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7 de agosto de 2025

Contrarrevolución capitalista, activismo reformista y práctica teórica comunista hoy

Para la revolución social, lo determinante es el contexto histórico y mundial, mejor dicho, el carácter del período en que se encuentre el antagonismo de clases, no la conciencia, la voluntad ni la actividad de las organizaciones e individualidades izquierdistas de este y de cualquier otro país. En la historia del antagonismo mundial de clases, sólo existen dos tipos de período: período contrarrevolucionario y período revolucionario. El actual es un período contrarrevolucionario.*

A grosso modo, las características principales de un período contrarrevolucionario son 1) que la burguesía ejerce su dominación de clase en todos los aspectos de la sociedad: desde lo económico hasta lo ideológico, por lo cual se encuentra a la ofensiva o al ataque asimismo en todos los aspectos a fin de mantener tal dominación; y, 2) que el proletariado sólo puede hacer luchas defensivas, reivindicativas o reformistas como clase del trabajo/capital y no como clase revolucionaria. La relación de fuerzas se inclina, pues, a favor de la primera clase, no de la segunda.

Más claro: en un período contrarrevolucionario, la burguesía es fuerte o clase dominante y el proletariado es débil o clase dominada.

Esto no quiere decir que durante un período contrarrevolucionario no existan revueltas e insurrecciones. De hecho, durante el actual período contrarrevolucionario, concretamente en todo lo que va del siglo XXI, ha habido revueltas internacionales que incluso han llegado a amenazar con alterar o invertir la relación de fuerzas entre las clases: en especial, las del 2000, 2008, 2011 y 2019. Pero, todavía no lo han logrado. (Las causas histórico-materiales de la derrota de las revueltas y la vigencia de la contrarrevolución en este siglo son materia para otro artículo.)

El sistema de dominación capitalista, con el Estado a la cabeza, tiene diferentes tentáculos. De los cuales, la socialdemocracia, el reformismo o la izquierda del Capital es uno de los más importantes y fuertes, porque es la contrarrevolución capitalista que se disfraza de rojo y hasta de negro en el seno de los explotados y oprimidos para que sus protestas se vayan democráticamente por las ramas ―luchar contra tal o cual ley, contra tal o cual gobierno, por tal o cual derecho, etc.― y no ataquen las raíces del sistema: la dictadura social del valor en proceso o, en palabras más sencillas, tener que trabajar para pagar y pagar para vivir, gracias a lo cual los ricos y poderosos son lo que son a costa de nuestra clase de esclavos asalariados cada vez más precarios y empobrecidos. Mientras esto no deje de ser así, nada fundamental habrá cambiado.

Por lo tanto, en un período contrarrevolucionario como el actual, todo activismo de izquierda (marchas, plantones, asambleas, acciones simbólicas, etc.) es reformista y ni siquiera le hace cosquillas al Capital y al Estado. El “enfrentar la arremetida burguesa e imperialista”, el “no soltar las calles”, el "fortalecer los procesos de unidad de los sectores populares", la “acumulación de fuerzas”, la “preparación de la ofensiva popular”, etc., que arguyen los militantes de algunas organizaciones locales de izquierda, son razones convincentes pero falsas para buscar reproducir de otra forma el Capital-Estado o el orden democrático-burgués (la "defensa de lo público", los "derechos del pueblo", su soñado "gobierno popular", la "redistribución de la riqueza", etc.) y, por tanto, la contrarrevolución disfrazada de rojo y negro, incluso si tienen buenas intenciones o no están conscientes de ello, e incluso si su discurso y su acción parecen “radicales”. 

Ello es así porque el Capital es una relación social impersonal y, por ende, inmensamente más poderosa que las personalidades, voluntades, ideologías y actividades políticas de las organizaciones e individualidades de izquierda. Es más, el Capital subsume o incluye, re-produce y domina en su interior al "pueblo", la clase trabajadora, sus organizaciones de izquierda y sus protestas democráticas. 

En este sentido, el activismo de izquierda también es oportunista, porque las organizaciones políticas que están detrás del mismo aprovechan la coyuntura impuesta por la clase dominante como oportunidad para saltar al escenario, propagar su ideología política (el programa socialdemócrata disfrazado de "marxismo" y hasta de "anarquismo"), reclutar más gente y así tener más poder que otras organizaciones políticas. Con lo cual, reproducen la lógica de las mafias o rackets empresariales que compiten entre sí por acumular más capital, poder y territorio, pero “desde abajo y a la izquierda”.

Aunque a veces ya ni siquiera es eso: el activismo de izquierda termina siendo, de manera obsesiva y compulsiva, la acción por la acción para parecer más rebeldes y hasta más “revolucionarios” que otros en redes sociales. Un miserable show de la lucha contra el capitalismo que, irónica y patéticamente, esta misma sociedad del espectáculo termina convirtiendo en mercancía e imagen. Algo que, por cierto, es muy propio de la pequeña burguesía de izquierda: la apariencia, la pose, el figureteo. De tal forma, el activismo de izquierda reproduce la competencia y el espectáculo de la sociedad capitalista contra la que dice estar luchando en las calles.

