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16 de abril de 2023

¿Qué hacer?

Endnotes (2011)
 
Tomado de libcom. Traducido por F. Corriente (texto publicado en el volumen colectivo editado por Benjamin Noys Communization and its Discontents, Autonomedia, 2011)

Omnia Sunt Communia: Todo es de Todos

Últimamente el término «comunización» se ha convertido en algo así como una consigna de moda. A ello han contribuido varios factores, el más destacado de los cuales ha sido la popularidad de diversos textos, entre los que el más influyente con diferencia ha sido La insurrección que viene, asociado a la revista francesa Tiqqun, y a los «9 de Tarnac», que obtuvieron el dudoso prestigio de hallarse en el centro de un escándalo «terrorista» de envergadura. También ha sido un factor relevante la voluble literatura producida por la oleada de luchas estudiantiles de California en el otoño de 2009 (inspirada en parte por tales textos franceses) [1]. La confluencia en esta literatura californiana de un lenguaje modulado por tiqqunismos típicamente grandilocuentes por un lado, y de conceptos parcialmente procedentes de las obras de una ultraizquierda francesa más marxista (así como la oportuna presencia en ambos puntos de referencia de un término relativamente inusitado, «comunización») por otro, ha contribuido a la aparición de un discurso un tanto mitológico en torno a esta palabra. La comunización en cuestión aparece como relevo para consignas de moda ligeramente más venerables (como «autonomía») y al menos tiene a su favor la chispa de lo nuevo, un cosquilleo de inmediatismo radical, y el apoyo de cierta literatura francesa de tono elocuente. Esta comunización es, en cualquier caso, una encarnación nueva y difusa de la sencilla idea de que la revolución es algo que tenemos que hacer aquí y ahora, por nuestra cuenta, y casa muy bien con los sentimientos de un anarquismo insurreccionalista ya existente.

Ahora bien, en todos los sentidos salvo en el más abstracto, esta comunización no es la misma comunización sobre la que han estado debatiendo durante aproximadamente treinta años los oscuros grupos comunistas que dieron mayor contenido a dicho término, pese a que exhiba ciertos vestigios de los rasgos de su predecesora y a que quizá pueda ser iluminada por sus teorías. Por supuesto, la «comunización» nunca ha sido la propiedad privada de tal o cual grupo. Ocupa, al menos, un lugar menor en el léxico general de la tradición de la izquierda como proceso de convertir en comunal o común. Últimamente hay quien empieza a hablar, con intención de darles un significado similar, de procesos en curso de «puesta en común». Pero tales conceptos generales no tienen interés en sí mismos, y si tratáramos de adivinar algún contenido común en el amasijo de teorías y de prácticas agrupadas bajo esos términos lo único que obtendríamos sería la más pobre de las abstracciones. Por tanto, aquí solo nos ocuparemos de los dos empleos de la palabra que están en liza en el discurso actual sobre la comunización: el que procede de textos como La insurrección que viene, y el que procede de los escritos de Troploin, Théorie Communiste y otros comunistas franceses post-sesentayochistas. Nuestra propia noción de comunización procede fundamentalmente de estos últimos escritos —en particular de los de Théorie Communiste (TC)— y a continuación vamos a esbozarla. Da la casualidad de que ambos usos proliferaron en Francia, desde donde se infiltraron en los debates anglófonos de los últimos años, y que en ese proceso nosotros desempeñamos cierto papel. Ahora bien, sería un error considerar esta coincidencia como indicio de la existencia de un único debate francés sobre la comunización, o de una tendencia «comunizadora» continua en el seno de la cual los autores de La insurrección que viene y TC, por ejemplo, representarían posiciones divergentes. Lo que estos usos tienen en común, a lo sumo, es que puede decirse que remiten a una cierta insistencia en la inmediatez a la hora de concebir cómo se produce una revolución comunista. Pero, como veremos más adelante, una de esas «inmediateces» no es igual que la otra, y la pregunta que hay que hacerse es: ¿qué mediaciones son las que están ausentes?

Si a menudo el tono del texto que sigue será polémico, no es porque nos complazca criticar a gente ya sujeta a un maltrato muy público por parte del Estado francés, que los ha acusado de «terroristas» basándose en el raquítico alegato de que han escrito un libro y cometido un acto de sabotaje de poca monta: es porque los debates de larga data tocantes al concepto de comunización (debates en los que hemos participado) se han visto falsamente asociados con las teorías presentadas en textos como La insurrección que viene y Llamamiento, y por tanto corren peligro de perderse en la insidiosa niebla levantada por estos textos [2]. Lo que está en juego no son sólo estos textos, sino la recepción anglófona general de la «comunización». Por tanto, ha sido preciso hacer la distinción: la «teoría de la comunización» de la que ahora se habla en la «anglosfera» es en buena medida una entidad imaginaria, un artificio fruto de la recepción anglófona de obras diversas que no guardan relación entre sí. Sin duda, la limitada disponibilidad de obras relevantes en lengua inglesa, y la práctica simultaneidad con la que algunas de ellas han sido dadas a conocer de forma más amplia ha contribuido a la confusión. Una cierta predisposición tradicional en relación con Francia, su teoría y su política, seguramente aportó no poco. La «anglosfera» tiene una curiosa tendencia a acoger todo canto del gallo galo como pistoletazo de salida para encerrarse en el cobertizo del jardín y poner manos a la obra a sus propias confabulaciones teóricas; si a esto le sumamos además un escándalo político de envergadura, es prácticamente incapaz de contener la emoción.

Ahora bien, no sólo pretendemos polemizar desde el punto de vista de una teoría alternativa. En la medida en que es posible entender las circunstancias concretas que dan lugar a textos como este, no se trata solo de teorías incorrectas. Lo que presentan más bien son fragmentos parciales, jirones, de un momento histórico captado por el pensamiento. En su intento de aferrarse al movimiento general de la relación de clase capitalista, la teoría comunista puede arrojar luz sobre el carácter de tales momentos, y por tanto sobre los constructos teóricos que engendran. Y al hacer tal cosa, también puede poner de manifiesto sus límites, elisiones y contradicciones internas. En la medida en que tales constructos son un síntoma del carácter general del momento histórico, interrogarlos puede sonsacarles algo acerca del carácter de la relación de clase en su conjunto.

Si la comunización remite a una cierta inmediatez en el modo en que se produce la revolución, eso no supone que adopte para nosotros la forma de una receta práctica; la «comunización» no implica una orden de comenzar a hacer la revolución inmediatamente, ni tampoco de hacerla de forma individual. Lo que está en juego más bien es la cuestión de qué es la revolución: «comunización» es el nombre de una respuesta a esta pregunta. El contenido de esa respuesta depende necesariamente de aquello que hay que superar: es decir, la reproducción de la relación de clase capitalista y el complejo de formas sociales que esta reproducción implica: la forma-valor, el capital, la distinción de géneros, la forma-Estado, la forma-derecho, etc. Ante todo, semejante superación ha de ser necesariamente la autoabolición directa de la clase obrera, ya que cualquier otra cosa dejaría al capital y a su complaciente socio uno en brazos del otro, listos para continuar con el baile de la acumulación. La comunización significa el proceso de esta autoabolición directa, y es en función del carácter directo de esta autoabolición que cabe decir que la comunización supone una cierta «inmediatez».

Suele oponerse la comunización a la noción tradicional de un período de transición que siempre debía de tener lugar después de la revolución, en el que el proletariado, tras haberse apoderado de la producción y/o del Estado, podría realizar el comunismo. Partiendo del fundamento de la existencia continuada de la clase obrera, el período de transición sitúa la auténtica revolución en un horizonte borroso y al mismo tiempo perpetúa aquello que se supone que tendría que superar. No se trata para nosotros de un problema estratégico, ya que estas cuestiones han sido zanjadas por la evolución histórica: el final del movimiento obrero programático, la desaparición de la identidad obrera positiva y la ausencia de cualquier forma de poder obrero en el horizonte. Ya no es posible imaginar una transición al comunismo sobre la base de una victoria previa de la clase obrera en tanto clase obrera. En la actualidad, permanecer fiel a concepciones consejistas o leninistas de la revolución es utópico; es medir la realidad con arreglo a constructos mentales desprovistos de toda actualidad histórica. La lucha de clases ha sobrevivido al programatismo, y su horizonte actual está habitado por formas diferentes. Dado el carácter cada vez más superfluo de la clase obrera para la producción, su tendencia a quedar reducida a mera población excedente, y la índole consiguientemente evanescente de la forma-salario como punto de encuentro fundamental entre los circuitos gemelos de la reproducción, concebir la revolución en términos de poder obrero equivale a engañarse uno mismo. Con todo, sigue siendo la clase obrera la que ha de abolirse a sí misma [3].

