17 de febrero de 2026

Precisiones sobre la guerra de clases y el internacionalismo proletario en el actual contexto de guerra imperialista y revueltas

 

Comunismo internacionalista contra imperialismo y contra socialdemocracia antiimperialista

Hace un mes, en nuestra cuenta de Instagram, publicamos un breve comunicado de Trabajadores anticapitalistas de Irán en el cual estos compañeros afirman que lo que está ocurriendo en ese país es una guerra de clases; que tanto el gobierno islámico como su oposición monárquica son capitalistas; y, que la única solución radical es la lucha proletaria autónoma y antagonista por la revolución comunista en Irán y en todo el mundo. La publicación fue bien recibida por la mayoría de nuestros lectores.

Sin embargo, algunos izquierdistas del Capital nos comentaron las siguientes perlas de la burguesía: “es un conflicto geopolítico, no de clases”, “son protestas violentas financiadas y dirigidas por EE.UU. e Israel contra el gobierno popular, antiimperialista y revolucionario de Irán”.

Ante lo cual, respondimos reivindicando la lucha del proletariado de la región iraní contra el Estado burgués iraní y con una crítica radical del antiimperialismo en tanto que apéndice de la misma guerra imperialista y la pugna interburguesa. Así como también, que no es un conflicto entre naciones sino entre clases; por lo que, en el análisis comunista, el análisis de clases tiene prioridad sobre el análisis geopolítico.

Entonces, los izquierdistas del Capital nos lanzaron más perlas de la burguesía: “si ustedes critican el antiimperialismo, el antisionismo y el islamismo, entonces son proimperialistas, prosionistas e islamofóbicos”, “ustedes idealizan al proletariado y a las revueltas”, “ustedes confunden proyecto con slogan”, “es una lucha religiosa, no de clases”, etc.

Contra toda esa bosta socialdemócrata, y a fin de que quede claro y no se nos malinterprete de ninguna forma, consideramos necesario manifestar que nosotros nos posicionamos en contra del imperialismo, el colonialismo, el sionismo, el islamismo, el fascismo, etc. desde una posición proletaria, comunista e internacionalista. Posición revolucionaria que precisamos a continuación.

7 precisiones sobre la posición comunista internacionalista hoy

1.      Estamos con el proletariado internacional contra la burguesía internacional y, por tanto, contra todos los Estados sin excepción hasta su abolición.

En el sistema mundial capitalista, todos los Estados sin excepción (Irán, Israel, EE.UU., China, Rusia, Ucrania, Autoridad Nacional Palestina, Venezuela, etc.) son capitalistas o burgueses. Todos los Estados sin excepción son fracciones nacionales de la burguesía y el Estado mundiales que, con diferentes jerarquías —desde la cúspide hasta la base de esta pirámide—, compiten entre sí por acumular más capital y más poder que los otros, repartiéndose la plusvalía global, los mercados y los recursos estratégicos del planeta.

Lo cual es así porque, junto con la explotación de la fuerza de trabajo y el intercambio mercantil, la competencia es uno de los principales motores del modo de producción y reproducción social capitalista en tanto que totalidad o sistema histórico-mundial. De hecho, la lógica y dinámica de funcionamiento de los Estados capitalistas, tanto “puertas adentro” como “puertas afuera”, es una combinación entre la competencia y la connivencia entre sus fracciones.

En este marco, no existe un solo imperialismo, sino varios imperialismos en competencia y, hoy, en guerra: principalmente, el imperialismo estadounidense y su bloque donde están Israel y Ucrania vs. el imperialismo chino y su bloque donde están Rusia, Irán y Palestina.

La competencia interimperialista, a su vez, sólo es posible sobre la base de la explotación y la masacre del proletariado internacional, pero también de su resistencia (contrario a lo que rebuznan algunos dizque “marxistas” y “anarquistas”, en Irán, Palestina, Venezuela, etc. sí existe burguesía, proletariado, plusvalía y lucha de clases).

La base de las relaciones internacionales son las relaciones de clase, que son conflictivas por naturaleza, porque donde hay explotación hay conflicto, donde hay dominación hay resistencia.

En el fondo, entonces, más que un “conflicto geopolítico” o entre naciones, la guerra es un conflicto entre clases ―y fracciones de clases― a escala internacional.

