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11 de junio de 2025

La prueba de la anarquía

Ian Alan Paul
10 de junio de 2025 

[Un balance crítico sobre los disturbios actuales en Los Ángeles, en particular, y sobre las revueltas del siglo XXI, en general, desde la perspectiva de la comunización y la anarquía. Tomado de Conatus Editorial] 
 
Disturbios contra la ICE, policía migratoria de EE.UU. Los Ángeles, junio de 2025   
 
La Comuna de París y vehículos del ICE apedreados con trozos de hormigón. La Revolución Egipcia y filas de coches autónomos envueltos en llamas. La Guerra Civil Española y multitudes bloqueando una autopista cubierta de espesas nubes de gas lacrimógeno. Estas fueron algunas de las yuxtaposiciones que surgieron mientras leía The Future of Revolution de Jasper Bernes y recibía mensaje tras mensaje sobre las revueltas en Los Ángeles de amigos dispersos por el globo: fragmentos de tiempo dispersos colisionando y haciendo saltar chispas entre sí, apuntando hacia un lugar aún desconocido. Tanto el libro como las revueltas plantean al fin una pregunta compartida, una en lenguaje teórico y la otra en lenguaje práctico: ¿cómo podríamos no solo chocar por completo contra el orden de este mundo, sino finalmente atravesarlo y alcanzar lo que yace al otro lado?

The Future of Revolution desarrolla su respuesta a esta pregunta trazando los contornos de un futuro comunista en la forma de una diversidad de pasados insurgentes. Tomando como objeto la historia global de los consejos obreros —navegando por sus múltiples teorizaciones y contradicciones, sus diversas derrotas y sus potencialidades aún latentes—, el libro extrae los rasgos negativos y positivos que siguen siendo integrales a la lucha comunista, cristalizando en lo que Bernes conceptualiza como la prueba del comunismo:

La prueba del comunismo nos dice el qué pero no el cómo: (el comunismo) debe estar armado; debe quebrar el poder armado del Estado; debe ser proletario, incorporando a la vasta mayoría de la sociedad en asociaciones voluntarias que reclamen directamente la totalidad de la riqueza social; debe ser comunista, proveyendo para el uso común según un plan colectivo sin regulación legal ni intercambio; debe superar las divisiones entre personas y lugares arraigadas en la división del trabajo y la estructura empresarial; debe ser transparente, comprensible para todos, y manejable, permitiendo que las personas participen en las decisiones que les conciernen mediante estructuras de delegación revocable con mandato, comprometidas con la reproducción de una sociedad sin clases, sin dinero y sin Estado.[i]

Esta prueba no aspira a dictar una secuencia o curso preciso que los levantamientos deban obedecer, sino a discernir los fundamentos necesarios de una lucha que comprende su tarea histórica como la destrucción de la sociedad capitalista y la construcción de una comunista.

The Future of Revolution deja claro que la insurrección es la forma bajo la cual se desarrollará la ruptura con el capitalismo. Si bien Bernes afirma claramente que no podemos saber de antemano «cómo será una destrucción genuina del poder armado del Estado, dados los ejércitos y la policía modernos» y deduce que muy probablemente seguirá a una disolución interna antes que a una confrontación militarizada, nunca vacila respecto a su necesidad.[ii] Como Joshua Clover también aclaró en su obra, el hecho de que el mundo actual esté organizado sobre la base de un Estado siempre presente y una economía permanentemente distante ha alterado las variables que durante mucho tiempo guiaron los debates sobre insurrección y revolución, demostrando que para los comunistas la abolición del Estado y la reivindicación de las fuerzas productivas de la sociedad son simplemente dos dimensiones de un único proceso revolucionario.[iii] A la luz de esta necesidad, Bernes también describe lo que ahora se han convertido en los límites evidentes de las formas exclusivamente negativas de abolición e insurrección:

Es imposible imaginar la abolición de la policía independientemente de la abolición de la sociedad de clases, la inauguración del comunismo. Quemar dos, tres, cuatro, muchas comisarías parece suicida sin la posibilidad de cultivar una forma de vida que pudiera prescindir de la policía. Tampoco se puede construir el nuevo mundo en las cáscaras quemadas del anterior: se necesita su riqueza, sus recursos y capacidades reales. Así, la abolición termina significando todo y nada.[iv]

Hay poco que objetar en tal análisis, pues todas las revueltas significativas del siglo XXI se han agotado y consumido en estos términos: desarrollaron inmensas capacidades de insurrección y destrucción que, al final, no pudieron extenderse ni sostenerse suficientemente, y mucho menos dar forma duradera a modos de vida comunistas. Al mismo tiempo, lo inverso también sigue siendo cierto: no puede imaginarse la abolición de la sociedad de clases sin la abolición de la policía, ni es posible cultivar una forma de vida que prescinda de la policía mientras persista su poder violento. En este sentido, las capacidades constructivas y destructivas de los levantamientos siguen siendo fundamentalmente inseparables: poner fin a la sociedad capitalista debe simultáneamente dar existencia a una vida más allá del capital.

