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11 de abril de 2020

Covid-19 y más allá

Il Lato Cattivo
Marzo 2020
Traducido por: Antiforma

«La Tempestad» de Shakespeare
«Mientras tanto, el objeto de la teoría comunista sigue siendo el mismo de siempre: la relación social capitalista como portadora de su propia superación o de su reproducción a un nivel superior. Relación de explotación entre clases antagónicas que, de todas las que han existido a lo largo de la historia, es la más contradictoria y por lo tanto la más dinámica. En medio de la algarabía de hechos y discursos sobre los hechos, de lo que se trata es de comprender la recaída que los acontecimientos actuales introducen en esta relación, tanto a corto como a largo plazo. Lo que, dicho sea de paso, es exactamente lo opuesto a la ligereza con la que algunas personas celebran el "colapso del capitalismo" -truco que lo vuelve todo muy fácil porque hace desaparecer la realidad, que en cambio está hecha de declives socioeconómicos e institucionales desiguales, de tasas divergentes de incidencia y temporalidad de la propagación viral, de diversas estrategias desplegadas frente a la emergencia sanitaria. Sin olvidar la desigual distribución de las pérdidas entre todos los capitales individuales, en lo concerniente a la crisis económica. Ahora y siempre, el desarrollo desigual es la regla en el proceso histórico. Las siguientes notas -apenas algo más que un borrador- son sólo un modesto intento de poner todo esto en perspectiva, para nuestro uso y para uso de quienes que nos leen. [...]

