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20 de mayo de 2024

Apuntes sobre el comunismo como movimiento real

Grupo Barbaria (diciembre de 2023)*

«El comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que haya de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual.»

Marx y Engels: La ideología alemana 

La crítica al capitalismo está tan presente y es tan central en nuestros debates que hablar del comunismo a veces puede parecer algo gratuito, poco serio, como un espacio que nos permitimos para dar rienda suelta a la imaginación y darnos ánimos para seguir combatiendo. Lo serio, para lo que estamos, es la negación de esta sociedad. Dejemos a quienes nazcan después de la victoria de la revolución la tarea de construir el nuevo mundo. Negación y afirmación están separadas y van una después de la otra. 

En la base de este razonamiento está la idea de que en lo que refiere a la historia humana no se puede hablar del futuro, de que sobre el futuro no se pueden hacer afirmaciones verdaderas. Fuera de un planteamiento realista y científico, del futuro solo hablan los creyentes y los políticos. Los creyentes pueden hablar de él porque en realidad ya está escrito, ya que la predestinación religiosa anula toda noción real y efectiva de futuro. Los políticos hablan del futuro para hablar de lo que van a hacer, las medidas que implantarán, la estrategia diseñada a tal fin. En virtud de este razonamiento, los comunistas hablamos del futuro ya sea como una profecía religiosa o como un programa electoral. 

Pero cuando Marx y Engels hablaban del comunismo como un movimiento real no estaban haciendo ni una cosa, ni la otra. Para ellos, como para nosotros, podemos hablar del futuro porque se expresa en el presente. Se expresa no solo como condición de posibilidad, porque el capitalismo produzca las condiciones históricas que hacen posible el comunismo, sino que estas condiciones constituyen precisamente un movimiento, una fuerza en desarrollo que, al mismo tiempo que afirma la posibilidad material del comunismo, niega las propias categorías del capital. Así, cuanto más se desarrolla el capitalismo, con más fuerza pone en cuestión sus propios fundamentos. La negación del presente es a su vez afirmación del futuro o, a la inversa, el futuro se hace presente mediante la negación de las propias categorías que sostienen el modo de producción actual. Este movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual no es un ejercicio de voluntad, no es la ejecución colectiva o individual de un plan proyectado de antemano, sino el producto de las contradicciones intrínsecas de este sistema que, no obstante, tiene su culminación ineludible en ese gran ejercicio de voluntad y conciencia colectivas que es la revolución comunista. En definitiva, podemos hacer afirmaciones verdaderas sobre el comunismo, aunque estemos aún en el capitalismo, porque somos expresión de ese futuro convertido en fuerza material de negación del presente. 

Por este motivo es posible y legítimo hablar del comunismo como revolucionarios. Tras la degeneración de la oleada revolucionaria del 17 es además profundamente necesario. Lo hemos dicho muchas veces, y lo seguiremos haciendo: la contrarrevolución estalinista se caracteriza por la inversión radical de todos los términos del programa revolucionario. La identificación del capitalismo ruso, chino, etc. con el comunismo es una losa que sigue pesando sobre nuestra clase y sobre el horizonte de emancipación de quienes aspiran a acabar con esta sociedad. Es por ello que definir con claridad algunos rasgos del comunismo, por contraposición a esa aberración que llamaron el «socialismo real», se vuelve tan importante. 

Empecemos con los hechos: el capitalismo se caracteriza por socializar como nunca antes la producción. Así, por ejemplo, para fabricar un smartphone, primero se obtienen las materias primas (oro de Perú, cobre de Chile, litio de Australia, cobalto del Congo, tántalo de Kenia, plástico de Arabia Saudí, etc.), se procesan en fábricas de Estados Unidos, Malasia, China, Taiwán y Japón, con ellas se componen los materiales que se ensamblan en fábricas de China y el sudeste asiático, y finalmente el producto acabado se envía a Estados Unidos atravesando el Pacífico o a los grandes centros logísticos de Kazajistán, desde donde puede ser enviado a cualquier esquina del continente euroasiático y del africano. Si entendemos socialización en un sentido más profundo, no solo la hay a lo largo del planeta, involucrando a miles de proletarios de diversos países, sino también a lo largo de la historia: para producir un smartphone, la cantidad de conocimiento acumulado —por tanto de trabajo acumulado— sobre los ámbitos de la electrónica, la química y la informática por las generaciones pasadas es altísima. Hoy en día, hay pocos productos —ni siquiera los alimentarios— que no exijan un alto grado de socialización. En consecuencia, hay muy pocos productores que puedan decir esto es mío, porque es el producto de mi esfuerzo. En el capitalismo actual, no solo el trabajo vivo tiene un porcentaje muy pequeño respecto a la enorme cantidad de trabajo muerto en las mercancías, sino que además este trabajo vivo está disperso en centenares de unidades de producción a lo largo de todo el planeta. Sin embargo, la apropiación del producto sigue siendo privada. La producción está altamente socializada, pero no lo está la distribución —que se lleva a cabo mediante el intercambio mercantil— ni por tanto el consumo. Esta contradicción está a la base del agotamiento del valor y provoca, como hemos hablado muchas veces, guerra, miseria social y destrucción del planeta. 

La única forma de acabar con esta contradicción catastrófica es acabar con la mercancía. Para ello es necesario planificar la producción, de tal forma que esta no se rija por la mano invisible del mercado a posteriori —se vende o no se vende—, sino por la previsión a priori de las necesidades humanas a nivel mundial, es decir, a nivel de especie. Pero no basta con ello. Para acabar realmente con la mercancía es necesario romper con la fragmentación de la producción en múltiples unidades productivas —sean cooperativas de sector o comunas territoriales— con sus intereses particulares. Esto implica que la planificación de la producción y de la distribución debe hacerse de forma centralizada, atendiendo a dos criterios fundamentales: la producción se orienta a satisfacer las necesidades del conjunto de la población mundial y no solo a las de un determinado territorio o sector, y se organiza conforme a un principio de eficiencia energética tanto “externa” de los recursos naturales como “interna” del esfuerzo humano necesario para llegar a tal fin —lo cual implica un principio de subsidiariedad, como dirían los burgueses, o para nosotros un funcionamiento orgánico. 

Porque abolición de la mercancía significa abolición del trabajo asalariado, y acabar con el trabajo asalariado es reconquistar tiempo de vida. La posibilidad material de esto es quizás uno de los rasgos más evidentes del agotamiento del capitalismo. Por un lado, la expulsión de trabajo vivo por el desarrollo de las fuerzas productivas conlleva cuotas crecientes de precariedad laboral y de paro estructural, transformando el viejo ejército industrial de reserva en población superflua. Por otro lado, la consiguiente presión a la baja en la producción de nuevo valor supone que la proporción de trabajo improductivo —destinado no a producir valor sino a favorecer que se realice— aumenta considerablemente a medida que se va pronunciando la crisis del sistema. Así pues, anuladas todas las funciones superfluas que requiere la producción mercantil —policías, jueces, publicistas, financieros, burócratas, políticos, profesores, camareros—, reducidos los niveles de producción, repartida entre todos la actividad restante que se necesita para reproducirnos como sociedad, el tiempo de trabajo necesario se reduce a su mínima expresión. La socialización de la distribución y el consumo, así como la definitiva socialización de la producción al acabar con las unidades productivas separadas, suponen la abolición de la división social del trabajo por la que la mayor parte de la población se dedica al trabajo manual, otra parte menor al trabajo intelectual y otra aún más pequeña a vivir sin más del trabajo ajeno. El reparto de tareas se da según la capacidad y disposición de cada miembro de la sociedad.  

