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31 de diciembre de 2022

¿¡Guerra y Revolución!?

Grupo Guerra de Clases / Tridni Valka
Boletín # 14, Región checa, Diciembre de 2022

Contenido:
  • [Presentación]
  • A veces todo tiene que cambiar para que todo siga igual…
  • ¡No pagaremos por su crisis!
  • ¡No sólo arde Colombia!
  • No va más, el juego (aún no) ha terminado…
  • ¿Qué perspectiva revolucionaria?
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[Presentación]


Parece que fue ayer cuando por fin salimos de la “crisis pandémica de Covid-19” (aunque algunos dicen que nunca saldremos de ella) y ya hay una nueva “crisis”. Según la narrativa burguesa dominante, la guerra en Ucrania es una nueva razón para que el proletariado deje de lado la satisfacción de sus necesidades. En su lugar, debemos unirnos al frente unido con las fuerzas de “nuestra” burguesía y sacrificarnos por un “bien mayor” de “defensa de la integridad territorial de Ucrania” o su “desnazificación” – dependiendo de donde vivamos.

Nos obligan a convertirnos en carne de cañón en la “defensa de la nación”, lo que significa sufrir y morir por los intereses de uno u otro bando burgués – como está ocurriendo ahora con los proletarios “rusos” y “ucranianos”. O nos obligan a hacer sacrificios en el “frente interno”: aceptar el aumento de los precios de los productos básicos que permiten nuestra supervivencia cotidiana como la alimentación, la vivienda, la salud, la energía, el transporte, etc.; aceptar el aumento de la represión y la vigilancia; aceptar la militarización del trabajo y el aumento brutal de la tasa de nuestra explotación.

La guerra es, por supuesto, parte integrante de la propia lógica de funcionamiento del capitalismo. Es la expresión de una necesidad de las facciones rivales del Capital de conquistar mutuamente sus mercados para realizar sus beneficios. En este sentido la guerra capitalista y la paz capitalista no son más que dos caras de la misma moneda y cualquier guerra no es más que una continuación de esta competición por medios militares.

La guerra de 2022 en Ucrania (que es más bien una nueva fase abierta de la guerra que comenzó en 2014) no es una excepción. En las últimas décadas nos arrastraron a otras guerras increíblemente sangrientas, algunas de las cuales aún continúan: en Somalia, en la antigua Yugoslavia, en Afganistán, en Irak, en la región africana de los Grandes Lagos, en la región del Cáucaso, en Siria, en Yemen… o recientemente en Etiopía… Todos esos conflictos nacieron de la competencia entre facciones burguesas locales, pero al mismo tiempo representaron guerras territoriales por poderes entre “las grandes potencias” y en todos ellos (como siempre) fueron los proletarios los masacrados.

A pesar de ser tan brutales como lo es la guerra que actualmente asola Ucrania, estas guerras no permitieron a la burguesía movilizar al proletariado en apoyo de los intereses capitalistas a un nivel tan global. La razón principal es que esta vez la formación de los superbloques capitalistas capaces de una confrontación global está mucho más cerca y el choque de sus intereses faccionales opuestos es mucho más obvio y directo. Por lo tanto, es fácil para los ideólogos burgueses de ambos bandos fingir que se trata de “una guerra santa” del “Bien contra el Mal”. Una vez más nos empujan hacia los campos de exterminio en nombre de la paz, esta vez hacia la guerra que puede acabar con toda la vida en este planeta.

Frente a la realidad de la movilización, la militarización de nuestras vidas, la propaganda nacionalista y la horrible carnicería de proletarios, la posición comunista siempre ha sido el rechazo revolucionario derrotista de ambos campos del conflicto burgués a favor del “tercer campo”, ¡el campo de la revolución comunista global! Hemos abordado esto recientemente en nuestro folleto: ¡Proletarios en Rusia y en Ucrania! En el frente de producción y en el frente militar… ¡Camaradas! así como en una segunda contribución: Manifiesto internacionalista contra la guerra y la paz capitalista en Ucrania (ambos textos se encuentran en los anexos de este boletín).

De forma similar a la “crisis de Covid-19”, nosotros como comunistas rechazamos todas las falsificaciones burguesas de la realidad, ya que todas sirven al mismo propósito de mantener a nuestra clase subyugada a los intereses de la clase dominante e impedirle la realización de sus propios intereses de clase, es decir, abolir la sociedad basada en la explotación del trabajo humano. Tanto si la narrativa que intentan imponernos se basa en la ciencia y la medicina “sagradas” oficiales (que pretenden ser objetivas e imparciales) y en las estadísticas gubernamentales, como si se basa en la ciencia “disidente y prohibida” que el “Nuevo Orden Mundial no quiere que veáis” (y que, sin embargo, de alguna manera está por todo YouTube), nuestra única respuesta a esto es reafirmar la posición de subjetividad proletaria militante, es decir, analizar siempre la realidad material basándonos en el criterio de lo que hace avanzar u obstaculiza la lucha por nuestros intereses de clase. Y desde esta posición, y en confrontación con todas las falsificaciones mencionadas, intentamos descubrir siempre la corriente proletaria en toda esta agitación.

Al igual que la anterior “crisis de los Covid-19”, también se afirma que la guerra en Ucrania es la raíz de la aparente “crisis económica” y la justificación de la escasez y/o el aumento de los precios de muchos productos básicos. En realidad, ambas crisis simplemente desenmascararon la crisis subyacente de valorización.

No existe tal cosa en este planeta como la escasez de alimentos o energía. Es la lógica del capital la que crea la “escasez”, ya que la única razón por la que se producen las mercancías en el capitalismo es para venderlas con el fin de obtener beneficios. Su valor de uso como alimentos, ropa, combustible, etc. sólo tiene sentido para el Capital como medio para este fin. Por lo tanto, es lógico dejar que la comida se pudra o quemar el combustible en lugar de dárselo a aquellos que no pueden pagarlo. Por tanto, el trigo de Ucrania o Rusia no se transportará por otras rutas ni se sustituirá por trigo u otro producto comestible de otros lugares para alimentar a los proletarios hambrientos de Egipto o Líbano o Sri Lanka, a menos que se pueda hacer rentable.

En las siguientes páginas intentamos analizar los movimientos proletarios que han estado sacudiendo el mundo a pesar del Covid-19 y los cierres relacionados y la guerra en Ucrania, contra la miseria de la vida en la sociedad capitalista y en oposición a los esfuerzos de movilización interclasista del Estado. Este texto no pretende ser una cronología de estos movimientos proletarios ni una relación exhaustiva y detallada de la actividad militante y organizativa cotidiana “sobre el terreno”. Hay otros militantes, con una conexión más directa con estos movimientos que la nuestra, que han asumido bien estas tareas. Nos centramos en los movimientos que, según nosotros, representan el apogeo de la militancia proletaria reciente, manteniendo al mismo tiempo la continuidad militante, reapareciendo bajo otra forma después de haber sido reprimidos por el Estado, dando nacimiento a minorías militantes o dinamizando las ya existentes y creando potencialmente el espacio para las rupturas programáticas.

Mencionemos aquí que planeamos cubrir las acciones revolucionarias derrotistas del proletariado en el territorio de Rusia y Ucrania contra la guerra capitalista (deserciones y motines en ambos bandos, ataques a los centros de reclutamiento, sabotaje de los esfuerzos de guerra, subversión de la reciente movilización en Rusia, etc.) en un material aparte. También tenemos que mencionar aquí los disturbios de enero en Kazajstán desencadenados por los altos precios del combustible, aunque no hablamos de ello en detalle en el siguiente texto. Fue una erupción muy fuerte de ira proletaria y contenía algunos momentos insurreccionales que llevaron a la burguesía local a pedir refuerzos de Rusia y otros países de la OTSC (Organización del Tratado de Seguridad Colectiva) para aplastarla y evitar que se convirtiera en una insurrección proletaria a gran escala. Hemos publicado en nuestro blog una colección de materiales militantes de varios grupos que informan sobre el movimiento en Kazajstán.
 
[...] 
 

¿Qué perspectiva revolucionaria?

Mientras parece que estamos en la bisagra de una nueva época dentro del modo de producción capitalista, o al menos que se nos impone un nuevo paradigma para reproducir siempre la totalidad de la dictadura de la mercancía sobre nuestras existencias, podemos afirmar, sin negar la preeminencia global de la paz social dominante y el peso de los muertos sobre los vivos, que la situación global de los últimos años se caracteriza por:

  • el ataque global a las condiciones de vida del proletariado – encarecimiento de los productos de primera necesidad, inflación, control del Estado, pérdida de empleos, militarización de la vida, etc., a un nivel sin precedentes desde hace al menos medio siglo,
  • el movimiento proletario expresándose en muchas partes del mundo en protestas, disturbios y huelgas y a veces casi insurrecciones,
  • una continuidad militante que comienza a formarse entre estas erupciones y vínculos militantes que comienzan a forjarse entre las minorías radicales de estas luchas en diferentes países,
  • las fuerzas de la socialdemocracia histórica y de la reacción luchan por cooptar y sofocar estos movimientos,
  • campos militares burgueses opuestos formándose en una cadena de innumerables conflictos locales y el peligro real de que este proceso cristalice en Ucrania en una guerra global y posiblemente nuclear…

Las minorías comunistas, para cumplir su papel histórico – como la parte del proletariado más preparada programática y tácticamente – para participar en el desarrollo de la dirección revolucionaria de la lucha de nuestra clase, tienen que comprender las condiciones materiales de nuestro tiempo y actuar en consecuencia. Especialmente como respuesta a lo que el Estado de los capitalistas está preparando para nosotros en el contexto de la extensión de su guerra permanente emprendida contra nuestra clase, y el fortalecimiento de nuestras luchas contra la degradación generalizada de nuestras condiciones de supervivencia, tenemos que desarrollar más que nunca medios (organizativos, tácticos, técnicos) para protegernos a nosotros mismos y nuestras actividades: ¡del espionaje y control del Estado, de las enfermedades y su propagación, de la guerra y la militarización de la sociedad!