Desde un punto de vista teórico y práctico, la aparición del Covid-19 plantea un problema mucho más profundo que el de la moralidad individual o la solidaridad entre generaciones, y que, si se lo mira bien, los subyace a ambos: ¿qué es la sociedad? Esta pregunta no es del todo peregrina, y exige que vayamos a la raíz de las cosas. En este sentido, el buen Karl nos dejó algunos párrafos esclarecedores. Aquí un par de ellos:
«El hecho de que la vinculación social, que surge de la colisión de los individuos autónomos, aparece a la vez como una necesidad objetiva y como un vínculo que les es exterior, representa precisamente su independencia, para la cual la existencia social es ciertamente una necesidad, pero sólo un medio, de modo que a los individuos mismos se les presenta como algo extrínseco, y, en el dinero incluso como una cosa tangible. Producen en y para la sociedad como seres sociales, pero esto a la vez se presenta como mero medio de objetivar su individualidad. Como no están subsumidos en una entidad comunitaria de origen natural, ni, por otra parte, subsumen a ellos, como seres conscientemente colectivos, la entidad comunitaria, ésta debe existir frente a ellos -los sujetos independientes- como un ente que para esos sujetos es como una cosa, igualmente independiente, extrínseco, fortuito.» (Karl Marx, "Fragmento de la versión primitiva de la Contribución", en Contribución a la crítica de la economía política, Siglo XXI Ed., 1980. Págs. 234-235)
«Cuanto más lejos nos remontamos en la historia, tanto más aparece el individuo -y por consiguiente también el individuo productor- como dependiente y formando parte de un todo mayor: en primer lugar y de una manera todavía muy enteramente natural, de la familia y de esa familia ampliada que es la tribu; más tarde, de las comunidades en sus distintas formas, resultado del antagonismo y de la fusión de las tribus. Solamente al llegar el siglo XVIII, con la “ sociedad civil” , las diferentes formas de conexión social aparecen ante el individuo como un simple medio para lograr sus fines privados como una necesidad exterior. Pero la época que genera este punto de vista, esta idea del individuo aislado, es precisamente aquella en la cual las relaciones sociales (generales según este punto de vista) han llegado al más alto grado de desarrollo alcanzado hasta el presente. El hombre es, en el sentido más literal, un ζῷον πολῑτῐκόν (animal político), no solamente un animal social, sino un animal que sólo puede individualizarse en la sociedad.» (Karl Marx "Introducción" de 1857 a la Contribución a la crítica de la economía política, Siglo XXI Ed., 1980. Pág. 283)
Lo que llamamos "sociedad" no es otra cosa que la conexión mutua entre individuos en tanto autónomos unos de otros, la comunidad que producen y reproducen fuera de ellos mismos, y que se impone sobre cada cual como una fuerza coercitiva externa. Esta comunidad independiente de los individuos se prolonga en el Estado, pero no se agota en él. Este último no se articula con la sociedad como un cuerpo externo, como un parásito: simplemente materializa la alienación, entendida aquí sin ningún matiz humanista, esencialista o psicológico, sino como la brecha entre la actividad individual y la actividad social en general. Una brecha que los grandes pensadores de la burguesía moderna, desde Mandeville a Max Weber pasando por Hobbes, Vico, Smith y Hegel, nunca han dejado de problematizar, ya sea concibiéndola optimistamente como vicios privados capaces de transmutarse en virtudes públicas, o bien de forma pesimista como buenas intenciones que pavimentan el camino al infierno.
A diferencia de la relación entre el proletariado y el capital, la oposición entre el individuo y la sociedad no constituye una contradicción, no es el motor de nada, y no socava los cimientos de su propia reproducción; pero eso no significa que no tenga efectos concretos. De esta conexión entre los individuos que trasciende a los individuos, hay que subrayar en primer lugar la irresistible presión que puede ejercer sobre ellos mismos. La mejor representación que hasta hoy se ha hecho de esta fuerza restrictiva de la sociedad es la famosa imagen del Leviatán, cuyo cuerpo está compuesto por una multiplicidad de individuos. Para Hobbes, el Leviatán es el poder más grande porque "viene de todos" y nadie puede escapar de él porque todos, lo quieran o no, participan en él. Contrariamente a las brumosas concesiones contractualistas posteriores, en Hobbes el pacto social (completamente ficticio) no es un pacto entre el Estado y los individuos, sino un pacto que los individuos suscriben entre ellos, que precede lógicamente al Estado y funda su existencia. ¿Qué es este pacto imaginario si no la traducción ideológica -el pacto como resultado de una "libre elección"- de una conexión objetiva que el individuo encuentra siempre ya hecha? Por más que este último pueda utilizarlo -a decir de Marx- como un simple medio para materializar su existencia individual, más allá de cierto límite este uso instrumental se vuelve contraproducente. Tal es el núcleo de verdad contenido en el reproche que nuestros padres solían dirigirnos cuando éramos niños: «...¿y si todo el mundo hiciera lo mismo que tú?» Ciertamente nos encogíamos de hombros, desistiendo -so pena de un par de bofetadas- de la única respuesta que se nos venía a la cabeza («¡a quién le importa!»). Pero si quisiéramos tomar en serio la pregunta, tendríamos que responder que la sociedad ha de defenderse. Allí donde la presión social sobre el individuo (a través de prohibiciones, costumbres, normas, etc.) se afloja, lo que en principio se había ganado en autonomía individual, en cuanto empieza a generalizarse tiende a transmutar en su opuesto, porque la convivencia se degrada hasta el punto de impedir los fines privados de cada uno. Y es en este punto que se activa un mecanismo de defensa destinado a restaurar un ambiente en el que la autonomización del individuo vuelva a ser posible. Estos, por supuesto, son los límites dentro de los que discurre la producción -siempre parcial- del individuo social dentro de las formaciones sociales clasistas, en particular dentro del capitalismo en tiempos de relativa paz civil. Este discurso no cuestiona ni la división de la sociedad en clases ni el carácter de clase del Estado, pero explica por qué los individuos, y por cierto los individuos proletarios, pueden bajo ciertas condiciones verse empujados a reforzar la presión social, es decir, a reducir los márgenes de autonomía individual (admitidos socialmente y/o permitidos legalmente) con tal de reafirmar la eficacia de su conexión recíproca. ¿Existe acaso otra manera, para los más débiles, de contrarrestar el neo-malthusianismo, cuando la libertad individual es la libertad para liberar... un virus en el gallinero?
De la conexión que estamos examinando, debemos finalmente subrayar su extraordinaria resiliencia. Los adeptos al "derrumbe del capitalismo" y otros colapsólogos no sólo tienen mala memoria, sino que demuestran tener una visión totalmente reificada de las relaciones sociales. En China, en 1961, se hundió casi el 40% de la producción industrial; en 1992, en Rusia, el colapso alcanzó el 25%. En los Estados Unidos, entre julio de 1929 y marzo de 1933 dicha cifra llegó al 52%. ¿Por qué esas catástrofes, que con frecuencia provocaron grandes hambrunas y mortandades, no bastaron para desintegrar las relaciones de producción existentes? Simplemente, porque la sociedad no es una mera agregación de individuos y/o cosas (ni siquiera fábricas). Esto debería ser suficiente para que nos convenzamos de dos cuestiones obvias:
Primero, que las relaciones sociales son tan invisibles e indescifrables como pueden serlo, y la reproducción de las relaciones capitalistas a veces exige enormes sacrificios de sus soportes materiales (cosas y gente);
Segundo, que por la misma razón, dichas relaciones no pueden modificarse ni deshacerse a voluntad, ni se desintegran por la acción de un automatismo de la historia (un "colapso", por ejemplo). Esto no significa que el modo de producción capitalista sea eterno, sino que el problema de cómo se le puede superar es una cuestión teórica en sentido fuerte, que debe ser tomada en serio y tratada de forma sistemática. Quien se limita a difundir consignas no sólo hace el ridículo, sino que evade la pregunta en vez de responderla. [...]
El ingreso en una etapa histórica particularmente convulsa y decisiva, cuyo resultado está abierto y dependerá en última instancia de la lucha de clases (a ambos lados del Pacífico, sobre todo). Cuanto más nos adentremos en la tempestad, más se verá reducida nuestra "visibilidad". Y en la medida en que las certezas "revolucionarias" acumuladas o transmitidas tendrán que ceder el puesto a la exploración cotidiana, reflexiones como ésta, y la existencia misma de "polos" teóricos como el nuestro, irán perdiendo su razón de ser. Se trata más bien de un cambio general de "atmósfera", que de un asunto de elección: los tiempos de tranquilidad han terminado.»

