30 de abril de 2018
18 de marzo de 2018
Comunización - Dauvé y Nesic
Comentario de Un Proletario (Quito, marzo de 2018)
Publico este texto de Dauvé y Nesic ("Troploin", Francia, 2011) principalmente porque trata sobre la comunización, por lo tanto, sobre la revolución comunista: tema y pasión permanente de todo proletario harto de serlo, sediento de una vida y una comunidad realmente humanas, y consciente de que ello sólo es posible mediante la revolución social que abolirá la sociedad de clases. Es de carácter teórico, pero también es de carácter histórico y actual: la comunización hoy por hoy es uno de los principales temas de estudio y debate entre las minorías comunistas -y algunas anarquistas- de todas partes del mundo. Y no por moda intelectual, porque no lo es, sino como una expresión consciente de una necesidad humana real que nuestra clase la tiene hoy tal como la tuvo ayer y la tendrá mañana: la necesidad de la teoría de la revolución comunista, de "las armas de la crítica" que habrán de convertirse en fuerza material social una vez que, al calor del antagonismo de clases, el proletariado -ya no sólo sus minorías revolucionarias- se apropie de ellas y las empuñe en su lucha práctica por su autoemancipación... o no.
Ya como tal, el texto es bastante completo, lúcido, clarificador, formativo, didáctico, cotidiano, ameno, elegante, realista (como todos los textos de Gilles Dauvé -alias "Jean Barrot"-). Principalmente, porque recoge y hace el balance crítico así como la síntesis superadora de lo mejor de la herencia de "la historia del comunismo": las lecciones clave aprendidas de las derrotas en las revoluciones/contrarrevoluciones históricas (1848-50, 1871, 1917-1923, 1936-1937, 1968-1977), así como de Marx, Bordiga (y la Izquierda Comunista Italiana), la Izquierda Comunista Germano-Holandesa (en especial, Rühle), la Internacional Situacionista (Debord), "Invariance" (Camatte), la Corriente Comunizadora (incluida la propia experiencia vivencial de Dauvé y Nesic. Y digo balance crítico y síntesis superadora, considerando las diferencias, polémicas, rupturas y distancias entre todas las corrientes anteriormente mencionadas). Por otro lado, también es un análisis concreto de la situación concreta: del capitalismo, el trabajo, la vida cotidiana, la lucha de clases, el proletariado, las ideologías, la contrarrevolución y la revolución, en el actual periodo histórico, desde la perspectiva comunista, mejor dicho, comunizadora.
Ya como tal, el texto es bastante completo, lúcido, clarificador, formativo, didáctico, cotidiano, ameno, elegante, realista (como todos los textos de Gilles Dauvé -alias "Jean Barrot"-). Principalmente, porque recoge y hace el balance crítico así como la síntesis superadora de lo mejor de la herencia de "la historia del comunismo": las lecciones clave aprendidas de las derrotas en las revoluciones/contrarrevoluciones históricas (1848-50, 1871, 1917-1923, 1936-1937, 1968-1977), así como de Marx, Bordiga (y la Izquierda Comunista Italiana), la Izquierda Comunista Germano-Holandesa (en especial, Rühle), la Internacional Situacionista (Debord), "Invariance" (Camatte), la Corriente Comunizadora (incluida la propia experiencia vivencial de Dauvé y Nesic. Y digo balance crítico y síntesis superadora, considerando las diferencias, polémicas, rupturas y distancias entre todas las corrientes anteriormente mencionadas). Por otro lado, también es un análisis concreto de la situación concreta: del capitalismo, el trabajo, la vida cotidiana, la lucha de clases, el proletariado, las ideologías, la contrarrevolución y la revolución, en el actual periodo histórico, desde la perspectiva comunista, mejor dicho, comunizadora.
La idea-fuerza de este texto de Dauvé es comprender el proletariado y la revolución como comunización; y la comunización, a su vez, como revolución o transformación por parte del proletariado de todas las relaciones sociales en relaciones comunistas: sin propiedad privada, valor, clases, Estado, fronteras, separaciones ni opresiones de ningún tipo. Lo cual presupone que hay que comprender al proletariado -el sujeto de la revolución- como contradicción viviente que se afirma al negarse y superarse a sí mismo en tanto que es la clase que trabaja y que también rechaza el trabajo -base material de esta sociedad-; que valoriza el Capital y que también puede desvalorizarlo y destruirlo; que, por sus condiciones materiales y (sub)humanas de existencia, y sobre todo por lo que ha hecho y hace en sus luchas reales contra el Capital-Estado, encarna la disolución de todas las clases y que, por eso mismo, puede abolirse como clase y así abolir todas las otras clases. En una palabra, clase explotada y clase revolucionaria (de hecho, el proletariado es la única clase explotada y revolucionaria de la historia... y la última). Por lo tanto, comprender la revolución comunista como la asunción y resolución positiva de esta contradicción real y fundamental: la autoabolición revolucionaria del proletariado como clase para devenir Comunidad Humana o "Gemeinwesen" (Marx). Proletarios de todos los países: ¡dejad de serlo!
Todo esto, no como si fuese el cumplimiento de una "ley" o fatalidad histórica y teleológica -deja claro Dauvé-, ni tampoco como si de un mero acto de voluntad colectiva de la noche a la mañana se tratase. La revolución social sólo es ni más ni menos que una posibilidad histórica contingente, es decir algo que puede como no puede acontecer y ser, dependiendo de lo que el proletariado haga o no con la sociedad y consigo mismo, objetiva y subjetivamente, a fin de transformarlo, revolucionarlo, comunizarlo todo... o no. Frente a la catástrofe generalizada llamada capitalismo -el peor de los mundos posibles- en el que hoy sobrevivimos, la revolución comunista es necesaria y posible, pero no es inevitable. Y si después de unas décadas llegase a acaecer, el comunismo ciertamente será una nueva sociedad realmente humana y vivible, pero no será el paraíso en la tierra: se abolirán las desigualdades y los antagonismos de clase, las catástrofes sociales, pero no los problemas y las contradicciones de la humanidad y de la vida (enfermedades, muertes, conflictos, desamores, etc.). Gozaremos la existencia de manera plena y consciente, sí; pero también sufriremos, sólo que ya no como "bestias de carga" o como máquinas, como cosas-mercancías-individuos, sino como seres humanos, "demasiado humanos" -y hasta eso sería bello...
Ahora bien, considero necesario aportar dos acotaciones complementarias a este material teórico hoy en día tan necesario, fundamental para las minorías comunistas internacionales, sobre dos temas también fundamentales para las mismas, a saber: comunismo y dictadura del proletariado. La primera acotación tiene que ver con el concepto original y real de comunismo formulado por Marx y Engels en "La ideología alemana" (1845):
"Para nosotros, el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que haya de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual."
Movimiento que existe sobre la base de premisas materiales actualmente existentes (la explotación/dominación capitalista y la lucha de clases) y, al mismo tiempo, solamente en una dimensión histórico-mundial (porque el Capital y la lucha de clases son mundiales y llevan siglos de existencia). Anular y superar el estado de cosas actual significa, por lo tanto, negar y destruir por completo la sociedad capitalista, sólo a partir de lo cual se puede construir "en positivo" la sociedad comunista. Negación (de la sociedad de clases y de su propia condición de clase) como afirmación en sí misma (de la comunidad humana mundial). Revolución como ruptura y "aufhebung" (supresión/superación) en la historia de la especie humana realizados por el movimiento comunista como tal. Un concepto -sin duda- materialista, dialéctico, histórico y, por lo tanto, antiutópico; pero, sobre todo, revolucionario y humano, de comunismo. Pues bien, un siglo después de Marx, Bordiga, Benjamin, Camatte, Dauvé, Cesarano/Santini y el GCI (Grupo Comunista Internacionalista) también lo comprenden de la misma manera cuando expresan, de una u otra forma, que el comunismo es el movimiento milenario de autoemancipación y recuperación de la comunidad humana como especie y como naturaleza, encarnada en la humanidad desposeída y proletarizada, desde los tiempos de Espartaco y de los anabaptistas y las brujas hasta los actuales tiempos de revueltas anónimas de jóvenes desempleadxs y encapuchadxs. El movimiento o el "partido histórico" de la Gemeinwesen mundial cuyo grito de guerra es ¡Omnia Sunt Communia! (¡Todo es de Todos!) Entonces, si el comunismo es tanto el movimiento de lxs explotadxs y oprimidxs que destruye la sociedad del Capital como la futura sociedad sin clases ni Estado que resulta de tal movimiento, la comunización -tal como Dauvé la plantea- no es un nuevo sinónimo pero sí "actualiza" o, mejor dicho, revitaliza el concepto original e invariante de comunismo. Al mismo tiempo que hoy en día es una parte y una expresión teórica de este movimiento histórico real.
La segunda acotación, en cambio, es polémica porque tiene que ver con el problema del poder y, más específicamente, con la tan incomprendida y vilipendiada dictadura del proletariado. Pero de entrada hay que decir que la cita del GCI sobre la necesidad de la dictadura revolucionaria del proletariado que sigue a continuación, si bien critica a la autogestión y a la comunización, no es contradictoria sino complementaria con el planteamiento comunizador/comunista de Dauvé (sobre todo con lo que éste dice en aquella parte de su texto llamada "Violencia y destrucción del Estado" -ver más abajo-):
La cita es bastante elocuente y contundente como para comentarla. Solamente decir que su contenido no es contradictorio sino complementario con el planteamiento de Dauvé y Nesic, ya que éstos comprenden la comunización como la abolición del valor, del salariado, de la empresa, del mercado y, al mismo tiempo, como la destrucción violenta del Estado. En una palabra, insurrección y comunización son inseperables; dos aspectos del mismo y único proceso revolucionario, al igual que lo son dictadura del proletariado y comunización. De manera que, si la comunización es el conjunto de "medidas" para la autoemancipación del proletariado y la abolición de la sociedad de clases y fetiches, entonces insurrección y dictadura del proletariado para la destrucción del valor y del Estado serían "medidas comunizadoras" en sí, o sea medidas propias de la revolución comunista. Para que quede claro, entonces: sin dictadura del proletariado no hay comunización -y viceversa-, entendida como la dictadura social de las necesidades humanas sobre la dictadura mercantil-salarial-democrática generalizada o del valor hasta su abolición -proceso histórico e internacional inseparable, a su vez, de la destrucción del Estado burgués y de la autoextinción de la propia dictadura proletaria-; y, en su lugar, la instauración y libre desenvolvimiento de la comunidad humana real mundial: sin clases, razas, géneros, mercados, Estados ni fronteras nacionales. Esto y no otra cosa es la Revolución Comunista. La transformación (destrucción/creación) radical y humanamente despótica de todas las relaciones sociales en relaciones comunistas -y anárquicas.
