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24 de septiembre de 2020

El Capítulo VI Inédito de El Capital de Marx

[Libro] EL CAPITAL. LIBRO I. CAPÍTULO VI (INÉDITO). RESULTADOS DEL PROCESO INMEDIATO DE PRODUCCIÓN | Karl Marx. Londres, 1863-1864. Siglo XXI Editores. 2da edición corregida y traducida por Pedro Scaron. Buenos Aires-Argentina, 1972 | PDF

 PRESENTACIÓN POR JOSÉ ARICO

«Basta una simple lectura de los “Resultados…” para comprender que su ausencia en el libro I de “El Capital” resta bastante coherencia a la obra, tal como fue publicada por el autor. Y eso debía comprenderlo el propio Marx al escribirla. ¿Por qué decidió no publicarla? Quizás tenga razón el traductor de la edición italiana, Bruno Maffi [bordiguista italiano], al señalar que le hubiera sido imposible a Marx conseguir un editor burgués que aceptara sacar el libro con ese final políticamente tan comprometedor. Porque es claro que en este capítulo VI convergen el conjunto de problemas abordados a veces de manera abstrusa y de difícil lectura a todo lo largo del primer tomo. El texto muestra claramente el sentido que Marx quería dar a su obra y las razones que tenía para pensar que con ella asestaba a la burguesía un golpe del que jamás podría recuperarse. “El Capital” y el “Manifiesto Comunista” aparecen ahora absolutamente soldados y toda idea [althusseriana] de una “ruptura” del pensamiento de Marx entre una etapa de “juventud” y otra de “madurez”, resulta seriamente quebrantada. La “condena”, más que moral histórica, del modo de producción capitalista y de la sociedad burguesa aparece no ya de manera ocasional, muchas veces en notas a pie de página, como ocurre en “El Capital”, sino en un único texto de valor teórico y político.

La importancia de este manuscrito reside, pues, en que al mostrar que el modo de producción capitalista no es sólo producción de mercancías sino fundamentalmente producción de plusvalía, y por tanto de capital, es imposible que dicho sistema se modifique, o se “reforme”. Que está condenado a “producir y reproducir toda la relación a escala ampliada”, es decir al conjunto de las relaciones históricas y sociales de una sociedad que condena a los hombres a la creación de bienes que les son cada vez más ajenos [y enajenantes]. Esta sociedad debe ser abatida por las fuerzas que engendran sus contradicciones internas. Marx, en los “Resultados del proceso inmediato de producción”, demuestra cómo surgen dentro del propio capitalismo esas fuerzas sociales destinadas a sepultarlo.»

***

EXTRACTOS DEL CAPÍTULO VI INÉDITO DE EL CAPITAL DE MARX

«En realidad, la dominación de los capitalistas sobre los obreros es solamente el
dominio sobre éstos de las condiciones de trabajo […], condiciones de trabajo que se han vuelto autónomas, y precisamente frente al obrero. […] Las funciones que ejerce el capitalista no son otra cosa que las funciones del capital mismo –del valor que se valoriza succionando trabajo vivo– ejercidas con conciencia y voluntad. El capitalista sólo funciona en cuanto capital personificado, es el capital en cuanto persona; del mismo modo el obrero funciona únicamente como trabajo personificado, que a él le pertenece como suplicio, como esfuerzo, pero que pertenece al capitalista
como sustancia creadora y acrecedora de riqueza. Ese trabajo, en cuanto tal, se presenta de hecho como un elemento incorporado al capital en el proceso de producción, como su factor vivo, variable. La dominación del capitalista sobre el obrero es, por consiguiente, la de la cosa sobre el hombre, la del trabajo muerto sobre el trabajo vivo, la del producto sobre el productor, ya que en realidad las mercancías, que se convierten en medios de dominación sobre los obreros (pero sólo como medios de la dominación del capital mismo), no son sino meros resultados del proceso de producción, los productos del mismo. En la producción material, en el verdadero proceso de la vida social –pues esto es el proceso de producción– se da exactamente la misma relación que en el terreno ideológico se presenta en la religión: la conversión del sujeto en el objeto y viceversa. Considerada históricamente, esta conversión aparece como el momento de transición necesario para imponer por la violencia, y a expensas de la mayoría, la creación de la riqueza en cuanto tal, es decir, el desarrollo inexorable de las fuerzas productivas del trabajo social, que es lo único que puede constituir la base material de una sociedad humana libre [el comunismo]. Es necesario pasar a través de esta forma antitética, así como en un principio el hombre debe atribuir una forma religiosa a sus facultades intelectuales, como poderes independientes que se le enfrentan. Se trata del proceso de enajenación de su propio trabajo. Aquí el obrero está desde un principio en un plano superior al del capitalista, por cuanto éste último ha echado raíces en ese proceso de enajenación y encuentra en él su satisfacción absoluta, mientras que por el contrario el obrero, en su condición de víctima del proceso, se halla de entrada en una situación de rebeldía y lo siente como un proceso de avasallamiento. […]