18 de septiembre de 2017

Sobre la organización: las mafias (dentro y fuera del Estado) y el Estado como mafia*

Jacques Camatte & Gianni Collu

Esta carta de 1972 fue traducida al castellano y publicada por los editores de la revista Correo Proletario, para su número 2 de marzo 2008. Allí el texto aparece precedido de una “Introducción a Jacques Camatte y el grupo Invariance” y de una nota editorial titulada “La exigencia organizacional y la lucha de clases”. Por ahora nos limitamos a poner el texto de Camatte/Collu, y dejamos para una próxima edición la entrega de esos dos materiales complementarios, que pueden leerse en correoproletario.blogspot.com. (Nota de Comunización, 2010)

***

INTRODUCCIÓN 
 
Jacques Camatte (Francia, 1935)
La carta que sigue (del 04/09/1969) llevó a la disolución del grupo que se comenzó a formar en base a las posiciones expuestas en Invariance (i) y abrió un importante campo, de reflexión y debate, que persiste hasta hoy. Algunas de sus conclusiones ya fueron discutidas en "Transition" N° 8 (ii), serie 1.

Aunque ciertos problemas revelados por la carta hayan sido parcialmente tratados, otros fueron mal abordados. Es, pues, necesario –dada la importancia de hacer una ruptura más clara con el pasado– ahora publicarla, de modo que el lector evalúe la obra ya realizada y lo que resta por hacer.

Puesto que es simultáneamente una ruptura (y así una conclusión) y un punto de partida, la carta contiene un cierto número de imprecisiones, gérmenes de posibles errores. Indicaremos los más importantes con una nota. Dicho sea de paso, dado que fue posible para nosotros por entonces, cuando rechazamos el método de grupo, esbozar “concretamente” cómo ser revolucionarios, nuestro rechazo del grupo pequeño podría ser interpretado como la vuelta a un individualismo más o menos stirneriano (iii). O como si de ahora en adelante la única certeza fuese la subjetividad cultivada de cada individuo revolucionario. ¡Nada de eso! Era necesario rechazar públicamente una cierta percepción de la realidad social y la práctica ligada a ella, pues son un punto de partida para el proceso de formación de mafias. Si abandonamos totalmente el movimiento grupuscular fue para, simultáneamente, ser capaces de relacionarnos con otros revolucionarios que hayan hecho una ruptura análoga. Ahora, habría una producción directa de revolucionarios que sobrepasa el punto en que estábamos cuando rompimos. Así, se habría pensado en términos de una potencial “unificación” si no estuviésemos llevando la ruptura con el punto de vista político hasta las profundidades de nuestras conciencias individuales.