Para nosotros, la comunización no remite a ningún proceso positivo generalizado de «compartir» o de «puesta en común»: remite a la ruina revolucionaria concreta de las relaciones de propiedad que constituyen la relación de clase capitalista. Difícilmente puede considerarse que compartir como tal (en el supuesto de que ello signifique algo en absoluto) entrañe la ruina de las relaciones capitalistas, pues es fácil demostrar que diversas formas de «compartir» o de «poner en común» desempeñan un importante papel en el marco de la sociedad capitalista y que no obstaculizan en modo alguno la acumulación capitalista. Es más, a menudo son indispensables para (e incluso constitutivas de) esa acumulación: bienes de consumo compartidos en el seno de las familias, riesgos compartidos a través de los seguros, recursos compartidos en el interior de las empresas, conocimiento científico compartido a través de publicaciones académicas, normas y protocolos compartidos entre capitales rivales porque reconocen su conveniencia para todos los interesados. En tales casos, aquello que se posee en común, sin contradicción, es la contrapartida de una apropiación. Como tal, una dinámica comunizadora entrañaría la ruina de esas formas de «compartir», del mismo modo que supondría la ruina de la apropiación privada. Y aunque haya quienes valoren un intercambio que facilita cierto nivel de subsistencia más allá de lo permitido por el salario, en un mundo dominado por la reproducción de la relación de clase capitalista, tales prácticas sólo pueden darse en los márgenes de esta reproducción, en tanto medios de supervivencia alternativos o suplementarios, y como tales, en sí mismas no son revolucionarias.

La comunización es un movimiento a nivel de la totalidad mediante el que dicha totalidad se suprime. La lógica del movimiento que suprime esa totalidad difiere necesariamente de la lógica que opera a nivel de individuos o grupos concretos: ni que decir tiene que ningún individuo o grupo puede superar la reproducción de la relación de clase capitalista por medio de sus propias acciones. La determinación de un acto aislado como «comunizador» emana sólo del movimiento global del que forma parte, no de dicho acto en sí mismo y, por tanto, sería erróneo considerar la revolución como una suma de iniciativas comunizadoras ya en sí mismas, como si lo único que hiciera falta fuese cierta acumulación de tales iniciativas hasta alcanzar un punto crítico. La concepción de la revolución como una acumulación semejante se basa en una extensión cuantitativa supuestamente capaz de acarrear una transformación cualitativa. En este sentido, esa concepción recuerda estrechamente a la problemática del desbordamiento de las luchas cotidianas hasta desembocar en la revolución, que fue uno de los rasgos más destacados de la era programática [4]. Frente a estas concepciones lineales de la revolución, la comunización es producto de un desplazamiento cualitativo dentro de la dinámica de la propia lucha de clases. La comunización se da sólo en el límite de una lucha, en la brecha que se abre cuando la lucha llega a su límite y se ve impulsada más allá. Así pues, la comunización tiene pocos consejos positivos que dar acerca de la práctica concreta e inmediata en el aquí y ahora, y desde luego no puede recetar técnicas particulares, como el desbloqueo de cerraduras o la quiropraxis, como otras tantas vías a través de las cuales los sujetos insurreccionalistas llegan al paraíso [5]. Los pocos consejos que puede dar son sobre todo negativos: las formas sociales que implica la reproducción de la relación de clase capitalista no van a transformarse en instrumentos de la revolución, porque forman parte de lo que hay que abolir.

La comunización, por tanto, no es una forma de práctica revolucionaria prefigurativa del tipo a la que aspiran a ser diversos anarquismos, ya que no tiene ninguna existencia positiva con anterioridad a una situación revolucionaria. Si bien es posible considerar que en cierto sentido la dinámica de la relación de clase capitalista actual plantea la cuestión de la comunización, ésta aún no se presenta directamente como una modalidad de práctica o como un conjunto de individuos en posesión de las ideas correctas en torno a dicha práctica. Esto no quiere decir que debamos limitarnos a aguardar la comunización como una suerte de acontecimiento mesiánico: más aún, ni siquiera es una opción, pues la participación en la dinámica de la relación de clase capitalista no es algo de lo que podamos abstenernos o, ya puestos, que podamos escoger. La participación en la lucha de clases no es cuestión de una práctica política que pueda elegirse arbitrariamente desde un punto de vista contemplativo. Las luchas exigen nuestra participación aunque todavía no se presenten como la revolución. La teoría de la comunización nos alerta sobre los límites inherentes a estas luchas, y desde luego está atenta a las posibilidades de que surja una verdadera ruptura revolucionaria, no tanto a pesar de esos límites como precisamente debido a ellos. Para nosotros, por tanto, la comunización es una respuesta a la pregunta de qué es la revolución. Se trata de una pregunta que —dada la quiebra evidente de las viejas nociones programáticas, sean izquierdistas, anarquistas o de ultraizquierda— adopta una forma histórica específica: ¿cómo se va a producir la superación de la relación clase capitalista, puesto que es imposible que el proletariado se afirme como clase pero hemos de seguir enfrentándonos al problema de esta relación? No obstante, textos como Llamamiento o La insurrección que viene ni siquiera plantean correctamente la pregunta acerca de qué es la revolución, porque en dichos textos el problema ya se ha desvanecido en un miasma conceptual. En esos textos, la revolución no será realizada por ninguna clase existente ni sobre la base de ninguna situación real, material e histórica; será realizada por «amistades», por «la constitución en fuerza de una sensibilidad», por el «despliegue de un archipiélago de mundos», por el «otro lado de la realidad», por el «partido de la insurrección», pero ante todo por esa positividad eternamente presente y amorfa: nosotros. Se ruega al lector que tome partido por este «nosotros» —el «nosotros de una posición»—, que se sume a la inminente desaparición de «el capitalismo, la civilización, el imperio, lo que se quiera». En lugar de una relación concreta y contradictoria, tenemos por un lado a «quienes quieren escuchar» el llamamiento, y por el otro a aquellos que no quieren escucharlo; a los que perpetúan «el desierto» y a los que poseen «una disposición a las formas de comunicación de una intensidad tal que arrebaten al enemigo, ahí donde se establezcan, la mayor parte de sus fuerzas». A pesar de sus protestas en sentido contrario [6], ¿suponen estas declaraciones algo más que la autoafirmación de un medio autodesignado como radical?

En esta encarnación más insurreccionalista, la comunización aparece como respuesta a una pregunta histórica real. Sin embargo, en este caso la pregunta es el «¿qué debemos hacer?» planteado por el fin de la oleada de luchas que tuvo por centro al movimiento antiglobalización [7]. Los autores reconocen correctamente la imposibilidad de desarrollar una autonomía real ante «lo que se posee en común» dentro de la sociedad capitalista, pero con todo, el agotamiento del medio activista de los black-blocks que iban de cumbre en cumbre hace imperativo para éste hallar nuevas prácticas en las que participar u organizar una retirada elegante. Por tanto, hay que repensar la «Taz¥», la alternativa, la comuna, etc., pero con la crítica del alternativismo in mente: hay que organizar la secesión, sí, pero esta secesión también debe comportar la «guerra» [8]. Puesto que esos espacios presuntamente liberados no pueden ser estabilizados al margen de «el capitalismo, la civilización, el imperio, lo que se quiera», hay que volver a concebirlos como parte de la expansión y generalización de una amplia lucha insurreccional. Siempre y cuando esa lucha tenga éxito, estas alternativas habrán probado, a fin de cuentas, que no eran imposibles; su generalización ha de ser la condición de su posibilidad. Es esta dinámica de generalización la que se identifica como una dinámica «comunizadora», entendiendo la comunización poco más o menos que como la formación de comunas en el seno de un proceso que no se detendrá hasta que el problema de la alternativa haya sido resuelto, dado que entonces ya no tendrá que ser una alternativa. Y todo esto sin ninguna idea clara de lo que ha de desbaratarse por medio de esta dinámica. La complejidad de las relaciones sociales reales y la dinámica real de la relación de clase son despachadas con una floritura de prestidigitador en beneficio un puñado de abstracciones insulsas. Satisfechos de que el nosotros de la revolución no necesite ninguna definición real, todo aquello que hay que superar se atribuye al «ellos», entidad que puede permanecer igualmente abstracta, un nobodaddy* genérico mal definido (el capitalismo, la civilización, el imperio, etc.) que ha de ser desbaratado —en los peores momentos de Llamamiento— por Los Auténticos que han forjado amistades «intensas» y que todavía sienten de verdad pese a lo malvado que es este mundo.

Ahora bien, el problema no puede residir sólo en este «ellos», pues eso eximiría fundamentalmente al «nosotros de una posición» de la dinámica revolucionaria. Todo lo contrario: en cualquier superación real de la relación de clase capitalista, somos nosotros mismos quienes debemos ser superados; «nosotros» no tenemos ninguna «posición» al margen de esa relación. Lo que somos está constituido de cabo a rabo por ella, y lo que necesariamente constituirá el horizonte de nuestras luchas es la ruptura con la reproducción de aquello que somos. Para la clase obrera ya no es posible identificarse de forma positiva y aceptar su condición de clase como la esencia de lo que es; ahora bien, sigue marcada por la simple facticidad cotidiana de su pertenencia de clase al afrontar, en el capital, la condición de su existencia. En este período, el «nosotros» de la revolución no se afirma ni se identifica de forma positiva porque no puede hacerlo; no puede afirmarse contra el «ellos» del capital sin afrontar el problema de su propia existencia, una existencia cuya superación constituirá el contenido de la revolución. En la relación de clase capitalista no hay nada que afirmar: ninguna autonomía, ninguna alternativa, ningún exterior, ninguna secesión.