Tras evaluar las diversas formas y tácticas surgidas en —y circulantes entre— múltiples insurrecciones del siglo XXI (bloqueos contralogísticos, incendios, ocupaciones de edificios, sabotajes, zonas autónomas), Bernes aborda la construcción del comunismo en condiciones insurreccionales imaginando especulativamente la formación de comités de abolición:

Los comités de abolición podrían dedicarse no solo al trabajo práctico sino al trabajo especulativo: ¿Cómo sería la abolición? ¿Qué requeriría?… Sus preguntas fundacionales serían: ¿Qué harías si el poder estatal desapareciera hoy? ¿Qué harías si no hubiera más policía, y tras ella, ningún ejército? ¿Qué harías si todas las cárceles ardieran? Una tarea clave para estos comités de investigación sería la indagación técnica sobre las condiciones de la producción capitalista y la vida cotidiana… Un comunista mira una central eléctrica, una fábrica, un supermercado, una flota de autobuses o una granja siempre con la mirada puesta en lo que podría ser en el comunismo, que no es en absoluto lo que es en el capitalismo… La idea es imaginar un atlas de la reproducción comunista, con todo el conocimiento que un movimiento comunista podría necesitar para comenzar a reproducirse, en algún momento insurreccional dado.[v]

No cabe duda de la necesidad de cartografiar, diagramar y reimaginar cómo todos los recursos y tecnologías del mundo capitalista podrían ser reivindicados y reorganizados por los comunistas, o alternativamente cómo deberían ser abandonados o destruidos.[vi] Como Bernes aclara: «cada centímetro de la tierra está ahora tan entremezclado con tantos trabajos humanos, formas de endeudamiento y pertenencia»,[vii] una interconexión histórica de vidas y sistemas planetarios que implica que cualquier revolución debería desplegarse también a esas escalas. Gran parte del pensamiento comunista contemporáneo ha girado explícitamente hacia estas cuestiones, ejemplificado en textos como Forest and Factory de Phil A. Neel y Nick Chavez o Corona, Climate, Chronic Emergency de Andreas Malm. Sin embargo, estas propuestas comunistas siguen estando incompletas mientras privilegien lo positivo y descuiden lo negativo, viendo la capacidad insurreccional de abolir el poder y la dominación como un antecedente de la sociedad comunista, pero no como un rasgo constitutivo de ella. The Future of Revolution sigue siendo una contribución valiosa precisamente porque crea una apertura para vislumbrar cómo lo destructivo y lo constructivo de la insurrección y la revolución están indisolublemente entrelazados. La forma mediante la cual se negará la sociedad capitalista es también la forma mediante la cual se afirmaría cualquier otra sociedad posible, una dinámica que debe permanecer central en la teorización y experimentación militantes.

Para Bernes, la destrucción del capitalismo es sinónimo de la destrucción del valor —la forma abstracta que une los fragmentos dispersos de la sociedad capitalista—: «El concepto de valor no es nada, para los comunistas, si no es un punto de mira que aparece en rojo cuando necesitamos destrozar algo».[viii] Esta idea, entrelazada en todo el libro, viene acompañada de una advertencia: que la destrucción del valor no impide que emerja otra sociedad igualmente basada en la dominación, aunque bajo términos formales diferentes. A lo largo de su proyecto, Bernes deja claro que destruir el capitalismo significa poco sin la construcción paralela del comunismo, pues no son meras posibilidades binarias, sino no-conjuntas: no pueden coexistir como formas de sociedad, pero la ausencia de una no implica necesariamente la existencia de la otra. Como describe Bernes:

La relación entre capitalismo y comunismo es de no-conjunción, no de disyunción. Puede haber capitalismo. Puede haber comunismo. Pero no puede haber capitalismo y comunismo. Su relación es… no-conjunción, no una simple disyunción excluyente. Podríamos formular esto como el axioma de la contradicción… Lo que implica la no-conjunción de capitalismo y comunismo es una elección de negaciones mediante las cuales se revela el contenido positivo del comunismo.[ix]

El desarrollo de sistemas de crédito social, vigilancia automatizada y proyectos expansivos de IA debería bastar para dejar claro que otras formas de organización social siguen siendo posibles, formas que algún día podrían prescindir del valor por completo mientras preservan las formas de dominación propias de la sociedad de clases. En este sentido, el valor debe verse como la forma principal mediante la cual la sociedad de clases se ha organizado históricamente bajo el capitalismo, y por tanto es precisamente lo que debe ser destruido en el presente; sin embargo, la sociedad de clases siempre podría reorganizarse en el futuro bajo diversos términos formales ajenos al valor.