Por ello mismo, personas dependientes, niños y ancianos no están apartados de la población “activa”, segregados en escuelas, residencias o centros de día, sino que en función de sus capacidades y necesidades participan activamente en la producción y reproducción de la sociedad. Y al mismo tiempo que participan en ella, son cuidados colectivamente por ella. Los cuidados por tanto ya no están contenidos ni jerarquizados por las relaciones de parentesco y de pareja, que a su vez dejan de estar segregadas del resto de la comunidad por la estructura familiar. Sin propiedad que transmitir como herencia y sin la separación entre producción y reproducción característica del capitalismo, la familia tiende a extinguirse. También, junto con la división social del trabajo se abole la escuela. La formación específica en determinados ámbitos de conocimiento ya no está encerrada en ella ni restringida a períodos limitados de la vida, sino que acompaña y se realiza mediante la propia actividad productiva a lo largo de toda la existencia individual, además naturalmente del tiempo libre dedicado al desarrollo de los atributos intelectuales y creativos de cada uno. Como corresponde a una sociedad compleja, hay una división técnica del trabajo y no todo el mundo puede saber de todo, pero la amplia disposición de tiempo libre, la posibilidad de moverse de un tipo de tareas a otras en un proceso de formación continua y la cantidad de conocimiento acumulado y automatizado en forma de herramientas tecnológicas permiten relativizar su peso en la sociedad comunista. 

De la misma forma, la abolición de la división social del trabajo permite acabar con la vieja separación entre el campo y la ciudad, que el propio capitalismo ha abolido ya en parte —negativamente— al convertir la agricultura en agroindustria, al campesino en empresario agrícola o jornalero y la cultura del campo en folclore y turismo rural. Mientras que el desarrollo del capitalismo concentra el capital en puntos concretos de la geografía, concentrando así la fuerza de trabajo y creando esas megalópolis que en el espacio de una ciudad hacinan a la población de todo un país, en el comunismo deja de existir tal cosa como la ciudad y el campo. Las poblaciones no tendrán necesidad de ser tan grandes como las metrópolis, porque las personas no irán hacia las máquinas para trabajar, sino que las actividades productivas se organizarán en torno a donde están las personas. Tampoco serán tan pequeñas como los pueblos de hoy en día —al menos, no como regla general—, porque en primer lugar la actual cantidad de población no lo permite, pero también porque un criterio básico de eficiencia energética exige reducir los tiempos de transporte y romper con la atomización de las viviendas individuales para un consumo energético menor. También porque será fundamental destinar una parte mucho mayor del territorio a la naturaleza salvaje, conforme a una estrategia general de restauración del sistema climático y de los equilibrios de la biosfera. 

Porque un criterio fundamental de organización de la producción y el consumo será la eficiencia energética, es decir, la satisfacción de las necesidades sociales con el menor esfuerzo humano y natural. Se trata de una lógica contraria a la capitalista, en la que el ahorro de esfuerzo humano, es decir, la sustitución del trabajo por máquinas, exige una mayor cantidad de mercancías que vender, por tanto un consumo mayor de materias primas y energía para producirlas y distribuirlas en las cuatro esquinas del mundo. En el capitalismo todo ahorro de energía humana conlleva un gasto mucho mayor de recursos energéticos. Aún más, todo abaratamiento de la producción energética u optimización del consumo productivo conlleva no la reducción de la demanda de energía y materias primas, sino el abaratamiento de los costes de producción, el aumento de las ganancias y su inversión en una nueva ampliación de la producción —en definitiva, un mayor consumo energético y de materias primas. En el capitalismo el derroche es enorme, tanto de trabajo humano —porque sin salario no hay acceso a los medios de subsistencia, aunque sea con las actividades más superfluas— como de los medios que ofrece la naturaleza a todas las especies para vivir.  

Por el contrario, una vez abolido el valor a nivel mundial, la distribución del esfuerzo social deja de producirse a nuestras espaldas, por la mano invisible del mercado que dice dónde invertir el trabajo muerto (capital) y el vivo (fuerza de trabajo) en función de la perspectiva de ganancias. El trabajo se organiza de forma consciente, en función de las necesidades no solo de las generaciones presentes, sino también de las futuras. Para ello, el criterio ya no es la acumulación de valor, la producción por la producción, sino la conservación y mejora de los medios de vida existentes a lo largo del tiempo, a lo ancho del planeta. Dados los niveles de mercancías producidas hoy en día, que crecen paralelamente a la miseria social, el comunismo no podrá sino reducir de forma notable la producción. Al dejar de orientarla a la acumulación de capital y destinarla a las necesidades humanas, hay muchas tecnologías que dejan de tener sentido y quedan, a lo sumo, como objetos de museo y entradas en la enciclopedia. Otras son reorientadas, aprovechando el conocimiento acumulado en ellas y rediseñando su funcionalidad. Otras, por último, serán creadas por la nueva sociedad en función de las nuevas necesidades planteadas. Pero de ninguna forma el comunismo puede ser el fruto de una descomplejización social. El comunismo no es antidesarrollista, sino antiproductivista. Bien al contrario, la única forma de enfrentarnos a los grandes problemas heredados del capitalismo es liberando las potencias sociales que mantienen atadas estas relaciones sociales, y dando lugar a un nuevo organismo social complejo, mundial y armónico. 

Al socializar la producción y la distribución, no se acaba con la propiedad privada en beneficio de una propiedad pública en manos del Estado: se acaba con toda forma de propiedad y de Estado. De nuevo, este es un elemento que el avance del capitalismo empuja a la superficie. Como ya señalaba Marx en El capital, el desarrollo de las fuerzas productivas autonomiza la propiedad respecto a la valorización del capital. Las inversiones crecientes en maquinaria para poder poner en marcha una fábrica hacen que los propios capitalistas busquen soluciones, como las sociedades anónimas o el recurso al crédito, y desliguen así la propiedad jurídica de la empresa o del capital respecto a las funciones directivas y técnicas en la fábrica. Frente a la vieja época del capitalismo liberal, que aún sobrevivía ideológicamente cuando Ford en los años 20 se preciaba de no haber tenido nunca que endeudarse para hacer una nueva inversión, a partir de los años 30 y sobre todo después de la II Guerra Mundial el sistema dará un gran salto de socialización. A partir de ese momento, queda claro que la propiedad jurídica no es lo importante. Lo importante es que el capital se mueva y se valorice, que el dinero fluya y las mercancías se vendan, sin mirar quién lo posee: puede ser una empresa particular, un Estado o un compañía dividida en acciones que en un día pasan por mil manos en la compraventa bursátil. El capitalismo ha acabado con el papel de la propiedad, tal y como lo habían conocido las anteriores sociedades de clase. El comunismo no tendrá que hacer grandes esfuerzos para derribarla. Así, frente a la noción de propiedad como afirmación del derecho exclusivo de uso y abuso sobre lo poseído, se impondrá la noción de usufructo: los medios de vida, se den por procesos naturales o por el trabajo humano, son utilizados y después restaurados en la medida de lo posible para las generaciones futuras. De la misma forma, al abandonar el imperativo de producir permanentemente nuevo valor, el producto se realiza con un criterio de durabilidad y se privilegia, por motivos obvios, el mantenimiento de lo ya existente frente a la nueva producción. La abolición de la propiedad hace derrumbarse el edificio histórico de las clases sociales. Se ve así cómo acabar con el capitalismo no es un acto limitado a este modo de producción, sino que implica derribar los fundamentos mismos del conjunto de las sociedades de clase. O mejor dicho: se ve cómo el capitalismo es la última sociedad de clases de la historia, porque el automatismo del valor y su dimensión mundial hacen imposible su colapso, y porque al producir las condiciones materiales del comunismo su propio desarrollo niega no solo sus categorías, sino aquellas que le han precedido en las formas clasistas previas. 

