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19 de julio de 2023

La política de la ruptura: acerca de Théorie Communiste

Ray Brassier (julio de 2023)

Revuelta en Argentina, 2001

Este ensayo examina la antinomia de la lucha de clases, tal y como fue formulada por Paul Mattick y elaborada por Théorie Communiste. La antinomia puede formularse de la siguiente manera: mientras que el capital se acumula explotando el trabajo asalariado, la reproducción del trabajo asalariado reproduce las condiciones de explotación que impulsan la acumulación de capital. Así, al reproducirse a sí mismo, el trabajo asalariado reproduce las condiciones de su propia explotación, es decir, del capital. Esto significa que las conquistas del trabajo frente al capital —mejores salarios y condiciones de trabajo— se obtienen a costa del propio trabajo: el aumento de los salarios implica un aumento de la tasa de explotación. Sólo la abolición de la relación de clase capitalista puede abolir este círculo vicioso. La cuestión es si esta abolición requiere que el trabajo se apodere de los medios de producción, o si estos medios están tan ligados a la acumulación de capital que la abolición del capital implica la renuncia a estos medios y la abolición de la producción tal y como la conocemos. Théorie Communiste insiste en esto último. Puesto que la producción social se ha vuelto inextricable de la acumulación de capital y la afirmación del trabajo inseparable de la afirmación del capital, el comunismo como abolición del capital requiere la autoabolición del proletariado. La lucha de clases se desarrolla en la grieta entre dos imposibilidades: la imposibilidad de afirmar el proletariado sin afirmar el capital y la imposibilidad de negar el capital sin negar el proletariado. ¿Es la posibilidad del comunismo inextricable de esta grieta entre la afirmación y la negación imposibles? ¿O requiere una política de la ruptura capaz de señalar la falla entre estas imposibilidades?

La antinomia de la lucha de clases

En uno de sus últimos textos, Reforma o revolución, Paul Mattick resume sucintamente la antinomia de la lucha de clases:

El aumento de los salarios y la mejora de las condiciones de trabajo presuponen el aumento de la explotación, o la reducción del valor de la fuerza de trabajo, asegurando así la reproducción continua de la lucha de clases dentro del proceso de acumulación. Es la posibilidad objetiva de esto último lo que anula la lucha económica de los trabajadores como medio para el desarrollo de la conciencia de clase revolucionaria.[1]

El capital sólo aumentará la parte de la riqueza social que cede al trabajo aumentando la cantidad de plusvalía que extrae del trabajo. El capital aumenta a través de la lucha del trabajo por aumentar su participación en el capital: cuanta más riqueza obtiene el trabajo del capital, más explotado es el trabajo por el capital. Las victorias del trabajo consolidan el monopolio del capital sobre la riqueza social: el fortalecimiento de su influencia sobre el capital es también el debilitamiento de su desafío al capital. Dado que el interés último del trabajo es la abolición del capital, conseguir mejores salarios y condiciones de trabajo es una ganancia a corto plazo que disminuye la perspectiva de una victoria a largo plazo.

Pero el trabajo no puede abstenerse de la lucha por el salario, como tampoco puede renunciar a la lucha por la superación del capital. Está atrapado en una doble encrucijada: si abandona su lucha por los salarios, se verá inmerso en la miseria; si no lo hace, perpetúa su propia explotación. En la teoría marxista ortodoxa, la intensificación de las luchas obreras genera la conciencia de clase y, por tanto, la conciencia de la necesidad de abolir la relación de clase que separa a los productores de los medios de producción. La lucha de clases culmina con la abolición de la clase. La conciencia reformista se convierte en revolucionaria cuando percibe la necesidad de abolir su propio ser social (el ser social genera la conciencia capaz de transformarlo). Pero en la práctica histórica, la conciencia resultante del aumento de poder del trabajo organizado sólo ha buscado consolidar el ser social que la generó. El trabajo organizado se convierte en el ayudante de la burguesía. En lugar de negar su ser social, la conciencia obrera lo refuerza. ¿Qué explica este bloqueo? La subjetividad del trabajo está atrapada entre aspirar al estatus dominante de la burguesía y afirmar su estatus objetivo en el orden social. Aspira porque está subordinada y está subordinada porque aspira. Este callejón sin salida convierte la conciencia del ser social en su afirmación, impidiendo que la conciencia de clase se convierta en la negación imperativa de la clase.

Pero esta neutralización sólo era posible mientras el capital tuviera asegurada una tasa de explotación creciente. Con el fin del auge de posguerra del capital (que duró aproximadamente de 1950 a 1973), la guerra de clases entra en una nueva fase. La conciencia de clase capitalista se ve reenergizada por el poder autoconsciente del trabajo organizado; lanza una nueva ofensiva contra él. La privatización y la mercantilización se intensifican. A medida que la burguesía hace retroceder las conquistas sociales de la clase obrera, la disminución del poder y la influencia del trabajo corroe los amortiguadores materiales que impedían que la conciencia de clase reconociera la necesidad de destruir la clase. Ahora la maximización de la explotación conlleva una creciente pauperización [immiseration], cuyas consecuencias se ven agravadas por las guerras imperiales asesinas y el catastrófico cambio climático. Al librar la guerra contra la clase obrera, la conciencia burguesa desmiembra el ser social, tanto el propio como el de su oponente. La guerra del capital contra el proletariado mundial se ramifica en la destrucción del cuerpo inorgánico de la humanidad, la tierra. Aquí es donde nos encontramos. La cuestión entonces es si la conciencia de clase reavivada por la incipiente reorganización del trabajo se conformará con recuperar lo que ha perdido desde 1973, o si el reconocimiento de la destrucción de su ser social la impulsará a perseguir la abolición definitiva tanto del capital como de la clase.

Posibilidad revolucionaria

Este bosquejo omite todos los detalles que cabría esperar de un análisis o una explicación creíbles. Pero sirve para poner de relieve una faceta infravalorada del materialismo histórico (que también subraya Mattick[2]). El ser social determina la conciencia y a su vez es redeterminado por ella. Pero el hiato temporal que separa la determinación de la redeterminación marca la no coincidencia de sujeto y objeto, o la brecha entre el ser social en-sí y el ser social para-sí. Esta brecha es crucial para la interacción entre la dimensión subjetiva y objetiva del materialismo histórico. No se trata de la determinación unidireccional de la conciencia por el ser social, sino de la determinación bidireccional entre la objetivación inconsciente de la práctica subjetiva (lo que hacemos cada día sin saber que lo hacemos) y la subjetivación consciente de la estructura objetiva (lo que nos vemos obligados a hacer, tras haber interpretado conscientemente nuestro ser social). Es la transición de un momento a otro, y especialmente la redeterminación del ser social por la conciencia de clase, lo que decide si la burguesía mantendrá su ser social así como el de la clase obrera, o si el proletariado negará prácticamente su propio ser social junto con el de la burguesía. El paso práctico de la afirmación a la negación marca la transición de la política de clase reformista a la revolucionaria. Para llevar a cabo esta transición es necesario comprender este hiato como el intervalo en el que se hace la historia. Esto implica aprehender e intervenir conscientemente en la brecha que separa las dimensiones subjetiva y objetiva del ser social y saber así cuándo actuar en los límites del saber.

La posibilidad revolucionaria surge en el intervalo entre las consecuencias objetivas de la actividad subjetiva y su redeterminación subjetiva. Es una perogrullada decir que “la revolución lleva su tiempo”. Pero esta perogrullada tiene un sentido reformista y otro revolucionario. Según el primero, la transición revolucionaria de un modo de producción a otro sigue siendo un proceso social: la transformación de la reproducción social requiere su mantenimiento. El sentido revolucionario insiste en que la revolución no es una transición, sino un hiato que interrumpe los procesos sociales regulares e incluso el imperativo de la propia reproducción social. El imperativo revolucionario consiste en suspender activamente el imperativo de la reproducción social para asegurar su futuro, porque seguir afirmándolo es poner en peligro ese futuro. Podríamos añadir que, en la coyuntura actual, es precisamente la afirmación ciega de la necesidad de continuar lo que niega la posibilidad de continuar. El rechazo reúne el pasado, el presente y el futuro de la reproducción social en el intervalo que los suspende e intenta recrear su posibilidad futura. La transición del capitalismo al comunismo se forja arriesgando la continuidad de la transición.

Pero la cuestión es si la suspensión de las condiciones de continuidad existentes (es decir, las condiciones de reproducción social existentes) forja una continuidad nueva, radicalmente diferente, o si la discontinuidad generada por la negación de estas condiciones amerita el nombre de “comunismo”. Esta es la diferencia entre el comunismo como sublación [sublation[3]] y el comunismo como abolición. La cuestión va más allá de la lógica de la negación. Preguntarse si el trabajo podría reanudar su ascenso frente al capital supone que la dinámica de la lucha de clases es similar al movimiento de un péndulo en un medio neutro, cada polo ascendiendo alternativamente. Pero la historia no es un medio neutro. Su irreversibilidad influye en este dinamismo y altera irrevocablemente su composición de fuerzas.

Théorie Communiste sobre la desconexión entre valorización y reproducción social

La reestructuración de la relación capital-trabajo iniciada en la década de 1970 y extendida a lo largo de las décadas de 1980 y 1990 (a veces descrita como «neoliberalismo», término que evitaré por su imprecisión) cambia las condiciones de la lucha de clases. Para algunos, las altera de tal manera que hace históricamente obsoleta una determinada concepción de la revolución, es decir, la toma y el control de la producción por parte del proletariado. Esta es la propuesta básica de Théorie Communiste (TC), un grupo de teóricos y activistas nacidos del ciclo de luchas que estalló de 1968 a 1977, cuyo trabajo se dedica a reflexionar sobre las consecuencias de esta reestructuración[4]. Ella se caracteriza por tres componentes básicos: desindustrialización y deslocalización [off-shoring]; privatización y austeridad; financiarización y crédito. Su consecuencia combinada es la «doble desconexión» de la reproducción de la fuerza de trabajo de la valorización y de los ingresos salariales del consumo. La primera desconexión conlleva la «zonificación» [zoning] geográfica de la valorización, que implica:

hipercentros capitalistas que agrupan las funciones superiores en la jerarquía de la organización empresarial (finanzas, alta tecnología, centros de investigación, etc.); zonas secundarias con actividades que requieren tecnologías intermedias, que engloban la logística y la distribución comercial, zonas poco definidas con áreas periféricas dedicadas a actividades de montaje, a menudo externalizadas; por último, zonas de crisis y «basureros sociales» en los que prospera toda una economía sumergida de productos legales o ilegales.[5]

Mientras que la zonificación unifica la valorización del valor, divide la reproducción de la fuerza de trabajo:

La reproducción se produce de forma diferente en cada una de estas zonas. En la primera zona: estratos de altos salarios donde se privatizan los riesgos sociales entremezclados con fracciones de la fuerza de trabajo donde se han conservado ciertos aspectos del fordismo y otros, cada vez más numerosos, sometidos a un nuevo “compromiso”. En la segunda zona: regulación a través de salarios bajos, impuestos por una fuerte presión migratoria interna y empleo precario, islas de subcontratación internacional más o menos estables, poca o ninguna garantía para los riesgos sociales y las migraciones laborales. En la tercera zona: ayuda humanitaria, todo tipo de comercio ilícito, supervivencia agrícola, regulación mediante diversas mafias y guerras a escala más o menos restringidas, pero también mediante el resurgimiento de solidaridades locales y étnicas”.[6]

El resultado es una “disyunción total” entre la valorización global del capital y la reproducción de la fuerza de trabajo adecuada para esa valorización. La reciprocidad entre la producción en masa y la reproducción de la fuerza de trabajo, característica del fordismo, desaparece. Hay una separación entre la reproducción y circulación del capital y la de la fuerza de trabajo. Además, la zonificación de la reproducción social refuerza la segmentación del proletariado, su división a través de procesos de racialización y de género agravados por las subdivisiones de etnia y cultura. La proletarización ya no es la fuerza social homogeneizadora que prometía unificar al proletariado contra el capital: “La unidad de la segmentación es todo lo que existe para el proletariado”[7]. La segunda desconexión asocia el aumento del consumo con la disminución de los salarios. El creciente endeudamiento permite que el gasto de los hogares supere a los ingresos. El riesgo macroeconómico se traslada a los hogares, cuya deuda se convierte en la principal fuente de demanda[8]. Así, el punto de partida de la crisis subprime de 2008 no son las inversiones de capital, sino las deudas de los hogares. Los ahorros instrumentalizados por los mercados financieros, ahorros cuyo reembolso es infinito, son los de los trabajadores asalariados: “El salario ya no es un elemento de regulación del conjunto del capitalismo”[9].

Dado lo mucho que va a depender de ello, merece la pena detenerse a considerar las réplicas críticas a la tesis de la desconexión. En una lectura caritativa, puede entenderse que la zonificación de la valorización se da a diferentes escalas geográficas e incluso dentro de un mismo Estado-nación: Brasil podría abarcar las tres. Pero la tesis de la “doble desconexión” ha sido objeto de críticas especialmente mordaces por parte de Bruno Astarian[10]. La crítica de Astarian puede resumirse en tres puntos principales:

1) La unificación del valor sólo existe como conjunto de múltiples capitales diferenciados por su composición orgánica (relación entre capital constante y variable y entre fuerza de trabajo y medios de producción). Esta diferenciación es jerárquica y excluye toda igualación global de la tasa de ganancia. La totalidad de la plusvalía disponible no se distribuye por igual como una única tasa de ganancia entre todos los capitales.

2) Si la unificación del capital global es relativa, entonces la reproducción de la fuerza de trabajo es a la vez local e internacionalmente diferenciada, y como tal más o menos adecuada a la unidad diferenciada del valor.

3) En cuanto al endeudamiento de los hogares, existe una diferencia entre el crédito al consumo y el crédito inmobiliario. Aunque el primero permite aumentar el gasto de los hogares, sólo representa una pequeña parte —aproximadamente el 30%— de la deuda total de los hogares. El crédito al consumo se practica principalmente en cinco países: Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Japón y Alemania. El 65% de la masa de la deuda de los consumidores se concentra en estos países. Como era de esperar, la mayoría del proletariado mundial no recurre al crédito al consumo. Incluso en Estados Unidos, el recurso al crédito entre los proletarios es relativamente infrecuente y las sumas en cuestión comparativamente modestas. Según las cifras de la Reserva Federal, entre 1998 y 2007, aunque la deuda estaba presente en todos los niveles de renta y aumentaba incluso en el extremo inferior de la escala de ingresos, eran las clases medias las que sostenían la mayor parte del crédito al consumo, y lo hacían tanto en mayor número como por mayores sumas[11]. Esto no descarta la prevalencia del sobreendeudamiento entre los más pobres, pero implica que los salarios han caído en relación con lo que se considera un nivel de vida normal en EE.UU. y que la «reestructuración» invocada por TC no está, al menos, en pleno efecto. En cuanto al crédito inmobiliario, sólo aumenta la demanda de viviendas nuevas por parte de los hogares. Así pues, las transacciones relativas a viviendas antiguas deben deducirse de esta masa total de crédito. En 2007, el número de transacciones inmobiliarias para viviendas antiguas fue de 5,7 millones de dólares, frente a los 0,7 millones de dólares para viviendas nuevas. Por consiguiente, aunque la deuda de los hogares desempeña un papel en la estimulación de la demanda global en EE.UU. y Europa, la masa preponderante de deuda que impulsa esta demanda procede de las clases medias y no del proletariado. Los ingresos de la clase media comprenden una mayor parte de la plusvalía, ya sea en forma de salarios más elevados, primas, o más directamente a través de ingresos de capital (intereses, dividendos) y beneficios de pequeñas empresas o negocios personales. En general, la propensión al endeudamiento de los hogares es directamente proporcional a la renta, que determina la capacidad de reembolso. Así, los ricos se endeudan invariablemente más que los pobres. El marcado descenso de los tipos de interés incitó a los hogares a endeudarse hasta el límite superior de su capacidad y, en el caso de las hipotecas subprime, a menudo por encima de ella. Pero la crisis de las hipotecas subprime es más indicativa de la forma en que la capacidad de reembolso impone límites al endeudamiento de los hogares que de una deriva hacia el endeudamiento del consumo proletario. Por consiguiente, aunque es cierto afirmar que el proletariado en Estados Unidos y Europa está endeudado y que la crisis financiera de 2008 se inició por impagos entre los más pobres, es falso afirmar que el consumo proletario se ha desvinculado del salario, ya sea por separado o por partida doble.

La crítica de Astarian nos sumerge en cuestiones de economía política para las que no estoy cualificado. Sin embargo, es interesante señalar que socava la tesis de la desconexión al tiempo que reafirma la correlación entre salarios y plusvalía. La consecuencia que TC deriva de la tesis de la desconexión —que la relación salarial ya no es un elemento regulador frente al capitalismo en su conjunto— debe ser abandonada en la medida en que el salario siga siendo determinante para la mayoría del proletariado. Pero la tesis de la desconexión tiene un corolario significativo que merece ser considerado incluso si se rechaza la tesis en sí. Se trata de la afirmación de que la relación salarial contemporánea es el elemento que hace visible la contradictoriedad del ser proletario como tal. Indica la superposición entre la pertenencia proletaria —la relación interna entre trabajo asalariado y proletarización— y la pertenencia al capital —la relación externa entre trabajo vivo y valorización—. Mientras que la primera es una relación de necesidad interna, la segunda es una relación de contingencia externa. Ser proletario es pertenecer al capital. No hay nada más que afirmar en la posesión de la fuerza de trabajo que la compulsión externa del capital: marca al trabajo con la destitución de pertenecer al capital[12].

La demanda salarial se vuelve estructuralmente ilegítima frente al capital, y no sólo antagónica frente a la maximización de la plusvalía. La relación salarial es ahora el lugar de la lucha del trabajo por la existencia, y ya no de la demanda de su gestión. La disyunción entre valorización y reproducción de la fuerza de trabajo recentra la contradicción entre capital y proletariado. Pero ahora el proletariado está desgarrado por esta contradicción en su propia existencia. Su identidad como clase le viene impuesta externamente por el capital: “La necesidad de su reproducción es algo que encuentra frente a sí, algo representado por el capital, para lo cual es constantemente necesario, pero siempre superfluo”[13]. El capital ya no está obligado a negociar la relación entre el trabajo excedente y el necesario; puede imponerla por la fuerza. La ilegitimidad de la demanda de salarios más altos hace que el disciplinamiento de la fuerza de trabajo forme parte integral de la agenda capitalista. El gerencialismo coercitivo complementa la violencia policial. Esta crisis de la relación salarial concentra la fase actual de la contradicción entre el trabajo y el capital. El proletariado no es nada fuera de la contradicción de la relación salarial. No puede reproducirse independientemente de esta relación, pero al reproducirse reproduce la relación que anula su independencia. Esta es la razón de la notoria insistencia de TC en que no queda nada que afirmar en el ser proletario, ninguna característica positiva que defender, ninguna capacidad independiente que preservar: “El proletariado no es nada en sí mismo, sino una nada llena de relaciones sociales, de tal modo que, frente al capital, la desaparición es su única opción”[14]. Ser proletario ya no es ser la nada capaz de serlo todo; es ser la nada a través de la cual todo (la totalidad de las relaciones sociales) no sólo se conserva, sino que se expande en su plenitud homogénea.

Crítica del programatismo y teoría de la ruptura

Durante el período de ascenso de la fuerza de trabajo, su creciente poder dentro del modo de producción capitalista fue acompañado de su identificación con un predicado específico: ser trabajador. Es precisamente esta identificación la que se ve descalificada por la creciente brecha entre la acumulación de valor y la reproducción del trabajo. La desconexión entre valorización y reproducción del trabajo, y entre salario y consumo, hace obsoleta la definición del comunismo como la des-alienación del trabajo, la expropiación de los expropiadores mediante de la apropiación de los medios de producción. Este es el esquema programático, según el cual el comunismo se entiende como la transición del proletariado de ser una clase en sí a una clase para sí, la autoorganización y autoafirmación del trabajo, que, curiosamente, TC considera común tanto a los leninistas como a los comunistas de consejos, estalinistas y anarcosindicalistas:

En términos generales, el programatismo puede definirse como una teoría y una práctica de la lucha de clases en la que el proletariado encuentra, en su impulso hacia la emancipación, los elementos fundamentales de una futura organización social que se convierten en un programa a ser realizado. En la lucha de clases entre el proletariado y el capital, el proletariado es el elemento positivo que lleva la contradicción al punto de explosión. La revolución es, pues, la afirmación del proletariado, ya sea como dictadura del proletariado, de los consejos obreros, liberación del trabajo, período de transición, extinción del Estado, autogestión generalizada o «sociedad de productores asociados». Uno de los términos de la contradicción es considerado como su solución.[15]

Esta crítica es histórica, no metafísica. No se trata de que el programatismo sea una ilusión que ahora podemos desvanecer, sino de que, si bien una vez fue históricamente legítimo, ya no lo es. Las condiciones sociales que lo hicieron viable ya no existen. Sobre la base de este diagnóstico de la obsolescencia histórica del programatismo, TC propone la “comunización” no como la verdad o esencia hasta ahora oculta del comunismo, sino como su única forma actual e históricamente viable. Es la abolición del estado, de la clase y de la división del trabajo, pero también de la mercantilización y el intercambio —una abolición que ya no es consecuencia de la dictadura del proletariado, cuyo resultado ya no es concebible en términos de “la libre asociación de los productores”—. Es una abolición en proceso, pero una abolición que ya no está subordinada a la reconstitución de las relaciones de producción. En su versión más provocadora, TC sugiere que el comunismo no es la reconfiguración de las fuerzas y relaciones de producción, sino la abolición de la objetivación social que genera y es regenerada por esas fuerzas y relaciones. Más adelante examinaremos este aspecto de su pensamiento de forma más crítica. Por ahora, lo que hay que subrayar es que lo que TC llama “comunización” se desprende de captar lo contradictorio del ser proletario en su dependencia de la fuerza que se expande anulándolo.

