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| Marie
Louise Berneri, hija del anarquista-comunista internacionalista
italiano Camilo Berneri y autora de "Ni Este ni Oeste", con un grupo de
refugiados españoles, "tercercampistas" tod@s, en Chorley-Inglaterra,
1945 |
La siguiente discusión surgió de una
serie de encuentros e intercambios mantenidos a lo largo del último año
en torno a la historia y la relevancia actual del internacionalismo
proletario. Lo que dotó a estos debates de una urgencia particular fue
el inquietante resurgimiento del “campismo” en los
medios radicales —y, cada vez más, en los no tan radicales—: la renovada
tendencia a subordinar la crítica a los Estados, a la guerra y a la
dominación capitalista al apoyo al “mal menor”, a un bando nacional
basándose en la opresión real de la población a la que pretende
representar, o a fuerzas identificadas con la “resistencia al
imperialismo”. Desde Ucrania hasta Asia occidental y el sudeste
asiático, la presión para elegir entre campos imperialistas o nacionales
rivales se ha convertido, una vez más, en un problema político central.
Varias conversaciones mantenidas en
París en la primavera de 2026 ayudaron a concretar estas inquietudes.
Una de ellas se centró en la traducción en curso de los textos de
Marie-Louise Berneri extraídos de “War Commentary for Anarchism and
Freedom”, que se habían recopilado en Neither East Nor West[1].
Otra se centró sobre el recientemente fallecido Henri Simon —el
comunista consejista centenario y antiguo miembro de “Socialisme ou
Barbarie”— y su relación con Henry Chazé, una figura clave tanto en la
“Union Communiste” como en la Fracción Francesa de la Izquierda
Comunista Internacional.
Estos encuentros apuntaban, más allá de
cualquier organización o tradición política concreta, hacia una historia
más amplia del internacionalismo proletario, desarrollada tanto en las
corrientes comunistas como en las anarquistas en oposición a la guerra
capitalista y a las formas políticas a través de las cuales las y los
proletarios han sido repetidamente subordinados: la colaboración de
clases antifascista, la “liberación” nacional, las “guerras nacionales
justas” y la alineación con un bando imperialista presentado como
“antiimperialista”. Pero recuperar esta historia también plantea una
cuestión más compleja que la simple reafirmación de una posición
internacionalista, o del “tercer campo”: ¿por qué esta posición siguió siendo, en casi todos los casos a partir de 1920, una posición minoritaria dentro de la clase?
El problema no era solo la debilidad
numérica. Los grupos que mantenían una postura internacionalista rara
vez conectaban, excepto de forma breve y parcial, con los movimientos de
masas de la clase a la que se dirigían. Eran pequeños, clandestinos,
perseguidos, teóricamente sólidos y organizativamente frágiles.
Escribían para una clase que, en la inmensa mayoría de los casos,
marchaba en la dirección opuesta; bajo banderas nacionales, frentes
antifascistas o ejércitos de liberación.
La oleada revolucionaria de 1917-1920
constituye la excepción evidente: el momento en el que se produjo
efectivamente un cambio radical de postura a nivel de masas. Entre 1917 y
1920 —en Rusia, Alemania, Hungría, algunas partes de Italia y en los
motines que sacudieron a los ejércitos de la Entente hacia el final de
la guerra—, el rechazo internacionalista a la guerra se convirtió
brevemente en una fuerza material. Los soldados fraternizaron a través
de las trincheras y se negaron a luchar; las y los trabajadores se
negaron a producir y formaron consejos. La fórmula de Lenin “transformar la guerra imperialista en guerra civil”
no era solo una consigna; describía algo que realmente estaba
ocurriendo, impulsado no principalmente por la organización bolchevique,
sino por el agotamiento, la rabia y la radicalización política de
millones de personas enviadas a morir por intereses que, a simple vista,
no eran los suyos. Lo que hizo posible esa conexión no fue,
principalmente, la correcta línea política. Fue el agotamiento material
de años en las trincheras, combinado con una densidad organizativa
preexistente en la clase trabajadora que podía reactivarse en una
dirección diferente. Hacia 1921 o 1922, la oleada revolucionaria había
sido derrotada en casi todas partes, y cuando llegó el siguiente gran
ciclo de guerras, en las décadas de 1930 y 1940, la postura
internacionalista volvió a quedar confinada en gran medida a pequeñas
minorías. Por qué se produjo entonces esa conexión entre el cansancio de
la guerra, la organización de clase y el internacionalismo
revolucionario, y por qué no ha vuelto a producirse de la misma manera,
es la cuestión más importante que plantea esta experiencia —y que
queremos mantener abierta a lo largo de todo el debate—.
El punto de partida del
internacionalismo proletario es el rechazo a la presión recurrente que
se ejerce sobre las y los proletarios para que elijan entre bandos
estatales; un rechazo basado en el reconocimiento de que la guerra no es
una aberración del funcionamiento normal del capitalismo, sino su
condensación: la competencia interestatal por los mercados, los
territorios y la mano de obra, la reorganización de la producción a
través de la destrucción y la imposición de una disciplina que los
tiempos de paz no siempre pueden imponer. Esta presión no se manifiesta
únicamente como patriotismo o nacionalismo supremacista. Adopta la forma
de antifascismo, liberación nacional, defensa de la democracia,
antiimperialismo, resistencia a la ocupación o apoyo al mal menor. En
cada caso, se abandona la autonomía proletaria en nombre de una tarea
política supuestamente más urgente.