"La tiranía del capital, es decir la de la tasa de ganancia, se basa justamente en la libertad. La dictadura de la tasa de ganancia solo puede imponerse socialmente a partir de la libertad del individuo, libertad de comprar y vender, libertad de propiedad privada, libertad de producir lo que se quiere..., libertad de reventar de todo tipo de carencias. Más aún, dictadura de la tasa de ganancia y libertad individual no pueden ser entendidos como conceptos separables, sino que son las dos caras de la misma forma social de producción. La clave de la sociedad del valor es justamente el carácter privado de la producción, o dicho de otra manera, toda la organización social de la producción se hace haciendo abstracción del destino social de la misma, como si cada uno produciendo para sí produjera para la sociedad, como si cada uno con su libre y egoísta libre arbitrio, en la búsqueda de su mayor beneficio, beneficiase a la sociedad. ¡Y sabemos bien a qué barbarie, a qué catástrofe conduce esa realidad e ideología de la mano invisible!La cuestión central de la revolución es, entonces, destruir esta libertad de producir para un mercado, destruyendo así el carácter privado e independiente de la producción de cosas que es lo que convierte a los productos en mercancías, lo que hace de este mundo un mundo de producción de mercancías y en donde estriba la dictadura histórica del capital.Dicha destrucción requiere entonces que la producción sea directamente social, que sea la sociedad toda que decida cómo se produce y que lo haga en función del ser humano. Este resultado sólo es posible si se ejerce una dictadura contra la tiranía del capital, es decir si se destruye la producción privada e independiente para el mercado, para lo cual hay que destruir la empresa misma como entidad de decisión. Seamos todavía más explícitos, porque una empresa autogestionada por sus trabajadores que se pretenda “no capitalista” y en producción libre y autónoma también debe ser destruida justamente por el carácter privado e independiente de su producción. La empresa no es capitalista por tener un patrón o ser una sociedad anónima, sino que lo es por producir en forma independiente y privada, y porque su producción sólo se hace social a través del mercado. De ahí que sea tan reaccionario, como utópico, llamar a la autogestión o a la comunización sin imponer la dictadura social efectiva contra el capital y sin que la sociedad decida a priori lo que debe y necesita producir. Es a este proceso social que los revolucionarios han denominado dictadura del proletariado (¡o dictadura revolucionaria o incluso dictadura de la anarquía!), proceso por el cual el proletariado, como fuerza, organiza socialmente lo que produce. Sólo si la producción es decidida y determinada por la sociedad toda y para la sociedad toda, se puede liquidar la libertad de la producción privada e independiente, que es la base de la sociedad mercantil. Esa es la clave de la abolición de la sociedad mercantil, del trabajo asalariado y de las clases sociales, incluyendo la autodisolución del proletariado en la comunidad humana mundial.[...]No se puede hablar de destruir el capitalismo sin destruir su poder. Sin abolir la libertad capitalista, sin liquidar la autonomía e independencia de las unidades de producción privadas, es absurdo hablar de nueva sociedad o de comunización. No hay términos medios, no hay medias tintas. El poder, por ejemplo, no puede desaparecer o no ser de nadie. Todo el alternativismo, que empuja a hacer cosas sin destruir el poder del capital, solo sirve al capital. Lo mismo sucede con toda pretensión de autogestión de la empresa o de la mina, o con los emprendimientos productivos autogestionados. Como se ha verificado siempre con las colectivizaciones o empresas autogestionadas, al principio se mantienen como unidades autónomas (y se ensayan un conjunto de criterios para mantener la tan proclamada autonomía) apareciendo como si fuesen un doble poder o una oposición al poder. En los hechos funcionan integrados al capital a través del mercado y por eso mismo terminan siempre sirviendo al poder capitalista (¡que es el único que hay en el mundo!). ¡Cristina Kirchner agradece hoy a los baluartes del gestionismo en Argentina! Esos modelos de autonomía y gestión obrera se pretende hasta que sean un ejemplo para los países Europeos y Estados Unidos de cómo gestionar el capitalismo en crisis (lo que incluye esa recuperación de las autogestiones y colectivizaciones).El capitalismo tampoco puede desaparecer por la “comunización” de espacios, de productos o de servicios, de empresas o de “toda la sociedad”. Ninguna comunización puede imponerse como nueva sociedad si no se destruye la ley del valor, que se reimpone inevitablemente por el funcionamiento mismo del mercado. Toda apología de la comunización que no plantee la cuestión misma del poder y de la destrucción práctica de la autonomía de las unidades productivas, es una forma ideológica más del gestionismo del capital.La destrucción del mercado, del valor, de la ley del valor... requiere destruir socialmente el poder social del capital, el poder de la autonomía decisional. El verdadero programa de la revolución es unitarista, es esa totalidad de poder, de destrucción y de abolición. La nueva sociedad no puede ser otra cosa que el proceso mismo de esa abolición de la propiedad, de la ganancia, de todos los criterios capitalistas. Lo socialmente nuevo no puede ser otra cosa que la negación de todo esto, por eso lo más válido que nos legaron los revolucionarios, de todos los horizontes y de todas las épocas, son sus directivas destructivas de la sociedad presente, o dicho de otra manera, la necesidad de imponer el poder de la revolución, contra toda la formación social burguesa.Por los límites mismos del lenguaje, así como también por aquello de que para unificar se requiere hacer énfasis en las dos facetas (o más) de una cosa, los revolucionarios siempre han resumido el programa de la revolución como síntesis de un aspecto que hace referencia al poder y otro que hace referencias a la destrucción del capitalismo y construcción de la sociedad comunista, la unidad de lo político y lo económico, en ese sentido la revolución es social, total y totalizadora. La revolución es necesariamente destrucción de la dominación capitalista e imposición de las necesidades humanas, dictadura del proletariado para abolir el trabajo asalariado, aplastar la dictadura capitalista imponiendo la dictadura del género humano, hasta que la humanidad toda sea una comunidad." (GCI. "Revolución". Comunismo nro. 62. Noviembre de 2012. Cursivas nuestras)
Finalmente ¿cuál es el papel de los proletarios comunistas y/o comunizadores en todo ello, sobre todo en tiempos de contrarrevolución como los actuales? (¿Cuál es el sentido de todo esto hoy en día?) El mismo de ayer y siempre... Criticar de raíz y sin piedad toda esta sociedad capitalista de mierda, en la teoría y en la práctica - "del arma de la crítica a la crítica armada". Contribuir a preveer y preparar la revolución social proletaria, entendida como autoactividad y autoemancipación humana. Contribuir, entonces, a desarrollar la autonomía proletaria, el antagonismo de clases, la tensión revolucionaria y la comunización. A agitar por ella. A clarificarla. A organizarla. A dirigirla. Hasta el fin. Esto último, claro, en tiempos de revolución. En tiempos de contrarrevolución como el presente, se trata principalmente de "restaurar el programa comunista histórico", el cual ha de girar en torno a la resolución revolucionaria de la contradicción viviente que es su sujeto: el proletariado (revolución proletaria para abolir el proletariado y todas las clases); mejor dicho, se trata de revitalizar y desarrollar el pensamiento o la teoría de la revolución comunista a venir, entendida como una necesidad práctica, anunciativa y preparatoria de la misma, así como una forma conciente de expresión de la necesidad que tiene la humanidad y el planeta de tal revolución (o, al menos, de la necesidad que muchxs proletarixs tenemos de ella). Mantener y tensar el hilo rojo -y negro- del partido histórico del proletariado -el partido del comunismo, de la anarquía-, haciendo el balance crítico de sus derrotas del pasado para así extraer y aplicar las respectivas lecciones en forma de directrices prácticas en sus luchas del presente y el futuro, a fin de hacer posible y realizar por fin la revolución comunista. Participar en la lucha de clases histórico-mundial haciendo teoría y agitación de la lucha de clases y de la revolución que abolirá la sociedad de clases; y, cuando y donde sea posible, estando ahí, "poniendo el cuerpo" en las luchas proletarias reales, contribuyendo a la autoorganización, la acción directa y el avance real de nuestra clase contra el Capital, hasta lograr imponerle todas nuestras reivindicaciones o necesidades humanas -transformadas o radicalizadas, a su vez, al calor de las mismas luchas. Todo esto, en tiempos histórica y socialmente desfavorables como el actual, hay que hacerlo de manera tanto colectiva y estructurada (lo óptimo y plausible) como de manera individual y no estructurada (los individuos comunistas "sin partido" ni estructura, por más jodidos y aislados que se encuentren, también son o pueden ser partículas activas del comunismo histórico-universal y aportar al menos con actividad y discusión teórica).
Sin embargo, como bien decía Vaneigem, quien habla de la lucha de clases y
la revolución sin hablar de los problemas de la vida
cotidiana y de lo subversivo que hay en el amor, tiene un
cadáver en su boca. Por ello, pienso que igual de importante para el revolucionario en particular y para el proletario en general -sobre todo en tiempos oscuros de contrarrevolución, derrota, muerte en vida-, de manera tanto personal como colectiva, es saber mantener la "fe" materialista y la pasión por el comunismo, por la revolución social, "tan cierta como un hecho ya sucedido" (Bordiga dixit). Pero no por "mística" ni como un "delirium tremens" ultraizquierdistas, sino como necesidad sentida y deseo inmanente. Revolución para vivir una vida que merezca llamarse así, porque esta "vida" capitalista de mierda que nos tocó, mejor dicho, que se nos ha impuesto, nos está matando a diario en todo aspecto. Lo cual necesariamente implica de nuestra parte una consciencia, una voluntad y una actitud ante ésta (incluida la actitud de "no estamos deprimidos, estamos en huelga" y, principalmente, la de "somos antisistema porque el sistema es antinosotrxs"); es decir, una subjetividad antagonista a este mundo y su "normalidad" (violenta y asfixiante). Ser diferente, disidente y -por qué no- estar un poco "loco" pero, al mismo tiempo, sabiendo no perderse en "los bosques de la locura" que puede desembocar incluso en el suicidio. Resistir como ser humano que se sabe tal adentro pero en contra de un sistema inhumano; "en este mundo pero no de este mundo". No ser menos sino más que la mercancía desvalorizada a la que el Capital nos condena y reduce. Ser la nada que sabe que es todo y lucha por negar y destruir lo que le impide serlo, personal y colectivamente... En una palabra, resistir, mantener la voluntad de vivir, a pesar de todo, a contracorriente, porque luchar es vivir y vivir es luchar; porque el comunismo es la vida humana en lucha contra este sistema de alienación, explotación y muerte. "Ser la revolución", como dice Dauvé, en realidad significa asumir la contradicción viviente que uno es como proletario, luchar junto con otrxs proletarixs por resolverla y superarla de manera revolucionaria: la autoabolición del proletariado como clase explotada y sufriente para devenir comunidad humana mediante su comunidad de lucha... y no morir en el intento.
Ésto último de "no morir en el intento", lógicamente, aplica más para la clase que para los individuos, por lo tanto, aplica para esta y para las próximas generaciones proletarias. No tiene un sentido (sólo) individual y presente, sino colectivo e histórico. Ergo, si tales o cuales individuos de esta generación proletaria morimos, la clase proletaria seguirá existiendo y luchando contra el Capital por recuperar su vida y su humanidad, es decir seguirá "siendo la revolución", el partido histórico, la comunidad de lucha/comunidad humana en movimiento. Pero eso sí: si tales o cuales individuos proletarios morimos, que sea luchando por la vida, pues no se trata de "sacrificar el presente por el futuro" sino de vivirlo (aunque a veces duela esta lucha a contracorriente y minoritaria por la libertad y la felicidad reales); y "legando" al menos ciertos aportes para un arsenal teórico revolucionario que sirva como tal para las luchas de nuestras próximas generaciones, para la revolución comunista y anárquica del futuro. Como bien dice Flores Magón: "si los revolucionarios morimos, moriremos como soles: despidiendo luz." Mientras tanto, seguir luchando, seguir viviendo.
Ésto último de "no morir en el intento", lógicamente, aplica más para la clase que para los individuos, por lo tanto, aplica para esta y para las próximas generaciones proletarias. No tiene un sentido (sólo) individual y presente, sino colectivo e histórico. Ergo, si tales o cuales individuos de esta generación proletaria morimos, la clase proletaria seguirá existiendo y luchando contra el Capital por recuperar su vida y su humanidad, es decir seguirá "siendo la revolución", el partido histórico, la comunidad de lucha/comunidad humana en movimiento. Pero eso sí: si tales o cuales individuos proletarios morimos, que sea luchando por la vida, pues no se trata de "sacrificar el presente por el futuro" sino de vivirlo (aunque a veces duela esta lucha a contracorriente y minoritaria por la libertad y la felicidad reales); y "legando" al menos ciertos aportes para un arsenal teórico revolucionario que sirva como tal para las luchas de nuestras próximas generaciones, para la revolución comunista y anárquica del futuro. Como bien dice Flores Magón: "si los revolucionarios morimos, moriremos como soles: despidiendo luz." Mientras tanto, seguir luchando, seguir viviendo.
***
Gilles Dauvé y Karl Nesic (2011)
Contenido:
I. De la Izquierda Comunista a la comunización
- ¿Qué herencia?
- Censier
- Maduración
- Los obreros contra la burocracia
- Crítica de la Izquierda Comunista
- Hacia una síntesis
- Algunas palabras sobre la palabra
II. Comunización: ¿Quién? ¿Qué? ¿Cómo?
- No un programa
- ¿Una novedad?
- Estancamiento y progresión en la teoría revolucionaria
- ¿«Comunismo o barbarie»?
- Salarización no es proletarización
- La comunización como autocrítica del trabajo asalariado
- ¿(Casi) todos comunizadores?
- «Deber histórico» y «límites objetivos»
- Crítica del trabajo en su punto más moderno
- Experiencia y memoria
- Inevitable subjetividad social
- ¿Transición?
- Violencia y destrucción del Estado
- Local y global
- Cambiar la vida
- Jerarquía y aprendizaje
- El proletario y el ecologista
- Transformar prácticas comunes ya existentes
- Comunidad
- Gratuidad
- Comunismo y tiempo de trabajo
- Abundancia, necesidades... e igualdad
- Universalidad
Bibliografía
***
Fragmentos clave del texto:
<<¿Para qué debatir de la comunización si está tan alejada del imaginario dominante? se podría preguntar… Los riesgos de huida hacia adelante no son menores: cuando la realidad escasea, la teoría se ve tentada de colmar sus carencias. Sin embargo, esta reflexión se impone porque, pese a nuestra actual impotencia, un movimiento social actúa y se comprende en función de su objetivo: es éste el que ordena los criterios de análisis de una realidad. El análisis concreto es válido sólo en relación con un objetivo. Por ejemplo, especializarse en la exposición de las luchas, incluso con la intención de fortalecerlas, no lleva más que a una defensa (radical, en el mejor de los casos) del trabajo contra el capital, lo cual ya es mucho, pero no hace avanzar al movimiento comunista que estas luchas pueden o no llevar.
Lo que entendemos por comunización ya se ha expuesto en Communisation : un appel et une invite (2004) y Le Tout sur le tout
(2009), pero esta idea subyace a todo lo que intentamos hacer, ya que
se trata ni más ni menos del contenido de una revolución futura, de su
único contenido posible, y por ejemplo nuestra crítica de la democracia
sólo adquiere todo su sentido con la perspectiva de la revolución como
comunización (Au-delà de la démocratie, L’Harmattan, 2009). De
la misma forma, el análisis de los movimientos sociales del pasado y del
presente supone una comprensión del contenido de una revolución
comunista, de la cual pueden estar cerca o muy alejados. Aquí se
encuentra un punto y una línea divisoria fundamentales.
Desde hace unos años se habla mucho de comunización
en los círculos radicales, más allá incluso de los llamados
“comunizadores”. Criticar los diversos usos de la palabra y de la noción
habría oscurecido nuestro propósito por el enorme número de puntos de
vista que habría que analizar. En efecto, aunque nuestro interés por la
comunización a veces hace que se nos clasifique entre los comunizadores,
no nos sentimos más miembros ni menos de una familia comunizadora de lo
que lo seríamos de otros individuos o agrupaciones comunistas que
también hay que tener en cuenta. Cuando un determinado número de
compañeros hablan de la comunización (usen o no el término) sin hacer
realmente diferencias entre proletario, explotado, dominado, precario,
excluido o incluso pobre, esta indeterminación influye en su forma de
considerar la comunización. Por eso, este ensayo tenía que volver a lo
que significa proletario y trabajo. Pero no hemos
querido hacer con esto una serie de refutaciones: hemos intentado en la
medida de lo posible, aún criticando lo que entendemos que son errores,
decir de manera positiva lo que nos parece verdad y exponer nuestra
concepción lo más directamente posible. El lector comparará por sí mismo
lo que debe ser (nuestra bibliografía da algunas referencias con este
fin) y el movimiento social se encargará de hacer la criba:
El reagrupamiento y la unificación sólo se producirán con nuevas escisiones e intercambios de insultos más o menos fraternos. Habrá que tener los nervios de acero.Trotsky, Carta a Alfred Rosmer, 24 de marzo de 1929
[...]
Crítica de la Izquierda Comunista
Como ya se ve, nuestra reflexión era
tan crítica con la Izquierda alemana como con la Izquierda italiana,
con Pannekoek y Gorter como con Bordiga. Cuando François Martin
publicaba, a partir del proceso concreto de la lucha de clases, la Contribución a la crítica de la ideología de ultraizquierda[6],
escrito en 1969 y firmado por Jean Barrot, enfocaba este texto gracias a
un desvío por la herencia teórica de la Izquierda Comunista, que este
texto confrontaba a nuestra práctica en mayo-junio del 68. Añadamos que
el desvío pasaba también por la IS. En efecto, al extender la gestión
obrera a todos los dominios de la vida, los situacionistas habían
aportado —en parte a su pesar— los elementos que permitían hacer
estallar el marco gestionista. La gestión de todo supone más que la mera
gestión.
