15 de noviembre de 2022

«Transición» de Jacques Camatte y el 15 de Noviembre de 1922 en Ecuador

Decidimos publicar este texto fundamental e imprescindible de Jacques Camatte (teórico comunista heterodoxo y “maldito” francés) en el Centenario del 15 de Noviembre de 1922 en Ecuador, porque nos provee una sólida herramienta conceptual marxiana para construir una nueva interpretación materialista de este acontecimiento histórico y, de paso, para construir una nueva periodización de la historia del capitalismo y la lucha de clases en la región ecuatoriana. Como bien dicen los compañeros que hace unos años lo tradujeron al español (Comunización Ediciones):

«Decidimos liberar este texto [de 1969] en particular porque nos parece que trata y sintetiza un aspecto fundamental de la crítica radical, que es el concepto de subsunción. Con este concepto, Marx [ver Capítulo VI Inédito del Tomo I de El Capital] trata el proceso de transición en el que el trabajo pasa de estar dominado, subsumido, de una manera formal al capital, hasta el momento en que el capital destruye las antiguas formas de producción para crear unas nuevas completamente supeditadas a los requerimientos del valor valorizándose, o sea, la subsunción real del trabajo por el capital. Este artículo trata de forma sintética ese asunto, si bien refiriéndose a él como dominación en lugar de subsunción, a la vez que “actualiza” el concepto refiriendo la dominación real como la completa subsunción de la actividad/vitalidad humana por el capital.»

Esto es precisamente lo que pasó a partir de los hechos de Noviembre de 1922 en Ecuador: la transición de la subsunción o dominación formal a la subsunción o dominación real del trabajo por el capital y, por lo tanto, la transición de la dominación: de las formas precapitalistas de producción al trabajo asalariado; de la plusvalía absoluta a la plusvalía relativa [1]; del artesanado al proletariado; de la "plutocracia" (oligarquía terrateniente, burguesía agroexportadora y burguesía financiera) a la burguesía industrial, importadora y financiera; y, del Estado oligárquico-dictatorial al Estado democrático-burgués.

Cabe aclarar que la transición a la dominación real del capital sobre el trabajo en el Ecuador recién empieza de forma germinal a partir de los años 20 del siglo pasado, y continúa hasta la fecha, por varias razones. En términos generales, porque este es un proceso histórico de "larga duración" o largo plazo; es decir, dura varias décadas, de hecho ya va un siglo, y tiene varias fases. En términos específicos, porque la dominación real del capital no se ha completado hasta el momento, sino que sigue en desarrollo, cada vez más contradictorio y catastrófico, pero sigue en desarrollo aquí y en todas partes, sobre todo porque no sólo subsume al "mundo del trabajo" o la esfera de la producción, sino al "mundo de la vida" o la esfera de la reproducción. Y en términos más específicos todavía, porque este desarrollo es desigual o no-simultáneo a escala mundial: la transición a la dominación real tiene lugar unas décadas antes y de modo más completo en los países "centrales" o altamente industrializados (ej. Estados Unidos, Alemania e incluso España) que en los países "periféricos" o con bajo nivel de industrialización (ej. Ecuador, Perú y la mayoría de países latinoamericanos), pero es un proceso mundial cuya base material y condición de posibilidad es el mercado mundial.

Todo esto sólo es posible, por un lado, mediante la crisis y la lucha de clases, entendidas como dinámicas del propio modo de producción capitalista para su reestructuración y sobrevivencia. En tal sentido, la burguesía, entendida como la personificación social de las relaciones capitalistas, se asusta pero no le huye a las crisis ni a las luchas de clases: al contrario, siempre y cuando tenga el sartén por el mango, "cueste lo que cueste" (como dijo literalmente José Luis Tamayo, el presidente-abogado de banqueros de esta república cacaotera en ese entonces, mientras ordenaba la masacre obrera). En este caso concreto, hacer uso del terrorismo de Estado para aplastar una rebelión local de la clase trabajadora que puede devenir revolución dado su contexto histórico-mundial de crisis capitalista, guerra imperialista y revolución proletaria, y luego absorber y regurgitar el impulso y las demandas de ésta para su autorreproducción y hegemonía (que, de hecho, es lo que hizo la "revolución juliana" desde mediados de los años 20, como veremos más adelante). Cuando no triunfa o es derrotada o truncada, la revolución proletaria produce su propia contrarrevolución democrático-burguesa, que no es sólo político-militar, sino principalmente social, económica, legal y cultural.  