Dado que la esencia de la política es la representación, cada grupo está siempre tentado a proyectar una imagen espectacular sobre la tela social. Los grupos están siempre explicando cómo se representan en vista de ser reconocidos por ciertas personas como la vanguardia que representa a otros, la clase. Esto se hace manifiesto en los famosos “lo que nos distingue” de varios pequeños grupos en busca de reconocimiento. Toda delimitación es limitación y, con frecuencia, rápidamente se reduce a algunos slogans de representación destinados al espectáculo de algarabía ideológica. Toda representación política es antesala y obstáculo para una fusión de fuerzas. Una vez que la representación puede darse tanto a nivel individual como grupal, refugiarse en el primer nivel sería, para nosotros, una repetición del pasado.

Camatte, 1972

***

[...] No sólo el Estado se alquila a gangs, sino que se convierte él mismo en un gang (racket). No obstante, siempre desempeña un papel de mediador.
 
«La monarquía absoluta, que era ya un producto del desarrollo de la riqueza burguesa a un nivel incompatible con las viejas relaciones feudales, necesitaba, en conformidad con ello, de un poder general y uniforme; debía ser capaz de ejercerse éste en todos los puntos de la periferia, en calidad de palanca material del equivalente general, de la riqueza en su forma de disponibilidad inmediata, forma en la cual ese equivalente es por entero independiente de relaciones particulares locales, naturales, individuales.» (Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política [Grundrisse], p. 124.)
 
El Estado como equivalente general apareció, en su forma pura, durante la época de florecimiento de la ley del valor, en el período de la producción mercantil simple. Bajo la dominación formal del capital, éste último aún no domina la ley del valor, por lo que el Estado media entre éste y los restos de los demás modos de producción subsistentes, así como con el propio proletariado. En esta época, además, el sistema de crédito no está lo suficientemente desarrollado, y no ha engendrado al capital ficticio a gran escala. El capital todavía tiene necesidad del rígido patrón-oro. Tras el paso a la dominación real del capital, éste crea su propio equivalente general, que no puede ser rígido, como lo había sido durante el período de la circulación simple. El propio Estado tiene que perder su rigidez, y se convierte en una banda mediadora entre los diferentes gangs, entre la totalidad del capital y los capitales particulares. 
 
En el ámbito político asistimos a la misma transformación. El comité central de un partido o el núcleo de una agrupación cualquiera desempeñan el mismo papel que el Estado. El centralismo democrático no hace más que copiar el mecanismo parlamentario correspondiente a la dominación formal del capital. El centralismo orgánico, defendido de forma meramente negativa, como rechazo de la democracia y de las distintas formas bajo las que se manifiesta (sumisión de la minoría a la mayoría, votos, congresos etc.), vuelve a caer de hecho en la trampa de los mecanismos sociales actualmente vigentes. De ahí, igual que en el fascismo, la mística de la organización. Fue así como el PCI (Partido Comunista Internacional) se convirtió en una banda.
 
Este movimiento del capital se produce tanto más fácilmente puesto que no topa con ninguna oposición real en la sociedad debido a que el proletariado ha sido destruido. El ser real de éste ha sido negado y sólo existe como objeto del capital. Igualmente, la teoría del proletariado, el marxismo, también fue destruida, primero mediante la obra revisionista de Kautsky, y luego a través de la obra liquidadora de Bernstein. Esto se produjo de manera definitiva, pues ningún asalto del proletariado ha logrado restablecerla desde entonces. Todo esto no viene a ser más que otra forma de decir que el capital logró establecer su dominación real. En efecto, para obtener este resultado, el capital tuvo que absorber al movimiento que lo niega, el proletariado, y constituir una unidad en la que el proletariado no fuese más que un objeto del capital. Esta unidad no puede ser destruida más que por la crisis, tal como la describió Marx. De eso se sigue que toda forma de organización política obrera ha desaparecido. En su lugar, lo que hay son bandas enfrentadas en una competencia obscena, auténticos rackets rivales en su cháchara pero idénticos en su ser. [...]
 
Así pues, el capitalismo es el triunfo de la organización, y ésta adopta la forma de la banda: es el triunfo del fascismo. Así, en los Estados Unidos, las prácticas gansteriles están asentadas en todos los niveles de la sociedad, y en la URSS sucede lo mismo. En el sentido formal, la teoría del capitalismo burocrático jerarquizado es un absurdo, pues la banda es un organismo informal. [...]
 
