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24 de febrero de 2025

[Folleto] Notas Contra el Dominio de la Mercancía

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Este potente y hermoso material de agitación teórica, que lleva por título Notas Contra el Dominio de la Mercancía (Los Amigos de Van der Lubbe, 2016), parte del hecho de que la sociedad capitalista es la sociedad mercantil generalizada, ya que es un sistema social de producción y reproducción de mercancías cuyo fin es obtener un valor excedente (plusvalor) o ganancia en manos de la burguesía, mediante la explotación de la fuerza de trabajo del proletariado, como si de un vampiro se tratase. Explotación basada en la propiedad privada sobre los medios de producción y de vida, que se oculta bajo la forma de salario, en particular, y bajo la forma de compra-venta de bienes y servicios entre ciudadanos iguales en el mercado y ante la ley, en general.

 Así pues, bajo el Capital todas las actividades y relaciones humanas, y hasta las mismas personas, se cosifican y mercantilizan o parecen ser relaciones entre cosas-mercancías, donde éstas terminan dominando y desvalorizando a aquéllas en aras de la valorización del valor y la acumulación de capital. Más claro: en el capitalismo, las mercancías llegan a tener más valor y poder que los propios seres humanos que las produjeron socialmente. Esto es el fetichismo de la mercancía (Marx, El Capital I) o la reificación del nexo social (Marx, Grundrisse). Y el dinero, es su equivalente universal o “la mercancía de las mercancías”, por lo cual el dinero es el Dios de la sociedad burguesa.

De manera que, empezando por el trabajo asalariado ―la única mercancía que valoriza el valor o que produce plusvalor―, la mercancía ―unidad inseparable entre el valor de cambio y el valor de uso, donde el primero subsume o absorbe al segundo― no es una cosa, sino una relación social que, a su vez, es la célula fundamental de la sociedad capitalista. Más claro: la característica específica y esencial de las relaciones mercantiles capitalistas es tener que trabajar para pagar y pagar para vivir, porque en esta sociedad todo “tiene dueño”, es mercancía y, como tal, tiene un precio. En síntesis: el capitalismo es el dominio o la dictadura social de la mercancía sobre la vida.

Por lo tanto, la clave de la revolución comunista es la abolición de la mercancía y su fetichismo en tanto que relación social y, por implicación, la abolición del valor (de cambio y de uso). La comunización es la desmercantilización de las relaciones sociales, empezando por las relaciones de propiedad, producción y distribución. Lo que quiere decir que, sobre la base material de la abolición de la propiedad privada y del trabajo asalariado o, en términos positivos, la posesión común de los medios de producción y la cooperación libre y creativa, en la sociedad comunista la producción y distribución de “cosas” estarán destinadas única y exclusivamente a la satisfacción de las necesidades colectivas sin la intermediación del mercado ni del dinero, porque éstos ya no serán necesarios, al igual que el Estado. Como consecuencia de ello, las relaciones humanas serán directamente tales ―esto es, no cosificadas ni mercantilizadas―, y el tiempo libre para desarrollarlas y disfrutarlas será la mayor riqueza social.

Sí, el comunismo es una sociedad sin clases, sin Estado y, fundamentalmente, sin mercado, sin dinero y sin trabajo asalariado. El comunismo es antimercantil o no es. Por el contrario, los variopintos programas de izquierda ―“gobierno popular”, “Estado socialista”, “socialismo de mercado”, “economía popular y solidaria”, “autogestión y trueque”, etc.― reproducen las relaciones mercantiles capitalistas de forma alternativa y, por tanto, son parte clave de la contrarrevolución en el seno del propio proletariado. Son, en suma, lo que se llama reformismo, socialdemocracia o izquierda del Capital ―incluso si se disfraza de “marxista” o de “anarquista”―, a la cual hay que combatirla con la misma fuerza y contundencia que a la burguesía y su Estado.


 
 

Proletarios Hartos de Serlo
Quito, febrero de 2025

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Relacionados:

·       Cuadernos de Negación N° 3: Contra la sociedad mercantil generalizada (abril de 2010, reedición 2020)

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·       Cuadernos de Negación N° 12: Crítica de la autogestión (noviembre de 2018)

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·       Bordiga y la abolición del valor y el trabajo ― Comunismo Gótico (noviembre de 2024)

