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23 de agosto de 2026

El “tercer campo” revisitado: El internacionalismo proletario ante la guerra y la “liberación” nacional

Antithesi (Atenas, junio-agosto de 2026)
Traducción de Editorial Pensamiento y Batalla (Santiago de Chile, agosto de 2026)
 
Marie Louise Berneri, hija del anarquista-comunista internacionalista italiano Camilo Berneri y autora de "Ni Este ni Oeste", con un grupo de refugiados españoles, "tercercampistas" tod@s, en Chorley-Inglaterra, 1945

La siguiente discusión surgió de una serie de encuentros e intercambios mantenidos a lo largo del último año en torno a la historia y la relevancia actual del internacionalismo proletario. Lo que dotó a estos debates de una urgencia particular fue el inquietante resurgimiento del “campismo” en los medios radicales —y, cada vez más, en los no tan radicales—: la renovada tendencia a subordinar la crítica a los Estados, a la guerra y a la dominación capitalista al apoyo al “mal menor”, a un bando nacional basándose en la opresión real de la población a la que pretende representar, o a fuerzas identificadas con la “resistencia al imperialismo”. Desde Ucrania hasta Asia occidental y el sudeste asiático, la presión para elegir entre campos imperialistas o nacionales rivales se ha convertido, una vez más, en un problema político central.

Varias conversaciones mantenidas en París en la primavera de 2026 ayudaron a concretar estas inquietudes. Una de ellas se centró en la traducción en curso de los textos de Marie-Louise Berneri extraídos de “War Commentary for Anarchism and Freedom”, que se habían recopilado en Neither East Nor West[1]. Otra se centró sobre el recientemente fallecido Henri Simon —el comunista consejista centenario y antiguo miembro de “Socialisme ou Barbarie”— y su relación con Henry Chazé, una figura clave tanto en la “Union Communiste” como en la Fracción Francesa de la Izquierda Comunista Internacional.

Estos encuentros apuntaban, más allá de cualquier organización o tradición política concreta, hacia una historia más amplia del internacionalismo proletario, desarrollada tanto en las corrientes comunistas como en las anarquistas en oposición a la guerra capitalista y a las formas políticas a través de las cuales las y los proletarios han sido repetidamente subordinados: la colaboración de clases antifascista, la “liberación” nacional, las “guerras nacionales justas” y la alineación con un bando imperialista presentado como “antiimperialista”. Pero recuperar esta historia también plantea una cuestión más compleja que la simple reafirmación de una posición internacionalista, o del “tercer campo”: ¿por qué esta posición siguió siendo, en casi todos los casos a partir de 1920, una posición minoritaria dentro de la clase?

El problema no era solo la debilidad numérica. Los grupos que mantenían una postura internacionalista rara vez conectaban, excepto de forma breve y parcial, con los movimientos de masas de la clase a la que se dirigían. Eran pequeños, clandestinos, perseguidos, teóricamente sólidos y organizativamente frágiles. Escribían para una clase que, en la inmensa mayoría de los casos, marchaba en la dirección opuesta; bajo banderas nacionales, frentes antifascistas o ejércitos de liberación.

La oleada revolucionaria de 1917-1920 constituye la excepción evidente: el momento en el que se produjo efectivamente un cambio radical de postura a nivel de masas. Entre 1917 y 1920 —en Rusia, Alemania, Hungría, algunas partes de Italia y en los motines que sacudieron a los ejércitos de la Entente hacia el final de la guerra—, el rechazo internacionalista a la guerra se convirtió brevemente en una fuerza material. Los soldados fraternizaron a través de las trincheras y se negaron a luchar; las y los trabajadores se negaron a producir y formaron consejos. La fórmula de Lenin “transformar la guerra imperialista en guerra civil” no era solo una consigna; describía algo que realmente estaba ocurriendo, impulsado no principalmente por la organización bolchevique, sino por el agotamiento, la rabia y la radicalización política de millones de personas enviadas a morir por intereses que, a simple vista, no eran los suyos. Lo que hizo posible esa conexión no fue, principalmente, la correcta línea política. Fue el agotamiento material de años en las trincheras, combinado con una densidad organizativa preexistente en la clase trabajadora que podía reactivarse en una dirección diferente. Hacia 1921 o 1922, la oleada revolucionaria había sido derrotada en casi todas partes, y cuando llegó el siguiente gran ciclo de guerras, en las décadas de 1930 y 1940, la postura internacionalista volvió a quedar confinada en gran medida a pequeñas minorías. Por qué se produjo entonces esa conexión entre el cansancio de la guerra, la organización de clase y el internacionalismo revolucionario, y por qué no ha vuelto a producirse de la misma manera, es la cuestión más importante que plantea esta experiencia —y que queremos mantener abierta a lo largo de todo el debate—.