Todo eso no hace sino expresar la separación cada vez mayor entre el individuo y la comunidad humana, la miseria en el sentido de Marx. La formación de la banda es la constitución de una comunidad ilusoria. En el caso de la banda de delincuentes, es el resultado de la contención del instinto elemental de revuelta en su forma inmediata. La banda política, por el contrario, aspira a establecer esa comunidad ilusoria como modelo para toda la sociedad. Se trata de un comportamiento utopista sin ninguna base real, pues los utopistas crearon comunidades —que fueron todas absorbidas por el capital— que esperaban que acabasen englobando a toda la humanidad mediante la emulación. Así pues, la frase del Manifiesto Inaugural de la Primera Internacional, «la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos», es más válida que nunca.
 
En la actualidad, o el proletariado prefigura la sociedad comunista y realiza la teoría, o bien sigue siendo lo que la sociedad ya es. El movimiento de mayo de 1968 fue el comienzo de esta prefiguración: de lo que se deduce que el proletariado no puede reconocerse en modo alguno en una organización cualquiera, porque ya las padece bajo otras formas. El movimiento de mayo lo demostró con claridad.
 
Al haber sido destruido el proletariado, su forma de ser en la realidad inmediata es el propio proceso del capital. En tiempos de Marx, el destino de los partidos obreros que fueron fruto del movimiento inmediato del proletariado en la sociedad de la época era insertarse en el juego de las reglas parlamentarias burguesas. Hoy en día, cuando la comunidad aparente constituida en el cielo de la política por los parlamentos y sus partidos ha sido liquidada por el desarrollo del capital, las «organizaciones» que reivindican al proletariado no son más que simples bandas o camarillas que, gracias a la mediación del Estado, desempeñan el mismo papel que todos los demás grupos que se hallan directamente al servicio del capital. Se trata de la fase grupuscular, en la que, a diferencia de las sectas de la época de Marx, que tuvieron que ser superadas por la unidad del movimiento obrero, estos partidos y estos grupúsculos expresan la ausencia de la lucha de clases. Se disputan los restos del proletariado; teorizan la realidad inmediata de éste y se oponen a su movimiento. En este sentido, cumplen las exigencias de contención del capital. El proletariado, por tanto, no tiene que superarlos, como en el caso de las sectas, sino destruirlos.
 
La crítica del capital debe ser, pues, la crítica del racket en todas sus formas, del capital como organismo social, visto que se convierte en la vida real del individuo y su modo de ser con respecto a los demás (cfr. a ese respecto, Marcuse, El hombre unidimensional, y Galbraith, El nuevo Estado industrial). La teoría que critica esto no puede reproducir el racket. Así pues, hay que elegir entre el rechazo de toda vida de grupo o la ilusión de comunidad. A este respecto, cabría reemprender la crítica formulada por Engels en el congreso de Sonvillers (lo que decía en la época sobre la Internacional se aplica hoy en día a los grupos) haciendo el comentario siguiente: en la época de Marx, el proletariado no podía llegar a negarse a sí mismo (en el sentido de que, en el curso de la revolución, debía erigirse en clase dominante: 1848, 1871, 1917). Existía realmente una separación entre partido formal y partido histórico. Hoy, el partido no puede ser más que el partido histórico; cualquier movimiento formal es la reproducción de esta sociedad, y el proletariado está al margen. Ningún grupo puede en modo alguno pretender realizar la comunidad sino substituyéndose, en definitiva, al proletariado, que es el único que puede realizarla. De ahí la introducción de una distorsión que engendra ambigüedad teórica e hipocresía práctica.

No basta con hacer la crítica del capital ni con afirmar que no existen vínculos organizativos; es preciso evitar reproducir la estructura de la banda, que es el producto espontáneo de la sociedad. Es ahí donde debe desembocar la crítica de la izquierda italiana y de nuestro modo de ser desde la ruptura con el PCI.
 