Muy lejos y al contrario de todo eso, lo único que le golpearía real y mortalmente a la burguesía sería que el proletariado anónimo y autoorganizado expropie y comunice masivamente toda la producción y la distribución, de manera que se produzca sólo para satisfacer directa o gratuitamente las necesidades colectivas. Atacando y destruyendo por la fuerza, al mismo tiempo, el aparato represivo y burocrático del Estado. Todo lo cual, sólo puede ser sostenido por un poder revolucionario de carácter antiestatal e internacional, porque la revolución social es aplastada cuando no se impone sobre la contrarrevolución ni se internacionaliza. En pocas palabras: comunización, insurrección y Comuna mundial.

Si la revuelta mundial del 2019 puso a temblar de miedo a la burguesía mundial es porque fue un punto de quiebre que volvió a abrir la posibilidad histórica de la revolución social. Por eso reaccionó con tanta violencia y sagacidad en todas sus formas y niveles hasta la fecha, a saber: la brutal represión estatal para aplastar las revueltas, el uso contrainsurreccional de la pandemia, la guerra imperialista (en Ucrania y Palestina), el narcoterrorismo, el neofascismo, la derecha "alt-right" y la izquierda posmoderna o el activismo “woke” por igual, las elecciones, etc. Con sólo recordar el 2019, la burguesía mundial vuelve a temblar de miedo. Desde entonces, su estrategia es la contrarrevolución preventiva, porque procura prevenir a toda costa una nueva revuelta mundial que pueda devenir revolución mundial. Mientras tanto, bajo el actual período contrarrevolucionario donde la relación de fuerzas es desfavorable para el proletariado, todo activismo de izquierda es reformista, oportunista y espectacular.

Por todas estas razones de peso, y no por otra cosa, es que los proletarios revolucionarios o los comunistas hoy nos mantenemos distantes del activismo y, en cambio, nos vemos limitados pero, a la vez, dedicados con seriedad y compromiso a la actividad teórica; es decir, a la producción y difusión de teoría revolucionaria para la práctica revolucionaria.

Ahora bien, esta actividad teórica que sostenemos los comunistas no es "intelectualismo" ni “purismo”, como nos suelen “criticar” los activistas de izquierda. Es una forma y un momento del antagonismo de clases y, por tanto, de la práctica revolucionaria. Sí, la teoría en realidad es práctica teórica. En la concepción materialista de la historia y de la praxis humana ―en toda la extensión de ésta última―, práctica teórica significa el proceso de producción de nuevos conocimientos que, al calor del desarrollo de las fuerzas productivas y las luchas sociales, busca no sólo interpretar sino transformar la realidad social. Por consiguiente, la práctica teórica comunista es la producción de teoría crítica y revolucionaria que, estando estrechamente ligada al antagonismo de clases, busca la revolución comunista.

Más precisamente: haciendo uso de las categorías fundamentales de la crítica de la economía política, la práctica teórica comunista hoy es la producción de análisis concretos de las condiciones capitalistas actuales y, sobre todo, de las luchas proletarias concretas para contribuir a la autoclarificación y radicalización de las mismas o, mejor dicho, para contribuir a producir la ruptura revolucionaria en su seno. A partir de lo cual, se puede elaborar la estrategia y las tácticas comunistas para el siglo XXI. He ahí su necesidad y su importancia o, si se prefiere, su razón de ser y su sentido, hoy.

En la misma perspectiva, también se puede afirmar que producir y difundir teoría comunista o mantener y desarrollar las posiciones revolucionarias del proletariado contra el capitalismo, contra la ideología de la clase dominante y, en especial, contra la socialdemocracia en el seno del propio proletariado, así sea de manera muy minoritaria y a contracorriente, es una práctica cuyo objetivo es reapropiarse, proteger y afilar «las armas de la crítica» para cuando el propio capitalismo en crisis y el antagonismo de clases abran una época de revolución social en la que se produzcan situaciones dónde serán masivamente sustituidas por «la crítica de las armas»: la insurrección proletaria mundial por el comunismo.

Efectivamente, en esas situaciones revolucionarias propias de un período revolucionario, la teoría revolucionaria y la conciencia de clase se convierten en fuerzas materiales o armas prácticas en manos de las masas proletarias hartas de serlo que pasan al ataque contra el Capital, el Estado y la sociedad de clases hasta destruirlos y superarlos. Porque «sólo una revolución comunista en masa puede producir una conciencia comunista en masa» (Marx, La ideología alemana). La teoría comunista prevé tal situación revolucionaria y prepara subjetivamente al proletariado para la misma.

En pocas palabras: durante un período contrarrevolucionario como el actual, la práctica teórica comunista no sólo es resistencia comunista, sino actividad de previsión y preparación estratégicas de la revolución comunista.