Todo esto sólo es posible, por otro lado, mediante ciertas recombinaciones con elementos supervivientes tanto de la dominación formal del capital como de las formas precapitalistas de producción, a saber: recombinaciones del trabajo pagado en especie con el trabajo asalariado, de la plusvalía absoluta con la plusvalía relativa, de algunas fracciones de la clase dominante entre sí y con algunas fracciones de la clase dominada, del Estado oligárquico con el Estado burgués, etc. Lo cual es una de las características de la formación social capitalista propiamente tal, en especial de la abigarrada formación social capitalista "periférica" o “subdesarrollada”, puesto que como ya lo dijimos anteriormente el desarrollo del capitalismo mundial es desigual o no-simultáneo: el desarrollo capitalista de los países "dependientes" o "periféricos" es más lento o “atrasado” y menos completo que el desarrollo capitalista de los países "centrales" o las metrópolis imperialistas globales, pero es uno solo. La diferencia entre unos y otros países no es de naturaleza, sino de grado; no es de contenido, sino de forma; y, evidentemente, de ritmo; pero, insistimos, es uno solo.

Lo mismo aplica para la lucha de clases mundial. De allí que, por ejemplo, lo que social y políticamente pasó en Francia desde mediados del siglo XIX, en Ecuador recién pasó desde el primer tercio del siglo XX, claro está, con sus respectivas particularidades dentro de la misma totalidad histórica y contradictoria en proceso que es el capitalismo mundial. Mencionamos Francia a propósito porque, para efectos de este trabajo, nos interesa traer a colación y parafrasear un pasaje de Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850 en el que Marx apunta que, por necesidad histórica y de sobrevivencia material, lo que no hace la burguesía lo hace la pequeña burguesía, lo que no hace la pequeña burguesía lo hace el proletariado... y viceversa.

Por lo tanto, basados en Marx podemos afirmar que, en Ecuador, lo que no hizo la burguesía ascendente durante su “revolución liberal” en Junio de 1895 lo hizo el naciente proletariado durante su primera huelga general y “bautizo de sangre” en Noviembre de 1922. Porque, al fin y al cabo, la mayoría de los obreros, semiproletarios y artesanos que instituyeron el Soviet de Guayaquil (bajo el nombre de Gran Asamblea de TrabajadoresGAT) no lucharon ni sacrificaron sus vidas por la abolición de la esclavitud asalariada y la dictadura burguesa encubierta llamada democracia (a pesar de que algunos periódicos anarquistas de la época, que circulaban entre los trabajadores, ya hablaban de abolición del Capital y del Estado), sino más bien por la reducción de la jornada de trabajo, el aumento salarial, y más derechos y libertades democráticas… y lo lograron, pero años después, Estado capitalista mediante, bajo la mencionada premisa de que la revolución proletaria derrotada o truncada produce su propia contrarrevolución democrático-burguesa. O, como diría Robert Kurz desde la Crítica del Valor (ver Las lecturas de Marx en el siglo XXI), Noviembre de 1922 en Ecuador fue el germen de «la modernización reparadora de la periferia capitalista» por parte del aquí naciente movimiento obrero. (El debate sobre la composición de clase, la correlación de fuerzas interna, el contenido de las demandas, la forma de organización y la causa de la derrota histórica de la GAT, es materia para otro texto.) 