Para que aparezca la relación capitalista en general, están presupuestos un nivel histórico y una forma de la producción social. Es menester que se hayan desarrollado, en el marco de un modo de producción precedente, medios de circulación y de producción, así como necesidades, que acucien a superar las antiguas relaciones de producción y a transformarlas en la relación capitalista. Sólo necesitan, empero, estar tan desarrolladas como para que se opere la subsunción del trabajo en el capital. Fundándose en esta relación modificada se desarrolla, sin embargo, un modo de producción específicamente transformado que por un lado genera nuevas fuerzas productivas materiales, y por otro no se desarrolla si no es sobre la base de éstas, con lo cual crea de hecho nuevas condiciones reales. Se inicia así una revolución económica total, que por un parte produce por vez primera las condiciones reales para la hegemonía del capital sobre el trabajo, las perfecciona y les da una forma adecuada, y por la otra genera, en las fuerzas productivas del trabajo, en las condiciones de producción y relaciones de circulación desarrolladas por ella en oposición al obrero, las condiciones reales de un nuevo modo de producción que elimine la forma antagónica del modo capitalista de producción, y echa de esta suerte la base material de un proceso de la vida social conformado de manera nueva y, con ello, de una formación social nueva [el comunismo].

Es ésta una concepción esencialmente diferente de la sostenida por los economistas burgueses, enredados en las ideas capitalistas, quienes ven, sin duda, cómo se produce dentro de la relación capitalista, pero no cómo se produce esta relación misma ni cómo, al mismo tiempo, se producen en ella las condiciones materiales de su disolución [el comunismo], con lo cual se suprime su justificación histórica como forma necesaria del desarrollo económico, de la producción de la riqueza social.

Nosotros hemos visto, por el contrario, no sólo cómo produce el capital, sino cómo es producido él mismo y cómo cuando surge del proceso productivo es esencialmente diferente de cuando entró a éste. Por una parte, el capital le da forma al modo de producción; por la otra, esta forma modificada del modo de producción y cierto nivel de desarrollo de las fuerzas productivas materiales constituyen la base y la condición –la premisa– de su propio desenvolvimiento. [y disolución]»