Aunque hace que el comunismo sea irrealizable como programa afirmativo (la liberación del trabajo vivo), esta contradicción produce una brecha (écart) en el ser social que hace posible el comunismo como negación revolucionaria. Esta es la brecha entre dos imposibilidades históricas: la imposibilidad de afirmar el proletariado sin afirmar el capital y la imposibilidad de negar el capital sin negar el proletariado. La segunda negación también fue avalada por el programatismo, pero sólo como consecuencia de la autoafirmación revolucionaria mediante la cual el proletariado se apoderó de los medios de producción. La autonegación seguía a la autoafirmación, pero estaban rígidamente segregadas. La comunización desvincula la negación de la afirmación (en este sentido es profundamente anti-Nietzscheana). Derriba la subordinación de la negación a lo positivo. La brecha es a la vez lo que obliga a la acción proletaria contra el capital y lo que la limita. Es la grieta entre el proletariado como constitutivo del capital y el proletariado como negación del capital, la grieta entre el límite que bloquea la lucha (el hecho de que el proletariado sólo pueda actuar como clase) y la dinámica que la impulsa (el hecho de que el proletariado intente abolir lo que le constituye como clase, es decir, el capital). La lucha de clases es a la vez el producto y el presupuesto de esta escisión. La separación de los productores de los medios de producción, sin los cuales el capital no puede funcionar, no es un origen puntual que relaciona dos sustancias distintas, el trabajo y el capital, sino una brecha en la que la autoexpansión incesante, el capital, se alimenta del autoagotamiento incesante, el trabajo. La brecha une el capital como autorrelación, que plantea reflexivamente sus propios presupuestos, y la alienación (extranéisation) del trabajo, escindido entre la fuerza de trabajo, planteada a través de la valorización del capital, y el trabajo vivo, cuya reproducción obligatoria a través de la relación salarial es el presupuesto real, a la vez solicitado y reprimido, para el movimiento de valorización. La escisión entre trabajo vivo y trabajo muerto, o trabajo y fuerza de trabajo, a través de la cual el valor se valoriza a sí mismo, es también lo que no puede integrarse totalmente dentro del valor autorrelacionado, el presupuesto efectivo (wirklich), no planteado, que le impide alcanzar el cierre. Pero esto no se debe a que el trabajo vivo sea un poder autónomo. Al contrario, no puede sustancializarse y separarse del trabajo muerto del que depende su vida. La enajenación del trabajo no se sigue del extrañamiento de una propiedad (o autenticidad) antecedente. Designa una condición de vacuidad, o falta de sustancia, que no presupone una plenitud originaria. La separación de los productores de la producción no es una alienación originaria que el comunismo desharía reuniendo lo que ha sido separado, sino la alienación perpetua de la brecha, la contradicción inherente a la mercancía fuerza de trabajo, que hace al comunismo históricamente inmanente en el curso cotidiano de la lucha de clases.

Contradicción es polarización que opone la reproducción de una fuerza de trabajo cada vez menor a la acumulación de un capital cada vez mayor. Como actividad del proletariado que manifiesta esta contradicción, la lucha de clases es necesariamente limitada, pero este límite empieza a zozobrar cuando, en el curso de una lucha iniciada por una reivindicación (revendicación) (por salarios más altos o una jornada laboral más corta), la determinación de clase (ser portador de fuerza de trabajo) empieza a reconocerse como una restricción externa que hay que abolir, en lugar de como un impulso interno (una capacidad productiva) que requiere liberación. Es este encuentro con su propio límite lo que empuja a las luchas iniciadas por reivindicaciones, y por tanto condicionadas por la relación de capital, más allá de esas reivindicaciones y por tanto más allá de esta relación:

Las condiciones para superar las luchas reivindicativas se establecen sobre la base de las propias luchas reivindicativas … poniendo el paro y la precariedad en el centro de la relación salarial; definiendo la clandestinidad como la situación general de la fuerza de trabajo; planteando la inmediatez social del individuo como fundamento para producir la base de la oposición al capital, como en el movimiento Action Directe; participar en luchas suicidas como la de Cellatex y otras en la primavera y el verano de 2000 (Metaleurop —con algunas salvedades—, Adelshoffen, Société Française Industrielle de Contrôle et d’Equipement, Bertrand Faure, Mossley, Bata, Moulinex, Daewoo-Orion, ACT-ex Bull [estos ejemplos son importantes porque señalan la imbricación de lo concreto y lo abstracto en la obra de TC]); la reducción de la unidad de clase a una objetividad constituida en el capital y en la multiplicidad de colectivos y oleadas de huelgas temporales de trabajadores (Francia 2003, trabajadores postales británicos); todo lo anterior define el contenido de cada una de estas luchas específicas como constitutivo de la dinámica del ciclo dentro y durante estas luchas.[16]

La demanda salarial de los asalariados está limitada por la revuelta de los desempleados, pero ambos ya no están enfrentados en competencia por una parte de la plusvalía acumulada a través de la creciente explotación de uno y la intensificación de la dominación del otro. El límite de la demanda de trabajo necesario la vincula a la revuelta contra la pauperización expresada por los consignados al desguace del plustrabajo: “El obrero ya no puede romper la cadena en la liberación del trabajo, la cadena que une los términos de implicación recíproca contradictoria entre el trabajo excedente y el trabajo necesario”[17]. La ilegitimidad de la demanda salarial une a empleados y desempleados. Dado que indexa el límite entre la fuerza de trabajo valiosa y la que carece de valor, el trabajo productor de valor conserva un papel revolucionario central a pesar de la descentralización de la producción de valor (su dispersión espacio-temporal). La reproducción social alimenta la producción de valor; no pueden disociarse sin abolir la producción como relación social. Si bien esto último puede ser el objetivo último de la comunización, no puede alcanzarse sin pasar por las luchas obreras. Por lo tanto, es un error acusar a los comunizadores de disminuir la importancia revolucionaria de las luchas obreras y, concomitantemente, de inflar la importancia revolucionaria de las insurrecciones de los no asalariados (un error que he cometido en el pasado). De lo que se trata es de reconocer la interdependencia entre las reivindicaciones salariales y las revueltas de los no asalariados, frente a la tendencia del programmatismo a disociarlas. Si esta última constituye el límite de la primera, entonces, por la misma razón, la revuelta no asalariada encuentra su límite en la reivindicación salarial. La insurrección no puede disociarse de la lucha en los lugares de producción:

Si la lucha de clases sigue siendo un movimiento a nivel de la reproducción, no integrará su propia razón de ser [raison-d’être], que es la producción. El límite actualmente recurrente de todas las revueltas e “insurrecciones” es lo que las define como luchas minoritarias. La revolución tendrá que entrar en el dominio de la producción para abolirla como momento específico de la relación entre las personas y para abolir, en el mismo momento, el trabajo en la abolición del trabajo asalariado. Ese es el papel clave del trabajo productivo y de aquellos que en un momento específico son los portadores directos de la contradicción porque la experimentan como necesaria y superflua al mismo tiempo en su existencia para el capital.[18]

Es esta insistencia en el modo en que el límite de las luchas salariales las vincula necesariamente con las luchas de los no asalariados, y viceversa, de modo que el trabajo excedente no es más que el anverso del trabajo necesario, lo que distingue la política de abolición del valor concebida como comunización, de la política de la crítica del valor (Wertkritik). Mientras que la crítica del valor desvincula la lógica de la valorización de la relación de clase, relegando así la lucha de clases al estatus de fetiche (por ejemplo, Robert Kurz)[19], la comunización subraya su interdependencia, al tiempo que distingue la lucha de clases de la afirmación del trabajo. Mientras que la crítica del valor reduce el trabajo a un avatar del valor e identifica el capital con su dominación abstracta, restando importancia a la explotación del trabajo, la comunización subraya la indisociabilidad de la dominación abstracta y concreta, y el entrelazamiento de la explotación y la opresión, las luchas asalariadas y la revuelta no asalariada. Y lo que es más significativo, la crítica del programatismo defiende la ineluctabilidad de la lucha de clases al tiempo que la libera de su subordinación a la teleología de la producción.

Autoproducción y aloproducción[20]

La contradicción entre la necesidad del proletariado y su contingencia para el capital (que es la contradicción entre trabajo necesario y trabajo excedente) es la condición de su propia resolución. La alienación de la pertenencia de clase no es sólo una forma conceptual desplegada en la teoría, sino el contenido de la práctica revolucionaria. El comunismo sólo puede surgir suspendiendo las condiciones existentes de la reproducción social. El proletariado no es la clase dotada del poder de disolver las condiciones existentes; es esta disolución encarnada como clase. Si el comunismo comienza con el proletariado poniendo en cuestión su propia existencia, culmina con el proletariado destruyendo las formas sociales que lo perpetúan: “empresas, fábricas, producción, intercambio”[21]. De esta manera, no sólo la mercantilización, la clase, el Estado y la división del trabajo son índices de trascendencia, sino las relaciones sociales de producción como tales, en la medida en que son indisociables de la lógica del intercambio (la equivalencia abstracta del valor). Al abolir estas últimas, la comunización acaba también con las primeras. La comunización es “la autoproducción de la humanidad que ya no plantea ninguna relación social como presupuesto a reproducir”; es “la autoproducción como carencia, pasión, destrucción y creación constantes, planteando incesantemente el devenir como su premisa”[22].