Se distribuyeron algunos ejemplares
del texto en dos reuniones organizadas por iniciativa del ICO, una cerca
de París en la primavera de 1969, después una segunda, ésta
internacional, en Bruselas ese verano. No fue discutido ni en una ni en
otra.
Cuarenta años después, algunos
camaradas leen nuestra crítica como una apertura hacia una teoría
postobrera o postproletaria de la revolución. Esta interpretación es
contraria al objetivo del texto, que quería ser una tentativa, no para
refundar, sino simplemente para retomar la teoría del proletariado. En
2011 tanto como en 1969, una perspectiva postproletaria supondría un
postcapitalismo, el cual existirá quizá un día, pero hoy no es el caso.
Lo que intentamos decir es que el
comunismo no es un capitalismo a la inversa, donde el salariado sería
dirigido por los asalariados y donde tendríamos el trabajo sin el
capital. (Vemos aquí un punto crucial del que hemos tenido que renunciar
a debatir con los herederos de la izquierda alemana). En consecuencia,
la revolución comunista es un momento de exacerbación de la lucha de
clases —lo cual no significa ríos de sangre, sino en todo caso combates
que no seguirán siendo solo verbales— para que las cuestiones clave sean
puestas sobre la mesa y que hace posible pensar en el fin de las
clases. Antes de llegar a un cierto umbral de conflicto, la existencia y
la legitimidad de las clases jamás serán puestas en cuestión. Pero este
paroxismo de la lucha social sólo es comunista si desde sus principios
se pone en marcha el final de las clases: tampoco la lucha propiamente
política, la destrucción del Estado, tiene sentido si no es con la
comunización. Si no, encerrada en su radicalidad, tanto los
enfrentamientos armados con el Estado y las fuerzas conservadoras como
en la virulencia de sus debates internos, la revolución terminará por
girar sobre sí misma y fracasaría. (Esto es lo que siempre hará que los
herederos de la izquierda italiana nos califiquen de semianarquistas).
Hacia una síntesis
Decimos una síntesis, y no la
síntesis, porque solo un espíritu religioso cree que pueda existir un
momento tan excepcional como para que la historia pudiera desvelar la
totalidad de su sentido (en un análisis que también sería excepcional).
Nos falta espacio para un análisis de
conjunto, pero la evolución no se produjo de la nada, sino que sufrió en
concreto dos “choques” en los siguientes años. Si en Portugal la
autonomía obrera se mostró capaz de mucho en 1974-1975, no bastó para
producir un antagonismo con el capital, y a menudo tomó vías muertas,
sobre todo autogestionarias. Más tarde, en Polonia, aunque haya sido el
principal agente de la caída de la burocracia, probando de forma
brillante “la centralidad del trabajo” en las sociedades modernas, la
clase obrera ayudó igualmente a resucitar lo que creíamos muerto: la
nación, el pueblo o una democracia que renovara del Estado. Ahora bien,
durante decenios y contra el comunismo oficial, contra las ciento y una
variantes de reformismo, contra el pensamiento que cuestiona todo y el
mundo intelectual, toda una parte de la crítica radical había afirmado
la fuerza revolucionaria de la clase obrera y extraído en 1968 nuevos
argumentos en este sentido. Los acontecimientos en Portugal y Polonia
obligaban a comprenderlos un poco mejor. La solución (la clase obrera)
hace parte del problema histórico que hay que resolver, pero este
problema solo la clase obrera es capaz de afrontarlo, y eso implica que
tiene que ajustar cuentas también consigo misma. Porque hacen funcionar
el capitalismo, los proletarios también pueden hacerlo caer.
En la Alemania de 1919, la mayoría del
proletariado dio su apoyo, al menos pasivo, a la contrarrevolución
armada dirigida por un gobierno socialista. Pero en Portugal y en
Polonia fue la acción de los obreros, incluido cuando escapaba al
control de los aparatos sindicales y de partido, la que tomó el camino
de la reforma. Por muy importante que fuera, la burocracia no era el
obstáculo nº1 ni el candado que impedía a los proletarios forzar la
puerta de la revolución, puesto que ellos mismos mantuvieron cerrada esa
puerta.
Con una constatación como esa, algunos como Invariance
(después de que Jacques Camatte hubiera contribuido de forma importante
a clarificarnos sobre la importancia de la Izquierda italiana y de
Bordiga después de 1945) concluían que los proletarios no actuaban ni
actuarían nunca más que como clase del capital y para él.
Otros, entre los que nos encontrábamos,
pensábamos al proletariado como una contradicción histórica que sólo él
era capaz de resolver… o no:
Primero, hay una relación entre el
contenido de la transformación y el grupo social del que la contiene: el
proletariado es la disolución potencial de la sociedad moderna. Por
otro lado, la naturaleza del que la contiene no produce automáticamente
ese contenido: en dos siglos de lucha, esta fuerza de disolución que
llevan consigo los proletarios no la han puesto aún en práctica para
pasar al comunismo. Ya se habrá comprendido que no queremos
“refundadores”.
Para resumir, se nos permitirá retomar
lo que ya habíamos expuesto en otro sitio: la Izquierda “alemana” (en
sentido amplio, incluyendo a muchos holandeses, sin olvidar a los
herederos un poco lejanos, algunos deliberadamente ingratos como Socialisme ou Barbarie)
nos había enseñado a comprender la revolución como autoactividad,
autoproducción por los explotados de su emancipación. De ahí la
necesidad de rechazar toda mediación: parlamento, sindicato o partido.
La Izquierda “italiana” (y de nuevo aquí, más allá de Italia, en concreto en Bélgica con la revista Bilan entre
1933-1938) recordaba que no hay comunismo sin destrucción del sistema
mercantil, del salariado, de la empresa como tal y de toda economía como
esfera especializada de la actividad humana.
Lo que Bordiga y los bordiguistas
recordaban como programa a realizar una vez destruido el poder político
burgués, la IS mostraba que no puede triunfar sin comenzar
inmediatamente el proceso de extinción del intercambio mercantil, del
salariado y de la economía, mediante una transformación de todos los
aspectos de la vida, que no se llevará a cabo en una semana o siquiera
un año, pero no tendrá ni impacto ni éxito si no se hace desde el
principio de la revolución.
Esquemáticamente, la Izquierda alemana
ayuda a ver la forma de la revolución, la Izquierda italiana su
contenido, y la IS el único proceso que puede realizar ese contenido.
Decir que la izquierda alemana se funda
sobre la experiencia proletaria, la izquierda italiana sobre el futuro y
los situacionistas sobre el presente, basta para mostrar en qué se
contraponen esas contribuciones, a riesgo de perdernos entre tantos
espejos. Pero esta convergencia ayuda a comprender la revolución como
comunización: no se trata ni de tomar el poder ni de pasar por encima,
sino de destruirlo al mismo tiempo que se transforma el conjunto de las
relaciones sociales, cada momento del doble proceso donde lo uno
refuerza a lo otro.
Algunas palabras sobre la palabra
Por lo que sabemos, el primer texto donde la palabra comunización aparece en la acepción que nos interesa es en Un monde sans argent,
escrito por Dominique Blanc y publicado en 1975-76 por la Organisation
des Jeunes Travailleurs Révolutionnaires, que ya había editado antes en
1972 La militancia, fase suprema de la alienación[7], texto que se volvió más tarde en un clásico. (Algunos miembros de la OJTR participarán más tarde en King Kong International y después en La Guerre Sociale).
Después de que la idea circulara en el pequeño entorno de La Vieille
Taupe, D. Blanc —entonces habitual de la librería— es el primer en
haberla puesto públicamente en el centro de la perspectiva
revolucionaria:
Insurrección y comunización están íntimamente ligadas. No se producirá en un primer momento la insurrección y después, gracias a esta insurrección, la transformación de la realidad social. El proceso insurreccional extrae su fuerza de la propia comunización.
En ese sentido, Un monde sans argent es un texto fundador, retomado y desarrollado por otros en los años siguientes: citemos solo À bas le prolétariat. Vive le communisme (Les Amis du Potlatch, 1979).
No se trata de un proyecto que realizar algún día, de un programa que
aplicar, es verdad que conforme a los intereses vitales del
proletariado, pero que les sería “externo”, como una casa existe antes
en la cabeza de un arquitecto antes de adquirir su propia existencia una
vez construida. La comunización tiene que ver con lo que es y hace el
proletario.
[...]
Lo que designa la palabra comunización es por tanto tan antiguo como las
luchas de proletarios cada vez que han intentado emanciparse.
[...]
No llegamos a ponderar lo suficiente lo que deben nuestras teorizaciones
a nuestros fracasos. Si la Comuna de París fue un avance gigantesco, en
ciertos sentidos aún no superado, también indicaba el callejón sin
salida del comunalismo. Rusia ha ilustrado ya la suerte de una
insurrección que se limita a una toma del poder, y España mostró lo que
ocurre a las socializaciones cuando se deja intacto el Estado. Pero en
cada ocasión la “lección” es negativa, la contrarrevolución se fija y
consolida el contenido de lo que ha intentado el proletariado.
[...]
¿«Comunismo o barbarie»?
Siempre es tentador hacer depender la revolución social de un nivel concreto del desarrollo capitalista. O bien se cree posible la revolución, incluso inevitable, ahora y sólo ahora, cuando antes habría sido irrealizable, o bien, como este obrero hace ya un siglo, se cree superado el umbral en que era realizable. En el primer caso, la revolución se ve excluida en tanto que las condiciones del comunismo no están maduras. En el segundo, cuando el capitalismo haya alcanzado y después superado su madurez, se pudrirá destruyendo todo poco a poco, incluida la posibilidad de la revolución. En los dos casos, se trata de creer en “leyes” de la historia que harían obligatorio o prohibirían un acontecimiento en cierta etapa histórica y no en otra. Es biologizar la historia de las sociedades, asimilada a la evolución de un ser que crece, madura y después inexorablemente llega a las últimas o cae en la decadencia.
Esas tentaciones históricas son tan
inevitables que es necesario cuidarse de ellas: la revolución no es más
imposible hoy (a causa de la dominación total del capitalismo) que
posible solamente hoy —y no ayer— (a causa de la misma dominación total
del capitalismo).
Nosotros pensamos, bien al contrario, que la autonegación del
proletariado será obra de los hombres y las mujeres que están aún en el
mundo del trabajo… o no será. En su autoabolición como asalariados,
exasalariados o asalariables, la relación colectiva que les liga al
capital será a la vez un apoyo y un obstáculo. ¿Contradicción? Sí, y
condensa la dificultad de un cambio tan amplio y profundo como la
revolución comunista. No podremos escapar a eso. En todo caso,
ciertamente no creyendo que antes de la revolución el capital nos
prepararía la tarea desligando él mismo a los proletarios del trabajo, y
por tanto del capitalismo en su conjunto. La comunización no será la
obra de una masa de individuos previamente liberados de las cadenas del
trabajo, ya creadas por el capitalismo como individuos sociales, puesto
que: (1) el capitalismo se erige sobre la reunión conflictiva de dos
clases, (2) el trabajo no ha desaparecido y la clase del trabajo
tampoco, (3) existe claramente una clase diferente a otras. Por muy
mistificante que fuera, la idea de un mesianismo proletario tenía el
mérito de recordar que un grupo social particular es capaz de jugar un
papel particular. Por cierto, también es importante admitir que se trata
de un presupuesto fundado en la teoría, demostrable, pero cuya única
verificación será práctica. El proletariado puede ser sujeto de su
propia historia y de la del mundo: también puede no tomar ese rol. Para
que lo tome, cientos de miles de proletarios tendrán que elegir (y qué
se le va a hacer si alguien ve idealismo en este verbo) tomarlo,
individual y colectivamente, ya que entonces las dos dimensiones
tenderán a convertirse en una sola.
[...]
La lucha de clases se parece más bien a
una sucesión de comienzos, dado que el proletariado en su conjunto no
extrae apenas conclusiones efectivas de su práctica, ya sea esta pasiva,
activa, reformista o subversiva, o incluso insurreccional. Al día
siguiente de 1848, 1871, de la capitulación del socialismo ante la
guerra del 14, de 1917-1921, de los Frentes Populares, de 1939-1945 y
del final del fascismo, del periodo 1960-1980, igual que después de la
caída de las dictaduras militares o del capitalismo burocrático, las
”lecciones de la historia” no tienen realidad más que para las minorías,
cuyo vínculo con la masa de proletarios y su influencia sobre su lucha
generalmente es muy débil. Aunque la gestión obrera de la producción se
haya mostrado como un callejón sin salida desde hace mucho tiempo,
renace en periodos de crisis cada vez que los trabajadores encuentran un
interés en volver a poner en marcha las empresas abandonadas por el
jefe. La democracia bien puede haberse mostrado mil veces como ilusoria y
opresiva: los más explotados, los que menos tienen que ganar, no son
los últimos en movilizarse para instaurarla o restablecerla. El
proletariado ha vivido prácticamente todas las experiencias, incluida
la toma (y la pérdida) del poder, todas excepto la revolución comunista.
Imaginarse que irían aprendiendo poco a poco lo que deben y son capaces
de llevar a cabo, que después bajo la presión de las derrotas perderían
lo aprendido antes de recuperarlo más rico aún gracias a nuevos
impulsos históricos, y que por ensayo y error irían avanzando en la vía
de su emancipación, es tomar el movimiento comunista por una escuela.
(El aprendizaje de las lecciones históricas supone por supuesto
profesores, algunos malos —los dirigistas—, y otros buenos, los que
fomentan la autonomía del alumno. No es necesario irse muy lejos para
encontrar gente, a veces valiosa, que al mismo tiempo que rechaza
“dirigir a la clase” se ve investida de una misión: hacer que se
conozcan las luchas, difundir, transmitir la memoria, poner en contacto…
cosas que tienen su utilidad, a condición de no creerse indispensable
para llevarlas a cabo).