Obviamente, no serán la teoría y la propaganda revolucionarias las que desencadenen la revolución, sino las condiciones objetivas y subjetivas que el propio capitalismo en crisis y el antagonismo de clases hayan creado para que el proletariado ya no pueda ni quiera vivir como tal y, entonces, sienta la revolución como necesidad humana inmediata a satisfacer. Asimismo, para abolir y superar el Capital, el Estado y la sociedad de clases son necesarias la autoorganización de masas, la solidaridad antagonista y la violencia revolucionaria del proletariado en vías de autoabolición como clase.

Pero, la teoría y la propaganda revolucionarias también son necesarias, incluso imprescindibles en tanto que armas crítico-prácticas de la comunidad de los proletarios revolucionarios, junto con nuestras mejores armas que son la solidaridad y el apoyo mutuo. Porque si algunos proletarios en todo el mundo hoy nos entregamos a la teoría y la propaganda comunistas, es porque estamos hartos de la vida que sufrimos bajo el capitalismo y porque nos impulsa la pasión del comunismo. Como escribió Marx, «la crítica no es una pasión de la cabeza, sino la cabeza de la pasión». Por eso afirmamos que la práctica teórica comunista no sólo es resistencia comunista, sino previsión y preparación estratégicas y apasionadas de la revolución comunista.

Esto no significa que los comunistas debamos "esperar a que se den todas las condiciones para la lucha revolucionaria" y, por ende, que no participemos en las luchas reivindicativas de nuestra clase proletaria durante el período actual. Lo hemos hecho ―sobre todo, en las revueltas de los últimos años, combatiendo en las calles, "donde las papas queman"― y lo haremos en la medida de nuestras limitadas posibilidades. Pero, siempre con este criterio y esta perspectiva, la perspectiva comunista; es decir, develando y señalando las raíces, los límites y las potencias de las luchas proletarias actuales y, en consecuencia, manteniendo y agitando las posiciones revolucionarias del proletariado, sin transigir ni negociar con el Estado burgués y la socialdemocracia de cualquier color. La perspectiva comunista es una perspectiva antagonista. 

Es más, los comunistas producimos y difundimos teoría al calor de las luchas concretas y las acompañamos críticamente de esa forma, buscando contribuir a producir la ruptura revolucionaria en su seno, como unos proletarios en lucha más. Porque la teoría comunista no sólo es una forma y un momento del antagonismo de clases, sino también un producto y un factor del mismo. Porque la ruptura revolucionaria es el núcleo de la lucha comunista; su principio organizador y, al mismo tiempo, su método. Y, fundamentalmente, porque las luchas reivindicativas preparan el terreno para la lucha revolucionaria; pero, no de manera gradual, sino mediante la ruptura y el salto con ellas mismas, con sus propios límites.

El límite principal de las luchas del proletariado en la época actual es su propia condición de clase del trabajo/capital. Porque bajo la subsunción real o dominación real del capital, trabajo y capital o proletariado y capital son inseparables. Esta relación de clase hoy está en crisis (altos índices de desempleo, subempleo, informalidad), pero sigue funcionando y sosteniendo la sociedad capitalista de modo catastrófico. Y porque ser proletarios no es un orgullo. Es una condena social e histórica que hay que abolir para ser libres de verdad, mejor dicho, para ser una comunidad real, universal y ricamente diversa de individuos libremente asociados que crean y viven plenamente sus vidas como tales.

Por lo tanto, el núcleo de la comunización o de la revolución comunista en la época actual no es la afirmación y perpetuación del proletariado ―ni siquiera como clase dominante―, sino la autoabolición del proletariado en tanto que clase del trabajo/capital. El proletariado es revolucionario o no es nada. Y sólo es revolucionario cuando lucha por dejar de serlo. De suyo, la autoabolición del proletariado implica la abolición del trabajo ―entendiendo que el trabajo es la alienación y explotación mercantil capitalista de la actividad humana productiva―, del capital y de la burguesía. En suma, el núcleo de la comunización es la abolición de la relación de clase que fundamenta y atraviesa toda la sociedad capitalista, mediante la producción de relaciones comunistas entre los individuos. 

Así tengan que pasar varias generaciones hasta lograrlo, las condiciones materiales producidas por el propio capitalismo durante las últimas décadas determinan que la revolución comunista, cuyo corazón es la abolición del trabajo, hoy es más posible que antes en la historia. Por ejemplo, el desarrollo tecnológico actualmente alcanzado, toda vez que haya sido comunizado, permitiría reducir el "trabajo" al mínimo necesario y disponer de tiempo libre para el desarrollo de todas las potencialidades y relaciones humanas.

Por su parte, la historia de las revoluciones de los dos últimos siglos demuestra que los proletarios sí podemos hacer la revolución con cabeza y mano propias, sin necesidad de concientizadores ni salvadores como se creen los partidos leninistas. Y viceversa: también demuestra que, si no lo hacemos de manera autónoma y antiestatal, esos mismos concientizadores y salvadores terminarán siendo la nueva clase dominante disfrazada de rojo, degenerando la revolución proletaria en contrarrevolución leninista.  