Una premisa implícita en textos como Llamamiento y La insurrección que viene es que si nuestra pertenencia de clase alguna vez fue una condición vinculante, ahora ya no lo es. Podemos rechazar esa pertenencia aquí y ahora, situarnos fuera del problema mediante un acto inmediato de autoafirmación. Es posible que el hecho de que el medio asociado con Tiqqun y La insurrección que viene no haya sido el único en desarrollar teorías basadas en esta premisa a lo largo de la última década sea significativo. En textos como Communism of Attack and Communism of Withdrawal [9], Marcel y el grupo de Batko, con el que ahora está asociado, ofrecen una variante mucho más sofisticada. En lugar de las autovalorizaciones de la movida insurreccionalista, en este caso la teoría emerge como un autonomismo reelaborado e imbuido de un revoltijo heterogéneo de teoría esotérica (marxista y de otras tipoclases), pero en última instancia los presupuestos formales son los mismos [10]. Considerando la inmanencia de la reproducción de la relación de clase como un sistema cerrado sin ningún fin concebible, Marcel postula la necesidad de un momento puramente externo y trascendente, la «retirada» sobre la base de la cual los comunistas pueden lanzar un «ataque». Ahora bien, en este mundo, ¿qué otra cosa podría significar semejante «retirada» salvo la formación voluntarista de una especie de medio «radical» que el Estado tolerará con mucho gusto, siempre y cuando se abstenga de manifestar —a fin de justificar su reproducción continuada dentro de la sociedad capitalista— la clase de combatividad que encontramos en La insurrección que viene?

Insistir, frente a esto, en la total inmanencia de la relación de clase capitalista, en nuestra completa imbricación con el capital, no supone resignarnos a una totalidad monolítica y cerrada que no puede hacer sino reproducirse a sí misma. Por supuesto, así parece cuando se parte del presupuesto del sujeto concebido de forma voluntarista: para tal sujeto, la totalidad de las relaciones sociales reales no puede consistir sino en el despliegue mecánico de un proceso puramente exterior. No obstante, este sujeto es una forma social históricamente concreta, perpetuado él mismo a través de la lógica de la reproducción de la relación de clase, al igual que su complemento. Dado que no es insensible a la problemática de este sujeto, La insurrección que viene comienza con el repudio del Yo = Yo de Fichte, que considera ejemplificado por el eslogan de Reebok «Yo soy lo que soy». En este caso el «yo» es una imposición del «ellos», una especie de forma neurótica administrada «que se busca imprimir en nosotros» [11]. El «nosotros» consiste en rechazar esta imposición y reemplazarla por una concepción de las «criaturas entre las criaturas, singularidades entre nuestros semejantes, carne viva tejiendo la carne del mundo» [12]. Sin embargo, el «nosotros» que rechaza esta imposición sigue siendo un sujeto voluntarista, su repudio del «yo» sigue sin ser más que un repudio, y su sustitución por términos de apariencia más interesante no resuelve el problema. Al considerar la imposición del «yo» sobre sí como algo unidireccional y puramente exterior, el «nosotros» postula otro yo, más verídico, que se encuentra más allá del primero, un yo que realmente le es propio. Este yo auténtico —«singularidad», «criatura», «carne viva»— no tiene que concebirse forzosamente de forma individualista, pero sigue siendo un sujeto voluntarista que se considera autosuficiente a sí mismo, y a la objetividad que lo oprime como algo meramente superpuesto. En la fase actual, la vieja abstracción del sujeto egoísta experimenta una extraña mutación bajo la forma del insurreccionalista —sujeto auténticamente stirneriano— para el que no sólo es posible liberarse de la pertenencia de clase mediante una autoafirmación voluntarista, sino también de la misma imposición del «yo». Ahora bien, pese a que nuestra pertenencia de clase sea inafirmable —una mera condición de nuestro ser en nuestra relación con el capital— y aunque el «yo» abstracto forme parte de la totalidad que ha de superarse, eso no significa que se pueda abdicar de ninguna de las dos de manera voluntaria. Estas formas sólo se pueden superar mediante la ruina revolucionaria de esta totalidad.

La prioridad otorgada a una concepción táctica determinada es una de las principales consecuencias y determinantes de esta posición. Se acude a la teoría para que legitime una práctica que no se puede abandonar, y el resultado es un dualismo: el «nosotros» voluntarista y la objetividad impasible que constituye su contrapartida necesaria. A pesar de sus cacareadas pretensiones de haber superado la «política clásica», en última instancia estos textos conciben la revolución en calidad de dos fuerzas contrapuestas: el nosotros que «se organiza» y todas las fuerzas desplegadas en su contra. El pensamiento táctico se convierte entonces en guía y norma de este «nosotros», y ha de mediar sus relaciones con un objeto que permanece exterior. En lugar de un ajuste de cuentas teórico con la totalidad concreta que ha de superarse en todas sus determinaciones o una reconstrucción del horizonte real de la relación de clase, lo que tenemos es un resquebrajamiento de la totalidad en dos abstracciones fundamentales y un simple conjunto de exhortaciones y recetas prácticas cuya verdadera función teórica es volver a relacionar a estas abstracciones entre sí. Por supuesto, ni Llamamiento ni La insurrección que viene se presentan directamente como «propuestas teóricas». Llamamiento, en particular, intenta eludir las cuestiones teóricas apelando desde el principio a la «evidencia», que «no es una cuestión de lógica, ni de razonamiento», sino más bien aquello que «está del lado de lo sensible, del lado de los mundos», aquello que se tiene «en común» o «distingue». El objetivo aparente de estos textos es articular un clamor pasional —realizar un inventario inmediato y preteórico de motivos para rebelarse contra este mundo malo, malísimo— en función del cual la gente se una a los autores para hacer la insurrección. Sin embargo, esta proclamación de inmediatez disimula una teoría que ya ha mediado de antemano, que ha preconstruido lo «evidente», y cuyos compromisos originarios (compromisos que impiden toda comprensión de la situación real) los ha contraído con el «nosotros» que tiene que hacer algo y con su «ellos» paternal. Una teoría que se muda en la sola descripción de lo que tenemos que hacer fracasa ante su propia tarea, ya que al renunciar a su punto de vista específico como teoría abandona la posibilidad de comprender realmente no sólo aquello que hay que superar, sino también lo que entraña dicha superación.

La teoría comunista no parte de la posición falsa de una especie de sujeto voluntarista, sino de la superación postulada de la totalidad de las formas implícitas en la reproducción de ese sujeto. Como mero postulado, esa superación es necesariamente abstracta, pero sólo a través de esa abstracción fundamental puede asumir la teoría como contenido propio las formas determinadas a superar, que destacan en su determinación precisamente porque se ha postulado su disolución. Esta postulación no es sólo una cuestión de metodología o una especie de postulado necesario de la razón, pues la superación de la relación de clase capitalista no es un mero constructo teórico. Más bien se anticipa al pensamiento, al ser postulada incesantemente por la relación misma; en tanto antagonismo, ésta es su propio horizonte, la presencia negativa real de la que es portadora. La teoría comunista es fruto de esta relación antagónica y piensa necesariamente en el interior de la misma; es el pensamiento de la relación de clase y se capta a sí misma como tal. Intenta reconstruir conceptualmente la totalidad que constituye su fundamento a la luz de la superación ya postulada de dicha totalidad, para extraer de ella la superación tal como se presenta aquí. Dado que es una relación que no posee ningún estado «homeostático» ideal, sino que siempre se encuentra más allá de sí misma, dado que el capital afronta en todo momento el problema del trabajo —incluso cuando resulta victorioso— el pensamiento adecuado de esta relación no es el de una especie de estado de equilibrio o el de una totalidad autopostulada sin fricciones: es el de una relación fundamentalmente imposible, algo que sólo existe en la medida en que está dejando de ser, una relación internamente inestable y antagonista. La teoría comunista no tiene necesidad, por tanto, de un punto de apoyo arquimédico exterior desde el que tomarle la medida a su objeto, ni la comunización necesita una perspectiva trascendente de «retirada» o «secesión» desde la que lanzar su «ataque».

La teoría comunista no ofrece una respuesta alternativa a la pregunta de «¿qué podemos hacer?», porque la abolición de la relación de clase capitalista no es algo sobre lo que se pueda decidir. Por supuesto, en ocasiones los individuos y grupos concretos que constituyen las clases que forman esta relación se enfrentan necesariamente a esa pregunta; sería absurdo sostener que plantear esa pregunta fuera en sí mismo de algún modo «erróneo»: en tanto abolición directa de la relación de clase capitalista, la teoría de la comunización jamás podría invalidar esos momentos. Los individuos y los grupos evolucionan en el seno de la dinámica de la relación de clase y de sus luchas, orientados hacia el mundo tal y como éste se presenta. No obstante, a veces se encuentran inmersos en un momento en el que la fluidez de este movimiento se interrumpe, y han de reflexionar y determinar cuál es la mejor forma de continuar. Es entonces cuando irrumpe el pensamiento táctico, con sus separaciones distintivas, como síntoma de una interrupción momentánea en la experiencia inmediata de la dinámica. Cuando este pensamiento táctico emergente no desemboca en la superación del problema, y la continuidad de la participación en luchas públicas se presenta por el momento como problema insuperable, el individuo o el grupo se ven arrojados a la perspectiva contemplativa de una relación puramente exterior con su objeto, incluso cuando se esfuerzan por reanudar un vínculo práctico con éste.