En efecto, la huelga general y la masacre obrera de Noviembre de 1922 puede ser considerada como el hito inicial o el punto de apertura de todo un ciclo histórico que, teniendo como antecedente la 1ra Guerra Mundial (1914-1919) y como telón de fondo la larga crisis cacaotera (desde principios de los años 20 hasta fines de los años 40), duró más de dos décadas, en vista de que sus principales repercusiones directas fueron: la “revolución juliana” de 1925 (acaso el primer bonapartismo ecuatoriano, ya que fue dirigida por militares progresistas), misma que supuso una modernización y democratización parcial del Estado, la economía y la sociedad, fundamentalmente de la relación Trabajo/Capital bajo un modelo de acumulación "fordista-keynesiano" "dependiente" y "subdesarrollado"; la creación de: la Unión de Industriales del Ecuador (textiles, alimentos, bebidas y otras ramas), la Ley de Protección de la Industria Nacional, y del Ministerio de Previsión Social y Trabajo, en 1925; la fundación del Partido Socialista Ecuatoriano (PSE) en 1926; la creación del Banco Central del Ecuador (BCE) en 1927; la creación de la Caja de Pensiones (lo que hoy es el Instituto Ecuatoriano de Seguridad SocialIESS) en 1928; la Constitución democrática y progresista de 1929; el sufragio femenino asimismo en 1929; la fundación del Partido “Comunista” Ecuatoriano (P“C”E) en 1931; el Primer Congreso de Industriales del Ecuador en 1935, y la creación de las primeras Cámaras de Industrias en 1936; la expedición del Código del Trabajo en 1938 (vigente hasta la fecha), en el cual lo fundamental son los derechos laborales tales como: jornada de trabajo de 8 horas, establecimiento y regulación de sueldos y salarios, obligaciones de los empleadores, derecho a la sindicalización, derecho a la huelga, etc.; e inclusive “la gloriosa” insurrección popular de Mayo de 1944, seguida en ese mismo año por la creación de la Confederación de Trabajadores del Ecuador (CTE) y de la Federación Ecuatoriana de Indios (FEI), la creación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana (CCE), luego la asamblea constituyente y la Constitución democrática y progresista de 1945, y en general el segundo gobierno populista de Velasco Ibarra (bonapartismo ecuatoriano ya no militar sino civil) de 1944 a 1947, gobierno que contó con el apoyo de la Alianza Democrática Ecuatoriana (ADE), que fue la versión local del Frente Popular promulgado por el estalinismo internacional, y que estuvo conformado por el Partido Conservador Ecuatoriano, el Partido Liberal Radical Ecuatoriano, el PSE y el P"C"E: todos estos partidos supuestamente "representantes del pueblo contra la oligarquía y la derecha", pero en realidad fueron representantes del Capital-Estado contra el proletariado. Adicionalmente, se sabe que también hubo cierta presencia y participación de algunos antifascistas y anarquistas ecuatorianos en "la gloriosa" del 44 y, por tanto, en la alianza multiclasista que elevó al poder y sostuvo desde abajo al gobierno capitalista bonapartista de Velasco Ibarra.

1945 es una fecha relevante porque, según Camatte (ver Mistificación democrática y proletariado), mientras la transición de la dominación formal a la dominación real tiene lugar entre 1914 y 1945 en los países "más desarrollados" o industrializados, «la dominación real del capital sobre la sociedad [...] se realizó verdaderamente después de 1945, pero de forma [relativamente] simultánea en todas partes». Por tal razón es que aquí afirmamos que la huelga general y masacre obrera de 1922 y luego la insurrección popular de 1944 son los gérmenes o los hitos de la transición germinal de la dominación formal a la dominación real del capital sobre el trabajo y la sociedad en el Ecuador. Misma que ya se realizaría en cuanto tal gracias al "boom bananero" y el periodo de "estabilidad democrática" (1948-1960) que no en vano coincide con "la edad de oro del capitalismo" mundial de la segunda posguerra y, sobre todo, gracias al "boom petrolero" que estuvo acompañado de la industrialización sustitutiva de importaciones, el crecimiento del movimiento obrero y de la "clase media", la dictadura militar desarrollista y el "retorno a la democracia" (década de 1970). Obviamente, el desarrollo de esta hipótesis excede los límites del presente artículo; pero, al menos, deja algunas pistas importantes. 

Todos los hechos ocurridos en la región ecuatoriana desde los años 20 hasta los años 40, que para la izquierda o la socialdemocracia criolla fueron "conquistas históricas del pueblo ecuatoriano", en realidad fueron la expresión local de la respuesta contrarrevolucionaria histórico-mundial de la clase capitalista frente al primer asalto proletario contra la sociedad de clases o la oleada revolucionaria internacional 1917-1937 (de la que evidentemente formó parte el Soviet de Guayaquil en 1922), y frente a la gran crisis de los años 30, principalmente desde su aparato industrial y su aparato estatal. La 2da Guerra Mundial (1939-1945) o, mejor dicho, la 2da gran masacre imperialista del proletariado mundial durante el siglo XX fue la cumbre sangrienta de toda esta contrarrevolución burguesa, que supo combinar a conveniencia la democracia occidental (la cual, a su vez, incluyó al antifascismo y al frentepopulismo) con el «fascismo pardo» (el nazismo) y el «fascismo rojo» (el estalinismo), usando las polémicas pero acertadas expresiones del comunista de consejos Otto Rühle. En síntesis: contrarrevolución capitalista (incluso con membrete socialista) y dominación real del capital van de la mano. 