El movimiento proletario no posee la
memoria acumulativa que construye, mantiene y modifica un individuo a lo
largo de su vida. Si se puede hablar de memoria social, ciertamente no
es comparable a la de un banco de datos que tendríamos que mantener,
restaurar o actualizar. Como otras veces en el pasado, pero con la
fuerza de un movimiento mucho más profundo que en 1871, 1917 o 1968, un
periodo revolucionario nos obligará a volver a plantear las cuestiones
esenciales con las que se chocaron las experiencias anteriores.
Inevitable subjetividad social
No habrá comunización si no existe
previamente en el imaginario colectivo la posibilidad, inevitablemente
multiforme y confusa, de otra forma de vivir, donde “trabajo”, “salario”
y “economía” dejen de ser algo evidente. Las ideas no hacen la
historia, pero la fuerza (o a la inversa, la debilidad) del movimiento
comunista depende también de una voluntad subjetiva en los proletarios, y
de la capacidad de una minoría para tomar iniciativas, tanto colectivas
como individuales. Una revolución viene precedida de fenómenos que la
anuncian. ¿Es el caso de hoy? Por todos lados se denuncia el
capitalismo, pero la perspectiva comunista está muy poco activa en los
ánimos y los comportamientos.
«La revolución está determinada por
circunstancias favorables, pero éstas crean una ocasión que hay que
aprovechar, y para esto se necesita un deseo colectivo de hacerlo que
supere las contingencias de la explosión social. No se puede encontrar
ninguna causa última que explique por qué en 1919 cientos de miles de
obreros berlineses no participaron en la insurrección espartaquista:
ninguna, si no es el hecho de que no sentían socialmente la necesidad.
La voluntad no lo es todo, pero sin voluntad no hay nada», escribíamos
en 2009 en Le Tout sur le tout.
[...]
Ahora bien, el proletario es también una contradicción social, y el
papel específico del proletariado en la comunización pone en juego al
mismo tiempo la objetividad y la subjetividad. Porque está a la vez en
el capitalismo y fuera de él, el proletario es capaz de luchar para
defenderse y de defender intereses aparte de los suyos, intereses más
generales que su propia condición, que son los de la humanidad. No es un
mero partero de una gestación ya emprendida, sino el sujeto de una
transformación que es producto de su propia lucha.
[...]
¿Transición?
[...] Hablar de comunización es decir que la revolución no puede ser comunista si no transforma el conjunto de las relaciones sociales en relaciones comunistas, suprimiendo aquello en lo que se sostienen nuestras sociedades desde al menos doscientos años: la compra del trabajo por parte de una empresa y la omnipresencia del intercambio mercantil, así como las instituciones políticas que mantienen ese estado de cosas.
Lo que el neologismo comunización designa es una revolución que crea el comunismo, no las condiciones del comunismo.
Un proceso de esta amplitud no se
terminará en unas semanas: hará falta una generación al menos para
llevarlo a escala planetaria. Hasta entonces, no se extenderá como una
oleada irresistible, sino que conocerá avances, sufrirá retrocesos y
seguirá siendo vulnerable a una destrucción violenta del exterior o a
una desagregación interna, en tanto que los diversos países y regiones
no desarrollarán esas nuevas formas de vida al mismo ritmo. Ciertas
zonas estarán rezagadas durante mucho tiempo, otras caerán temporalmente
en el caos. Por ejemplo, la supresión de la moneda no creará solamente
relaciones sin dinero, fraternales y sin beneficio económico, sino que a
veces también surgirá de ello también el trueque, o incluso el mercado
negro. No se sabe con qué formas concretas pasaremos de la falsa
abundancia capitalista a otras maneras de vivir, pero el paso no se hará
sin sacudidas y raramente lo hará con suavidad. Aquí y allí, se
producirán inevitables cortes de abastecimiento que conllevarán una
escasez provisional y que los partidarios del viejo mundo explotarán
contra nosotros. Todo eso está claro, pero lo esencial es que el proceso
comunizador comienza desde el primer día: desde ese momento, la manera
en que los huelguistas tratan el espacio de su (ex)trabajo, en que se
llevan las batallas callejeras, y en que los insurgentes afrontan cómo
alimentarse y desplazarse los siguientes días, esta manera indica
opciones que ya se han tomado. Cuanto más pronto comienza la
transformación comunista de las relaciones sociales y de la vida
cotidiana, más profunda es desde el principio, y más grandes serán las
posibilidades de triunfar.
Violencia y destrucción del Estado [OJO]
No solo es artificial la división entre
lo social y lo político sino que, aún más grave, su teorización —como la
de un “periodo de transición”— es un signo añadido de ideologización de
un movimiento socialista que no hacía lo que decía y decía lo que no
hacía. Si lo político es sinónimo de un poder central que se ramifica en
el conjunto de la sociedad (a diferencia del poder del jefe, limitado a
su empresa), y lo social es sinónimo de relaciones entre los individuos
y entre los grupos en el día a día, en el trabajo, etc., en ese caso,
ningún movimiento histórico de gran amplitud ha sido nunca únicamente
político o únicamente social, sino las dos cosas a la vez. Nuestros
fracasos del pasado no han sido políticos o sociales, sino ambas cosas.
El poder bolchevique no se habría convertido en un poder sobre los
proletarios si éstos hubieran transformado las relaciones sociales, y
después de 1936 las “socializaciones” en España no habrían terminado en
una derrota si los obreros hubieran conservado el poder conquistado en
la calle en julio del 36.
La clase obrera sustituirá la antigua sociedad civil por una asociación que excluya a las clases y su antagonismo, y no existirá ya un poder político propiamente dicho, pues el poder político es precisamente la expresión oficial del antagonismo dentro de la sociedad civil.Mientras tanto, el antagonismo entre el proletariado y la burguesía es una lucha de clase contra clase, lucha que, llevada a su más alta expresión, implica una revolución total. Además, ¿puede causar extrañeza que una sociedad basada en la oposición de las clases llegue, como último desenlace, a la contradicción brutal, a un choque cuerpo a cuerpo?No digáis que el movimiento social excluye el movimiento político. No hay jamás movimiento político que, al mismo tiempo, no sea social.Sólo en un orden de cosas en el que ya no existan clases y antagonismo de clases, las evoluciones sociales dejarán de ser revoluciones políticas.(Marx, Miseria de la filosofía, 1847)
Lo que quiere decir comunización es que
no habrá primero una toma (tampoco una demolición) del poder político y
después una transformación social. No se trata solamente de hacer, sino
de ser la revolución, según la fórmula de Ursula Le Guin en su novela Los desposeídos (1974).
Admitiendo este principio, un cierto
número de compañeros, anarquistas o marxistas, son reticentes si no
hostiles a la idea de comunización, temiendo que se limite a modificar
el tejido social sin enfrentarse al poder del Estado. Sin embargo, en el
sentido en que la entendemos, la comunización es hecha de practicas y
de medidas sociales, es decir que afecta a la forma en que vivimos el
día a día, en la que producimos, vivimos, nos alimentamos, aprendemos,
viajamos, etc., pero esta dimensión social no es apolítica, ni siquiera
política solamente por su cuenta, por sus meros efectos. Por su
naturaleza y en sus intenciones, y para que triunfe, la comunización
tiene una dimensión política: implica, otra vez desde el principio, una
lucha, también armada, para echar abajo los órganos públicos y privados
de represión. La revolución es violenta.
El Estado es «una relación determinada
entre los seres humanos […] que destruiremos iniciando otro tipo de
relaciones, comportándonos de forma diferente» (Gustav Landauer,
1870-1919), y afrontando las fuerzas de cuyo uso no se privará ese
Estado para prohibir o acabar con esas nuevas prácticas.
La comunización sólo tiene sentido en
una sociedad ya trabajada y sacudida por paros de trabajo masivos,
cientos de miles de manifestantes en la calle, la ocupación de edificios
públicos y de lugares de producción, una huelga general, disturbios,
tentativas insurreccionales, una pérdida de control del Estado sobre
porciones cada vez más grandes del territorio, en definitiva, por un
movimiento suficientemente fuerte como para que las transformaciones
sociales sean más que unos cuantos cambios.
Cuando J. Holloway declaraba en el Foro
Social Mundial de Caracas en 2006 que «el problema no es abolir el
capitalismo, sino dejar de crearlo», exponía bien un aspecto de la
comunización que consiste efectivamente en iniciativas y prácticas de
masas, pero le quitaba a ese proceso de toda eficiencia que pudiera
negar su antagonismo con el Estado. Holloway se ha hecho famoso por su
frase de «cambiar el mundo sin tomar el poder». Igual que él, nosotros
tampoco queremos tomar el poder. Contrariamente a él, sabemos que el
poder del Estado no morirá tranquilamente, sino que desplegará todos los
medios que tenga a su alcance para defender el mundo existente: por
tanto, la revolución deberá destruirlo. La revolución comunista no es
apolítica, sino antipolítica. (Por cierto que los partidarios de
«cambiar el mundo sin tomar el poder» no esperan que un amplio número de
prácticas sociales baste para neutralizar y suavizar la fuerza estatal,
sus instituciones y fuerzas armadas: su objetivo no es liberarse del
Estado, solamente eliminar sus peores aspectos).
La comunización no seguirá el esquema
marxista clásico, perfectamente resumido por Amadeo Bordiga en 1920:
«Para que la revolución pueda cumplir con su tarea económica, es
necesario derribar primero el sistema político que centraliza el poder».
Sea la obra de un partido, como quería Bordiga, o de una organización
democrática de los trabajadores (tipo consejo), en todo caso esta visión
parte del principio de una división entre los planos político y
económico, y de ahí deriva la sucesión de fases política y después
socioeconómica.
Al contrario, la comunización combinará
las dos dimensiones, “social” y “política”. Una dinámica insurreccional
no se limita a ocupar edificios, cortar calles y liarse a tiros hoy,
para mañana no preocuparse más que del abastecimiento y de la vivienda.
Una revolución implica algo más que la mera espontaneidad y unos
efímeros agrupamientos ad hoc. Es indispensable un mínimo de
continuidad. Está claro que un cierto número de insurgentes seguirán
disponibles y unidos en grupos armados. Incluso si el comunismo no
significa un oficio de por vida, nadie tiene talento ni gusto para todo.
Una revolución obliga a desmarcarse
constantemente, y su desarrollo modifica sin cesar las líneas
divisorias, pero también habrá inevitablemente personas al otro lado de
la barricada, es decir, contra nosotros. La revolución comunista
triunfará más neutralizando a sus adversarios que matándolos,
subvirtiendo más que eliminando, no será una guerra, un ejército frente a
otro, pero supondrá inevitablemente una parte de violencia, de lucha
armada, de riesgo a morir. Una visión cándida preferiría que todos y
cada uno salieran ganando en el proceso revolucionario: en última
instancia, es verdad, pero solamente en última instancia. Cuanto más se
rechace el mito de una guerra de clases, tanto más hay que recordar que
una revolución obliga a enfrentarse a personas y grupos: nuestro
objetivo son las relaciones sociales, pero una relación social sólo
existe materializada en seres de carne y hueso. Por ejemplo, una parte
de las fuerzas del orden pasarán a nuestro lado u optarán por la
neutralidad: lo que les decidirá no será solamente constatar que el
comunismo va a proporcionarles una vida mejor, sino también la presión
de una violencia revolucionaria cualitativamente superior. Uno deja de
dar y recibir golpes cuando el fin tiene cada vez menos sentido.
Por el contrario, si la lucha armada
solamente estuviera asegurada por grupos de cuerpos cerrados y
especializados en ese papel, detentando de hecho un monopolio de la
violencia, ese sería un signo innegable de que la revolución se ha
congelado. Pronto nacería una fuerza de “policía proletaria”, al
servicio de un “gobierno revolucionario” apoyado sobre un “ejército
popular”.
Un periodo insurreccional no se
desarrolla en una sola noche, sino que se extiende a varios meses, y
probablemente años: nada está decidido definitivamente, el control del
espacio es inestable y el empleo de las armas (o con más frecuencia la
amenaza de recurrir a ellas) viene acompañado de confusión y
realineamientos en todos los sentidos. Algunos miembros de las fuerzas
del orden se vuelven a sus casas o pasan a nuestro lado. A la inversa,
se forman bandas privadas contrarrevolucionarias ligadas a los restos
del aparato represivo, así como a métodos que son tanto más cruentos
cuanto que esos grupos a menudo se escapan a la autoridad de aquellos
que en teoría les dirigen. En semejantes condiciones, es muy posible que
algunos miembros de categorías sociales privilegiadas o de cuerpos
represivos susciten entre cierto número de proletarios un rechazo
violento que puede llegar hasta el asesinato. En un periodo de guerra
civil —y la comunización tendrá sin duda aspectos de una guerra civil—
las posiciones y las oposiciones de clase no se simplifican ni se
resuelven de un día para otro. Tanto el policía como el obrero del metal
tienen mucho que ganar en la revolución comunista, pero no tienen
inmediatamente el mismo interés en ella. La superación de las clases no
pasa por poner en práctica una indiferenciación social efectiva desde el
principio: al principio, se verán pocos abogados de negocios y pequeños
empresarios en la calle y en las asambleas, y muchos menos directivos
que empleados. ¿Y qué significará la subversión —y la no eliminación
“física”— de la policía para un compañero cuyos amigos acaban de ser
torturados por unos policías? La única garantía que tenemos para que no
ceda a la venganza es que la presión del movimiento sepa disuadirlo,
pero está claro que no siempre funcionará eso.
Otros antes de nosotros han pensado en
esto: «Lejos de oponerse a los llamados excesos, deben emprenderse actos
de odio ejemplar contra edificios individuales o públicos a los cuales
acompaña odiosa memoria, sacrificándolos a la venganza popular; tales
actos, no sólo deben ser tolerados, sino que ha de tomarse su dirección»
(Circular del Comité Central a la Liga Comunista, marzo de
1850). En 1850, Marx y Engels se situaban en la hipótesis de una
revolución democrática que la clase obrera debería obligar a superar,
sin embargo la cuestión sigue vigente.