1 de mayo de 2022

La autoabolición del proletariado es la clave de la revolución comunista

Cartel elaborado por Argumento Kalashnikov, 1° de Mayo de 2019


El proletariado existe y es de todos los sexos/géneros, «razas», nacionalidades, generaciones, ocupaciones, etc. Hoy en día, bajo el capitalismo en su fase «neoliberal», el proletariado ya no es mayoritariamente fabril, sino de servicios, precario y excedentario. Y lucha como puede todos los días para sobrevivir tanto material como psíquicamente. Su vida es una constante lucha. Pero su vida no le pertenece, le es ajena; mejor dicho, le es enajenada por el trabajo asalariado en sus múltiples formas (manual e intelectual, por tiempo o a destajo, formal e informal, dependiente o «autónomo») para la acumulación de capital y de poder en manos de los dueños de los medios de producción y de cambio, la clase de los capitalistas o la burguesía. La cual, en tanto que clase dominante, no es «la que mueve los hilos de esta sociedad», sino que en realidad sólo es la personificación de la relación social impersonal y fetichista de enajenación y explotación que es el Capital, entendido como valor que se valoriza succionando trabajo vivo (valorización que hoy se encuentra en crisis, pero vigente). Y donde hay explotación y opresión, tarde o temprano hay conflicto. Así pues, los burgueses y los proletarios luchan permanentemente entre sí: los unos por explotar más, los otros por ser menos explotados. Esta lucha de clases es el motor de la sociedad capitalista: de su desarrollo, su reproducción, su crisis, su reestructuración, y también de su posible destrucción y superación. Sin embargo, dado que sostiene a toda esta sociedad con su trabajo, el proletariado sólo es revolucionario cuando lucha por dejar de serlo, por dejar de ser «la gallina de los huevos de oro» y la esclava moderna del Capital; es decir, cuando lucha por su autoabolición como clase explotada y dominada, no por su afirmación y perpetuación como tal en el poder, ya sea desde arriba o desde abajo, pues la experiencia histórica del «socialismo» −tanto «autoritario» como «libertario»− demuestra que ésto último termina reproduciendo el capitalismo con otra apariencia y otros administradores estatales. Por lo tanto, el proletariado es revolucionario o no es nada... nada más que la clase del Trabajo/Capital y una criatura del mercado y del Estado: una gran masa de hombres y mujeres que se la pasa trabajando de lo que sea para sobrevivir como sea, compitiendo y hasta matándose entre sí, cuya sangre alimenta sólo al Capital… pero que también puede darle muerte autoaboliéndose y deviniendo comunidad real de individuos libremente asociados para producir y reproducir sus vidas, desde y para sí mismos, en un modo radical y totalmente diferente y mejor que el modo capitalista. El proletariado es esta contradicción viviente, y sólo la revolución comunista puede abolirla y superarla como tal.

La relación fundamental y transversal de esta sociedad es la relación Trabajo/Capital o la relación de clase: el proletariado está, pues, recíprocamente implicado con el Capital. Además, la relación de clase no excluye, sino que incluye o subsume a todas las otras formas de explotación/dominación: el proletariado es, pues, de todos los sexos, «razas», nacionalidades, edades, identidades, etc. Por lo tanto, al autoabolirse el proletariado −que no en vano es la mayoría de la población− aboliría también a la burguesía como clase dominante y a toda la sociedad de clases, con su valor (la relación o forma social fetichista llamada valor), su mercado, su Estado y sus divisiones o separaciones de todo tipo (con o sin propiedad y dinero, con o sin empleo, profesión y ocupación, nivel de salario y de educación formal, nacionalidad, «raza», sexo/género, generación, identidad, ideología, etc.). Dicho de otra forma, la clave de la revolución social no es «matar a todos los burgueses, policías y fascistas», sino abolir la relación de clase empezando por su base y motor que es el proletariado, porque sin proletariado no hay burguesía, así como sin trabajo asalariado no hay capital. Abolido el esclavo, abolido el amo. Cabe agregar que, dado que la separación es la norma del capitalismo, la unificación del proletariado −obsesión de las izquierdas− sólo se realizará tumultuosamente al calor de sus luchas por su autoabolición, lo que quiere decir al calor de sus luchas autónomas −afuera, en contra y más allá de las izquierdas− por la revolución comunista internacional. Dando paso así a la instauración y el desarrollo imperfecto de la comunidad real y mundial de los individuos asociados libre y directamente como individuos y ya no como clase: una rica o diversa comunidad de comunidades e individualidades, establecida sobre la base de la posesión, uso y disfrute común de todas las condiciones y medios materiales y espirituales de existencia bajo su poder como individuos asociados. Así como también, sobre la base de un nuevo metabolismo social o simbiosis profunda de la especie humana con la naturaleza, el cosmos y la tecnología, cuyo único fin sería el bienestar de su comunidad real.

El comunismo así concebido haría innecesarios el trabajo asalariado (mas no la actividad productiva), las mercancías (ya sólo habría producción de cosas para ser usadas según las necesidades sociales, no vendidas-compradas para lucrar), el dinero, los centros comerciales, las industrias extractivas, los gobiernos, los partidos políticos, los sindicatos, las fronteras nacionales, las guerras, las leyes, los crímenes, las cárceles, las mafias (de todo tipo), la violencia patriarcal, la prostitución, las drogas, los suicidios, los hospitales psiquiátricos, las iglesias, las religiones, los medios de desinformación e ideologización masiva y un largo etcétera. Entonces, produciríamos, distribuiríamos y consumiríamos sólo lo material y espiritualmente necesario para vivir bien en comunidad. Y esto no significa que la sociedad comunista sería el paraíso en la tierra, sino que nos libraríamos de formas sociales fetichistas, enajenaciones aberrantes, sufrimientos absurdos y demás horrores de la sociedad actual; y que resolveríamos los problemas, las contradicciones y los conflictos de los individuos y los grupos de un modo por completo diferente y superior al modo actual. También sería una sociedad en la que el uso de los «recursos», principalmente de la energía, sería realmente sensato o inteligente y realmente ecológico.