Sintetizando, la base del imperialismo es la explotación capitalista y, por tanto, la lucha de clases, el motor de la historia de la sociedad de clases.

Más claro ―y esto es lo determinante y, además, lo demarcatorio entre los revolucionarios y los reformistas de todos los países con respecto a la guerra―: en última instancia, toda guerra capitalista e imperialista es una guerra contra el proletariado: ya sea para destruirlo como "población sobrante" y reactivar la economía mundial en crisis ya sea para destruirlo en tanto que "clase peligrosa" para el orden burgués, más aún si participa en revueltas e insurrecciones, como lo ha hecho durante todo el siglo XXI, “la era de los disturbios”.

Y viceversa: las luchas del proletariado contra “su propio Estado” en “su propio país” son batallas locales de la guerra global contra la burguesía internacional, contra el sistema mundial capitalista o, si se prefiere, contra el imperialismo.

Sí: capitalismo, imperialismo, guerra, contrarrevolución y lucha de clases son inseparables… e inestables; conforman una totalidad indivisible… pero también dinámica y cambiante, por lo que se puede transformar, no sólo en su contrario, sino en un mundo nuevo, en una forma social superior, mediante —y sólo mediante— la guerra de clases y la revolución comunista mundial.  

Por lo tanto, nuestra posición al respecto como comunistas internacionalistas es: el proletariado mundial contra todas las potencias y bloques imperialistas y, por implicación, contra todos los Estados-nación. El proletariado mundial contra el Estado capitalista mundial hasta su abolición y sustitución por la Comuna mundial. 

 

2.      Estamos por la derrota de todos los Estados-nación en guerra, mejor dicho, por la transformación de la guerra imperialista en guerra de clases revolucionaria. En pocas palabras, esto es lo que significa el derrotismo revolucionario y el internacionalismo proletario.

Otra forma de expresar esta posición es: "Ninguna guerra salvo la guerra de clases" dentro del "propio país" contra la "propia burguesía" y el “propio Estado” hasta abolirlos de raíz.

Lo contrario es el defensismo de uno u otro Estado-nación burgués en guerra (por ejemplo, Ucrania, Palestina, Irán, Venezuela) bajo la bandera del "antiimperialismo" por parte de muchos socialdemócratas, chovinistas y contrarrevolucionarios disfrazados de "marxistas" y "anarquistas". A esta posición también se le conoce como “campismo”, debido que defiende uno de los campos o bloques estatales e imperialistas en guerra.

Pues bien, los internacionalistas y derrotistas consecuentes somos antidefensistas o anticampistas. Afirmando claro y fuerte que sólo la revolución comunista mundial puede abolir la guerra imperialista o el capitalismo y sus guerras.

En este marco, estamos por la lucha del proletariado de la región iraní contra el Estado burgués iraní, la lucha del proletariado estadounidense contra el Estado burgués estadounidense, la lucha del proletariado de la región venezolana contra el Estado burgués venezolano, y así sucesivamente en todos las regiones o países sin excepción.

En consecuencia, estamos por la unificación y radicalización de la guerra de clases global hasta la abolición de la sociedad de clases global. Porque, dado que hoy no sólo es la clase del trabajo sino la clase del capital, el proletariado sólo se va a unificar realmente cuando luche por su propia abolición como clase; es decir, al calor de la revolución comunista, la cual será mundial o no será.

Una sola clase: una sola lucha hasta la revolución comunista mundial. 

 

3.      Afirmamos que sólo aboliendo la sociedad de clases capitalista mundial se puede abolir el imperialismo, el colonialismo, el sionismo, el islamismo, el fascismo, etc.

No se trata de cortar sólo uno o varios tentáculos, sino de cortar la cabeza de todo el pulpo capitalista. No se trata de cortar sólo una o varias ramas, sino de extirpar la raíz misma del árbol podrido.

Lo propio aplica para sus falsos críticos y opositores o para sus tentáculos o ramas del lado izquierdo: el antiimperialismo, el anticolonialismo, el antisionismo, el antifascismo, etc. Porque la revolución social es anticapitalista, total y global o no es. Todo lo demás, no sólo es parcialización y desviación de la lucha de clases, sino contrarrevolución capitalista con diferentes disfraces.

 

4.      Estamos en contra del capitalismo, sus defensores de ultraderecha y, en especial, de sus falsos críticos de izquierda.

