En las últimas décadas,
en muchas regiones del mundo han ocurrido movimientos de lucha muy intensos,
revueltas generalizadas, levantamientos, momentos que en algunos casos podrían
calificarse de insurreccionales.
Por citar solo algunos:
Argentina (2001), Grecia (2008) y, entre 2010 y 2013, Túnez, Egipto, Siria,
Libia, Yemen, Eslovenia, Turquía, Bosnia y Brasil; luego, la ola entre 2018 y
2022: Nicaragua, Francia, Sudán, Argelia, Guinea, Irak, Hong Kong, Líbano, Ecuador,
Chile, Colombia, Irán, EE. UU., Bielorrusia, Kazajistán, Sri Lanka, Perú; en
2024: Kanaky, Bangladesh, Kenia y, por último, en 2025, Serbia, Turquía, Nepal,
Indonesia, Filipinas, Madagascar, Marruecos, Ecuador, Perú…
La ola de
levantamientos en todo el mundo se enfrenta constantemente a los mismos
límites. Ningún levantamiento ha logrado extender su fuerza lo suficiente, en
el tiempo y en el espacio, como para evitar que los insurgentes se vean
obligados a volver al trabajo. Nuestros movimientos son asimilados,
transformados en transición democrática, toma del Estado, nuevas
constituciones. Por el momento, la lucha por la expansión revolucionaria no
logra imponerse. Sin embargo, esta lucha existe. Incluso creemos que es una
dinámica fundamental de nuestros movimientos.
Estas revueltas ganan
en fuerza y en potencial revolucionario cuando trascienden las estructuras de
encuadramiento existentes. Cuando la lucha se organiza afuera de los partidos y
los sindicatos, sin representantes ni intermediarios. Quienes escribimos este
texto lo hemos experimentado durante nuestra participación en el movimiento de
los chalecos amarillos. Es a la luz de esta experiencia que hablamos aquí.
Junto con otros, participamos en una batalla dentro del propio movimiento.
Fuimos del lado de los que decían «lo queremos todo, para todos» y se negaban a
quedar atrapados en la política. Vimos cómo esta orientación reforzaba el
movimiento y la dinámica que impulsaba: la de la victoria.
Pero,
¿qué significaría la victoria?
No hay ninguna cuestión
revolucionaria separada de la lucha por nuestros intereses inmediatos. No hay
comunismo ni anarquía que sean ideales, separados del movimiento por la
abolición de lo que nos destruye. Cuando hablamos de intereses inmediatos, no
nos referimos al engaño diario del poder de compra y la inflación, ni a las
negociaciones para salvar el empleo, la empresa, la economía, las arcas del
Estado o la paz social.
Hablamos de no perder
la vida para ganársela. De no envenenarnos al comer, beber y respirar. De no
morir de hambre, sin hogar, bajo las balas, las bombas o los golpes en la
esquina de la calle. De no ahogarnos al emigrar, de no golpearnos la cabeza
contra los muros de las cárceles del Estado y de no morir allí bajo los golpes
y la tortura.
Sí, queremos todo eso y
mucho más, porque queremos el disfrute colectivo, sensible y relacional de la
existencia. No dejar que nos roben hasta la muerte. Ser capaces por fin de
actuar, de vivir libres en un mundo nuevo. El capitalismo no tiene ninguna solución
para todo esto. Y no tenemos ningún medio para conseguirlo salvo la revolución
mundial, la abolición del Estado, del dinero, del trabajo, de la familia, de
las clases sociales y de todo el sistema de relaciones sociales capitalista. Ese
es un comienzo de respuesta a la pregunta «¿qué significaría la victoria?» para
nosotros.
Los
caminos hacia la victoria, aún los buscamos
Estos caminos se buscan
en todas partes donde los movimientos se convierten en algo más que un motín,
más que una huelga salvaje. Entonces ya no tienen nada que ver con una marcha
sindical o con cualquier tipo de coalición electoral. Autoorganización, práctica
de la acción directa, rechazo de las reivindicaciones y de la negociación.
Ataque a la economía (mediante la destrucción efectiva de empresas e
infraestructuras), rechazo de la perspectiva autogestionaria y ataque a los
símbolos del Estado (ocupaciones y/o destrucción de los lugares de poder,
etc.).
Todas estas dinámicas
buscan el camino hacia la victoria, pero no han conducido a la revolución
social, al menos no todavía. La tendencia revolucionaria dentro de los
movimientos sigue siendo minoritaria. Se busca a sí misma y gana terreno
enfrentándose a todas las fuerzas reformistas que atraviesan las luchas
sociales, además de las fuerzas de represión de los Estados.
Es frente a esta
combinación de represión e integración en el Estado impulsada por la izquierda
capitalista que nuestros movimientos fracasan por el momento. Y hemos visto
cómo, cuando se inicia el reflujo, parte de la fuerza del movimiento se
canaliza hacia el degagismo
democrático, la creencia en un cambio de régimen destinado a «acabar con la
corrupción», el civismo, las ilusiones electorales (referéndum de iniciativa
ciudadana, cambio de constitución, elecciones anticipadas, etc.), o incluso
hacia reivindicaciones redistributivas (aumento de salarios o retirada de un
impuesto) o hacia la crítica de las fuerzas represivas (reforma de la policía,
etc.).