El protagonista de todo este proceso histórico no es la burguesía ni la socialdemocracia ni el bolchevismo ni el fascismo: es el proletariado, tanto en sus victorias momentáneas (revoluciones rusa, alemana y española, etc.) como en sus fracasos prolongados (dos guerras mundiales, fascismo y estalinismo, regímenes nacional-populistas en América Latina, etc.). Porque, al fin y al cabo, el proletariado es quien sostiene a toda la sociedad capitalista mediante su trabajo o, mejor dicho, mediante la producción de plusvalor. Adicionalmente, porque es la mayoría de la población, el mayor consumidor de las mercancías producidas, y la mayor base social de tal o cual régimen político. En suma, bajo la dominación real, el proletariado queda subsumido al Capital: es la clase del Trabajo/Capital/Estado... pero también su negación: el proletariado es la contradicción viviente o en proceso... De allí que el movimiento obrero, con sus sindicatos y partidos de izquierda a la cabeza, haya sido el principal agente de «la modernización reparadora de la periferia capitalista» durante el siglo XX. [2]

La nueva lectura o interpretación histórico-materialista de Noviembre de 1922 que aquí estamos esbozando, cuyo eje central es la transición de la subsunción o dominación formal a la subsunción o dominación real del capital sobre el trabajo entendidas como «sendas fases históricas del desarrollo capitalista» (Camatte), sin duda constituye una ruptura paradigmática o un parteaguas con toda o casi toda la historiografía izquierdista del movimiento obrero ecuatoriano (con la excepción quizás del interesante aunque limitado trabajo de Leonardo Ogaz Arce, del cual trataremos en una próxima publicación, ya que es el único que habla de la transición de la plusvalía absoluta a la plusvalía relativa). Porque sus autores principales elaboraron sus relatos o narrativas ya sea desde su sesgo ideológico anarcosindicalista (Páez, Pazmiño, el mismo Alejo Capelo, etc.) ya sea desde su sesgo ideológico socialista (Ycaza, Aguirre, Albornoz, etc.). 

Además, porque lo hicieron sin tomar en cuenta o sin hacer una correcta caracterización del contexto internacional de crisis capitalistaguerra imperialistarevolución proletaria, así como también sin tomar en cuenta o sin hacer una correcta caracterización de algunos elementos centrales de las Jornadas de Noviembre como fue el Soviet de Guayaquil (con la excepción, otra vez, de Ogaz Arce). Y en el caso particular de los historiadores anarcosindicalistas, porque lo hicieron con cierto dejo de nostalgia, romantización y culto a la personalidad de sus mártires, así como también con ciertos prejuicios antimarxistas que les impidieron hacer una interpretación más objetiva y fecunda de los hechos.

Por eso es que todos ellos, sin demeritar los datos empíricos y las descripciones analíticas que aportaron, al momento de sus conclusiones coinciden en lo que, desde sus respectivos programas ideológico-políticos de izquierda, la historia "hubiera" podido ser o "debería" haber sido (desde el “carácter semi-feudal de la economía ecuatoriana” hasta la “falta de independencia y conciencia de clase, de partido, de programa y de armamento por parte de los obreros”, etc., o sea un supuesto déficit de la misma realidad), y no explican mediante categorías teóricas adecuadas por qué los hechos fueron tales como fueron y no de otra manera. De ese modo, la casi totalidad de los historiadores del movimiento obrero ecuatoriano abandonan la concepción materialista de la historia y, como dice Camatte:

«abandonan el campo de la teoría del proletariado, esto es, la crítica de la economía política, asumiendo en cambio el vocabulario ejercido por la ideología socialdemócrata o “leninista” codificada por el estalinismo.

Toda la fraseología con que algunos pretenden explicar “nuevos” [y viejos] fenómenos, no hace sino mistificar el advenimiento de la completa autonomía del valor; esto es, la objetivación bajo la forma de una comunidad concreta de la abstracción cuantitativa en proceso [es decir, una comunidad material del Capital o del valor que se valoriza succionando trabajo vivo]. […]

Las teorías del movimiento obrero se han ocupado de este proceso sólo para mistificarlo.»