La izquierda del Capital o la socialdemocracia histórica e internacional es el falso crítico y opositor del capitalismo, porque su programa es reformarlo desde el Estado, no abolirlo y superarlo; es decir, ser la nueva clase explotadora y dominante.

En consecuencia, siempre se posiciona a favor de una u otra fracción estatal-nacional de la clase dominante mundial en la pugna interburguesa y la guerra imperialista; en este caso, a favor del bloque imperialista China-Rusia-Irán en contra del bloque imperialista EE.UU.-OTAN-UE-Israel. Todos éstos, sobre y en contra del proletariado de dichos países. Para muestra, un botón: estalinistas-antiimperialistas criollos expresando públicamente su “solidaridad con la República Islámica de Irán” contra la “revolución de colores impulsada por la CÍA y el Mossad” que “busca destruir el progreso social alcanzado por Irán en 5 décadas de Revolución” (sic.). Simplemente repudiable.

La historia de la lucha de clases del siglo XX demuestra que, paradójicamente, el antiimperialismo, la liberación nacional, la soberanía nacional, etc., siempre han sido el apéndice de un campo o bloque imperialista en guerra contra otro y, al mismo tiempo, el promotor de la modernización capitalista a través del Estado-nación en las periferias del capitalismo mundial. Eso mismo es la socialdemocracia o la izquierda del Capital en su versión “tercermundista” o antiimperialista y nacionalista. En pocas palabras, el antiimperialismo y el nacionalismo contra el proletariado y la revolución.  

Por eso, al igual que fascismo/antifascismo, imperialismo/antiimperialismo es una falsa dicotomía o una fórmula de confusión. Muy por el contrario, el verdadero antagonismo en el plano histórico-mundial es entre proletariado y burguesía, revolución y contrarrevolución, comunismo y capitalismo.

Dentro de este verdadero antagonismo, a su vez, se encuentra el antagonismo entre comunismo y socialdemocracia. Porque la socialdemocracia coopta o encuadra al proletariado para desviar su lucha de clase contra clase hacia la pugna interburguesa y la guerra imperialista. Porque —no se olvide— el objetivo principal de la socialdemocracia es ser la nueva clase capitalista dentro de cada Estado nacional, ya sea mediante las urnas (electoralismo) ya sea mediante las armas (reformismo armado). La socialdemocracia es la contrarrevolución con apariencia de "revolución" en el seno del proletariado. La socialdemocracia es, pues, el principal enemigo en el seno del propio proletariado.

Por lo tanto, como comunistas internacionalistas o minorías revolucionarias del proletariado internacional, estamos en contra de todas las fracciones o variantes de la socialdemocracia histórica e internacional: antiimperialistas, anticolonialistas, nacionalistas, islamistas, antisionistas, antifascistas, estalinistas y "marxistas"-leninistas en general, "anarquistas" campistas o defensistas de un Estado en guerra (Ucrania, Palestina), izquierdistas posmodernos anticoloniales, etc., porque en realidad ninguno de ellos es anticapitalista, sino procapitalista y, por tanto, contrarrevolucionario.

 

5.      No idealizamos o romantizamos al proletariado y sus luchas. El proletariado no tiene una "esencia comunista" e internacionalista. Ser clase explotada no lo hace mecánicamente clase revolucionaria. El proletariado es una contradicción viviente o en proceso.

De hecho, el proletariado sintetiza en su seno todas las contradicciones y luchas que atraviesan el entramado social capitalista, dado que constituye su base y su mayoría. Más aún en un período histórico-mundial de carácter contrarrevolucionario como todavía lo es el actual ―aunque ya comienzan a despuntar en el horizonte unos cuantos elementos y tendencias de una época pre-revolucionaria, por ejemplo, en Irán y EE.UU., debido a sus “guerras internas” o de clases―.

En este marco, el proletariado está dividido y hay fracciones de él que luchan por intereses de a, b o c fracciones burguesas nacionales e internacionales para sobrevivir o seguirse reproduciendo como clase explotada y dominada.

Más claro: si tal o cual fracción del proletariado en tal o cual país (por ejemplo, Irán y Venezuela) lucha a favor de tal o cual gobierno y/o de tal o cual potencia imperialista, es por sobrevivencia material, tal como en la antigüedad o en los albores del capitalismo algunos esclavos luchaban por sus amos, por la misma razón.