No negamos que la situación actual y los múltiples movimientos de nuestra clase en todo el mundo conllevan muchas contradicciones, tendencias contradictorias, por lo tanto debilidades. Pero a diferencia de los idealistas que etiquetan las luchas que no contienen una soñada cualidad absolutamente revolucionaria en el mejor de los casos como “luchas dentro del capital” y en el peor de los casos como “luchas por la democracia”, “por el consumismo”, “por el poder adquisitivo” (siguiendo completamente la propaganda burguesa) etc., nosotros vemos en nuestro análisis la existencia colectiva y la práctica dentro del movimiento proletario independientemente de las banderas o de la “conciencia” individual de los participantes, porque son exactamente estas luchas las que cambian las condiciones de producción y reproducción de la vida real.

Está claro que la conciencia social refleja el equilibrio de fuerzas en las relaciones sociales de clase existentes. Por lo tanto, es evidente que las luchas proletarias llevan en su seno diferentes debilidades que son producto de la dominación ideológica burguesa, así como un reflejo de la reproducción de la vida social bajo la tiranía del valor. Incluso durante la revolución proletaria, la conciencia burguesa dominará a las masas del proletariado y las dominará mientras esta conciencia refleje la división de clases existente en la sociedad.

Son las propias luchas las que cambian las condiciones, la relación de fuerzas. En estas luchas el proletariado deja de ser una categoría sociológica, una clase “abstracta” dispersa en la mezcolanza de ciudadanos aislados, para convertirse de nuevo en la clase que perturba la lógica de la dominación capitalista y crea condiciones para la reproducción de necesidades de vida antagónicas a esta sociedad y, a nivel consciente, en la clase que crea en este proceso la crítica revolucionaria.

Los idealistas, por el contrario, esperan un 100% de conciencia revolucionaria en un conflicto de clases desde el principio. En su planteamiento se pierde la relación mutua entre existencia y conciencia, así como el movimiento, es decir, se pierde el proceso de ruptura con la dominación de la ideología burguesa y la realidad cotidiana de la reproducción social capitalista.

A pesar de todas estas teorías, la situación revolucionaria no surgirá de la nada. Se producirá por un enorme conflicto de clases, muchas luchas y derrotas y su reflejo, una serie de rupturas con el actual estado de cosas, la participación activa de las masas del proletariado y sus minorías más radicales y conscientes, el comunismo como programa constituyéndose orgánicamente contra la dictadura del capital.

Como siempre, tenemos que ayudar a forjar los lazos militantes entre las expresiones más avanzadas del movimiento de clase en todo el mundo, a plantear directamente la perspectiva revolucionaria internacionalista contra todas las falsificaciones y separaciones burguesas, ¡a desvelar la naturaleza proletaria de la lucha de clases en las diferentes partes del mundo!

Contra la guerra capitalista y la paz capitalista, contra todas las formas de nacionalismo, de “mal menor”, de “liberación nacional”, de “guerra defensiva”, etc., ¡tenemos que oponernos al derrotismo revolucionario intransigente!

Por último, nos gustaría hacernos eco aquí de las palabras de expresiones militantes en Perú cuando las calles estaban en llamas la primavera pasada:

“Como un incendio va la clase trabajadora, el incendio que lleva enarbolado, con un furor, un ímpetu supremo. Cabalgan sus hogueras, trota su lumbre arrolladoramente, arroja sus flotantes y cálidas banderas, sus victoriosas llamas sobre el triste continente. Purifica, penetra en las ciudades, alumbra, sopla, da en los rascacielos, empuja las estatuas, muerde, avienta: arden inmensidades de edificios podridos como leves pañuelos, cesa la noche, el día se acrecienta. Es como un sol que eclipsa las tinieblas lunares, es como un corazón que se extiende y absorbe, que se despliega igual que el coral de los mares en bandadas de sangre a todo el orbe.”

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Cartel Internacionalista Contra la Guerra Imperialista (Enero de 2023)
 
Ver más aquí

8 de noviembre de 2021

Informes de n+1 de julio, septiembre, octubre y noviembre de 2021

Tomado de Freno de Emergencia y de Barbaria

N+1, tele-reunión del 2 de noviembre de 2021

La tele-reunión del martes por la noche, a la que asistieron 18 compañeros, comenzó con un comentario sobre un artículo de Avvenire titulado Propuesta al G-20. Una Constitución de la Tierra para difundir la paz y la justicia.

El camarada que nos hizo llegar el artículo lo señaló, con razón, como un ejemplo de reformismo planetario. El llamamiento a un nuevo constitucionalismo global cuenta, entre sus primeros firmantes, con un obispo, además de filósofos, juristas y periodistas; y el hecho de que la propuesta haya sido relanzada por Avvenire demuestra que detrás de la iniciativa está también el Vaticano (no es casualidad que el texto contenga una referencia a la ecología integral del Papa Francisco). La Iglesia quiere salir del ámbito estrictamente religioso para dar vida a procesos hegemónicos en la sociedad, y lo hace con una propuesta reformista basada en derechos para todos, justicia global, redistribución de la riqueza, etc. Un intento global que conducirá, como siempre, a un callejón sin salida, porque al capital autónomo le importa un bledo que haya quienes quieran transformarlo en un sistema más ético y moral.

Aparte de estos intentos de la Iglesia, que hemos mencionado brevemente, el problema ecológico existe y las discusiones en torno a él dan lugar a interesantes capitulaciones ideológicas frente al marxismo. En vísperas de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Clima (COP26), el premio Nobel de Física Giorgio Parisi, científico que investiga el caos y los sistemas complejos, declaró: «El PIB de cada país es la base de las decisiones políticas y la misión de los gobiernos parece ser aumentarlo al máximo. Pero esto choca con la intención de ponerle freno al calentamiento global». El físico dijo que «si la temperatura sube más de 2 grados, entramos en un terreno desconocido».

En China, el consumo de carbón ha alcanzado niveles récord, quedando por debajo de los objetivos del gobierno central (provocando incluso apagones en algunas regiones del país). La construcción de altos hornos y centrales eléctricas de carbón provocará un nuevo aumento de las cuotas de China, que ya representa el 30% de las emisiones mundiales de CO2. Cuando los precios del gas suben, se utilizan fuentes más baratas como el petróleo y el carbón. Hasta dentro de un año no dispondremos de las cifras de emisiones del periodo actual, pero es muy probable que se alcance un nuevo récord en 2021. China, Rusia, Turquía y Brasil no estuvieron presentes en la COP26, e India y China, dos pesos pesados en términos de población y tamaño, objetaron las medidas que deben adoptarse para hacer frente a la emergencia climática.

En cualquier caso, los objetivos de este tipo de cumbres presuponen la existencia de una coordinación global para gestionar cualquier acuerdo internacional. Pero el capitalismo no puede hacerlo porque las burguesías nacionales están siempre en competencia entre sí. China e India tienen tasas de crecimiento sostenidas y aceptar restricciones severas supondría poner obstáculos a sus economías, mientras que otros países, que entretanto han trasladado al extranjero su producción más intensiva en energía, pueden permitirse un margen más amplio de experimentación.

Los que piensan que la tecnología puede aliviar o resolver el problema ecológico están tristemente equivocados. Incluso si se introdujeran tecnologías limpias, la necesidad de materias primas y energía seguiría creciendo, y el esfuerzo por reciclar materiales se desperdiciaría. El mundo está siendo consumido a un ritmo demencial, y la biosfera tendrá que restablecer el equilibrio tarde o temprano.

En un artículo publicado en Il Fatto Quotidiano, Luca Mercalli explica que los países ricos producen más emisiones de CO2 per cápita, y que Estados Unidos y la UE han contaminado más y durante más tiempo. Entre estadísticas y clasificaciones, todo el mundo trata de echar la culpa de la contaminación al otro, pero nadie mira en su propia casa. Hay una gran hipocresía detrás de todo esto. China es responsable del 30% de las emisiones de dióxido de carbono, pero produce el 60% del acero mundial, que alguien compra y utiliza en el extranjero. En resumen, es como una pandemia: si el número de infecciones aumenta en Alemania o Inglaterra, la gente sigue pensando que el virus respeta las fronteras nacionales. Lo mismo ocurre con la contaminación: el problema no puede abordarse a nivel local. La misma burguesía entiende que debe haber una gobernanza global, pero en la práctica no puede conseguirla debido a la anarquía mercantil.

Hay una sobreexplotación de la Tierra y los centros de investigación de la burguesía lo vienen señalando desde hace tiempo. Pensemos en el informe del Club de Roma sobre los límites del desarrollo, que demostró que, una vez superados ciertos umbrales, el sistema se derrumba. Interesante en este sentido es el documental Last Call (2013), que recorre la historia del grupo de científicos que trabajó en el proyecto. En las entrevistas presentadas en la película, reconfirman todos sus análisis. Por lo tanto, no hacen falta nuevas pruebas para entender que de continuar así tendrá lugar un desastre: los gráficos que acompañan a Los límites del crecimiento hablan por sí solos. El capitalismo es un sistema que procede por leyes internas, intenta reformarse pero al final siempre responde a la ley de acumulación, D-M-D’.

La cuestión de la contaminación ha existido siempre, pero en los albores del modo de producción capitalista estaba ligada a entornos muy concretos, la fábrica, la mina, los barrios obreros, afectando sobre todo a estos últimos, como describe Engels en La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845). Hoy en día estos problemas también afectan a la clase dominante, y los capitalistas ya no pueden ignorar el problema, sino que al menos deben mostrar alguna iniciativa. Así que organizan costosas cumbres mundiales, mientras siguen utilizando enormes cantidades de energía para producir. Basta pensar en las monedas virtuales, que se están imponiendo en todos los ámbitos de la vida cotidiana.