Entre capitalismo y revolución
comunista, el enfrentamiento es asimétrico. Para ganar, a los burgueses
les basta con no perder, con “mantenerse” en la tormenta, esperando a
reconquistar a continuación el terreno perdido, a cambio del sacrificio
de algunas fortunas y el rejuvenecimiento de las élites dirigentes. El
comunismo debe tomar la iniciativa. Ganará más socavando las bases
sociales del bando contrario que oponiéndole una fuerza militar “frente
contra frente”, pero socavar no será siempre suficiente, y habrá que
combatir también con las armas lo que la comunización no haya podido
neutralizar.
No hay que negar la violencia
revolucionaria, ni creer que lo resuelve todo, ni tampoco buscar una
respuesta intermedia mediante una represión “moderada” de las intrigas
contrarrevolucionarias y la construcción de prisiones más “humanas”.
Ninguna fórmula organizacional garantiza el control de la violencia
proletaria que puedan ejercer los propios proletarios. (Igualmente, a
menos que se suprima toda delegación, no hay normas de procedimiento que
garantice por anticipado el control de los mandantes sobre sus
delegados).
La solución dependerá de las respuestas
que se den a preguntas bien concretas, por ejemplo el uso que haremos de
los expedientes de la policía que estén en nuestras manos. Habrá voces
que pidan que se utilicen, en pro de la eficacia. Contra esta tendencia,
la revolución no se privará de recurrir a ellos por principio moral,
porque así estaría imitando al Estado que se está rechazando, sino que
hará valer el hecho de que no los necesite —o los usará si acaso en
situaciones excepcionales—, ya que no combate contra sus adversarios
como combate la policía contra los revolucionarios. El fin de la
revolución da también sus medios: no intenta identificar a los objetivos
para excluirlos de la sociedad metiéndolos en prisión o llevándolos al
cementerio. El comunismo es integrador, y no persigue a monstruos
antisociales.
Sean cuales sean las formas que tomen la
destrucción del Estado y la invención de nuevos hábitos de
administración, ese proceso irá a la par de la comunización. O bien
convergen, o bien fracasan juntos. Si permiten que continúe la policía,
el ejército, los partidos y el parlamentarismo, las actividades sociales
más fraternales e innovadoras acabarán siendo destruidas desde el
exterior por la fuerza, o asfixiadas por falta de espacio. A la inversa,
si los insurgentes se limitan a consolidar un poder político-militar
queriendo superar al del Estado, su eficacia no será más que aparente,
puesto que lo combatirán poniéndose en su terreno: reducido a un duelo
entre dos bandos, la revolución perderá el partido porque habrá
renunciado a su dinámica social.
En los primeros momentos, sería absurdo
esperar de una insurrección liberadora, incluso de masas, que se
limitara a gestos pacíficos. Después, si los insurgentes transforman en
profundidad sus relaciones sociales y sus comportamientos, no se
encerrarán en el hábito de la violencia y de la muerte, cuya
persistencia coincidiría con la pérdida de lo que la revolución tiene de
más emancipador. En todo caso, la comunización no transcurrirá como un
río en calma. Violencia y creatividad social son inseparables: el
control de los proletarios sobre su propia violencia sólo es posible si
es tan destructora como creadora.
[...]
Cambiar la vida
Sin lugar a dudas, se tratará de cambiar
la vida cotidiana, desde la cocina hasta la forma de comer, pasando por
la forma de desplazarse, habitar las casas, aprender, viajar, leer, no
hacer nada, amar, no amar, tener hijos, debatir y decidir nuestro
futuro, etc., a condición de darle un sentido pleno al término “vida
cotidiana”. Sin embargo, lo más frecuente, sobre todo desde que el
término se puso de moda en el 68, es que se limite lo cotidiano al
espacio-tiempo fuera del trabajo, como si se renunciara a intervenir en
la economía y el salariado, resignándose a no modificar más que los
pequeños actos y gestos, nuestros afectos, el cuerpo, la familia, la
sexualidad, la pareja, la alimentación, el ocio, las relaciones de
amistad…
La comunización, bien al contrario,
tratará las “pequeñas” cosas de la vida como aquello que son: una
manifestación de las “grandes”. Dinero, salariado, empresa como unidad
separada y polo de acumulación de valor, tiempo de trabajo separado del
resto de nuestra vida, producción para el beneficio económico, órganos
de Estado que mediatizan la vida social y sus conflictos, separación
entre aprender y hacer, circulación al máximo de todo y de todos por
sistema… cada uno de esos momentos y de esos lugares no debe ser
simplemente gestionado por un colectivo o reconvertido en propiedad
pública, sino remplazado por formas de vida solidarias, sin dinero, sin
beneficio económico, sin Estado.
Puesto que la relación capital/trabajo
estructura y reproduce la sociedad, la abolición del salariado es
condición de todo lo demás, pero no habrá que esperar a que la abolición
completa de la empresa, del dinero y del beneficio para comenzar a
actuar. Comunizar, por ejemplo, es transformar nuestra relación con la
técnica. Sin regresar a la medicina antigua, nos alejaremos de la
hipermedicalización y de las prácticas que curan más la enfermedad que
al enfermo. La persistencia de la jerarquía hospitalaria sería un signo
evidente de la ausencia de una revolución. Igualmente, una sociedad como
la de hoy donde proliferaran los psicólogos estaría probando nuestra
incapacidad para tratar las tensiones individuales y los conflictos
interpersonales por medio de las relaciones sociales, puesto que
seguiríamos necesitando profesionales de la psique.
Comunizar es tirar abajo los aparatos
represivos al mismo tiempo que se instauran relaciones sociales no
mercantiles, yendo cada vez más hacia lo irreversible: «A partir de
cierto punto no hay retorno. Ese es el punto que hay que alcanzar»
(Kafka).
Citemos nuestra Más allá de la democracia:
Hacer circular materias primas y productos sin la mediación del dinero también requiere eliminar los muros de los estrechos apartamentos que están adaptados a las normas de la familia nuclear, o plantar verduras en una calle o sobre un tejado. Supone romper la escisión entre un universo urbano mineralizado y una naturaleza cada vez más reducida al espectáculo y el ocio, donde un viaje de trekking de diez días en el desierto compensa la obligación de hacer las compras en coche cada sábado; practicar en una relación social lo que pertenecía a una actividad privada y remunerada, incluso en el voluntariado (porque ahí también se paga todo, nada puede ser gratuito); no volver a tratar al vecino como un extraño, pero también dejar de considerar el árbol de la esquina como un elemento decorativo mantenido por los empleados municipales. Supone, en definitiva, una relación diferente con los otros y con uno mismo, en la que la fraternidad no proviene de un principio, sino de una práctica que incluye una lucha, incluso violenta, incluso armada.
La huelga general y los disturbios
suspenden los automatismos y la reproducción social, y obligan a los
proletarios a inventar algo distinto, lo cual implica subjetividad y
libertad, ya que hay elecciones que hacer y eso obliga a cada uno a
encontrar un lugar, ya no el del individuo aislado, sino en una
interacción que produce una realidad colectiva. El paro laboral
generalizado abre la posibilidad para los ferroviarios de pasar a una
actividad diferente decidida en común: en lugar de cruzarse de brazos,
poner en funcionamiento los trenes con un objetivo opuesto al del Estado
y los jefes, dejar de creer que el “AVE está bien porque va rápido”.
Las prácticas concretas no están ligadas directamente al papel que se
tenía antes en la producción, es decir, la conductora de autobús no
decidiría sola lo que hacer con el bus. El hecho de que apenas ayer
fuera ella quien estaba al volante no dejará de tener importancia:
durante cierto tiempo, sabrá conducir y mantener la máquina mejor que
otros. Una cosa es poner el autobús atravesado para bloquear una calle, o
prenderle fuego, y otra cosa distinta es hacerlo circular
gratuitamente, lo cual supone en concreto neutralizar a los
controladores y a los policías de tráfico. Al principio del periodo
(indispensable) en que los proletarios toman posesión del conjunto de la
producción, los que antes trabajaban o tenían experiencia en una
actividad determinada juegan un papel específico, pero provisional: lo
superaremos a medida que las determinaciones sociológicas pierdan su
importancia, lo cual supone preguntarse si tenemos necesidad y ganas de
tener AVE y autobús, cuál de los dos y para ir dónde.
[...]
El comunismo no es una nueva “economía”, ni siquiera regulada, descentralizada, democratizada o autogestionada.
[...]
La comunización tiene que ver con esta exigencia de una fraternidad que
implica el apoyo mutuo teorizado por Kropotkin, y la igualdad resumida
en la frase de «ni dios ni amo, ni césar ni tribuno». Pero la
fraternidad no es contabilizable y, mientras que se mida para “igualar”,
la desigualdad reinará con toda seguridad. El comunismo no es un
reparto (por fin) equitativo de las riquezas. Incluso si a veces, al
principio, la primera preocupación será repartir las cosas con la mayor
justicia, nuestro punto de partido no será la mejor forma de distribuir
bienes, sino las relaciones humanas y lo que nuestras actividades
producen.
[...]
Comunizar será poner fin a la separación entre los lugares donde reina
la falsa riqueza ofrecida por el capitalismo, y los que sufren la
verdadera miseria.
[...]
La perspectiva comunista siempre ha
integrado el desarrollo de las potencialidades humanas. En el plano
material: disponer en cualquier sitio de productos del conjunto del
planeta. Y sobre el plano de los comportamientos: favorecer, armonizar y
satisfacer aptitudes y deseos. Surrealistas (“libertad absoluta”) y
situacionistas (“vivir sin tiempo muerto y disfrutar sin trabas”) no han
sido los únicos revolucionarios que han exaltado las virtudes
subversivas de la transgresión.
Hoy en día el capitalismo más moderno
vuelve esta crítica contra nosotros: el reino de los buenos sentimientos
y del consenso moral encaja bien con un elogio de la provocación, si no
de la transgresión, generalmente verbal y a veces practicada. Basta con
mirar las pantallas que nos rodean: comparada con lo que era en 1950,
se ha difuminado la frontera entre lo sagrado y lo profano, lo prohibido
y lo permitido, lo escondido y lo decible. Es evidente que un periodo
conflictivo confundiría aún más las coordenadas. Al contrario que en los
años veinte y treinta, la contrarrevolución no se reclamará tanto de un
orden moral, sino que tendrá un regusto “liberal-libertario” y se
mostrará permisiva y transgresora.
Ante esto, la comunización ganará al
llevar a cabo formas de vida que vayan efectivamente (y no en imagen)
hacia lo universal. Esto será posible porque los que hacen el mundo
también pueden deshacerlo, porque la clase del trabajo es también la
clase de la crítica del trabajo, porque a diferencia de los explotados
antes del capitalismo, el asalariado puede poner fin a la explotación,
porque el hombre mercantilizado puede abolir el reino de la mercancía.
Se trata de la dualidad clase obrera/proletariado: una clase, como
escribía Marx en 1844, que no es una clase y que tiene la capacidad de
poner fin a la sociedad de clases.
Basta con formularlo así para comprender
que esta dualidad es contradictoria. El conjunto de los que manejan los
medios de producción más modernos y disponen por tanto de la capacidad
de subvertir este mundo, son igualmente aquellos que por ello tienen
interés en el “desarrollo de las fuerzas productivas”, incluidas las más
destructivas, y que a menudo se ocupan en la defensa de la industria,
el culto del trabajo y la mitología del progreso.
No hay otro terreno fuera de esta
contradicción. Estalló dramáticamente cuando en enero de 1919 algunos
miles de insurgentes espartaquistas lucharon en medio de la pasividad de
varios cientos de miles de obreros berlineses. La comunización es el
estallido y la resolución positiva de esta contradicción, cuando el
proletariado salga de la crisis social “por arriba”. La comunización
será también un ajuste de cuentas del proletario consigo mismo.
Hasta entonces, para contribuir a ello,
la teoría comunista no dejará de girar en torno a esta contradicción,
como no dejarán los proletarios en su práctica de enfrentarse a ella.>>
10 de marzo de 2018
8 de Marzo Contra el Capital (folleto)
Nota de Un Proletario (marzo de 2018): con las hermanas de clase que murieron luchando un 8 de marzo de 1908 en la memoria, así como desde una nueva masculinidad en construcción que no separa la lucha de clase de la lucha de género por la abolición de las clases y de los géneros, comparto este folleto de las compañeras del Boletín La Oveja Negra de Rosario-Argentina sobre el 8M:
Folleto: 8 de marzo contra el Capital y otros textos
Compartimos un folleto que preparamos con artículos del boletín La Oveja Negra y panfletos repartidos en la ciudad de Rosario:
- El primer acto del 1ro de mayo en Rosario y Virginia Bolten
- Memoria: La voz de la mujer
- Las hogueras aún no se apagaron
- Des-memoria: Homenaje estatal a Virginia Bolten
- Hablando con las paredes: «Mi cuerpo es mío»
- Memoria: Pepita Gherra... La voz de la mujer
- Cultura machista y victimización
- 8 de marzo contra el Capital
- Hablando con las paredes: «Mujer bonita es la que lucha»
- Palabras de lucha hacia la raíz
- Nos están matando
- Hablando con las paredes: «...»
- ¡Abajo el trabajo doméstico!
- ¡Higui a la calle!
- Memoria: «вниз с войной!»
- La cultura de la violación
- 8 de marzo: Paro Internacional de Mujeres
- Algunas reflexiones en torno al 8m 2018
Panfleto: Algunas reflexiones en torno al 8M 2018
Este 8 de marzo parece ser distinto a los de algunos años atrás: se
reivindican algunas recientes conquistas consideradas fundamentales y se
prometen otras tantas, nuevas y briosas. Es cierto que hace menos de
una década la sociedad se hallaba rememorando esta efeméride como una
celebración de la femineidad tradicional, alentando al consumo y a la
reafirmación del estereotipo de la mujer cosificada y sumisa mediante
regalos frívolos y demás artilugios mercantilistas. En aquel entonces
nos hallábamos muy lejos de un llamado al cese de actividades
productivas, como impulsa la consigna de este año, pero ¿realmente
queremos que este sistema siga, ya sea con o sin nosotras? Nos parece
muy necesario, dada la importancia del movimiento social que se generó
para cambiar las condiciones de vida de las mujeres, repensar y criticar
el contenido de estas luchas. No por el gusto de la crítica en sí,
sino para que el movimiento tome fuerza y se profundice, para no caer en
las viejas canalizaciones de la ideología dominante, en las reformas
que cambian algo para que todo siga igual. Nos queremos enfocar entonces
en el contenido que está en el fondo de la movilización y el paro
internacional de mujeres.