Aquí podemos comenzar a leer dentro de la prueba del comunismo lo que podríamos llamar la prueba de la anarquía. Para Bernes, la sociedad comunista necesariamente contradice a la capitalista, pero no existe como su única alternativa posible. Es porque la clase y la dominación pueden organizarse en términos distintos a la forma valor que la sociedad comunista debe contradecir no solo las formas específicas del capitalismo, sino también toda otra posible sociedad de clases. Discernir la prueba de la anarquía dentro de la prueba del comunismo es así reconocer que si la destrucción del capitalismo se entrelaza con la construcción del comunismo, esta última debe igualmente entrelazarse con la destrucción de toda lógica de dominación posible, además del valor. Si el valor es la differentia specifica del capitalismo, el proyecto de Bernes propone que este puede servir de base para clarificar tanto la positividad como la negatividad del comunismo: «la abolición de la ley del valor deja un resto, y es desde y contra este resto que el comunismo debe realizarse».[x]

La anarquía, sin embargo, carece de tal principio formal donde fundamentarse, pues lo que aspira a negar no es específico del capitalismo. La prueba de la anarquía corre así como un hilo negro a través de la historia del capitalismo pero también de toda historia posible, viendo en cada expresión de dominación el potencial y la necesidad inerradicables de la insurrección. Si el comunismo toma forma como un arma afilada particularmente contra el valor, la anarquía debe surgir más bien como una fragua capaz de producir nuevas armas frente a cualquier dominación que se imponga.

Dado que el comunismo emerge en no-conjunción con el capitalismo al constituirse positivamente como sociedad en la imagen negativa del valor, la prueba de la anarquía surge junto a él como una forma de no-conjunción cuya apertura es por necesidad infinitamente más amplia, opuesta a toda forma posible de sociedad basada en la clase y la dominación. La prisión es, después de todo, una institución profundamente entrelazada con la historia del capitalismo y moldeada por ella, pero las posibilidades carcelarias persistirán incluso sin valor, organizadas bajo cualquier cantidad de términos formales alternativos. Igualmente fácil es imaginar la existencia de regímenes fronterizos en futuras sociedades no capitalistas, especialmente mientras se intensifica la crisis climática y diversas catástrofes y escaseces se vuelven más agudas y frecuentes. Nuevas formas de jerarquía, dominación y exclusión basadas en raza, género, sexualidad, capacidad o cualquier otro criterio seguramente aspirarían a arraigarse tras la destrucción de la sociedad capitalista, tal como la precedieron. Mientras Bernes escribe que pretende «tratar la teoría de la revolución comunista desde la perspectiva de la eternidad», la tarea de la anarquía también permanece eterna, así como su horizonte se expandirá perpetuamente, desplegándose siempre de nuevo en no-conjunción con la dominación.[xi] Así como el nacimiento del capitalismo inauguró una guerra contra la vida que este nunca ha cesado de librar, la llegada del comunismo también marcará el advenimiento de una anarquía perpetua librada contra toda forma emergente de sociedad de clases.

Las corrientes anarquistas de nuestro tiempo han dirigido su atención principalmente hacia la cuestión del poder destituyente, enfocándose no tanto en la necesidad de constituir una nueva sociedad como en la necesidad de destituir y destruir el orden presente. Este enfoque nos ha ofrecido un método para experimentar y teorizar todas aquellas formas y técnicas que exige la insurrección: aprender tácticas y desarrollar repertorios capaces de desmantelar y derrocar el poder en todas las diversas formas en que históricamente se constituye. La anarquía es así el filo destituyente de lo constituido por el comunismo, el proceso persistente de desactualización que acecha en la penumbra de la actualidad comunista. En las primeras páginas de The Future of Revolution, Bernes cita la perspicacia de C.L.R. James: «la tarea hoy es convocar, enseñar, ilustrar, desarrollar la espontaneidad».[xii] Desarrollar la espontaneidad es, por supuesto, una formulación contraintuitiva, pero en el contexto del proyecto de Bernes adquiere un sentido combustivo y explosivo. Hoy nuestra lucha es ver la espontaneidad del comunismo y la anarquía mientras se desarrolla como insurrección y como nuevas formas de vida, ardiendo como estrellas guía en la larga noche de la historia y desvaneciéndose oscuramente en los agujeros negros formados en la geometría negativa de lo que no son.

Traducción por Grupo de Traductoras Comunistas, Fracción mexicana

Notas

[i] Jasper Bernes, The Future of Revolution, Verso Books, 2025, 128 

[ii] Ibid., 160 

[iii] «En 1700, la policía tal como la conocemos hoy no existía; algún alguacil o bedel esporádico vigilaba el mercado. Al mismo tiempo, la mayoría de los bienes de primera necesidad se producían localmente. En resumen: el Estado estaba lejos y la economía cerca. En 2015, el Estado está cerca y la economía lejos. La producción está pulverizada; las mercancías se ensamblan y distribuyen mediante cadenas logísticas globales. Inclusos los alimentos básicos probablemente proceden de otro continente. Mientras tanto, el ejército doméstico permanente del Estado siempre está a mano —progresivamente militarizado bajo el pretexto de librar guerras contra las drogas y el terror.» Joshua Clover, Riot, Strike, Riot, Verso Books, 2019. 