A diferencia de eventos anteriores, la COP26 no fue escenario de refriegas entre activistas antiglobalización y la policía. Este aspecto podría ir unido al crecimiento, en casi todas partes, del abstencionismo. El desinterés de grandes capas de la población respecto de la política y sus representantes adopta formas singulares. Por ejemplo, la «gran renuncia», de la que empiezan a hablar muchos periódicos: la dimisión de millones de asalariados que han decidido voluntariamente dejar sus puestos de trabajo porque están hartos de los ritmos agotadores y de los salarios de hambre. El fenómeno afloró con las reaperturas posteriores al cierre y surgió primero en Estados Unidos y luego en Europa. El Departamento de Trabajo de EEUU declaró que alrededor de 4,3 millones de personas dejaron su trabajo en agosto. Esto supone alrededor del 2,9% de la población activa de EEUU, y la cifra es superior al anterior récord establecido en abril, con unos 4 millones de desertores. Hay políticos que se quejan de la generosidad del gobierno estadounidense en materia de subvenciones, pero también los que dicen que es porque con el trabajo inteligente la gente ha experimentado una mejoría en su calidad de vida, y volver a la normalidad, quizás haciendo tres horas de tráfico al día, ahora les parece insostenible.

Así que el nivel de tolerancia a la explotación ha disminuido considerablemente. Desde que escribimos el folleto ¿Derecho al trabajo o libertad del trabajo asalariado? (1997) las cosas han madurado mucho y ahora, al parecer, el «rechazo del trabajo» está adquiriendo dimensiones masivas.

El comunismo se configura cada vez más como un programa de la especie y el partido revolucionario como un organismo que toma a su cargo la defensa de la especie humana (Tesis de Nápoles, 1965). Bordiga escribió que el capitalismo, en última instancia, quiere la cabellera de su gran enemigo: el hombre (Imprese economiche di Pantalone, 1950).

Ahora, después de las materias primas, incluso los productos de primera necesidad empiezan a subir de precio. Las subidas tendrán un gran impacto en los próximos meses. En este contexto, cada vez más proletarios se encontrarán con el agua hasta al cuello, y los reformistas más lúcidos lanzan gritos de alarma: desde el Papa, que indica la necesidad de un salario universal y una reducción de la jornada laboral, hasta Beppe Grillo, que escribe en su blog ¿Renta universal o juego de calamares?. En definitiva, no faltan declaraciones contundentes, pero sin superar las categorías capitalistas no hay salida, y la sensación de que el tiempo se agota se cuela en las pesadillas de la burguesía. «El Reloj del Apocalipsis está sonando cada vez más fuerte, falta un minuto para la medianoche», momento en que sonará «el fin de la vida humana en este planeta tal y como la conocemos». Estas fueron las palabras del Primer Ministro británico, Boris Johnson, al inaugurar la COP26.

Tampoco faltan los saltos de algunos eminentes burgueses para solucionar los problemas del planeta, como Elon Musk, que quiere colonizar Marte, o Mark Zuckerberg, que quiere llevarnos al Metaverso (para cuyo desarrollo empleará a 10.000 personas). Musk y Zuckerberg son los sacerdotes de una nueva religión: el transhumanismo. La realidad está superando a la ciencia ficción, y en relación con esto, recordamos dos relatos apocalípticos: La última pregunta de Isaac Asimov y El año del diagrama de Robert A. Heinlein.


Cuellos de botella en las cadenas de suministro y caos social

N+1, Informe de la tele-reunión del 19 de octubre de 2021

Durante la tele-reunión del martes por la noche, a la que asistieron 22 compañeros, discutimos sobre el aumento del precio de las materias primas y, en particular, de la energía.

En un artículo publicado en el último número de The Economist (curiosamente titulado The energy shock, el mismo título que uno de nuestros reportajes de hace unas semanas y que supimos que había sido traducido primero al español y luego al alemán), se nos recuerda que la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2021 (COP26) tendrá lugar del 31 de octubre al 12 de noviembre. La cumbre contará con la presencia de líderes mundiales, reunidos en la intención de fijar el rumbo para que las emisiones mundiales de carbono lleguen a cero en 2050.

Pero mientras la clase dirigente anuncia que se compromete a un esfuerzo de 30 años, en la práctica hace lo contrario. Desde mayo, el precio del petróleo, el carbón y el gas ha subido un 95%, y en septiembre Gran Bretaña, que será sede de la cumbre, volvió a encender sus centrales eléctricas de carbón. Sin embargo, Londres ha dejado claro que apostará por la energía nuclear para reducir las emisiones de CO2.

Los precios de la gasolina en Estados Unidos han alcanzado los 3 dólares por galón, los apagones han abrumado a China e India y Europa se ha convertido en rehén de Vladimir Putin para el suministro de combustible.

Así, todas las buenas intenciones ecológicas del tipo Green New Deal se han ido por la ventana, y han terminado imponiéndose, como siempre, las crudas necesidades sin edulcorar del modo de producción capitalista.

The Economist también advierte sobre la espiral salarios-precios: tanto el crecimiento de los salarios como la inflación son inusualmente altos. Los salarios por hora están aumentando en Estados Unidos y Alemania, en parte debido a la escasez de mano de obra tras la recuperación del consumo luego de las cuarentenas.

Siendo el salario la única variable independiente, la exigencia de grandes aumentos salariales asusta a los capitalistas y gobernantes porque su sistema se basa en la producción de plusvalía. Mencionamos, a este respecto, la reciente oleada de huelgas en Estados Unidos (Striketober: American workers take to the picket lines).

El mundo se dirige hacia la catástrofe desde todos los puntos de vista: económico, ecológico y social, pero esto no se traduce automáticamente en una polarización de clase. La dualidad de poder aún está muy lejos, actualmente los movimientos en las calles en su mayoría se pueden etiquetar como inter-clasistas.

La sociedad está en ebullición, pero de momento nada nuevo está surgiendo del caos. En cambio, se está incubando un gran desorden.

En España, el 26,4% de los ciudadanos se encuentran «en riesgo» de pobreza y el 9,6% en situación de pobreza extrema, 4,5 millones viven en familias con ingresos extraordinariamente bajos. La mayoría de las personas en situación de pobreza extrema (72%) tienen la nacionalidad española, cuentan con un nivel de estudios medio (53%) o bien alto (17,9%), tienen un trabajo (27,5%) y una vivienda (95,2%).

El Papa, gran observador de las dinámicas sociales, en un reciente videomensaje se dirigió al encuentro de los Movimientos Populares afirmando que había que introducir «el salario universal y la reducción de la jornada laboral». Bergoglio dice que estas son «medidas necesarias» pero «insuficientes».

Incluso en Italia, donde según el ISTAT casi seis millones de personas viven en estado de pobreza absoluta, ha empezado a manifestarse un cierto «caos social», con las plazas de Roma, Milán y el puerto de Trieste siendo escenarios de enfrentamientos. Y en cuanto a los puertos, hay numerosos puertos en todo el mundo, desde Los Ángeles hasta el Reino Unido, que se encuentran al borde del colapso; los analistas observan un estrechamiento en los mecanismos que aseguran las cadenas de suministro, lo que provoca un gran cuello de botella en el flujo de mercancías.

Con respecto al problema de la inflación, recordamos lo que se escribió en el Libro III, Sección VII, de El Capital, «La renta y sus fuentes»: la ganancia (beneficio del empresario más los intereses) y la renta no son más que formas particulares que adoptan partes particulares de la plusvalía de las mercancías.

El aumento de los precios hace que una parte creciente de la plusvalía se transforme en rentas. El rentista gana y el industrial pierde. La especulación está provocada por la escasez real de materias primas, por lo que el precio de éstas tiende a subir y bajar en los mercados bursátiles.

Primero tenemos la variación del precio de la producción, luego la especulación (la escasez de contenedores hace que el costo de los fletes marítimos se dispare, triplicándose en un año). Otros ejemplos de las locuras del capitalismo moderno son la especulación con el Bitcoin (que se disparó por encima de los 60.000 dólares) o el año pasado la especulación con el petróleo, cuyo precio alcanzó un pico negativo.

También reiteramos la necesidad de rechazar toda forma de partidismo, especialmente el «a favor del green-pass/contra el green-pass» ya que ambas opciones, aunque enfrentadas, tienen en común la necesidad de reanudar la producción lo antes posible, de enviar a los trabajadores a trabajar y de mantener abiertos los comercios y las empresas.

También hay que decir que el concepto de libre elección o libre albedrío (¡tan reivindicado como inexistente!) no pertenece al léxico comunista.

La humanidad sigue en su fase prehistórica: las agrupaciones sociales necesitan símbolos y eslóganes tras los que marchar, ya sean religiosos o ideológicos, o palabras sin contenido empírico claro como «libertad».

Estamos en contra del indiferentismo, en el sentido de que seguimos con atención todo lo que ocurre en las plazas, incluso las movilizaciones animadas por fuerzas interclasistas o reaccionarias, tratando de identificar las causas materiales que llevan a las moléculas sociales a agitarse y moverse en una dirección y no en otra, y dando el peso adecuado a lo que los manifestantes dicen de sí mismos.

La vacunación es un gran negocio para las empresas farmacéuticas, y esto ni hace falta decirlo, pero también es un medio para combatir la pandemia, uno de los pocos medios disponibles en la actualidad.

En Inglaterra el fin de las restricciones en Inglaterra está provocando un aumento de los casos de Covid 19, en Rusia crece el número de muertes (más de mil en un día) por complicaciones debidas al coronavirus. Debido a la incertidumbre de los datos oficiales sobre nuevos casos y muertes, The Economist se vio en la necesidad de hacer su propio modelo basado en un centenar de coeficientes correctores, el más importante de los cuales es el diferencial en el número de muertes entre el periodo de la pandemia y el anterior (The pandemic’s true death toll).