Paradójicamente, aquella sociedad sin clases sólo puede ser producida por la misma lucha de clases actual. Sí, desde la perspectiva comunista, el objetivo de la lucha de clases revolucionaria es la abolición de las clases, y por tanto, de la lucha de clases, no su reproducción ni mucho menos su perpetuación bajo otra forma u otro nombre. Y los embriones de este nuevo mundo ya existen dentro del cascarón de este viejo mundo que se está pudriendo; por ejemplo, las prácticas de solidaridad y apoyo mutuo entre hermanas y hermanos de clase en situaciones tanto revolucionarias como no revolucionarias. El capitalismo y la lucha de clases producen su propio sepulturero. El proletariado precisa, pues, potenciar y desarrollar estos embriones de comunismo que emergen en su lucha de clase para poseer y disfrutar una vida de verdad, no una vida ajena y enajenante. Produciendo comunidades de lucha y rupturas revolucionarias en el seno de sus conflictos contra el Capital, en especial en situaciones de crisis revolucionaria o crisis de la relación de clase. Tomando medidas comunistas inmediatas en tales situaciones. Apropiándose y subvirtiendo la producción y reproducción social. Imponiendo por la fuerza las necesidades humanas contra la dictadura social del valor en proceso, y la dictadura de la burguesía llamada democracia, sobre la humanidad proletarizada. Aboliendo las condiciones que le hacen ser una clase explotada y dominada. Aboliendo la relación de clase misma y, por tanto, aboliéndose a sí mismo como clase. Comunizando la sociedad y la vida cotidiana. Reinventando la vida y a sí misma como humanidad a medida que produce el comunismo. 

Todo esto −valga subrayarlo− es un producto potencial de y sólo de la misma lucha de clases. Porque, como dijimos más arriba, los burgueses y los proletarios luchan permanentemente entre sí: los unos por explotar y ganar más, los otros por ser menos explotados y vivir mejor. Mientras los proletarios luchan como pueden por mejores condiciones de trabajo y de vida o por sus necesidades vitales, se topan con los límites impuestos por el Capital, ya que éste no se basa en las necesidades humanas sino en la ganancia y la acumulación. Y también se topan con los límites de su propia condición de clase trabajadora o explotada, en términos de composición, organización, combatividad y consciencia de clase. El desarrollo del mismo capitalismo y de las luchas proletarias rompe estos límites propios y da un brinco o un salto cualitativo, no siempre, sino principalmente en situaciones de crisis revolucionaria, que son producidas de manera dialéctica y contingente por dicho desarrollo: al calor de sus luchas contra el Capital, las y los proletarios radicalizan y generalizan sus reivindicaciones, crean nuevas formas de organización y, sobre todo, crean comunidades de lucha y nuevas relaciones entre ellas y ellos… o no. Entonces, así como la lucha de clases produce y reproduce a las clases como sujetos, así también al luchar contra el Capital, contra su condición de clase explotada y, fundamentalmente, al romper y superar los propios límites de sus luchas como tal −límites visibles sobre todo en las revueltas, las insurrecciones y las revoluciones/contrarrevoluciones−, el proletariado puede producir el comunismo, no por tal o cual ideología (ultra)izquierdista, sino por apremio o necesidad vital concreta, ya que el mismo devenir del capitalismo y la lucha de clases produce situaciones-límite en las que el proletariado ya no puede −ni quiere− seguir reproduciéndose en cuanto tal.

Entendiendo por comunismo no una utopía, una ideología ni mucho menos ese capitalismo de Estado dependiente del mercado mundial mal llamado «comunismo» (URSS, China, Corea del Norte, Cuba, etc.), sino el movimiento real que destruye y supera las relaciones sociales capitalistas −fundamentalmente la propiedad privada, la división del trabajo, la mercancía, el valor, el salariado, la relación proletariado/Capital y el Estado−, sustituyéndolas por relaciones sociales comunistas −relaciones solidarias y libres no mercantiles ni jerárquicas entre los individuos−. La revolución comunista es este proceso histórico-mundial de comunización o no es nada... nada más que la crisis y reestructuración del capitalismo y la lucha de clases, bajo diferentes y desiguales formas, grados y ritmos de desarrollo en distintas épocas y territorios. Porque las revueltas y las revoluciones que no triunfan, terminan fortaleciendo al capitalismo, incluso si se disfraza de lo contrario. Pero éste, a su vez, experimenta crisis de valorización cada vez más profundas y ampliadas, debido a sus contradicciones estructurales. Generando entonces nuevas luchas proletarias donde reaparece el fantasma del comunismo. Todo este proceso contradictorio y contingente no se produce en círculo sino en espiral, hasta llegar a límites económicos, ecológicos y civilizatorios realmente catastróficos, como los que existen hoy en día en todo el planeta y nos ponen realmente en riesgo de extinción.