Salvo un par de pequeños aportes que pudimos hacer (sobre el Soviet de Guayaquil y el papel de las minorías revolucionarias anarquistas), nosotros mismos también cometimos este error programatista y mistificador cuando hace unos años escribimos nuestro balance de las Jornadas de Noviembre de 1922 desde una posición todavía ideológica, a saber: una posición comunista-anárquica e incluso “anarco-bordiguista” a lo Guillamón y a lo Grupo Comunista InternacionalistaGCI. Razón por la cual, lo que estamos afirmando en esta publicación constituye el inicio de la autocrítica superadora de dicho balance, cuyo desarrollo es una tarea pendiente a partir de ahora. En otras palabras, lo que aquí estamos planteando es una nueva hipótesis de investigación militante en el campo de la memoria histórica del proletariado de esta región, cuyo desarrollo daría no sólo para un artículo sino para un libro.

Cabe dejar claro que el presente texto sólo es el primer esbozo de una nueva hipótesis de investigación histórica específica por desarrollar sobre el 15 de Noviembre de 1922, cuya justificación y diferencia cualitativa con otras investigaciones sobre este acontecimiento radica principalmente en su nuevo enfoque o marco teórico marxiano. Esto explica las generalidades y limitaciones que algún lector pudiera observar y señalar en el mismo; pero, también sus potencias. Por ejemplo, todas las transformaciones concretas o los hitos específicos de la transición germinal de la dominación formal a la dominación real del capital sobre el trabajo en el Ecuador desde los años 20 hasta los años 40, que aquí apenas hemos mencionado, sólo podrán ser expuestas con precisión o al detalle en tal investigación empírica y teórica por desarrollar que, de seguro, nos llevará varios años y varios borradores. 

Finalmente, dejar claro también que, al contrario de toda melancolía y romantización de izquierdas, si hacemos esto es porque la memoria es un campo de batalla de clases en el presente con vista al futuro, no sólo contra el Estado burgués y la derecha académica del Capital, sino también afuera, en contra y más allá de la izquierda académica del Capital, porque los proletarios "comunes y corrientes" sí podemos hacer historia y teoría con cabeza propia, muestra de lo cual es precisamente nuestro texto. Que esta guerra de memorias que forma parte de la guerra de clases sólo nos interesa con el objetivo teórico-práctico de contribuir a la crítica radical, la abolición y la superación de la sociedad de clases para su devenir revolucionario en comunidad humana real de individuos libremente asociados a fin de producir y reproducir sus vidas como tales, aquí y en todo el mundo. Y que este, el partido histórico de la comunidad humana mundial (en palabras de Camatte, siguiendo a Marx), es el único partido que nos interesa y del que nos reconocemos como parte.


Proletarios Hartos De Serlo
Quito, 15 de Noviembre de 1922
 
Notas

[1] Para que, de entrada, quede aún más claro nuestro marco conceptual: bajo la subsunción formal del capital, el trabajo asalariado todavía no es la forma dominante de las relaciones de producción, sino que convive con otras formas precapitalistas de producción que ya están subsumidas a la totalidad histórico-social capitalista por la vía del mercado (mundial, regional y nacional); y, en lo que al trabajo asalariado propiamente dicho corresponde, todavía domina la plusvalía absoluta, basada en el aumento de la jornada de trabajo, sobre la plusvalía relativa, basada en el aumento de la productividad del trabajo. Por lógica, bajo la subsunción real del capital, el trabajo asalariado pasa a dominar a las formas precapitalistas de producción, y la plusvalía relativa pasa a dominar a la plusvalía absoluta, en todas las cuales sin embargo se basan históricamente para luego subsumirlas, recombinarlas y transformarlas.
Ahora bien, la jornada de trabajo se divide, a su vez, en jornada de trabajo necesario, en la que el proletario trabaja para reproducir el valor de su fuerza de trabajo o “trabaja para sí mismo”; y, en jornada de trabajo excedente, en la que el proletario produce valor agregado o plusvalor, “trabaja gratis”, de forma impaga o, más claro, es explotado por el capitalista. Por lo tanto, en el régimen de plusvalía relativa, que es el núcleo de la subsunción real del trabajo por el capital en particular, y de la sociedad capitalista en general, se aumenta la productividad del trabajo sin necesidad de aumentar la jornada total o las horas de trabajo, sino aumentando la intensidad de la producción (producir más y mejor en el mismo tiempo), introduciendo nuevas máquinas o nueva tecnología, cambiando la organización técnica del trabajo y, excepcionalmente, reduciendo el valor de la “canasta básica” o el salario real de los trabajadores y/o aumentando su salario nominal. 
Finalmente, hay que tener claro que la jornada de trabajo en particular, y el tiempo en general, es uno de los principales “objetos de disputa” de la lucha de clases. Por consiguiente, la jornada de trabajo ha sido, es y será resultado de las luchas de siglos entre la clase trabajadora y la clase capitalista en todo el mundo. En esto radica su importancia histórica. De hecho, como bien afirma Ogaz Arce, dado que en el Ecuador de los años 20 se trabajaba 12 o 14 horas diarias, en las Jornadas de Noviembre de 1922 las masas trabajadoras lucharon principalmente, no por la abolición del trabajo asalariado y el capital, sino por la reducción de la jornada de trabajo a 8 horas y, de esta manera, por la transición de la plusvalía absoluta a la plusvalía relativa; ergo, por la transición de la subsunción o dominación formal a la subsunción o dominación real del capital sobre el trabajo y la vida.