Esta tendencia, a menudo llamada “tercer
campo” proletario o “tercera opción”, rechazaba la lógica del “mal
menor” entre las máquinas estatales. Un capitalismo más débil en
conflicto con uno más fuerte sigue siendo capitalismo. Un Estado
dominado o atacado no deja de organizar la explotación, disciplinar a la
mano de obra, controlar a la población y unir a las clases bajo la
forma de la nación. La nación es una de las formas políticas a través de
las cuales se desplaza el antagonismo de clases: una sociedad dividida
por la explotación se presenta como una comunidad común de ciudadanas y
ciudadanos, unida por un interés compartido, un destino común y, en
tiempos de guerra, un enemigo compartido. La derrota de un bloque
imperialista se limita a alterar el equilibrio de fuerzas en el marco de
la competencia global; no es ni una victoria de la clase trabajadora,
ni un paso hacia su autoabolición. Ni siquiera constituye un desafío al
imperialismo per se. Las máquinas de guerra democráticas, los
movimientos de liberación nacional y los oponentes autoritarios o
teocráticos de occidente exigen, en diferentes lenguajes, la misma
renuncia: la suspensión de la lucha de clases autónoma en nombre de una
necesidad política superior.
La claridad política de la corriente
internacionalista no procedía del sectarismo, ni del aislamiento en sí
misma. Procedía del hecho de que estas y estos militantes se vieron
obligados, por la evolución reaccionaria del propio movimiento obrero, a
romper con las formas a través de las cuales ese movimiento se estaba
incorporando al Estado, a la nación y al esfuerzo bélico. Su claridad se
forjó, por tanto, a través de sucesivas rupturas: con el
socialpatriotismo en 1914, con el estalinismo, con la defensa de la
URSS, con la colaboración de clases antifascista, con la liberación
nacional entendida como modernización capitalista y construcción del
Estado, y con cualquier idea de que la emancipación proletaria pudiera
pasar por la victoria de un Estado o de un campo imperialista.
La condición minoritaria de los grupos
internacionalistas explícitos no debe interpretarse como una ausencia de
resistencia a la guerra. La movilización bélica nunca es puramente
ideológica ni voluntaria. Requiere disciplina, coerción, miedo,
propaganda, imposición legal y control policial de la población. La
evasión del reclutamiento, la deserción, la desobediencia militar, la
negativa a participar en la producción bélica, el agotamiento social,
las huelgas y la hostilidad hacia el Estado pueden debilitar el esfuerzo
bélico sin llegar a adoptar una postura internacionalista consciente y
explícita. La cuestión política radica es cómo esas formas de rechazo
pueden transformarse en una negación de clase de la guerra capitalista y
de todos los Estados nacionales, en lugar de ser absorbidas por el
pacifismo, el humanitarismo democrático, el nacionalismo o el campo
rival.
Los textos recopilados en nuestra publicación[2]
no deben leerse como una doctrina inmutable, sino como intentos
situados de formular una respuesta de clase ante momentos en los que las
y los proletarios se vieron empujados a participar en movilizaciones
nacionales, antifascistas, democráticas o antiimperialistas. Cada caso
aborda el mismo problema desde una perspectiva histórica diferente.
La primera formulación aparece con
especial claridad en la respuesta anarquista japonesa a la invasión de
Manchuria en 1931. La Federación Libertaria Japonesa escribió desde el
interior del país imperialista agresor. Su primer objetivo fue el Estado
japonés, su ejército, su clase capitalista y el discurso patriótico
mediante el cual se justificaba la invasión. La patria, en este texto,
no es una comunidad formada por las y los explotados y sus explotadores.
Es la forma política mediante la cual se pide a las y los pobres que
soporten el hambre, el frío y la muerte, mientras que la clase dominante
obtiene beneficios y poder.
Lo que importa aquí es que la denuncia
del imperialismo japonés no se transforme en apoyo al campo nacional
opuesto. La Federación Libertaria Japonesa se pregunta quién se
beneficiaría si la influencia japonesa desapareciera de China mediante
una victoria del movimiento de liberación nacional. Su respuesta es: no
las y los trabajadores y campesinos chinos como fuerza social autónoma,
sino la burguesía china en ascenso y los capitales extranjeros que
compiten con Japón. Esta fue una forma temprana del doble rechazo
desarrollado de manera más nítida en los textos posteriores de nuestra
publicación.
El texto hace referencia específicamente
a la postura de Kropotkin en 1914; su apoyo a la Entente porque
consideraba que el militarismo alemán representaba el mayor peligro. Las
y los anarquistas japoneses consideraron esto un error fatal. En cuanto
se considera que un imperialismo es lo suficientemente peor como para
justificar el apoyo al otro, el internacionalismo ya se ha disuelto en
la lógica de la guerra entre Estados. El problema radica en la
aceptación de un marco en el que se pide a las y los proletarios que
evalúen qué clase dominante debería derrotar a otra.
La Union Communiste desarrolló esta
misma cuestión de un modo comunista más sistemático durante la guerra
chino-japonesa de 1937. La experiencia española ya había establecido las
bases: el Frente Popular había demostrado que el apoyo “crítico” a la
burguesía democrática equivalía a reforzar el aparato que aplastó a las y
los trabajadores de Barcelona en mayo de 1937 y eliminó a las fuerzas
que no podían subordinarse a la línea nacional-democrática —el POUM y
las corrientes anarquistas más radicales—. Su polémica contra Trotsky es
fundamental. Trotsky sostenía que China, como país semicolonial atacado
por Japón, libraba una guerra nacional progresista que las y los
revolucionarios debían apoyar, manteniendo al mismo tiempo la
independencia política respecto a Chiang Kai-shek.
La Union Communiste rechazó esta
distinción entre apoyo militar e independencia política. La cuestión no
era qué bando había sido atacado. La defensa nacional se organiza a
través del Estado burgués, su ejército y su dirección política; por lo
tanto, apoyarla significa reforzar el aparato mediante el cual se
subordina a la clase trabajadora. En China, esto suponía reforzar el
poder militar y burocrático del Kuomintang; la misma fuerza burguesa que
había aplastado la revolución obrera de 1926-1927. Un aparato estatal
construido en nombre de la guerra antiimperialista no se vuelve inocuo
por el hecho de que el apoyo que se le brinda se califique de “crítico”.