Cuando se llama a producir sin nosotras para visibilizar nuestro “valor”, se pasa por alto la obscena facticidad de las cosas: que se nos considera valiosas, básicamente, en términos productivos y reproductivos de este sistema de muerte. Esta consigna no solo deja de lado un cuestionamiento fundamental –¿por qué debiéramos siquiera tener asignado un valor? –, sino que alienta a la perpetuación de las actuales relaciones económicas y productivas de modo irreflexivo y conformista. La ausencia de una crítica al sistema que somete a la totalidad de la humanidad a sus perversas instituciones (en este caso, el trabajo asalariado) es alarmante, y debiera advertirnos sobre la peligrosa tibieza del contenido de consignas similares, tan fervorosamente enarboladas para esta fecha.
Era de esperar… “el feminismo” ha llegado a los medios: los programas con el más alto rating (y la mayor tradición misógina) invitan a sus paneles a las representantes del movimiento a debatir (y sobre todo a banalizar) la despenalización del aborto y otros temas que verdaderamente nos preocupan e importan. La democracia funciona. El enemigo quiere hacer las paces y, en señal condescendiente, nos abre la puerta al mundo del espectáculo.
Ante los continuos y crecientes daños a todos aquellos que se reconocen por fuera del género masculino heterosexual, se pide mayor intervención estatal: más legislaciones, más programas gubernamentales de contención, más seguridad, más trabajo, más punición, más control. Lo que no se ve es que donde «el Estado está ausente» es donde más está el Estado. ¿No es ya lo suficientemente clara la vinculación entre la violencia de género y el monstruoso aparato ideológico que la produce y reproduce cada día, bajo las más variadas formas? ¿Qué es lo que hace falta para hacer estallar finalmente estas insoportables tensiones que nos atraviesan?
Sabemos que las condiciones a las que nos enfrentamos no son nada sencillas y nos movilizan a preguntarnos muchas cosas. Que quede claro: queremos mejorar nuestras condiciones en lo inmediato. No queremos ser encarceladas por abortar, tratadas como cuerpos–objetos a los que violar y traficar, usadas para publicitar mercancías y otras tantas aberraciones. Pero, ¿para qué nos sirve pedirle al sistema que nos reduce a estos roles, nos encarcela y subyuga que cambie esta situación? ¿Por qué no pensar en la posibilidad de superar de raíz este estado de cosas? Esto también lo tenemos que pensar mientras nos encontramos en la calle, a esto nos referimos cuando proponemos profundizar la lucha. Fundamentalmente, para no desperdiciar tantos esfuerzos de compañeras del pasado que, como nosotras hoy, pararon y salieron a la calle masivamente, logrando parciales avances que por sus límites no cambiaron la situación de la mujer, porque es imposible que se transforme sin transformar todo, porque nuestra lucha se opone prácticamente a este sistema cosificador y valorizador de nuestras vidas.
Las diversas expresiones de bronca, el aliento a la venganza o al escrache público, en respuesta a hechos de violencia de género son necesarias, pero devienen en medidas ineficientes por ser aisladas. Debemos atacar las relaciones sociales de las que nace la violencia de género en primer lugar. Cuando una gran cantidad de energía se ve dedicada a resolver problemas de tipo legal o procedimental (qué hacer con el abusador, cómo castigar al violador, cómo deben redactarse protocolos institucionales contra la violencia machista) se está perdiendo de vista la causa fundamental de la problemática: la violencia general y sistemática en nuestra sociedad, por qué se genera y cómo destruirla. Identificarla es necesario para terminar de una vez por todas con las condiciones materiales que la posibilitan y que reducen nuestra vida a un producto aprovechable o prescindible según las circunstancias, que instrumentalizan nuestros cuerpos y los someten a las necesidades de este sistema que nos deshumaniza y atomiza hasta la muerte.
La lucha que ahonde en la raíz del problema no bregará por la igualdad de derechos en un sistema que nos oprime y aliena a todos los desposeídos por igual, sino por la verdadera emancipación de la mujer, entendida como parte fundamental de la lucha por la emancipación total de la especie humana. Para ello es necesario salir a la calle y formar lazos por fuera del Estado y la política, no permitiendo que estos intervengan y transformen el contenido de la lucha para su conveniencia y para la continuación de nuestra explotación. Pero también, dejando de externalizar los problemas, haciéndonos cargo de lo que nos toca: como parte de esta sociedad capitalista la reproducimos, aun sin querer. Hablando en los propios términos que el enemigo (los de la reforma), reduciendo nuestras perspectivas revolucionarias a una lucha por una ley o por un salario más justo, aferrándonos a lo inmediato y dejando para nunca lo que es urgente desde hace tanto tiempo: la destrucción de lo que nos destruye y la creación de un mundo nuevo.
Cuando se llama a producir sin nosotras para visibilizar nuestro “valor”, se pasa por alto la obscena facticidad de las cosas: que se nos considera valiosas, básicamente, en términos productivos y reproductivos de este sistema de muerte. Esta consigna no solo deja de lado un cuestionamiento fundamental –¿por qué debiéramos siquiera tener asignado un valor? –, sino que alienta a la perpetuación de las actuales relaciones económicas y productivas de modo irreflexivo y conformista. La ausencia de una crítica al sistema que somete a la totalidad de la humanidad a sus perversas instituciones (en este caso, el trabajo asalariado) es alarmante, y debiera advertirnos sobre la peligrosa tibieza del contenido de consignas similares, tan fervorosamente enarboladas para esta fecha.
Era de esperar… “el feminismo” ha llegado a los medios: los programas con el más alto rating (y la mayor tradición misógina) invitan a sus paneles a las representantes del movimiento a debatir (y sobre todo a banalizar) la despenalización del aborto y otros temas que verdaderamente nos preocupan e importan. La democracia funciona. El enemigo quiere hacer las paces y, en señal condescendiente, nos abre la puerta al mundo del espectáculo.
Ante los continuos y crecientes daños a todos aquellos que se reconocen por fuera del género masculino heterosexual, se pide mayor intervención estatal: más legislaciones, más programas gubernamentales de contención, más seguridad, más trabajo, más punición, más control. Lo que no se ve es que donde «el Estado está ausente» es donde más está el Estado. ¿No es ya lo suficientemente clara la vinculación entre la violencia de género y el monstruoso aparato ideológico que la produce y reproduce cada día, bajo las más variadas formas? ¿Qué es lo que hace falta para hacer estallar finalmente estas insoportables tensiones que nos atraviesan?
Sabemos que las condiciones a las que nos enfrentamos no son nada sencillas y nos movilizan a preguntarnos muchas cosas. Que quede claro: queremos mejorar nuestras condiciones en lo inmediato. No queremos ser encarceladas por abortar, tratadas como cuerpos–objetos a los que violar y traficar, usadas para publicitar mercancías y otras tantas aberraciones. Pero, ¿para qué nos sirve pedirle al sistema que nos reduce a estos roles, nos encarcela y subyuga que cambie esta situación? ¿Por qué no pensar en la posibilidad de superar de raíz este estado de cosas? Esto también lo tenemos que pensar mientras nos encontramos en la calle, a esto nos referimos cuando proponemos profundizar la lucha. Fundamentalmente, para no desperdiciar tantos esfuerzos de compañeras del pasado que, como nosotras hoy, pararon y salieron a la calle masivamente, logrando parciales avances que por sus límites no cambiaron la situación de la mujer, porque es imposible que se transforme sin transformar todo, porque nuestra lucha se opone prácticamente a este sistema cosificador y valorizador de nuestras vidas.
Las diversas expresiones de bronca, el aliento a la venganza o al escrache público, en respuesta a hechos de violencia de género son necesarias, pero devienen en medidas ineficientes por ser aisladas. Debemos atacar las relaciones sociales de las que nace la violencia de género en primer lugar. Cuando una gran cantidad de energía se ve dedicada a resolver problemas de tipo legal o procedimental (qué hacer con el abusador, cómo castigar al violador, cómo deben redactarse protocolos institucionales contra la violencia machista) se está perdiendo de vista la causa fundamental de la problemática: la violencia general y sistemática en nuestra sociedad, por qué se genera y cómo destruirla. Identificarla es necesario para terminar de una vez por todas con las condiciones materiales que la posibilitan y que reducen nuestra vida a un producto aprovechable o prescindible según las circunstancias, que instrumentalizan nuestros cuerpos y los someten a las necesidades de este sistema que nos deshumaniza y atomiza hasta la muerte.
La lucha que ahonde en la raíz del problema no bregará por la igualdad de derechos en un sistema que nos oprime y aliena a todos los desposeídos por igual, sino por la verdadera emancipación de la mujer, entendida como parte fundamental de la lucha por la emancipación total de la especie humana. Para ello es necesario salir a la calle y formar lazos por fuera del Estado y la política, no permitiendo que estos intervengan y transformen el contenido de la lucha para su conveniencia y para la continuación de nuestra explotación. Pero también, dejando de externalizar los problemas, haciéndonos cargo de lo que nos toca: como parte de esta sociedad capitalista la reproducimos, aun sin querer. Hablando en los propios términos que el enemigo (los de la reforma), reduciendo nuestras perspectivas revolucionarias a una lucha por una ley o por un salario más justo, aferrándonos a lo inmediato y dejando para nunca lo que es urgente desde hace tanto tiempo: la destrucción de lo que nos destruye y la creación de un mundo nuevo.
Son estas condiciones de existencia siempre contradictorias las que nos
impulsan a luchar y es en la lucha donde vamos encontrándonos e
inventando algunas respuestas. Hoy nos movilizamos, no para exigir
que se nos considere y se nos visibilice en tanto que víctimas,
ciudadanas y productoras y reproductoras serviles de esta sociedad. Estamos en la calle porque creemos y luchamos por un cambio sin vuelta atrás.
Boletín La Oveja Negra - 8 de Marzo de 2018
www.boletinlaovejanegra.blogspot.com
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22 de enero de 2018
Klinamen 15 años después: una despedida
Nota de Un Proletario a modo de breve balance tardío de la autodisolución de Proletarios Revolucionarios en mayo de 2016 (Quito, enero de 2018):
Al leer el texto de Klinamen que sigue a continuación, pensé en cinco cosas:
1. La autodisolución sorpresiva y sin balance de Proletarios Revolucionarios que, en realidad, fue un abandono de militancia.
2. El comunicado de autodisolución del MIL ("más vale una autodisolución que mil programas"... "la organización es la organización de las tareas"... "cada individuo tomará –como queda dicho- sus responsabilidades personales en la lucha revolucionaria. No hay individuos que se auto-disuelven, es la organización político-militar MIL que se auto-disuelve").
3. El comunicado de autodisolución del Núcleo de IRA (“una de las razones por las que decidimos abandonar la identidad grupal que teníamos, es que ésta nos hacía aparecer como uno más entre los numerosos grupos de ultraizquierda que compiten por dirigir al proletariado, y que, con la intención de deslumbrar a sus dirigidos, difunden obsesivamente una identidad grupuscular, un nombre, una ideología y un logotipo característico que suelen provocar el escepticismo o la risa de los proletarios despiertos... No tenemos nada que venderle a nuestros hermanos de clase, nada con qué seducirlos. No somos un grupúsculo compitiendo en prestigio e influencia con los demás grupúsculos y partidos que dicen representar a la clase obrera, y que pretenden gobernarla. Somos proletarios que luchan por auto-emanciparse con los medios que tienen a su alcance, y nada más... De ahora en adelante realizaremos nuestras tareas revolucionarias como individuos organizados en función exclusivamente de nuestros objetivos programáticos. Ningún nombre, ninguna sigla ni seña de identidad debe interponerse entre los comunistas y los demás miembros de la clase trabajadora.”).
4. La necesidad, importancia y buena calidad de este balance autocrítico sobre la experiencia y autodisolución de Klinamen. Así como también, su bellísimo e insuperable epígrafe del poeta Leonard Cohen.
5. Otra vez nuestra autodisolución "sin pena ni gloria" ni nada... sólo cenizas que se dispersaron en la tumba del silencio sepultada, a su vez, en el olvido...
Porque todo lo que los compañeros dicen en este documento no sólo es sobre ellos en España. No es un problema grupal ni mucho menos "personal", sino que es un problema de clase. Un problema de la lucha de toda nuestra clase contra el Capital en todas partes del mundo, a saber: la seria dificultad de mantener el asociacionismo proletario revolucionario, la comunidad de lucha militante, en tales o cuales circunstancias "objetivas" y "subjetivas" dadas.
Es decir que, por más "casos particulares" que existan, lo que le pasó a Klinamen también les ha pasado, les pasa y les seguirá pasando a la mayoría de grupos, núcleos o estructuras de lucha proletaria en medio del desértico cementerio social -e individual- capitalista.
De allí que este balance -tal como explícita y literalmente desean sus autores- sí "sirve" para otros grupos y proletarios en lucha en general: es necesario y "útil" en tanto que ejemplo de balance de la autodisolución de un proyecto/actividad/grupo revolucionario.
Balance en el que establecen como principales las causas personales y las causas políticas... como casi siempre en todo lado. Ellos ponen énfasis en ambas, sobre todo en torno al problema del trabajo (militante y no militante).
En "nuestro caso particular" como Proletarios Revolucionarios, las causas de nuestra autodisolución no fueron políticas (habíamos alcanzado cierta homogeneidad o unidad programática), sino económicas (desempleo y miseria) y, sobre todo, personales/interpersonales (conflictos internos no resueltos y peleas de egos al borde de los insultos y los golpes) o psicológicas (depresión y ansiedad mezcladas con consumo conflictivo de alcohol y drogas, llegando incluso al borde del suicidio -por fortuna, no consumado- de uno y hasta dos de nosotros). Sí, los llamados "problemas personales" no asumidos ni trabajados de manera política y, sobre todo, humana -como comunidad de lucha y de vida- fueron los que, con el pasar de los años, contaminaron nuestra militancia hasta el extremo de autoboicotearla y autodisolverla. (Y éstas son las razones reales por las que recién puedo escribir esto después de casi dos años.)