Hay que ser drásticos en el tema de las vacunas, contrarrestando las oladas de irracionalidad que afectan incluso a los círculos «comunistas». Incluso muchos que se llaman marxistas, olvidan que la ciencia no es adjetivable: no es burguesa ni proletaria, sino que es el nivel de conocimiento alcanzado en una época determinada.


 
Traducción del informe del 28 de septiembre de 2021 del Grupo N+1

La teleconferencia del martes por la noche, a la que se conectaron 15 compañeros, comenzó comentando algunas noticias sobre la actual crisis energética mundial.

El aumento del precio de las materias primas es un hecho histórico ligado al desarrollo del capitalismo, que consume cada vez más energía a medida que envejece. Si bien es cierto que la energía consumida para la producción de cada producto individual disminuye, también es cierto que la masa de bienes producidos aumenta continuamente. En 2012, en el número especial sobre energía (revista nº 31), escribimos sobre las tendencias de la producción de combustibles fósiles:

«A partir de 2020, la producción total de energía procedente de combustibles fósiles se contraerá con bastante rapidez. Teniendo en cuenta la creciente necesidad de energía debido al tumultuoso desarrollo del capitalismo en los países emergentes, está claro que esta tendencia supone un enorme desafío para la perpetuación del actual paradigma económico.»

El consumo mundial de materias primas puede representarse mediante una curva sigmoidal: tras un periodo de crecimiento, la curva tiene un punto de inflexión y finalmente asume una tendencia asintótica. Este patrón se aplica a casi todos los sistemas complejos, incluido el capitalismo, ya que el crecimiento de cualquier elemento no puede ser infinito. A estas conclusiones llegó también el «Informe sobre los límites del desarrollo» del Club de Roma, un estudio basado en el modelo Mondo3 que tenía en cuenta cinco parámetros: población, recursos minerales, recursos alimentarios, producción industrial y contaminación.

Directamente relacionada con el aumento del precio de las materias primas está la importancia de la renta, que, al seguir creciendo (es decir, al crecer la parte de la plusvalía dedicada a ella), se canaliza hacia la especulación financiera, afectando así a todos los sectores, desde el petróleo hasta el inmobiliario, y provocando desequilibrios cada vez mayores.

China ha llegado a producir mil millones de toneladas de acero al año, y en la última década ha construido ciudades para millones de habitantes, la mayoría de las cuales han quedado vacías. El ladrillo ya no salvará al mundo capitalista, como escribió The Economist hace unos años, sino que lo hundirá aún más (como demuestra la crisis del gigante inmobiliario Evergrande). Recientemente se ha informado de que varias provincias y distritos industriales de China están experimentando problemas de suministro de energía, y que decenas de fábricas se han visto obligadas a «enfriar» la producción. Sin embargo, no hay una única causa de esta situación, sino una combinación de causas: la rápida recuperación de la economía tras el cierre, responsable del aumento de la demanda de electricidad y, por tanto, de la subida de los precios del carbón, la escasez de materias primas debido al contratiempo en la cadena de suministro mundial (véase la escasez de contenedores), y los nuevos límites a las emisiones de dióxido de carbono impuestos por el gobierno chino.

En Italia persisten los rumores sobre una posible protesta de los camioneros en apoyo de la movilización contra el «pasaporte verde». Si se produjera un bloqueo, las consecuencias serían enormes, ya que en Italia el 80% del transporte de mercancías se realiza por carretera. En Inglaterra, tras el Brexit y la restricción de la entrada de trabajadores extranjeros, ha surgido un grave problema logístico debido a la escasez de transportistas, lo que ha provocado la escasez de combustible y, en algunos casos, la falta de productos de primera necesidad en las estanterías de los supermercados. El gobierno británico ha anunciado el uso del ejército para trasladar los camiones cisterna de las refinerías a las gasolineras.

Como hemos dicho a menudo últimamente, los cuellos de botella (congestión de procesos) pueden llevar a escenarios catastróficos.

Cuando se trata de sistemas complejos, las predicciones sólo pueden hacerse mediante modelos y sólo pueden ser a largo plazo. En los años 50, M.K. Hubbert formalizó por primera vez el curso temporal de los recursos minerales, que está bien representado por una curva de campana o curva de Gauss. Con notable perspicacia, el erudito estadounidense registró la relación entre la evolución de los precios en valor y la extracción en cantidades físicas. El pico de Hubbert es una curva de producción de petróleo determinada empíricamente y superpuesta a una curva de modelo matemático (logístico). Esta curva, además de dar indicaciones precisas de los precios que se formarán después de la producción, así como de demostrar la validez de la ley de la renta, obliga a los economistas a tener en cuenta que el modelo resulta ser compatible con todas las demás fuentes de energía, y les obliga a establecer una unidad de medida basada en la energía, la TEP, es decir, la tonelada equivalente de petróleo. De acuerdo con sus estudios, Hubbert propuso una sociedad basada en el cálculo de la energía intercambiada y no en el valor.

En la reunión de la redacción de septiembre, hicimos la última de una serie de presentaciones sobre el «Wargame».

Hoy en día, ciertas formas de ver la revolución son obsoletas. «Convertir la guerra imperialista en guerra civil», o «construir el sindicato de clase», son frases que no tienen contenido empírico. Son esquemas históricamente datados.

Ya a principios del siglo XX la consigna de transformar la guerra imperialista en guerra civil tenía poco sentido. Nuestra corriente, de hecho, sostuvo que la guerra debe ser detenida de raíz, de lo contrario el capitalismo se reestructuraría, involucrando principalmente al proletariado en este proceso. La forma y los medios de hacer la guerra han cambiado profundamente, el conflicto se ha convertido en algo extremadamente móvil en el que la logística y la electrónica desempeñan un papel primordial. El estudio de los wargames fue necesario para hacer formalizables los escenarios (modelos) que antes se trataban exclusivamente como subjetivos/cualitativos, y «juego de guerra» significa que se utiliza la teoría de juegos para resolver problemas de ataque, inteligencia, táctica y estrategia.

En lo que respecta al sindicato, hemos dicho que quien conquiste o establezca uno no tendrá más remedio que poner en práctica el sindicalismo corporativista, porque la necesidad de conseguir resultados en el marco histórico corporativista bloquea la acción sindical precisamente en el plano histórico.

La revolución necesita declaraciones claras y nítidas, sin neblinas que confundan las ideas. Hoy es necesario un trabajo de limpieza del lenguaje para quienes se sitúan en una perspectiva revolucionaria, también porque es impensable que pueda tener éxito un movimiento caracterizado por las viejas categorías políticas (véase el tercerinternacionalismo), trituradas por la historia.

La burguesía es hoy la clase dominante, pero va a tientas, no tiene ninguna teoría para entender su propio sistema y esto, a la larga, se convertirá en su perdición. De hecho, no son pocos los burgueses que capitulan ante el comunismo, lo que demuestra que la sabiduría de la futura organización comunista es real. El filósofo Maurizio Ferraris, por ejemplo, destaca algunas de ellas («¿Se puede vivir sin trabajar?»). El capitalismo actual tiene mucha menos energía que el último asalto revolucionario porque los elementos del comunismo están cada vez más desarrollados. En esta situación será mucho más difícil tomar el poder pero mucho más fácil mantenerlo, dijo Lenin sobre una revolución en Europa Occidental, y nosotros lo decimos hoy para todo el mundo. 

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El capital lleva a cabo su propia disolución como modo de producción dominante
 
N+1. Informe de tele-reunión del 6 de julio de 2021

La tele-reunión del martes por la noche, a la que se unieron quince compañeros, se abrió con la noticia de la reducción de la semana laboral en Islandia.

Todo empezó con el programa piloto, iniciado en 2015 y concluido en 2019, que involucró a 2.500 empleados estatales islandeses, contratados en guarderías, oficinas y hospitales. El experimento consistía en permitir a los trabajadores elegir un horario más corto que el habitual de 40/44 horas semanales, por el mismo salario. Los resultados han sido tan alentadores, tanto en términos de productividad como de descenso de los niveles de estrés y de mayor equilibrio entre la vida laboral y la personal, que el 86% de la población activa del país ha pasado a una semana laboral de 4 días.

La noticia del «éxito arrollador» de Islandia ha repercutido en muchos medios de comunicación, pero lo cierto es que la pequeña república nórdica no es la única, y mucho menos la primera en la lista de países que han tomado el camino de la reducción de la jornada laboral. Hace unos años fue Dinamarca la que empezó, estableciendo la semana de 33 horas, luego Finlandia anunció la abreviación de la semana laboral, y poco después el sindicato alemán IG Metall se hizo eco de la medida proponiendo la reducción, a petición individual, de la jornada laboral hasta 28 horas semanales durante un periodo de 24 meses. Experimentos similares al islandés se están llevando a cabo actualmente en varios países, como Gran Bretaña, España y Nueva Zelandia.

A estos intentos se suman las medidas de apoyo a la renta, que en diversas formas (renta básica, subsidios de desempleo, ingreso de ciudadanía, etc.) se están poniendo a prueba ahora en la mayor parte del mundo (véanse las noticias en el sitio web de BIN-Italia). La tendencia en curso nos remite a los puntos enunciados en la reunión de Forli de 1952 (El programa revolucionario inmediato en el Occidente capitalista), en particular aquel que preveía la «reducción drástica de la jornada laboral a por lo menos la mitad de las horas actuales». En ausencia de un movimiento revolucionario que haga suyos estos elementos programáticos, es la propia sociedad la que se encarga de su realización, al menos en parte. Cuando decimos que el comunismo es un hecho material y no un ideal queremos decir justamente esto: más allá de los partidos en el gobierno o de los individuos en el poder, el proceso material avanza de forma imparable.