Al contrario, cuando el proletariado lucha por la revolución social mundial (1848, 1871, 1917-1923, 1936-1937, 1968-1977, ¿2026-2037-2049?) es porque ya no le queda otra alternativa histórica para satisfacer sus necesidades colectivas. La revolución es un hecho material o físico porque está determinada por necesidades materiales o físicas.

Son las condiciones materiales de existencia las que determinan los intereses, las luchas y el carácter del período histórico de la lucha de clases en todo el mundo, no la voluntad, la consciencia ni el activismo de sus participantes. (Este es un ABC de la concepción materialista de la historia que, de vez en cuando, toca recordar a propios y ajenos.)

Bajo las condiciones actuales, el proletariado está dividido y enfrentado entre sí porque es débil como clase revolucionaria. Y esta debilidad del proletariado como clase revolucionaria hace que la burguesía, la ultraderecha y la socialdemocracia sean fuertes en tanto que personificaciones sociales y políticas diferentes de la misma contrarrevolución capitalista. Es más: en un período o contexto contrarrevolucionario como el actual, la mayoría del proletariado es contrarrevolucionario.

Sin embargo, el propio desarrollo contradictorio y desigual del capitalismo y la lucha de clases también producen fracciones del proletariado que luchan por dejar de sobrevivir en el infierno social capitalista y empezar a vivir de otro modo. Más precisamente, fracciones proletarias que luchan contra el Trabajo/Capital y el Estado, contra todas las fracciones de la burguesía, contra la ultraderecha y la socialdemocracia, y, sobre todo, contra su propia condición de clase trabajadora. El capitalismo produce su propio sepulturero: el proletariado revolucionario. (Este es un ABC de la dialéctica materialista que, de vez en cuando, también toca recordar a propios y ajenos.)

Ahora bien, la lucha revolucionaria en realidad es impura, contradictoria y contingente. Esto no quiere decir que la extrema izquierda del Capital, autodenominada “izquierda revolucionaria”, sea realmente revolucionaria, ni mucho menos que le hagamos concesiones al activismo reformista y oportunista, en lo absoluto. Significa que la lucha revolucionaria inevitablemente se mezcla y se enfrenta con las luchas no revolucionarias y antirrevolucionarias de otras fracciones del proletariado (por ejemplo, en las actuales protestas masivas en Irán, donde en las calles de manera involuntaria se mezclan proletarios anticapitalistas y pro consejos obreros con proletarios pro monárquicos, y ambos se enfrentan con proletarios pro régimen islámico, etc.).

Lo cual genera que las luchas del proletariado en general sean más contradictorias, complejas y limitadas en el período histórico actual o en "la era de los disturbios". En suma, un caos, cuyo desenlace es contingente, porque puede devenir tanto en ruptura revolucionaria como en restauración del orden capitalista, según sean las condiciones concretas y la correlación de fuerzas.

Sí, la lucha de clases hoy es un caos, porque emerge del caos sistémico en el que se encuentra el capitalismo histórico y mundial.

Por consiguiente, la contradicción y el caos también existen dentro del internacionalismo proletario y el derrotismo revolucionario, tanto en la práctica (por ejemplo y sobre todo, en la lucha del proletariado gazatí tanto en contra de la ocupación del ejército israelí como en contra de los aparatos armados de la burguesía palestina; y, en menor medida, en la lucha del proletariado en uniforme que deserta de la guerra en la frontera ruso-ucraniana y las redes de solidaridad con los desertores allí y en toda Europa) como en la teoría (posiciones diferentes y polémicas al respecto entre las minorías radicales del proletariado internacional).

Aun así, con todas sus contradicciones, complejidades y limitaciones actuales en medio del caos sistémico, la lucha de clases existe, la guerra de clases existe, las revueltas existen, y la necesidad y posibilidad de revolución social existe.

Es más: dada la catástrofe capitalista global como contexto actual, la revolución social del futuro también adoptará una forma catastrófica. A golpes y a tientas, la sociedad comunista brotará desde el subsuelo y entre las ruinas de la sociedad capitalista.

El comunismo no es una utopía, una ideología ni mucho menos ese capitalismo de bandera rojiamarilla que fue la URSS y sus países satélites. El comunismo es el movimiento real y anónimo de los explotados y oprimidos que subvierte las condiciones capitalistas de existencia, que se desarrolla ante nuestros ojos, y que interrumpe por la fuerza pero a tientas la historia de la sociedad de clases. Su claroscuro caldo de cultivo es el antagonismo, la guerra de clases. Por eso el comunismo es un movimiento contradictorio, pero es.