22 de mayo de 2020

No es la crisis del virus, es la crisis del capital

Grupo Barbaria
8 de mayo de 2020


Con más de un tercio de la población mundial en confinamiento y buena parte de la producción y circulación de mercancías detenida a nivel mundial, nos situamos en un contexto que pareciera completamente nuevo. Sin embargo, sería imposible tratar de explicar la situación actual sin comprender la crisis irresoluble en la que se encuentra el sistema capitalista. Crisis tras crisis este sistema ha dado salidas inmediatistas a los obstáculos a los que se ha ido enfrentando. Estas salidas van acumulando una serie de contradicciones en el seno del capitalismo que antes o después saltarán por los aires. Es imprescindible acercarnos al análisis del contexto actual desde una perspectiva que sitúe la crisis del coronavirus como otro hito histórico más que se amontona a todas las cuentas pendientes que se han ido dejando por el camino.
La fragilidad del capital
El coronavirus no solo ha detenido de forma repentina los procesos de valorización del capital a nivel internacional, sino que además ha revelado cuan frágil es la economía capitalista. Desde hace unas semanas asistimos a una crisis histórica de las bolsas de todo el mundo cuyo único causante a primera vista podría parecer este virus. Sin embargo, vivimos en un sistema que se caracteriza por su lógica abstracta e impersonal, y, por tanto, el análisis que hagamos no puede ser meramente fenomenológico, sino que tiene que ir más allá de lo concreto con el objetivo de entender la invarianza que determina a este sistema.
El objetivo de la circulación del capital es su propio crecimiento, no tiene límite ni final. Por tanto, lo que define al capitalismo es precisamente esta repetición imprescindible de los ciclos de acumulación. Por otro lado, la naturaleza competitiva del capitalismo le impulsa a innovar los procesos de producción, lo que provoca la expulsión de trabajo asalariado, reduciendo en la misma medida la capacidad de producir valor. Nos encontramos, así, en un contexto en el que la repetición de los ciclos de acumulación es indispensable para garantizar la supervivencia del sistema capitalista, pero a su vez, las dificultades que sufre el capital para valorizarse son cada vez mayores. En esta encrucijada en la que la riqueza social cada vez depende menos del trabajo asalariado, el capital ficticio será un elemento fundamental no solo para sustentar, sino para impulsar el ciclo de valorización del capital.
Aunque el capital ficticio en la época de Marx tenía una importancia menor, esta cuestión se trata en el libro III de El Capital, poniendo el foco en el carácter ficticio de los títulos de deuda pública, las acciones y los depósitos bancarios. En el caso de la deuda pública, es capital que nunca se invierte, puesto que el dinero que recoge el Estado no entra en ningún circuito de valorización, solo da derecho a una participación en los impuestos que recaude. Con respecto al capital accionario, son títulos de propiedad que dan derecho a participar en el plusvalor producido por el capital.  Las acciones tienen un componente de capital real (el dinero recaudado en la emisión inicial que se invierte en forma de capital) y un componente de capital ficticio que se origina a través de la mercantilización de estos títulos, ya que adquieren autonomía, y su valor comercial se despega del valor nominal sin modificar la valorización del capital subyacente. Por último, los depósitos de los bancos constituyen en su mayoría capital ficticio, ya que los créditos concedidos por el banco no existen como depósitos. De modo que el capital ficticio es aquel que está desconectado del proceso real de valorización de capital. Su sustento es la expectativa de una generación de plusvalía en el futuro, y cuando estas expectativas desaparecen, su naturaleza ilusoria queda al descubierto.
Antes de la segunda revolución industrial la producción de capital ficticio era pequeña respecto a la acumulación de capital total, y su papel consistía únicamente en expandir las fases de auge de los ciclos industriales. Sin embargo, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, el enorme desarrollo de las industrias impone elevados costes fijos de financiación, y al mismo tiempo, el incremento de la productividad hace que estas inversiones se complementen con una menor cantidad de trabajo asalariado. Es decir, las necesidades de acumulación de capital son mayores, pero paralelamente, el proceso de valorización se encuentra también con mayores obstáculos para llevarse a cabo. El capital ficticio se convierte entonces en un sostén indispensable para garantizar la acumulación real de capital, es decir, se trata de un proceso que colabora positivamente con la producción real de valor. Durante estos años, la creación de capital ficticio se complementa con distintos mecanismos de compensación que persiguen la ampliación del mercado. Hasta 1929, estos mecanismos de compensación que pretenden contrarrestar la decreciente producción de valor se basaban principalmente en la expansión estructural y espacial, por ejemplo, el colonialismo imperialista. Tras la década de los 30, la expansión se producirá de forma interna en las potencias capitalistas con mayor composición orgánica con la aparición del consumo de masas, lo cual permitirá vender una mayor cantidad de mercancías.
En los años 70, el proceso de valorización entra de nuevo en crisis y se produce un cambio de paradigma. Las necesidades de capital ficticio que produce esta crisis exigen un nuevo orden monetario que garantice la consecución del proceso de acumulación, y que no limite la capacidad de expansión del dinero crediticio. De esta forma, en el año 1971, llega el fin de los Acuerdos de Bretton Woods, y culmina así el proceso de desvinculación de la moneda y el oro. El abandono de estos acuerdos supone el establecimiento del dinero fiduciario, esto significa que el dinero ya no se basa en el valor de metales, como el oro, sino cada vez más en un respaldo de capital ficticio, es decir, de dinero sin valor. En este contexto de crisis se desvela que no es posible dinamizar el sistema económico a partir de producción real, ya que los mecanismos compensatorios que antes describíamos están agotados. Esto significa que la única forma de dinamizar el sistema económico es a través de la producción de capital ficticio. El capital ficticio ya no funciona como un complemento, sino que es el responsable de iniciar el proceso de crecimiento. Se consolida así, una nueva dinámica de crecimiento a través de un fenómeno de sobra conocido en la actualidad: las burbujas. La finalidad de las burbujas consiste en crear capital ficticio masivamente con la esperanza de que dentro de unos años se efectúe en valor real. Este capital ficticio se acumula, hasta que llega un momento en el que se vuelve insostenible, la ilusión desaparece y se revela su naturaleza ficticia, provocando así el estallido de las burbujas.