El punto de partida del internacionalismo proletario es el rechazo a la presión recurrente que se ejerce sobre las y los proletarios para que elijan entre bandos estatales; un rechazo basado en el reconocimiento de que la guerra no es una aberración del funcionamiento normal del capitalismo, sino su condensación: la competencia interestatal por los mercados, los territorios y la mano de obra, la reorganización de la producción a través de la destrucción y la imposición de una disciplina que los tiempos de paz no siempre pueden imponer. Esta presión no se manifiesta únicamente como patriotismo o nacionalismo supremacista. Adopta la forma de antifascismo, liberación nacional, defensa de la democracia, antiimperialismo, resistencia a la ocupación o apoyo al mal menor. En cada caso, se abandona la autonomía proletaria en nombre de una tarea política supuestamente más urgente.

Esta tendencia, a menudo llamada “tercer campo” proletario o “tercera opción”, rechazaba la lógica del “mal menor” entre las máquinas estatales. Un capitalismo más débil en conflicto con uno más fuerte sigue siendo capitalismo. Un Estado dominado o atacado no deja de organizar la explotación, disciplinar a la mano de obra, controlar a la población y unir a las clases bajo la forma de la nación. La nación es una de las formas políticas a través de las cuales se desplaza el antagonismo de clases: una sociedad dividida por la explotación se presenta como una comunidad común de ciudadanas y ciudadanos, unida por un interés compartido, un destino común y, en tiempos de guerra, un enemigo compartido. La derrota de un bloque imperialista se limita a alterar el equilibrio de fuerzas en el marco de la competencia global; no es ni una victoria de la clase trabajadora, ni un paso hacia su autoabolición. Ni siquiera constituye un desafío al imperialismo per se. Las máquinas de guerra democráticas, los movimientos de liberación nacional y los oponentes autoritarios o teocráticos de occidente exigen, en diferentes lenguajes, la misma renuncia: la suspensión de la lucha de clases autónoma en nombre de una necesidad política superior.

La claridad política de la corriente internacionalista no procedía del sectarismo, ni del aislamiento en sí misma. Procedía del hecho de que estas y estos militantes se vieron obligados, por la evolución reaccionaria del propio movimiento obrero, a romper con las formas a través de las cuales ese movimiento se estaba incorporando al Estado, a la nación y al esfuerzo bélico. Su claridad se forjó, por tanto, a través de sucesivas rupturas: con el socialpatriotismo en 1914, con el estalinismo, con la defensa de la URSS, con la colaboración de clases antifascista, con la liberación nacional entendida como modernización capitalista y construcción del Estado, y con cualquier idea de que la emancipación proletaria pudiera pasar por la victoria de un Estado o de un campo imperialista.

La condición minoritaria de los grupos internacionalistas explícitos no debe interpretarse como una ausencia de resistencia a la guerra. La movilización bélica nunca es puramente ideológica ni voluntaria. Requiere disciplina, coerción, miedo, propaganda, imposición legal y control policial de la población. La evasión del reclutamiento, la deserción, la desobediencia militar, la negativa a participar en la producción bélica, el agotamiento social, las huelgas y la hostilidad hacia el Estado pueden debilitar el esfuerzo bélico sin llegar a adoptar una postura internacionalista consciente y explícita. La cuestión política radica es cómo esas formas de rechazo pueden transformarse en una negación de clase de la guerra capitalista y de todos los Estados nacionales, en lugar de ser absorbidas por el pacifismo, el humanitarismo democrático, el nacionalismo o el campo rival.

Los textos recopilados en nuestra publicación[2] no deben leerse como una doctrina inmutable, sino como intentos situados de formular una respuesta de clase ante momentos en los que las y los proletarios se vieron empujados a participar en movilizaciones nacionales, antifascistas, democráticas o antiimperialistas. Cada caso aborda el mismo problema desde una perspectiva histórica diferente.

La primera formulación aparece con especial claridad en la respuesta anarquista japonesa a la invasión de Manchuria en 1931. La Federación Libertaria Japonesa escribió desde el interior del país imperialista agresor. Su primer objetivo fue el Estado japonés, su ejército, su clase capitalista y el discurso patriótico mediante el cual se justificaba la invasión. La patria, en este texto, no es una comunidad formada por las y los explotados y sus explotadores. Es la forma política mediante la cual se pide a las y los pobres que soporten el hambre, el frío y la muerte, mientras que la clase dominante obtiene beneficios y poder.