Sin embargo, en otros lugares la situación parece ser bastante diferente. Por ejemplo en Italia, donde la jornada laboral no se acorta y el tiempo de trabajo se confunde cada vez más con el tiempo de vida. Asistimos tanto a las anticipaciones del futuro (reducción de la jornada laboral) como a una explotación que persiste y se intensifica. Si en esta sociedad la interpenetración del tiempo de trabajo con el tiempo de vida implica que todo se convierta en tiempo de trabajo, en la sociedad futura no sólo será lo contrario, sino que la necesidad de distinguir entre ambos términos desaparecerá por completo. Vivimos en una sociedad de transición, en la que el capitalismo ya ha dejado de funcionar según sus propias leyes; y estamos atravesando fronteras que muestran las contradicciones cada vez más marcadas del actual modo de producción, tan eficaz para organizar un plan de producción como irracional para gestionar el hecho social.

La reducción del tiempo de trabajo y el pago de salarios a los desempleados (léase semana corta y renta básica) no son más que la manifestación superestructural de lo que ocurre en el fondo del capitalismo. Marx escribe en el Fragmento sobre las máquinas, contenido en los Grundrisse:

«El proceso de producción ha cesado de ser proceso de trabajo en el sentido de ser controlado por el trabajo como unidad dominante. El trabajo se presenta, antes bien, solamente como órgano consciente, disperso bajo la forma de diversos obreros vivos presentes en muchos puntos del sistema mecánico, y subsumido en el proceso total de la maquinaria misma, sólo como un miembro del sistema cuya unidad no existe en los obreros vivos, sino en la maquinaria viva (activa), la cual se presenta frente al obrero, frente a la actividad individual e insignificante de éste, como un poderoso organismo.»

Las máquinas, ese conjunto de instrumentos que se va ampliando, son la fuerza más adecuada para representar al Capital. Llevan la productividad a niveles astronómicos y transforman cada vez más rápidamente el elemento humano en un componente insignificante del proceso productivo global. El trabajo muerto se refuerza en detrimento del trabajo vivo y la burguesía se ve obligada, a fin de que no se arruine todo, a poner en marcha factores antagónicos a la caída de la tasa de ganancia, que a la larga se revelan sin embargo ineficaces.

Marx también nos dice que el empleo más adecuado del intelecto general no puede tener lugar en la forma capitalista, sino que sólo puede realizarse plenamente en una forma social superior.

«En la misma medida en que el tiempo de trabajo -la mera cantidad de trabajo- es puesto por el capital como único elemento determinante, desaparecen el trabajo inmediato y su cantidad como principio determinante de la producción -de la creación de valores de uso-; en la misma medida, el trabajo inmediato se ve reducido cuantitativamente a una proporción más exigua, y cualitativamente a un momento sin duda imprescindible, pero subalterno frente al trabajo científico general, a la aplicación tecnológica de las ciencias naturales por un lado, y por otro frente a la fuerza productiva general resultante de la estructuración social de la producción global, fuerza productiva que aparece como don natural del trabajo social (aunque [sea, en realidad, un] producto histórico). El capital trabaja, así, en favor de su propia disolución como forma dominante de la producción.»

El capital se niega a sí mismo a niveles cada vez más altos. Existe, al igual que siguen existiendo los Estados, la policía, los ejércitos, las empresas, etc., pero ¿sigue siendo la forma de producción dominante o es sólo un legado del pasado que está cediendo ante otra cosa?

Los pasajes de Marx que hemos citado son de alto potencial dialéctico, como decía Amadeo Bordiga (Trayectoria y catástrofe de la forma capitalista…). Aquí se concentran y sintetizan al máximo las reflexiones y análisis sobre la interpenetración de la antigua con la nueva forma social. Releyendo estas páginas, queda claro que Marx no es un político ni un filósofo, sino un científico que analiza y describe un devenir histórico, el de las sociedades de clase y su superación. La continua comparación entre dos aspectos del Capital, el aspecto del desarrollo técnico-industrial que domina cada vez más al trabajador y lo subsume dentro del proceso productivo succionando también sus habilidades manuales, y el aspecto de acumulación de todas estas habilidades en un gran cerebro social, nos recuerda que algunas categorías de n+1 ya están contenidas en n. El comunismo no es un hecho ideal sino el devenir de la transformación del proceso productivo, que de una simple agregación de trabajadores independientes se convierte, pasando por la socialización del trabajo, en un proceso científico capaz de invertir la praxis.

En los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, Marx nos dice que este proceso no puede ser analizado únicamente desde el punto de vista social; debe ser estudiado desde el punto de vista general porque, en definitiva, es el devenir de la naturaleza. Nosotros, la especie humana, somos la naturaleza que piensa, que es como decir que la naturaleza ha producido al hombre-industria para así poder pensarse a sí misma. En el Capítulo sexto inédito de El Capital, partiendo de los rasgos permanentes de la producción y el valor, se define el complejo industrial como mediación histórica, como transición hacia un estadio social más evolucionado. La automatización será útil para el trabajo emancipado y es la condición de su emancipación.

La introducción de máquinas cada vez más potentes sirve para aumentar la explotación, es decir, para elevar la productividad del trabajo, pero en un determinado momento la alta automatización se convierte en su contrario, es decir, en la creación de masas de proletarios sin empleo. Los mismos medios de desarrollo que llevaron al capitalismo a su clímax, terminan llevándolo a su disolución. Esto es así, también, porque no es posible extraer tanta plusvalía de unos pocos trabajadores como de muchos, y de alguna manera hay que mantener a quienes se encuentran sin trabajo o se las arreglan con empleos precarios, de lo contrario estallan revueltas y se reduce el consumo.

La tele-reunión terminó con una breve mención al aumento de los contagios en Italia, o más bien al aumento del índice de transmisibilidad (Rt); a lo ocurrido en Canadá tras la ola de calor; a la producción de carne sintética y al aumento en el mercado de la venta de insectos para uso alimentario. Todo ello puede relacionarse con lo escrito en el artículo La pandemia y sus causas (nº 49 de la revista).

6 de julio de 2020

El contagio de la revuelta se extiende... ¡Luchas por doquier!


«Las noches de los molotov» contra los bancos, Líbano, mayo-junio de 2020

Desde que publicamos nuestro anterior texto a finales de marzo,1 el desarrollo de los acontecimientos no ha hecho sino confirmar lo que allí denunciábamos: la guerra contra el coronavirus es una guerra contra el proletariado mundial. La declaración de pandemia fue el chivo expiatorio, una excelente oportunidad y cobertura para ir imponiendo toda una serie de brutales medidas que exige despóticamente la dictadura de la ganancia. Se trata de enchufar al proletariado toda clase de medidas de austeridad, imponer a una parte jornadas de trabajo aún más intensas y extensas a cambio de salarios cada vez más precarios, facilitar los despidos de otra parte, exterminar a las enormes franjas sobrantes de la población, asegurar su implantación por medio del control y el terror, y frenar la oleada de revueltas de 2019 reiniciando un nuevo ciclo de acumulación.

El aislamiento que intenta imponer el capital representa la negación del proletariado como clase revolucionaria, la alienación de su comunidad de lucha, para destruir no sólo su proceso actual de asociacionismo, sino su potencia futura (que ya se evidencia en las luchas actuales). Ese es el verdadero objeto del estado de alarma:2 concretar las necesidades intrínsecas a la relación social capitalista.
Pese a que, en un primer momento, toda esta guerra consiguió paralizar al proletariado, lo cierto es que nuestra clase pronto comprendió en sus carnes de qué trataba la cosa: las condiciones materiales aún peores que sufría por todas partes no eran con motivo de la “pandemia”,3 sino con motivo de las necesidades de valorización del capital.

Los primeros signos de que el proletariado comprendía esta realidad quedaron patentes en las expresiones de lucha que saludábamos en nuestro texto anterior. Los motines y revueltas en las cárceles de numerosos países, las protestas en Hubei, los saqueos y conflictos en Italia o Panamá, la extensión de actos de desobediencia a las medidas del Estado de alarma y confinamiento… Eran las escaramuzas que anunciaban que el proletariado se disponía a retomar la oleada de luchas contra el capitalismo iniciadas en 2019.

Decíamos también que las toneladas de capital ficticio que mantenían, con una importancia cada vez más decisiva, los flujos de capital desde hace décadas, y que ahora se inyectaban masivamente en el intercambio mercantil efectivo, con una creación masiva de signos de valor si ningún respaldo ni límite, crearían una desvalorización sin precedentes, una destrucción de capital de consecuencias imprevisibles que llevarían al proletariado al límite. Líbano, el primer país que vio extenderse en su territorio una revuelta contra el estado de alarma, fue al mismo tiempo el primero que vio cómo su moneda tocaba fondo. El Estado libanés, que se había declarado en quiebra y declarado el impago de la deuda, veía cómo el aumento impresionante de los precios de las mercancías expresaba una drástica reducción del valor que dice representar la moneda (hasta dos tercios). Los proletarios que todavía disponían de algunos miserables billetes con los que podían cubrir parte de sus necesidades básicas (pues la gran mayoría ni eso) veían cómo éstos se evaporaban.