Los movimientos
actuales, cuando alcanzan cierta magnitud, parecen caracterizarse por dos fases
y dos fuerzas antagónicas: una fase ascendente breve en la que ganan fuerza,
luego alcanzan un límite y se inicia la derrota mediante la recuperación
política por un lado y la represión por el otro: integración de la parte del
movimiento que puede integrarse y represión de la parte del movimiento que
quiere continuar la lucha.
Nos vemos obligados a
constatar que todos los levantamientos de la época contemporánea han chocado
contra una especie de «techo de cristal». Este testimonio procedente de Chile
ilustra bien lo que estamos diciendo: «Las autoridades han fracasado
completamente en imponer el orden o la normalidad, mientras que nosotros, los
insurgentes, aún no hemos sido capaces de darle la vuelta por completo».
Sin embargo, son estos momentos de incertidumbre que el Estado aprovecha para
reorganizarse y recuperar el control con el fin de evitar el vuelco
revolucionario.
No obstante, las
revueltas del periodo actual se producen en todas las regiones del mundo y
comparten ciertas prácticas. En ellas, somos muchos y muchas los que buscamos
el camino hacia la victoria. La cuestión de la revolución se conjuga en
presente para nosotros. Es una necesidad inmediata.
En esta lógica,
buscamos compartir experiencias, luchas, consideraciones estratégicas, en
definitiva, ampliar la conversación global sobre nuestros levantamientos. Para
ello, nos gustaría invitarles a participar en un proceso de entrevistas
cruzadas. Es decir, se trataría de debatir, entre nuestros grupos, en
discusiones —públicas o no— una serie de preguntas que fijaríamos juntos, así
como sus respuestas y las preguntas que estas suscitarían a su vez. Queremos
empezar aquí proponiendo algunas, pero sabemos que no podrán abarcar todo lo
que tenemos que debatir: por lo tanto, no solo les pedimos respuestas, sino
también nuevas preguntas, a las que intentaremos responder a nuestra vez. La
lista que figura a continuación es solo un primer intento al que les invitamos
a contribuir.
Primeras
preguntas
- Las revueltas actuales no han
logrado afectar lo suficiente a la producción como para desestabilizar la
economía. Y al cabo de un tiempo, hay que volver al trabajo para ganarse
la vida, lo cual es una de las grandes limitaciones con las que se ha
encontrado el movimiento de los chalecos amarillos en Francia. ¿Cómo se
planteó esto para ustedes? ¿Se planteó la cuestión de atacar el trabajo?
¿Y cómo? ¿Mediante la huelga, es decir, desde dentro de los lugares de
trabajo, o mediante el bloqueo, el sabotaje, es decir, desde fuera? ¿O de
otra manera?
- En la misma línea, ¿se planteó
el movimiento la cuestión de sus propios medios materiales de existencia
sin trabajo, sin propiedad, sin intercambio?
- ¿Qué relaciones mantuvo el
movimiento con los partidos y los sindicatos? ¿Cuáles son las fuerzas de
los partidos y sindicatos en sus movimientos? ¿Han sido posibles las
prácticas de ruptura?
- Superar las dinámicas locales
y coordinarse, especialmente en la ofensiva, se convierte rápidamente en
una necesidad para el movimiento. ¿Cuál ha sido su experiencia al
respecto? ¿Qué se ha intentado hacer?
- A menudo, es en el momento de
construir las estructuras de coordinación cuando los partidos, los
sindicatos y otras formas de liderazgo vuelven a la carga para intentar
tomar el mando. ¿Qué opinan al respecto? ¿Cómo protegerse de ello?
- Los administradores de las
redes sociales pueden ejercer rápidamente un papel de liderazgo porque
controlan cuentas clave a través de las cuales se han lanzado los
movimientos en los últimos años (Instagram, Facebook, Snapchat, TikTok,
etc.). ¿Ha sido esto también una cuestión importante para ustedes? ¿Y se
han tomado medidas por parte del movimiento para evitarlo?
- El espectro de la guerra y la
guerra civil, la represión militar, la relación con el ejército, es una
cuestión importante para nuestros movimientos. ¿Cómo ha sido en su caso?
- La solidaridad frente a la
represión es esencial para la vida del movimiento. ¿Cómo ha sido en su
caso?
En fin, nos planteamos
las siguientes preguntas sobre las relaciones que mantienen los movimientos
entre dos periodos de lucha:
- ¿Han aprovechado los
movimientos recientes la experiencia de movimientos anteriores? En caso
afirmativo, ¿de qué manera?
- Cuando los movimientos se
apagan, ¿qué queda de ellos? ¿Qué vínculos, espacios, estructuras y
prácticas se mantienen? ¿Creen que hay que contribuir a mantenerlos y, en
caso afirmativo, de qué manera?
- Fuera de estos movimientos,
fuera del periodo de lucha, ¿qué iniciativas y actividades les parecen
posibles y pertinentes para mantener viva la perspectiva revolucionaria?