Lo que importa aquí es que la denuncia del imperialismo japonés no se transforme en apoyo al campo nacional opuesto. La Federación Libertaria Japonesa se pregunta quién se beneficiaría si la influencia japonesa desapareciera de China mediante una victoria del movimiento de liberación nacional. Su respuesta es: no las y los trabajadores y campesinos chinos como fuerza social autónoma, sino la burguesía china en ascenso y los capitales extranjeros que compiten con Japón. Esta fue una forma temprana del doble rechazo desarrollado de manera más nítida en los textos posteriores de nuestra publicación.

El texto hace referencia específicamente a la postura de Kropotkin en 1914; su apoyo a la Entente porque consideraba que el militarismo alemán representaba el mayor peligro. Las y los anarquistas japoneses consideraron esto un error fatal. En cuanto se considera que un imperialismo es lo suficientemente peor como para justificar el apoyo al otro, el internacionalismo ya se ha disuelto en la lógica de la guerra entre Estados. El problema radica en la aceptación de un marco en el que se pide a las y los proletarios que evalúen qué clase dominante debería derrotar a otra.

La Union Communiste desarrolló esta misma cuestión de un modo comunista más sistemático durante la guerra chino-japonesa de 1937. La experiencia española ya había establecido las bases: el Frente Popular había demostrado que el apoyo “crítico” a la burguesía democrática equivalía a reforzar el aparato que aplastó a las y los trabajadores de Barcelona en mayo de 1937 y eliminó a las fuerzas que no podían subordinarse a la línea nacional-democrática —el POUM y las corrientes anarquistas más radicales—. Su polémica contra Trotsky es fundamental. Trotsky sostenía que China, como país semicolonial atacado por Japón, libraba una guerra nacional progresista que las y los revolucionarios debían apoyar, manteniendo al mismo tiempo la independencia política respecto a Chiang Kai-shek.

La Union Communiste rechazó esta distinción entre apoyo militar e independencia política. La cuestión no era qué bando había sido atacado. La defensa nacional se organiza a través del Estado burgués, su ejército y su dirección política; por lo tanto, apoyarla significa reforzar el aparato mediante el cual se subordina a la clase trabajadora. En China, esto suponía reforzar el poder militar y burocrático del Kuomintang; la misma fuerza burguesa que había aplastado la revolución obrera de 1926-1927. Un aparato estatal construido en nombre de la guerra antiimperialista no se vuelve inocuo por el hecho de que el apoyo que se le brinda se califique de “crítico”. La disciplina de la guerra nacional transforma el “apoyo crítico” en una participación práctica en el esfuerzo nacional.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la misma cuestión resurgió bajo la forma del antifascismo y la defensa de la Unión Soviética. Esta alineación masiva fue la culminación del desarme político del proletariado durante el período de entreguerras, en el que la integración institucional de la clase obrera en el Estado democrático por parte de la socialdemocracia y la política estalinista de los Frentes Populares, que transformó la lucha de clases en una defensa antifascista de la democracia burguesa, ya había erosionado cualquier base para la autonomía de clase. Para la mayor parte de la izquierda, la guerra se planteó como una lucha entre el fascismo y la democracia, o como una guerra en la que había que defender a la URSS a pesar del estalinismo.

Para entonces, los grupos internacionalistas habían roto no solo con el estalinismo, sino también con la postura trotskista según la cual Rusia, como Estado obrero degenerado, debía defenderse frente al imperialismo; una lógica que, en última instancia, contribuyó a la subordinación de las masas proletarias de todo el mundo al campo imperialista Aliado. Las minorías internacionalistas de la Europa ocupada intentaron mantener otra postura. Los Revolutionären Kommunisten Deutschlands-RKD, el Groupe Révolutionnaire Prolétarien/Union des Communistes Internationalistes-GRP/UCI, las fracciones comunistas de izquierda y la red anarquista en torno a André Arru, que operaba desde Marsella y Toulouse, se oponían al nazismo y a la ocupación alemana, pero también al imperialismo Aliado, al estalinismo, a los frentes de resistencia nacional basados en la colaboración de clases y a la restauración del orden capitalista bajo el nombre de “Liberación”.