Confinados en sus casas, con la prohibición de todo tipo de reunión y con los milicos recorriendo las calles, la situación se tornó dramática. La perspectiva era agachar la cabeza y aceptar confinados el funeral que le preparaban o apostar por la vida. Una vez más, el proletariado apostó por la vida saliendo masivamente a las calles. Desde entonces, la llama de la revuelta vuelve a iluminar la oscuridad de este mundo, extendiéndose por diversas regiones, rompiendo el confinamiento, las prohibiciones de reuniones y movilizaciones, la represión y todo el paquete de medidas del estado de emergencia. En Irak, Irán, Panamá, Francia, Colombia, Venezuela, EE.UU, etc., se retoma la oleada de luchas iniciadas en 2019 poniendo en cuestión los planes de reestructuración de la burguesía y planteando con fuerza otra “nueva normalidad” a la que la burguesía mundial quiere imponer.
De Líbano a EE.UU…
La “noche de los molotovs” fue el primer revés serio que el capitalismo mundial recibió en su “guerra al coronavirus”. A mediados de abril, las principales ciudades de Líbano experimentaron protestas y enfrentamientos que fueron respondidas con la brutalidad habitual por parte de los milicos. El 26 de abril se baleaba una manifestación, asesinando al joven Fawaz Fouad e hiriendo a treinta manifestantes. Esa misma noche se desató una respuesta imponente del proletariado, en lo que se denominó la noche de los molotovs. Los milicos se vieron desbordados por la ruptura generalizada del estado de emergencia y por la lluvia de cócteles molotovs que reemplazaban a las piedras. Desde entonces, bancos, milicos, comisarías y otras expresiones del capital sufren con cotidianidad el calor de los molotovs mientras desde las ventanas los gritos y las caceroladas apoyan cada incendio y manifestación de nuestra clase.
Pese a que el gobierno trató de desviar la atención anunciando un plan en cinco fases para salir del confinamiento, proclamando el éxito sanitario,4 los proletarios no han dejado de intensificar la revuelta, denunciando que la miserable vida bajo el capital es la verdadera pandemia. El Estado no puede ofrecer otra cosa que balazos, muertos, amputaciones, torturas y miseria, que son respondidos con la extensión de las capuchas y los molotovs, organizando al mismo tiempo expropiaciones y redes de apoyo para el reparto de alimentos y productos básicos.
Pero si en Líbano tuvo lugar la primera revuelta contra el estado de alarma mundial, esta no era más que la cristalización en ese territorio de la lucha internacional del proletariado contra las condiciones de vida que impone el capital.5 Si bien nuestra lucha siempre ha partido de esa realidad, de que independientemente dónde se desarrolle, la misma forma parte de una misma lucha mundial, por las mismas necesidades y contra un mismo enemigo, es cierto que la burguesía despliega todo tipo de recursos e ideologías para aislar, sectorizar, particularizar, nacionalizar, y presentar como diferentes las diversas expresiones de la misma lucha, como si fueran expresiones independientes, como si fuesen ajenas unas de otras y de naturaleza u orígenes diferentes. Pero el desarrollo de la catástrofe capitalista no ha dejado de homogenizar de forma cada vez más brutal las miserables condiciones de existencia del proletariado dificultando las maniobras de la burguesía.
Con la imposición del estado de alarma mundial, el capital daba otro salto cualitativo en esa homogenización. En todas partes las mismas medidas, los mismos sacrificios, el mismo ataque terrorista. La pandemia era la cobertura adecuada para tratar de ocultar la generalización de ese ataque capitalista contra el proletariado,6 la homogenización brutal de nuestras condiciones de vida a nivel internacional.
Ha sido la lucha del proletariado la que ha desenmascarado a la burguesía mundial y ha reconocido a la pandemia como la tapadera para hacerle la guerra, para imponer las necesidades económicas que demanda el capital por encima de las necesidades humanas más básicas. Los proletarios en lucha expresan sin tapujos que las muertes que el capital adjudica al COVID–19 son una anécdota al lado de la masacre diaria en la vida capitalista, y que las condiciones implantadas con el estado de alarma no han hecho más que agudizar. Si, como decimos, en Líbano se cristalizó la primera revuelta desde la imposición del estado de alarma, sintetizando y amplificando las protestas, oposiciones y tentativas que se dieron anteriormente de diversas formas por todo el mundo (en las cárceles, con huelgas —también internacionales como la de Glovo o Amazon—, con saqueos, manifestaciones…), su cristalización en otros muchos lugares expresa el desarrollo de la lucha internacional de nuestra clase.
Sin duda, Irak es otro de los lugares donde la lucha ha asumido niveles formidables. Recordemos que esa región ha sido uno de los bastiones de la lucha en los meses pasados. Tras un primer impasse provocado por el estado de alarma y ciertas concesiones del Estado (puesta en libertad de
presos, investigación de abusos policiales…), las protestas se reanudaron a principios de abril. En esas fechas, varias localidades de la región comenzaron a desafiar el estado de alarma. Bagdag, Diwaniya, Bassora, Nassiruya y Kout fueron algunas de las ciudades donde se desarrollaron duros enfrentamientos con la policía. Pronto las protestas se tornaron revueltas en todo el territorio, colocándose en el punto donde se habían abandonado antes de la imposición del estado de emergencia. La plaza Tahrir de Bagdad volvió a ser uno de los centros de organización de la lucha en la región. Los intentos de asalto a la “zona Verde” (lugar estratégico de la burguesía), las barricadas en los accesos a la zona puente (al–Jumhuriyah), las piedras y los molotovs sobrevolando las cabezas de los milicos y explosionando en bancos, residencias de burgueses, etc., volvieron a preocupar a la burguesía.
Como le preocupa que en Francia se hayan extendido también las protestas, en especial en los suburbios. En Oise, Amiens, Yvelines, Elbeuf, Compiègne…, los proletarios se enfrentan a la policía con barricadas, molotovs y bengalas. En Mulhouse se tomó la calle después de que los antimotines hirieran a un joven de dieciséis años. Como en Ile–de–France, donde se desató la rabia porque un coche policial atropelló y mató a un joven de dieciocho. En otros lugares como Seine–St. Denis organizaron emboscadas a los policías y atacaron símbolos del capital. Para tratar de calmar los ánimos, el Estado francés decidió retirar temporalmente a la policía de los suburbios más calientes.
Pero no solo los suburbios viven jornadas de lucha. Las huelgas se suceden en diversos sectores y empresas (Amazon, Nancy, Deliveroo, basureros, trabajadores sanitarios…), algunas expropiaciones se reproducen en Marsella y Lille, y las prisiones y los centros de detención de migrantes sufren protestas y motines, como Uzerche, en Rennes o Correze, donde los prisioneros destruyeron y quemaron distintas partes de la cárcel y se subieron al tejado.
Hasta en Mayotte (departamento francés en el océano Índico), donde los proletarios se niegan al aislamiento y el encierro y rompen el toque queda, los policías enviados a hacer cumplir el confinamiento son recibidos constantemente con barricadas y piedras. En Bélgica, el Estado se ensaña en los suburbios para frenar la rabia del proletariado, especialmente tras los disturbios por la muerte de un joven en un control policial.
Con la llegada de la revuelta a EE.UU, la lucha internacional ha adquirido nuevos bríos. El asesinato de George Floyd el 26 de mayo por la policía de Minneapolis fue la gota que colmó el vaso. Como un volcán en erupción, los proletarios desataron la furia contenida y saciaron las necesidades que les reprime el capital. Al grito de “¡No puedo respirar!”, nuestra clase se hacía eco de las palabras de Floyd, a la vez que expresaba la imposibilidad de vivir bajo las condiciones sociales que impone el capital. Lo que comenzó en Minneapolis pronto se extendió a todo el territorio de EE.UU y más allá de sus fronteras. Ataques a la policía, incendio y asalto de varias comisarías, saqueos, destrucción de bancos y otras entidades del capital… Conocidos símbolos y estatuas de personajes de la clase dominante fueron golpeados, como estatuas de Churchill, de Cristobal Colón, etc., destruidas o decapitadas en numerosas ciudades, no sólo en EE.UU sino en regiones como Reino Unido o Bélgica. En esta última las protestas y manifestaciones se extendieron a ciudades como Bruselas y Lieja, dejando destruidos y decapitados monumentos históricos en honor al rey Leopoldo II.
La revuelta en EE.UU adquirió rápidamente tal magnitud que hay que retroceder varias décadas para recordar en ese territorio una afirmación semejante del proletariado contra el capital. El Estado tuvo que declarar toques de queda en numerosas ciudades y se movilizó a los soldados de la Guardia Nacional para intervenir. La cantidad de heridos y muertos por la represión sigue avanzando, como en Atlanta, donde la policía acribilló por la espalda a Rayshard Brooks, pero los proletarios lejos de retroceder responden con decisión a cada golpe del Estado.
… pasando por todas partes
Hoy podemos decir, pese a que todavía en numerosas regiones nuestra clase sigue aturdida y sometida a toda la paranoia del miedo difundida por los diversos aparatos del Estado, que las luchas que los proletarios estamos desarrollando de un lugar a otro retoman la confrontación internacional iniciada antes de la imposición del estado de alarma mundial. El proletariado defiende sus necesidades contra las del capital contraponiéndose a sus medidas: enfrentando al estado de alarma, a sus medidas excepcionales, al confinamiento, a los “ajustes”, a lo que la burguesía llama en algunas regiones la “nueva normalidad”,7 etc.
Si bien hemos querido subrayar algunos de los lugares donde la revuelta del proletariado está siendo especialmente importante, ni mucho menos queremos restar importancia a cómo el proletariado está expresando la lucha en otros lugares, tratando de generalizar la revuelta.
Por ejemplo, en Venezuela o Colombia el proletariado expresa su rechazo a sacrificarse a las necesidades del capital mediante la extensión de las protestas, los cortes de calles y los saqueos a mercados o camiones de alimentos, los ataques a las oficinas bancarias… En Panamá, las barricadas y los incendios se enfrentan al ejército en las calles. En Chile, los proletarios retoman poco a poco la lucha que había refluido mediante disturbios como el de Antofagasta o Valparaiso. En Italia, las expropiaciones se han reproducido hasta el punto de que la policía patrulla los supermercados. Grupos de proletarios organizados expropian y reivindican las expropiaciones porque “el dinero para comprar se ha ido”. Las huelgas también se suceden, como la reciente en Whirpool, Nápoles. Así como las manifestaciones en solidaridad con los presos y en contra de las políticas carcelarias. En Alemania, las protestas y manifestaciones contra las medidas implantadas se han venido sucediendo desde finales de marzo, como en Irán y gran parte de Oriente Medio. En Uruguay ha habido manifestaciones durante y contra el confinamiento, como la gran manifestación frente al Palacio Legislativo, y toda clase de resistencia desde diversos barrios acompañada de consignas “¡No nos quieren sanos, nos quieren esclavos!”. O en México, donde se suceden los disturbios, tras la muerte (otra más) de Giovanni López, un joven que un mes antes había sido detenido por no llevar barbijo y asesinado a golpes por la policía en la localidad de Ixtlahuacán de los Membrillos. Las protestas comenzaron el 4 de junio en Jalisco y se extendieron a la capital y otras partes de la región incendiando patrullas, comisarías, el Palacio de Gobierno de Guadalajara y otras expresiones del capital al grito de “¡No murió, lo mataron!”.
Así podríamos seguir, subrayando cómo el proletariado busca afirmar las mismas necesidades, los mismos intereses, frente a un mismo enemigo, frente a una misma condición. La lucha internacional del proletariado está asumiendo diversos niveles de cristalización y fuerza, diversas formas y lugares donde materializarse. En esta situación, y con la perspectiva de consolidación e intensificación de la guerra de clases, uno de los aspectos fundamentales para el avance del proyecto comunista de abolición del capitalismo, del Estado, de las clases sociales, el trabajo y el dinero, es derribar las fuerzas que frenan desde el interior el desarrollo de la perspectiva revolucionaria.