Por tanto, el papel del capital ficticio se ha ido transformando a medida que el desarrollo capitalista ha avanzado. Si durante el siglo XIX su función era la de expandir las fases de auge, a partir de la revolución industrial se convierte en un sostén indispensable, para finalmente ser el motor del ciclo de acumulación. En otras palabras, la consecuencia última de este proceso es que el capital ficticio se desvincula casi por completo de la producción real de valor. En este sentido, es fundamental aclarar que no existe una división entre un capital saludable, el capital vinculado de la producción real de valor, y un capital nocivo, el capital ficticio o desvinculado de la producción real de valor. La proliferación del capital ficticio no constituye una abominación para el sistema capitalista. Todo lo contrario, obedece a un proceso natural que es absolutamente coherente con la lógica del sistema. Es más, sin la ayuda de éste, la economía capitalista no podría haberse desarrollado hasta tal extremo. En consecuencia, afirmar que los males del sistema se encarnan en la “financiarización” o la llamada “economía financiera” dejando de lado a la “economía productiva” resulta afirmar algo que, además de carecer de significado, es profundamente inexacto. Entender el carácter ficticio de la economía capitalista como el resultado de un proceso histórico es también fundamental, porque nos permite comprender el momento que vivimos no como algo estático, sino como una realidad que está en movimiento. De esta forma, se evidencia que, si bien existen acontecimientos inmediatos que precipitan las crisis que sufrimos, la raíz del problema es mucho más profunda, y solo si tiramos de ella, podemos conseguir una perspectiva clara.
El carácter crecientemente ficticio del capitalismo es fundamental para explicar la crisis de valor profunda e irresoluble que este sistema sufre, que no es una crisis coyuntural sino intrínseca al propio sistema. Poner el foco en el aspecto ficticio de este sistema no significa otra cosa que apuntar a la gran fragilidad que sufren los cimientos del sistema capitalista. Por un lado, porque el capital, como hemos explicado, cada vez se apoya menos en el trabajo asalariado y más sobre el capital ficticio y, por tanto, progresivamente va teniendo menos bases reales y se asemeja más a un castillo de naipes. Por otro lado, al ser las expectativas el sustento del capital ficticio, cualquier ataque a la economía, ya sea la causa un virus o una burbuja, pone en jaque al sistema, descubriendo ante el mundo su naturaleza enfermiza. En este sentido, es especialmente significativo cómo ante la propagación del coronavirus, las consecuencias en los mercados financieros han precedido a los efectos en la producción real. Únicamente la posibilidad de que las ganancias disminuyan, sea esta real o no, tiene consecuencias sobre la economía capitalista. Queda desvelada, por tanto, la esencia débil y frágil de este sistema, y cuanto más se intensifica, menos relevantes son los detonantes que nos llevan a procesos de crisis. Son las causas de esta fragilidad, y no los hitos que precipitan los cambios en las expectativas, los que nos permiten establecer una línea de continuidad entre el estado putrefacto que vivía el capitalismo en el año 2008, como consecuencia de una crisis que en realidad empezó en la década de los 70 del siglo XX, y el que vive ahora.
La huida hacia delante como salida histórica
Las consecuencias inmediatas de la propagación del coronavirus a nivel mundial son ya incuestionables. En marzo, la OIT estimó que se destruirían alrededor de 25 millones de empleos en todo el mundo debido a la pandemia. Solo un mes después, esta estimación ha aumentado hasta los 195 millones de personas que perderían su empleo entre abril y junio de este año. En contraposición, la crisis del año 2008 aumentó el desempleo mundial en 22 millones de personas. Los estudios realizados por todo tipo de organizaciones internacionales financieras calculan que la destrucción del PIB mundial será de entre un 3% y un 7%, mientras que en la crisis del 2008 fue de un 0,1%. Al margen de estimaciones, si hay algo en lo que todas estas instituciones coinciden es que estamos viviendo un colapso de la actividad económica sin precedentes, y que la incertidumbre hace que sea muy probable que se estén infravalorando los costes que se deriven de la pandemia.
El caso del petróleo es tremendamente paradigmático de la singularidad de la situación. El 11 de abril la OPEP acordó una reducción histórica de la oferta del petróleo, disminuyendo la producción de petróleo cinco veces más que en la crisis del 2008, y, sin embargo, se tendría que haber recortado el doble para equilibrar la oferta con la demanda. El 20 de abril, el fantasma de la sobreproducción volvió a aparecer haciendo que el petróleo estadounidense rozase los -37 dólares por barril, alcanzando cotizaciones negativas, algo nunca visto en los mercados petrolíferos.