En Llamamiento y La insurrección que viene este dilema básico adquiere forma teórica. Replegándose desde los momentos culminantes de una oleada de luchas, se plantea la cuestión táctica; a continuación, cuando esta oleada remite todavía más —y con ella el contexto que suscitó la pregunta inicial— la teoría expresa un punto de vista totalmente contemplativo, aun cuando al mismo tiempo haga violentos aspavientos exigiendo acción. Su objeto se vuelve absolutamente exterior y trascendente, a la vez que su sujeto queda reducido a autoafirmaciones frágiles y apenas veladas, y el «lo que tenemos que hacer» que ofrece se reduce a una trivial lista de técnicas de supervivencia dignas de las series televisivas al uso. En el momento en que nació Tiqqun, cuando las estructuras del viejo movimiento obrero se hallaban ya a sus espaldas y el terreno de actuación se había convertido en una «globalización» indeterminada (el horizonte de un capitalismo liberal triunfante) la pertenencia de clase se presentaba como algo que ya se había dejado de lado, una mera piel que se había mudado, y en consecuencia, también se había vuelto cada vez más difícil identificar al capital como el otro polo de una relación intrínsecamente antagonista. Aquí reside el contenido históricamente específico representado por estos textos: la indeterminación del objeto del antagonismo, la relación voluntarista con la totalidad construida en torno a dicho antagonismo y la indiferencia ante la cuestión de clase y su superación. El «desierto» sobre el que Tiqqun construyó sus castillos de arena era el horizonte árido y anodino de un capitalismo financiarizado y finisecular. Al emprender la marcha en este desierto, incapaz de captarlo como un momento transitorio de la dinámica de la relación de clase, Tiqqun jamás podría haber previsto la crisis actual y las luchas que ésta ha traído consigo.

El «¿qué vamos a hacer?» planteado por el final de la oleada de luchas que tuvo como centro al movimiento antiglobalización ya pasó; en el momento actual hay poca necesidad de andar en busca de consejos prácticos para el restablecimiento de una práctica insurreccionalista o de justificaciones teóricas para replegarse sobre medios «radicales». Es una cruel ironía histórica que el Estado francés haya descubierto en este punto de vista —que se define precisamente por su impotencia frente a su objeto, su referencia fundamental a un momento pasado— la amenaza del «terrorismo» y de una «ultraizquierda» a la que vale la pena aplastar aún más. Y lo es también que mientras ese Estado dedica sus atenciones a las efusiones desafiantes y melancólicas de un insurreccionalismo estancado e implica a sus infelices protagonistas en un escándalo «terrorista» de alto nivel, en el seno de la relación de clase capitalista global se estén produciendo movimientos tectónicos mucho más importantes y mucho más amenazantes para la sociedad capitalista.

En estos momentos la clase obrera mundial está siendo sometida a un ataque muy manifiesto a medida que los funcionarios del capital intentan estabilizar un sistema mundial continuamente al borde del desastre, y no ha tenido necesidad de arengas insurreccionalistas para «poner en marcha» su respuesta. La jerga de la autenticidad tiqqunista acompañó al estallido de las ocupaciones estudiantiles en California, pero por supuesto, no se trataba de las luchas de una «comunización» insurreccional librada de forma voluntarista en el desierto frente a algún «ellos» indefinido: esas luchas fueron una respuesta coyuntural concreta a la forma que había adoptado la crisis actual al golpear al estado californiano, y al sistema de enseñanza superior en particular. Se trataba de una situación que exigía resistencia, pero sin que existiera ninguna sensación de que las reivindicaciones reformistas tuviesen significado alguno; de ahí la retórica de «nada de reivindicaciones» que caracterizó a la primera oleada de estas luchas. Al mismo tiempo, por supuesto, la comunización no se presentaba como una posibilidad directa, y tampoco había ninguna otra dinámica ostensiblemente revolucionaria en el orden del día inmediato. Atrapadas entre la necesidad de la acción, la imposibilidad del reformismo, y la ausencia de todo horizonte revolucionario, estas luchas adoptaron la forma de una generalización transitoria de ocupaciones y acciones para las que no podía existir ninguna noción clara de lo que habría supuesto «vencer». Fue la ocupación temporal y sin reivindicaciones de espacios en el transcurso de estas luchas lo que acabó identificándose con la «comunización». Sin embargo, dada la ausencia de cualquier posibilidad inmediata de comunización real, el lenguaje de antaño (la «Taz», la «autonomía», etc.) habría sido más apropiado para caracterizar estas acciones. Si bien este lenguaje era, hace diez años, el del ala «radical» de los movimientos, en California este florecimiento de espacios autónomos fue la forma que adoptó el movimiento mismo. De forma perversa, fue el propio anacronismo de la problemática tiqqunista el que permitió que ésta repercutiera en el seno de un movimiento que había adoptado dicha forma. Si la «comunización» de Tiqqun es una reinvención insurreccionalista de la «Taz», de la «autonomía», etc., formulada en el límite del momento histórico que produjo esas ideas, en California se encontró con un movimiento finalmente conforme a tales ideas, pero sólo en tanto respuesta bloqueada —y no obstante necesaria al mismo tiempo— a la crisis.

A raíz de este movimiento bloqueado la «comunización» ha llegado a ser poco menos que indiscernible de lo que la gente solía llamar «autonomía» y se ha convertido en uno de los últimos términos (junto a los de «huelga humana», «partido imaginario», etc.) en incorporarse a la jerga de una sensibilidad angloamericana fundamentalmente ininterrumpida. Esta sensibilidad siempre estuvo caracterizada por una proclividad a la autoafirmación abstracta y voluntarista (en Tiqqun no hace más que verse reflejada a sí misma) y por tanto no debería extrañar en absoluto que aquí la «comunización» sea, de forma correspondiente, abstracta, voluntarista, y autoafirmativa. Este acceso de la «comunización» a la vanguardia de la radicalidad chic probablemente tenga escasa relevancia en sí mismo, pero el movimiento principal que hasta ahora ha hallado su voz en este idioma es más interesante, pues el punto muerto en el que se encuentra no se debe a una mera falta de programa o de reivindicaciones, sino que es uno de los síntomas de la incipiente crisis de la relación de clase. Lo que viene no va a ser una insurrección tiqqunista, pese a que Glenn Beck [13] crea haber identificado una en los levantamientos árabes. Si la comunización se manifiesta en la actualidad, es en el sentido palpable de un punto muerto en la dinámica de la relación de clase; esta es una época en la que el final de dicha relación se cierne perceptiblemente en el horizonte mientras el capital se topa con crisis a cada paso y la clase trabajadora se ve forzada a librar una lucha para la que no hay victoria plausible.

 

Notas

1 Véase, por ejemplo, la colección After the Fall: Communiqués from Occupied California, http://afterthefallcommuniques.info/.
2 El siguiente análisis se centrará específicamente en el Comité Invisible, La insurrección que viene (Los Ángeles, CA: Semiotext (e), 2009) http://tarnac9.wordpress.com/texts/the-coming-insurrection/ y el Comité Invisible, Llamamiento (2004), http://www.bloom0101.org/call.pdf, en lugar de en otras obras relacionadas con Tiqqun, puesto que estos textos han sido los más influyentes en la recepción anglófona actual de la «comunización». Es sobre todo esta recepción la que nos interesa, más que cualquier evaluación más general de Tiqqun como, por ejemplo, partícipe de la «filosofía continental».
3 Para un debate más detallado sobre estas cuestiones, véanse «Miseria y deuda», y «Crisis de la relación de clase» en Endnotes # 2 (abril de 2010), https://endnotes.org.uk/translations.
4 Para un debate sobre el concepto de programatismo, véase Theorie Communiste, «Mucho ruido y pocas nueces», Endnotes # 1: Materiales preliminares para un balance del siglo XX (octubre de 2008): 154-206, https://endnotes.org.uk/translations/63.
5 «Platón pudo omitir la recomendación a las amas de leche de que no permanecieran inmóviles con los niños, sino que los balancearan siempre en los brazos: e igualmente Fichte respecto al perfeccionamiento del pasaporte policial hasta establecer, como se dijo, que no sólo debían estar expresados los datos del individuo sospechoso en el documento, sino también el retrato.» Hegel, Filosofía del Derecho, p. 34.
6 Véase, por ejemplo, La insurrección que viene, p. 44: «Todos los medios son contrarrevolucionarios, porque su único negocio es defender su maldita comodidad». Paréceme que protestan en demasía.
7 Por supuesto, Tiqqun distingue su enfoque de la problemática «izquierdista» de «¿que hacer?» porque consideran que ésta niega que «la guerra ya ha comenzado». En cambio, la pregunta directa que hay que plantearse, según Tiqqun, es «¿cómo hacerlo?» Ahora bien, a nosotros no sólo nos preocupa esta cuestión tal como la plantea literalmente Tiqqun. El «¿qué deberíamos hacer?» en cuestión es el del punto muerto de la propia post-antiglobalización, punto muerto que —como veremos— articula el contenido teórico de textos como Llamamiento y La insurrección que viene. Por «alternativa» y «alternativismo», nos referimos aquí a prácticas que tienen como objetivo establecer zonas liberadas al margen de la dominación capitalista, y que consideran que se trata de algo posible de modo independientemente y previo a cualquier revolución comunista. En líneas generales, puede decirse que los medios contraculturales son «alternativistas».
¥ Siglas de «Zona Temporalmente Autónoma». (N. del t.)
8 Para una excelente crítica de la posición del grupo Batko véase Per Henriksson, “Om Marcel Crusoe exkommunister i intermundia. Ett bidrag hasta kommuniseringsdiskussionen”, Riff-Raff, 9 (marzo de 2011), http://riff-raff.se/texts/sv/om-marcel-crusoes-exkommunister-i-intermundia ; (próxima traducción al inglés).
* Juego de palabras que fusiona las palabras nobody y daddy («nadie» y «papi») acuñado por William Blake como apelativo despectivo para el dios antropomorfo del cristianismo. (N. del t.)
9 http://www.riff-raff.se/en/7/attack_rough.pdf (N. del t.)
10 La insurrección que viene, pp.29-34. La insurrección que viene, pp.33-32. Llamamiento, p.4.
11 La insurrección que viene, pp.29-34. La insurrección que viene, pp.33-32. Llamamiento, p.4.
12 La insurrección que viene, pp.29-34. La insurrección que viene, pp.33-32. Llamamiento, p.4.
13 Personaje mediático de la cadena Fox News de tendencia neoconservadora. (N. del t.)