Irán 2026 es un ejemplo concreto de ello. Sí, con todas sus contradicciones, la revuelta actual en la región iraní es una guerra de clases, no un "conflicto geopolítico" ―aunque tenga implicaciones geopolíticas― ni una "lucha religiosa" ―aunque parezca tener tintes religiosos―, como rebuznan algunos izquierdistas del Capital.

Es más: por su posición estratégica en el sistema mundial capitalista ―petróleo, industrias, mercados, relaciones internacionales, etc.― y por sus continuas revueltas de masas ―a saber, 5 levantamientos desde el 2017 hasta la fecha―, incluso si esta revuelta es derrotada, Irán será uno de los epicentros de la revolución social mundial del futuro. 

 

6.      No afirmamos que la lucha de clases conduce de manera "inevitable" a la revolución comunista y que la socialdemocracia es la "culpable" de que ésta no haya triunfado hasta la fecha. El proletariado es sus luchas, tanto contra la burguesía como en su propio seno. Lo cual incluye las luchas del proletariado revolucionario contra la socialdemocracia y, sobre todo, contra su propia condición de clase. La reproducción ó la ruptura de la relación capitalista de clase depende del contexto, el contenido, la intensidad y la extensión de tales luchas.

Esta disyuntiva se hace visible en situaciones de abierto antagonismo de clases como son las revueltas. Las revueltas son contradictorias por naturaleza porque emergen de las contradicciones y antagonismos de clase de la sociedad capitalista. Por lo tanto, el resultado o desenlace de una revuelta, como la actual revuelta en Irán, depende de cómo se resuelvan estas contradicciones de clase y, en especial, las contradicciones internas o en el seno del proletariado y sus luchas.

A esto nos referimos cuando decimos el contenido de las luchas. Y si ponemos énfasis en el contenido y no en la forma de las luchas, es porque la revolución es una cuestión de contenidos y fuerzas reales ―las relaciones y fuerzas sociales comunistas vs. las relaciones y fuerzas sociales capitalistas―, no de formas de organización ―autónomas o heterónomas, horizontales o verticales, etc.―. De hecho, en las revueltas actuales hay autoorganización, pero no hay revolución. Siendo que la revolución comunista es la única solución o superación de la contradicción viviente que es el proletariado mediante su abolición como clase y, por tanto, de todas las clases. Este, y no otro, es el contenido de la revolución comunista en el período histórico actual en el que el capital ha subsumido real o totalmente al trabajo y, por tanto, al proletariado. Esto, y no otra cosa, es la revolución concebida como comunización.

Autoabolición del proletariado que, a su vez, sólo es posible mediante la producción del comunismo y la reproducción social comunista; es decir, mediante la producción de relaciones sociales comunistas entre los proletarios que se asocian y luchan para dejar de ser proletarios y para reproducir todos los aspectos de sus vidas ―desde la alimentación hasta las relaciones de género, pasando por los servicios básicos y el uso del tiempo libre― de otro modo: en comunidad humana real o libre asociación de individuos que ponen bajo su poder y uso comunes todas sus condiciones materiales de existencia para la satisfacción de sus necesidades colectivas y el libre desarrollo de sus potencialidades y sus relaciones humanas, así como también de sus relaciones con la naturaleza.

Eso sí: teniendo claro que, si bien es necesaria y posible, la revolución comunista no es "inevitable". Desde la perspectiva materialista histórica y revolucionaria, hoy la consigna "Comunismo o Extinción" es realista, pero contingente: puede ser lo uno como lo otro. Depende del devenir del antagonismo o la guerra de clases en el contexto de la catástrofe capitalista en curso.

 

7.     No confundimos “proyecto con eslogan”, expectativa con realidad o consigna con movimiento real. La crítica comunista o las posiciones revolucionarias que mantenemos, desarrollamos y precisamos de manera minoritaria, con intransigencia y a contracorriente tanto de la ideología dominante como de la izquierda del Capital, son el fruto agridulce de la lucha concreta y ardua del proletariado revolucionario contra la sociedad de clases en el plano histórico-mundial. Son su producto y, en determinado contexto, su factor.