Esto no significa caer en el espontaneísmo, que quede claro. Autoorganizándonos como comunidad de lucha por la revolución social ―lo que Marx y otros camaradas históricos siempre han llamado Partido Histórico―, los proletarios sí podemos autoemanciparnos en todos los aspectos y producir el comunismo para destruir y superar el capitalismo.

El comunismo no es una utopía, una ideología ni mucho menos ese capitalismo de Estado mal llamado "comunismo" que fue la URSS y sus países satélites. «El comunismo es el movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual» (Marx, La ideología alemana) y la nueva sociedad sin clases ni Estado, sin mercado ni fronteras nacionales, que resulta de tal movimiento revolucionario.

El comunismo es esa ruptura y salto revolucionarios que se producen en el seno de las propias luchas proletarias, más aún en un contexto de crisis de la relación de clase como el actual. El comunismo es la ruptura de las condiciones capitalistas de existencia mediante la producción de nuevas relaciones sociales entre los individuos. Relaciones no mercantiles ni jerárquicas. Relaciones basadas en el apoyo mutuo entre iguales y la libertad real, porque se han liberado del valor, la mercancía, la propiedad, el trabajo, la división del trabajo, el capital, el dinero, las clases sociales, el Estado, las nacionalidades, las razas, los géneros, la división entre ciudad y campo, la separación entre humanidad, tecnología y naturaleza, etc.

Por lo tanto, al calor de la profundización y extensión del antagonismo de clases, sólo la producción inmanente e inmediata del comunismo ―sin "período de transición"― puede destruir y dejar atrás el capitalismo. La revolución comunista no admite medias tintas. Porque quien hace revoluciones a medias, cava su propia tumba.

El desafío para los comunistas del siglo XXI, entonces, no es "esperar a que se den todas las condiciones para lucha revolucionaria", sino más bien contribuir producir la ruptura revolucionaria en el seno de las actuales luchas reivindicativas, lejos del activismo y siempre en contra tanto del reformismo como del oportunismo. Lejos también del espontaneísmo, porque, como dijimos anteriormente, para la autoemancipación es necesaria la autoorganización. De hecho, la autoorganización es el primer acto de la revolución. Así pues, el desafío es contribuir a producir la ruptura revolucionaria, de todas las formas posibles, con intransigencia y paciencia al mismo tiempo.

¿Cómo? ¿Con qué estrategia? No sólo produciendo y difundiendo teoría comunista al calor de las luchas concretas, sino también haciendo que la comunidad de lucha contra el capitalismo que se vaya autoorganizando entre proletarios anónimos y hartos de serlo sea la anticipación de la sociedad comunista del futuro en el seno de la sociedad capitalista del presente. Procurando vivir y expandir el comunismo como un micelio, es decir, como una red de hongos en las grietas de la catástrofe capitalista global hasta que sea un nuevo mundo. Produciendo el comunismo al calor de la profundización y extensión del antagonismo de clases para abolir la sociedad de clases. Así tengan que pasar varias generaciones hasta lograrlo, el desafío para los comunistas del siglo XXI es la comunización.

Proletarios Hartos de Serlo
Quito, agosto de 2025

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* En realidad, existen tres tipos de período histórico-mundial del antagonismo de clases. El tercero es lo que hace unas décadas el Grupo Négation denominaba período de reanudación revolucionaria o lo que hoy el Grupo Barbaria denomina período bisagra, cuya característica principal es el tránsito epocal de un período contrarrevolucionario a un período revolucionario; un verdadero cambio de época. Según Barbaria, a raíz de la revuelta mundial del 2019, el actual es un período bisagra o una época bisagra entre la contrarrevolución mundial y la revolución mundial. Sin embargo, en él todavía predominan las características de la contrarrevolución. Por tal razón, y para efectos del presente artículo, nosotros afirmamos que el actual es un período contrarrevolucionario. Dejamos abierta la discusión compañera al respecto; pero, para desarrollarla en otro momento y lugar, es decir, en otro artículo.

11 de mayo de 2025

[Ecuador] Contra el Estado-Capital, su derecha y su izquierda. Por la independencia de clase y la radicalización del proletariado, a pesar de la contrarrevolución reinante

El Estado-Capital es como un kraken que succiona el trabajo vivo y enajena el poder de la clase proletaria para decidir sobre su vida. Un kraken que tiene dos tentáculos políticos: derecha e izquierda. Mientras que el pueblo, esa masa policlasista y manipulable por excelencia, es su criatura. Sí, la izquierda y el pueblo también forman parte del sistema capitalista, porque el Capital no es una cosa ni un puñado de "grandes y perversas" empresas, sino una relación social impersonal y global de explotación, dominación y alienación entre las clases, los grupos y los individuos.