27 de julio de 2022

Historia normativa y esencia comunista del proletariado

Théorie Communiste

Una crítica de Cuando las insurrecciones mueren de Gilles Dauvé. Publicado originalmente [en francés] bajo el título ‘Histoire normative et essence communiste du prolétariat’, Théorie Communiste nº 16, 2000

Traducción al español: Federico Corriente

Publicado en Endnotes #1. Materiales preliminares para un balance del siglo XX (Octubre 2008)

 

Cuando las insurrecciones mueren nos presenta la concepción normativa de la historia de la lucha de clases en toda su pureza. En la primera página Dauvé establece el vocabulario de esta problemática, hecha de oportunidades «perdidas» y materializaciones «fallidas». A lo largo del texto, el fascismo y el nazismo son descritos como el resultado de los límites de las luchas de clases del período anterior, pero estos límites están definidos en relación con el comunismo (con C mayúscula) en vez de con las luchas de la época. Entretanto, la historia del capital se remite a una contradicción que va más allá de éste, una contradicción general de la historia, la separación entre el hombre y la comunidad, entre la actividad humana y la sociedad:

«La democracia nunca será capaz de solucionar el problema de la sociedad más separada de la historia.»[1]

Pero esto nunca pretendió hacerlo. Sólo la sociedad en la que las relaciones entre las personas son más fuertes y más desarrolladas produce la ficción del individuo aislado. La cuestión no es saber cómo los individuos, determinados por un modo de producción, están unidos por una forma política, sino por qué estos vínculos sociales adoptan la forma de la política. Un cierto tipo de individuo se corresponde con cierto tipo de comunidad; los individuos forman comunidades tan limitadas como ellos mismos. La democracia (el Estado en general) es la forma de esta comunidad en el plano político; no corresponde a una separación general porque tal separación no existe. Decir que la democracia responde «mal» a la separación equivale a decir que esta separación general es la dinámica general de la historia (idea ampliamente desarrollada en La Banquise).

Se nos dice que los trabajadores fueron derrotados por la democracia (con la ayuda de los partidos y sindicatos), pero nunca se habla de los objetivos —del contenido— de estas luchas obreras (en Italia, España, Alemania). Por tanto, nos vemos inmersos en la problemática de la «traición» de los partidos y sindicatos.[2] Que los trabajadores obedecieron a los movimientos reformistas es precisamente lo que debería haberse explicado y en función de la naturaleza de las propias luchas, en lugar de permitir que las sombras nebulosas de la manipulación y el engaño pasen por una explicación. «Los proletarios» —esos mismos proletarios que combatieron al capital «utilizando sus propios métodos y objetivos»[3], que por lo demás nunca se definen— «confiaron en los demócratas».[4] Dauvé llega hasta preguntarse: «¿Quién derrotó esta energía proletaria?»[5], pero nunca se dice nada de los contenidos, las formas y los límites propios de esta energía. Es energía proletaria y punto. Para Dauvé la cuestión central era «cómo controlar a la clase obrera»[6], pero antes de hacernos esta pregunta hemos de formular otra: «¿Qué hace la clase obrera?» Esto siempre parece evidente en el texto: es una simple cuestión de «energía proletaria». ¿Por qué entonces el «control» tuvo éxito en 1921 y en 1943 (en Italia)? Estas son las preguntas a las que el texto sólo responde de forma anecdótica, o bien de la manera tan profunda que veremos más adelante: los trabajadores fracasaron y fueron derrotados porque no hicieron la revolución, o sea, una tautología.

Encontramos esta misma «energía revolucionaria» indeterminada en el análisis de la derrota de la clase obrera y la posterior victoria del nazismo en Alemania:
«La derrota alemana de 1918 y la caída del imperio pusieron en movimiento un asalto proletario [debe de tratarse de una manifestación de la «energía proletaria»] lo bastante fuerte como para hacer estremecerse los cimientos de la sociedad, pero impotente para revolucionarla, conduciendo así a la socialdemocracia y a los sindicatos al centro del escenario como claves del equilibrio político.»[7]

No se nos dice nada acerca de este «asalto proletario». ¿Por qué no es lo suficientemente potente como para revolucionar la sociedad? Esa es la pregunta, sin embargo, y la única a la que hace falta responder. Las cosas parecen tan obvias para el autor, es suficiente con decir «proletariado» y «revolución». En cierto momento nos ofrece fugazmente una indicación: dice que el movimiento radical alemán «aspiraba a un mundo obrero».[8] Pero este comentario, de una importancia fundamental, no se desarrolla; aquí sólo sirve como una especie de detalle que no resuelve la cuestión de la derrota, y se le resta importancia inmediatamente frente a la generalidad del «asalto proletario».

La clave de la problemática se nos da en una observación casual:

«Pero la revolución conservadora también se apoderó de los viejos tendencias anticapitalistas (la vuelta a la naturaleza, la huida de las ciudades...) que los partidos obreros, aun los más extremistas, había negado o desestimado por su incapacidad de integrar la dimensión a-clasista y comunitaria del proletariado, por su incapacidad para criticar la economía y por su incapacidad para pensar en el futuro como algo más que una mera prolongación de la industria pesada.»[9]

Dejaremos de lado las luchas del régimen nazi contra la industria pesada; lo que nos interesa es la «energía proletaria». Esta energía se encuentra en la «dimensión a-clasista y comunitaria». Si esto es así, una vez proclamada esta dimensión, todo lo demás —es decir la historia real de la luchas de clases— no puede ser nada más que una sucesión de formas más o menos adecuada a ella. El patrón general del argumento es, pues, el siguiente: el hombre y la sociedad están separados y este es el fundamento de toda la historia, todas las formas históricas de la sociedad humana reposan sobre esta separación e intentan resolverla, pero sólo de forma alienada. El capital es la sociedad en la que la contradicción llega a sus límites, pero a la vez (¡Hegel al rescate!) es la sociedad que da nacimiento a una clase que posee esta dimensión comunitaria, una clase a-clasista. En cuanto al capital, se ve obligado a responder a la misma cuestión de la separación (que, no lo olvidemos, es sólo una forma de vínculo social), mediante el Estado, la democracia, la política. Hemos llegado a la simple oposición de dos respuestas ante la misma pregunta. Los términos de la contradicción en seno del modo de producción capitalista ya no son el proletariado y el capital, sino la comunidad humana de la que es portador el proletariado, y la política (el Estado), que se enfrentan entre sí, y la única conexión entre ambos es que representan soluciones opuestas al problema transhistórico de la separación entre el hombre y la sociedad, el individuo y la comunidad. Podemos encontrar esta problemática en forma desarrollada en «Le roman de nos origines» en La Banquise (LB no. 2). La problemática en conjunto pasa por alto el axioma básico del materialismo: que a cierto tipo de individuo corresponde cierto tipo de comunidad.

El proletariado no es portador de una dimensión a-clasista o comunitaria: tiene, en su contradicción con el capital, la posibilidad de abolir el capital y la sociedad de clases y producir la comunidad (la inmediatez social del individuo). Esto no es una dimensión de la que sea portador, ni como una naturaleza derivada de su situación en el modo de producción capitalista, ni como el sujeto por fin descubierto de la tendencia general de la historia hacia la comunidad.

Incapaz, en el seno de semejante problemática, de considerar la lucha de clases como la historia real de sus formas inmediatas y de entender que su contenido histórico particular agota la totalidad de lo que sucede en la lucha (y no como forma histórica de otra cosa), Dauvé nunca nos dice por qué la revolución fracasó, o por qué cada vez que el Estado, los partidos o los sindicatos quieren destruir el movimiento revolucionario, lo consiguen. «La contrarrevolución inevitablemente triunfa en el terreno de la revolución».[10] Exactamente, pero nunca nos enteramos de por qué la contrarrevolución sale vencedora en relación con las características históricas de la revolución. El autor describe cómo sucede, pero lo deja ahí. Dada la problemática general, la única explicación posible es la tautológica: la revolución fracasó porque no fue más allá. Al decir esto no hemos dicho nada sobre el fracaso realmente existente de la revolución realmente existente. «En esta coyuntura, la democracia y la socialdemocracia eran indispensables para el capitalismo alemán para liquidar el espíritu de rebelión en las urnas, arrancar una serie de reformas a los patronos, y dispersar a los revolucionarios ».[11] Pero la relación de esta actividad de la clase capitalista y la socialdemocracia con el contenido histórico de la propia revolución, que es lo único que nos explicaría por qué «funciona», no ha sido explicada; aquí está el punto ciego inevitable de esta problemática. 