En efecto: en el contexto contrarrevolucionario actual, las posiciones revolucionarias del proletariado ciertamente son minoritarias, fragmentarias y defensivas, pero necesarias contra la contrarrevolución fuera y dentro de su seno para la resistencia, el aprendizaje de las derrotas y la previsión-preparación de futuras batallas.

En cambio, en un contexto revolucionario, nuestras posiciones pasan a ser masivas, unitarias, ofensivas e igual de necesarias, pero para contribuir a la "inversión de la praxis" (Bordiga) y la victoria de la revolución social. Pasan de ser producto a factor de la historia; es decir, sólo en la revolución la teoría revolucionaria se convierte en fuerza material y hace historia.

Junto con la aceleración de la catástrofe de la civilización capitalista, el devenir del antagonismo de clases es el único que puede transformar lo primero en lo segundo. Más precisamente, el devenir de un período de contrarrevolución a un período de reanudación revolucionaria, en el cual la apropiación y el uso de la teoría comunista por parte de las masas proletarias se convierte en una necesidad material o, mejor dicho, en una exigencia de su práctica revolucionaria.

En todo caso, la crítica comunista o la teoría revolucionaria es necesaria: no es "sólo teoría" o "sólo palabras", sino tanto una forma de relación crítica —aunque abstracta— del proletariado con el capital como, y sobre todo, “las armas de la crítica” (Marx) o un arma teórico-práctica que los proletarios de todo el mundo precisamos apropiarnos, afilar y poner en común hasta que sea sustituida por "la crítica de las armas" (Marx) para sepultar la sociedad de clases y alumbrar la sociedad sin clases.

Dicho de otra manera, la teoría revolucionaria o la crítica comunista es una forma (abstracta) y un momento de la práctica revolucionaria del proletariado hasta la posible abolición/superación revolucionaria de sí mismo como clase del trabajo/capital y, por tanto, de la relación social capitalista. Por eso, aunque no son idénticas, teoría y práctica revolucionarias son inseparables. La teoría revolucionaria es una práctica consciente de crítica y ruptura revolucionaria que, según sea el contexto o período de la lucha de clases, es un producto histórico y un arma defensiva ó un arma ofensiva y un factor histórico.

Cabe aclarar que, si bien reivindicamos lo que en un texto anterior denominamos “práctica teórica comunista” en contra y más allá del activismo reformista en tiempos de contrarrevolución capitalista, entendemos pero no compartimos la idea de que “la práctica del proletariado es la teoría” (Théorie Communiste), ya que la consideramos unilateral e incluso teoricista. Subrayamos: tanto en un período de reanudación revolucionaria como, y sobre todo, en un período de contrarrevolución, la teoría revolucionaria es una forma y un momento de la práctica revolucionaria, ni más ni menos. Pero, “las armas de la crítica no pueden sustituir a la crítica de las armas” y “cada paso de movimiento real vale más que una docena de programas” (Marx).

Por eso agregamos: para que la teoría revolucionaria se convierta en un arma material, hay que vincularla a la estrategia revolucionaria y a la organización revolucionaria al calor de un ciclo de luchas de clase concretas y, por implicación, a su dinámica y su devenir. Lo cual ya es tema para otros textos, debates, experimentaciones y aprendizajes como revolucionarios.

 

Proletarios Hartos de Serlo

Quito, febrero de 2026

15 de enero de 2026

Guerra de clases en Irán 2026

Lo que está ocurriendo hoy en Irán es la forma desnuda del dominio capitalista en un momento de peligro. El régimen islámico, como la forma dominante actual del poder capitalista, defiende un orden cuya supervivencia está ligada a la explotación de la fuerza de trabajo y a la represión constante, mediante el corte de comunicaciones, la instauración práctica de la ley marcial y el disparo directo contra el pueblo. Esta violencia no es una excepción ni una desviación; es la lógica natural del capital en crisis.

En este mismo momento, los cadáveres políticos enterrados vuelven a ser desenterrados. Los monárquicos y las fuerzas fascistas de su misma familia, con total descaro, intentan presentarse como una "alternativa".[1] No son una fuerza nueva ni una respuesta a la situación actual; son los restos de un orden fracasado que solo pueden respirar en condiciones de matanza e inestabilidad.