En ese marco, la derecha y su pueblo defienden un modelo de acumulación y distribución —de la riqueza y el poder— centrado en el sector privado, mientras que la izquierda y su pueblo defienden un modelo de acumulación y distribución centrado en el sector público; pero, al final de cuentas, derecha e izquierda defienden al Modo de Producción Capitalista y sus categorías fundamentales: propiedad, trabajo, capital, plusvalor, mercancía, salario, dinero, clases sociales, Estado, mercado, democracia. Estamos hablando de relaciones sociales de explotación, dominación y alienación que se reproducen día con día en todas partes, independientemente del gobierno de turno. Por lo tanto, derecha e izquierda no son contrarias, son complementarias y alternantes en la administración del Estado-Capital y su crisis actual (por más "socialista del siglo XXI" y "plurinacional" que se lo quiera disfrazar). Derecha e izquierda son reaccionarias o contrarrevolucionarias. "Derecha e izquierda: la misma mierda."

En el caso actual del Ecuador, no sólo que el gobierno narcobananero, tiránico y represivo de Noboa es repudiable y debe ser combatido hasta ser tumbado; el correísmo (personificado por González) y CONAIE-PK (personificado por Iza), también, porque sólo representan intereses y proyectos de diferentes fracciones del Estado-Capital y su pueblo. De manera que antes, durante y después de las recientes elecciones presidenciales, todas las suyas son pugnas interburguesas o, siguiendo la imagen propuesta, peleas entre diferentes tentáculos de la misma bestia capitalista y estatal.

Por lo tanto, sus peleas no son nuestras peleas. Nosotros, proletarios revolucionarios e internacionalistas, no apoyamos a ningún partido ni caudillo político: repudiamos a todos, en especial a los de izquierda. Porque, como bien decía Lukács, los oportunistas de izquierda o los socialdemócratas también son enemigos de clase y, por tanto, deben ser combatidos e incluso con más fuerza, ya que son el tentáculo izquierdo del Estado-Capital en el seno de las luchas y organizaciones de los explotados y oprimidos del campo y la ciudad, cuya función es encuadrarlos en la contrarrevolución democrático-burguesa (llámese "revolución ciudadana" o "proyecto político plurinacional") y alejarlos de la revolución proletaria internacional.

La socialdemocracia de todos los colores aprovecha para acometer este encuadramiento cuando, en medio de la pugna intercapitalista, un gobierno de derecha como el de Noboa arremete contra ella. Arremetida que no es para sorprenderse ni alarmarse porque, al igual que la economía capitalista, el Estado capitalista se mantiene y dinamiza mediante su competencia interna; eso sí, siempre para fortalecer su maquinaria de explotación, dominación y represión sobre el proletariado. El problema es que esta es la excusa perfecta de la socialdemocracia para argüir que "hay que unirse contra la derecha", "no es el momento para plantear un programa máximo", etc. A contracorriente de toda esa neblina hecha de razones convincentes pero falsas, nosotros reivindicamos, aquí y ahora, a Rosa Luxemburgo en su lucha intransigente contra la burguesía y la socialdemocracia por igual: "frente a vuestras miserias, el comunismo es lo mínimo que queremos".

Desde la perspectiva comunista, una de las lecciones principales de la coyuntura actual en la región ecuatoriana es que, si se quiere tumbar al gobierno de turno, las elecciones no sirven ni servirán (de hecho, nunca han servido para fines revolucionarios): es preciso una nueva revuelta —esto es lo que realmente teme la clase dominante—. La cual, a su vez, no debe cometer su error principal del pasado: negociar con el Estado y fortalecerlo. Una nueva revuelta no se debe conformar con tumbar al gobierno de turno y clamar por un "gobierno popular" "democráticamente elegido", sino que debe crear e imponer un poder social revolucionario, sin dialogar ni negociar con el enemigo de clase. Un poder autónomo y antagonista cuya tarea central sea apropiarse, colectivamente y a la fuerza, de los medios materiales y las decisiones que hacen posible la vida cotidiana en todos sus aspectos (por ejemplo, las Asambleas Territoriales que emergieron en la revuelta de Octubre de 2019 en la región chilena). A la dictadura de la burguesía y su Estado llamada democracia, el proletariado debe imponerle la dictadura social del movimiento insurreccional y comunizador.

Para no ser derrotada como en el pasado, la revuelta debe radicalizarse, y esto implica combatir y deshacerse de los reformistas y oportunistas que haya dentro de sus filas, quienes por lo general son pequeñoburgueses de izquierda (de la ciudad y del campo) que en realidad luchan por intereses de clase y con métodos ajenos y antagónicos a los del proletariado en lucha. Sí, en medio de una revuelta, el proletariado insurrecto no sólo debe combatir a la burguesía reaccionaria y su Estado, sino también a la pequeña burguesía democrática. Asimismo, las bases deben cuestionar y desbordar a los dirigentes; ir más allá y en contra de ellos, autoorganizándose sin más demandas que la revolución social. Si se radicaliza, entonces la misma dinámica de la revuelta se encargará de hacerlo, no sin contradicciones y tensiones inevitables pero necesarias para tal objetivo. La lucha contra el Capital y la socialdemocracia también se da y se tiene que dar en el seno del proletariado, ya que el proletariado es una contradicción viviente que sólo la revolución social puede resolver.