Cuando Marx en la introducción a la Contribución a la crítica de la economía política planteaba que el edificio jurídico y político se levanta sobre la base real de la estructura económica de la sociedad, estaba diciendo algo mucho más profundo que el que el derecho y la política fueran reflejos mecánicos de los movimientos económicos. Estaba definiendo el Estado como una metamorfosis del valor, esto es, como unas relaciones sociales determinadas por el modo de producir en el capitalismo, cuya lógica y cuyo funcionamiento son una emanación de la lógica y funcionamiento del valor. Así, la separación entre lo público y lo privado, entre sociedad civil y Estado, es una exigencia propia de la producción mercantil, en la que el Estado debe sobreponerse por encima de las clases, y de las fracciones en pugna dentro de la clase dominante, para defender así mejor los intereses del capital en general. Para entender esto, es fundamental entender que una sociedad dividida en clases es una sociedad desgarrada por contradicciones estructurales. Como explica Engels en El origen de la familia, el Estado emerge de estas contradicciones, de estos antagonismos irreconciliables entre las clases, para amortiguar los choques y mantenerlos en el límite del orden. Mientras la revolución no se extienda a nivel mundial y acabe así con el valor, seguirán existiendo clases sociales y será precisa una forma de semi-Estado en la dictadura del proletariado. Y es que, frente a lo que plantea el anarquismo, el Estado no puede ser abolido: para poder acabar realmente con él es imprescindible erradicar las mismas relaciones sociales que lo producen, esto es, el valor, la mercancía, la propiedad privada. Una vez la revolución ha triunfado a nivel mundial, con la plena socialización de la producción y la distribución, con la abolición así de las clases sociales y la división social del trabajo, el Estado se extingue, porque las funciones para las que nació desaparecen. 

Como hemos explicado en el pasado, el derecho traslada la lógica de igualación abstracta del valor al ámbito de las relaciones entre personas. Es la forma histórica que toma la reglamentación de las relaciones sociales en el capitalismo, como la religión lo era en las sociedades de clase anteriores. Es la forma de regulación social que corresponde a una sociedad de individuos aislados con intereses contrapuestos los unos a los otros y que se relacionan entre sí como poseedores de mercancías. La igualdad abstracta del derecho, como explica Marx en la Crítica del Programa de Gotha, es profundamente desigual, porque no atiende a las diferencias intrínsecas de los distintos individuos. Esta lógica igualadora permanecerá en la primera fase del comunismo tras haber abolido el valor, en la medida en que la transición mantenga todavía el principio de «a igual trabajo, igual retribución», aunque 150 años después de la redacción de esta carta seguramente podremos abreviar de forma considerable esta primera fase. Cuando esto ocurra, afirmaremos con Marx la extinción de toda forma de derecho y la autorregulación de la sociedad bajo el principio de «de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades».  

El comunismo no anula los conflictos personales que hacen parte de toda vida social, pero al acabar con la mercancía y las clases sociales erradica los antagonismos estructurales que han vertebrado y movilizado la sociedad desde la emergencia de la propiedad privada. De esta forma, los miembros de la comunidad ya no tienen que contraponerse para sobrevivir, sino que trabajan juntos con un mismo fin, la reproducción de sus vidas en común. Con ello, la necesidad histórica del derecho desaparece. Así, naturalmente habrá unas directrices que guíen el comportamiento social de los individuos, pero servirán para formar a los miembros de la comunidad en cómo llevar a mejor término sus propias finalidades individuales, que coincidirán con las finalidades sociales. Los conflictos, los problemas, las actitudes antisociales que puedan surgir ya no serán estructurales sino productos del carácter personal y la situación concreta y, en tanto que tales, no podrán ser afrontados desde una legislación abstracta, desde unos derechos y deberes iguales, sino desde la especificidad de las personas y situaciones en conflicto. El comunismo no acaba con las dificultades de la vida social, pero las afronta desde los mecanismos inmanentes de autorregulación de un organismo social en el que los intereses de los individuos y los de la sociedad en su conjunto no están separados o contrapuestos. Así pues, no hay tal cosa como un «derecho socialista», de la misma forma que es un oxímoron estúpido y aberrante la idea de un «Estado socialista».  

Y es que, si hay una característica propia del comunismo, es que es una forma de organización social que se autorregula mediante mecanismos inmanentes, intrínsecos, orgánicos, porque es una organización social consciente, la primera de la historia humana. Las formas sociales precapitalistas tenían un gran conocimiento empírico de su entorno y, a lo largo del tiempo, fueron acumulando saberes transmitidos de generación en generación que el capitalismo primero despreció y marginó para luego intentar recuperarlos y convertirlos en una mercancía más. Pero estos saberes estaban mediados y articulados por la religión, es decir, por la mistificación de la relación del ser humano con la naturaleza y consigo mismo. El capitalismo ha devastado tanto nuestro entorno y ha atomizado tanto nuestras relaciones sociales que la vuelta a las formas de veneración sacral de la naturaleza y la comunidad puede parecer a veces deseable. Sin embargo, este rasgo de las sociedades precapitalistas es inseparable de su profundo tradicionalismo, porque su organización social no viene determinada por la actividad consciente de sus miembros, sino que se presenta como un producto de los ancestros y en última instancia de las divinidades. Con la autonomización del trabajo respecto a la tierra en el feudalismo y la subordinación en este modo de producción de la tierra al trabajo y, por tanto, al capital, la naturaleza y la propia comunidad ya no aparecen como entidades inmóviles y sagradas sino como un producto de nuestra propia actividad. Por tanto, son susceptibles a la comprensión racional sin mistificaciones religiosas y también, en consecuencia, al cambio, a la transformación consciente. La plena emancipación era imposible sin este paso. 

Pero ello no quiere decir que el capitalismo carezca de mistificaciones. Bien al contrario, la mercancía y su lógica se convierten en una particular forma de religión que lo impregna todo. Como no podía ser de otra forma cuando hablamos de la última sociedad de clases de la historia, el capitalismo desarrolla en su seno todas las potencialidades para la comprensión y dirección consciente del organismo social y su papel en la naturaleza. Al mismo tiempo, es la forma de organización social más inconsciente de todas las que han existido, porque su funcionamiento está regido por mecanismos automáticos que escapan por completo a la decisión de sus integrantes. Se explica así que jamás el ser humano haya tenido tanto conocimiento de cómo se dirige a la extinción y que, sin embargo, sea incapaz de cambiar de rumbo con los mecanismos sociales existentes. Hoy en día es algo que se ve con claridad por la catástrofe climática y la destrucción de la biosfera, pero era algo también muy evidente hace cien años con el estallido de la Primera y Segunda Guerra Mundial, cuando la carnicería de millones de personas y la destrucción de las principales economías del planeta era algo que se sabía indeseable y a la vez se demostraba inevitable —sin una revolución que, como ocurrió en 1917, las detuviera e intentara acabar con esos mecanismos. 