Las consecuencias de esta crisis se materializan también a través de la agudización de los conflictos entre los capitales nacionales. Las relaciones entre las principales potencias que ya eran tensas debido a las distintas guerras comerciales no harán más que agravarse ante el progresivo repliegue de los Estados. En este sentido, el cierre de las fronteras y la militarización de las mismas está siendo la tónica generalizada en todo el mundo. Conforme estas tensiones se intensifican, más débiles se muestran organizaciones internacionales como la Unión Europea, que en estas últimas semanas ha puesto de manifiesto cuáles son las contradicciones inherentes a ella que le hacen ser tan frágil. La Unión Europea es una asociación enormemente artificial porque agrupa a distintos Estados con desarrollos desiguales y necesidades diferentes bajo una misma organización política y una misma moneda. Establece una ilusoria persecución de idénticos propósitos, mientras que el choque de intereses entre naciones es una cuestión plenamente irrenunciable para el capitalismo. Por un lado, el propósito de la Unión es perseguir el desarrollo económico de todos los países que lo componen, pero, por otro lado, las limitaciones de sus propios mecanismos imposibilitan dicho desarrollo.
A pesar de la excepcionalidad y la gravedad que comprende la situación que vivimos, las soluciones que se proponen alrededor de todo el mundo son irremediablemente estériles. La principal arma de la que disponen los Bancos Centrales para determinar la política monetaria de cualquier país es la fijación de los tipos de interés oficiales, es decir, el precio del dinero. Cuando, por ejemplo, el BCE necesita estimular la economía, reduce los tipos de interés de referencia para que el dinero sea más barato, esto provoca que sea más asequible pedir préstamos y aumente la inversión y el consumo. Sin embargo, conforme estos intereses se van acercando a cero, su capacidad de maniobra se va agotando. De modo que cuando los Bancos Centrales pierden una de sus herramientas más potentes, como lo es el precio del dinero, solo les queda hacer arreglos con la cantidad del dinero que circula en la economía.
En este sentido, la Expansión Cuantitativa (Quantitative Easing) es una de las estrategias que más se han utilizado durante estos últimos años para tratar de estimular la economía. El objetivo de la EC es inyectar liquidez, es decir, aumentar la oferta monetaria a través del incremento de las reservas del sistema bancario mediante la compra de activos financieros, principalmente bonos, tanto públicos como privados. La compra masiva de bonos provoca un aumento de la demanda de los mismos, que se traduce en un incremento del precio, e inversamente la rentabilidad disminuye. Es decir, su finalidad es estimular la economía inyectando dinero en el sistema financiero para bajar los tipos de interés de los activos que compra. Los tipos de interés representan el riesgo que comportan estos activos. Por tanto, a través de su bajada, la EC pretende influir en la percepción del riesgo con el objetivo de alentar a los inversores a que sigan invirtiendo. Este proceso que puede resultar algo complejo se entiende más fácilmente si se dice que consiste en crear dinero de la nada, cuya única base es el aire para influir en las expectativas de la economía. La primera vez que se puso en práctica la EC fue en el año 2001 en Japón, con la crisis del año 2008 ganó relevancia en Estados Unidos, y el BCE comenzó a usar este mecanismo en el año 2015 y no lo abandonó hasta 2019, para finalmente, reactivarlo nueve meses después. Si bien esta política se define como “no convencional”, lo cierto es que su uso cada vez se prolonga más en el tiempo y está más generalizado. La llegada de la crisis producida por la pandemia ha significado el reforzamiento de esta política en Europa, Estados Unidos y Japón, pero también ha provocado la introducción de programas de compras de activos en países como Canadá, Sudáfrica, Filipinas, Colombia o Chile, entre otros. A esto, hay que sumarle que, por primera vez, tanto la Reserva Federal como el BCE han incluido dentro de estos programas de compra de activos, la adquisición de bonos basura e incluso han abierto la puerta a comprar deuda de empresas con calificaciones más bajas.
La compra masiva de deuda por parte de los Bancos Centrales (EC) es la principal solución que ofrecen los distintos Estados en un momento en el que el nivel de deuda en todo el mundo alcanza el 322% del PIB de todo el planeta. Asimismo, el FMI prevé que los Estados de todo el mundo se enfrenten a un incremento de la deuda pública que estima en un 23%. En resumidas cuentas, lo que los distintos gobiernos de alrededor de todo el mundo nos intentan decir es que, por un lado, van a emitir más deuda pública, y, por otro lado, los Bancos Centrales van a crear dinero para fomentar su compra.
Si algo tienen en común todas estas soluciones es que son las mismas que se proponen a lo largo de todo el arco político de derecha a izquierda. Desde los gobiernos más liberales hasta los más socialdemócratas están de acuerdo en una cuestión determinante para nuestro futuro: más deuda. En este sentido, es paradigmática la discusión que se ha dado en el seno de la Unión Europea entre los países del sur y el norte. Mientras que el sur pide mutualizar la deuda y compartir el riesgo para financiarse a un menor coste, el norte opta por facilitar ayuda en forma de préstamos. Por tanto, la discusión gira en torno al riesgo que comporta la deuda, al interés que debemos de pagar por ella, asumiendo que la deuda es tan necesaria para la vida como el agua. Esta pandemia nos descubre de nuevo que el capitalismo es incapaz de resolver las crisis que surgen porque solo puede posponerlas, que es irrelevante la ideología política del gobierno de turno porque no pueden sino ofrecernos miseria una vez más.
Asumir como soluciones a esta crisis la deuda pública y el dinero sin valor conlleva a que se refuerce irremediablemente el carácter ficticio de la economía. Este capital ficticio disfrazado de nuevo remedio está muy lejos de ser nuevo, como revela el desarrollo histórico del capitalismo. El castillo de naipes que ha ido construyéndose gracias al capital ficticio prosigue su levantamiento cada vez a un ritmo mayor, incapaz de reconocer que cuanto más alto, más frágil es. Y es que, además de no ser nuevo, tampoco es un remedio, ya que su única utilidad es la de posponer y acrecentar el conflicto hasta que este sea insostenible. En palabras de Marx, el capitalismo nunca resuelve sus contradicciones, sino que las eleva a una escala superior y las reproduce a una escala ampliada.