Estos grupos producían panfletos ilegales en alemán y francés, se dirigían a los soldados alemanes como proletarios uniformados en lugar de como meros instrumentos del Estado nazi, y llamaban a la fraternización, la deserción, el rechazo de la disciplina y la lucha contra todos los Estados. Intentaban romper la cohesión nacional impuesta por la guerra mediante la intervención política en las propias filas del ejército. Y, ciertamente, esto no suponía una negación de la realidad de la ocupación alemana ni del terror nazi; se trataba de negarse a traducir esa realidad en apoyo al campo Aliado, a la resistencia patriótica o al Estado soviético. Algunas y algunos militantes fueron detenidos, deportados o asesinados. Karl Fischer, del RKD, sobrevivió a la represión nazi, pero tras la guerra fue secuestrado por el aparato soviético y enviado al Gulag.

Esta tendencia tampoco estuvo ausente en el contexto griego. La corriente en torno a Aghis Stinas —a través de sus sucesivas formas organizativas durante la ocupación— mantuvo una postura internacionalista dentro de la Grecia ocupada, tanto frente al Eje como al campo Aliado, y en contra de la línea de unidad nacional del EAM/ELAS, a la que identificaba como una subordinación de la clase trabajadora al imperialismo Aliado. La posición internacionalista se mantuvo no solo en los centros metropolitanos de Europa occidental, sino también en un país sometido a condiciones de extrema represión, donde la presión en favor de la unidad nacional fue una de las más intensas que se podían encontrar en cualquier lugar[3].

En el contexto de Italia, las huelgas de marzo de 1943 en Turín, Milán y los centros industriales del norte demostraron que podía surgir una verdadera ruptura de la clase trabajadora en el seno del Estado agresor, impulsada por el hambre, el agotamiento y el odio hacia la disciplina fascista. Pero esta ruptura fue posteriormente absorbida por el marco de la liberación nacional antifascista, sobre todo a través del PCI y del CLN, la coalición interclasista de Liberación Nacional que unía a comunistas, demócratas cristianos e incluso monárquicos. Los textos de nuestra recopilación, escritos en torno a la coyuntura italiana por grupos de Gran Bretaña y de la Francia ocupada, sin que hubiera comunicación alguna entre ellos, reflejan esta situación de forma casi idéntica. Los textos de Berneri rechazan identificar los bombardeos aliados con la liberación y los yuxtapone con las huelgas obreras y el sabotaje en Italia para desenmascararlos como un medio de imponer el “orden” capitalista; los textos de la izquierda comunista atacan ese mismo proceso como una contrarrevolución preventiva encaminada a la restauración del orden capitalista a través del antifascismo y el nacionalismo. Lo que el marco de la liberación nacional suprimió fue la posibilidad de que la revuelta obrera contra el fascismo y la guerra pudiera haber excedido los límites de la reconstrucción estatal antifascista y se transformara en una guerra de clases.

En Francia, la “liberación” de París en 1944 planteó brevemente la cuestión de si estas minorías internacionalistas podrían conectar con un movimiento obrero más amplio. Militantes del GRP/UCI y del RKD participaron en el comité de huelga de Renault. Durante un corto momento, la expectativa de una nueva oleada revolucionaria no resultaba absurda. Pero esta ventana de oportunidad se cerró rápidamente. La influencia estalinista en los lugares de trabajo, el retorno del orden estatal y la estabilización que trajeron consigo los ejércitos aliados limitaron las posibilidades. Los grupos que habían mantenido una postura internacionalista a lo largo de años de represión carecían de las raíces o la envergadura necesarias para dar forma a la situación cuando se abrió brevemente esa oportunidad. La claridad teórica por sí sola no puede producir una fuerza más amplia; eso depende del nivel de organización de clase, de la desintegración de la disciplina militar, del debilitamiento de la legitimidad del Estado y de la posibilidad de conectar las resistencias aisladas en un movimiento común.

“War Commentary” en Gran Bretaña no operaba bajo la ocupación alemana, sino dentro de uno de los Estados imperialistas democráticos vencedores. El internacionalismo no se pone a prueba únicamente bajo una Dictadura o una ocupación; también se pone a prueba dentro de la democracia, cuando el Estado democrático exige disciplina laboral, censura, obediencia militar y silencio en nombre del esfuerzo bélico antifascista. Las y los anarquistas en torno a “War Commentary” sostenían que Gran Bretaña no luchaba por la libertad contra el fascismo. Se trataba de un Estado imperialista que defendía sus colonias, mercados, rutas comerciales y su posición global. La guerra antifascista era una guerra capitalista. La exigencia de que las y los trabajadores apoyaran el esfuerzo bélico suponía su incorporación a la disciplina del Estado.