En síntesis: para tumbar al gobierno se necesita una nueva revuelta; ésta, a su vez, debe radicalizarse o devenir revolución, y "la revolución proletaria es una revolución contra el Estado mismo" (Marx) y, por tanto, contra todos sus tentáculos, en especial contra su izquierda o la socialdemocracia. Tarde o temprano, la actual crisis catastrófica del capitalismo y el antagonismo de clases se encargarán de poner a la orden del día la revolución social, tal como si fuese una gran espada en manos del proletariado de todas las "razas", los géneros y las generaciones para derrotar y sepultar tanto al kraken del Estado-Capital como a la sociedad de clases, empezando por abolirse a sí mismo como clase del trabajo/capital.  

Así que ya basta de estar metidos y pendientes en la pugna interburguesa (elecciones, peleas y alianzas políticas, leyes, nueva constituyente, etc.). Ya basta de lloriquear por "la arremetida de la derecha" y "la falta de unidad de la izquierda". La izquierda no es el proletariado, es la izquierda del Capital en el seno del proletariado. Y el proletariado ya está dividido y debilitado en todos los aspectos por el Trabajo/Capital (empleados vs. desempleados, formales vs. informales, asalariados vs. no asalariados, estudiados vs. no estudiados, jóvenes vs. viejos, hombres vs. mujeres, blanco-mestizos vs. no blanco-mestizos, etc., etc.), no por "la división de la izquierda". En el capitalismo, la división es la regla, mientras la unidad es la excepción.

Es más, cuando no lucha por la revolución social ―esto es, por la abolición de las clases empezando por su propia abolición como tal― sino que se la pasa trabajando para sobrevivir y, a lo sumo, peleando por esas migajas democráticas llamadas derechos y reformas, el proletariado es una clase del capital y para el capital, no una clase para sí en tanto que clase revolucionaria. La explotación es inseparable de la dominación y del conflicto, porque es una relación de clase, tanto “para bien” como “para mal”. Así pues, la llamada “lucha por la sobrevivencia” o el “sálvese quien pueda”, que consiste en tener que trabajar para pagar y pagar para vivir día tras día en medio de la separación y la competencia entre proletarios, es la base material y social de la dictadura democrática y la contrarrevolución catastrófica del Capital. Por esta razón histórico-concreta, y no por “falta de conciencia de clase”, es que bajo la hegemonía de la contrarrevolución el proletariado en su mayoría también es contrarrevolucionario.

Muy por el contrario, para reunificarse, fortalecerse, hacerse dueño de su vida y mejorarla realmente, el proletariado necesita luchar con independencia de clase y por su abolición como tal para devenir comunidad real de individuos libremente asociados que controlan, comparten y gozan todas sus condiciones materiales de existencia, su actividad creadora y los productos de la misma. Es decir, luchar como clase revolucionaria con sus propios objetivos —la revolución social, la destrucción del capitalismo, la creación de la sociedad sin clases ni Estado ni mercado— y sus propios métodos —la autoorganización (afuera y en contra de sindicatos y partidos), la acción directa y, sobre todo, la solidaridad de clase, verdadero germen de un mundo nuevo. Luchar por subvertir y comunizar todo lo existente, no por esas migajas llamadas derechos y reformas. Luchar con cabeza y mano propias, sin jefes ni representantes. (Este es un ABC de la lucha revolucionaria que el proletariado debería tener presente para todo 1° de Mayo, aquí y en todas partes.)

Evidentemente, en el actual contexto contrarrevolucionario y de lucha de clases de baja intensidad, lo máximo que puede hacer el proletariado son luchas reivindicativas. Pero, como bien plantea Théorie Communiste, las luchas reivindicativas con el tiempo mostrarán sus propios límites y, para superarlos, tendrán que producir lucha revolucionaria. Esto es lo que se conoce como dar un “salto cualitativo” en las luchas de clase.

Todo lo cual, por supuesto, no ocurrirá mañana por la mañana y ni siquiera en el corto plazo, sino que para ello tendrán que pasar algunos años y talvez algunas generaciones que se eduquen y se curtan en las luchas proletarias por venir. “Buenos” tiempos para la contrarrevolución (en Ecuador, personificados por la dictadura democrática de Noboa y sus opositores) son malos tiempos para la lucha revolucionaria (cuyo caldo de cultivo ha de ser una nueva revuelta más radical que la de Octubre de 2019 y la de Junio de 2022 en estas tierras). Sin embargo, sólo la dinámica histórica de la propia lucha de clases puede invertir esta relación de fuerzas. Y ―valga subrayarlo― sólo la revolución social puede resolver la contradicción viviente que es el proletariado.  

Bajo tales premisas y actualizaciones, compartimos la 2da parte de nuestro texto antielectoral del 2021: "Contra la dictadura democrática de la burguesía, el oportunismo electoralista-reformista y más allá del voto nulo", el cual sigue vigente porque desde ese año hasta la fecha lo único que ha cambiado en este aspecto son los payasos del circo electoral de este país: ya no es Lasso sino Noboa, ya no es Arauz sino González, ya no es Pérez sino Iza. Insistimos: nosotros, comunistas, no apoyamos a ninguno de ellos, los repudiamos a todos, en especial a los de izquierda. Estamos por la independencia de clase y la radicalización del proletariado al calor de sus propias luchas reivindicativas hasta dar un salto cualitativo y producir una nueva revuelta que devenga revolución.