Por consiguiente, tanto quienes romantizan o alaban al proletariado y al trabajo sea desde la derecha (empresarios, políticos, ciudadanos de bien, etc.) sea desde la izquierda (marxistas-leninistas que quieren «tomar el poder para desarrollar las fuerzas productivas», anarquistas autogestionistas, etc.), como quienes niegan su existencia desde el delirio discursivo postmoderno, son objetivamente contrarrevolucionarios, aunque piensen y digan lo contrario, porque no luchan por abolirlo sino por conservarlo como clase explotada y dominada, como clase del Trabajo/Capital, relación de producción y reproducción social cuyo progreso está acabando con la biósfera y con nuestra especie. Los comunistas revolucionarios, en cambio, no estamos orgullosos de ser proletarios o esclavos modernos ni de que la mayoría de la humanidad lo sea. Al contrario: estamos hartos de esta condición histórica y socialmente impuesta que sólo nos produce miseria diaria y creciente en todos los aspectos. Por eso necesitamos y deseamos vivir como individuos libremente asociados y plenamente desarrollados, en comunidad humana real y en equilibrio real con la naturaleza y la tecnología. No por carencia ni fantasía, sino para desplegar toda nuestra potencia vital inmanente en común, cuyas bases materiales ya están dadas y desarrolladas, contradictoria y catastróficamente, por el mismo capitalismo. Por lo tanto, proletarios de todos los países: ¡luchemos por dejar de serlo, sin salvadores ni intermediarios! ¡Abajo el proletariado, viva el comunismo!

Desde luego, hacerlo es mil veces más difícil que decirlo. Y todavía faltan muchas crisis y reestructuraciones capitalistas, y muchas luchas y generaciones proletarias más, para hacerlo, aunque en un tiempo cada vez más corto y acelerado como lo es el periodo histórico actual: periodo de crisis de valorización y de revueltas proletarias y populares que no llegan a ser una crisis revolucionaria todavía. Producto de la experiencia de millones de proletarios de todo el mundo durante los dos últimos siglos, la teoría comunista sólo es una herramienta que registra, sintetiza, expresa y prevé esta potencia revolucionaria del proletariado para autoabolirse como tal y producir el comunismo; y que también se convierte en un arma material cuando toma arraigo en las masas de explotados y oprimidos que luchan por ello, porque no olvidemos que el comunismo no es un bello ideal sino un movimiento real. Potencia revolucionaria que ha sido demostrada de hecho en las luchas proletarias de todas las épocas y latitudes, sobre todo durante los últimos ciclos de luchas en todo el mundo; pero que hasta la fecha no se ha podido imponer como nueva sociedad, sino hasta que la realidad sea tan insoportable que, llegando a tratarse de una cuestión de vida o muerte, las y los proletarios de todas partes y particularidades no tengamos más opción real y masiva que luchar por revolucionarlo todo de raíz para dejar de ser la contradicción viviente que actualmente somos y no extinguirnos como especie, sino vivir una vida que merezca ese nombre.

Unos Proletarios Hartos De Serlo

Quito, 1° de Mayo de 2022

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4 de septiembre de 2020

Apunte sobre Pannekoek y Bordiga

Gilles Dauvé. Francia, 2003

Tomado de Escritos para la Emancipación

Anton Pannekoek (Holanda, 1873-1960)

Aunque Lenin atacó a ambos en su obra El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, Pannekoek consideraba a Bordiga como una extraña marca de leninista, y Bordiga catalogaba a Pannekoek como una mezcla desagradable de marxismo y anarcosindicalismo. En realidad, ninguno se interesó realmente por el otro, y las izquierdas comunistas “alemana” e “italiana” se dieron casi por completo la espalda. Uno de los objetivos de este apunte es demostrar que esta actitud fue un error.

Hace apenas unos años, pocos habían oído hablar de Pannekoek (1873-1960). Sus ideas y su proceder empiezan a ser objeto de atención porque en la actualidad se están reproduciendo las condiciones de su época –pero con diferencias sustanciales que nos obligan a corregir sus puntos de vista–.

Aunque Pannekoek era holandés, la mayor parte de su actividad tuvo lugar en Alemania. Fue uno de los pocos socialistas de los países desarrollados que mantuvo viva la tradición revolucionaria anterior a 1914. Pero sólo adoptó posturas radicales durante y después de la guerra. Su obra de 1920 Revolución mundial y táctica comunista es una de las mejores obras de aquella época. Pannekoek comprendió que el fracaso de la Segunda Internacional no era achacable a su estrategia, sino que la propia estrategia hundía sus raíces en la función y la forma de la Segunda Internacional. La Internacional estaba adaptada a una fase concreta del capitalismo en la que los trabajadores exigían reformas económicas y políticas. Para hacer la revolución, el proletariado tenía que crear órganos de otro tipo que permitieran superar la vieja dicotomía partido/sindicato. Pannekoek no pudo evitar un enfrentamiento con la Internacional Comunista [I. C.] en torno a este asunto. En primer lugar, porque los rusos nunca habían entendido del todo la naturaleza de la vieja Internacional, y eran partidarios de organizar a los obreros desde arriba, sin apercibirse del vínculo entre la “conciencia socialista” de Kautsky introducida en las masas y la postura contrarrevolucionaria de Kautsky; en segundo lugar, porque el Estado ruso deseaba contar con partidos de masas en Europa capaces de ejercer presión sobre sus gobiernos para que llegaran a acuerdos con Rusia. Pannekoek era partidario del núcleo comunista auténtico existente en Alemania. Pronto fue derrotado dicho núcleo y aparecieron diversos grandes partidos comunistas en Occidente. La izquierda comunista quedó reducida a pequeños grupúsculos divididos en diferentes facciones.