[iv] Jasper Bernes, The Future of Revolution, Verso Books, 2025, 169 

[v] Ibid., 171-172 

[vi] Bernes se toma el tiempo, a lo largo del libro, para esbozar las características positivas que organizarían la economía bajo el comunismo. Al imaginar la forma que tomarán las comunas tras la destrucción del capitalismo, enfatiza dos aspectos de la prueba del comunismo que prescriben que una sociedad comunista debe ser, al mismo tiempo, transparente y controlable. La transparencia se manifiesta en el consejo o la comuna como un libro abierto que permite a todos ver y comprender fácilmente cómo se organiza y se gestiona colectivamente la sociedad, mientras que la controlabilidad se expresa en la capacidad de revocar de inmediato a los representantes de las comunas o los consejos, lo cual garantiza que se mantengan responsables y no puedan concentrar poder. Aunque Bernes evita caer en la trampa de describir en detalle cómo se verían en la práctica la transparencia o la controlabilidad, y en su lugar desarrolla sus principios abstractos, ambos conceptos funcionan como interruptores automáticos, en el sentido de que están diseñados para sofocar de manera preventiva la posible reaparición de la clase y del valor, construyendo el comunismo como imagen negativa del capital.

[vii] Ibid., 126

[viii] Ibid., 88 

[ix] Ibid., 127-128 

[x] Ibid., 99

[xi] Ibid., 82 

[xii] Ibid., 12 

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Crítica de este texto por Nec Plus Ultra (región chilena, 12 de junio de 2025)
 
En todo el texto hay una cuestión problemática con respecto a la espontaneidad que es el resultado necesario del marco teórico/práctico de su autor [el anarquismo]. La experiencia reciente de todas las revueltas contemporáneas muestra que la espontaneidad no es necesariamente un "más allá del capital", como si lo espontáneo fuera lo opuesto al capitalismo. De hecho, el capitalismo subsume continuamente lo espontáneo en las formas de la mercancía y el deseo -el capitalismo no podría persistir sin capturar el deseo-. La espontaneidad de los individuos en revuelta es la espontaneidad de personas que están constituidas por el capital, por lo tanto, es intrínsecamente contradictoria. Podría destituir parcialmente la forma capitalista y luego reforzarla -como en Chile 2019/2020-. 
 
El asunto fundamental de la transformación radical de nuestra época no reside en "desarrollar la espontaneidad" a secas, sino en superar la brecha que existe entre revuelta y revolución a través de la constitución de un movimiento conscientemente orientado a la supresión del sistema. Esa supresión no es pura espontaneidad, aunque también se alimenta de ella, sino que implica organización, una comprensión estratégica de las contradicciones de la sociedad capitalista y de la propia lucha insurreccional, lucha armada, planificación concertada de acciones insurreccionales contra las fuerzas armadas de la reacción, constitución conciente de una nueva forma de producción social, etc.
 
Ian Alan Paul plantea una cuestión fundamental, pero no la responde adecuadamente: "todas las revueltas significativas del siglo XXI se han agotado y consumido en estos términos: desarrollaron inmensas capacidades de insurrección y destrucción que, al final, no pudieron extenderse ni sostenerse suficientemente, y mucho menos dar forma duradera a modos de vida comunistas." Para él, la respuesta estaría en fortalecer el momento destituyente, "dar existencia a una vida más allá del capital" y "desarrollar la espontaneidad". 
 
Lo que Ian Alan Paul no ha captado es que el carácter contradictorio de las revueltas contemporáneas resulta del carácter contradictorio de la sociedad capitalista de la cual estas revueltas emergen. Esto queda claro en su concepto de valor, que es, para él, "la forma abstracta que une los fragmentos dispersos de la sociedad capitalista" y no un modo contradictorio de praxis social [el valor no es una cosa, sino una relación de clase.] De ahí que, en última instancia, responda al problema de la revuelta en términos tautológicos: si las revueltas no van más allá del capital es porque no han perseverado en su momento destituyente y no han creado formas de existencia más allá del capital. 
 
Esta forma de plantear los problemas lleva necesariamente a un voluntarismo práctico y teórico, a un callejón sin salida. Sin una perspectiva radical anclada en un movimiento de masas, sin un entendimiento estratégico de las contradicciones de la sociedad, sin organización y sin medios materiales de propaganda, coordinación y autodefensa, las revueltas jamás superarán los horizontes del capital y su institucionalidad, por muy espontáneas y disruptivas que sean. La forma comunista tiene su condición de posibilidad en las contradicciones de la sociedad, pero no puede existir sin una producción conciente de esa forma a partir de medidas prácticas que solo pueden ser sostenidas a través de medios insurreccionales y enfrentando una cruenta represión por parte de todas las fuerzas de la reacción capitalista. 
 