La disciplina de la guerra nacional transforma el “apoyo crítico” en
una participación práctica en el esfuerzo nacional.
Durante la Segunda Guerra Mundial, la
misma cuestión resurgió bajo la forma del antifascismo y la defensa de
la Unión Soviética. Esta alineación masiva fue la culminación del
desarme político del proletariado durante el período de entreguerras, en
el que la integración institucional de la clase obrera en el Estado
democrático por parte de la socialdemocracia y la política estalinista
de los Frentes Populares, que transformó la lucha de clases en una
defensa antifascista de la democracia burguesa, ya había erosionado
cualquier base para la autonomía de clase. Para la mayor parte de la
izquierda, la guerra se planteó como una lucha entre el fascismo y la
democracia, o como una guerra en la que había que defender a la URSS a
pesar del estalinismo.
Para entonces, los grupos
internacionalistas habían roto no solo con el estalinismo, sino también
con la postura trotskista según la cual Rusia, como Estado obrero
degenerado, debía defenderse frente al imperialismo; una lógica que, en
última instancia, contribuyó a la subordinación de las masas proletarias
de todo el mundo al campo imperialista Aliado. Las minorías
internacionalistas de la Europa ocupada intentaron mantener otra
postura. Los Revolutionären Kommunisten Deutschlands-RKD, el Groupe
Révolutionnaire Prolétarien/Union des Communistes
Internationalistes-GRP/UCI, las fracciones comunistas de izquierda y la
red anarquista en torno a André Arru, que operaba desde Marsella y
Toulouse, se oponían al nazismo y a la ocupación alemana, pero también
al imperialismo Aliado, al estalinismo, a los frentes de resistencia
nacional basados en la colaboración de clases y a la restauración del
orden capitalista bajo el nombre de “Liberación”.
Estos grupos producían panfletos
ilegales en alemán y francés, se dirigían a los soldados alemanes como
proletarios uniformados en lugar de como meros instrumentos del Estado
nazi, y llamaban a la fraternización, la deserción, el rechazo de la
disciplina y la lucha contra todos los Estados. Intentaban romper la
cohesión nacional impuesta por la guerra mediante la intervención
política en las propias filas del ejército. Y, ciertamente, esto no
suponía una negación de la realidad de la ocupación alemana ni del
terror nazi; se trataba de negarse a traducir esa realidad en apoyo al
campo Aliado, a la resistencia patriótica o al Estado soviético. Algunas
y algunos militantes fueron detenidos, deportados o asesinados. Karl
Fischer, del RKD, sobrevivió a la represión nazi, pero tras la guerra
fue secuestrado por el aparato soviético y enviado al Gulag.
Esta tendencia tampoco estuvo ausente en
el contexto griego. La corriente en torno a Aghis Stinas —a través de
sus sucesivas formas organizativas durante la ocupación— mantuvo una
postura internacionalista dentro de la Grecia ocupada, tanto frente al
Eje como al campo Aliado, y en contra de la línea de unidad nacional del
EAM/ELAS, a la que identificaba como una subordinación de la clase
trabajadora al imperialismo Aliado. La posición internacionalista se
mantuvo no solo en los centros metropolitanos de Europa occidental, sino
también en un país sometido a condiciones de extrema represión, donde
la presión en favor de la unidad nacional fue una de las más intensas
que se podían encontrar en cualquier lugar[3].
En el contexto de Italia, las huelgas de
marzo de 1943 en Turín, Milán y los centros industriales del norte
demostraron que podía surgir una verdadera ruptura de la clase
trabajadora en el seno del Estado agresor, impulsada por el hambre, el
agotamiento y el odio hacia la disciplina fascista. Pero esta ruptura
fue posteriormente absorbida por el marco de la liberación nacional
antifascista, sobre todo a través del PCI y del CLN, la coalición
interclasista de Liberación Nacional que unía a comunistas, demócratas
cristianos e incluso monárquicos. Los textos de nuestra recopilación,
escritos en torno a la coyuntura italiana por grupos de Gran Bretaña y
de la Francia ocupada, sin que hubiera comunicación alguna entre ellos,
reflejan esta situación de forma casi idéntica. Los textos de Berneri
rechazan identificar los bombardeos aliados con la liberación y los
yuxtapone con las huelgas obreras y el sabotaje en Italia para
desenmascararlos como un medio de imponer el “orden” capitalista; los
textos de la izquierda comunista atacan ese mismo proceso como una
contrarrevolución preventiva encaminada a la restauración del orden
capitalista a través del antifascismo y el nacionalismo. Lo que el marco
de la liberación nacional suprimió fue la posibilidad de que la
revuelta obrera contra el fascismo y la guerra pudiera haber excedido
los límites de la reconstrucción estatal antifascista y se transformara
en una guerra de clases.
En Francia, la “liberación” de París en
1944 planteó brevemente la cuestión de si estas minorías
internacionalistas podrían conectar con un movimiento obrero más amplio.
Militantes del GRP/UCI y del RKD participaron en el comité de huelga de
Renault. Durante un corto momento, la expectativa de una nueva oleada
revolucionaria no resultaba absurda. Pero esta ventana de oportunidad se
cerró rápidamente. La influencia estalinista en los lugares de trabajo,
el retorno del orden estatal y la estabilización que trajeron consigo
los ejércitos aliados limitaron las posibilidades. Los grupos que habían
mantenido una postura internacionalista a lo largo de años de represión
carecían de las raíces o la envergadura necesarias para dar forma a la
situación cuando se abrió brevemente esa oportunidad. La claridad
teórica por sí sola no puede producir una fuerza más amplia; eso depende
del nivel de organización de clase, de la desintegración de la
disciplina militar, del debilitamiento de la legitimidad del Estado y de
la posibilidad de conectar las resistencias aisladas en un movimiento
común.