A principios de la década de 1930, Pannekoek y otros intentaron definir el comunismo. Ya a principios de la década anterior habían denunciado el carácter capitalista de Rusia. Ahora volvían al análisis del valor realizado por Marx. Sostenían que el capitalismo es producción para la acumulación de valor, mientras que el comunismo es producción para el valor de uso, para la satisfacción de las necesidades sociales. Pero debe existir alguna forma de planificación: sin la intervención del dinero, la sociedad tendrá que organizar un riguroso sistema de contabilidad a fin de llevar la cuenta de la cantidad de tiempo de trabajo contenida en cada mercancía producida. Una contabilidad exacta evitará que nada se desaproveche. Pannekoek y sus amigos tenían razón al volver al valor y sus implicaciones. Pero se equivocaron al buscar un sistema racional de contabilidad en el tiempo de trabajo. Lo que proponen, en realidad, es que impere el valor (puesto que el valor no es más que la cantidad del tiempo de trabajo social necesario para producir una mercancía) sin la intervención del dinero. Cabe añadir que Marx atacó esta idea en 1857, al principio de los Grundrisse. Pero al menos las izquierdas comunistas alemana (y holandesa) pusieron el acento en el corazón de la teoría comunista.

Durante la guerra civil alemana, de 1919 a 1923, los obreros más activos habían creado nuevas formas de organización, en particular lo que ellos denominaban “uniones”[i], o a veces “consejos”, aunque la mayoría de los consejos obreros existentes eran reformistas. Pannekoek desarrolló la idea de que estas formas organizativas eran importantes, incluso vitales para el movimiento, como opuestas a la forma tradicional de partido. Fue entonces cuando el comunismo consejista atacó al comunismo de partido. Pannekoek continuó desarrollando este aspecto de modo más completo hasta que, acabada la Segunda Guerra Mundial, publicó Los Consejos Obreros, donde expone con detalle una ideología puramente consejista. La revolución queda reducida a un proceso democrático de masas, y el socialismo a la autogestión obrera, materializada en un sistema colectivo de contabilidad del tiempo de trabajo: en otras palabras, valor sin su forma dineraria. El problema es que, lejos de ser un simple instrumento de medida, el valor es la savia del capitalismo. En cuanto a los revolucionarios, divulgar la teoría, hacer circular información y dar cuenta de lo que hacen los obreros. Pero no deben organizarse de forma permanente en un grupo político, intentar trazar una estrategia ni actuar conforme a ella, pues podrían convertirse en los nuevos líderes obreros y, más tarde, en la nueva clase dirigente.

Del análisis de Rusia como un régimen de capitalismo de Estado, Pannekoek pasó al análisis de quienes actúan, en los países capitalistas, en calidad de representantes de los obreros desde dentro del capitalismo, y antes que nadie, los sindicatos.

Pannekoek conocía las formas de resistencia directa del proletariado contra el Capital y comprendió el triunfo de la contrarrevolución; pero no interpretó correctamente el contexto general del movimiento comunista: su fundamento (transformación del trabajador en mercancía), su lucha (acción centralizada contra el Estado y el movimiento obrero existente) y su objetivo (creación de nuevas relaciones sociales en las que desaparezca cualquier forma de economía como tal). Desempeñó un importante papel en la reformulación del movimiento revolucionario. Nuestra tarea consiste en acotar los límites de su aportación para integrarla a continuación en una nueva formulación general de la teoría subversiva.

Amadeo Bordiga (Italia, 1889-1970)

Bordiga (1889-1970) vivió en una situación diferente. Al igual que Pannekoek, que había combatido el reformismo antes de la guerra e incluso abandonó el partido socialista holandés para crear uno nuevo, Bordiga pertenecía a la izquierda de su partido. Pero no fue tan lejos como Pannekoek. En la época de la Primera Guerra Mundial, el partido italiano tenía ínfulas radicales, y no había posibilidad alguna de que se produjera una escisión. Incluso se oponía a la guerra, si bien de una forma más bien pasiva.

Cuando se fundó el Partido Comunista Italiano en 1921, éste rompió con el ala derecha del viejo partido y también con su sector centrista, lo cual desagradó a la Internacional Comunista. Bordiga era el dirigente del partido. Se negó a participar en las elecciones, no por una cuestión de principios sino por razones tácticas. En ocasiones se puede recurrir a la actividad parlamentaria, pero nunca cuando la burguesía la utiliza para desviar a la clase obrera de la lucha de clases. Más tarde, Bordiga escribió que no se oponía a utilizar el Parlamento como tribuna cuando tuviera ocasión. Por ejemplo, al principio del período fascista era lógico intentar utilizarlo como tribuna. Pero en 1919, en pleno proceso revolucionario, cuando la insurrección y sus preparativos estaban a la orden del día, la participación en unas elecciones suponía convalidar las mentiras y conceptos erróneos burgueses sobre la posibilidad de un cambio por vía parlamentaria. Este era un asunto importante para Bordiga, a cuyo grupo, adscrito al partido socialista, se le había llamado “la facción abstencionista”. La Internacional Comunista discrepaba de esta línea. Al considerarlo una cuestión de táctica y no de estrategia, Bordiga decidió obedecer a la I. C., ya que creía que la disciplina era necesaria en un movimiento de aquellas características. Pero mantuvo su postura.