Pero al mismo tiempo, haciendo suya la crítica de Marx al idealismo hegeliano en los Manuscritos económicos y filosóficos[23], TC insiste en que “la humanidad es un ser objetivo, que se completa a sí misma con objetos externos que hace que lleguen a ser para ella”[24]. ¿Puede la humanidad producirse a sí misma sin reproducir relaciones sociales preexistentes? Existe una tensión entre la afirmación de que la humanidad es un ser objetivo, obligado a completarse a sí mismo “haciendo que los objetos externos lleguen a ser para ella” (nótese la evitación del término “producción”), y la insistencia en que puede hacerlo sin que esta causación se convierta en un modo de producción, objetivando un conjunto de relaciones sociales. La distinción clave reside entre la inmanencia objetiva de la autoproducción y la trascendencia de la objetivación, o aloproducción. El capital es el extremo de la aloproducción de la humanidad; su trascendencia no es más que la variante más aguda de la objetivación de la producción. En consecuencia, la superación del capital pone fin a la objetivación social de la producción que ha condicionado toda la historia humana anterior:

La superación de las condiciones existentes es la superación de la objetivación de la producción. En este sentido, el comunismo es la superación de toda la historia anterior. No es un nuevo modo de producción y no puede plantearse ninguna cuestión sobre su gestión. Constituye una ruptura total con los conceptos de economía, de fuerzas productivas, de medidas objetivadas de producción. La humanidad es un ser objetivo, que se completa con objetos externos que hace que sean para ella. A lo largo de su historia, la no coincidencia entre la actividad individual y la actividad social, que es constitutiva de su historia y que no necesita ser probada o producida abstractamente, tomó la forma, para este ser objetivo, de su separación (objetivación) del acto productivo y de la producción, convirtiéndose en el carácter social de su producción individual. Separación, alienación, objetivación, en el curso de la historia de la separación de la actividad de sus condiciones, convirtieron a estas últimas en economía, en relaciones de producción, en modo de producción. Como disolución de las condiciones existentes del modo de producción capitalista, el proletariado como clase, en su contradicción con el capital, es el presupuesto para la superación de toda esta historia, sin suponer que alcanzar esta situación sea la meta de toda la historia anterior.[25]

Para TC, la historia de la producción es consecuencia de esta no-coincidencia. Tachan de “idealismo” la sugerencia de que la propia historia es el resultado de la externalización y el extrañamiento de la producción y del desarrollo de las fuerzas productivas. Pero si la historia de este desarrollo es simplemente la historia de la contradicción entre el trabajo y el capital, entonces la tarea no es “explicar por qué ha existido la alienación, sino por qué no puede seguir existiendo”[26]. El fin de la alienación es el fin de la disyunción entre la actividad individual y la actividad social. Si el origen de la alienación no requiere explicación desde un punto de vista materialista, tampoco la requiere la disyunción entre la actividad individual y la social.

Sin embargo, en este punto surge otra tensión entre el compromiso de TC con la inmanencia histórica de la subsunción real y su concepción de la historia como no coincidencia de la actividad individual y social[27]. Para un materialista histórico, “individual” y “social” son categorías históricas, como lo son “universal” y “particular”. ¿Puede la “no coincidencia” de la actividad individual y social abstraerse de nuestra propia sociedad históricamente específica y retroproyectarse como el origen de la historia humana? Este es precisamente el movimiento que TC objeta cuando se hace con respecto al “trabajo en general” como una supuesta invariante de la historia humana. El trabajo en general no es más que la retroyección histórica de un trabajo abstracto históricamente específico. Es difícil ver cómo plantear la no coincidencia de la actividad individual y social como matriz de la historia es menos desconcertante que el relato de la historia como alienación de la producción.

Esto se ve agravado por la repetida sugerencia de que la singularidad humana preexiste a las relaciones de producción, como cuando TC declara que la comunización “suprime la sociedad como sustancia autónoma de las relaciones entre los individuos, que entonces se relacionan entre sí en su singularidad”[28]. Esto es asumir que la singularidad humana subsiste bajo las relaciones sociales capitalistas, sólo esperando ser liberada. Pero lo que distingue la singularidad humana de la singularidad natural de los granos de arena y los copos de nieve es precisamente el hecho de que se constituye en y a través de las relaciones sociales. Es como si las precauciones contra la autonomización del trabajo vivo sólo sirvieran para preservar la trascendencia de la singularidad humana. Este es otro síntoma de la tensión entre el compromiso con la inmanencia histórica y la insistencia en que la objetivación es trascendencia. Fue precisamente la primacía de la inmanencia histórica lo que motivó el rechazo de la autonomía del trabajo vivo y la afirmación de que el proletariado sólo existe en y a través de la trascendencia del capital. Pero mientras que la determinación de clase está totalmente en deuda con el capital, las determinaciones de subjetividad, singularidad e individualidad están curiosamente absueltas de esta dependencia. Así, aparentemente haciendo caso omiso de sus propias restricciones contra la atribución de agencia autónoma al trabajo como autoorganización, TC apela a la autotransformación del sujeto de clase para liberar la singularidad humana de su objetivación trascendente en las relaciones sociales. Se supone que la autoabolición del proletariado produce lo que ellos llaman “la inmediatez social del individuo”[29]:

La inmediatez social del individuo es el fin de la separación entre actividad individual y actividad social, que constituía, para la humanidad, el hecho de ser un ser objetivo a partir de la relación entre su individualidad y su socialidad, y definía su actividad como trabajo. No es, para la humanidad, el hecho de ser un ser objetivo en sí mismo lo que está en cuestión, sino la separación entre la actividad individual y la actividad social, que convierte esta objetividad en una economía y la economía en lo que media entre ambas.[30]

Pero ¿cómo puede postularse esta inmediatez social del individuo como resultado de la mediación histórica si la separación de la actividad individual y social es la condición inmediata (no producida) de la mediación histórica? El materialismo histórico subraya no sólo la dependencia de la humanidad respecto de la naturaleza, su cuerpo inorgánico, sino la dependencia de cada ser humano respecto de otros seres humanos para producir sus condiciones materiales de existencia. La socialidad del ser humano forma parte de su ser objetivo tanto como sus aspectos orgánicos. Pero es precisamente enraizando la socialidad en las relaciones de producción que operan “a espaldas de” la conciencia que Marx rompe con la prima feuerbachiana sobre la relación interpersonal como la “relación absoluta” que fundamenta la socialidad. Marx sustituye la socialidad concebida como relación absoluta por el conjunto dinámico de las relaciones sociales de producción material. La socialidad objetiva del ser humano se fundamenta en este conjunto de relaciones sociales. Es inverosímil abrir una brecha entre la socialidad humana, que es inseparable del carácter objetivo y material del ser humano, y la objetivación de esta socialidad en las relaciones de producción, insistiendo en que una es inmanente y la otra trascendente. La prima materialista sobre la inmanencia es sólida, pero no la insistencia en que la inmanencia no esté contaminada con la trascendencia, la socialidad objetiva con la objetivación social. Es precisamente la separación de inmanencia y trascendencia, su segregación como pura subjetividad y pura objetividad, lo que es idealista, mientras que el reconocimiento de la necesidad de enraizar la trascendencia en la inmanencia, la objetivación en la subjetivación, es el sello distintivo del materialismo marxiano. Y es precisamente la dinámica de externalización y extrañamiento —apropiación productiva y expropiación consuntiva— la que los articula. Aquí TC (quizás siguiendo a Althusser) simplemente asume que la externalización presupone interioridad mientras que el distanciamiento presupone autenticidad[31]. Pero la externalización no tiene por qué presuponer una interioridad previa, del mismo modo que el extrañamiento no tiene por qué implicar una autenticidad previa. La interioridad se constituye retrospectivamente como consecuencia del extrañamiento trascendente de la exteriorización. La objetivación es el extrañamiento de un proceso de apropiación productiva sin origen ni fin. La separación de la actividad de sus condiciones no es la premisa de la alienación y la objetivación; es una consecuencia de la alienación de la objetivación, como lo es la no coincidencia de la actividad individual y social. Hacerlas coincidir es la tarea de la apropiación de la producción. Sólo entonces puede concebirse la autoproducción —la producción de la producción— como una externalización del distanciamiento que no mitifica retrospectivamente su coincidencia inmediata.

Quizás ahora sea más fácil ver la dificultad fundamental que vicia la plausibilidad de la autoabolición proletaria entendida como abolición de la objetivación. Al disociar la lucha de clases de la apropiación de la producción, la teoría y la práctica de la ruptura disocian la lucha de clases de la política concebida como orientación estratégica en torno a deseos que son algo más que meras concatenaciones de necesidades. El problema pasa a ser el de la discriminación táctica en la destrucción de las condiciones de producción existentes. Pero al destruir los medios para la producción de capital, la lucha de clases destruye los medios existentes para la reproducción del proletariado. El punto en el que la búsqueda de la comunización amenaza con agravar la inmiseración capitalista es el punto en el que la política de la ruptura sustituye la gestión de la producción por la gestión paliativa de las necesidades. La discriminación táctica por sí sola no puede resolver la selección estratégica necesaria para distinguir entre los medios que pueden y los que no pueden suspenderse para desvincular la reproducción social de la reproducción de la relación de capital.

Notas

[1] Paul Mattick (Sr.), “Reform or Revolution,” en Marxism: Last Refuge of the Bourgeoisie? (Merlin Press, 1983), p. 191.

[2] “Del mismo modo que las relaciones de precios capitalistas son a la vez distinguibles e indistinguibles de las relaciones de valor, la superestructura en cualquier formación social es también separable e inseparable de la estructura socioeconómica. Si hablamos de una, hablamos de la otra, y en ambos casos no hablamos más que de los procesos de producción material que permiten la existencia de la sociedad. Esto implica, por supuesto, que un cambio fundamental de la sociedad afecta simultáneamente a su «estructura» y a su «superestructura», es decir, que ningún cambio político, jurídico o ideológico socialmente significativo puede tener lugar al margen de cambios en las relaciones de producción y en el estado de las fuerzas productivas de la sociedad, y que los cambios básicos sólo se producen en estas últimas acompañados de las correspondientes alteraciones de la «superestructura». Por lo tanto, no es posible cambiar un sistema social únicamente desde el punto de vista de su «superestructura» -como, por ejemplo, mediante reformas inducidas políticamente-, ya que tales cambios siempre deben detenerse en el punto en el que pondrían en peligro las relaciones sociales de producción existentes. Un cambio de estas últimas sólo es posible mediante la revolución, que derroca la ‘base’ junto con la ‘superestructura’”. “Reform or Revolution”, p. 139–40.

[3] Generalmente el concepto inglés sublation es la traducción del vocablo alemán Aufhebung que es central en la filosofía hegeliana. Dependiendo del contexto, se utiliza para designar una simple negación, afirmación o una afirmación/negación simultánea. Los traductores ingleses de Hegel recurrieron al latín (muchas palabras científicas inglesas tienen raíces latinas) y encontraron la palabra «sublatus» (llevarse o levantar); el «sublatus» latino se convirtió entonces en «sublation» en inglés [N. del. T].

[4] Para una introducción a la TC, véase «Théorie Communiste», Libcom (https://libcom.org/library/theorie-communiste-0). Para una visión general e historia, véase «Interview with Roland Simon», Riff Raff, nº 8 (https://www.riff-raff.se/en/8/interview_roland.php). Véase también Endnotes, «Bring Out Your Dead», en Endnotes, n.º 1, «Preliminary Materials for a Balance Sheet of the 20th Century» (2008 [Traigan sus muertos: https://endnotes.org.uk/translations/endnotes-traigan-sus-muertos].

[6] Théorie Communiste, “The Present Moment.”

[7] Théorie Communiste, “’Théorie de l’écart,” Théorie Communiste, no. 20 (September 2005): 91 (https://sites.google.com/site/theoriecommuniste/archives-tc).