*** 
 
Nota de PR: En la posdata de nuestro último texto de coyuntura en la región ecuatoriana, también desarrollamos una crítica del culto a la espontaneidad o del espontaneísmo y, en cambio, reivindicamos la necesidad de la autoorganización revolucionaria del proletariado o del Partido Histórico. Por lo cual, consideramos pertinente reproducirla aquí: 

No somos partidarios del espontaneísmo, menos aún si se trata de contribuir a que las luchas reivindicativas den un salto cualitativo y así estalle una nueva revuelta que devenga revolución. Una cosa es la espontaneidad o la forma natural en la que suceden las cosas; en este caso, la lucha del proletariado contra la burguesía, precisamente por la naturaleza contradictoria y dinámica de la sociedad de clases. Y otra cosa muy diferente es el espontaneísmo o el culto a la espontaneidad, el cual no reconoce los límites de la espontaneidad ―como lo demuestran las revueltas de los últimos años― y, así, termina negando la necesidad de organización autónoma y de posiciones revolucionarias. Espontaneidad y autoorganización no son contrarias, sino complementarias, ya que la autoorganización del proletariado brota de la espontaneidad de sus luchas y, entonces, la deja atrás para poder desarrollarse, consolidarse y acertarle golpes contundentes al Estado-Capital y la sociedad de clases.  

Por eso, somos partidarios de la autoorganización revolucionaria del proletariado; es más, somos partidarios de lo que Marx, Bordiga, Camatte, n+1, Endnotes, Amorós y otros camaradas han llamado "Partido Histórico" de la revolución comunista mundial, el cual “brota espontáneamente del suelo de la sociedad burguesa” (Marx) y está muy lejos del vanguardismo ―autoproclamarse “la vanguardia” y pretender hacer del proletariado un objeto dirigible― y del sustitucionismo ―sustituir al proletariado como sujeto revolucionario—. Porque el partido histórico propiamente dicho no es más que el conjunto de fuerzas que luchan por la autoorganización del proletariado para la revolución social mundial.

Autoorganización del proletariado, independencia de clase y acción directa son inseparables y significan luchar sin intermediarios ni representantes; lo que quiere decir, luchar por fuera, en contra y más allá de sindicatos, partidos, elecciones, parlamentos, leyes, etc. El “partido independiente de la clase trabajadora” es también “el partido de la subversión” o “el partido de la anarquía” en duelo a muerte con “el partido del orden” (Marx).

Considerando que, cuando el proletariado se levanta y hace temblar al orden capitalista, la derecha y la izquierda del Capital se unen en un solo partido en su contra: “el partido de la democracia” (Engels). Por lo tanto, el partido histórico del proletariado revolucionario es un partido contra la democracia, es decir, contra la dictadura social del Capital y su Estado sobre el proletariado. Esto no quiere decir que el partido revolucionario del proletariado sea una organización de tipo autoritario o vertical. Al contrario: en su interior se practican relaciones sociales de nuevo tipo basadas en la solidaridad, el apoyo mutuo, la libertad y la horizontalidad reales.

De allí que el partido histórico no es un partido formal ni un mini-Estado como los partidos leninistas mal llamados “comunistas”, sino que es un partido que, si bien necesita estructurarse para organizar las tareas revolucionarias, va mucho más allá de estatutos, comités, dirigentes, nombres, siglas y fronteras de todo tipo. Es el proletariado mismo organizándose y actuando de manera orgánica como clase revolucionaria. Es “el movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual” (Marx y Engels). Es el partido del comunismo y la anarquía contra el partido de la democracia. Todo esto es la autoorganización revolucionaria del proletariado en acción.

Ahora bien, es importante tener claro que la autoorganización revolucionaria no es un fin en sí mismo, sino sólo un medio; y, que el objetivo final de la autoorganización revolucionaria no es convertirse en “Estado proletario”, sino abolirse a sí misma junto con la autoabolición revolucionaria del proletariado como clase para, en cambio, devenir comunidad real de individuos libremente asociados que producen y viven sus vidas como tales. En ese sentido, el partido histórico será “la prefiguración de la sociedad comunista” (Camatte) o no será: el partido histórico en este siglo será el Partido-Comunidad o no será. Concebido ya no como una pirámide de piedra, sino como una red viva cuya sustancia sea la solidaridad antagonista y transformadora.

A pesar de la contrarrevolución todavía reinante o de estos malos tiempos para la militancia revolucionaria, las minorías radicales del proletariado internacionalista que hoy existen son el germen del partido histórico. Y si no existen, tarde o temprano habrá que crearlas, fortalecerlas y unirlas para ello; es decir, tendrán que autoorganizarse como partido histórico y mundial al calor de las luchas proletarias en ascenso. 