[2] El concepto «modernización reparadora de la periferia capitalista» de Kurz se refiere básica y concretamente a que, como no todos los países se industrializaron o modernizaron al mismo tiempo que Inglaterra (la primera “fábrica del mundo” o primera potencia mundial después de la primera revolución industrial), los que lo hicieron décadas después tenían que “ganar tiempo” o “reparar el tiempo perdido” para poder competir en el mercado mundial. Esto pasó durante el siglo XIX en Europa, Norteamérica y parte de Asia, en especial en países tales como Alemania, Estados Unidos y Japón (1ra ola de la modernización reparadora); y, posteriormente, durante el siglo XX en el resto del mundo, en especial en Asia, África y América Latina (2da ola de la modernización reparadora), es decir en las periferias del capitalismo mundial.
La relación entre la modernización reparadora de la periferia y la transición a la dominación real del capital sobre la sociedad se expresará en el movimiento obrero, porque implica la subsunción del trabajo y, por tanto, de la clase trabajadora dentro del Capital y de su poder concentrado que es el Estado. Más claro: dado que sin trabajo no hay Capital ni desarrollo o progreso capitalista, el movimiento obrero (y también campesino y popular), a través de sus representantes, o sea a través de sus sindicatos, partidos, frentes, guerrillas y gobiernos de izquierda, participó de lleno en la modernización reparadora o el desarrollo histórico de las periferias capitalistas y, por tanto, del capitalismo mundial, bajo un membrete “socialista” o, en su defecto, “progresista”, “democrático”, “patriótico” y “antiimperialista”. Y como tenía que ganar o reparar todo el tiempo perdido para poder competir en el mercado mundial, entonces lo hizo de manera más brutal o “hardcore”, usando además todo un aparato de mentiras disfrazadas de verdad tales como “el carácter semi-feudal de nuestras economías”, “el desarrollo de las fuerzas productivas”, “las tareas democrático-burguesas de la revolución” y hasta “la acumulación socialista”… acumulación de capital, obviamente, que fue posible mediante y sólo mediante la explotación y la represión del proletariado por parte del “Estado de nuevo tipo” con su nueva burguesía burocrática a la cabeza.
Sí, del mismo proletariado que apoyó el ascenso político y económico de sus representantes, y que luego los combatió, porque el proletariado no es víctima ni mesías, sino contradicción viviente que sólo será abolida y superada mediante la revolución comunista. En efecto, la clave de la revolución comunista no es la afirmación y perpetuación del proletariado en el poder, sino su autoabolición en tanto clase explotada y dominada para devenir comunidad humana real de individuos libremente asociados que producen y reproducen su vida como tales.
El correlato ideológico de todo ese proceso histórico-concreto de modernización reparadora y contrarrevolución capitalista durante el siglo XX, mal llamado “comunismo”, sin duda fue el marxismo-leninismo en todas sus variantes: desde la Rusia de Lenin-Trotsky-Stalin hasta la Venezuela de Chávez, pasando por la China de Mao y la Cuba de Castro-Guevara, entre otros. Por lo tanto, la revolución comunista nunca estuvo ahí presente, sino afuera, en contra y más allá de ahí. Y lo sigue estando con respecto al rancio marxismo-leninismo que sobrevive en algunas organizaciones de izquierda de los explotados y oprimidos, ya que, como dice Marx en El 18 brumario de Luis Bonaparte, «la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos.»
El anarquismo, si bien es harina de otro costal por su antiestatismo en su ideología y su discurso, también resultó ser un ingrediente diferente de la misma chanfaina capitalista, debido a su pacto y colaboración con la burguesía y el Estado bajo la bandera de "la defensa de la democracia", es decir la defensa de la dictadura social e invisibilizada del Capital sobre el proletariado llamada democracia; en especial, en la coyuntura de "la lucha contra el fascismo" y a favor de "el mal menor" y "la defensa de los derechos y las libertades del pueblo". También, debido a su mistificación del artesanado, la autogestión y el federalismo, es decir de las relaciones mercantiles-capitalistas basadas en el intercambio de unidades productivas separadas. En la práctica, tal colaboración y tal mistificación, cuya base material fue la inmadurez económico-social y por tanto política de la clase proletaria, fueron factores
internos de la derrota del movimiento obrero anarquista real durante las primeras tres décadas del siglo XX, en Ecuador, Perú, Argentina, España, Italia, Rusia, Japón y todo el mundo. Pero ese ya es otro tema y otro debate.  