[8] TC cita la obra de Michel Aglietta y Laurent Berrebi, Désordres dans le capitalisme mondial (Odile Jacob, 2007).

[9] Théorie Communiste, “Théorie de l’écart,” 6.

[10] Bruno Astarian, “Où va Théorie Communiste?” Hic Salta – Communisation, 2010 (https://www.hicsalta-communisation.com/textes/ou-va-theorie-communiste).

[11] “Changes in US Family Finances from 2004 to 2007: Evidence from the Survey of Consumer Finances,” Federal Reserve Bulletin, February 2009. Citado por Astarian.

[12] «Así como el pueblo elegido llevaba en sus rasgos la señal de que era propiedad de Jehová, la división del trabajo marca al obrero manufacturero como propiedad del capital». Karl Marx, El Capital, vol. 1, trans. Ben Fowkes (Penguin, 2004), 482.

[13] Théorie Communiste, “Théorie de l’écart,” p. 16.

[14] Théorie Communiste, “Théorie de l’écart,” p. 137.

[15] Théorie Communiste, “Real Subsumption and the Contradiction Between Proletariat and Capital: A Historical Approach,” en Abolishing Capitalist Totality: What Is To Be Done Under Real Subsumption? ed. Anthony Iles and Mattin (Archive Books, forthcoming).

[16] Théorie Communiste, “The Present Moment.”

[17] Théorie Communiste, “The Present Moment.”

[18] Théorie Communiste, “The Present Moment.”

[19] Robert Kurz y Ernst Lohoff, “Der Klassenkampf-Fetisch: Thesen zur Entmythologisierung des Marxismus,” Marxistische Kritik, no. 7 (August 1989).

[20] Este neologismo, cuya raíz es el griego “allo” [ἀλλο], quiere decir “producción de lo otro/de lo diferente” [N. del T].

[21] Théorie Communiste, “The Present Moment”.

[22] Théorie Communiste, “Théorie de l’écart”, p. 149.

[23]  “Es completamente natural que un ser vivo, natural, dotado y provisto de fuerzas esenciales objetivas, es decir, materiales, tenga objetos reales, naturales, de su ser, así como que su autoenajenación sea el establecimiento de un mundo real, objetivo, pero bajo la forma de la exterioridad, es decir, no perteneciente a su ser y dominándolo. uando el hombre real, corpóreo, en pie sobre la tierra firme y aspirando y exhalando todas las fuerzas naturales, pone sus fuerzas esenciales reales y objetivas como objetos extraños mediante su enajenación, el acto de poner no es el sujeto; es la subjetividad de fuerzas esenciales objetivas cuya acción, por ello, ha de ser también objetiva. El ser objetivo actúa objetivamente y no actuaría objetivamente si lo objetivo no estuviese implícito en su determinación esencial. Sólo crea, sólo pone objetos porque él [el ser objetivo] esta puesto por objetos, porque es de por sí naturaleza. En el acto del poner no cae, pues, de su «actividad pura» en una creación del objeto, sino que su producto objetivo confirma simplemente su objetiva actividad, su actividad como actividad de un ser natural y objetivo” Karl Marx, Economic and Philosophical Manuscripts of 1844, vol. III (Progress Publishers, 1959), 359.

[24] Théorie Communiste, “Théorie de l’écart”, p. 150.

[25] Théorie Communiste, “Théorie de l’écart”, p. 150.

[26] Théorie Communiste, “Real Subsumption”, p. 19–20.

[27] El uso que hace TC de la subsunción real como herramienta de periodización también ha sido objeto de críticas. Véase Endnotes, «The History of Subsumption», Endnotes, nº 2, «Misery and the Value-Form» (2010). Estas críticas pueden resumirse como sigue: 1) La subsunción real de la producción no implica la subsunción de nada más allá de la esf era inmediata de la producción, a menos que sea a través de una extensión ilegítima del concepto, que está lógicamente ligado al de plusvalía relativa. 2) La subsunción formal es un prerrequisito lógico e histórico de la subsunción real. Es una condición del capital. Así pues, la subsunción formal y la subsunción real no tienen por qué designar fases sucesivas de desarrollo. 3) Aunque la subsunción real es lógicamente inherente al concepto de capital, y por tanto una latencia prácticamente implícita en su creación, su realización no es históricamente necesaria. La afirmación de que la subsunción real sigue a la subsunción formal como una cuestión de necesidad histórica es una confusión metafísica de lógica e historia.

[28] Théorie Communiste, “Théorie de l’écart”, p. 81.

[29] Théorie Communiste, “Théorie de l’écart”, p. 146.

[30] Théorie Communiste, “Théorie de l’écart”, p. 76.

[31] Intento demostrarlo en «Strange Sameness: Hegel, Marx, and the Logic of Estrangement», Angelaki: Journal of the Theoretical Humanities 24, nº 1 (2019).

* * *

Este ensayo se inspiró en conversaciones con Nathan Brown, quien me hizo comprender la importancia filosófica de la obra de Théorie Communiste. Para el compromiso del propio Brown con TC, véase su Rationalist Empiricism: A Theory of Speculative Critique, chap. 9 y 10 (Fordham University Press, 2021).

Versión original en inglés: https://www.e-flux.com/notes/550201/politics-of-the-rift-on-thorie-communiste  

Traducción: Pablo Ignacio Jiménez Cea

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Relacionado:  

16 de abril de 2023

¿Qué hacer?

Endnotes (2011)
 
Tomado de libcom. Traducido por F. Corriente (texto publicado en el volumen colectivo editado por Benjamin Noys Communization and its Discontents, Autonomedia, 2011)

Omnia Sunt Communia: Todo es de Todos

Últimamente el término «comunización» se ha convertido en algo así como una consigna de moda. A ello han contribuido varios factores, el más destacado de los cuales ha sido la popularidad de diversos textos, entre los que el más influyente con diferencia ha sido La insurrección que viene, asociado a la revista francesa Tiqqun, y a los «9 de Tarnac», que obtuvieron el dudoso prestigio de hallarse en el centro de un escándalo «terrorista» de envergadura. También ha sido un factor relevante la voluble literatura producida por la oleada de luchas estudiantiles de California en el otoño de 2009 (inspirada en parte por tales textos franceses) [1]. La confluencia en esta literatura californiana de un lenguaje modulado por tiqqunismos típicamente grandilocuentes por un lado, y de conceptos parcialmente procedentes de las obras de una ultraizquierda francesa más marxista (así como la oportuna presencia en ambos puntos de referencia de un término relativamente inusitado, «comunización») por otro, ha contribuido a la aparición de un discurso un tanto mitológico en torno a esta palabra. La comunización en cuestión aparece como relevo para consignas de moda ligeramente más venerables (como «autonomía») y al menos tiene a su favor la chispa de lo nuevo, un cosquilleo de inmediatismo radical, y el apoyo de cierta literatura francesa de tono elocuente. Esta comunización es, en cualquier caso, una encarnación nueva y difusa de la sencilla idea de que la revolución es algo que tenemos que hacer aquí y ahora, por nuestra cuenta, y casa muy bien con los sentimientos de un anarquismo insurreccionalista ya existente.

Ahora bien, en todos los sentidos salvo en el más abstracto, esta comunización no es la misma comunización sobre la que han estado debatiendo durante aproximadamente treinta años los oscuros grupos comunistas que dieron mayor contenido a dicho término, pese a que exhiba ciertos vestigios de los rasgos de su predecesora y a que quizá pueda ser iluminada por sus teorías. Por supuesto, la «comunización» nunca ha sido la propiedad privada de tal o cual grupo. Ocupa, al menos, un lugar menor en el léxico general de la tradición de la izquierda como proceso de convertir en comunal o común. Últimamente hay quien empieza a hablar, con intención de darles un significado similar, de procesos en curso de «puesta en común». Pero tales conceptos generales no tienen interés en sí mismos, y si tratáramos de adivinar algún contenido común en el amasijo de teorías y de prácticas agrupadas bajo esos términos lo único que obtendríamos sería la más pobre de las abstracciones. Por tanto, aquí solo nos ocuparemos de los dos empleos de la palabra que están en liza en el discurso actual sobre la comunización: el que procede de textos como La insurrección que viene, y el que procede de los escritos de Troploin, Théorie Communiste y otros comunistas franceses post-sesentayochistas. Nuestra propia noción de comunización procede fundamentalmente de estos últimos escritos —en particular de los de Théorie Communiste (TC)— y a continuación vamos a esbozarla. Da la casualidad de que ambos usos proliferaron en Francia, desde donde se infiltraron en los debates anglófonos de los últimos años, y que en ese proceso nosotros desempeñamos cierto papel. Ahora bien, sería un error considerar esta coincidencia como indicio de la existencia de un único debate francés sobre la comunización, o de una tendencia «comunizadora» continua en el seno de la cual los autores de La insurrección que viene y TC, por ejemplo, representarían posiciones divergentes. Lo que estos usos tienen en común, a lo sumo, es que puede decirse que remiten a una cierta insistencia en la inmediatez a la hora de concebir cómo se produce una revolución comunista. Pero, como veremos más adelante, una de esas «inmediateces» no es igual que la otra, y la pregunta que hay que hacerse es: ¿qué mediaciones son las que están ausentes?

Si a menudo el tono del texto que sigue será polémico, no es porque nos complazca criticar a gente ya sujeta a un maltrato muy público por parte del Estado francés, que los ha acusado de «terroristas» basándose en el raquítico alegato de que han escrito un libro y cometido un acto de sabotaje de poca monta: es porque los debates de larga data tocantes al concepto de comunización (debates en los que hemos participado) se han visto falsamente asociados con las teorías presentadas en textos como La insurrección que viene y Llamamiento, y por tanto corren peligro de perderse en la insidiosa niebla levantada por estos textos [2]. Lo que está en juego no son sólo estos textos, sino la recepción anglófona general de la «comunización». Por tanto, ha sido preciso hacer la distinción: la «teoría de la comunización» de la que ahora se habla en la «anglosfera» es en buena medida una entidad imaginaria, un artificio fruto de la recepción anglófona de obras diversas que no guardan relación entre sí. Sin duda, la limitada disponibilidad de obras relevantes en lengua inglesa, y la práctica simultaneidad con la que algunas de ellas han sido dadas a conocer de forma más amplia ha contribuido a la confusión. Una cierta predisposición tradicional en relación con Francia, su teoría y su política, seguramente aportó no poco. La «anglosfera» tiene una curiosa tendencia a acoger todo canto del gallo galo como pistoletazo de salida para encerrarse en el cobertizo del jardín y poner manos a la obra a sus propias confabulaciones teóricas; si a esto le sumamos además un escándalo político de envergadura, es prácticamente incapaz de contener la emoción.