30 de marzo de 2020

¿Colapso del sistema capitalista? Algunas notas sobre los acontecimientos actuales

Desde el año 2019 la economía mundial ha venido dando señas de desaceleración, augurando una inminente crisis para este 2020. Si esto no fuera suficiente, desde principios de este año se ha agudizado la guerra comercial por el precio del petróleo, fraguada entre EEUU y Rusia, desembocando en la caída estrepitosa del precio del crudo, beneficiando con esto a los países que tienen las suficientes reservas (Rusia y Arabia Saudita) para amoldar su producción a los precios bajos. Por otro lado, el brote de la nueva sepa de coronavirus “Covid-19”, que ha ocasionó estragos en China desde fines del año pasado, ha rebasado fronteras y ha impactado en el resto del mundo, con ello, la inminente crisis económica no ha hecho sino adelantarse. La economía mundial ya está en plena crisis, los gestores del poder están pendientes a los grandes rescates financieros, la burguesía comienza a cerrar fábricas y despedir empleados tomando como pretexto la dichosa “cuarentena”. El desastre es inminente.
No obstante, es importante saber que las pérdidas monetarias no significan la caída del sistema capitalista. El capitalismo buscará en todo momento reestructurarse con base en medidas de austeridad impuestas a los proletarios para paliar todas las catastróficas consecuencias que traerá consigo[1]. Y esto se debe a que los “golpes” que ha sufrido el capitalismo a causa de estos fenómenos, son simplemente pérdidas en su tasa de ganancia, pero tales pérdidas no alteran en lo absoluto su estructura y esencia, es decir las relaciones sociales que le posibilitan seguir en pie: mercancía, valor, mercado, explotación y trabajo asalariado. De hecho, es en estas situaciones cuando el capital reafirma más sus necesidades: sacrificar a millones de seres humanos a favor de los intereses económicos, haciendo que la polarización entre clases sociales se agudice y revelando con más fuerza en qué posición se encuentra la clase dominante, la cual realiza todos los esfuerzos a su alcance para preservar este estado de cosas.
Y no es que la burguesía “haya planeado con antelación toda esta situación en torno a la pandemia para beneficiarse” (como rezan los conspiranoicos) al permitir que el sector más vulnerable (los ancianos) fallezca en los hospitales, en sus casas o hasta en la calle… y así ahorrarse millonarias cantidades de dinero en pagar pensiones. Esta situación, así como muchas otras, solo se dio como una maniobra oportuna que el momento exigía. Las cuestiones geopolíticas, de competición de mercados y de guerra mediática que puedan resultar de esto, son solo la consecuencia, más nunca la causa de lo que va configurándose.
Es evidente que toda esta situación que ha ganado terreno mundialmente aún yace en una fase temprana, pues las carencias y desabasto que afrontan los hospitales y las casas funerarias, rebasados en capacidad, son solo la punta del iceberg, pues aún falta ver los efectos de la escasez de alimentos y el desempleo cuando todo llegue a tope, en resumen, los efectos más adversos están aún por ocurrir.
De hecho, no es de extrañar que a raíz de este recrudecimiento se han exacerbado la locura y la histeria social, y cuyo reducto deja por resultado mayor atomización e individualismo, imperando el “sálvese quien pueda”, así como el “chivateo” de los buenos ciudadanos que secundan las labores de la policía, delatando a cualquiera que transité por las calles a pie.
Y pese a lo anterior, la lógica del capital no ha podido materializarse de manera total y uniforme. La conciencia de clase resurge y se vislumbra como única perspectiva posible entre cientos de  escombros, tal vez de manera difusa, pero su desarrollo es latente. Cada vez se generaliza más la noción de que la burguesía ha sido la responsable de propagar el virus, no sólo “porque son los burgueses los que viajan más”, sino porque ellos descansan en cuarentena mientras nosotros nos exponemos a infectarnos debido a que estamos obligados a salir a la calle para buscar el sustento diario. Es aquí donde la solidaridad de clase reaparece poniendo en común algunos medios de subsistencia básicos, participando de los saqueos y colocando barricadas para cortar las vías al turismo (como en chile). Esos resquicios de comunidad humana son una base que será decisiva en las luchas que pudieran generarse cuando la catástrofe sobrepase sus dimensiones.
Sin embargo, no debemos conformarnos ni sentirnos complacidos con esos mínimos aspectos; por el contrario debemos plantearnos ir más allá de eso. Es vital entender que mientras como clase sometida a los designios de la burguesía, permanezcamos contemplando y afrontando esta situación bajo meros paliativos reformistas que evadan la necesidad de superar definitivamente este sistema[2], todos nuestros esfuerzos solo darán tiempo a nuestros enemigos para fortalecerse y continuarnos gobernando y explotando a su antojo.
¿Que los avistamientos de la fauna silvestre en las urbes citadinas que yacen en cuarentena, son un triunfo de la naturaleza que ahora reclama lo que es suyo?  Tal “triunfo”, aún así suponga la realización malthusiana de “acabar con la población excedente”, es solo una situación pasajera que está condenada a retornar a lo mismo de manera casi inmediata. Porque en el fondo, lo que seguirá dominando es un modo de producción que no puede prescindir de las metrópolis de concreto, asfalto y coches, de las industrias de monocultivos, las plantas de energía nuclear y de la industria pesada a base de combustibles fósiles.
Las contradicciones cada vez más agudas de este modo de producción (crisis, guerra, pandemias, destrucción ambiental, pauperización, militarización), que recrudecerán nuestras condiciones de supervivencia, no darán paso de manera mecánica ni mesiánica al fin del capitalismo. O mejor dicho, tales condiciones, aunque serán fundamentales, no bastarán. Porque para que el capitalismo vea su fin, es imprescindible la existencia de una fuerza social, antagonista y revolucionaria que logre direccionar el carácter destructivo y subversivo hacia algo completamente diferente de lo que presenciamos y conocemos ahora.
Querámoslo o no, no podemos dejar una cuestión tan importante como la revolución a rienda suelta, a la simple suerte.  Es necesario experimentar la resolución a ese problema con base en la organización de tareas que puedan irse presentando, es decir, el agrupamiento para la apropiación y defensa de las necesidades más inmediatas (no pagar adeudos, ni alquileres, ni impuestos), pero también, la ruptura con todas las ilusiones y espejismos que nos llevan a gestionar las mismas miserias bajo otra careta.
¿Fomentar la economía local?
¡Abolir el intercambio mercantil y el dinero!
¡Frente al reformismo, la ruptura radical!
¡Frente al inmediatismo, la perspectiva histórica!
¡Frente al localismo, el internacionalismo!

***
Nota apócrifa
La ideología dominante nos bombardea a través de todos sus aparatos con ilusiones que versan sobre una “posible” prosperidad bajo las condiciones existentes de explotación y miseria. La clase capitalista nos ideologiza para acatar dócilmente “un modo de vida” alienado, donde todo cuestionamiento a sus fundamentos esté fuera de todo raciocinio.
Pero lo cierto es que nada de ese paraíso en el “mejor de los mundos posibles” concuerda con los cientos de esclavos negros traficados en Libia; los ghetos copados de droga en Afganistán, la represión feroz en la franja de Gaza, los migrantes haitianos muriendo de inanición en Tijuana, la represión sangrienta contra los proletarios en Chile, los bombardeos en la frontera turco-siria o la hambruna que azota Yemen.
No es necesario esperar la distopía o las escenas hollywodescas del apocalypsis, porque estas ya se manifiestan materialmente en distintas partes del globo, y de hecho superan con creces cualquier intento de representación en la ficción cinematográfica.
La actual pandemia del covid-19 es una etapa más en la degradación a la que nos lleva esta sociedad productora de mercancías.
Etapa ante la cual solo se reafirma que el verdadero provenir solo pende de dos hilos:
¡Revolución comunista o perecer en la penumbra!
***