Nos estamos refiriendo a las fuerzas que, ataviadas con falsos ropajes de lucha, nos distraen de nuestros objetivos conduciéndonos por caminos que perpetúan este mundo de muerte, canalizando nuestra potencia. Esas fuerzas se consolidan y desarrollan en base a nuestras propias debilidades, a los propios límites que las luchas contienen. Criticar, denunciar y superar esos límites es una condición imprescindible para la afirmación revolucionaria. No es este el lugar donde profundizar y desarrollar en todos estos límites, que por otro lado hemos ido abordando diversos compañeros y minorías revolucionarias en los últimos años, expresándolos en numerosos materiales, pero sí creemos necesario referirnos brevemente a algunos de los que ostentan protagonismo en la actualidad.
Algunos límites de las luchas actuales
Si bien queremos por un lado difundir la lucha que los voceros del capital tratan de ocultar por todos los medios,8 también queremos subrayar algunas de las debilidades que esta contiene. El objeto no es otro que fortalecer la dirección revolucionaria que contiene nuestra lucha, defender la autonomía de clase respecto a todos los intentos de encuadramiento, división y frentismo. Solo llevando hasta las últimas consecuencias las luchas en proceso, tumbando todos los elementos de contención, no solo los más evidentes, tales como la acción represiva del Estado, sino las más sibilinas y peligrosas, como las ideologías que posibilitan el encuadramiento y la neutralización burguesa, podremos avanzar hacia la destrucción del capitalismo.
La presencia de ideologías parcializadoras que enfocan los problemas sociales como aspectos parciales que pueden solucionarse al margen de la totalidad que los genera y necesita, que crean movimientos específicos para abordarlos, sigue siendo uno de los lastres del proletariado. Haciendo bascular la lucha hacia aspectos parciales, todas esas ideologías son un sostén del capitalismo al alejar la lucha de la raíz del problema. El antirracismo, el feminismo o el ecologismo son algunas de las ideologías parcializadoras más importantes. Todas ellas trasladan la lucha hacia cuestiones interclasistas. Sin embargo, para muchos proletarios representan una lucha y un sentimiento compartido, sea contra el racismo, contra el sexismo o contra la destrucción del planeta. Porque parten de una problemática existente, pero de manera aislada, sin comprender que es el capital quien organiza y gestiona dichas cuestiones. Si bien el machismo, el racismo o la destrucción de un bosque no son el objetivo de ningún burgués, son elementos inherentes a la tasa de ganancia y por tanto necesarios para el capital, y para esos burgueses en su conjunto.9
La falta de demarcación de clase ha sido y es un problema para superar el estado actual de cosas y también para dejar atrás estos movimientos parcializadores y reformistas que solo ven en el Capital, a lo sumo, un problema como los otros. Por tanto, no es necesario agregar la crítica anticapitalista a estas parcializaciones, no se trata de unir lo separado, sino de advertir la dimensión total de la sociedad capitalista en la que vivimos.
Cuando criticamos tal o cual ideología habrá muchos compañeros que se sientan atacados, que no comprendan que lo que estamos atacando es toda una concepción alienante de la lucha. En su propia lucha, el proletariado expresa sus propias debilidades a través de estas cuestiones ideológicas, interclasistas e inmediatistas. Pero de esa misma lucha saca lecciones y directivas, de la cual nuestra crítica no es más que una expresión. Es el proceso por el cual el proletariado se delimita de su enemigo histórico y de las ideologías que la propia vida capitalista afirma, es su proceso de constitución en clase.
Claro que la fuerza de estas ideologías no se constata a nivel individual, sino en el movimiento mismo. Los propios proletarios que luchan contra el capital salen impulsados por sus propias condiciones materiales y en la mayoría de las veces presos de diversas ideologías. Lo decisivo en la lucha es si esas ideologías acaban dominando y canalizando el movimiento o son tumbadas en su propio desarrollo.
En EE.UU hemos sufrido esa ideología parcializadora en forma de antirracismo, tratando de llevar la lucha hacia una cuestión de razas. Pero todo cuestionamiento del racismo que no ataque la base del capital no conduce más que a su reforzamiento, porque no se puede combatir el racismo —ni comprender cómo opera— si no se parte de la crítica profunda al capital. El proletariado en EE.UU ha hecho tambalear esa ideología cuando proletarios de todas las razas han salido a la calle a cuestionar el capital, a imponer sus necesidades, a decirle al capital que no se puede respirar bajo su bota. Sin embargo, la fuerza de esta ideología sigue presente.
Tentativas de repolarización burguesa
La burguesía siempre busca encuadrar la lucha del proletariado en dos bandos que no aspiren más que a metas burguesas y reformistas. No solo le sirve a tal o cual fracción para torcer la lucha del proletariado en favor de sus intereses particulares, sino al capital en general para neutralizar la lucha revolucionaria. El gancho por excelencia siempre ha sido la falsa disyuntiva fascismo–antifascimo. La región española en los años treinta del siglo pasado, nos dio la lección más clara de esta polarización cuando el proletariado revolucionario, que puso en cuestión todas las formas que adoptó el Estado, fue finalmente encorsetado en esa tramposa dicotomía, y acribillado entre (y por) los dos bandos. La llamada segunda guerra mundial fue el corolario de ese encuadramiento aportando dinamismo al capital con el sacrificio de las vidas de millones de proletarios. Hoy, en EE.UU, el Estado vuelve a tratar de canalizar la lucha bajo esos rótulos, al definir a “Antifa” como una organización terrorista. Trata de encuadrar a los manifestantes en esta vieja polarización con ropajes modernos, a la vez que criminalizarlos. Aunque el nombre “Antifa” no refiera a ninguna organización formal determinada y el antifascismo como movimiento es en la actualidad una expresión parcial y minoritaria de los proletarios en lucha, no podemos dejar de apuntar esta tentativa de encuadramiento del Estado burgués.
Pero la polarización que con mayor influencia se está constituyendo en el horizonte, y a la que nos empuja la burguesía de todos los países, es la puja entre las fracciones del capital exacerbándose, con la guerra comercial de fondo, principalmente entre el Estado de EE.UU y el de China. Se intenta encuadrar al proletariado en alguno de los campos burgueses: el Estado chino y ruso se definen contra el poder de los financieros occidentales; los Estados occidentales denuncian a China como la que elaboró el coronavirus, etc.
Se trata de hacernos creer desde un lado que la producción material capitalista se realiza para nuestras necesidades y que hay que defenderla del parasitismo de las finanzas que la oprime, de los bancos, de la élite, del 1 %; desde el otro, se nos intenta vender que la producción material de nuestras necesidades necesita del dinero de las finanzas, que el dinero es una herramienta que puede utilizarse para las necesidades humanas. Pero los dos lados son meras alternancias burguesas. Ambas fracciones (que por otro lado están interconectadas) no son más que dos expresiones del capital, dos formas bajo las que el capital transita en su existencia.
Nosotros tenemos claro que el capital no es solo el banco o el dinero, Rockefeller o Bill Gates, de la misma forma que no es solo la fábrica, la empresa o la mercancía, el gran patrón o el pequeño. Creer que alguna de sus expresiones, por más centrales que sean en coyunturas determinadas o por más poder y presión que puedan ejercer a las otras, son la personificación exclusiva del capital, nos saca del terreno revolucionario al considerar que el capitalismo se suprimiría eliminando simplemente a los patrones, o a las “grandes familias” o inclusive a toda la actual élite financiera mundial. Por supuesto que hay que enfrentarse a todos ellos, pero su poder social viene del capital, que es una relación social, más aún, un sujeto que domina y subsume toda la actividad humana y se materializa y personifica de múltiples formas y niveles. Por eso, el comunismo es un movimiento de transformación social, de supresión y superación de las condiciones existentes.
Perspectiva y necesidad de estructuración internacional
En la situación actual que sufrimos y que el capital nos ha preparado, y la que se viene, uno de los grandes límites que tenemos es la debilidad para estructurarnos y centralizar internacionalmente el combate, organizando y extendiendo el asociacionismo proletario, y sobre todo organizando el poder de la revolución que tiene que oponerse y quebrar el poder del capital. Ese aspecto central de la lucha proletaria, supone ya, ahora más que nunca, nuestra máxima necesidad y su afirmación contiene la cristalización de nuestra potencia revolucionaria.
El capital se está organizando, estructurando, no solo para conseguir el máximo beneficio extrayéndonos hasta la última gota de aliento de nuestras vidas, sino también preparando los mecanismos, legales, policiales, sociales, etc., para reprimir nuestra furia y nuestras luchas. La dictadura democrática del capital se presenta hoy con una transparencia extraordinaria que evidencia, una vez más, la crítica que los revolucionarios siempre hemos realizado y profundizado.10
La única alternativa al presente y al futuro que nos ofrece la burguesía es la respuesta internacional y revolucionaria que el proletariado intenta materializar, pero la misma necesita afirmarse como fuerza organizada unitaria que se contraponga al poder burgués.
Pese a las diferencias existentes en nuestra comunidad de lucha, pese a la heterogeneidad existente en diversos aspectos de la lucha, la base de nuestro accionar es la lucha contra las condiciones que impone el capital, contra el estado de alarma, contra las necesidades de su economía, de sus bancos, de sus empresas… Es en ese terreno donde las diversas heterogeneidades pueden y necesitan tratarse, discutirse, confrontarse. Y es ahí, en el enfrentamiento al orden existente, donde el proletariado traza su unidad, donde la comunidad de lucha tiene el ecosistema desde el que se desarrolla y potencia. Hay muchas formas de expresar las posiciones de clase, y también formas diferentes de percibir los momentos históricos y nuestro papel en ellos, pero como siempre, lo fundamental y de lo que partimos para la organización es lo que hacemos, es la práctica que llevamos adelante. Partimos de la lucha contra las condiciones a las que nos someten, contra las medidas del Estado represor y chupóptero, partimos de la negación, del enfrentamiento directo al capital.
Hoy, podemos ver un nítido ejemplo de todo esto en la lucha que el proletariado está cristalizando contra el estado de alarma mundial y las diferencias en torno a la importancia que se le da al virus entre las distintas expresiones que luchan. Vemos expresiones en lucha de nuestra clase que ponen de relieve los datos que nos da el Estado y denuncian que es un aspecto central de la catástrofe capitalista y del empeoramiento de nuestras condiciones materiales —dando también mucha relevancia al origen del virus—, pero que no los lleva a negar al verdadero objeto que determina el estado de alarma.11 Vemos a otras expresiones que denuncian que todo eso es una exageración del Estado12 para imponer una nueva vuelta de tuerca del capital, que el eje debe estar puesto en las medidas que se amparan tras la declaración de la pandemia y no en la pandemia en sí. Pero más allá de las diferencias, lo importante es que las posiciones se plantean desde la lucha, desde las necesidades, desde la contraposición al capital, desde el enfrentamiento al estado de alarma, al confinamiento y a todas las medidas desplegadas por el capital. Porque es necesario asumir que el estado de alarma (confinamiento y demás medidas) es un estado de guerra contra el proletariado. Independientemente de esas diferencias, esas expresiones comprenden, en forma más o menos clara, que todo lo que han montado los Estados es para las necesidades de valorización y hay que contraponerse a ello.
Por eso, nos encontramos juntos luchando en la calle, conspirando, rompiendo el confinamiento, desobedeciendo, discutiendo, poniendo en cuestión las necesidades de la economía y tratando de imponer las humanas. Es en ese terreno donde siempre el proletariado se organizó y desarrolló su lucha, pero también las necesarias polémicas y discusiones. Tal y como hoy tratamos de hacer pese a las numerosas dificultades existentes. Es en ese terreno donde el proletariado vuelve a sentar las bases para afirmarse como clase revolucionaria a nivel internacional. Seamos consecuentes con ello e impulsemos a todos los niveles la estructuración internacional del proletariado para abolir este viejo mundo.
¡LUCHAS POR DOQUIER… QUE ESA SEA LA NUEVA NORMALIDAD!
CONTRA EL ESTADO DE ALARMA, CONTRA EL CONFINAMIENTO, CONTRA LA NUEVA NORMALIDAD, CONTRA EL CAPITAL Y EL ESTADO.
¡IMPONGAMOS NUESTRAS NECESIDADES HUMANAS!
Proletarios Internacionalistas
28 de junio de 2020