Dicho de otra manera, los cuadros político-administrativos de la derecha y la izquierda, junto con su imagen y su discurso, pueden y deben cambiar cada cierto tiempo, siempre y cuando las estructuras fundamentales de la economía y del Estado capitalistas se mantengan. Por eso mismo y en contra de ello, las posiciones del proletariado revolucionario son invariantes e intransigentes, a pesar de que, en un contexto contrarrevolucionario como el actual, sean muy minoritarias o solitarias, excepto hasta "que la tortilla se vuelva" al calor de la extensión y profundización del antagonismo de clases. El título y los subtítulos de nuestro texto son elocuentes con respecto a la invariancia e intransigencia revolucionaria. Agradecemos la lectura, discusión y difusión de ese y del presente texto. 

Proletarios Hartos de Serlo
Quito, mayo de 2025

 

Posdata frente a un par de posibles objeciones de algunos izquierdistas

1) No somos partidarios del espontaneísmo, menos aún si se trata de contribuir a que las luchas reivindicativas den un salto cualitativo y así estalle una nueva revuelta que devenga revolución. Una cosa es la espontaneidad o la forma natural en la que suceden las cosas; en este caso, la lucha del proletariado contra la burguesía, precisamente por la naturaleza contradictoria y dinámica de la sociedad de clases. Y otra cosa muy diferente es el espontaneísmo o el culto a la espontaneidad, el cual no reconoce los límites de la espontaneidad ―como lo demuestran las revueltas de los últimos años― y, así, termina negando la necesidad de organización autónoma y de posiciones revolucionarias. Espontaneidad y autoorganización no son contrarias, sino complementarias, ya que la autoorganización del proletariado brota de la espontaneidad de sus luchas y, entonces, la deja atrás para poder desarrollarse, consolidarse y acertarle golpes contundentes al Estado-Capital y la sociedad de clases.  

Por eso, somos partidarios de la autoorganización revolucionaria del proletariado; es más, somos partidarios de lo que Marx, Bordiga, Camatte, n+1, Endnotes, Amorós y otros camaradas han llamado "Partido Histórico" de la revolución comunista mundial, el cual “brota espontáneamente del suelo de la sociedad burguesa” (Marx) y está muy lejos del vanguardismo ―autoproclamarse “la vanguardia” y pretender hacer del proletariado un objeto dirigible― y del sustitucionismo ―sustituir al proletariado como sujeto revolucionario—. Porque el partido histórico propiamente dicho no es más que el conjunto de fuerzas que luchan por la autoorganización del proletariado para la revolución social mundial.

Autoorganización del proletariado, independencia de clase y acción directa son inseparables y significan luchar sin intermediarios ni representantes; lo que quiere decir, luchar por fuera, en contra y más allá de sindicatos, partidos, elecciones, parlamentos, leyes, etc. El “partido independiente de la clase trabajadora” es también “el partido de la subversión” o “el partido de la anarquía” en duelo a muerte con “el partido del orden” (Marx).

Considerando que, cuando el proletariado se levanta y hace temblar al orden capitalista, la derecha y la izquierda del Capital se unen en un solo partido en su contra: “el partido de la democracia” (Engels). Por lo tanto, el partido histórico del proletariado revolucionario es un partido contra la democracia, es decir, contra la dictadura social del Capital y su Estado sobre el proletariado. Esto no quiere decir que el partido revolucionario del proletariado sea una organización de tipo autoritario o vertical. Al contrario: en su interior se practican relaciones sociales de nuevo tipo basadas en la solidaridad, el apoyo mutuo, la libertad y la horizontalidad reales.

De allí que el partido histórico no es un partido formal ni un mini-Estado como los partidos leninistas mal llamados “comunistas”, sino que es un partido que, si bien necesita estructurarse para organizar las tareas revolucionarias, va mucho más allá de estatutos, comités, dirigentes, nombres, siglas y fronteras de todo tipo. Es el proletariado mismo organizándose y actuando de manera orgánica como clase revolucionaria. Es “el movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual” (Marx y Engels). Es el partido del comunismo y la anarquía contra el partido de la democracia. Todo esto es la autoorganización revolucionaria del proletariado en acción.

Ahora bien, es importante tener claro que la autoorganización revolucionaria no es un fin en sí mismo, sino sólo un medio; y, que el objetivo final de la autoorganización revolucionaria no es convertirse en “Estado proletario”, sino abolirse a sí misma junto con la autoabolición revolucionaria del proletariado como clase para, en cambio, devenir comunidad real de individuos libremente asociados que producen y viven sus vidas como tales. En ese sentido, el partido histórico será “la prefiguración de la sociedad comunista” (Camatte) o no será: el partido histórico en este siglo será el Partido-Comunidad o no será. Concebido ya no como una pirámide de piedra, sino como una red viva cuya sustancia sea la solidaridad antagonista y transformadora.