 
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11 de diciembre de 2024

Luigi Mangione: síntoma y símbolo del hartazgo contra la explotación capitalista y la condición proletaria en el siglo XXI. Dos textos compañeros

Presentación

El ajusticiamiento del CEO de la mayor empresa estadounidense de seguros de salud, Brian Thompson, por parte del informático Luigi Mangione, se justifica plenamente como contraofensiva a la violencia estructural, cotidiana y normalizada del Capital sobre el proletariado y su reproducción como tal. Más precisamente: como vindicación no domesticada de la vida frente a la inmisericorde administración de la muerte de miles de proletarios/as en las garras de las empresas de servicios de salud ya sea por falta de atención, por falta de dinero para atenderse o por quedarse endeudados y explotados de por vida para hacerlo.

Por lo tanto, la de Mangione no es una acción individual o aislada: es un síntoma y un símbolo colectivo, no sólo de la crisis del Capital en tanto que relación social, sino de la guerra de clases a pesar de la contrarrevolución capitalista y la derrota histórica del proletariado mundial. 

«La conciencia anarquista parece mantener la totalidad del objetivo al reducir el sujeto del movimiento al individuo, a lo singular, donde parece haberse refugiado la vitalidad de la clase vencida. En realidad la conciencia anarquista permite mantener durante ese período la totalidad inmediata del objetivo de la rebelión, totalidad ocultada por el reformismo, al presentarse como oposición constante a este.» (Cornelius Castoriadis, Fenomenología de la conciencia proletaria)

A lo que es preciso acotar que no se trata de "la conciencia anarquista" (concepción idealista e ideológica), sino del movimiento real que subvierte el orden capitalista (concepción materialista histórica), es decir, el comunismo o, si se prefiere, la anarquía, más allá de tal o cual grupo o individuo —incluida su ideología— que lo exprese en una situación concreta. Eso: la expresión del movimiento real —e histórico— que antagoniza cara a cara contra el Capital y sus personificaciones, y no la vida personal ni las ideas de Luigi —Galleani y Mangione—, es lo que realmente importa en este caso. Mucho menos las opiniones infundadas ni los juicios moralistas de cualquier persona al respecto. La guerra de clases existe y es tal cual es. Porque como escriben Dauvé y Nesic en Salida de la fábrica: 

«Es cierto que nuestro “objetivo” es un sistema social, el Capital [la abolición del valor], y no los jefes, ejecutivos, expertos y la policía que pone a su servicio. […] Sin embargo, rehusarse a la violencia, y rechazar de antemano cualquier uso de las armas, es renunciar a la revolución […] No hay lucha por el comunismo sin un mínimo de pasión, y la identificación de lo que consideramos como un enemigo.»

Luigi Mangione: síntoma y símbolo del hartazgo anticapitalista en el siglo XXI que tarde o temprano ojalá se convierta en un detonante o acción ejemplar para las masas, en EE.UU. y todo el mundo; pero, no para que éstas se afirmen como clase del trabajo/capital, ni mucho menos como "pueblo", pidiendo democráticamente más migajas al Estado burgués que las exprime y las aplasta, sino para abolirse como tal mediante la insurrección y la comunización de todo lo existente, entendidas como procesos moleculares y autoorganizados, no como acontecimientos mesiánicos. 

Los textos compañeros que compartimos a continuación dicen todo lo que tienen que decir desde la crítica radical sobre este hecho, ya que explican el contexto, las causas, las implicaciones, el significado y los posibles alcances de la acción vindicadora contra una personificación del Capital por parte del camarada Mangione. Quien, por cierto, hace dos días fue capturado por la policía, después de haber sido "sapeado" por un empleado de McDonald's a cambio de una cuantiosa recompensa (hecho que, sin duda, muestra la hegemonía de la contrarrevolución capitalista sobre la contradicción viviente que es el proletariado; pero que, al mismo tiempo, no invalida en lo absoluto la acción de Luigi). Por lo cual, desde la región ecuatoriana nos solidarizamos con él y exigimos su libertad. 
 
Proletarios Hartos de Serlo
Quito, 11 de diciembre de 2024
 

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[Tomado de Comunismo Gótico, región mexicana, 6 de diciembre de 2024]

El asesinato del CEO Thompson de UnitedHealthcare no puede ser entendido como un hecho aislado ni como un simple acto de violencia individual. Este evento refleja las tensiones inherentes al modo de producción capitalista y las resistencias que genera su lógica de explotación y domesticación. Lejos de reducirse a una acción personal, este hecho reivindica la dimensión colectiva de una lucha que, aunque fragmentada, desafía las bases mismas del capital y de sus relaciones sociales.

En este texto exploramos cómo este acto, llevado a cabo por un sujeto anónimo [días después se sabrá su nombre: Luigi Mangione], está inscrito en un entramado más amplio de resistencia proletaria. Desde una comprensión de los ciclos históricos de lucha, el rechazo al humanismo domesticador y una lectura radical de nuestra época, analizamos el asesinato de Thompson como una expresión de las contradicciones estructurales del capital y un síntoma de la posibilidad de su abolición.