En todas estas formas sociales, por tanto, la actividad, la praxis inconsciente de la sociedad determina su futuro. El comunismo es la inversión de esta praxis. Al acabar con los automatismos de la mercancía, libera todas las potencialidades de autoconocimiento racional que ha producido el capitalismo y las pone al servicio de la especie y la restauración de su hábitat. La planificación de la producción a nivel mundial implica así la proyección consciente de nuestra actividad social con miras a la producción y reproducción de la vida de las generaciones presentes y futuras. Al acabar con toda forma de propiedad y por tanto con la escisión de la sociedad en clases, esta deja de estar en contradicción consigo misma, que es lo mismo que decir que las finalidades particulares de sus integrantes dejan de estar en contradicción con las del conjunto social. El ser humano puede entonces desarrollar armónicamente sus atributos específicos como especie, su naturaleza específica, en el sentido en que lo explicamos en Determinismo y revolución 

Es así como hay que entender la afirmación de los Manuscritos de 1844 de que en el comunismo la naturaleza se humaniza y el ser humano se naturaliza. El ser humano se naturaliza porque el individuo ha dejado de estar en oposición con esa parte de sí mismo que son los otros. El trabajo deja de ser un medio para vivir y se convierte en «la afirmación de mi vida individual, la peculiaridad de mi individualidad» objetivada en el producto de mi esfuerzo y realizada en la satisfacción de las necesidades y deseos de los otros (Cuadernos de París), como en la propia producción artística que, incluso cuando se hace en soledad, busca el diálogo con uno mismo como si fuera un otro. A su vez, la naturaleza se humaniza porque deja de ser esa fuerza extraña, sobrenatural, al mismo tiempo benéfica y amenazante, pero siempre misteriosa, que era para las sociedades pasadas. El ser humano entiende cuál es su lugar en el sistema complejo de la vida, cuál es el efecto de su actividad sobre él y cómo puede restaurar y mantener sus equilibrios. Puede hacerlo porque él mismo está en equilibrio, porque no solo sabe cómo hacerlo sino que tiene las riendas de su actividad para poder hacerlo. En este sentido, el comunismo es la naturaleza que se conoce a sí misma, la afirmación del ser humano en su esencia comunitaria, la definitiva superación de ese intervalo entre el comunismo primitivo y el comunismo integral que fueron las sociedades de clase.

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* Próximamente publicaremos nuestro balance crítico y superador de este y otros materiales compañeros...

12 de julio de 2018

Novedad de La RojiNegra Ediciones: "Tesis de Orientación Programática" del GCI














“Tesis de Orientación Programática” del Grupo Comunista Internacionalista (GCI) es un importante pero poco conocido documento histórico de 1989 que fue publicado en Bruselas-Bélgica, en varios idiomas (francés, español, inglés, árabe) y en varios países. Por estas tierras ecuatoriales, nosotros tuvimos la oportunidad de conseguir un par de ejemplares hace aproximadamente unos diez años. Hoy, a pesar de que su tapa/contratapa de cartulina se haya amarillado un poco y sus grapas se encuentren completamente oxidadas por el paso de los años, y a pesar de que su lenguaje político a algunos talvez les pueda parecer denso, vetusto, limitado y hasta “marxista-leninista-bordiguista” (que no lo es y que quede claro que no lo es); a pesar de ello, el contenido de estas Tesis sigue siendo plenamente vigente porque su razón de ser también lo sigue siendo y de manera más monstruosa y catastrófica que nunca antes: el capitalismo, la dictadura social de la mercancía y el valor llamada democracia, la esclavitud asalariada y otras formas de dominación inseparables de ella (patriarcado, racismo, etc.), la lucha de clases, el Estado (y su “terror blanco”), la familia, la escuela, la iglesia, la cárcel, las patrias, la contrarrevolución burguesa/socialdemócrata y sus diferentes agentes (las ideologías parcializadoras y reformistas como el nacionalismo, el sindicalismo, el ciudadanismo, el ecologismo, el feminismo, etc.); la necesidad de la autonomía y el antagonismo proletarios, la necesidad humana de revolución social mundial, de comunismo y anarquía (sociedad sin clases ni Estados), la necesidad de libertad y comunidad humana real… y universal; en fin, las posiciones revolucionarias invariantes del proletariado de todas las épocas, países, colores, sexos, edades, etc… para dejar de serlo. Posiciones que no son “sólo teóricas” sino que han sido adquiridas, sintetizadas y transmitidas, a manera de lecciones y directrices prácticas, por parte de sus fracciones o minorías revolucionarias (tanto marxistas como anarquistas), a partir de sus propias luchas reales y derrotas históricas contra el Capital, el Estado y la socialdemocracia, en todo el mundo.

Es vigente también porque, al igual que todos los materiales teóricos del proletariado en lucha, y como dicen sus propios autores, son tesis inacabadas o “tesis de trabajo” que, de hecho, ya se han trabajado; es decir, ya se han asumido, difundido, discutido, criticado, precisado, desarrollado, profundizado desde su publicación hasta nuestros días, de manera minoritaria pero internacional, a través del mismo órgano central del Grupo (la Revista Comunismo) y, décadas después, a través de otros órganos de grupos compañeros de otras latitudes como, por ejemplo, Cuadernos de Negación (Rosario-Argentina). Además, porque ningún texto es ni debe ser una maldita biblia.

Dicho esto, desde “la mitad del mundo” La RojiNegra Ediciones se complace en publicar, como novedad dentro de su primera línea editorial (teoría revolucionaria), las “Tesis de Orientación Programática” del GCI tanto en su versión anarko-kartonera original de hace 29 años (en A5, color verde pálido, 84 págs., ejemplar único no disponible para la venta) como en su versión anarko-kartonera actual (en A5, color rojo oscuro, 28 págs., disponible). Sin duda, un material fundamental, un ABC para la formación de antiguas, presentes y futuras generaciones de la revolución a venir. Por lo cual, recomendamos vivamente su lectura, difusión y discusión… ¡Oh, el “hilo rojo” y negro del “partido histórico” e internacional del proletariado no ha muerto! ¡El “fantasma” del comunismo y la anarquía sigue vivo! ¡Salud y revolución social mundial!