En el capítulo sobre España los callejones sin salida de esta problemática llegan al extremo. Dauvé describe con precisión la contrarrevolución (sobre eso no tenemos ningún desacuerdo con él), pero sólo habla de la revolución partiendo de lo que no hizo, en relación con lo que tendría que haber hecho, y como una sucesión de «errores fatales»:

«Después de derrotar a las fuerzas de reacción en un gran número de ciudades, los obreros tenían el poder. Pero, ¿qué iban a hacer con él? ¿Debían devolverlo al Estado republicano, o debían usarlo para avanzar en una dirección comunista?»[12]

Conocemos la respuesta, y Dauvé nos explica con gran detalle el «error fatal» de los revolucionarios españoles, que no se enfrentaron al gobierno legal, al Estado. Pero ¿por qué cometieron este error? ¿Acaso no estaba ligado a la naturaleza misma del «asalto proletario»? (Sin duda fue fatal, pero que se pueda hablar de un error no está tan claro.) Estas son las preguntas reales que esta problemática es incapaz de abordar. «En mayo de 1937, los obreros todavía habrían podido levantarse contra el Estado (esta vez en su forma democrática), pero ya no podían llevar su lucha hasta el punto de una ruptura abierta»[13] o sea que en julio de 1936 sí podían haberlo hecho. Según Dauvé, las masas fueron «engañadas» por la CNT y el POUM, que temían enemistarse con el Estado:

«Al aceptar la mediación de las “organizaciones representativas” y los consejos de moderación del POUM y de la CNT, el mismo pueblo que había derrotado a los militares fascistas en julio de 1936 se rindió sin lucha a la policía republicana en mayo de 1937.»[14]

Si aceptamos esta interpretación, se deduce que los proletarios españoles son idiotas. Es asombroso escribir expresiones como: «las masas depositaron su confianza», «error fatal», «los proletarios, convencidos de que tenían el poder efectivo», «porque aceptaron la mediación...», sin dudar un solo instante, o hacer una pregunta como: ¿pero por qué da resultado? ¿Por qué otorgan su confianza? ¿Por qué se produjo este error? ¿Por qué esta convicción? Si estas preguntas no se plantean ni siquiera de forma momentánea, de todos modos deberíamos preguntarnos por qué no.

Lo que sucede es que en el texto el proletariado es revolucionario por naturaleza, y, mejor aún, comunista. Se da por hecho que la historia es la historia de la separación entre el hombre y la sociedad; en cuanto a los proletarios, son «seres mercantilizados que ya no pueden y no quieren existir como mercancía, y cuya rebelión hace estallar la lógica capitalista». Los proletarios son, en sí mismos, seres contradictorios, y como tales son portadores de la comunidad, del comunismo. De eso se desprende que cuando no logran hacer la revolución se han equivocado o han sido engañados. Por lo tanto, lo que no sucede se convierte en la explicación de lo que realmente sucedió.

La fórmula «seres mercantilizados, etc.», deja sumidas en la oscuridad preguntas teóricas que no podrían ser más arduas o decisivas. Aquí los proletarios son el quid de una contradicción interna, uno de cuyos términos no se define y se da por sentado: por un lado, son mercancías, pero ¿en nombre de qué, por otro, quieren dejar de serlo? Elemental: son hombres. La definición social del proletariado en un modo de producción específico da paso a una definición híbrida: la mercancía y el hombre. Pero, ¿quién es este hombre que no es el conjunto de relaciones sociales a través de las cuales no es más que una mercancía?

Desde el momento en que la naturaleza revolucionaria del proletariado se construye como este híbrido contradictorio entre el hombre y la mercancía, la historia de la lucha de clases (y para ser más exactos, la de la revolución y el comunismo) desaparece. El comunismo está inscrito de una vez por todas en la naturaleza del proletariado. Que el proletariado no pueda y no quiera seguir siendo lo que es, no es una contradicción interna a su propia naturaleza, inherente a su ser, sino más bien la actualidad de su relación contradictoria con el capital en un modo de producción históricamente específico. Es la relación con el capital de esa mercancía particular que es la fuerza de trabajo como relación de explotación la que constituye la relación revolucionaria. Planteada de esta forma, es necesariamente una historia: la de esta contradicción. La lucha de clases en la Barcelona de mayo del 37 no fue el movimiento del comunismo en general (ni siquiera bajo estas condiciones particulares), que se quedó corto por razones que nunca pueden darse; más bien fue la revolución tal y como realmente existió, es decir, como afirmación del proletariado, que extrajo su fuerza y el contenido de su autonomía de su condición en el seno del modo capitalista de producción. Los «errores» aparecen ahora como lo que son, límites intrínsecos, en la medida en que la revolución presupone su propia contrarrevolución. La afirmación de la autonomía del proletariado presupone la afirmación de lo que es en el capital; es ahí donde encuentra su fuerza y la razón de ser de su actividad, a la vez que se produce el vínculo fundamental entre esta acción y la contrarrevolución.

La afirmación de una dimensión «a-clasista», «comunitaria» del proletariado deriva meramente de la incomprensión de una época de la lucha de clases (hasta la década de 1840) y no de la naturaleza revolucionaria del proletariado. Ahora bien, esto permite construir al proletariado como figura de la humanidad, como representación de una contradicción preexistente. El comunismo es presupuesto como tensión, como tendencia opuesta al capital desde el inicio del modo de producción capitalista que aspira a hacerlo estallar. Esto no es lo mismo que afirmar que el comunismo es el movimiento que suprime las condiciones existentes, es decir, el movimiento de la contradicción interna de estas condiciones. Por otra parte, si otorgamos al proletariado esta dimensión, el proceso histórico de la lucha de clases ya no es realmente necesario en relación con la revolución: se trata simplemente de un proceso de realización. Esto hace que el análisis se desplace de tal modo que la contradicción entre comunismo y capital sustituye a la contradicción entre proletariado y capital.

Si volvemos al curso de la guerra civil española tal como lo describe el texto, llama poderosamente la atención el empleo del subjuntivo y el condicional: «Llevar la revolución más allá de las áreas de control republicano, sin embargo, significaba completar la revolución en las áreas republicanas también.»[15] Lo que no sucedió siempre explica lo que realmente sucedió: «Pero ni siquiera Durruti pareció comprender que el Estado todavía estaba intacto en todas partes.» Todo transcurre como si existiera un termómetro enorme con una escala que llega hasta la Revolución Comunista (comunidad humana): uno lo inserta en un punto sensible de los acontecimientos y se fija hasta dónde llega el mercurio, y luego explica que el mercurio sólo llegó hasta ahí porque no subió más.

Ahora bien, «Durruti y sus compañeros encarnaron una energía que no había aguardado a 1936 para asaltar el mundo existente».[16] En esta visión de la historia, la «energía proletaria» desempeña un papel estelar: es lo que hace que el mercurio ascienda por el termómetro. Es, al igual que en la física antigua, una de esas fuerzas inefables destinadas a arropar todas las tautologías. Tomemos nota de paso de que «la energía», al igual que el «ímpetu», se encarna.[17] En última instancia, sin explicar por qué la revolución española no fue más allá y cuál es su relación fundamental con la contrarrevolución, Dauvé acumula todos los «cómo» pertinentes, pero sin ofrecernos jamás los rudimentos de una explicación, salvo que sea condicional y que la condición sea aquello que se tendría que haber hecho:

«[…] como mínimo, el anuncio de la independencia inmediata e incondicional para el Marruecos español habría creado intranquilidad en el seno de las tropas de choque de la reacción .» […][18]

«A fin de ser consolidadas y ampliadas, las transformaciones sociales sin las cuales la revolución se convierte en una palabra vacía tenían que plantearse como antagonistas a un Estado claramente designado como el adversario. El problema fue que, después de julio de 1936, el poder dual sólo existía en apariencia. No sólo los instrumentos del poder proletario que surgieron de la insurrección, y aquellos que posteriormente supervisaron las socializaciones, toleraron al Estado, sino que le acordaron darle la primacía en la lucha anti-Franco, como si fuera tácticamente necesario por el Estado para derrotar a Franco.»[19]
[…] «Las medidas comunistas podrían haber minado las bases sociales de los dos Estados (republicano y nacionalista), aunque sólo fuera resolviendo la cuestión agraria: en los años treinta, más de la mitad de la población pasó hambre. Una fuerza subversiva hizo erupción, poniendo en primer plano a los estratos más oprimidos, los más alejados de la “vida política” (por ejemplo, las mujeres), pero no logró llegar hasta el fin ni erradicar el sistema de raíz.»[20]

¿Por qué? Para responder a esta pregunta hay que definir la revolución de otro modo que como «ímpetu revolucionario», «potencial comunista» o «revolución abortada».[21] Hay que considerar la contradicción entre proletariado y capital como una relación de implicación recíproca, y la revolución y el comunismo como productos históricos, no como resultado de la naturaleza de la clase revolucionaria definida como tal de una vez por todas.