“War Commentary” en Gran Bretaña no
operaba bajo la ocupación alemana, sino dentro de uno de los Estados
imperialistas democráticos vencedores. El internacionalismo no se pone a
prueba únicamente bajo una Dictadura o una ocupación; también se pone a
prueba dentro de la democracia, cuando el Estado democrático exige
disciplina laboral, censura, obediencia militar y silencio en nombre del
esfuerzo bélico antifascista. Las y los anarquistas en torno a “War
Commentary” sostenían que Gran Bretaña no luchaba por la libertad contra
el fascismo. Se trataba de un Estado imperialista que defendía sus
colonias, mercados, rutas comerciales y su posición global. La guerra
antifascista era una guerra capitalista. La exigencia de que las y los
trabajadores apoyaran el esfuerzo bélico suponía su incorporación a la
disciplina del Estado.
Por eso eran importantes sus intentos de
llegar a los soldados. “War Commentary” se dirigía a las tropas no como
parte de una institución nacional supuestamente neutral, sino como una
masa de trabajadores uniformados, sujetos a la disciplina, pero capaces
de debatir, de mostrarse descontentos y de rebelarse. A través de la
correspondencia de los soldados, el “Forces Newsletter” y las
referencias a antiguos motines y consejos de soldados, la publicación
pretendía abrir la comunicación dentro de las propias fuerzas armadas.
El procesamiento judicial de sus responsables en 1945, acusados de
conspirar para provocar desafección en las fuerzas armadas, puso de
manifiesto los límites de la tolerancia democrática justo cuando la
guerra llegaba a su fin y la desmovilización amenazaba con convertir de
nuevo a los soldados en una fuerza social volátil. El peligro no era una
revuelta militar inminente, sino la posibilidad de que los soldados que
retornaban —trabajadores de uniforme, a punto de reincorporarse a los
lugares de trabajo, a las calles y a las luchas por la vivienda[4]—
pudieran llevar consigo el descontento a la vida civil. El intento de
“War Commentary” de dirigirse a ellos como proletarios pensantes, en
lugar de como sujetos militares obedientes, tocó, por tanto, una
verdadera línea de fractura en la transición de la guerra al orden de la
posguerra.
La cuestión colonial, sin embargo, puso
de manifiesto una limitación en este ámbito. El texto de Albert Meltzer
de 1942 sobre la independencia nacional aún admitía que las luchas por
la independencia nacional pudieran, en determinadas condiciones,
adquirir un contenido progresivo. Esto apunta a una dificultad
persistente: cómo oponerse al propio Estado imperial y apoyar las luchas
de los pueblos colonizados sin respaldar políticamente a movimientos
nacionalistas que, simplemente, no harán más que reproducir la
dominación de clase bajo otra bandera.
En el contexto colonial propiamente
dicho, el relato de Ngo Van sobre Vietnam en el período inmediatamente
posterior a la Segunda Guerra Mundial reviste una gran importancia, ya
que hace que esta dificultad resulte brutalmente concreta. Su
perspectiva provenía de la experiencia directa del colonialismo francés,
la ocupación japonesa, el colapso de la autoridad japonesa, la
intervención británica, el regreso de los franceses y el auge del Viet
Minh. En 1945, hubo un breve momento, durante el vacío de poder creado
tras la retirada japonesa, en el que las y los trabajadores y campesinos
pobres actuaron de forma independiente. En las minas de Hongay-Campha,
las y los trabajadores tomaron el control de la producción y formaron
consejos. En Saigón, comités independientes y las y los militantes
internacionalistas de la oposición de izquierda plantearon
reivindicaciones de armas, control obrero y tierra para las y los
campesinos, y formaron comités populares. Estos movimientos fueron
aplastados no solo por las fuerzas coloniales, sino también por el Viet
Minh. El asesinato de militantes de la oposición de izquierda no fue un
exceso accidental. Reflejaba la lógica de la liberación nacional como
construcción del Estado: las fuerzas que no podían subordinarse a la
nueva autoridad nacional debían ser eliminadas.
En un texto posterior de 1968, durante
la guerra de Vietnam, Ngo Van no minimizó la violencia del imperialismo
estadounidense, pero se negó a que esa violencia se convirtiera en una
razón para apoyar al Estado de Ho Chi Minh. Su posición era que las y
los trabajadores y campesinos vietnamitas no tenían nada que ganar ni
con el capitalismo estadounidense ni con capitalismo de Estado de
Vietnam del Norte. La liberación nacional se identificaba con un cambio
de jefes. La administración colonial podía marcharse, pero la
explotación se reorganizaba a manos de una burocracia nacional, el
partido-Estado y la emergente clase dominante autóctona. Su visión
resultó ser completamente correcta.
En Vietnam, el peligro de que el apoyo a
una guerra nacional condujera al establecimiento de un régimen
capitalista de Estado ya no era una anticipación teórica; se había
convertido ya en una experiencia histórica. El movimiento nacional había
demostrado que, para monopolizar el poder estatal, destruiría las
iniciativas autónomas del proletariado y del campesinado. La crítica de
Ngo Van a la liberación nacional no surgía, por tanto, de la
indiferencia ante la dominación colonial, sino de la experiencia de una
lucha en la que la guerra anticolonial se había transformado en la
formación de un nuevo poder estatal contra las mismas fuerzas sociales a
las que decía representar.
La guerra de Vietnam de la década de
1960 arroja una luz diferente sobre el análisis de las movilizaciones
contra la guerra y la insubordinación de los soldados. El fracaso
militar estadounidense no fue simplemente una derrota en el campo de
batalla, sino el resultado de una insubordinación de clase generalizada.