11 de marzo de 2016

Reafirmando algunas negaciones

N. del E.: Nunca está de más insistir en que la principal debilidad histórica y actual del proletariado en la lucha de clases es su debilidad programática, incluso la ausencia -en la actualidad- de su histórico programa revolucionario entendido como conjunto de directrices o medidas prácticas para destruir no sólo el Estado, sino el Capital en tanto relación social global e impersonal de alienación, explotación y dominación -de la cual forma parte clave el Estado como guardían y administrador de la misma-; por lo tanto, destruir la sociedad de clases toda, sus defensores y sus falsos críticos tanto de derechas como de izquierdas, de cualquier credo político y religioso. Por eso ésta sigue en pie.
Y no tanto por parte y "éxito" de nuestro enemigo de clase de siempre, sino por parte y "culpa" del propio movimiento proletario real, sobre todo debido a la presencia e incidencia de la socialdemocracia o izquierda del capital en su seno con sus múltiples ideologías y organizaciones que encuadran a miles y miles de proletarios-as; una especie de "enemigo interno", que en realidad no es más que un tentáculo considerable y muy nocivo de nuestro enemigo de siempre, pero que nuestra clase no ha sabido combatir suficientemente como es necesario. Más aún en aquellos excepcionales momentos (ej: Argentina 2001, Francia 2005, México 2006, Grecia 2008, Siria 2011, Egipto 2011 y 2013, Ucrania 2014, Turquía 2015...) en que la revuelta e incluso la insurrección proletaria ha triunfado, hecho recular al enemigo, invertido la correlación de fuerzas, pero no ha sabido qué diablos hacer con la situación a su favor, cómo generalizar e imponer socialmente sus necesidades e intereses propios, dejando así que el enemigo -disfrazado de derechas o de izquierdas, es secundario- retome el poder y lo liquide como fuerza real, histórica. Por eso, para los proletarios revolucionarios de todas partes, esta es una contradicción y una debilidad de fondo que hoy porta nuestra clase, y por eso mismo precisa ser criticada despiadadamente y superada en la práctica y la teoría revolucionarias. Para dar "el tercer -y definitivo- asalto proletario a la sociedad de clases".
En otras partes varios compañeros -incluidos nosotros- han explicado ya el carácter histórico, invariante y al mismo tiempo vivo del programa revolucionario de nuestra clase. Solamente recordar aquí que es histórico e invariante porque los fundamentos históricos y mundiales del capitalismo son invariantes (propiedad privada, trabajo asalariado, valor, capital, clases, estado, mercado mundial, democracia, ideología...), por consiguiente la abolición revolucionaria de todos esos fundamentos también es invariante (lo que se puede resumir en abolición de la dictadura social y mundial del valor mediante la dictadura social y mundial de las necesidades humanas), así como también lo son sus estrategias, tácticas y métodos de lucha revolucionarios. Y que es/está vivo porque no morirá mientras no muera el capitalismo y el antagonismo de clases -del cual surge y es expresión viva- a manos del proletariado en tanto sujeto histórico de la revolución; así como porque está en constante reapropiación, desarrollo, precisión, difusión y defensa por parte de las minorías revolucionarias (comunistas y anarquistas) del proletariado mundial, como parte de su lucha autónoma y antagónica contra el Capital, el Estado y la socialdemocracia internacional.
También cabe recordar que el programa revolucionario no es una plataforma doctrinaria y estatutaria formal, como creen algunxs "anarquistas de acción" y por eso rechazan el mismo término programa. Es el conjunto de determinaciones o fundamentos e implicaciones prácticas del antagonismo histórico, real, entre proletariado y burguesía, entre revolución y contrarrevolución, entre comunismo (o anarquía) y capitalismo, que se ha expresado y sintetizado en forma de determinados balances, lecciones -de las derrotas históricas de nuestra clase-, tesis y materiales teóricos; pero que ante todo es y será -como dijimos al principio de esta nota- un conjunto de directrices o medidas prácticas para destruir y superar al capitalismo de raíz y por completo. Por eso el programa -que equivale a decir la claridad teórica radical sobre el porqué, el para qué y el cómo o sobre los fines y los medios- es una necesidad y un arma concreta, material para la lucha de nuestra clase por su autoemancipación, por la revolución social. Entonces sí: la teoría revolucionaria es un arma práctica, por ende la actividad teórica -entendida como reapropiación, discusión y clarificación programática- es una práctica necesaria y, a la larga, fructífera para los revolucionarios que se precien de tales. En este sentido, rechazar el programa histórico de la revolución proletaria, y lo que éste implica, simplemente es desarmarse frente al enemigo de clase y caer en un activismo sin piso ni perspectivas que sólo puede ser autojustificado de manera ideológica (con xyz ideologías "revolucionarias" que ni siquiera han roto con elementos de la ideología dominante, precisamente por ser ideologías), es decir falsa y reproductora del espectáculo capitalista, y por ello criticable y rechazable en el seno del proletariado en lucha y sus minorías revolucionarias. Quiérase o no, así se cae en el programa socialdemócrata, que no es otro que el programa del  Capital y su reforma. De ahí que sea fundamentalmente nuestro programa histórico e invariante el que nos permite hacer la ruptura revolucionaria con aquél; demarcar bien el terreno y la frontera de clase no sólo frente a la burguesía y su Estado, sino frente a sus supuestos críticos y "revolucionarios", los pseudorevolucionarios de cualquier ideología o corriente.
Ahora bien, a contracorriente de quienes dicen que "los anticapitalistas le echan la culpa de todo al sistema y no tienen nada que proponer", así como de quienes -por el otro lado- quieren "vivir la utopía aquí y ahora", junto con recordarles el carácter histórico, material y social de la realidad y por lo tanto de la lucha o guerra de clases de la que ellos -quiéranlo o no- forman parte, les recordamos también y esta vez queremos subrayar el carácter esencialmente negativo o abolicional y anti-utópico del programa revolucionario, precisamente por su carácter material -y materialista. Es utópico, iluso o idealista creer tanto que se puede reformar, mejorar y/o "humanizar" el capitalismo (generalmente desde el Estado, reformismo clásico y reciclado, capitalismo verde, derechos humanos, etc.), como creer que pueden existir "islas de comunismo o anarquía" (autogestión, comunalismo, ecologismo, guetos contraculturales, etc.) dentro de la sociedad capitalista, en algunos casos incluso creyendo estar "pasando al ataque... y fugándose hacia la nada creadora... aquí y ahora" (insurreccionalismo, nihilismo,...). ¿Por qué? Porque ambos planteamientos "olvidan" lo fundamental y lo total de lo que dicen combatir, privilegiando lo secundario y lo parcial e incluso lo solamente formal en su "alternativa". En el fondo no quieren destruir el capitalismo, la sociedad mercantil-democrática generalizada, sino gestionarlo de otra forma pretendidamente "revolucionaria" (incluyendo la autogestión de su miseria individual y cotidiana); forma que, sin embargo y muy a pesar suyo, es objetivamente imposible dentro de los parámetros de la dictadura social, catastrófica y asesina del valor -cuyo verdadero dios es el dinero- sobre la humanidad y la naturaleza. Aislarse y abstenerse de tal o cual aspecto parcial y formal del Capital no necesariamente significa combatirlo ni mucho menos superarlo. Al contrario, sigue formando parte de él y, al no asumir su "resistencia" como lucha de clase contra el Capital y por lo tanto como lucha revolucionaria, reproduciéndolo. En este sentido, sólo el capitalismo y el reformismo en cualesquiera de sus versiones son utópicos y, por tanto, son falsas críticas y alternativas a este sistema. Utopías reaccionarias, a fin de cuentas.
Muy por el contrario, la perspectiva comunista -que es materialista, histórica y dialéctica- es anti-utópica, pues comprende que la negación (de la negación) es en sí misma una afirmación; que sólo a partir de la negación y abolición material de la totalidad histórico-concreta capitalista (de todas sus raíces y ramificaciones, de todos sus fundamentos y sus agentes sociales), misma que niega y destruye a la humanidad cuya mayoría está proletarizada, al explotarla y alienarla; sólo a partir de esa negación y abolición material o histórico-concreta revolucionaria de la sociedad capitalista por parte del proletariado, decíamos, es posible la creación o construcción "en positivo" de una sociedad nueva y cualitativamente distinta, realmente libre de todas esas condiciones y características inhumanas, fetichistas, aberrantes, fatales. Una sociedad gestada y organizada de tal manera que sea imposible la explotación y dominación entre los seres humanos (y no humanos); una sociedad sin propiedad privada, trabajo asalariado, valor, clases, Estado, mercado, naciones, guerras, razas, géneros ni forma alguna de explotación y opresión; una comunidad humana real y mundial. Del mismo modo en que el proletariado, en tanto negación y disolución de todo lo humano por parte de la sociedad burguesa, sólo se afirma en su negación y autosupresión revolucionaria en tanto clase o humanidad proletarizada, lo cual es la médula de la revolución comunista en tanto abolición de la sociedad de clases. (En otro momento, reafirmaremos/desarrollaremos el tema de la dictadura revolucionaria del proletariado cómo único modo o vía material e histórica de lograr aquello.) Ya lo dijeron unos compañeros históricos de manera diáfana y contundente: "somos comunistas porque el comunismo es la negación más radical de esta sociedad que queremos destruir, la afirmación más clara de la sociedad que queremos construir."
Es por ello que el programa revolucionario, el programa del comunismo y la anarquía, más que un conjunto de afirmaciones, es un conjunto coherente de negaciones del mundo del Capital, de la mercancía, que es también el mundo de la democracia y la ideología, sus componentes y sus variantes. Como dirían unos compañeros actuales, no tenemos la receta mágica de la revolución -porque no existe-, pero sabemos bien todo lo que no queremos, todo lo que -dialéctica y revolucionariamente- negamos, y eso no es poca cosa.
Valga el "abc" arriba expuesto como una forma de presentar los siguientes materiales compañeros (textuales y audiovisuales) más o menos recientes, pues contienen algunas potentes negaciones vigentes o necesarias hoy en día, que no podemos dejar de recomendar su lectura, reflexión, discusión y difusión:



Contra la falsa dicotomía marxismo-anarquismo... contra la ideología, y contra la socialdemocracia: 
Charla de unos compañeros "chilenos" grabada en audio

Contra el pacifismo pero también contra la ideologización o fetichización de la forma violenta de la lucha proletaria: Crítica [compañera] de la ideología insurreccionalista (libro de Proletarios Internacionalistas, 2da. ed., marzo 2016)

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<<...el pensamiento de la historia, la dialéctica, el pensamiento que ya no se detiene en la búsqueda del sentido de lo existente, sino que se eleva al conocimiento de la disolución de todo lo que es; y en el movimiento disuelve toda separación. [...] El pensamiento de la historia no puede ser salvado más que transformándose en pensamiento práctico; y la práctica del proletariado como clase revolucionaria no puede ser menos que la conciencia histórica operando sobre la totalidad de su mundo.>>
Guy Debord. La Sociedad del Espectáculo. 1967
 <<Es en la lucha histórica misma donde es necesario realizar la fusión de conocimiento y de acción, de tal forma que cada uno de estos términos sitúe en el otro la garantía de su verdad. La constitución de la clase proletaria en sujeto es la organización de las luchas revolucionarias y la organización de la sociedad en el momento revolucionario: es allí donde deben existir las condiciones prácticas de la conciencia, en las cuales la teoría de la praxis [el pensamiento de la historia conciente] se confirma convirtiéndose en teoría práctica.>>
<<La teoría revolucionaria es ahora enemiga de toda ideología revolucionaria y sabe que lo es.>>
<<...quienes quieran realmente revulsionar una sociedad establecida deben formular una teoría que explique fundamentalmente esa sociedad, o que por lo menos tenga visos de darle una explicación satisfactoria. Una vez esa teoría se haya divulgado un poco [más bien bastante], con tal que eso suceda en los enfrentamientos que turban el descanso público, e incluso antes de que haya sido exactamente comprendida, el descontento latente en todas partes se verá agravado y exasperado por la mera noticia vaga de la existencia de una condenación teórica del orden de las cosas. Y luego, cuando se empiece a librar con cólera la guerra de la libertad, todos los proletarios pueden convertirse en estrategas.>>

5 de enero de 2015

Nuevo Libro: La Comuna de París. Revolución y Contrarrevolución (1870-1871).


Recibimos, publicamos y recomendamos:

LA COMUNA DE PARÍS
REVOLUCIÓN Y CONTRARREVOLUCIÓN (1870-1871)

En la imponente confrontación de clases que se dio en Francia en 1870-1871 y que tuvo en París su centro de gravitación, nos encontramos en su desarrollo con todo un conjunto de enseñanzas indispensables respecto a la revolución y a la contrarrevolución.

El proletariado se tuvo que enfrentar a todos y cada uno de esos elementos de la contrarrevolución que hoy siguen en pleno auge: guerra imperialista, repolarización en campos burgueses, cambios formales en el Estado (imperio por república), recambios en el gobierno, parlamentarismo «revolucionario», nacionalismo, comunalismo...

Se comprende que organizar en fuerza material las lecciones de ese combate captando tanto las posiciones de fuerza que llevaron al proletariado a hacer temblar la dominación de la burguesía, como de las ideologías, las debilidades, y los errores que finalmente le condujeron a la derrota, es una cuestión fundamental para el triunfo de la revolución social.

EDITA en España: Ediciones Comunidad de Lucha
AUTOR: Proletarios Internacionalistas
Primera Edición en Castellano, Octubre-Noviembre 2014

6 de septiembre de 2014

¿Qué hacer? y El quehacer del ¿qué hacer? - Agustín Guillamón


¿Qué hacer? 

Agustín Guillamón, septiembre 2013 (Controversia con Octavio Alberola)

Octavio aparece un tanto pesimista: Incluso en una revolución burguesa, como la Revolución Francesa de 1789, el pueblo y el Tercer Estado en 1787 no eran nada, ni podían nada, pese a representar al 99 por ciento de la población francesa. En 1789 lo podían todo y en 1793 el Antiguo Régimen había sido despedazado. Así, pues, también cabe el optimismo.

Las cuestiones que plantea Octavio Alberola se resumen en una sola y clásica pregunta: ¿Qué hacer?

Quizás sea más adecuado contestar qué es lo que no hay que hacer.

No hay que crear organizaciones minoritarias que se propongan guiar, organizar y sustituir al proletariado.

Hay que combatir las ideologías burguesas. Hay que conocer y aprender de las experiencias históricas del proletariado. La teoría revolucionaria se alimenta de esas experiencias.

Hay que combatir las ideologías derrotistas, como la de los situs que proclaman que el proletariado ya ha sido derrotado y es mejor abandonar toda teoría revolucionaria y dedicarse al cultivo del huerto, o del jardín, porque ya no existe proletariado y porque la catástrofe ecológica del planeta ya es irreversible, y sucedió ayer.

Hay que combatir las ideologías que proponen la conquista del Estado, porque la única vía revolucionaria del proletariado pasa por la destrucción del Estado y de las relaciones sociales de producción capitalistas.

La revolución social no es una cuestión de formas organizativas adecuadas, sino que depende de la extensión de la condición de proletario y de la toma de conciencia de tal condición. La gran contradicción que sume a tantos analistas en la confusión más penosa y en el inmediatismo más chato radica en la incomprensión de la condición proletaria en la sociedad capitalista. El proletariado en el capitalismo no es nada, ni puede nada, ni aspira a nada, ni tiene fuerza alguna, mientras sea una clase para el capital. Sólo cuando se constituye en clase, con intereses antagónicos al capital y el Estado que lo defiende, y se enfrenta al partido del capital adquiere su potencial revolucionario, en el propio proceso de la lucha de clases.

Las fronteras de clase profundizan un abismo entre revolucionarios y reformistas, entre anticapitalistas o defensores del capitalismo. Quienes levantan la bandera nacionalista, sentencian la desaparición del proletariado o defienden el carácter eterno del Capital y del Estado están al otro lado de la barricada, se digan anarquistas o se llamen marxistas. La alternativa se da entre los revolucionarios, que quieren suprimir todas las fronteras, arriar todas las banderas, disolver todos los ejércitos y policías, destruir todos los Estados, romper con cualquier totalitarismo o mesianismo mediante prácticas asamblearias y de autoemancipación, terminar con la plusvalía y la explotación del hombre en todo el mundo, atajar las amenazas de destrucción nuclear, defender los recursos naturales para las futuras generaciones..., y los conservadores del orden establecido, guardianes y voz de su amo, que defienden el capitalismo y sus lacras. Revolución o barbarie.

El proletariado, para vencer, necesita una conciencia cada vez mayor, superior y más aguda, de la realidad y de su devenir. Sólo con una conciencia crítica, elaborada en el estudio riguroso de las experiencias internacionales de sus luchas pasadas, podrá avanzar hacia sus objetivos. La conmemoración de la muerte de sus militantes, o de las masacres de los asalariados, no puede ser jamás, para los revolucionarios, un acto religioso, o de homenaje a los héroes y de memoria individualista. Lo que importa es extraer las lecciones de las sangrientas derrotas obreras, porque las derrotas son los jalones de la victoria.