La monarquía, en la historia de esta sociedad, no ha sido más que la forma desnuda de ese mismo dominio de clase: represión de huelgas, destrucción de organizaciones obreras, gobierno policial e imposición del trabajo asalariado mediante la fuerza directa. Hoy, embellecer este proyecto podrido es un esfuerzo calculado para salvar al capital en medio de la crisis; un esfuerzo para que la ira y la sangre derramada, en lugar de dirigirse a las raíces de la explotación, se gasten en reconstruir el poder desde arriba.

Aquí no hay malentendidos. La corona y el turbante son dos caras diferentes de un mismo contenido: la preservación de las relaciones capitalistas y la continuidad de la esclavitud asalariada. Lo que se presenta bajo el nombre de "transición", "salvación" o "reconstrucción" no es una respuesta a la pobreza, ni a la represión, ni un camino hacia la liberación humana; es un proyecto para desviar la lucha de su verdadero camino, un camino que conduce a la abolición del trabajo asalariado y al desmantelamiento del orden capitalista.

El capitalismo, en cualquiera de sus formas políticas, es el enemigo directo de la clase trabajadora y el enemigo de la humanidad. Esta verdad no la dice la teoría, sino la historia escrita con sangre. Hoy esa historia se repite: por un lado, la violencia desnuda del gobernante, y por otro, el intento de las fuerzas muertas de la historia de regresar a la escena. Ninguno de los dos es el camino hacia el futuro.

Esta batalla no es una lucha por elegir la forma de gobierno. Es una guerra de clases; una guerra sobre si este orden antihumano permanece o es desafiado desde la raíz por el poder organizado de la clase trabajadora. No hay término medio. Todo lo que se diga en contrario es o un engaño o una retirada.» 

Trabajadores Anticapitalistas de Irán. Enero de 2026



[1] En este comunicado se menciona a los monárquicos, una fracción de la burguesía iraní y brazo del sionismo en Irán, debido a que están presentes en las protestas masivas, a tal punto que en algunas de ellas se escucha corear “Viva el Rey”. Sin duda, esta es una situación compleja, confusa y contradictoria de la actual revuelta en Irán. Pero, a pesar de tamaña contradicción, la guerra de clases existe. Las revueltas son contradictorias por naturaleza porque emergen de las contradicciones y antagonismos de clase de la sociedad capitalista. [Nota de PHS, enero de 2026]

 

El proletariado no tiene nación

Las revoluciones nacen de la desesperación, la opresión y la miseria infligidas por los tiranos y sus sistemas. Nunca son «limpias», nunca son neutrales: son el grito de quienes ya no tienen nada que perder. Sin embargo, el proletariado iraní que hoy lucha contra el régimen teocrático y reaccionario es abandonado, ignorado y traicionado por la izquierda oficial y por quienes fingen defender la justicia internacional, sometiendo la solidaridad a los juegos de las potencias extranjeras.

No hay excusas: quienes callan ante las matanzas, quienes pintan la revuelta como «instrumento de los servicios secretos», quienes consideran las masacres civiles como problemas de geopolítica, son cómplices del régimen. La lucha por la libertad no puede estar subordinada a los intereses imperialistas ni a las estrategias de alianzas. El derecho a la autodeterminación no se negocia: lo que se concede al proletariado palestino debe reconocerse a todo proletariado que se rebele contra la opresión.

Quienes hoy reprimen, quienes masacran a las masas en las calles, quienes utilizan la religión para justificar la miseria y el miedo, son enemigos de la humanidad. Quienes los apoyan o los justifican son traidores a la justicia y la libertad. La solidaridad internacional debe estar con el proletariado en revuelta, siempre, sin mediaciones, sin cálculos políticos, sin concesiones.

El mundo debe saberlo: el proletariado iraní no está solo. Su lucha es nuestra lucha. Su revuelta es una señal de que la opresión puede ser desafiada y de que ningún régimen es inmortal. La tarea de quienes se declaran comunistas internacionalistas es clara: denunciar toda traición, apoyar toda revuelta, luchar en todas partes contra todo imperialismo.

Massimo Caterini. Región italiana, enero de 2026

(Tomado de Facebook. Traducción automática)

 

Irán: la otra cara del problema

El marco de las fuerzas imperialistas, EE. UU., RUSIA y CHINA, debe mantenerse unido sin concesiones, porque los diferentes elementos que emergen no están separados, sino que forman parte de un único proceso histórico.