La resistencia dentro del ejército y de la sociedad civil —deserciones,
prensa clandestina de los soldados, negativas a combatir, asesinatos de
oficiales por parte de sus propios subordinados[5],
rupturas de la disciplina y el agotamiento de una clase trabajadora
reclutada— paralizó la capacidad del Estado estadounidense para
continuar la guerra. Esta resistencia no se cristalizó en un movimiento
internacionalista proletario; se mantuvo en gran medida pacifista,
democrática y, en general, antiimperialista. Sin embargo, demuestra que
los rechazos más amplios a la guerra pueden adquirir una importancia
material incluso cuando el internacionalismo explícito del “tercer
campo” sigue siendo minoritario. El problema es cómo se pueden
clarificar y conectar esos rechazos sin que sean absorbidos por el
pacifismo liberal, el apoyo al campo rival o un antiimperialismo que
deja sin examinar el contenido de clase de las fuerzas opuestas.
En relación con esto, y en
contraposición a las posturas acríticas sobre la liberación nacional que
prevalecen hoy en día, el “Manifiesto de París” de 1976, redactado por
comunistas árabes e israelíes y publicado en la revista “Khamsin”,
desarrolla una crítica simultánea al sionismo, al Estado israelí, a los
regímenes árabes, a las organizaciones nacionales palestinas y a las
fuerzas imperialistas activas en la región. El Estado israelí se analiza
como un Estado capitalista sionista basado en el desplazamiento masivo,
la dominación militar y la violencia brutal contra la población
palestina, así como en la incorporación de las y los trabajadores judíos
a la defensa nacional y al proyecto sionista nacionalista y
expansionista. Hoy en día, la trayectoria del militarismo que ellos
criticaban ha escalado en un genocidio. Al mismo tiempo, las y los
trabajadores judíos israelíes no se reducen a una mera extensión del
Estado. El conflicto de clases, las huelgas salvajes, las jerarquías
internas y el descontento social de aquella época seguían siendo una
realidad dentro de la sociedad israelí y mantenían su relevancia
política. La correlación de fuerzas de clase es diferente en la
actualidad y las ideologías nacionalistas reaccionarias tienen mucho más
peso, no solo en Israel, sino en toda la región y a nivel
internacional.
La crítica del “Manifiesto” al
nacionalismo palestino no es secundaria respecto a su crítica al
sionismo. Rechaza tanto la estrategia orientada al Estado de la OLP como
la alternativa negacionista que se oponía a cualquier compromiso en
nombre de la liberación nacional total y la destrucción del Estado de
Israel. Estas posiciones diferían tácticamente, pero compartían el mismo
horizonte: la organización de las y los proletarios palestinos como
pueblo nacional representado por liderazgos políticos y militares. La
emancipación no puede equipararse a la construcción de un Estado, a la
victoria de un ejército nacional ni al reconocimiento diplomático de una
dirección nacional. La posición de las y los camaradas era clara: un
Estado palestino podría eliminar una coartada del nacionalismo árabe y
poner a las y los trabajadores palestinos cara a cara con su propia
clase dominante; pero no constituiría su emancipación.
La paz entre Estados, o entre actores
estatales y cuasiestatales, no es lo opuesto a la guerra. Es una nueva
organización de la misma realidad: fronteras, acuerdos de seguridad,
medidas policiales, reconocimiento diplomático, gestión de la población,
reconstrucción y nuevas formas de incorporación a las economías
nacionales. En este sentido, la paz prolonga el contenido de clase de la
guerra por otros medios. No elimina las fuerzas que organizaron el
conflicto; puede estabilizar su relación y redistribuir sus roles.
Esta dinámica se aplica al presente sin
anacronismos. Los acuerdos temporales, los altos al fuego, los
intercambios de prisioneros o rehenes, los mecanismos de reconstrucción y
las garantías de seguridad pueden resultar aceptables para actores como
Hamás, Irán, Catar, Israel y Estados Unidos, cada uno por sus propias
razones y dentro de su propia estrategia. Pero tales acuerdos no pueden
equipararse a los intereses de las y los proletarios palestinos. Regulan
las condiciones bajo las cuales las y los palestinos siguen siendo
gobernados, vigilados, desplazados, contenidos, empleados, desempleados,
dependientes de la ayuda, o incluso asesinados en masa.
El último texto de nuestra compilación,
el de Arya Zahedi sobre Irán, traslada al presente la crítica al
“campismo” antiimperialista. El conflicto del Estado iraní con Estados
Unidos, Israel u occidente vuelve a ser considerado por estos
“antiimperialistas” como motivo suficiente para pasar por alto su
carácter de clase, su brutal represión de las luchas de clase y
sociales, y su papel en la dominación capitalista en Asia occidental. La
República Islámica utiliza el conflicto externo para imponer
violentamente la disciplina interna: para reprimir huelgas, aplastar el
movimiento de mujeres, imponer medidas de austeridad, vigilar la moral,
reprimir a las minorías y presentar la lucha social como traición en un
momento de emergencia nacional. Esto no es exclusivo de Irán. Todos los
Estados utilizan el peligro externo para demandar la unidad interna. Lo
que resulta específico hoy en día es que sectores de la izquierda
internacional aceptan esta lógica cuando el Estado en cuestión confronta
a Estados Unidos, Israel u occidente —mientras el esfuerzo bélico del
Estado se rebautiza como “resistencia”— sin el pretexto del carácter
socialista del Estado, ni una “tercera vía” hacia el socialismo, como
ocurría en el pasado.
El resultado es previsible: las y los
trabajadores, mujeres, migrantes, minorías y presos que luchan contra el
régimen desaparecen de la vista cuando caen las bombas. El esfuerzo
bélico del Estado se rebautiza como “resistencia”; aquellas y aquellos a
quienes explota y reprime pasan a un plano secundario. El conflicto con
un imperialismo más fuerte no convierte a un Estado en un agente de
emancipación. Simplemente hace que el Estado sea más efectivo a nivel
interno, ya que la disidencia puede criminalizarse como traición.