La táctica del frente único era otra manzana de la discordia. Bordiga pensaba que el hecho mismo de invitar a los partidos socialistas a la acción común crearía confusión entre las masas y disimularía la oposición acérrima de estos contrarrevolucionarios al comunismo. Esto contribuiría, asimismo, a que en el seno de algunos partidos comunistas que no habían roto verdaderamente con el reformismo brotaran tendencias oportunistas.

Bordiga se oponía a la consigna de gobierno obrero, que no hacía más que crear confusión en la teoría y en la práctica. En su opinión, la dictadura del proletariado era un elemento necesario del programa revolucionario. Pero, a diferencia de Pannekoek, se negó a explicar estas posiciones como una degeneración del partido y del Estado rusos. Creía que la I. C. estaba equivocada, pero la consideraba comunista, a pesar de todo.

A diferencia de la I. C., Bordiga adoptó una postura clara con respecto al fascismo. No sólo consideraba al fascismo como una forma más de dominación burguesa –como la democracia– sino que creía que no se podía elegir entre ellas. Este asunto ha sido objeto de numerosos debates. Se suele distorsionar la postura de la izquierda italiana. Los historiadores consideraban con frecuencia a Bordiga responsable de la llegada de Mussolini al poder. Incluso se le ha acusado de indiferencia ante los sufrimientos infligidos al pueblo por el fascismo. Bajo la óptica de Bordiga, desde el punto de vista de la revolución no es cierto que el fascismo sea peor que la democracia, ni que la democracia cree mejores condiciones para la lucha de clases proletaria. Aun considerando a la democracia como un mal menor, sería estúpido e inútil apoyarla para evitar el fascismo: la experiencia italiana (y más tarde la alemana) demostraba que la democracia no sólo se había visto impotente para frenar al fascismo sino que había recurrido a él para salvarse. Temerosa del proletariado, la democracia engendraba el fascismo. La única alternativa al fascismo era, por tanto, la dictadura del proletariado.

La izquierda –los trotskistas, por ejemplo– esgrimió posteriormente otro argumento para apoyar la política antifascista. El Capital necesita del fascismo: ya no puede ser democrático. Por consiguiente, si luchamos por la democracia, estamos luchando en realidad por el socialismo. Así justificaron muchos izquierdistas su actitud durante la Segunda Guerra Mundial. Pero así como la democracia engendra al fascismo, el fascismo engendra la democracia. La historia ha demostrado que lo que Bordiga sostuvo en el plano teórico se ha materializado en la práctica: el capitalismo sustituye a uno por el otro, la democracia y el fascismo se van sucediendo el uno al otro. Ambas formas se entremezclan desde 1945.

Desde luego, la I. C. no podía tolerar la oposición de Bordiga, y entre 1923 y 1926 perdió el control del Partido Comunista Italiano[ii]. Aunque no estaba completamente de acuerdo con Trotsky, se puso de su lado contra Stalin. En la reunión del Comité Ejecutivo de la I. C. celebrada en 1926, Bordiga arremetió contra los dirigentes rusos: esta fue probablemente la última vez que alguien atacó públicamente a la I. C. desde dentro a tan alto nivel. De cualquier modo, en este punto es importante constatar que Bordiga no calificó a Rusia de Estado capitalista ni a la I. C. de organismo degenerado. No rompió realmente con el estalinismo hasta pasados unos años.

Bordiga estuvo en prisión desde 1926 hasta 1930, y durante la década de 1930 se alejó de la acción política del exilio, extremadamente activa. Aquellos años estuvieron dominados por el antifascismo y los frentes populares que desembocaron en los preparativos para una nueva guerra mundial. La diminuta izquierda italiana en el exilio sostenía que la guerra que se avecinaba sólo podía ser imperialista. La lucha contra el fascismo por la vía del apoyo a la democracia era vista como la preparación material e ideológica para esa nueva guerra.

Una vez comenzada la guerra, quedaba poco espacio para la actividad comunista. Las izquierdas italiana y alemana adoptaron una postura internacionalista, mientras que el trotskismo decidió apoyar a las potencias aliadas contra el Eje. Para entonces, Bordiga aún se negaba a definir a Rusia como Estado capitalista, pero nunca accedió –como sí hizo Trotsky– a apoyar a nadie que fuera aliado de la Unión Soviética. Nunca abogó por la defensa del “Estado Obrero”. Hay que tener en cuenta que cuando Rusia, junto con Alemania, invadió Polonia en 1939 y llevó a cabo su partición, Trotsky afirmó que aquello era positivo ¡porque orientaría las relaciones sociales en Polonia hacia el socialismo!