El régimen iraní es un típico Estado contrarrevolucionario moderno: nace de una movilización real de las masas y la utiliza para construir un nuevo aparato de dominio de clase. No ha habido ninguna «traición» a la revolución de 1979: su resultado ya estaba inscrito en la dirección interclasista y nacional-religiosa que aplastó desde el principio toda autonomía proletaria. La masacre del Tudeh es la demostración histórica más clara de ello. Ese partido no fue destruido por error o por exceso represivo, sino porque había optado por colaborar con un poder clerical-burgués en nombre del antiimperialismo y de la «fase democrática». Es una lección ya vista en otros lugares: la burguesía, bajo cualquier bandera, nunca perdona.

Lo mismo ocurre con los Muyahidines del Pueblo: no son comunistas, pero representan una posible alternativa organizada. Precisamente por eso han sido aniquilados. El mensaje del régimen siempre ha sido claro: o nosotros o ustedes. No hay pluralidad, no hay una segunda pata de la revolución, no hay organización autónoma de la clase.

Cuando las masas se mueven impulsadas por el hambre, la humillación cotidiana, la imposibilidad material de vivir, la elección no es entre la victoria y la derrota, sino entre estar o no estar de su lado. Se está con ellos incluso cuando la derrota es probable, incluso cuando el precio sea la cárcel, la horca, los cadáveres alineados. La Comuna de París no cuenta porque haya ganado, sino porque ha demostrado hasta el final tanto la capacidad de autogobierno proletario como la ferocidad sin límites del poder burgués cuando se ve amenazado.

En este contexto también debe leerse la cuestión de la espontaneidad. La lucha de clases no espera a que la conciencia organizada esté lista. Cuando la organización está ausente, destruida o retrasada, la historia sigue adelante de todos modos y produce formas contradictorias, híbridas, a menudo destinadas al fracaso. Pero la conciencia de clase no siempre precede al movimiento: a menudo nace dentro de la lucha y dentro de la derrota, en la experiencia directa del enemigo.

Entonces cobra importancia un dato que no es en absoluto secundario: en las movilizaciones más recientes surgen embriones de internacionalismo y la referencia a los consejos como forma de organización. No se trata de un residuo ideológico, sino del reflejo de una necesidad material de la clase que se mueve: coordinarse desde abajo, decidir colectivamente, arrebatar la iniciativa a los aparatos. Como ya ha ocurrido en otras ocasiones en las últimas décadas, cuando el proletariado ha vuelto a moverse, las formas organizativas tradicionales quedan superadas.

No es casualidad que los sindicatos ya no se perciban como instrumentos de organización de clase. Su función histórica ha cambiado: de órganos de defensa se han convertido en mecanismos de mediación, control y disciplina, plenamente integrados en el Estado y el capital. No se trata de un problema moral o de «traición», sino de una función material. Los sindicatos enseñan a negociar la derrota, a fragmentar la clase por categorías, a encerrar el conflicto dentro de los límites de la compatibilidad económica y la legalidad burguesa. En este sentido, no solo son inadecuados: son un obstáculo directo para la toma de conciencia de clase.

El resurgimiento de los consejos demuestra, por el contrario, que la clase, incluso después de décadas de derrotas y retrocesos, aprende de la experiencia. Sabe que las estructuras existentes ya no la representan, sabe que la autoorganización no es un lujo, sino una necesidad vital. Esto es válido en un régimen abiertamente represivo como el iraní, pero también lo es en las democracias occidentales, donde la represión es más sofisticada, pero no menos real.

La tarea de los comunistas no es juzgar las revueltas por «inmaduras» o «destinadas a la masacre», sino permanecer dentro del movimiento real, extraer lecciones, mantener la continuidad histórica del comunismo y trabajar en la reconstrucción de la organización sobre bases de clase, sin frentismos, sin interclasismo, sin ilusiones religiosas o nacionales.

Quienes hoy dicen «no es el momento», «no están preparados», «irán al matadero», en realidad ya han elegido: están del lado del orden.

Estar con los vencidos no es romanticismo, sino conciencia histórica: la historia del proletariado no es una marcha triunfal, sino una larga cadena de derrotas que prepara la posibilidad de la victoria. La revolución no está garantizada, pero sin estar en las luchas reales solo está garantizada la derrota permanente. 

Massimo Caterini. Región italiana, enero de 2026

(Tomado de Facebook. Traducción automática)

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