Este problema se extiende más allá de la
vieja izquierda: el estalinismo, la socialdemocracia, el antifascismo
patriótico o el “campismo” antiimperialista clásico. Afecta a corrientes
que se presentan como una crítica radical del marxismo tradicional. No
obstante, estas corrientes no deben equipararse entre sí. La teoría de
la comunización, la crítica del valor, el marxismo influido por Postone,
la herencia de la Escuela de Fráncfort y la política antialemana tienen
historias diferentes y a menudo conducen a conclusiones políticas
opuestas. Sin embargo, algunas versiones de estas corrientes comparten
una tendencia común: el proletariado aparece tan completamente integrado
en el capital que ya no puede concebirse como el sujeto contradictorio
de la transformación comunista.
El enfoque de Théorie Communiste[6]
es más sutil. TC no se limita a reproducir una teoría de la subsunción
total del proletariado en el capital. Pero, asimismo, rechaza situar la
superación comunista en la posible constitución de la clase trabajadora
como clase para sí: cualquier autonomía positiva o autoafirmación del
proletariado sigue siendo, para TC, una afirmación de uno de los polos
de la relación del capital y, por lo tanto, un límite que hay que
superar. El problema es que, una vez que la actividad de clase autónoma
queda reducida a tal límite, el tránsito más allá de la relación del
capital ya no puede surgir a través del desarrollo y la generalización
de esa misma actividad. En su lugar, se sitúa estructuralmente en la
transformación de la relación de clase: en la creciente superfluidad del
trabajo para la valorización y en la brecha cada vez mayor entre la
reproducción de las y los proletarios y la valorización de su fuerza de
trabajo. La abolición del proletariado tiende así a aparecer menos como
el posible resultado de su actividad propia contradictoria que como el
resultado de una contradicción producida por el propio capital, que
acaba convirtiendo la pertenencia de clase en una restricción externa
que es luego abolida por las medidas comunizadoras de una población cuya
afirmación como clase se ha vuelto imposible.
Nuestra crítica a estas posturas no
consiste en replegarse a un culto nostálgico y obrerista al trabajo y a
la fábrica. El horizonte comunista no es la autoafirmación del
proletariado como clase dentro del capitalismo, sino la abolición del
capital como relación social y, por lo tanto, del proletariado como tal.
El problema surge cuando la necesaria crítica a la autoafirmación
proletaria se convierte en una negación teórica de la capacidad de la
clase para transformarse a sí misma a través de sus propias luchas. Si
se entiende al proletariado únicamente como algo plenamente subsumido en
el capital, integrado en una “sociedad totalmente administrada” o
incluso como nada más que un polo de la relación capitalista, entonces
la posibilidad de ruptura tiende a desplazarse a otra parte. A veces se
transfiere a las poblaciones excedentarias, a las y los migrantes, a los
sujetos racializados, a las y los absolutamente excluidos o a una
figura indefinida de resistencia como las y los “bárbaros”. A veces se
transfiere a los movimientos de liberación nacional cuyo contenido de
clase permanece sin examinar. En otros casos, especialmente en ciertos
entornos antialemanes, el desplazamiento se mueve en la dirección
opuesta: hacia la defensa de un Estado existente, es decir, Israel, como
supuesta barrera contra la barbarie antisemita.
La trayectoria antialemana es un caso en
el que la idea inicial ya contenía los gérmenes de su desarrollo
posterior. Es cierto que en algunos sectores de la izquierda alemana
había existido una tendencia a tratar el antisemitismo y el Holocausto
como si el mero hecho de mencionar el fascismo, el capitalismo o el
imperialismo en general bastara ya para captar su forma histórica
determinada. Pero las y los antialemanes respondieron a esto separando
esa forma histórica de la relación de clase, del Estado capitalista y de
la historia material de la violencia imperialista. El resultado no fue
una explicación dialéctica del antisemitismo como un momento específico
dentro de la totalidad capitalista, sino la elevación de esta
particularidad a la categoría de excepción política. El antisemitismo no
es simplemente un racismo entre otros, ni el Holocausto es simplemente
una masacre de Estado entre otras; pero ninguno de los dos puede
entenderse como una singularidad no derivada, separada de la totalidad
social capitalista que produjo el Estado moderno, la racialización, la
competencia imperial y el nacionalismo exterminador. El error antialemán
no fue, por tanto, solo el apoyo posterior a Israel, a Estados Unidos o
a la OTAN. Ya estaba presente en la propia forma de la corrección: en
lugar de derivar la particularidad a partir de la totalidad, terminaron
contraponiendo cada vez más la particularidad a la totalidad.
A partir de ahí, se despojó a Israel de
su realidad como Estado capitalista con sus propias relaciones de clase,
su violencia nacionalista y su función geopolítica, y se le elevó a la
condición de portador privilegiado de la memoria histórica y la razón
antifascista. La defensa de Israel derivó sin fisuras en una apología
del poder de EE. UU. y la OTAN, reformulada como la defensa de la
civilización frente a la barbarie antisemita. No se trata de una
desviación menor respecto a la crítica original. Es su reductio ad absurdum:
la teoría crítica de la integración total, llevada a sus últimas
consecuencias, que genera un apoyo acrítico al poder existente. Esa
trayectoria merece ser señalada y descrita precisamente porque muestra
hasta qué punto el desplazamiento de la emancipación fuera de las
relaciones de clase puede invertir la intención política original.
Las consecuencias políticas de la concepción de TC se hacen más evidentes en su intercambio con Minassian[7] sobre Gaza[8].
En su análisis de Gaza, TC reconoce acertadamente la fragmentación del
proletariado palestino y su producción como una “población excedente”.
El problema radica en lo que entiende por actividad de clase autónoma.