El proletariado es arrojado a la lucha de clases por su propia naturaleza de clase asalariada y explotada, sin necesidad que nadie le enseñe nada; lucha porque necesita sobrevivir. Cuando el proletariado se constituye en clase revolucionaria consciente, enfrentada al partido del capital, necesita asimilar las experiencias de la lucha de clases, para tomar conciencia de éstas, apoyarse en las conquistas históricas, tanto teóricas como prácticas, y superar los inevitables errores, corregir críticamente los fallos cometidos, reforzar sus posiciones políticas, corrigiendo sus insuficiencias o lagunas y completar su programa; en fin, resolver los problemas no resueltos en su momento: aprender las lecciones que nos da la propia historia. Y ese aprendizaje sólo puede hacerse en la práctica de la lucha de clases de los distintos grupos de afinidad revolucionarios y de las diversas organizaciones del proletariado.

Los movimientos revolucionarios no nacen perfectos, tal como si fueran Palas Atenea, que surgió de la cabeza de Júpiter ya adulta y armada, con lanza y coraza. No trazan jamás una línea recta y continua, no han sido nunca una flecha que da directamente en la diana, sino que por el contrario avanzan, dudan, retroceden ante la inmensidad de las tareas a realizar, reanudan el proceso revolucionario, avanzan un paso y retroceden dos, se asoman al vértigo del abismo que abre la barbarie del antiguo régimen, y luego dan un gran salto sobre ese precipicio, o perecen en el intento.

No existe una lucha económica y una lucha política separadas, en departamentos estancos. Toda lucha económica es, a la vez, en la sociedad capitalista actual, una lucha política, y al mismo tiempo una lucha por la identidad de clase. Tanto la crítica de la economía política, como la crítica de la historia oficial, el análisis crítico del presente o del pasado, el sabotaje, la organización de un grupo revolucionario, el ciego estallido de un motín, o una huelga salvaje, son combates de la misma guerra de clases.

La vida de un individuo es demasiado breve para penetrar profundamente en el conocimiento del pasado, o para ahondar en la teoría revolucionaria, sin una actividad colectiva e internacional que le permita hacerse con la experiencia de las generaciones pasadas, y a su vez le permita servir de puente y acicate a las generaciones futuras.

Y el papel de las minorías o vanguardias revolucionarias no puede, ni debe ser otro, que el de facilitar eses proceso de toma de conciencia del proletariado.

La bandera negra es la negación de todos los colores de todas las banderas, o si se prefiere, de todas las patrias y de todos los nacionalismos. Pero también es lo opuesto a la bandera blanca de la rendición, o si se quiere, al abandono de la lucha de clases para retirarse al cultivo del jardín, como proponen los situs y otros derrotistas “radicales” de distinto pelaje y confusión.

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El quehacer del ¿qué hacer? 

Agustín Guillamón, octubre 2013 (Controversia con Octavio Alberola)

1.-

Dos cosas: organización de los revolucionarios y apropiación de la teoría revolucionaria del proletariado, esto es, extraer las enseñanzas proporcionadas por las experiencias históricas del pasado.

La existencia de luchas obreras, y en su seno la existencia de revolucionarios, es la condición esencial para el surgimiento y apropiación de la teoría revolucionaria.

La distinción entre clase revolucionaria (proletariado) y revolucionarios (vanguardia) es impuesta por las condiciones de vida en el capitalismo y por las diferencias del nivel de conciencia y de compromiso individuales. Y se agranda en épocas de paz social.

La conexión entre esas minorías de revolucionarios organizados (vanguardias) y el proletariado es un proceso histórico, cuajado de peligros, como el substitucionismo, la contrarrevolución, la burocratización, la socialdemocracia, el evolucionismo gradual, y otros, que desemboca (en caso de éxito revolucionario) en la anulación de la diferencia existente entre vanguardia y clase, por la necesaria desaparición de todas las clases sociales.

La revolución no es asunto de ningún grupo, partido o vanguardia, sino que es fruto de la constitución de la clase en partido, opuesto y antagónico al partido del capital. AQUÍ LA PALABRA PARTIDO TIENE UN SIGNIFICADO DISTINTO AL HABITUAL: SE TRATA DEL PROCESO HISTÓRICO MEDIANTE EL CUAL EL PROLETARIADO TOMA CONCIENCIA DE CLASE Y DE SU ANTAGONISMO CON EL CAPITAL Y COMBATE POR DESTRUIR EL ESTADO Y ANULAR TODAS LAS CLASES SOCIALES. Es el proletariado, y no las distintas vanguardias, quien constituye y desarrolla su propio modelo organizativo (soviets, consejos, comités), que impulsa (en situaciones revolucionarias) como órganos de poder propio, al tiempo que se enfrenta al capitalismo y destruye el Estado. La plena adquisición de la conciencia de clase sólo puede darse durante esas confrontaciones revolucionarias, porque en el capitalismo el proletariado no es nada, ni posee otra cosa que sus cadenas, ni aparece como tal fugazmente sólo en los episodios radicales de lucha de clases.

La adquisición de conciencia de clase por el proletariado no se consigue como consecuencia de una crisis de sobreproducción, ni a causa de la caída tendencial de la tasa de beneficio, ni por puro espontaneismo, impulsado por las catástrofes de la crisis: paro masivo, generalización de la miseria, ataques criminales del capital a las condiciones de vida de los trabajadores…

Conciencia de clase y enfrentamiento revolucionario con el sistema de dominación y explotación capitalista son simultáneos. El papel de las vanguardias no puede ni debe ser otro que el de facilitar esa toma de conciencia y la asimilación de la teoría revolucionaria, que a su vez no es otra cosa que aprender de las enseñanzas proporcionadas por las experiencias históricas de las derrotas anteriores. Pero esas vanguardias, auténtico y único quehacer del qué hacer, han de estar bien preparadas, tanto organizativa como teóricamente, para cumplir con su papel de rápida transmisión al conjunto del proletariado de sus pasadas experiencias, su programa histórico y sus objetivos inmediatos y finales. SON LA SAL DE LA TIERRA, LA POTENCIAL CONCIENCIA DE CLASE, LA CHISPA QUE INICIA EL INCENDIO. Pero el papel de esas vanguardias no es sólo teórico, sino que han de estar implicados en las luchas cotidianas de la clase, creando una red de confianza, aprendizaje mutuo, entrenamiento, masificación y capilaridad entre vanguardias y clase.

2.-

La teoría revolucionaria sin la práctica no es nada. Del mismo modo, el activismo, es decir, la práctica sin teoría, tampoco lleva a ninguna parte. La teoría no ha avanzado nunca, ni un milímetro, sin una nueva experiencia práctica de una clase que sólo puede emanciparse suprimiendo todas las clases sociales, y por lo tanto a si misma. Nosotros, Octavio, formamos parte de esa clase.

Y lo queramos, o no, seamos conscientes de ello, o no, somos parte de una clase sometida al capitalismo, con la mentalidad que éste nos ha inculcado. Y con todos los condicionamientos personales que la supervivencia en el sistema nos obliga a superar. Sea uno un parado, un jubilado, un afortunado asalariado o un marginado, delincuente o no, que sobrevive como puede; un abismo nos separa del modo de vida de la clase burguesa y dirigente, ya sean asalariados, rentistas o delincuentes que cobran y/o roban todo lo que quieren, sin nadie que les fiscalice o juzgue. También aquí la división de clases, unos con penas y dificultades insuperables para llegar a fin de mes, empobrecidos por los impuestos, la precariedad o el paro, con recortes en todo tipo de prestaciones sociales, asomándose a la miseria, o en la indigencia más absoluta, y los otros sin tasa ni vigilancia alguna, atesorando grandes fortunas o detentando parcelas de poder.