Ahora bien, no sólo pretendemos polemizar desde el punto de vista de una teoría alternativa. En la medida en que es posible entender las circunstancias concretas que dan lugar a textos como este, no se trata solo de teorías incorrectas. Lo que presentan más bien son fragmentos parciales, jirones, de un momento histórico captado por el pensamiento. En su intento de aferrarse al movimiento general de la relación de clase capitalista, la teoría comunista puede arrojar luz sobre el carácter de tales momentos, y por tanto sobre los constructos teóricos que engendran. Y al hacer tal cosa, también puede poner de manifiesto sus límites, elisiones y contradicciones internas. En la medida en que tales constructos son un síntoma del carácter general del momento histórico, interrogarlos puede sonsacarles algo acerca del carácter de la relación de clase en su conjunto.

Si la comunización remite a una cierta inmediatez en el modo en que se produce la revolución, eso no supone que adopte para nosotros la forma de una receta práctica; la «comunización» no implica una orden de comenzar a hacer la revolución inmediatamente, ni tampoco de hacerla de forma individual. Lo que está en juego más bien es la cuestión de qué es la revolución: «comunización» es el nombre de una respuesta a esta pregunta. El contenido de esa respuesta depende necesariamente de aquello que hay que superar: es decir, la reproducción de la relación de clase capitalista y el complejo de formas sociales que esta reproducción implica: la forma-valor, el capital, la distinción de géneros, la forma-Estado, la forma-derecho, etc. Ante todo, semejante superación ha de ser necesariamente la autoabolición directa de la clase obrera, ya que cualquier otra cosa dejaría al capital y a su complaciente socio uno en brazos del otro, listos para continuar con el baile de la acumulación. La comunización significa el proceso de esta autoabolición directa, y es en función del carácter directo de esta autoabolición que cabe decir que la comunización supone una cierta «inmediatez».

Suele oponerse la comunización a la noción tradicional de un período de transición que siempre debía de tener lugar después de la revolución, en el que el proletariado, tras haberse apoderado de la producción y/o del Estado, podría realizar el comunismo. Partiendo del fundamento de la existencia continuada de la clase obrera, el período de transición sitúa la auténtica revolución en un horizonte borroso y al mismo tiempo perpetúa aquello que se supone que tendría que superar. No se trata para nosotros de un problema estratégico, ya que estas cuestiones han sido zanjadas por la evolución histórica: el final del movimiento obrero programático, la desaparición de la identidad obrera positiva y la ausencia de cualquier forma de poder obrero en el horizonte. Ya no es posible imaginar una transición al comunismo sobre la base de una victoria previa de la clase obrera en tanto clase obrera. En la actualidad, permanecer fiel a concepciones consejistas o leninistas de la revolución es utópico; es medir la realidad con arreglo a constructos mentales desprovistos de toda actualidad histórica. La lucha de clases ha sobrevivido al programatismo, y su horizonte actual está habitado por formas diferentes. Dado el carácter cada vez más superfluo de la clase obrera para la producción, su tendencia a quedar reducida a mera población excedente, y la índole consiguientemente evanescente de la forma-salario como punto de encuentro fundamental entre los circuitos gemelos de la reproducción, concebir la revolución en términos de poder obrero equivale a engañarse uno mismo. Con todo, sigue siendo la clase obrera la que ha de abolirse a sí misma [3].

Para nosotros, la comunización no remite a ningún proceso positivo generalizado de «compartir» o de «puesta en común»: remite a la ruina revolucionaria concreta de las relaciones de propiedad que constituyen la relación de clase capitalista. Difícilmente puede considerarse que compartir como tal (en el supuesto de que ello signifique algo en absoluto) entrañe la ruina de las relaciones capitalistas, pues es fácil demostrar que diversas formas de «compartir» o de «poner en común» desempeñan un importante papel en el marco de la sociedad capitalista y que no obstaculizan en modo alguno la acumulación capitalista. Es más, a menudo son indispensables para (e incluso constitutivas de) esa acumulación: bienes de consumo compartidos en el seno de las familias, riesgos compartidos a través de los seguros, recursos compartidos en el interior de las empresas, conocimiento científico compartido a través de publicaciones académicas, normas y protocolos compartidos entre capitales rivales porque reconocen su conveniencia para todos los interesados. En tales casos, aquello que se posee en común, sin contradicción, es la contrapartida de una apropiación. Como tal, una dinámica comunizadora entrañaría la ruina de esas formas de «compartir», del mismo modo que supondría la ruina de la apropiación privada. Y aunque haya quienes valoren un intercambio que facilita cierto nivel de subsistencia más allá de lo permitido por el salario, en un mundo dominado por la reproducción de la relación de clase capitalista, tales prácticas sólo pueden darse en los márgenes de esta reproducción, en tanto medios de supervivencia alternativos o suplementarios, y como tales, en sí mismas no son revolucionarias.

La comunización es un movimiento a nivel de la totalidad mediante el que dicha totalidad se suprime. La lógica del movimiento que suprime esa totalidad difiere necesariamente de la lógica que opera a nivel de individuos o grupos concretos: ni que decir tiene que ningún individuo o grupo puede superar la reproducción de la relación de clase capitalista por medio de sus propias acciones. La determinación de un acto aislado como «comunizador» emana sólo del movimiento global del que forma parte, no de dicho acto en sí mismo y, por tanto, sería erróneo considerar la revolución como una suma de iniciativas comunizadoras ya en sí mismas, como si lo único que hiciera falta fuese cierta acumulación de tales iniciativas hasta alcanzar un punto crítico. La concepción de la revolución como una acumulación semejante se basa en una extensión cuantitativa supuestamente capaz de acarrear una transformación cualitativa. En este sentido, esa concepción recuerda estrechamente a la problemática del desbordamiento de las luchas cotidianas hasta desembocar en la revolución, que fue uno de los rasgos más destacados de la era programática [4]. Frente a estas concepciones lineales de la revolución, la comunización es producto de un desplazamiento cualitativo dentro de la dinámica de la propia lucha de clases. La comunización se da sólo en el límite de una lucha, en la brecha que se abre cuando la lucha llega a su límite y se ve impulsada más allá. Así pues, la comunización tiene pocos consejos positivos que dar acerca de la práctica concreta e inmediata en el aquí y ahora, y desde luego no puede recetar técnicas particulares, como el desbloqueo de cerraduras o la quiropraxis, como otras tantas vías a través de las cuales los sujetos insurreccionalistas llegan al paraíso [5]. Los pocos consejos que puede dar son sobre todo negativos: las formas sociales que implica la reproducción de la relación de clase capitalista no van a transformarse en instrumentos de la revolución, porque forman parte de lo que hay que abolir.

La comunización, por tanto, no es una forma de práctica revolucionaria prefigurativa del tipo a la que aspiran a ser diversos anarquismos, ya que no tiene ninguna existencia positiva con anterioridad a una situación revolucionaria. Si bien es posible considerar que en cierto sentido la dinámica de la relación de clase capitalista actual plantea la cuestión de la comunización, ésta aún no se presenta directamente como una modalidad de práctica o como un conjunto de individuos en posesión de las ideas correctas en torno a dicha práctica. Esto no quiere decir que debamos limitarnos a aguardar la comunización como una suerte de acontecimiento mesiánico: más aún, ni siquiera es una opción, pues la participación en la dinámica de la relación de clase capitalista no es algo de lo que podamos abstenernos o, ya puestos, que podamos escoger. La participación en la lucha de clases no es cuestión de una práctica política que pueda elegirse arbitrariamente desde un punto de vista contemplativo. Las luchas exigen nuestra participación aunque todavía no se presenten como la revolución. La teoría de la comunización nos alerta sobre los límites inherentes a estas luchas, y desde luego está atenta a las posibilidades de que surja una verdadera ruptura revolucionaria, no tanto a pesar de esos límites como precisamente debido a ellos. Para nosotros, por tanto, la comunización es una respuesta a la pregunta de qué es la revolución. Se trata de una pregunta que —dada la quiebra evidente de las viejas nociones programáticas, sean izquierdistas, anarquistas o de ultraizquierda— adopta una forma histórica específica: ¿cómo se va a producir la superación de la relación clase capitalista, puesto que es imposible que el proletariado se afirme como clase pero hemos de seguir enfrentándonos al problema de esta relación? No obstante, textos como Llamamiento o La insurrección que viene ni siquiera plantean correctamente la pregunta acerca de qué es la revolución, porque en dichos textos el problema ya se ha desvanecido en un miasma conceptual. En esos textos, la revolución no será realizada por ninguna clase existente ni sobre la base de ninguna situación real, material e histórica; será realizada por «amistades», por «la constitución en fuerza de una sensibilidad», por el «despliegue de un archipiélago de mundos», por el «otro lado de la realidad», por el «partido de la insurrección», pero ante todo por esa positividad eternamente presente y amorfa: nosotros. Se ruega al lector que tome partido por este «nosotros» —el «nosotros de una posición»—, que se sume a la inminente desaparición de «el capitalismo, la civilización, el imperio, lo que se quiera». En lugar de una relación concreta y contradictoria, tenemos por un lado a «quienes quieren escuchar» el llamamiento, y por el otro a aquellos que no quieren escucharlo; a los que perpetúan «el desierto» y a los que poseen «una disposición a las formas de comunicación de una intensidad tal que arrebaten al enemigo, ahí donde se establezcan, la mayor parte de sus fuerzas». A pesar de sus protestas en sentido contrario [6], ¿suponen estas declaraciones algo más que la autoafirmación de un medio autodesignado como radical?

En esta encarnación más insurreccionalista, la comunización aparece como respuesta a una pregunta histórica real. Sin embargo, en este caso la pregunta es el «¿qué debemos hacer?» planteado por el fin de la oleada de luchas que tuvo por centro al movimiento antiglobalización [7]. Los autores reconocen correctamente la imposibilidad de desarrollar una autonomía real ante «lo que se posee en común» dentro de la sociedad capitalista, pero con todo, el agotamiento del medio activista de los black-blocks que iban de cumbre en cumbre hace imperativo para éste hallar nuevas prácticas en las que participar u organizar una retirada elegante. Por tanto, hay que repensar la «Taz¥», la alternativa, la comuna, etc., pero con la crítica del alternativismo in mente: hay que organizar la secesión, sí, pero esta secesión también debe comportar la «guerra» [8]. Puesto que esos espacios presuntamente liberados no pueden ser estabilizados al margen de «el capitalismo, la civilización, el imperio, lo que se quiera», hay que volver a concebirlos como parte de la expansión y generalización de una amplia lucha insurreccional. Siempre y cuando esa lucha tenga éxito, estas alternativas habrán probado, a fin de cuentas, que no eran imposibles; su generalización ha de ser la condición de su posibilidad. Es esta dinámica de generalización la que se identifica como una dinámica «comunizadora», entendiendo la comunización poco más o menos que como la formación de comunas en el seno de un proceso que no se detendrá hasta que el problema de la alternativa haya sido resuelto, dado que entonces ya no tendrá que ser una alternativa. Y todo esto sin ninguna idea clara de lo que ha de desbaratarse por medio de esta dinámica. La complejidad de las relaciones sociales reales y la dinámica real de la relación de clase son despachadas con una floritura de prestidigitador en beneficio un puñado de abstracciones insulsas. Satisfechos de que el nosotros de la revolución no necesite ninguna definición real, todo aquello que hay que superar se atribuye al «ellos», entidad que puede permanecer igualmente abstracta, un nobodaddy* genérico mal definido (el capitalismo, la civilización, el imperio, etc.) que ha de ser desbaratado —en los peores momentos de Llamamiento— por Los Auténticos que han forjado amistades «intensas» y que todavía sienten de verdad pese a lo malvado que es este mundo.