Para TC, la autoorganización proletaria sigue siendo una afirmación de
la clase dentro de la relación del capital y, por lo tanto, un límite
que hay que superar. Dado que la autoorganización implica que la clase
actúa estrictamente como tal, ésta puede adoptar en sí misma formas
nacionales u otras modalidades de incorporación. La distinción entre
autoorganización y autonomía de clase queda así difuminada. La autonomía
ya no designa una tendencia dentro de la lucha a través de la cual las y
los proletarios entran en conflicto con las formas que los organizan
como clase del capital, sino que se considera como la búsqueda de una
actividad de clase supuestamente pura, separada de esas determinaciones.
De ahí la acusación de “pureza conceptual” contra los intentos de
identificar tendencias autónomas dentro de las luchas de la población
palestina. El resultado es paradójico: dado que la autoorganización
nacionalista puede aceptarse como la forma real de la lucha proletaria,
mientras que distinguir los antagonismos que la atraviesan se considera
sospechoso de imponer una pureza abstracta, las “banderas disponibles”
de los protoestados nacionales o religiosos tienden a convertirse en las
formas de lucha prácticamente ineludibles. Lo que, por lo tanto, queda
privado de significado político independiente son, precisamente, las
luchas reales y las fricciones materiales dirigidas contra Hamás como
burocracia gobernante.
Esto tiene consecuencias que van más
allá del propio análisis de TC. Converge políticamente con una izquierda
“antiimperialista” más amplia que vigila con agresividad esta frontera
nacional, desacreditando de forma preventiva la mera posibilidad de una
solidaridad más allá de las fronteras nacionales —o cualquier intento de
enmarcar el conflicto en términos de clase en lugar de nacionales— como
expresión de una “mentalidad colonialista” o de un “sionismo liberal”.
En última instancia, este enfoque trata el aparato capitalista de la
liberación nacional como un límite insuperable de la lucha, cediendo la
posición internacionalista a la lógica del mal menor.
El apoyo a la resistencia nacional
palestina y el apoyo al Estado israelí son, obviamente, resultados
políticos distintos. Sin embargo, subyacente a estas diferencias
políticas evidentes, se esconde un desplazamiento teórico familiar: la
emancipación ya no se sitúa en las luchas contradictorias del
proletariado contra su propia constitución capitalista. En su lugar, la
actividad transformadora tiende a buscarse ya sea en las determinaciones
bajo las cuales la clase se organiza actualmente, en otras figuras
privilegiadas de la negatividad o totalmente fuera de la autoactividad
proletaria; en la nación oprimida, el sujeto excluido, la identidad
victimizada, la negatividad abstracta o un Estado que afirma defender la
civilización frente a la barbarie.
Nuestro punto de partida es diferente.
No requiere una creencia ingenua en un sujeto revolucionario ya
constituido. El proletariado no es revolucionario porque sea puro, ajeno
al capital, o ya consciente de su tarea. Es importante porque es
producido por el capital, disciplinado por el capital y, sin embargo,
capaz, en la lucha, de interrumpir la reproducción de la relación que lo
constituye. El problema no puede resolverse permitiendo que la
integración del proletariado en el capital agote el significado político
de sus luchas. No se trata de sustituir al viejo sujeto-trabajador
afirmativo por otra figura purificada de negatividad —el llamado
“abyecto”, las poblaciones excedentarias o un mecanismo estructural que
se supone que produce la ruptura por sí mismo—, sino de trabajar a
través de los rechazos contradictorios que emergen dentro de las propias
relaciones sociales capitalistas.
Esto nos lleva de nuevo a Vietnam. La
historia de la Guerra de Vietnam es importante no porque ofrezca un
modelo replicable, sino porque mapea el terreno en el que debe operar la
intervención internacionalista. El rechazo a la guerra casi siempre
comienza de forma confusa, parcial y sin un programa definido. Sin
embargo, es precisamente este espacio de resistencia espontánea el que
proporciona la base material para una ruptura internacionalista
proletaria con la maquinaria bélica nacional.
Además, esto nos devuelve a la pregunta
con la que empezamos: ¿por qué esa resistencia espontánea rara vez se ha
cristalizado en una ruptura de masas comparable a la que tuvo lugar
entre 1917 y 1920? Para responder a ello, debemos mirar más allá de la
derrota ideológica. La ausencia de una oleada internacionalista
comparable en las décadas posteriores fue el resultado de un profundo
cambio estructural. La “densidad organizativa” material que permitió los
motines, la fraternización y el surgimiento de la forma consejo fue
desmantelada sistemáticamente. Por un lado, las formas autónomas de
organización de clase fueron aplastadas físicamente o integradas
institucionalmente en el aparato estatal a través de la burocratización
sindical, la socialdemocracia y el estalinismo. Por otro lado, la propia
composición de la clase se ha transformado radicalmente: las sucesivas
oleadas de reestructuración capitalista, desindustrialización y
fragmentación de las comunidades obreras compactas han disuelto la
antigua base material de la acción colectiva. Por lo tanto, el problema
hoy no consiste simplemente en revivir los modelos organizativos de
1917, sino en cómo el rechazo contemporáneo a la guerra puede adquirir
un contenido de clase y convertirse en una fuerza material dentro de la
realidad estructuralmente fragmentada del proletariado actual.
El rearme europeo plantea este problema
con urgencia en la actualidad. Los gobiernos hablan el lenguaje de la
preparación y defensa nacional, pero la disposición de luchar no es algo
de lo que el Estado disponga por sí mismo. Debe generarse mediante el
miedo, la disciplina, la propaganda, las fronteras, las leyes de
reclutamiento y el castigo. La voluntad política de luchar —en el
sentido de una identificación voluntaria y masiva con los proyectos
militares nacionales— es notablemente débil en toda Europa hoy. Ucrania
es el indicador más claro de ello: el reclutamiento forzoso, la evasión
generalizada del servicio militar y la fricción social interna generada
por el coste de la guerra contradicen por completo el mito de una
población uniformemente unida tras la bandera. Esto no significa que las
y los trabajadores y soldados ucranianos hayan adoptado una posición
proletaria internacionalista, al menos no en un sentido organizado. Sin
embargo, la brecha entre lo que el Estado necesita y lo que la gente
está dispuesta a soportar es una fractura real; el tipo de fractura en
la que tenemos que trabajar.