[1]  Medidas que de hecho ya están siendo llevadas a cabo del modo más brutal y ruin: cientos de miles (si no es que millones) de despedidos, echados sin más de sus puestos de trabajo, dejados a su suerte en mayor probreza y precariedad.
[2]  Se nos ha hablado mucho de que una alternativa es fomentar el comercio local por fuera de las multinacionales y grandes corporativos. El problema de este tipo de respuestas es que, por un lado, si bien resuelven momentáneamente el problema del abastecimiento de insumos para algunos proletarios, los reajustes que traerá consigo al crisis del capital, solo traerán más inflación y contingencias por periodos más breves de tiempo. Refugiarnos en intentos de economías más benevolentes, solo prolongan lo que inevitablemente en un futuro sin alternativas deberemos asumir: la guerra de clases, es decir el enfrentamiento contra la burguesía y el ejercicio de un programa revolucionario que tenga como objetivo concluir toda relación social mediada por el intercambio, el tiempo como medida de trabajo y la relación salarial.

26 de marzo de 2020

Las pandemias del capital

Grupo Barbaria 
20 de marzo de 2020


«[...] La agroindustria es la consecuencia lógica de esta dinámica: sólo incrementando la productividad, utilizando maquinaria automatizada, produciendo en monocultivos, haciendo un uso cada vez mayor de químicos ―fertilizantes y pesticidas en la agricultura, productos farmacéuticos en la ganadería―, incluso modificando genéticamente plantas y animales, podrán producirse las ganancias suficientes en un contexto en el que la renta de la tierra aumenta sin cesar.
Todo esto es necesario para enmarcar la emergencia de pandemias. Como muy bien explican los compañeros de Chuang, el coronavirus no es un hecho natural ajeno a las relaciones capitalistas. Porque no se trata sólo de la globalización, es decir, de las posibilidades exponenciales de expansión de un virus. Es la propia forma de producir del capital la que fomenta la aparición de pandemias.
En primer lugar, para poder hacer más rentables la agricultura y la ganadería es necesario implantar formas de producción mucho más intensivas, mucho más agresivas para el metabolismo natural. Cuando se hacinan muchos miembros de una misma especie ―los cerdos, pongamos por caso, una de las posibles fuentes del COVID-19 y la fuente segura de la gripe A (H1N1) que apareció en 2009 en Estados Unidos― en granjas industriales, su modo de vida, su alimentación y la aplicación permanente de fármacos sobre sus cuerpos debilita su sistema inmunológico. No hay resiliencia en el pequeño ecosistema que constituye una población muy numerosa de la misma especie, comprometida inmunológicamente y hacinada en espacios reducidos. Más aún, este ecosistema es un campo de entrenamiento, un lugar predilecto para la selección natural de los virus más contagiosos y virulentos. Tanto más si dicha población tiene una alta tasa de mortalidad, como ocurre en los mataderos, puesto que la rapidez con que es capaz de transmitirse el virus determina su posibilidad de sobrevivir. Sólo es cuestión de tiempo que alguno de estos virus consiga transmitirse y persistir en un huésped de otra especie: un ser humano, por ejemplo.
Ahora digamos que este ser humano es un proletario y vive, como los cerdos de nuestro ejemplo, hacinado en una vivienda poco salubre con el resto de su familia, va al trabajo hacinado en un vagón de tren o en un autobús donde cuesta respirar cuando llega la hora punta y tiene un sistema inmunológico debilitado por el cansancio, la mala calidad de la comida, la contaminación del aire y del agua. El ascenso permanente del precio de la vivienda y el transporte, los trabajos cada vez más precarios, la mala alimentación, en definitiva, la ley de la miseria creciente del capital hacen también muy poco resiliente a nuestra especie.
También la búsqueda de una mayor rentabilidad y competitividad de la agricultura en el mercado mundial tiene sus efectos en la proliferación de epidemias. Tenemos un buen ejemplo en la epidemia del Ébola que se extendió por toda el África occidental en 2014-2016, a la que precedió la implantación de monocultivos para el aceite de palma: un tipo de plantación por la que los murciélagos ―la fuente de la cepa que produjo el brote― se sienten muy atraídos. La deforestación de la selva, en virtud no sólo de la explotación agroindustrial sino también de la tala maderera y de la megaminería, fuerza a muchas especies animales ―y a algunas poblaciones humanas― a internarse aún más en la selva o mantenerse en sus proximidades, exponiéndose a portadores del virus como murciélagos (Ébola), mosquitos (Zika) y otros huéspedes reservorio ―es decir, portadores de patógenos― que se adaptan a las nuevas condiciones establecidas por la agroindustria. Además, la deforestación reduce la biodiversidad que hace de la selva una barrera para las cadenas de transmisión de patógenos.
Aunque la fuente más probable del coronavirus se sitúa en la caza y venta de animales salvajes, vendidos en el mercado de Hunan en la ciudad de Wuhan, esto no está desconectado del proceso descrito más arriba. A medida que la ganadería y la agricultura industrial se extienden, empujan a los cazadores de alimentos salvajes a penetrar cada vez más en la selva en busca de su mercancía, lo que aumenta las posibilidades de contagio con nuevos patógenos y por tanto de su propagación en las grandes ciudades. [...]