1 Ver “Contra la pandemia del capital, ¡revolución social!” en nuestro sitio.
2 Bajo el rótulo de estado de alarma, de emergencia, etc. nos referimos, claro está, a todas las medidas desplegadas por el Estado: confinamiento, despidos, ajustes, desahucios, terror médico y científico, mascarillas, vacunas, multas, detenciones, disparos, desapariciones, encarcelamientos, inyecciones de capital…
3 Queremos precisar que el término “pandemia” es ya toda una trampa. Es parte del lenguaje científico y tiene su fundamento en tomar un aspecto biológico, como la existencia de un virus, como el factor esencial de una enfermedad. La ciencia, desde su lógica de la separación, ve el virus como una amenaza sobre el ser humano, los animales y su entorno. Su comprensión del mundo, que parte de la racionalidad capitalista, no puede percibir el ecosistema como un todo orgánico, sino como seres aislados que actúan por su cuenta. Pero un virus estudiado en un laboratorio no tiene nada que ver con ese mismo virus en tal o cual ciudad. Un virus desarrollándose y conviviendo como parte equilibrada de una sociedad no tiene nada que ver con lo que haría ese virus en otro lugar, en otra sociedad… Bajo la lupa científica se difuminan elementos mucho más decisivos que el virus, como la forma en la que viven y se relacionan los seres humanos. Teniendo eso en cuenta, en nuestros materiales utilizamos indistintamente el término pandemia con o sin entrecomillado, con o sin matiz. No se trata de entrar en el terreno científico para discutir el uso correcto de esa terminología, cuestionar los criterios científicos que se usan para definir algo como pandemia, sino comprender que el término mismo es una interpretación burguesa de la realidad. En la historia, se ha utilizado esa terminología para dar responsabilidad exclusiva a un virus de tal o cual mal que aquejó a la humanidad ocultando los verdaderos factores decisivos.
4 El Estado libanés ha oficializado apenas una treintena de muertes asociadas a la COVID–19, dato que además deja en claro lo insostenible que es justificar en algunos lugares todas las medidas terroristas de alarma bajo la excusa de la pandemia.
5 Recordemos que Líbano ya había sido uno de los lugares donde la revuelta proletaria de otoño 2019 actuó con más fuerza. La revuelta se contrapuso tanto a Hezbolá, que salió a reprimir, como a la canalización bélica y religiosa que el proletariado de la zona sufre desde hace décadas.
6 Hay Estados como Filipinas que apenas guardan las apariencias. En ese Estado se acaba de aprobar una ley antiterrorista donde toda persona con una simple sospecha por parte de una autoridad policial o militar de estar involucrada en actividades terroristas puede permanecer detenida durante dos meses sin una orden de arresto, y puede ser vigilada otros dos meses a nivel digital y telefónico, lo que significa que cualquier dispositivo conectado a internet, un teléfono, una computadora… son inspeccionados. La formulación legal es de tal magnitud que todo lo que hagan los sospechosos puede considerarse un “acto terrorista” y estará sujeto a las formas y los medios extrajudiciales del Estado.
7 Como si alguna vez hubiéramos abandonado la normalidad capitalista por la irrupción del estado de alarma, cuando en realidad no hemos vivido más que una nueva vuelta de tuerca de la dictadura de la economía contra nuestras vidas. Por su parte, la “nueva normalidad” representa el desarrollo consecuente del estado de alarma que lejos de mejorar las condiciones materiales de vida son el resultado directo de todo lo que está implicando la guerra al coronavirus. Es decir, aún peores condiciones materiales de supervivencia para los proletarios de todo el mundo. Todo se presenta como el lógico desarrollo capitalista de la “vieja normalidad” que la ideología del mal menor añora, presentando como realidades a elegir lo que no son más que momentos de una misma existencia miserable.
8 El ocultamiento de nuestra lucha por parte de los medios no solo consiste en tratar de no mencionar tal o cual revuelta, también consiste, particularmente cuando esa revuelta o protesta no puede ser ignorada por su repercusión, en distorsionarla, fragmentarla, tapar su raíz común.
9 La esclavitud y el tráfico de esclavos tiene por objeto la ganancia, pero el racismo es un elemento inherente para materializarlos. La destrucción del planeta tampoco es un objetivo en sí, pero la maximización de la ganancia solo puede realizarse por ese medio. El sexismo tampoco es una meta per se, sino la forma como el capital consigue reproducirse de manera eficaz. Que todas esas realidades se desarrollen como aspectos de la vida del capital conlleva evidentemente que las mismas se materialicen, expandan y expresen en todas las relaciones humanas de muy diversas maneras. Lo crucial es que la crítica no se quede solo en algunas de esas materializaciones, sino que llegue a la fuente, a la raíz, que sea radical.
10 La democracia no es una forma política, es la forma de vida propia del mundo mercantil generalizado y su esencia es la dictadura del capital, independientemente de que a nivel político se cristalice como gobierno militar, república, monarquía, etc. Recomendamos la lectura del libro de Miriam Qarmat “Contra la democracia”.
11 Es decir, que son parte de la verdadera comunidad de lucha que pelea contra el capital, contra el Estado, contra sus medidas. Queremos aclarar este punto pues nos contraponemos y denunciamos a todos aquellos seudorrevolucionarios que no solo reproducen en su ser el pánico que siembra el Estado, sino que colaboran con él o realizan un apoyo crítico, extendiendo el terror del Estado y favoreciendo la represión. Reivindicándose del comunismo o de la anarquía, esos seudorrevolucionarios siguen al pie de la letra los dictados de Estado, defienden el confinamiento y las otras medidas de control, mirando como sospechosos a los proletarios que se niegan a someterse, a los que se reúnen para luchar, a los que desobedecen al Estado.
12 Lo cual evidencia nuestra imposibilidad de corroborar o refutar estas cuestiones, y muestra cómo nuestras vidas se nos escapan de las manos.
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