Un nuevo mundo social que conquistar. Es necesario el surgimiento de un movimiento proletario con las ideas suficientemente claras y una práctica contundente que acabe con este mundo de desigualdades e injusticia. No hay que esperar nuevos profetas o novísimos gestores de la catástrofe, sino proletarios, sin pelos en la lengua, convencidos de que el mundo actual puede y debe ser cambiado, y que es posible una sociedad sin clases, sin policías ni ejércitos, sin fronteras, sin Estado, sin mercancías, sin plusvalía, sin trabajo asalariado, en el que cada cual y todos juntos podamos decidir sobre todo lo que afecta día a día a nuestras vidas, en lugar de votar cada cuatro años al explotador A o al ladrón Z. Y eso lo queremos ya y ahora.

Y, sí, por supuesto, esas grandes generalizaciones pueden parecer banales y utópicas, a fuerza de repetirlas una y otra vez, e incluso pueden parecer ridículas, si se considera que no existen las condiciones objetivas para alcanzarlas; pero es necesario gritarlas alto y fuerte, en todas partes y en todo momento, porque es nuestro objetivo final, el único realista y también inmediato, aunque ahora aún no tengamos los medios, ni la fuerza, y tal vez tampoco la voluntad. Ya se encargará el sistema de propaganda capitalista, con sus poderosos medios de convicción y adoctrinamiento, de convencernos de que no hay nada que hacer.

Nunca han existido movimientos revolucionarios sin revuelta, sin violencia colectiva, sin un enorme empeño y una voluntad inquebrantable por enfrentarse con las fuerzas del orden que garantizan la miseria y la explotación. La solidaridad es uno de los pilares fundamentales del movimiento revolucionario. CUALQUIER REVUELTA, POR  EXTENSA Y PROFUNDA QUE FUERE, NO ES NADA SIN OBJETIVOS CLAROS Y PRECISOS, y tarde o temprano será derrotada, sin dejar huella.

Así, pues, recapitulemos el abecé del qué hacer: organización de las minorías revolucionarias (vanguardias), apropiación de la teoría revolucionaria (estudio de las lecciones que nos dan las experiencias históricas del proletariado), controversia fructífera y sana entre las distintas vanguardias, planteamiento de objetivos inmediatos, pero también  de objetivos “utópicos” precisos, solidaridad con cualquier sector en lucha… y preparación física y psíquica, por supuesto, pero sobre todo teórica e histórica.

Y en ese proceso de luchas se va creando una red de relaciones y confianza que establece una capilaridad entre vanguardias y clase. Es una espiral en ascenso. No se trata de que esas vanguardias o grupos sustituyan a la clase, no se trata de educar a nadie sino de aprender mutuamente, no se trata de estar por encima o por debajo, sólo se trata de luchar todos juntos y de crecer juntos en la práctica de la lucha de clases, planteando como objetivo final, pero también inmediato, las utopías de un mundo distinto y posible: sin policías ni ejércitos, sin fronteras, sin Estado, sin plusvalía, sin mercancías, sin trabajo asalariado…

3.-

Sin duda alguna, vivimos en un momento en que la conciencia de clase del proletariado está bajo mínimos, en comparación con otras etapas del movimiento obrero. El estado teórico y organizativo de las posibles vanguardias quizás sea casi siempre deplorable, nulo y, muchas veces, contraproducente. La mayoría de los grupos, grupúsculos y profetas existentes repiten nociones muertas; otros, falsamente innovadores, quedan al margen de la lucha de clases, e incluso (cono hacen los situs) levantan la bandera blanca de la rendición y la plena sumisión, declarándose gestores de la catástrofe y el antidesarrollismo; pero todos coinciden en que la pasividad del proletariado reside en el consumismo, o en su contrario, el paro masivo, y a veces (muy contradictoriamente) en los dos. Y de ahí nacen ideologías y prácticas delirantes. El panorama es flaco, débil y desalentador. Y nadie escapa a ello. Ni tú, Octavio, ni yo. Apaga y vámonos.

La revolución social es el desafío más importante y decisivo de la Humandidad, en la actualidad. Si el proletariado como clase es el partido de la revolución, enfrentado al partido antagónico del capital, generará inevitablemente diversas vanguardias revolucionarias, expresión de las distintas tendencias, tácticas y estados de conciencia de ese proletariado. Esa es la alternativa revolucionaria; la otra, es la ausencia de revolución y el paso libre a la barbarie.

4.-

Y el papel de esas vanguardias ya se ha dicho que era:

a.- Su organización, a escala local e internacional.

b.- La apropiación de la teoría revolucionaria, esto es, de las lecciones que ofrecen las experiencias históricas del proletariado (la Comuna de París, revolución rusa de 1905 y 1917, Cronstad, revolución alemana de 1919, Plataforma de 1926, revolución española de 1936-37, la Autonomía Obrera de los años setenta, etcétera).

c.- Defensa del programa histórico del proletariado: supresión de la policía y ejércitos, de todas las fronteras, de todos los Estados, del trabajo asalariado, de las mercancías, de la plusvalía…

d.- Promover y extender la solidaridad con cualquier sector en lucha…

e.- Análisis económico, que permita conocer las características fundamentales de la actual fase del capitalismo.

f.- Funcionar como cerebro de la pasión revolucionaria del proletariado.

g.- Entender que cada vanguardia es expresión de las distintas tácticas y sectores de un proletariado heterogéneo, que acabará disolviendo todas las clases sociales, y por lo tanto al propio proletariado.

h.- Rechazar y tomar medidas contra el sustitucionismo, el educacionismo y cualquier institucionalización o estatismo que pueda anidar en cada uno de esos grupos o vanguardias de la clase.

5.-

Para los materialistas el ser precede a la conciencia. Dicho de otra forma, la conciencia es un atributo del ser. Sin una teorización de las experiencias históricas del proletariado no existe teoría revolucionaria, ni avance teórico. Entre la teoría y la práctica puede existir un lapsus de tiempo, más o menos largo, en el que el arma de la crítica se transforma en la crítica de las armas. Cuando un movimiento revolucionario hace su aparición en la historia rompe con todas las teorías muertas, y suena la hora anhelada de la acción revolucionaria, que por sí misma vale más que cualquier texto teórico, porque pone al descubierto sus errores e insuficiencias. Esa experiencia práctica, vivida colectivamente, hace estallar las inútiles barreras y los torpes límites, fijados durante los largos períodos contrarrevolucionarios. Las teorías revolucionarias prueban su validez en el laboratorio histórico.

Espero, estimado Octavio, que mis argumentos sirvan para que la controversia iniciada entre nosotros se convierta en una espiral en la que ambos elevemos nuestro nivel de comprensión sobre el quehacer que nos aguarda y nos llama. Y si eso sirve a otros, pues perfecto, y quizás sea el objetivo adecuado y por fin alcanzado del debate.

Pero es evidente que si esta controversia no trasciende el nivel teórico, consiguiendo que el pan se convierta en carne y el vino en sangre, es decir, si queda aislado y al margen de la práctica de la lucha de clases se quedará en mera palabrería, vacía y sin sentido.

Por mi parte, no tengo nada más que añadir, y espero que tú mismo, Octavio, cierres esta controversia y realices un balance que ponga el punto final.

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N. del E. Las negritas son nuestras. Recomendamos leer el debate completo entre Guillamón y Alberola aquí