El coronavirus ha desnudado al rey: las contradicciones del capital son vistas y sufridas en toda su brutalidad. Y el capitalismo es incapaz de gestionar la catástrofe que se deriva de estas contradicciones, porque sólo puede escaparse de ellas resolviéndolas momentáneamente para que estallen con mayor virulencia más tarde. [...]

El capitalismo promueve la aparición de nuevos patógenos que su carácter internacional extiende con rapidez. Y sin embargo es incapaz de gestionarlos. En la pugna imperialista entre las principales potencias no cabe la coordinación internacional que requieren unas relaciones sociales cada vez más globales y, menos aún, la coordinación que está requiriendo ya esta pandemia. El carácter inherentemente nacional del capital, por muy mundializado que se quiera, implica que los intereses nacionales en el contexto de la lucha imperialista prevalecen frente a todo tipo de consideración internacional para el control del virus. Si China, Italia o España retrasaron hasta el último momento la toma de medidas, como más tarde lo hicieron Francia, Alemania o Estados Unidos, es precisamente porque las medidas necesarias para contener la pandemia consistían en la cuarentena de los infectados y, llegada cierta tasa de contagio, en la paralización parcial de la producción y distribución de mercancías. En un contexto en el que se iba larvando ya desde hacía dos años la crisis económica que estalla ahora, en plena guerra comercial entre China y Estados Unidos y en el curso de una recesión industrial, este parón no se podía permitir. La decisión lógica de los funcionarios del capital fue entonces la de sacrificar la salud y unas cuantas vidas entre el capital variable ―seres humanos, proletarios― para aguantar un poco más el tirón y mantener la competitividad en el mercado mundial. Que se haya revelado no sólo ineficaz sino incluso contraproducente no exime de lógica a esta decisión: a una burguesía nacional, sensible sólo a las subidas y bajadas de su propio PIB, no puede tampoco pedírsele una filantropía internacional. Eso hay que dejárselo a los discursos de la ONU. [...]

Una sociedad atomizada necesita de un Estado que la organice. Pero esto lo hace reproduciendo las causas de nuestra propia atomización: las de la ganancia frente a la vida, las del capital frente a las necesidades de la especie. Los modelos del Imperial College de Londres predicen 250.000 muertes en Reino Unido y hasta 1,2 millones en Estados Unidos. Las predicciones a nivel mundial, contando con el contagio en los países menos desarrollados y con una infraestructura médica mucho más precaria, llegarán previsiblemente a varios millones de personas. La epidemia del coronavirus, sin embargo, podría haberse detenido mucho antes. Los Estados que han sido foco de la pandemia han actuado como tenían que hacerlo: poniendo por encima las ganancias empresariales durante al menos unas semanas más, frente al coste de millones de vidas. En otro tipo de sociedad, en una sociedad regida por las necesidades de la especie, las medidas de cuarentena tomadas a su debido tiempo podrían haber sido puntuales, localizadas y rápidamente superadas. Pero no es así en una sociedad como esta.
El coronavirus está expresando en toda su brutalidad las contradicciones de un sistema moribundo. De todas las que hemos intentado describir aquí, esta es la más esencial: la del capital frente a la vida. Si el capitalismo se está pudriendo por su incapacidad de enfrentar sus propias contradicciones, sólo nosotros como clase, como comunidad internacional, como especie, podemos acabar con él. No es una cuestión cultural, de conciencia, sino una pura necesidad material que nos empuja colectivamente a luchar por la vida, por nuestra vida en común, contra el capital.»
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Relacionado: Frente a la Sagrada Familia del capital, defendamos nuestra vida a través del antagonismo social  Grupo Barbaria (20 de marzo de 2020):

«¿Cuál sería una forma adecuada de preservarnos frente a este tipo de virus? Tratar de reducir drásticamente la producción social, acabar con estas megalópolis sin límite que son hoy las ciudades, un control de los consumos que satisfaga las necesidades humanas básicas, el fin de la escuela como instrumento de adoctrinamiento y disciplina social, el fin del sometimiento de las personas hacia las máquinas, la abolición de las empresas, etc. Estamos enumerando algunas de las medidas que establece el Programa revolucionario inmediato que desarrolló Bordiga en la reunión de Forlí de 1952, medidas a aplicar durante el proceso revolucionario para la transición hacia el comunismo integral. Son las que necesitaríamos aplicar como humanidad para afrontar no solo la crisis del coronavirus, sino más en general la catástrofe cada vez más brutal a la que nos empuja el agotamiento de la sociedad capitalista. Se trata en última instancia de medidas que detengan la movilidad social, es decir, la movilidad de los capitales y de las mercancías. Hace falta un plan en defensa de la especie: este plan, este programa en defensa de la especie, así como el movimiento real que tiende a imponerlo aboliendo el estado de cosas presente, es lo que llamamos comunismo. [...]

Vivimos en una sociedad atravesada por antagonismos sociales brutales, donde los intereses del capital y su maximización de beneficios se enfrentan con aquellos que vendemos nuestra fuerza de trabajo para sobrevivir, y que nos encontramos suspendidos en el aire si alguien no “compra” nuestra fuerza de trabajo, siempre reducidos a instrumentos del engranaje capitalista, de su máquina impersonal, cosificados en nuestras necesidades humanas. Entonces, sí, estamos hablando del antagonismo entre proletariado y capital. Es desde este antagonismo desde el que tenemos que defender nuestras necesidades humanas.»