Ahora bien, el problema no puede residir sólo en este «ellos», pues eso eximiría fundamentalmente al «nosotros de una posición» de la dinámica revolucionaria. Todo lo contrario: en cualquier superación real de la relación de clase capitalista, somos nosotros mismos quienes debemos ser superados; «nosotros» no tenemos ninguna «posición» al margen de esa relación. Lo que somos está constituido de cabo a rabo por ella, y lo que necesariamente constituirá el horizonte de nuestras luchas es la ruptura con la reproducción de aquello que somos. Para la clase obrera ya no es posible identificarse de forma positiva y aceptar su condición de clase como la esencia de lo que es; ahora bien, sigue marcada por la simple facticidad cotidiana de su pertenencia de clase al afrontar, en el capital, la condición de su existencia. En este período, el «nosotros» de la revolución no se afirma ni se identifica de forma positiva porque no puede hacerlo; no puede afirmarse contra el «ellos» del capital sin afrontar el problema de su propia existencia, una existencia cuya superación constituirá el contenido de la revolución. En la relación de clase capitalista no hay nada que afirmar: ninguna autonomía, ninguna alternativa, ningún exterior, ninguna secesión.

Una premisa implícita en textos como Llamamiento y La insurrección que viene es que si nuestra pertenencia de clase alguna vez fue una condición vinculante, ahora ya no lo es. Podemos rechazar esa pertenencia aquí y ahora, situarnos fuera del problema mediante un acto inmediato de autoafirmación. Es posible que el hecho de que el medio asociado con Tiqqun y La insurrección que viene no haya sido el único en desarrollar teorías basadas en esta premisa a lo largo de la última década sea significativo. En textos como Communism of Attack and Communism of Withdrawal [9], Marcel y el grupo de Batko, con el que ahora está asociado, ofrecen una variante mucho más sofisticada. En lugar de las autovalorizaciones de la movida insurreccionalista, en este caso la teoría emerge como un autonomismo reelaborado e imbuido de un revoltijo heterogéneo de teoría esotérica (marxista y de otras tipoclases), pero en última instancia los presupuestos formales son los mismos [10]. Considerando la inmanencia de la reproducción de la relación de clase como un sistema cerrado sin ningún fin concebible, Marcel postula la necesidad de un momento puramente externo y trascendente, la «retirada» sobre la base de la cual los comunistas pueden lanzar un «ataque». Ahora bien, en este mundo, ¿qué otra cosa podría significar semejante «retirada» salvo la formación voluntarista de una especie de medio «radical» que el Estado tolerará con mucho gusto, siempre y cuando se abstenga de manifestar —a fin de justificar su reproducción continuada dentro de la sociedad capitalista— la clase de combatividad que encontramos en La insurrección que viene?

Insistir, frente a esto, en la total inmanencia de la relación de clase capitalista, en nuestra completa imbricación con el capital, no supone resignarnos a una totalidad monolítica y cerrada que no puede hacer sino reproducirse a sí misma. Por supuesto, así parece cuando se parte del presupuesto del sujeto concebido de forma voluntarista: para tal sujeto, la totalidad de las relaciones sociales reales no puede consistir sino en el despliegue mecánico de un proceso puramente exterior. No obstante, este sujeto es una forma social históricamente concreta, perpetuado él mismo a través de la lógica de la reproducción de la relación de clase, al igual que su complemento. Dado que no es insensible a la problemática de este sujeto, La insurrección que viene comienza con el repudio del Yo = Yo de Fichte, que considera ejemplificado por el eslogan de Reebok «Yo soy lo que soy». En este caso el «yo» es una imposición del «ellos», una especie de forma neurótica administrada «que se busca imprimir en nosotros» [11]. El «nosotros» consiste en rechazar esta imposición y reemplazarla por una concepción de las «criaturas entre las criaturas, singularidades entre nuestros semejantes, carne viva tejiendo la carne del mundo» [12]. Sin embargo, el «nosotros» que rechaza esta imposición sigue siendo un sujeto voluntarista, su repudio del «yo» sigue sin ser más que un repudio, y su sustitución por términos de apariencia más interesante no resuelve el problema. Al considerar la imposición del «yo» sobre sí como algo unidireccional y puramente exterior, el «nosotros» postula otro yo, más verídico, que se encuentra más allá del primero, un yo que realmente le es propio. Este yo auténtico —«singularidad», «criatura», «carne viva»— no tiene que concebirse forzosamente de forma individualista, pero sigue siendo un sujeto voluntarista que se considera autosuficiente a sí mismo, y a la objetividad que lo oprime como algo meramente superpuesto. En la fase actual, la vieja abstracción del sujeto egoísta experimenta una extraña mutación bajo la forma del insurreccionalista —sujeto auténticamente stirneriano— para el que no sólo es posible liberarse de la pertenencia de clase mediante una autoafirmación voluntarista, sino también de la misma imposición del «yo». Ahora bien, pese a que nuestra pertenencia de clase sea inafirmable —una mera condición de nuestro ser en nuestra relación con el capital— y aunque el «yo» abstracto forme parte de la totalidad que ha de superarse, eso no significa que se pueda abdicar de ninguna de las dos de manera voluntaria. Estas formas sólo se pueden superar mediante la ruina revolucionaria de esta totalidad.

La prioridad otorgada a una concepción táctica determinada es una de las principales consecuencias y determinantes de esta posición. Se acude a la teoría para que legitime una práctica que no se puede abandonar, y el resultado es un dualismo: el «nosotros» voluntarista y la objetividad impasible que constituye su contrapartida necesaria. A pesar de sus cacareadas pretensiones de haber superado la «política clásica», en última instancia estos textos conciben la revolución en calidad de dos fuerzas contrapuestas: el nosotros que «se organiza» y todas las fuerzas desplegadas en su contra. El pensamiento táctico se convierte entonces en guía y norma de este «nosotros», y ha de mediar sus relaciones con un objeto que permanece exterior. En lugar de un ajuste de cuentas teórico con la totalidad concreta que ha de superarse en todas sus determinaciones o una reconstrucción del horizonte real de la relación de clase, lo que tenemos es un resquebrajamiento de la totalidad en dos abstracciones fundamentales y un simple conjunto de exhortaciones y recetas prácticas cuya verdadera función teórica es volver a relacionar a estas abstracciones entre sí. Por supuesto, ni Llamamiento ni La insurrección que viene se presentan directamente como «propuestas teóricas». Llamamiento, en particular, intenta eludir las cuestiones teóricas apelando desde el principio a la «evidencia», que «no es una cuestión de lógica, ni de razonamiento», sino más bien aquello que «está del lado de lo sensible, del lado de los mundos», aquello que se tiene «en común» o «distingue». El objetivo aparente de estos textos es articular un clamor pasional —realizar un inventario inmediato y preteórico de motivos para rebelarse contra este mundo malo, malísimo— en función del cual la gente se una a los autores para hacer la insurrección. Sin embargo, esta proclamación de inmediatez disimula una teoría que ya ha mediado de antemano, que ha preconstruido lo «evidente», y cuyos compromisos originarios (compromisos que impiden toda comprensión de la situación real) los ha contraído con el «nosotros» que tiene que hacer algo y con su «ellos» paternal. Una teoría que se muda en la sola descripción de lo que tenemos que hacer fracasa ante su propia tarea, ya que al renunciar a su punto de vista específico como teoría abandona la posibilidad de comprender realmente no sólo aquello que hay que superar, sino también lo que entraña dicha superación.

La teoría comunista no parte de la posición falsa de una especie de sujeto voluntarista, sino de la superación postulada de la totalidad de las formas implícitas en la reproducción de ese sujeto. Como mero postulado, esa superación es necesariamente abstracta, pero sólo a través de esa abstracción fundamental puede asumir la teoría como contenido propio las formas determinadas a superar, que destacan en su determinación precisamente porque se ha postulado su disolución. Esta postulación no es sólo una cuestión de metodología o una especie de postulado necesario de la razón, pues la superación de la relación de clase capitalista no es un mero constructo teórico. Más bien se anticipa al pensamiento, al ser postulada incesantemente por la relación misma; en tanto antagonismo, ésta es su propio horizonte, la presencia negativa real de la que es portadora. La teoría comunista es fruto de esta relación antagónica y piensa necesariamente en el interior de la misma; es el pensamiento de la relación de clase y se capta a sí misma como tal. Intenta reconstruir conceptualmente la totalidad que constituye su fundamento a la luz de la superación ya postulada de dicha totalidad, para extraer de ella la superación tal como se presenta aquí. Dado que es una relación que no posee ningún estado «homeostático» ideal, sino que siempre se encuentra más allá de sí misma, dado que el capital afronta en todo momento el problema del trabajo —incluso cuando resulta victorioso— el pensamiento adecuado de esta relación no es el de una especie de estado de equilibrio o el de una totalidad autopostulada sin fricciones: es el de una relación fundamentalmente imposible, algo que sólo existe en la medida en que está dejando de ser, una relación internamente inestable y antagonista. La teoría comunista no tiene necesidad, por tanto, de un punto de apoyo arquimédico exterior desde el que tomarle la medida a su objeto, ni la comunización necesita una perspectiva trascendente de «retirada» o «secesión» desde la que lanzar su «ataque».

La teoría comunista no ofrece una respuesta alternativa a la pregunta de «¿qué podemos hacer?», porque la abolición de la relación de clase capitalista no es algo sobre lo que se pueda decidir. Por supuesto, en ocasiones los individuos y grupos concretos que constituyen las clases que forman esta relación se enfrentan necesariamente a esa pregunta; sería absurdo sostener que plantear esa pregunta fuera en sí mismo de algún modo «erróneo»: en tanto abolición directa de la relación de clase capitalista, la teoría de la comunización jamás podría invalidar esos momentos. Los individuos y los grupos evolucionan en el seno de la dinámica de la relación de clase y de sus luchas, orientados hacia el mundo tal y como éste se presenta. No obstante, a veces se encuentran inmersos en un momento en el que la fluidez de este movimiento se interrumpe, y han de reflexionar y determinar cuál es la mejor forma de continuar. Es entonces cuando irrumpe el pensamiento táctico, con sus separaciones distintivas, como síntoma de una interrupción momentánea en la experiencia inmediata de la dinámica. Cuando este pensamiento táctico emergente no desemboca en la superación del problema, y la continuidad de la participación en luchas públicas se presenta por el momento como problema insuperable, el individuo o el grupo se ven arrojados a la perspectiva contemplativa de una relación puramente exterior con su objeto, incluso cuando se esfuerzan por reanudar un vínculo práctico con éste.