El revolucionario no debe reconocerse en un grupo, sino en una teoría que no dependa de un grupo ni de una revista, porque es la expresión de una lucha de clases concreta. En realidad, el anonimato, que no es la negación del individuo (negación que se produce dentro de la propia sociedad capitalista) se plantea precisamente en este sentido. El acuerdo, ha de darse, pues, en torno a un trabajo en curso que exige ser desarrollado. Es por eso que los conocimientos teóricos y la voluntad de adquisición teórica, no a través del grupo, que se interpone como un diafragma entre el individuo y la teoría, sino de forma autónoma y personal, son absolutamente necesarios para evitar que se repita la relación maestro-alumno (otra forma de la contradicción espíritu/materia, jefe/masa) y que se renueve la práctica del seguidismo.

Es preciso regresar a la actitud de Marx posterior a 1851 frente a todos los grupos para entender cómo romper con la práctica de los gangs:

— rechazo de toda reconstitución de un grupo, incluso uno informal (cfr. la correspondencia Marx-Engels, las diversas obras sobre la revolución de 1848, y panfletos como «Los grandes hombres del exilio», 1852).

— mantenimiento de una red de contactos personales con los elementos que hayan alcanzado (o estén en vías de alcanzar) el grado más alto de conocimiento teórico: anti-seguidismo, antipedagogía; el partido, en su sentido histórico, no es una escuela[1].
[...]
 
(Camatte & Collu, 1969)
 
***
[1] POST-SCRIPTUM

Hablar de retomar una actitud adoptada por Marx en cierto momento de su actividad revolucionaria resultó de una profunda incapacidad de comprender que la fase de dominación [subsunción] formal había sido completada. Marx había de tomar aquella posición, que sólo era válida para aquel período. Dicho sea de paso, su posición teórica sobre la cuestión del partido no es tan rígida como la carta indica. Lo que es todavía menos aceptable en las afirmaciones hechas más arriba es que ellas podrían llevar a una nueva teoría de la consciencia venida desde fuera, una teoría elitista del desarrollo del movimiento revolucionario.

El rechazo de toda organización no es una simple posición antiorganizacional, ni la manifestación de un deseo de originalidad, de diferenciarse y así alcanzar una posición para atraer a las personas. Si así fuese, el proceso de formación de bandos recomenzaría. 

Nuestra posición sobre la disolución de los grupos deriva, por un lado, del estudio del llegar-a-ser del modo de producción capitalista; por otro, de nuestra caracterización del movimiento de Mayo [de 1968]. Estamos profundamente convencidos de que el fenómeno revolucionario está en movimiento y que, como siempre, la consciencia viene después de la acción. Esto significa que, en el vasto movimiento de rebelión contra el capital, los revolucionarios tenderán a adoptar un determinado comportamiento -que no será adquirido por completo, ni inmediatamente- compatible con la lucha decisiva y determinante contra el capital.

Podemos prever el contenido de esa "organización". Ella combinará la aspiración a la comunidad humana con la afirmación individual, combinación que es característica de la actual fase revolucionaria. Objetivará la reconciliación del hombre con la naturaleza, la revolución comunista siendo también una revuelta de la naturaleza (o sea, contra el capital; además ella ocurre mediante una nueva relación con la naturaleza) a la cual seremos capaces de sobrevivir, para evitar la segunda de las dos alternativas que enfrentamos hoy: comunismo o destrucción de la especie humana.

Para comprender mejor este llegar-a-ser organizacional, bien como facilitarlo sin inhibir sea lo que fuera, es importante rechazar todas las viejas formas y entrar, sin principios a priori, en el vasto movimiento de nuestra liberación, que se desarrolla a escala mundial. Es necesario eliminar todo que lo que puede transformarse en un obstáculo al movimiento revolucionario. En circunstancias dadas y en el curso de acciones específicas, la corriente revolucionaria será estructurada y se estructurará no sólo pasivamente, espontáneamente, sino siempre dirigiendo el esfuerzo hacia el problema de cómo realizar la verdadera Gemeinwesen (esencia común/comunidad humana) y el hombre social, lo que implica la reconciliación del hombre con la naturaleza.

Camatte, 1972

Leer el texto completo 1 (trad. Correo Proletario, 2008)
Leer el texto completo 2 (trad. Federico Corriente, 2017)


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* NOTA: A falta de otro blog, las publicaciones posteriores a mayo de 2016 en este blog ya NO son de PR, grupo autodisuelto o que ya no existe, sino solamente de uno de sus ex-integrantes. (Ex-PR, septiembre 2017)