Después de lo cual sólo quedó, entonces, hacerse cargo de los propios "problemas psicológicos", reconstruir la vida y la persona de cada uno, "sanarse". Claro está, junto con hacerse cargo de la sobrevivencia material o económica. Eso sí, tratando de no perder la pasión del comunismo, como diría Camatte. Muestra de ello al día de hoy es, al menos de mi parte, el blog antipsiquiátrico-anticapitalista Locura Proletaria, y una esporádica correspondencia con un par de compañeros afines allende las fronteras nacionales.
El punto es que este balance de la autodisolución de Klinamen me hace ir más allá y pensar en las causas reales, mundanas, crudas, feas y ocultas de la autodisolución de nuestro grupo, en particular, y de los grupos de proletarios revolucionarios, en general. Porque, como ya dije, este no es un problema grupal ni mucho menos "personal", sino un problema de clase. Frente a esas causas, como en todo, la verdad es revolucionaria. Y sirve para no volver a cometer los mismos errores el momento en que se vuelva a retomar fuerte, seria y colectivamente la militancia revolucionaria contra el Capital y el Estado, por el Comunismo y la Anarquía, sobre nuevas bases. Para poner en práctica las lecciones aprendidas de la propia experiencia cuando llegue aquel momento.
Además que, sin negar el dolor y el vacío que produce este tipo de rupturas-adioses entre camaradas y amigos (otra razón para haber demorado tanto este breve balance de nuestra autodisolución), el texto de Klinamen lo hace de manera lúcida, madura y en "buen rollo". Un ejemplo a seguir.
Por todo ello es que me resultó tan significativo, y que lo comparto aquí y ahora. ¡Salud y Resistencia!
******
KLINAMEN 15 AÑOS DESPUÉS:
UNA DESPEDIDA (Descargar en PDF)
“Si queremos expresar la derrota común,
procuremos hacerlo dentro de los límites estrictos de la dignidad y la belleza.”
Leonard Cohen
procuremos hacerlo dentro de los límites estrictos de la dignidad y la belleza.”
Leonard Cohen
A veces por desazón, a veces por
inercia, pero es extraño que llegado el final de un proyecto político
sus miembros decidan explicar, de forma pública, las razones de
abandonarlo. Acostumbrados a colectivos fugaces que viven rápido y
mueren despacio sin valorar su trayectoria, pensamos que Klinamen
merecía otra suerte. Cerramos esta etapa evaluando aciertos y errores,
por si pudiera servirnos –y serviros– al afrontar retos futuros. También
queremos decir adiós con honestidad, planteando dudas y reconociendo
contradicciones. Ideas y debates inconclusos al calor de una experiencia
que compartimos en este texto. Lo que esté por venir, lo atacaremos,
seguro, mejor armados.
Érase una vez…
Klinamen surge como tal a finales de
2002. Desde entonces, hemos atravesado varias etapas, cada una de las
cuales ha estado caracterizada por diferentes herramientas, contenidos,
temáticas o proyectos, según hemos ido evolucionando sus participantes y
el movimiento del que formamos parte. Inicialmente se planteó como una
herramienta con la que editar materiales interesantes, superando y
buscando una mayor estabilidad que el formato fanzine imperante en
aquella época, a la vez que, mediante el trabajo militante no
remunerado, buscar nuevas formas de financiación diferentes de fiestas y
conciertos.
A partir de 2005, y en la estela del
«boom» que supuso la llegada de internet en los movimientos sociales,
una buena parte del proyecto Klinamen se dedicó al mantenimiento y
gestión de klinamen.org,
una web de contrainformación de las muchas que surgieron en aquella
época. La web funcionó ininterrumpidamente hasta 2010, cuando unos
problemas técnicos (la página se quedó obsoleta) nos llevaron a
replantear completamente el proyecto. Finalmente, más problemas
informáticos con la nueva web, unidos al desgaste que supone la gestión
durante 5 años de una página de contrainformación que se actualizaba
diariamente, llevaron a abandonar el proyecto. Un abandono, de hecho,
literal, pues nunca se hizo clausura oficial ni valoración final de
aquella experiencia.
Desde entonces, Klinamen se ha
centrado de nuevo en su función original: la traducción, edición y
distribución de libros y demás material escrito. Sin embargo, desde, más
o menos, abril de 2015, en Klinamen hemos tenido un proceso, (lento
para qué engañarnos) de reflexión y autocrítica en el que hemos valorado
tanto la sostenibilidad del proyecto y su (limitada) capacidad de
intervención como las temáticas que nos interesan a los diferentes
integrantes. Durante este proceso surgieron varias propuestas de
reestructurar y reorientar el proyecto, pero al final ni siquiera hemos
sido capaces de ponerlas en marcha, en gran parte por seguir arrastrando
los mismos problemas que nos habían llevado hasta ese punto en primer
lugar. En vista de esto, y por experiencias anteriores similares, hemos
decidido no dejar al proyecto morir abandonado o que tuviese un cierre
en falso, por lo que hemos preferido acabar con Klinamen para que tenga
el final más digno posible.
Este proceso viene motivado por una
crisis dentro del colectivo que creemos que merece la pena contar, por
si fuese útil para que otros grupos afronten sus propios retos internos.
La crisis que hemos sufrido en Klinamen se ha levantado sobre dos
patas: la política y la personal. Dos cuestiones que, como todos
sabemos, solo son diferenciables hasta cierto punto. En cierta manera,
las consecuencias de ambas para el colectivo vienen determinadas por la
propia estructura de este.
El trabajo no militante
Desde el principio Klinamen ha hecho
una apuesta clara por un trabajo militante no remunerado, es decir, por
no tener liberados. Alguna vez ya hemos comentado públicamente que en
los inicios del proyecto era una opción más moral, o «moralista» si se
quiere, que práctica. En este sentido nuestra postura ha cambiado mucho
desde entonces. Seguimos apostando por el trabajo militante como una
opción viable para llevar una editorial, una revista o una web, pero
después de más de 10 años somos conscientes de sus limitaciones y
problemas. Por supuesto, también somos muy conscientes de que los
proyectos remunerados o cooperativos tienen el mismo número de
problemas, si bien diferentes. Contarlos, para que todo el mundo aprenda
de ellos, corresponde a otros; a quienes los hayan sufrido.
En primer lugar, algunas cargas de
trabajo que requieren estos proyectos son difícilmente compatibles con
la vida bajo el capitalismo, y ya con crisis de por medio, ni hablamos.
Cuando tu trabajo asalariado ya no es que no dependa del proyecto, sino
que ni siquiera está relacionado con él, la falta de tiempo es la norma.
Si a eso le sumamos las relaciones afectivas de cada uno (parejas,
hijos, el poliamor y esas cosas), el tiempo de sentarte a traducir,
corregir, maquetar, o incluso simplemente reunirte, se vuelve una
quimera.
Esto plantea muchos problemas:
proyectos que no salen por falta de tiempo, asambleas que son un repaso
de tareas decididas en asambleas anteriores y que no se han podido
cumplir, quedar mal delante de gente con la que te comprometiste (un
euro por cada mail de Klinamen disculpándose, oh yeah), etc.
Sin embargo, hay dos problemas que
quizás sean más importantes: tener que llevar a cabo la actividad del
colectivo en tus ratos libres hace que su funcionamiento sea muy
sensible a las situaciones y características personales que los
integrantes tenemos en cada momento. Esto, además, amplifica algo que es
la norma en cualquier colectivo: la diferente implicación de sus
miembros y las tensiones que esto genera entre ellos. Existen
herramientas para compensar esto: por ejemplo, superar un umbral de
miembros en el colectivo (de manera que este sea más robusto a cambios
inesperados en la vida de cada uno de sus miembros) o desarrollar
mecanismos para minimizar o controlar la diferente implicación de cada
miembro y sus dependencias (si solo uno sabe maquetar o si la traducción
recae solo en dos personas, etc.).
Otro problema es que, al tener que
dedicar tu tiempo libre al proyecto editorial, las tareas tienen que ser
cuanto menos «interesantes». En general, en Klinamen no hemos tenido
problemas con la valoración, traducción, edición o diseño de los
materiales, ya que son cosas que nos gustan. El principal problema aquí
suele ser que a veces te toca trabajar un texto cuyo tema no te apetece
ni lo más mínimo (bien en general o bien en ese momento particular de tu
vida). Otra cosa son las tareas menos creativas de una editorial:
concretamente la distribución. Hacer paquetes y enviarlos siempre ha
sido para nosotros un auténtico aburrimiento y es algo que en estos más
de 10 años jamás hemos sido capaces de solucionar satisfactoriamente. O
bien nos lo han llevado otros compañeros que tenían distribuidoras
(muchas gracias a Acció Cultural, Local Anarquista Magdalena y
LaMalatesta) o bien lo hemos asumido nosotros mismos pero siempre a
trancas y barrancas, con miembros del colectivo teniendo que
«especializarse» en eso, generando con ello tensiones, llamadas de
atención por compromisos no cumplidos, y debatiendo una y otra vez cómo
hacerlo para que esta vez funcionase bien.
Los libros
Esta estructura y esta dificultad del
trabajo militante tiene consecuencias materiales claras en cuanto a los
textos que puedes editar. Así, por ejemplo, lo más cómodo es la
traducción, edición y corrección de textos relativamente cortos que
pueden distribuirse entre diferentes miembros del colectivo y
colaboradores, y que, además, pueden sacarse adelante con un golpe de
trabajo en un par de semanas que alguno tiene más libres. De esta forma,
tendemos a sacar libros que son recopilaciones de textos cortos que se
han ido traduciendo colectivamente. Aunque esto podría dar lugar a
libros eclécticos, creemos haber resuelto bien el problema y los libros
que hemos sacado de esta manera han mantenido su coherencia. El problema
es que hasta que no tienes suficientes textos, no puedes editar el
libro, por lo que, muchas veces, algunos de estos textos (sobre todo
cuando no son de especial actualidad) se quedan durante mucho tiempo
almacenados esperando ser completados con otros. En los casos de
actualidad lo que hacíamos era publicar el texto en la web (la nuestra o
la de otros) de manera que al final el libro era un recopilatorio de
textos ya publicados previamente, con todos los pros y contras que esto
tiene.
Otro problema relacionado con que las
tareas fuesen interesantes es el que se ha dado cuando hemos asumido
libros que eran propuestas externas. Muchas veces esto se hacía
básicamente «por sacarlo», es decir, sin estar siempre completamente de
acuerdo con todo el contenido. El motivo no era sacar por sacar, sino
que, dado que una parte del proyecto era sacar dinero para financiar
otros proyectos libertarios, aunque el texto no fuera 100% satisfactorio
políticamente, al menos cumplía la parte de financiar el movimiento u
otros libros. Varias veces nos ha pasado que en asamblea se decidía
publicar alguno de estos libros y que luego se convertían en «un muerto»
que había que sacar adelante, que retrasaban otros proyectos y que
acaban quemando a la gente. Afortunadamente, este sí es un problema que
supimos ir gestionando y desde hace tiempo cada vez hemos sido mucho más
exigentes y estrictos a la hora de valorar si nos interesaban
personalmente las propuestas que nos llegaban.
Técnica y política
Klinamen nació y creció como un
colectivo. Un colectivo con fuertes relaciones afectivas de amistad
(otra vez con todo lo bueno y malo que eso conlleva). Un colectivo que
editaba libros, pero que también era un espacio de encuentro, de debate y
de reflexión de gente que, generalmente, militaba o participaba en
otras luchas. Por diferentes motivos (pero, de nuevo, las dificultades
de compatibilizar trabajo y militancia han sido importantes) muchos de
nosotros hemos ido abandonando otros proyectos y centrándonos en
Klinamen, lo cual permitió dar un paso más en la cantidad de trabajo que
se llevaba a cabo. Para variar, y en consonancia con el hiperactivismo
que impregna el movimiento libertario eminentemente juvenil del que
todos procedemos, lo que hicimos fue cargarnos de más y más trabajo. Más
proyectos, más libros, etc. En la búsqueda de una mayor eficacia y
menor redundancia, el proceso se fue «tecnificando» demasiado, las
tareas se fueron especializando y las asambleas al final eran casi
puramente un repaso de tareas: qué cosas hay que hacer, quién las hace,
cuándo y cómo.
Por otro lado, en esa misma línea de
«eficacia» decidimos que cada libro tuviera un responsable que lo
coordinase. Esto supuso que, al final, esa persona era la que más
trabajaba en el libro. El resultado es que el trabajo «político» sobre
los libros: el debatirlos, criticarlos, formarse con ellos, etc. se
estaba individualizando. Más o menos varias personas leían cada libro,
pero solo uno o dos, como mucho, trabajaban seriamente en él.
La consecuencia de ambas caras del
mismo proceso fue que, básicamente y casi sin darnos cuenta, el debate
político desapareció del orden del día. Como mucho surgía brevemente a
la hora de marcar las líneas de trabajo y decidir si nos interesaba
publicar o no un determinado libro. Esto ha hecho que la evolución
teórica dentro del grupo fuera en los últimos tiempos más individual que
colectiva. Como mínimo, más informal: los que se veían más en otros
espacios (bares, proyectos, casas) debatían más entre ellos. Eso termina
produciendo asimetrías, por así decirlo, en las afinidades políticas y
afectivas de los miembros del grupo. Afinidades que, además, acaban
retroalimentandose unas a otras.
En determinadas ocasiones, por
ejemplo frente a problemas que surgieron con la gestión de las redes
sociales (un beso, Klini), se generaron claramente dos posturas que, en
este caso concreto, reflejaban diferentes visiones sobre las redes
sociales y, en parte, simplemente diferentes afinidades políticas o
incluso personales.