A pesar de la contrarrevolución todavía reinante o de estos malos tiempos para la militancia revolucionaria, las minorías radicales del proletariado internacionalista que hoy existen son el germen del partido histórico. Y si no existen, tarde o temprano habrá que crearlas, fortalecerlas y unirlas para ello; es decir, tendrán que autoorganizarse como partido histórico y mundial al calor de las luchas proletarias en ascenso.

2) Tampoco somos partidarios del activismo ni del intelectualismo, porque tanto el uno como el otro son oportunistas y reformistas, por más que pretendan y aparenten lo contrario. El activismo, desgastándose en marchas y plantones mientras se da de golpes en el pecho por esas migajas democráticas del Estado-Capital llamadas “derechos y reformas que beneficien al pueblo”. Con lo cual, ya es un estilo de vida más y hasta una pose político-cultural que no le hace ni cosquillas al capitalismo, pero sí mucho orgullo al moralismo y el ego de los activistas. Y el intelectualismo, elucubrando sobre “discursos” e “interseccionalidades” y proponiendo “nuevas políticas públicas” por parte del Estado-Capital desde sus aulas universitarias y sus bares alternativos.

La diferencia es que el activismo “hace” por hacer en las calles ―y las redes sociales― de manera populista y compulsiva, mientras que el intelectualismo “habla” y habla desde la academia de manera elitista y onanista. Lo irónico es que ambos se creen “superiores” y por eso compiten entre ellos: los activistas con su “quién hace más y quién tiene más gente”, y los intelectualistas con su “quién habla más bonito y quién publica más papers”. Falsa polémica y disputa entre pequeñoburgueses de izquierda que, el rato de los ratos, se los ve metidos en el circo electoral y la pugna interburguesa a favor de tal o cual partido y caudillo político de izquierda. Miseria y espectáculo por partida doble de “la lucha contra el sistema” en tiempos de contrarrevolución.

Muy por el contrario, los comunistas somos partidarios de la unidad entre teoría y práctica revolucionarias, teniendo claro que la teoría revolucionaria es una forma y un momento de la práctica revolucionaria, puesto que la relación teoría-práctica depende del carácter del contexto o período histórico de la lucha de clases. Y teniendo claro también que teoría no es academia ni ideología; que el rechazo al intelectualismo no significa caer en la estupidez y en dejar que otros piensen y digan por nosotros; y, que los proletarios también podemos hacer teoría con cabeza propia tal como creamos y usamos nuestras herramientas de trabajo... y nuestras armas.  

Para ser más precisos, en un período contrarrevolucionario como el presente, la teoría comunista, entendida como producto reflexivo y acompañante crítico de las propias luchas proletarias en curso (Théorie Communiste), es una práctica que hace posible mantener las posiciones revolucionarias y "la línea del futuro" (Bordiga), no sólo contra la burguesía sino, principalmente, contra la socialdemocracia o la izquierda del Capital en el seno del propio proletariado, ya sea que ésta se disfrace de “programa marxista-leninista” o de “activismo anarquista”. Y viceversa: cuando la relación de fuerzas entre las clases se invierte y, entonces, se abre un período revolucionario, la relación teoría-práctica también se invierte; lo que quiere decir, que sólo en la revolución teoría y práctica se vuelven una sola fuerza material en la cabeza y las manos de las masas proletarias hartas de serlo ―incluidas las minorías revolucionarias― y, por eso mismo, autoorganizadas sin más demandas que la revolución social en todas partes. Sí, en un contexto o período revolucionario, la teoría comunista se convierte en una fuerza material y masiva. Mientras tanto, en períodos contrarrevolucionarios como el actual, la teoría comunista sólo puede ser una práctica teórica de las minorías o fracciones comunistas del proletariado.

3) En síntesis: a pesar de ser una voz solitaria en el actual contexto contrarrevolucionario, este texto es una expresión más de la práctica teórica como fracción comunista, es decir, como fracción del partido histórico del proletariado por la revolución comunista mundial, en la región ecuatoriana. Hasta que la misma catástrofe capitalista y el antagonismo de clases produzcan una situación revolucionaria donde la autoorganización proletaria y la práctica revolucionaria o “la crítica de las armas” se pongan a la orden del día, y mientras seguimos trabajando para sobrevivir igual que el resto de proletarios, a los comunistas no nos queda más que mantener con firmeza las posiciones revolucionarias o afilar “las armas de la crítica” (Marx) y participar en las luchas reivindicativas que nos sea posible. Malos tiempos para la militancia revolucionaria.

En comparación con el espectáculo activista e intelectualista, hacer esto puede parecer poca cosa; pero, no abandonar las posiciones revolucionarias, cuidarlas y desarrollarlas frente a tanta basura contrarrevolucionaria y reformista, en realidad es una tarea ardua que alguien debe asumir hasta que nuevas generaciones lleguen, tomen esta semilla, la esparzan y la transformen en bosque. De aquí a futuro, el río de la lucha de clases abonará directamente esta producción de nuevos revolucionarios.