En última instancia, la historia que
estamos analizando nos lleva a un problema práctico más que a una
conclusión cerrada: ¿bajo qué condiciones puede la posición
internacionalista intervenir en las fracturas reales de la movilización
bélica y ayudar a convertirlas en una ruptura de clase con el Estado, la
nación y la organización capitalista de la vida? Estas fracturas no son
inmediatamente revolucionarias y pueden ser absorbidas por el pacifismo
o el “campismo”; una tendencia visible, por ejemplo, en el significado
político controvertido de las movilizaciones de las y los trabajadores
portuarios contra los envíos de armas. Pero sin ellas, el “tercer campo”
sigue siendo una fórmula abstracta.
Antithesi, 21 de junio-11 de agosto de 2026
Notas
[1] Berneri, Marie Louise (1952) Neither East Nor West: Selected Writings.
London: Freedom Press. Estamos especialmente agradecidos a nuestras
compañeras y compañeros de París por las conversaciones que ayudaron a
poner en marcha este proyecto: por introducir los escritos de Berneri en
nuestros debates y por llamar nuestra atención sobre la relación entre
Henry Chazé y Henri Simon. Agradecemos especialmente el trabajo que se
está realizando sobre su correspondencia, que despertó nuestra
curiosidad y nos animó a explorar estas conexiones más a fondo.
[2] Se refieren al libro que editó el grupo recientemente en la región griega; 100 χρόνια ενάντια σε κάθε στρατόπεδο: Προλεταριακός διεθνισμός, πόλεμος και επανάσταση [100 años contra todos los campos: internacionalismo proletario, guerra y revolución],
en donde reúnen textos que fueron escritos en contextos de guerra,
ocupación, dominio colonial y represión, por anarquistas
antimilitaristas, comunistas de izquierda y de consejos,
internacionalistas de la Europa ocupada y combatientes de las colonias,
quienes coinciden en una postura común: la emancipación del proletariado
no pasa por la victoria de ninguna patria, ningún gobierno, ninguna
burguesía nacional o “antiimperialista”. [N. del E.]
[3]
Sin embargo, esta corriente política no debe analizarse aislada del
contexto social más amplio de la Grecia ocupada. Las primeras oleadas de
huelgas, manifestaciones y acciones colectivas en Atenas no surgieron
de un aparato del EAM ya consolidado. Al comienzo de la ocupación, el
mecanismo organizativo del Partido Comunista había quedado gravemente
destrozado por la Dictadura, los encarcelamientos, el exilio y la
infiltración policial. Muchas de las primeras luchas emergieron, en
cambio, de las presiones materiales inmediatas del hambre, el colapso de
los salarios, los comedores populares, los trabajos forzados, las
condiciones hospitalarias y la cuestión de la supervivencia física. En
numerosos casos, los obreros, empleados, inválidos del frente albanés,
enfermos de tuberculosis y los comités locales se movilizaron antes o
incluso en contra de las vacilaciones iniciales de la dirección del
EAM/EEAM, que, no obstante, terminó apoyando, coordinando y absorbiendo
políticamente estas iniciativas. Por lo tanto, el punto no consiste en
oponer una espontaneidad pura a la organización. Más bien, el caso
griego muestra cómo se forjó la hegemonía del EAM a través de un proceso
de intervención en las luchas que inicialmente la precedieron. Lo que
más tarde se presentó como un movimiento unificado de liberación
nacional contenía en su seno una historia más desigual de autoactividad
social: iniciativas en los lugares de trabajo, comités hospitalarios,
protestas por el hambre y huelgas que surgieron de la reproducción
concreta de la vida de la clase trabajadora bajo la ocupación. La
crítica internacionalista de Stinas adquiere parte de su importancia en
este contexto. Insistía en que estas rupturas sociales no debían
subordinarse a la reconstrucción de un frente nacional, ya fuera bajo
los auspicios de los Aliados o bajo el liderazgo político del EAM.
[4]
En el verano y el otoño de 1946, en medio de una grave escasez de
viviendas, la desmovilización y la austeridad de la posguerra, decenas
de miles de personas —muchas de ellas ex combatientes y sus familias—
ocuparon campamentos militares vacíos y, más tarde, hoteles y
departamentos por toda Gran Bretaña. El movimiento no supuso un desafío
revolucionario al Estado, pero muestra cómo el retorno de los soldados a
la vida civil podía convertirse en una fuente de fricción social y de
acción directa en la transición de la guerra al orden de la posguerra.
[5] En el texto original en inglés se utiliza la palabra fragging, que hace referencia a las granadas de fragmentación (frag grenades)
que utilizaban normalmente los soldados estadounidenses para asesinar a
sus superiores, simulando accidentes de combate. [N. del E.]
[6] Uno de los principales grupos/revista francófonos de la corriente comunizadora: https://www.theoriecommuniste.org/ [N. del E.]
[7]
En la región chilena fueron traducidas dos entrevistas y coeditadas en
un libro por Mapas y Huellas, Pensamiento & Batalla y la Biblioteca
Autónoma Laín Díez en 2025 bajo el título: Antagonismos actuales: división y composición de clases en Gaza. Dos conversaciones con Emilio Minassian. [N. del E.]
[8] Ver “Gaza 2024”, en “Theorie Communiste” N° 28, P. 101-138: https://www.theoriecommuniste.org/IMG/pdf/tc28final-a5.pdf [N. del E.]
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