En Llamamiento y La insurrección que viene este dilema básico adquiere forma teórica. Replegándose desde los momentos culminantes de una oleada de luchas, se plantea la cuestión táctica; a continuación, cuando esta oleada remite todavía más —y con ella el contexto que suscitó la pregunta inicial— la teoría expresa un punto de vista totalmente contemplativo, aun cuando al mismo tiempo haga violentos aspavientos exigiendo acción. Su objeto se vuelve absolutamente exterior y trascendente, a la vez que su sujeto queda reducido a autoafirmaciones frágiles y apenas veladas, y el «lo que tenemos que hacer» que ofrece se reduce a una trivial lista de técnicas de supervivencia dignas de las series televisivas al uso. En el momento en que nació Tiqqun, cuando las estructuras del viejo movimiento obrero se hallaban ya a sus espaldas y el terreno de actuación se había convertido en una «globalización» indeterminada (el horizonte de un capitalismo liberal triunfante) la pertenencia de clase se presentaba como algo que ya se había dejado de lado, una mera piel que se había mudado, y en consecuencia, también se había vuelto cada vez más difícil identificar al capital como el otro polo de una relación intrínsecamente antagonista. Aquí reside el contenido históricamente específico representado por estos textos: la indeterminación del objeto del antagonismo, la relación voluntarista con la totalidad construida en torno a dicho antagonismo y la indiferencia ante la cuestión de clase y su superación. El «desierto» sobre el que Tiqqun construyó sus castillos de arena era el horizonte árido y anodino de un capitalismo financiarizado y finisecular. Al emprender la marcha en este desierto, incapaz de captarlo como un momento transitorio de la dinámica de la relación de clase, Tiqqun jamás podría haber previsto la crisis actual y las luchas que ésta ha traído consigo.

El «¿qué vamos a hacer?» planteado por el final de la oleada de luchas que tuvo como centro al movimiento antiglobalización ya pasó; en el momento actual hay poca necesidad de andar en busca de consejos prácticos para el restablecimiento de una práctica insurreccionalista o de justificaciones teóricas para replegarse sobre medios «radicales». Es una cruel ironía histórica que el Estado francés haya descubierto en este punto de vista —que se define precisamente por su impotencia frente a su objeto, su referencia fundamental a un momento pasado— la amenaza del «terrorismo» y de una «ultraizquierda» a la que vale la pena aplastar aún más. Y lo es también que mientras ese Estado dedica sus atenciones a las efusiones desafiantes y melancólicas de un insurreccionalismo estancado e implica a sus infelices protagonistas en un escándalo «terrorista» de alto nivel, en el seno de la relación de clase capitalista global se estén produciendo movimientos tectónicos mucho más importantes y mucho más amenazantes para la sociedad capitalista.

En estos momentos la clase obrera mundial está siendo sometida a un ataque muy manifiesto a medida que los funcionarios del capital intentan estabilizar un sistema mundial continuamente al borde del desastre, y no ha tenido necesidad de arengas insurreccionalistas para «poner en marcha» su respuesta. La jerga de la autenticidad tiqqunista acompañó al estallido de las ocupaciones estudiantiles en California, pero por supuesto, no se trataba de las luchas de una «comunización» insurreccional librada de forma voluntarista en el desierto frente a algún «ellos» indefinido: esas luchas fueron una respuesta coyuntural concreta a la forma que había adoptado la crisis actual al golpear al estado californiano, y al sistema de enseñanza superior en particular. Se trataba de una situación que exigía resistencia, pero sin que existiera ninguna sensación de que las reivindicaciones reformistas tuviesen significado alguno; de ahí la retórica de «nada de reivindicaciones» que caracterizó a la primera oleada de estas luchas. Al mismo tiempo, por supuesto, la comunización no se presentaba como una posibilidad directa, y tampoco había ninguna otra dinámica ostensiblemente revolucionaria en el orden del día inmediato. Atrapadas entre la necesidad de la acción, la imposibilidad del reformismo, y la ausencia de todo horizonte revolucionario, estas luchas adoptaron la forma de una generalización transitoria de ocupaciones y acciones para las que no podía existir ninguna noción clara de lo que habría supuesto «vencer». Fue la ocupación temporal y sin reivindicaciones de espacios en el transcurso de estas luchas lo que acabó identificándose con la «comunización». Sin embargo, dada la ausencia de cualquier posibilidad inmediata de comunización real, el lenguaje de antaño (la «Taz», la «autonomía», etc.) habría sido más apropiado para caracterizar estas acciones. Si bien este lenguaje era, hace diez años, el del ala «radical» de los movimientos, en California este florecimiento de espacios autónomos fue la forma que adoptó el movimiento mismo. De forma perversa, fue el propio anacronismo de la problemática tiqqunista el que permitió que ésta repercutiera en el seno de un movimiento que había adoptado dicha forma. Si la «comunización» de Tiqqun es una reinvención insurreccionalista de la «Taz», de la «autonomía», etc., formulada en el límite del momento histórico que produjo esas ideas, en California se encontró con un movimiento finalmente conforme a tales ideas, pero sólo en tanto respuesta bloqueada —y no obstante necesaria al mismo tiempo— a la crisis.

A raíz de este movimiento bloqueado la «comunización» ha llegado a ser poco menos que indiscernible de lo que la gente solía llamar «autonomía» y se ha convertido en uno de los últimos términos (junto a los de «huelga humana», «partido imaginario», etc.) en incorporarse a la jerga de una sensibilidad angloamericana fundamentalmente ininterrumpida. Esta sensibilidad siempre estuvo caracterizada por una proclividad a la autoafirmación abstracta y voluntarista (en Tiqqun no hace más que verse reflejada a sí misma) y por tanto no debería extrañar en absoluto que aquí la «comunización» sea, de forma correspondiente, abstracta, voluntarista, y autoafirmativa. Este acceso de la «comunización» a la vanguardia de la radicalidad chic probablemente tenga escasa relevancia en sí mismo, pero el movimiento principal que hasta ahora ha hallado su voz en este idioma es más interesante, pues el punto muerto en el que se encuentra no se debe a una mera falta de programa o de reivindicaciones, sino que es uno de los síntomas de la incipiente crisis de la relación de clase. Lo que viene no va a ser una insurrección tiqqunista, pese a que Glenn Beck [13] crea haber identificado una en los levantamientos árabes. Si la comunización se manifiesta en la actualidad, es en el sentido palpable de un punto muerto en la dinámica de la relación de clase; esta es una época en la que el final de dicha relación se cierne perceptiblemente en el horizonte mientras el capital se topa con crisis a cada paso y la clase trabajadora se ve forzada a librar una lucha para la que no hay victoria plausible.

 

Notas

1 Véase, por ejemplo, la colección After the Fall: Communiqués from Occupied California, http://afterthefallcommuniques.info/.
2 El siguiente análisis se centrará específicamente en el Comité Invisible, La insurrección que viene (Los Ángeles, CA: Semiotext (e), 2009) http://tarnac9.wordpress.com/texts/the-coming-insurrection/ y el Comité Invisible, Llamamiento (2004), http://www.bloom0101.org/call.pdf, en lugar de en otras obras relacionadas con Tiqqun, puesto que estos textos han sido los más influyentes en la recepción anglófona actual de la «comunización». Es sobre todo esta recepción la que nos interesa, más que cualquier evaluación más general de Tiqqun como, por ejemplo, partícipe de la «filosofía continental».
3 Para un debate más detallado sobre estas cuestiones, véanse «Miseria y deuda», y «Crisis de la relación de clase» en Endnotes # 2 (abril de 2010), https://endnotes.org.uk/translations.
4 Para un debate sobre el concepto de programatismo, véase Theorie Communiste, «Mucho ruido y pocas nueces», Endnotes # 1: Materiales preliminares para un balance del siglo XX (octubre de 2008): 154-206, https://endnotes.org.uk/translations/63.
5 «Platón pudo omitir la recomendación a las amas de leche de que no permanecieran inmóviles con los niños, sino que los balancearan siempre en los brazos: e igualmente Fichte respecto al perfeccionamiento del pasaporte policial hasta establecer, como se dijo, que no sólo debían estar expresados los datos del individuo sospechoso en el documento, sino también el retrato.» Hegel, Filosofía del Derecho, p. 34.
6 Véase, por ejemplo, La insurrección que viene, p. 44: «Todos los medios son contrarrevolucionarios, porque su único negocio es defender su maldita comodidad». Paréceme que protestan en demasía.
7 Por supuesto, Tiqqun distingue su enfoque de la problemática «izquierdista» de «¿que hacer?» porque consideran que ésta niega que «la guerra ya ha comenzado». En cambio, la pregunta directa que hay que plantearse, según Tiqqun, es «¿cómo hacerlo?» Ahora bien, a nosotros no sólo nos preocupa esta cuestión tal como la plantea literalmente Tiqqun. El «¿qué deberíamos hacer?» en cuestión es el del punto muerto de la propia post-antiglobalización, punto muerto que —como veremos— articula el contenido teórico de textos como Llamamiento y La insurrección que viene. Por «alternativa» y «alternativismo», nos referimos aquí a prácticas que tienen como objetivo establecer zonas liberadas al margen de la dominación capitalista, y que consideran que se trata de algo posible de modo independientemente y previo a cualquier revolución comunista. En líneas generales, puede decirse que los medios contraculturales son «alternativistas».
¥ Siglas de «Zona Temporalmente Autónoma». (N. del t.)
8 Para una excelente crítica de la posición del grupo Batko véase Per Henriksson, “Om Marcel Crusoe exkommunister i intermundia. Ett bidrag hasta kommuniseringsdiskussionen”, Riff-Raff, 9 (marzo de 2011), http://riff-raff.se/texts/sv/om-marcel-crusoes-exkommunister-i-intermundia ; (próxima traducción al inglés).
* Juego de palabras que fusiona las palabras nobody y daddy («nadie» y «papi») acuñado por William Blake como apelativo despectivo para el dios antropomorfo del cristianismo. (N. del t.)
9 http://www.riff-raff.se/en/7/attack_rough.pdf (N. del t.)
10 La insurrección que viene, pp.29-34. La insurrección que viene, pp.33-32. Llamamiento, p.4.
11 La insurrección que viene, pp.29-34. La insurrección que viene, pp.33-32. Llamamiento, p.4.
12 La insurrección que viene, pp.29-34. La insurrección que viene, pp.33-32. Llamamiento, p.4.
13 Personaje mediático de la cadena Fox News de tendencia neoconservadora. (N. del t.)