordiga a la URSS, encontramos una teoría de la revolución como comunismo. La síntesis vincula al comunismo directamente con las categorías de la crítica de la economía política de Marx de una manera única y sin precedentes. [...]»

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Parte seis

 19 de abril de 2021

«Un paso adelante y dos pasos atrás. Todas mis tentativas de hacer avanzar la historia de la comunización parecen haberme devuelto a sus antecedentes en la izquierda comunista y el comunismo de consejos, cuando no en Marx y la Segunda Internacional. Esto se debe a que la teoría de la comunización siempre se presenta de forma narrativa, según he podido aprender. Los ensayos de Gilles Dauvé y Francois Martin han sido traducidos y titulados en inglés como Eclipse and Reemergence of the Communist Movement, una narración del movimiento obrero y de su eclipse contrarrevolucionario, contada desde el punto de vista de un nuevo ciclo de luchas que avanzaba sobre bases nuevas. Aquí, la crítica de la ultraizquierda histórica es la consecuencia teórica de un desplazamiento real en la lucha de clases, visible por primera vez en el ‘68 pero confirmado en los años transcurridos desde entonces. El objetivo de la teoría de la comunización es hacer balance de lo que ha cambiado, y eso requiere como mínimo un entonces y un ahora. [...]

1968 fue un enigma, y sigue siéndolo, porque no surgió como respuesta a una crisis política o económica declarada. Surgió de un antagonismo producido por el crecimiento mismo, no por su interrupción, de la reorganización histórica de la sociedad francesa a lo largo de los Treinta Gloriosos. Llegar a la raíz del antagonismo no era fácil, pues parecía brotar de una mezcla de quejas cualitativas y existenciales, más visibles en los movimientos estudiantiles y juveniles de la época. Realización, sentido, dignidad, participación, expresión creativa. Entre estas reivindicaciones y los lugares de trabajo capitalistas, sin embargo, había una contradicción, por eso Martin sostiene que la ausencia de instituciones concretas de control obrero en el ’68 no se debe a la timidez de la clase trabajadora, sino a su intransigencia: los trabajadores ya no estaban interesados en asumir la responsabilidad de su reproducción como trabajadores, ahora claramente incompatible con sus necesidades como seres humanos. En el fragor de la lucha se reveló algo más, algo que quedó excluido por el momento de las negociaciones e incluso por la propia identidad obrera. Después del ‘68, en Francia y en Italia, donde esta subjetividad será aún más clara, pareciera que los grupos autoorganizados de trabajadores hacían huelga por hacer huelga y contra la finalización de la misma, encontrando en los medios un fin en sí, y exhibiendo indiferencia hacia la marcha de las negociaciones finales, que siempre conducían al desempoderamiento.

Los ultraizquierdistas de Censier perseguían lo que ellos creían que era el programa comunista máximo, fundado en la expropiación autoorganizada de los medios de producción por parte de comités de trabajadores. A los participantes les costó meses y años asumir el silencio del proletariado, su pasividad curiosamente agresiva; la teoría de la comunización es una forma de llegar a asimilar lo que surgió directamente de los debates de aquellos que continuaron reuniéndose para poder descifrar lo que había sucedido. Pero la explicación que da Martin en su libro no es tanto una explicación como una observación, una señal que indica el problema. Podemos entender la teoría de la comunización como una serie de intentos de asimilar este silencio, que habría de reaparecer, de una forma u otra, en cada lucha significativa desde entonces. Así es como Dauvé y otros lo describen en un documento posterior, que ofrece un relato mucho más completo y rico de 1968:

En las fábricas de 1968 apenas se encontraba el ambiente festivo de 1936. La gente sentía que había sucedido algo que podía ir más allá, pero evitaba hacerlo. La atmósfera de gravedad que reinaba iba acompañada de un resentimiento contra los sindicatos, un chivo expiatorio conveniente, mientras que sólo podían mantener el control a través del comportamiento de las bases. La alegría estaba en otra parte, en las calles. Por eso, mayo del 68 no pudo reproducir ni conducir a un retorno revolucionario durante los años siguientes. El movimiento generó un reformismo que se alimentó de la neutralización de sus aspectos más virulentos. La historia no pasa el plato por segunda vez.

Lo que 1968 expuso fue una profunda des-subjetivación, una desidentificación con el trabajo que a menudo era una desidentificación con el movimiento obrero como tal, una negatividad que se manifestaba en el rechazo del trabajo, en huelgas y sabotajes, pero también en su capacidad de volverse hacia el nihilismo, el cinismo y la pasividad:

Abandonar el control de las fábricas a los sindicatos era un signo de debilidad, pero lo era también del hecho de que eran conscientes de que el problema estaba en otra parte. Cinco años después, en 1973, en una gran huelga en Laval, los trabajadores simplemente abandonaron la fábrica durante tres semanas. Como la «despolitización» de la que tanto se ha hablado, esta pérdida de interés en la empresa, en el trabajo y en su reorganización, es ambivalente, y no puede interpretarse más que en relación con todo lo demás. El comunismo estaba ciertamente presente en 1968, pero sólo en relieve, en negativo. En Nantes en 1968, y más tarde en SEAT en Barcelona (1971) o Quebec (1972), los huelguistas se apoderaban de distritos o ciudades, llegaban a apoderarse de estaciones de radio, pero no hacían nada: la autoorganización de los proletarios «es posible, pero al mismo tiempo, no tienen nada que organizar» (Théorie Communiste, n° 4, 1981, p. 21) [...]

En Italia, entonces, podemos ver más claramente los límites a los que se enfrenta la autoorganización del lugar de trabajo como tal. El auto- de la auto-organización se ha vuelto problemático, fracturado por la remodelación de la industria de mediados de siglo. Los trabajadores luchan contra su propia posicionalidad en la división del trabajo, como mujeres, como migrantes, como trabajadores por pieza, como técnicos, etc. El auto- de la auto-organización debe hallarse en otra parte, ya sea en el proletariado como tal, independientemente de los medios de producción, o en alguna futura transformación comunista de esos medios de producción. Lo que se requiere para la revolución no es la autoorganización como tal, sino la autoorganización de la autoorganización, lo que significaría una otro-organización [N. del T., una organización de/del otro], una recodificación del sistema de lugares [system of places] heredado del capitalismo. Como lo escribe Theorie Communiste, resumiendo esta idea: “la autoorganización es el primer acto de la revolución; luego se convierte en un obstáculo que la revolución debe superar”. [...]

Entre piquetero y ocupante, sólo puede haber un tercer término que supere a ambos y que, por tanto, no pueda proceder de ninguno. Llamarán a esto l’écart, un término un tanto intraducible que puede presentarse en un lugar como “brecha” y en otro lugar como “viraje”. La autoorganización de la autoorganización, que supera su sistema de lugares. Esto es lo que hay que articular, como perspectiva comunista, como actividad comunizadora, con sus anticipaciones ubicadas en las luchas de clases más intensas de la época actual. Es lo que intentaré hacer en ensayos posteriores.»