El capital, como relación social, no solo explota al trabajo vivo, sino que también coloniza la totalidad de la vida, convirtiéndola en portadora de valor. Empresas como UnitedHealthcare representan esta lógica en su forma más evidente: transforman necesidades básicas, como la salud, en mercancías, sometiendo los cuerpos y las vidas al cálculo económico. Esta colonización profundiza la alienación, deshumaniza y perpetúa la subordinación del proletariado como clase.

El CEO Thompson, en su rol como representante de esta maquinaria, simboliza más que una posición administrativa; es la encarnación de la violencia abstracta que el sistema ejerce. Su asesinato no es simplemente una reacción personal, sino un acto que rechaza la domesticación totalizante que el capital impone. Este evento pone de manifiesto la dimensión no domesticada del proletariado: aquella que se niega a ser reducida a un mero engranaje del sistema.

Aunque la acción haya sido llevada a cabo por un individuo anónimo, no puede considerarse puramente individual. Este sujeto forma parte de un entramado colectivo que da forma a la resistencia contra el capital. Su acción, aunque aislada en apariencia, es una expresión de una negación más amplia, una lucha colectiva que se enfrenta a las condiciones que perpetúan la explotación y la dominación.

A lo largo de la historia, las luchas proletarias han intentado afirmar al proletariado como sujeto revolucionario. Sin embargo, cada afirmación de la clase ha terminado reforzando las condiciones que la subordinan al capital. Este patrón revela que la verdadera emancipación no reside en la afirmación del proletariado, sino en su negación como categoría del capital.

El asesinato de Thompson debe leerse dentro de este contexto: no como una afirmación de la clase proletaria, sino como un síntoma de su negación. Es una expresión de la incapacidad del capital para integrar plenamente a las poblaciones que explota y despoja. Este acto no busca regresar a estrategias programáticas ni a formas tradicionales de lucha, sino que apunta hacia una ruptura más profunda con las categorías sociales que sostienen al sistema.

Para entender este acto, es crucial evitar caer en el moralismo o en una lógica humanista que condena o exalta la violencia desde principios abstractos. El antihumanismo crítico nos permite abordar la acción sin desligarla del sistema que la genera. En este sentido, la eliminación de Thompson no es una aberración moral, sino una respuesta visceral a la violencia estructural del capital, que opera de forma invisible pero constante.

Sin embargo, es necesario superar el mito de la revolución como un evento singular o glorioso. La revolución no es un momento aislado de heroísmo, sino un proceso de abolición de las relaciones sociales que sustentan al capital. Actos como el asesinato de Thompson deben ser entendidos como parte de un proceso mayor, uno que no se limita a confrontaciones directas, sino que busca disolver las estructuras que producen tanto al capital como al proletariado.

Nuestra época está marcada por una crisis sistémica del capital: aceleración tecnológica, exclusión masiva, devastación ecológica y desigualdades extremas. En este contexto, la radicalidad no reside en la mera oposición al sistema, sino en la capacidad de imaginar y construir formas de vida que escapen a su lógica. El asesinato de figuras visibles del poder económico, como el CEO de UnitedHealthcare, adquiere un significado simbólico dentro de esta lucha más amplia.

El sujeto anónimo que llevó a cabo esta acción no debe ser visto como un héroe solitario, sino como parte de un entramado colectivo de resistencias. Aunque individual en su ejecución, su acción se inscribe en una lucha global contra las condiciones impuestas por el capital. Este acto refleja la interconexión de las resistencias locales con las dinámicas globales del sistema.

La solidaridad internacional es fundamental para superar las fragmentaciones que el capital impone. Las luchas del proletariado, aunque diversas en sus formas, comparten una raíz común: la resistencia contra un sistema que explota y aliena. Reconocer esta raíz es esencial para construir un horizonte colectivo más allá del capital.

El asesinato del CEO Thompson no debe ser visto como un fin en sí mismo, sino como un recordatorio de las tensiones fundamentales del capital y de las fuerzas que lo niegan. Este acto, aunque llevado a cabo por un individuo, está inscrito en una lucha colectiva que busca trascender las categorías de explotación y alienación. La emancipación no puede lograrse mediante la afirmación del proletariado, sino solo mediante su negación como categoría del capital.

Este evento nos desafía a imaginar un horizonte más allá de las violencias estructurales del presente, un mundo en el que las relaciones sociales del capital sean abolidas y sustituidas por formas de vida no domesticadas. En la radicalidad de nuestra época, junto con una solidaridad internacional renovada, reside la posibilidad de construir un futuro en el que el capital no determine las posibilidades de lo humano ni de lo no humano.

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Deny, Defend, Depose


[Tomado de Colapso y Desvío, región chilena, 9 de diciembre de 2024]

“No tenemos compasión, ni esperamos compasión de ustedes. Cuando llegue nuestro turno, no pondremos excusas para el terror revolucionario.” --Karl Marx.