En 1943 Italia cambió de bando y nació la República, lo cual abrió una oportunidad para la acción. La izquierda italiana creó un partido. Estaba convencida de que el fin de la guerra acarrearía luchas de clases de naturaleza similar a las que se habían visto al final de la Primera Guerra Mundial. ¿De verdad pensaba así Bordiga? Al parecer, comprendió que la situación era completamente diferente. La clase obrera estaba ahora totalmente sometida al Capital, que había conseguido enrolarla bajo la bandera de la democracia. En cuanto a los perdedores (Alemania y Japón), serían ocupados y controlados por los vencedores. Pero Bordiga no se enfrentó realmente al sector optimista de su grupo, y se atuvo a esta línea hasta su muerte. Tendía a mantenerse apartado de la actividad (y el activismo) de su “partido”, y se mostraba mucho más interesado en la comprensión y explicación de la teoría. De este modo contribuyó a despertar y perpetuar ilusiones que él rechazaba. Su partido perdió la mayor parte de sus militantes en pocos años. A finales de la década de 1940 la militancia era tan exigua como antes de la guerra.

La mayor parte de la obra de Bordiga fue de carácter teórico. Buena parte de ella giró en torno a Rusia. Bordiga demostró que Rusia era capitalista y que su capitalismo no difería en lo sustancial del occidental. La izquierda alemana (o ultraizquierda) se equivocó en este punto. Para Bordiga, lo importante no era la burocracia sino las leyes económicas esenciales a las que la burocracia tenía que obedecer. Estas leyes eran las mismas que las descritas en El Capital: acumulación de valor, intercambio de mercancías, tasa de ganancia decreciente, etc. Aunque es cierto que la economía rusa no adoleció de superproducción, ello se debía a su retraso. Durante la Guerra Fría, cuando muchos comunistas consejistas presentaron a los regímenes burocráticos como un nuevo y posible modelo futuro de evolución capitalista, Bordiga previó que el dólar americano penetraría en Rusia y acabaría resquebrajando los muros del Kremlin.

La ultraizquierda creía que Rusia había cambiado las leyes básicas explicadas por Marx. Cargaba las tintas sobre el control de la economía por la burocracia, a lo que oponía la consigna de la autogestión obrera. Bordiga afirmó que no era necesario un nuevo programa; que la autogestión obrera era un asunto secundario; que los obreros sólo podrían gestionar la economía si se abolían las relaciones de mercado. Por supuesto, este debate trascendió los límites de un simple análisis de Rusia. Esta concepción quedó clara a finales de la década de 1950.

Bordiga escribió diversos estudios sobre algunos de los textos fundamentales de Marx. En 1960 dijo que la totalidad de la obra de Marx era una descripción del comunismo. Éste es, sin duda, el comentario más profundo que se haya hecho sobre Marx. Igual que Pannekoek había regresado al análisis del valor hacia 1930, Bordiga volvió a él treinta años después. Pero lo que Bordiga formuló fue una visión global del desarrollo y dinámica del intercambio desde su origen hasta su muerte con el comunismo.

Mientras tanto, Bordiga defendía aún su teoría del movimiento revolucionario, que contenía una interpretación errónea de la dinámica interna del proletariado. Bordiga creía que los obreros se unirían primeramente en el plano económico, y modificarían la naturaleza de los sindicatos, para llegar a continuación al plano político, gracias a la intervención de la vanguardia revolucionaria. Es fácil observar en este punto la influencia de Lenin. El pequeño partido de Bordiga entró en los sindicatos (es decir, los sindicatos controlados por los Partidos Comunistas) en Francia y en Italia, pero sin resultado alguno. Aunque lo desaprobaba en mayor o menor grado, nunca adoptó públicamente una postura contraria a tan desastrosa línea de acción.

Bordiga mantuvo vivo el núcleo de la teoría comunista, pero no consiguió desprenderse de las tesis de Lenin, esto es, de las tesis de la Segunda Internacional. Inevitablemente, su acción y sus ideas tenían que ser contradictorias. Pero no es difícil entender, con la perspectiva del tiempo, todo lo que de válido tenía –y tiene– el conjunto de su obra.

Pannekoek entendió y explicó la resistencia del proletariado frente a la contrarrevolución en el plano más inmediato. Vio a los sindicatos como un monopolio de capital variable, similar a los monopolios ordinarios que concentran capital constante. Describió la revolución como la toma de control de la vida por parte de las masas, en contraposición a la concepción productivista, jerárquica y nacionalista del “socialismo” estalinista y socialdemócrata (de la que participan en gran medida el trotskismo y, ahora, el maoísmo). Pero no entendió la naturaleza del Capital, ni la naturaleza de la transformación que traería consigo el comunismo. En su forma extrema, según lo explicó Pannekoek al final de su vida, el comunismo consejista deviene un sistema organizativo en el que los consejos desempeñan la misma función que la que Lenin asigna al “partido”. Pero sería un grave error identificar a Pannekoek con su peor etapa. De cualquier forma, la teoría de la autogestión obrera no se puede aceptar, especialmente ahora que el Capital propone, en su búsqueda de nuevas vías de integración de los trabajadores, la participación conjunta en la gestión de la producción.

Es aquí donde radica la importancia de Bordiga: para él, toda la obra de Marx tiene como objetivo describir el comunismo. El comunismo existe potencialmente dentro del proletariado. El proletariado es la negación de esta sociedad. Al final se sublevará contra la producción de mercancías por pura supervivencia, porque la producción de mercancías significa su destrucción, incluso física.