 ★★★

«En este artículo, Gianni Collu y Jacques Camatte retoman los conceptos de dominación (o subsunción) formal y dominación real del capital, tratados originalmente por Marx en el Capítulo VI inédito del tomo I de El Capital, referida a la reconfiguración de la actividad productiva sobre los designios del valor en proceso. Publicado en Invariance, año 2, serie I, nº 8, 1969. […]

La crítica de la sociedad existente del capital tiene que tomar como punto de partida la reafirmación de los conceptos de dominación formal y dominación real, como sendas fases históricas del desarrollo capitalista. Todas las demás periodizaciones del proceso de autonomización del valor, tales como capitalismo competitivo, monopólico, de monopolio de Estado, burocrático, etc., abandonan el campo de la teoría del proletariado, esto es, la crítica de la economía política, asumiendo en cambio el vocabulario ejercido por la ideología socialdemócrata o “leninista” codificada por el estalinismo. 

Toda la fraseología con que algunos pretenden explicar “nuevos” fenómenos, no hace sino mistificar el advenimiento de la completa autonomía del valor; esto es, la objetivación bajo la forma de una comunidad concreta de la abstracción cuantitativa en proceso. […]

Tal como sucedió con el paso de la plusvalía absoluta a la relativa, el capital (en su movimiento constante hacia la expropiación total) ha roto todas las conexiones técnicas y sociales del proceso de trabajo previamente existentes, con tal de reunificarlas luego como poderes intelectuales de la autovalorización del capital; así hoy en día, al convertirse el capital en un poder social total, éste propicia la desintegración completa del tejido social y de sus conexiones mentales con el pasado, fomentando a la vez su recomposición en una unidad delirante, organizada por las metamorfosis cíclicas cada vez más aceleradas del capital; proceso en el cual todo se reduce a ingredientes degradados de la extraordinaria síntesis del valor que es la autovalorización.

La dominación real del capital significa además que al proletariado no sólo le son expropiados su tiempo de vida y su capacidad mental, sino que el tiempo de la circulación ahora prevalece sobre el de la producción (a un nivel espacial). La sociedad del capital crea una población “improductiva” a gran escala, crea su propia “vida” en función de su propia necesidad: fijarlos a la esfera de la circulación y a las metamorfosis de la plusvalía acumulada. […]

Las teorías del movimiento obrero se han ocupado de este proceso sólo para mistificarlo. Para dar un solo ejemplo: la absoluta subordinación del Estado y su inserción en el proceso de valorización como uno de sus momentos particulares es presentado como exactamente lo contrario, es decir, como un “capitalismo de Estado”, con lo cual el capital no aparece como un modo social de producción y de vida, como un modo de gestión burocrática, democrática, etc. Una vez que arriban a este punto de vista, conciben la revolución no como la abolición de una “existencia” y la afirmación de otra, sino como un proceso político estatista en el cual la “organización” aparece como el problema principal, o más aún, como la panacea que lo resuelve todo. Aquí encontramos de nuevo la concepción degradada de la revolución, que ya no es vista como una relación mundial de poder entre el proletariado y el capital, sino que inmediatamente como una cuestión de “formas” o “modelos” de organización: el paso es muy corto.