El pasado viernes 6 de diciembre se dio el ajusticiamiento a Brian Thompson, CEO de UnitedHealthCare, la empresa más grande de seguros en Estados Unidos. Una de las empresas que, igualmente, es parte de un holding en el que se encuentran las aseguradoras, Isapres, y centros privados de servicios de distintos lugares del mundo. Banmédica, la Isapre más grande de Chile (con un 21,4% de los cotizantes), por ejemplo, es parte de esta subsidiaria que encuentra su matriz en UnitedHealth Group.

Sin tener más detalles del ajusticiamiento que los mensajes en los cartuchos de las balas (“Deny”, “Defend”, “Depose”), y la mochila del justiciero [Luigi Mangione], que se encontraba performáticamente llena de billetes del juego Monopoly, podemos posicionarnos a favor de prácticas que hacen que el temor a la muerte cambie de bando y de clase. ¿No es acaso la amenaza de muerte la que más millones de dólares mueve al año en la salud privada? ¿No juegan acaso todo el tiempo con nuestras vidas y lucran con el sufrimiento y la enfermedad tan naturales como propias de la especie humana?

No les interesan nuestras vidas, sólo nuestra capacidad de endeudamiento y de pagar en cuotas con intereses absurdos las cifras exorbitantes que cobran a partir de nuestra desesperación.

No nos tienen el mínimo de consideración. Para ellos, no merecemos solidaridad, ni apoyo. Para ellos, merecemos lo peor. Pues bien, que el tablero se iguale.

Frente a este contexto de crisis generalizada donde la violencia capitalista y colonial devora territorios y poblaciones enteras, no continuemos colocando la otra mejilla. Basta de dejarnos asaltar descaradamente. La interminable lista de personas que fallecieron al serles negadas la asistencia medica no son tristes consecuencias de un sistema roto que necesita ser reparado, sino muy al contrario, son el resultado lógico de un mundo determinado por el capital. El exterminio y marginación de la población sobrante, a través de genocidios, represión policial y violencia económica es un momento fundamental que compone las políticas gubernamentales de los Estados del mundo para el correcto funcionamiento de la economía espectacular. Exigir más democracia y más Estado, es colocarnos nosotrxs mismxs la soga al cuello. Nuestra práctica. en cambio, debe de apuntar contra el capitalismo y sus categorías esenciales (hablamos del Trabajo, el Estado, las relaciones de genero y la democracia), así como también a perseguir a quiénes gestionan este sistema y sostienen una guerra en nuestra contra. Es tomar la contraofensiva.

Denegar, derrocar, defender.
Denegar un sistema que sigue sosteniéndose en base a nuestra explotación.
Derrocar toda forma de opresión que siga alimentándose de nuestro lugar como humanidad residual.
Defender la vida, nuestras vidas, que se encuentran en constante riesgo de aniquilación.

Que el miedo cambie de bando.
   Haz que los capitalistas caigan.   

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«No hay lucha por el comunismo sin un mínimo de pasión, y la identificación de lo que consideramos como un enemigo. Matar no es, obviamente, sinónimo de comunismo: una revolución comunista subvierte más de lo que elimina. (...) Sin embargo, rehusarse a la violencia, y rechazar de antemano cualquier uso de las armas, es renunciar a la revolución (...) Es cierto que nuestro “objetivo” es un sistema social, y no los jefes, ejecutivos, expertos y la policía que pone a su servicio. Un punto fuerte de la socialdemocracia y del estalinismo fue equiparar el capitalismo con la burguesía, los ricos, los grandes señores. Al igual que en el caso del fetichismo de la mercancía, la relación social se presenta entonces como una cosa, encarnada a veces por una persona panzuda y con un puro, vieja caricatura del burgués de hace más de un siglo. (...) El mantenimiento de la agresividad en contra de estos personajes ayuda a desviar las críticas hacia una vía muerta: atacar a la burguesía en cuanto individuos y no por su función.
Si bien nuestro objetivo es el Capital, su fuerza estructurante y también su fuerza de inercia, y no el capitalista; no es menos cierto que las relaciones sociales capitalistas siguen adquiriendo figuras humanas. No ver en el director de una fábrica sino el director de una fábrica es una ilusión óptica. No enfrentarse a él con el pretexto (exacto por cierto) que él mismo no es sino un engranaje en un conjunto que le supera, equivale a ver la sociedad como un todo sin poder abordar una parte de esta totalidad. Despersonalizar la historia, es renunciar a actuar. No detestar [y atacar] a los que nos dominan lleva a la peor de las resignaciones, en el mejor de los casos a la reforma. Quien no conoce o no se atreve a experimentar un rechazo [y un ataque] hacia aquellos que le explotan y le desprecian, no va a cambiar nunca muchas cosas.»
(Troploin, Salida de la fábrica)