Para Dauvé la revolución alemana, al igual que la rusa y la española, da testimonio de «un movimiento comunista rehaciendo toda la sociedad».[22] Pero es precisamente la naturaleza de este movimiento comunista en esta coyuntura particular de la historia de la contradicción entre proletariado y capital la que hay que definir si queremos comprender sus límites y su relación con la contrarrevolución sin reducirla a lo que se debería haber hecho y no se hizo. A pesar de todo, el autor nos ofrece una explicación de los límites de la revolución, aunque por lo visto sin atribuirle demasiada importancia:

«La guerra civil española demostró tanto el vigor revolucionario de los lazos y las formas comunitarias penetradas por el capital —pero que todavía no son reproducidos cotidianamente por este— como su impotencia, por sí solas, para engendrar una revolución. La ausencia de un asalto contra el Estado condenó el establecimiento de relaciones diferentes a una autogestión fragmentaria que conservaba el contenido y a menudo las formas del capitalismo, en particular el dinero y la división de actividades por empresas individuales.»[23]

¿Y si fueran precisamente esos lazos y esas formas los que impidieron el «asalto»? ¿Y si estos fueran sólo una forma particular de la afirmación del proletariado? Dauvé no se hace esa clase de preguntas, porque para él las condiciones particulares siempre son sólo condiciones en relación con lo que la revolución ha de hacer, no la forma misma de la revolución en un momento dado. En este pasaje breve pero muy interesante no se libra de una problemática de condiciones objetivas/naturaleza revolucionaria. Esas condiciones particulares, sobre las que llama nuestra atención, deberían haber sido las que, pese a todo, tendrían que haber producido un asalto contra el Estado. En consecuencia, se da una explicación de los límites, pero esta no interviene sobre el razonamiento general. Si lo hubiera hecho, Dauvé se habría visto obligado a precisar históricamente el «vigor revolucionario», el «impulso revolucionario», y ya no podría haber hablado de «revolución abortada» o de «potencialidades comunistas». Ya no habría podido explicar lo que había sucedido a través de lo que no había tenido lugar, y todos los «habría podido suceder» habrían carecido de todo sentido. De hecho, se contenta con yuxtaponer una visión ahistórica de la revolución y del comunismo a las condiciones [históricas concretas o específicas] que le dan forma y que van a moldearla. Aquí la historia de la lucha de clases siempre es dual: por un lado, el principio comunista, la energía o el ímpetu revolucionario que animan el proletariado, es decir, una historia trascendente; por el otro, la manifestación limitada de esta energía, es decir, una historia anecdótica. Entre estos dos aspectos hay una jerarquía. La historia trascendente es la historia «real», y la historia real, con todos sus límites no es más que la forma accidental de la primera, tanto es así que la primera siempre juzga a la segunda.

Apenas cabe poner en duda el comentario de Dauvé sobre el estado de las relaciones sociales de la España de la década de 1930, pero o bien era posible hacer lo que él dice que habría que haber hecho, y por tanto las condiciones podrían haberse superado, o no era posible y en este caso, los condicionantes de Dauvé pierden todo significado racional. Esa situación se habría superado si el ímpetu revolucionario hubiera sido lo que él presupone que fue en su análisis. Pero si se trataba de una lucha programática, dicha situación (los vínculos comunitarios) es un material que se reelabora en función de su propia naturaleza.

Cabría considerar la totalidad de este texto histórico como un trabajo de reflexión sobre lo que la revolución puede y debe ser en la actualidad. Pero el problema es que Dauvé la presenta de una forma eterna y atemporal, hasta el extremo de que aunque terminemos con mayores conocimientos no avanzamos un ápice en la cuestión fundamental: ¿por qué la revolución de hoy podría ser lo que no fue en el pasado?

Dejémoslo claro: estamos absolutamente de acuerdo con la secuencia de los hechos que ofrece Dauvé, tanto en el caso de Alemania como en el de España (con algunas reservas en lo que respecta a Rusia). Su concepción de la revolución comunista es por entero la nuestra en lo que se refiere al contenido y las medidas comunistas, en su concepción como comunización y no como paso previo a la comunización. En lo que discrepamos profundamente es en la comprensión del curso de la lucha de clases como yuxtaposición de un principio comunista de un ser del proletariado dado y conocido de antemano frente a una historia que se contenta con expresar este principio de forma parcial, confusa o abortada. No es cuestión del método de análisis histórico; esto no es una disputa entre filósofos de la historia. Como siempre, lo que está en juego es la comprensión del período actual. El método de Dauvé hace imposible comprender la superación del programatismo, es decir, de la revolución como afirmación del proletariado.[24] Para él, la revolución comunista como actualmente puede concebirse, tal como se presenta en este ciclo de lucha, ya estaba presente (limitada, abortada, con errores e ilusiones, etc.) en las revoluciones rusa, alemana y española. Por tanto, incluso cuando decimos que estamos de acuerdo con la concepción de la revolución que ofrece al final de su folleto, es porque no ve que esta revolución no es —ya no es— la de Rusia, [España,] etc. Dichas revoluciones fueron revoluciones del ciclo de la lucha en el que el proletariado se afirmaba, lo que hoy ya no es el caso. Esa confusión no carece de consecuencias para una teoría basada en la situación actual de la relación entre el proletariado y el capital, en la comprensión de las luchas actuales y de la revolución como superación producida de este ciclo de lucha. Es decir, en la forma en que uno considere estas luchas como realmente productoras de su superación (práctica y teóricamente), y no como luchas que han de ser juzgadas en relación con esa superación postulada de antemano como norma. La historia de la lucha de clases es producción, no realización.    

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Notas:

[1] Gilles Dauvé, Cuando las insurrecciones mueren (todas las referencias corresponden a la versión inglesa de este texto). 

[2] pág. 29

[3] pág. 31

[4] pág. 28

[5] pág. 32

[6] pág. 34

[7] pág. 38

[8] pág. 36. El subrayado es nuestro.

[9] pág. 36

[10] pág. 36

[11] pág. 38. Nota del traductor de la versión inglesa: en la versión francesa del texto al que se refiere Théorie Communiste, la democracia y la socialdemocracia eran indispensables también para contener/integrar (encadrer) a los trabajadores. Esta frase fue omitida en la versión en lengua inglesa.

[12] pág. 34

[13] pág. 50

[14] pág. 51

[15] pág. 53

[16] pág. 55

[17] Nota del traductor de la versión inglesa: «élan » («ímpetu») juego de palabras con el «ímpetu revolucionario» de Dauvé (págs. 57, 67) que en otros textos suyos se traduce como «ola revolucionaria» «... oleada» o «... el impulso». Aquí corresponde a una de las fuerzas inefables de una física difunta. TN: “élan” — a play on Dauvé’s “revolutionary élan” (pp. 57, 67) which in other texts by Dauvé is translated as “revolutionary wave” “…surge” or “…momentum”. Here it corresponds to one of the ineffable forces of a defunct physics.

[18] pág. 56

[19] pág. 59

[20] pág. 68

[21] págs. 57, 66 y 59, respectivamente

[22] pág. 67

[23] pág. 67

[24] Para una explicación del concepto de «programatismo» de TC ver «Epílogo». [Un ejemplo de programatismo son las tesis sobre la revolución y contrarrevolución en la región española durante los años treinta del Grupo Comunista Internacionalista (1997) y del Grupo Barbaria (2019)]

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Relacionados:

Traigan sus muertos — Endnotes #1

Epílogo — Endnotes #1

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Leer más textos de Théorie Communiste en español aquí y aquí (archivos en Google Drive)

6 de septiembre de 2020

La Pasión del Comunismo ‒ Endnotes

Artículo «La Pasión del Comunismo» de la revista internacional por la comunización «Endnotes #5 (mayo de 2020). Las Pasiones y los Intereses»

Traducción al español: Antiforma

«Desde el año 2008 la revista Endnotes viene siendo producida por compañeros de Inglaterra, Estados Unidos y Escandinavia, con la finalidad de reunir materiales teóricos para un balance de las luchas de clases y el desarrollo del capitalismo en el último siglo, que a la vez permitan analizar las crisis del presente. Su último número incluye el artículo «La pasión del comunismo», en el que se ofrece un resumen de los principales aspectos de la teoría comunista elaborada por Jacques Camatte y el grupo reunido en torno a la revista Invariance, haciendo especial énfasis en su recepción en Italia a partir de los años setenta. Es un texto importante porque puede servir como una introducción accesible y esclarecedora a quienes no conocen esta corriente teórica, al mismo tiempo que precisa algunos posibles malentendidos derivados de la traducción de los textos originales a nuestro idioma durante la última década. El artículo publicado en Endnotes # 5 va seguido de cinco textos escritos por Jacques Camatte y Giorgio Cesarano, algunos de los cuales ya se encuentran traducidos al castellano desde hace algunos años, y otros que iremos pasando a nuestro idioma próximamente.»

Antiforma. Santiago de Chile, mayo 2020

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INTRODUCCIÓN...