No se puede explicar de otra forma la preponderancia de tales categorías en el movimiento obrero (capitalismo de Estado, burocrático, etc.), categorías que sólo ponen entre paréntesis el ser real del capital, afirmando la centralidad de uno de sus epifenómenos el cual es teorizado como su fase superior, su última fase, etc.

Por el contrario, hay que permanecer en el terreno de la crítica de la economía política (crítica de la existencia del capital y afirmación del comunismo) para entender la totalidad de la vida social en el período de su reducción a un simple medio del proceso de desarrollo de las fuerzas productivas autonomizadas. […]

Hay que reanudar y aplicar a la base del tejido social el estudio riguroso de la “externalización de la relación del capital en la forma de capital que genera interés” y el consiguiente desarrollo del capital ficticio: de ahí se comprende que los “cuerpos de administración” en la fábrica y el Estado, o bien los “políticos”, hayan asumido cada vez más la forma de mafias/grupúsculos [rackets]. […]

Sobre este trasfondo emerge un tejido social basado en la competencia entre “organizaciones” rivales (mafias).

Ahora los diversos “grupúsculos” no son más que pandillas que compiten, que sólo tienen en común la divinización de la miseria del proletariado, su equivalente general. «Tal como los demócratas han hecho de la palabra pueblo (demos) algo sagrado, ustedes han sacralizado la palabra proletariado» (Marx). […]

Hay que decir que la existencia del proletariado, cuando éste se manifiesta como clase, presenta un aspecto inmediatamente destructivo, como negación positiva de la comunidad material y de todas las formas de organización. Tal es la afirmación concreta del comunismo y la realización de su teoría.

Podemos ver esta comunidad de acción no pre-establecida en las acciones del proletariado negro de EE.UU. Éstas se constituyeron en base a la necesidad vital de desbordarse y celebrar, y en la conciencia inmediata de la identidad de objetivos: unificación, en una palabra, del movimiento real de la clase.

En consecuencia, apoyamos la producción de esas condiciones que Marx, al momento de formarse la Asociación Internacional de Trabajadores, había ya descrito como momentos cruciales en la formación del partido comunista mundial, como producto histórico necesario de las contradicciones de la sociedad del capital.

El momento más importante en la manifestación práctica del comunismo lo constituye el desbordamiento de la democracia, esto es, el rechazo de los proletarios, cuando elevan sus propias necesidades materiales al más alto nivel, a aceptar cualquier separación entre decisión y acción, entre ellas la separación entre ser y pensamiento sobre la cual, en el pasado, se edificó la posibilidad de un “liderazgo político” basado en los mecanismos de la democracia directa o indirecta (soviets-consejos o centralismo democrático); o, más generalmente, sobre la que se funda el mecanismo de la representación democrática-despótica en tanto viejo arte de organizar la sociedad: la política. […]

La teoría del partido/teoría del proletariado no se puede extraer de los denominados textos “políticos” de Marx y Engels por sí solos, tales como el Manifiesto, las resoluciones de la AIT, etc., porque esos textos consideran al proletariado especialmente en su realidad inmediata y se refieren sobre todo el partido formal de ese período como un dato ya dado.

El proletariado aún tenía que generalizar su existencia hasta abarcar el conjunto de la sociedad, pujando por el desarrollo del capital y, si tomaba el poder y se constituía a sí mismo como clase dominante (1871, 1905, 1917), todavía tenía que realizar tareas que, con la contrarrevolución, fueron posteriormente asumidas y completadas por el capital.

Hoy en día el partido es posible en su sentido histórico (ver la carta de Marx a Freiligrath, 1860). Toda organización formal no puede sino ser rápidamente reabsorbida en forma de mafia. Lo mismo pasa con los otros grupos, estructurados o no, que se imponen trabajar por la reconstrucción del partido o la creación de consejos.

El partido histórico sólo puede ser realizado por el movimiento global del proletariado que se constituye como clase, haciendo así posible la reunificación de la especie humana, posibilidad que existe desde los tiempos de la AIT. […]»

Leer Transición de Camatte y Collu (1969) en PDF

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