Las dificultades de crecer
Muchos de estos problemas se habrían
resuelto, al menos parcialmente, siendo más gente. Y, de hecho, cada vez
que alguien nuevo ha entrado en Klinamen, generalmente ha supuesto un
plus de curro y energías. Sin embargo, con el tiempo, Klinamen ha
desarrollado unas perspectivas políticas particulares dentro del
movimiento libertario y, sobre todo, una serie de lazos internos de
amistad y afectivos bastante fuertes. Lo primero no supone más barrera
que la de cualquier otro colectivo. Lo segundo es más peculiar porque al
final en Klinamen todos somos colegas y, claro, no es lo mismo encajar
políticamente que encajar a nivel de amistad. No todos lo que tienen
afinidad política comparten las afinidades vitales (forma de ser,
sentido del humor, etc.) que se dan en un «grupo de colegas». De hecho,
casi hasta está bien que así sea, y es un problema que las
organizaciones grandes deben afrontar. No es algo que se haya buscado
intencionadamente, pero es algo que ocurre cuando llevas mucho tiempo
trabajando juntos (igual que también tienes tensiones similares a las de
la parejas «de toda la vida») y se refuerza dentro de estructuras
basadas en el trabajo militante, que requieren un plus de
esfuerzo-voluntad. Digamos que para seguir y seguir con dicho proyecto
tienes que estar a gusto en él, y eso se consigue aumentando la afinidad
política pero también la personal. Lo que por un lado es una ventaja,
una fortaleza que nos refuerza, mantiene juntos y nos ayuda a seguir,
por otro lado dificulta la renovación y extensión del proyecto. ¿Cómo
crecer cuantitativamente manteniendo el clima de confianza e intimidad
que requiere un colectivo de estas características? De nuevo, más
preguntas que respuestas.
En este contexto es comprensible que
una acumulación, más bien casual, de diferentes problemas personales de
varios miembros del colectivo casi lo lleva al traste. Al menos lo ha
dejado en stand-by
desde abril de 2015 aproximadamente. No es que hayamos tenido problemas
o discusiones políticas entre nosotros, es más bien que no se podían
sacar las cosas adelante por falta de ganas, de interés o, simplemente,
de tiempo libre. Llegados a un punto, decidimos parar, asumir el parón
sin estrés y mirar hacia atrás para decidir hacia dónde queremos y
podemos ir.
La crisis política
Como decíamos al principio, la crisis
tiene dos dimensiones: la personal y la política. La personal ya la
hemos contado (nos hemos ahorrado los detalles escabrosos, qué os
creíais); ahora toca la política. Aquí entran en juego dos cuestiones:
la evolución política interna del grupo y los acontecimientos externos
(la crisis, el 15M, el asalto institucional, etc.).
La evolución teórica de Klinamen ha
sido una constante desde su nacimiento. La editorial nació con el
reflujo de la ola insurreccionalista(1) acontecida en la península
ibérica entre 1996 y 2003, aproximadamente.
Una parte de los que acabamos quemados política, personal y
represivamente de aquella experiencia empezamos a acercarnos y a
interesarnos cada vez más por la autonomía obrera de los 70,
especialmente la del Estado español. Algunos de los primeros textos que
publicamos, como Incontrolados, La Huelga de Ascón o Historia de 10 años,
reflejan ese interés. Con el paso del tiempo, muchos hemos evolucionado
a posturas políticas que, en lo teórico, beben más de ciertos marxismos
no leninistas, o críticos con el marxismo tradicional estatista, que
del anarquismo clásico. Durante varios años, algunos de nosotros
estuvimos interesados e implicados en lo que internacionalmente se ha
venido denominando «corriente comunizadora». Por supuesto, éramos
conscientes de que ese interés era, siendo generosos, minoritario
actualmente en la península ibérica. Esto, en parte, refleja las
diferentes inercias históricas de los ambientes radicales de cada país,
en parte, el lenguaje, entre críptico y denso, que a veces ha adoptado
esta corriente y, en parte, la incapacidad o desinterés del movimiento
libertario ibérico para leer en otros idiomas. De hecho, sólo
Tiqqun/Comité Invisible ha conseguido darse a conocer en la península
ibérica, seguramente porque ha sido más y mejor traducido y porque
encaja mejor con las características del gueto radical ibérico (porque
crípticos y densos son un rato). Al mismo tiempo, siempre fuimos muy
críticos con la incapacidad, e incluso desinterés, de dicha corriente
por plantearse el omnipresente «¿qué hacer?» en el presente.
Por otro lado, el 15M, con todas sus
limitaciones y carencias, nos pareció un acontecimiento fundamental
tanto por lo que supuso en su momento (la oportunidad, después de mucho
tiempo, de hacer política en un contexto masivo) como, sobre todo, por
sus implicaciones para las formas de hacer política que han venido, y
que vienen, después. Nosotros pensamos que, lo queramos o no, el 15M y
sus equivalentes en otras geografías probablemente supongan la primera
aparición histórica de un nuevo ciclo de luchas que evolucionará y se
desarrollará en los próximos años. Pone en movimiento a distintos
actores políticos –una clase obrera desestructurada, una clase media
descalabrada– que, en su interacción, construirán los procesos de lucha
posteriores.
Sinceramente, creemos que buena parte
del movimiento libertario no supo relacionarse adecuadamente con el 15M
y movimientos derivados (la lucha por la vivienda, las diferentes
mareas, etc.) cuando surgieron. Algo que, por otro lado, tampoco es que
fuese fácil dado lo inesperado de su surgimiento. Sentimos que, salvo
excepciones, no se analizó o repensó explícitamente a posteriori
(o también puede ser que no compartimos muchos de esos análisis). Pese a
algunos cambios interesantes, vimos cómo las inercias de toda la vida
–bien ideológicas, bien del gueto político– seguían pesando demasiado.
Un asfixiante eterno retorno de lo mismo.
Igual es simplemente que no supimos
contactar con los compañeros que mejor entendieron y funcionaron en el
15M, igual fue nuestra incapacidad material de sacar adelante proyectos
que en su momento nos parecieron fundamentales(2),
o igual es solo que algunos de nosotros nos hacemos «mayores», nos
quemamos y vemos todo más negativo (algo de esto hay, sin duda). Fuese
como fuese, la crisis política surgió porque cada vez nos veíamos más
aislados de un movimiento libertario con el que, si bien compartimos
muchas afinidades, tanto personales como políticas, también veíamos que
nos separan muchas otras. Por decirlo de alguna manera, no acabamos de
encontrar nuestro lugar en dicho movimiento, pero tampoco estábamos
cómodos fuera de él, en otros espacios existentes. Esta tierra de nadie,
en ocasiones, resulta frustrante, tanto a nivel personal como político.
Nos gustaría dejar claro que esto no
es una queja dirigista, un pataleo porque desde otros ámbitos
libertarios no nos sigan en nuestras apuestas o intereses. Somos
conscientes de que nos hemos equivocado muchas veces. Es más, somos
conscientes de que, en ocasiones, hemos sido tozudos política y
personalmente, especialmente en las primeras etapas. Suponemos que le
habrá pasado y le pasará a todo aquel que abrace la militancia política
con pasión.
Colectivamente, surgieron una serie
de problemáticas teóricas que deberían tratarse como movimiento, pero
que, seguro, nosotros sí necesitábamos abordar como colectivo. Algunas
de ellas encajaban con los intereses que percibimos en el movimiento
libertario, pero otras pensamos que encajaban bastante menos, porque
suponen reubicarse en el contexto, bascular para coger impulso. Pero
claro, la política no puede ser un soliloquio. Debe suponer encuentro,
interacción y sinergia.
El salto adelante… y la consiguiente caída
Estas reflexiones motivaron que
llegasemos a la conclusión de rehacer completamente el proyecto. En un
momento dado, y puesto que gran parte de los problemas parecen derivarse
de las complicaciones asociadas al trabajo militante, nos planteamos
dar un paso adelante e intentar convertirnos, paulatinamente, en una
editorial basada en el trabajo remunerado. Pero no vimos claro cambiar
unos problemas por otros (teniendo que renunciar, además, a una de la
«esencias» del proyecto). Por otro lado, algunos de nosotros no tenemos
ninguna intención de dedicarnos profesionalmente al tema. Tenemos otros
curros u otras carreras-intenciones profesionales que nos gustaría
desarrollar. Finalmente, no tenemos claro que, dada la línea política
que queríamos llevar, fuese a ser un proyecto económicamente viable y no
veíamos el tener que dedicar gran cantidad del tiempo a desarrollar
proyectos secundarios (o que no son nuestro interés principal) para
hacer un proyecto económicamente viable con el que sacar los materiales
que realmente nos interesan.
Al final nuestra conclusión fue que
el problema no es tanto el trabajo militante en sí como no saber
ajustarlo a los objetivos y capacidades reales de un colectivo. Si un
colectivo (o empresa) que funcione de forma cooperativa o remunerada se
marca objetivos irreales, quiebra. Lo mismo pasa en el otro caso, sólo
que la quiebra es diferente (en principio no suele dejar deudas
económicas). Así, puesto que no veíamos lo de intentar convertirnos en
cooperativa o empresa social, lo que decidimos fue intentar reajustar
política y materialmente el proyecto a nuestras capacidades e intereses
personales.
El plan era, esencialmente, recuperar
una actividad más de colectivo o grupo político que de editorial.
Apostar claramente por retomar y reforzar el debate político en el seno
del grupo y por tratar de volcar el proceso y el resultado de esos
debates al exterior bajo formatos mucho más flexibles que el libro:
tuits, textos cortos, debates públicos, jornadas, textos largos,
libretos y sí, de vez en cuando, libros en los que tomaríamos una parte
más activa en la edición y los prólogos. La idea era un poco cambiar
todo para que todo siguiera igual, a ver si por una vez este
gatopardismo nos favorecía en vez de jodernos.
Dos años después vemos con bastante
tristeza que no fuimos capaces de llevarlo a cabo. Fuimos incapaces de
romper con la dinámica en la habíamos caído debido a los problemas
materiales, personales y técnicos comentados antes. Ni siquiera la
entrada de gente nueva y con ganas, y con las que nos sentíamos muy
afines, en el último año y pico fue suficiente para romper dicha
dinámica. En los documentos que debatimos durante este proceso habíamos
escrito esto:
«Si esto es el clásico salto adelante
forzado para intentar salir de una crisis, (los que vivimos el final de
otros proyectos, como por ejemplo el Ruptura, sabemos de qué estamos
hablando) es algo que sólo se verá con el tiempo. Esperemos que no, que
ya llevamos unos cuantos años y nos gustaría seguir unos cuantos más.»
Ahora está claro que al final un poco
salto adelante sí que era. Lo ponemos no para autofustigarnos, sino
porque puesto que hemos caído en esto varias veces anteriormente en
otros proyectos y hemos visto cosas similares en gente cercana, creemos
que igual sería interesante comentarlo para que se valore
colectivamente.
Antes de acabar nos gustaría
disculparnos con toda la gente (traductores, colectivos, compradores,
etc) a las que hemos fallado de una forma u otra, estos últimos meses.
Nos habría gustado finiquitar el proyecto de forma más ordenada y sin
dejar a tanta gente tirada, pero la verdad es que no hemos sido capaces.
Una vez que eres consciente de que un proyecto está muerto, arrastrarlo
solo por compromisos se hace demasiado cuesta arriba. Además de
disculparnos, creemos que es necesario contarlo para que la gente
aprenda de esta experiencia. Es increíble la rapidez con la que se puede
venir abajo colectiva e individualmente un proyecto cuando se hace
evidente a los ojos de todos que es imposible continuar con él.
En lo personal diremos que a algunos
de nosotros nos ha costado mucho tiempo digerir que Klinamen se acababa.
Para algunos han sido 15 años, para otros 10, para otros 5, pero todos
estamos de acuerdo en que ha sido un proyecto crucial en nuestra
experiencia vital y militante. No hace falta extendernos aquí en la
pena, el agobio y la frustración que el cierre de este proyecto ha
conllevado.
Una despedida
“Ya sé que resulta poco habitual
hablar en esos términos,
pero incluso en las sociedades más uniformes
cabe un espacio de deriva,
ese estimulante clinamen por el que Marx
defendía a Epicuro frente a Demócrito.”
Rafael Chirbes, Por cuenta propia
Klinamen empezó como una forma de
buscar nuevas formas de financiación diferentes de fiestas y conciertos.
Durante estos años hemos ahorrado unos dinerillos, tampoco mucho, que
la mayoría lo reinvertíamos en libros y en financiar todos los proyectos
que hemos podido, pero sí nos gustaría dejar claro que donaremos los
fondos que nos queden a proyectos afines.
Algunos nos han preguntado si el
proyecto continúa bajo otra forma. La respuesta es no. Klinamen se
acaba. Es de agradecer que los que hemos llegado hasta aquí acabamos el
colectivo sin malos rollos ni problemas personales (de hecho, todo lo
contrario), algo que no suele ser muy habitual dentro del movimiento
libertario. Pero es cierto que cada uno vamos a seguir, en principio,
nuestros caminos políticos de forma independiente.
Nos gustaría acabar esta reflexión
agradeciendo y recordando a todos aquellos que de una forma u otra han
sido parte de Klinamen. Bien militando en el colectivo, bien colaborando
con traducciones, aportando ideas, distribuyendo nuestros libros o
simplemente leyéndolos. Para nosotros ha sido un tremendo orgullo y un
placer formar parte de este proyecto. No hemos cumplido los objetivos
que nos planteamos al principio (abolir el Estado y el Capital se dice
más faćil de lo que se hace, jajaja), pero nos queda la sensación de que
algo hemos contribuido a desviar lo establecido. Un poquito, por lo
menos.
Un fuerte abrazo a todos y a todas,
Salud y fuerza.
(Región española, diciembre de 2017)
___
(1) La epidemia de rabia (1996-2007), un texto publicado por la revista Resquicios que firman Los tigres de Sutullena, analiza en profundidad aquel ciclo político.
(2) A finales de 2011, poco después
del 15M, algunos que estábamos en Klinamen y otros compas del Todo por
Hacer intentamos sacar adelante una Red de Solidaridad siguiendo el
modelo de la Red de Solidaridad de Seattle de la que habíamos publicado
un libro. Preparamos un memorándum, hicimos unas cuantas presentaciones y
estuvimos algunos meses tratando el tema. Una mezcla de nuestras
limitaciones, nuestra situación personal, el queme o el desinterés
percibido en el medio radical al que nos dirigimos hizo que el proyecto
quedase en nada. Más o menos por entonces surgieron experiencias como la
Red de Solidaridad Popular o la Oficina Precaria que, desde otros
ambientes y también en otro sentido, podrían considerarse similares. La
verdad es que esta incapacidad propia y ajena acabó por quemar bastante a
algunos de los integrantes de Klinamen.
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