La revolución no es una cuestión de conciencia, ni una cuestión de gestión. Esta visión distingue sobremanera a Bordiga de la Segunda Internacional, de Lenin y de la Internacional Comunista oficial. Pero nunca consiguió trazar una línea entre el presente y el pasado. Ahora podemos hacerlo.

Notas:

[i] En este contexto, la palabra alemana “unión” no tiene nada que ver con los sindicatos (que son llamados Gewerkschaften en alemán). De hecho, las “uniones” combatieron a los sindicatos.

[ii] Cuando aún tenía la mayoría, dimitió a favor de Gramsci, contrariando las normas.

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Relacionados:

Anton Pannekoek (1873-1960) por Paul Mattick

Amadeo Bordiga (1889-1970) por Philippe Bourrinet

29 de julio de 2020

[Libro] Capitalismo y Comunismo – Gilles Dauvé

Nuevo Título de Lazo Ediciones. Rosario-Argentina. Junio 2020
Texto fundamental para la formación teórica revolucionaria


«Cualquier definición económica del comunismo permanece dentro del ámbito de la economía, es decir, de la separación del tiempo y el espacio productivo del resto de la vida. El comunismo no se basa en la satisfacción de las necesidades tal como existen ahora o incluso como podríamos imaginarlas en el futuro. Es un mundo en el que las personas establecen relaciones y se involucran en actos que les permiten alimentarse, cuidarse, alojarse y enseñarse… a sí mismos. El comunismo no es una organización social. Es una actividad. Es una comunidad humana.»

«El comunismo no es un programa a realizar o hacer realizar, sino un movimiento social. Los que desarrollan y defienden el comunismo teórico no tienen sobre el resto de la humanidad más que la ventaja de una comprensión y capacidad de expresión más clara y rigurosa; pero, al igual que los demás que no se dedican especialmente a la teoría, tienen la necesidad práctica del comunismo. En este sentido, no tienen ningún privilegio, no aportan el saber que desencadenará la revolución, pero, por otra parte, no tienen ningún miedo de tomar la iniciativa. La revolución comunista, como toda revolución, es producto de condiciones de existencia y deseos reales. Los puntos desarrollados en este texto nacen de contradicciones sociales y luchas prácticas que nos ayudan a discernir las posibilidades de una nueva sociedad en medio y en contra de la monstruosidad y la fascinación por lo viejo.

El comunismo no es un ideal a ser realizado: existe ahora, no como modos de vida alternativos, zonas autónomas o comunidades anti‑sistema que serían gestadas en esta sociedad para finalmente convertirla en otra, sino como como un esfuerzo, como una tarea que preparar(se). Es el movimiento que tiende a abolir las condiciones de existencia determinadas por el trabajo asalariado, y que las abolirá solamente a través de la revolución.

No vamos a refutar aquí a los Partidos Comunistas, ni a las diversas variedades de socialistas, izquierdistas, etc., cuyos programas claman por la modernización y la democratización de todo cuanto existe en el mundo actual. El punto con ellos no es que sus programas no vayan lo suficientemente lejos, sino que se mantienen dentro de los límites de la sociedad actual: son programas capitalistas.»

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La presente edición contiene una nueva traducción de Capitalismo y Comunismo y hemos agregado: En este mundo pero no de este mundo (traducción: Anarquía y Comunismo), Comunización (traducción: Barbaria) y El renegado Kautsky y su discípulo Lenin (traducción: Ediciones Espartaco Internacional)

Contenido:

• EN ESTE MUNDO, PERO NO DE ESTE MUNDO
Para los vencedores, el botín 
Volver a la URSS 
La megamáquina 
Clase y lucha de clases 
Entonces, ¿dónde están esos proletarios? 
Desde Marx hacia el Marxismo 
Capital y trabajo hoy 
No existe un capitalismo ecológicamente reformado 
El proletariado como contradicción 

• CAPITALISMO Y COMUNISMO
El trabajo asalariado como relación social 
El valor como destructor… y promotor de la comunidad 
La mercancía 
El Capital 
Un mundo de empresas 
Capitalismo burocrático (o de “Estado”) 
Crisis 
Proletariado y revolución 
Comunismo como el final de la economía y el trabajo 
Comunización 
Los Estados y cómo eliminarlos 
¿Democracia? 
Ábrete camino (hacia el otro lado) 

• COMUNIZACIÓN
Unas pocas palabras sobre esta palabra 
En síntesis 
¿Es un programa? 
«La auto‑emancipación del proletariado es el colapso del capitalismo» 
¿Una novedad? 
¿Transición? 
Violencia y destrucción del Estado 
¿Quién? 
Revolución de la vida cotidiana 
Futuros distantes y “aquí y ahora” 
¿Los comunes? 
Comunidad 
Sin dinero 
Crítica de sobremesa 
Escasez vs. abundancia: ¿Prometeo desencadenado? 
Igualdad 
Universalidad 
La contradicción ineludible 

• EL RENEGADO KAUTSKY Y SU DISCÍPULO LENIN