Aunque en el mundo anglosajón Jacques Camatte ha recibido cierto reconocimiento, pocas veces se menciona a los miembros del círculo más amplio que contribuyó o directamente elaboró las ideas de la revista Invariance, individuos como Giorgio Cesarano, Gianni Carchia, Furio di Paola y Carsten Juhl. Esta corriente, a la que Cesarano dio el nombre de «crítica radical», tuvo su mayor impacto en Italia en el período comprendido entre 1968 y 1974, en el cual sus adherentes integraron grupos como Comontismo, Ludd, y Organizzazione Consiliare. Tras el suicidio de Cesarano y la autodisolución de dichas facciones, el influjo de esta tradición fue disminuyendo hasta que llegó a su término la siguiente oleada de luchas a finales de los 70. Entonces se abrió un período de reflexión; se hicieron balances y «las obras [de Cesarano] (especialmente Apocalisse e rivoluzione y Manuale di sopravvivenza) fueron leídas por muchos camaradas, especialmente los jóvenes.»[2] En el período posterior, Antonio Negri escribió polémicas contra esta línea de pensamiento «pesimista», mientras que otros como Mario Mieli y Gianni Carchia hicieron del análisis de Invariance el fundamento de sus propias investigaciones.[3] Este contexto es el que tiene mayor relevancia para los debates contemporáneos en lengua inglesa, donde el pensamiento político italiano del último siglo está dominado por una narrativa relativamente homogénea, que va desde Gramsci, pasando por el operaísmo, hasta la Autonomía y los teóricos post-operaístas que se popularizaron durante el movimiento antiglobalización.

Para examinar esta tradición en gran parte post-bordiguista y post-situacionista es importante subrayar que plantea una clara oposición comunista tanto al militantismo insurreccional como al obrerismo en Italia. Mientras que el primero fue rechazado como ideología del sacrificio, al segundo se le criticó por plantear la existencia de un sujeto proletario -si bien actualizado sociológicamente como «obrero masa» o «multitud»- capaz de afirmar su propio proyecto constitutivo. Para la tradición post-Invariance, por el contrario, el presente no contiene «nadahumano que pueda ser afirmado de manera estable... como alternativa al capital.»[4] El operaísmo, en su análisis, no logró «plantear ese objetivo mínimo del marxismo que es la negación del proletariado», ni entender la tarea histórica actual como «negación de todas las estructuras organizadas que restringen el ser a la jaula de las profesiones y de la economía.»[5] Asimismo, los actos radicales de los jóvenes Indios Metropolitanos [6] y de la Autonomía no señalaban el surgimiento de nuevas posiciones de sujeto, sino que eran en sí mismos signos de una crisis de subjetividad y de un deseo de comunismo que sólo podía ser satisfecho por la destitución por parte de la humanidad de una forma históricamente contingente, el capital.[7] Este desarrollo italiano del pensamiento de Camatte contraviene lo que son quizás los tres puntos centrales de su recepción en el mundo de habla inglesa:1) que se convirtió en un defensor anarcoprimitivista de la comunidad pre-capitalista, 2) que aboga por la secesión respecto de las relaciones capitalistas, y 3) que es un humanista abstracto.[8] Más que ofrecer una lecturasistemática de la obra de Camatte que apunte a absolverlo de estas tres interpretaciones, examinaré el modo en que su obra ha permitido pensar la comunización como destitución de la forma del capital, cómo ha ofrecido unacomprensión ética pero no quietista del medio pro-revolucionario en su relación con el movimiento real y, finalmente, cómo ha proporcionado un concepto no humanista de la des-humanización. 

En esto, Camatte y en mayor medida Cesarano proponen una mirada abarcadora a la historia de la dominación, de una forma que se puede equiparar más bien con una historia de la civilización, comparable a la Dialéctica de la Ilustración de Adorno y Horkheimer. No se trata de un ejercicio abstracto, sino de un acercamiento -en gran medida a través de la lectura de textos marxianos como los Urtext y los Grundrisse- al proceso histórico específico a través del cual una forma particular terminó por autonomizarse. El propósito de esa investigación no era rechazar toda tecnología y todo vestigio de la modernidad -«rechazo total del producto histórico... retroceso total»[9]- sino aclarar justamente lo que podría significar la potencial muerte del capital a través de lo que hoy llamaríamos destitución de sus formas esenciales. La argumentación general de la obra de Camatte a lo largo de los años 70 no es, pues, ni una modalidad de primitivismo que buscaría retornar a las formas comunales premodernas, ni un aceleracionismo que querría superar el capitalismo profundizando su contradicción en proceso... sino precisamente una teoría anti-utópica que se propone reanudar el proceso histórico a partir de ese punto fijo reproductivo que llamamos capitalismo; proceso que desarrollaría, tomando como punto de partida los potenciales fragmentados que existen hoy en día, la obra de «millones de seres humanos que durante milenios han obrado en la oscuridad... el inmenso proceso del devenir efectuado por millones de fuerzas cristalizadas en un momento dado.»[10]

 Es con respecto a este último punto que Camatte desarrolló su concepto de Gemeinwesen [Comunidad Humana], que no debe ser entendido como comunidad pre-moderna ni tampoco como una nueva comunidad humana universal. Este concepto hay que leerlo como la respuesta que Camatte dio al interrogante sobre la vida histórica de la humanidad y a lo que podría significar el hecho de que haya llegado a bloquearse. En esto, es posible situar a Camatte en un plano de coherencia con las investigaciones de Walter Benjamin, Aby Warburg, Gilbert Simondony Andre Leroi-Gourhan. La única coherencia de tal constelación -la de estos no humanistas que, sin embargo, pasaron gran parte de su vida estudiando los archivos de la humanidad- sería el esfuerzo que hicieron por comprender qué significa para la humanidad desplegar su vida histórica, dado que sus capacidades intelectuales y prácticas no están dadas por la biología sino que se hallan en cualquier medio transgeneracional que contenga y transmita los remanentes vitales del pasado, ya sean imágenes, enunciados, formas técnicas u otras. Todos ellos comprendieron que la afirmación vanguardista de la máquina, más aún, de la modernidad como tal, podía ser compatible con la exigencia de detener el progreso y la modernización.[11] Situados entre la certeza de que «ni siquiera los muertos están a salvo» y de que «sólo una humanidad redimida conquista la plenitud de su pasado»,[12] Camatte y Cesarano afirmaron que la especie, en sus obras y deseos, ha llegado a estar realmente dominada, sometida a un espectáculo inhumano por ese imperativo de valorización cuyo nombre es capital. Pues el círculo que rodea a Invariance se topó con la siguiente paradoja, que sigue siendo la nuestra: la ley del valor domina la vida, y no obstante nuestra especie deshumanizada debe romper con las mediaciones particulares del capital con tal de recuperar su pasado integral y así poder «entregarse alegremente a las verdaderas divisiones y a los enfrentamientos interminables de la vida histórica.»[13]

... LO QUE FALTA

He intentado ofrecer una introducción teórica a los aportes hechos por el círculo de Invariance durante los años 70, enfatizando sobre todo su recepción italiana. Esta última problematización de la coyuntura contemporánea seconvirtió en la base de las posiciones más críticas en la Italia posterior a 1977, en el período de reflujo que se abrió tras la erradicación de los movimientos -ya fuese por medio de la violencia, el encarcelamiento, el arrepentimiento o la heroína-. Esta perspectiva post-bordiguista fue importante en aquel contexto, no como expresión de melancolía comunista, sino para producir un espacio de crítica desde el que se pudiera repensar lo político. Esto salta a la vista en el importante artículo de Furio di Paola de 1978, Dopo la dialetica, donde traza una línea que va de Camatte, Cesarano y la tradición de la crítica radical hasta las prácticas feministas de entonces. Estos últimos grupos, como el que se reunía en torno a la revista de Lea Melandri L'erba voglio, trataron de disipar, a través de la crítica de la subjetividad individual y grupal, «los viejos fantasmas de lo político que siguen suscitando la parálisis mística de un cuerpo social que subsiste sólo a través de las intervenciones efectivas de las tecnologías de la dominación del capital.»[79]

 Pero lo fundamental es todo lo que no se dijo, lo que se dejó a las generaciones siguientes, especialmente a la nuestra. Hay tres líneas de investigación cruciales que permanecen abiertas: 1) cómo dar cuenta del terreno ontológico de la dominación real del capital en el lazo entre subjetividad y movimiento dialéctico de la historia, esto es, la subjetivación; 2) cuál es el lugar, si es que lo hay, del pro-revolucionario después del colapso de la militancia, del partido y del izquierdismo por igual, es decir, ¿sigue habiendo una vocación específicamente política? y, por último, 3) siguiendo el propio «contenido original del programa comunista» de Bordiga, ¿qué significa destituir esas formas históricas particulares, de la propiedad al dinero, que nos constituyen como individuos capitalizados y separados de lo común?[80] De la respuesta que demos a estas preguntas depende la distinción entre las diversas corrientes actuales de la comunización. También de ello depende que podamos evitar la resignación melancólica ante la comunidad del capital, así como la pretensión impaciente de sustituir a la comunidad humana no realizada, o de hipostasiar procesos aparentemente revolucionarios.

Endnotes. Londres, mayo 2020

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