Por eso eran importantes sus intentos de llegar a los soldados. “War Commentary” se dirigía a las tropas no como parte de una institución nacional supuestamente neutral, sino como una masa de trabajadores uniformados, sujetos a la disciplina, pero capaces de debatir, de mostrarse descontentos y de rebelarse. A través de la correspondencia de los soldados, el “Forces Newsletter” y las referencias a antiguos motines y consejos de soldados, la publicación pretendía abrir la comunicación dentro de las propias fuerzas armadas. El procesamiento judicial de sus responsables en 1945, acusados ​​de conspirar para provocar desafección en las fuerzas armadas, puso de manifiesto los límites de la tolerancia democrática justo cuando la guerra llegaba a su fin y la desmovilización amenazaba con convertir de nuevo a los soldados en una fuerza social volátil. El peligro no era una revuelta militar inminente, sino la posibilidad de que los soldados que retornaban —trabajadores de uniforme, a punto de reincorporarse a los lugares de trabajo, a las calles y a las luchas por la vivienda[4]— pudieran llevar consigo el descontento a la vida civil. El intento de “War Commentary” de dirigirse a ellos como proletarios pensantes, en lugar de como sujetos militares obedientes, tocó, por tanto, una verdadera línea de fractura en la transición de la guerra al orden de la posguerra.

La cuestión colonial, sin embargo, puso de manifiesto una limitación en este ámbito. El texto de Albert Meltzer de 1942 sobre la independencia nacional aún admitía que las luchas por la independencia nacional pudieran, en determinadas condiciones, adquirir un contenido progresivo. Esto apunta a una dificultad persistente: cómo oponerse al propio Estado imperial y apoyar las luchas de los pueblos colonizados sin respaldar políticamente a movimientos nacionalistas que, simplemente, no harán más que reproducir la dominación de clase bajo otra bandera.

En el contexto colonial propiamente dicho, el relato de Ngo Van sobre Vietnam en el período inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial reviste una gran importancia, ya que hace que esta dificultad resulte brutalmente concreta. Su perspectiva provenía de la experiencia directa del colonialismo francés, la ocupación japonesa, el colapso de la autoridad japonesa, la intervención británica, el regreso de los franceses y el auge del Viet Minh. En 1945, hubo un breve momento, durante el vacío de poder creado tras la retirada japonesa, en el que las y los trabajadores y campesinos pobres actuaron de forma independiente. En las minas de Hongay-Campha, las y los trabajadores tomaron el control de la producción y formaron consejos. En Saigón, comités independientes y las y los militantes internacionalistas de la oposición de izquierda plantearon reivindicaciones de armas, control obrero y tierra para las y los campesinos, y formaron comités populares. Estos movimientos fueron aplastados no solo por las fuerzas coloniales, sino también por el Viet Minh. El asesinato de militantes de la oposición de izquierda no fue un exceso accidental. Reflejaba la lógica de la liberación nacional como construcción del Estado: las fuerzas que no podían subordinarse a la nueva autoridad nacional debían ser eliminadas.

En un texto posterior de 1968, durante la guerra de Vietnam, Ngo Van no minimizó la violencia del imperialismo estadounidense, pero se negó a que esa violencia se convirtiera en una razón para apoyar al Estado de Ho Chi Minh. Su posición era que las y los trabajadores y campesinos vietnamitas no tenían nada que ganar ni con el capitalismo estadounidense ni con capitalismo de Estado de Vietnam del Norte. La liberación nacional se identificaba con un cambio de jefes. La administración colonial podía marcharse, pero la explotación se reorganizaba a manos de una burocracia nacional, el partido-Estado y la emergente clase dominante autóctona. Su visión resultó ser completamente correcta.

En Vietnam, el peligro de que el apoyo a una guerra nacional condujera al establecimiento de un régimen capitalista de Estado ya no era una anticipación teórica; se había convertido ya en una experiencia histórica. El movimiento nacional había demostrado que, para monopolizar el poder estatal, destruiría las iniciativas autónomas del proletariado y del campesinado. La crítica de Ngo Van a la liberación nacional no surgía, por tanto, de la indiferencia ante la dominación colonial, sino de la experiencia de una lucha en la que la guerra anticolonial se había transformado en la formación de un nuevo poder estatal contra las mismas fuerzas sociales a las que decía representar.

La guerra de Vietnam de la década de 1960 arroja una luz diferente sobre el análisis de las movilizaciones contra la guerra y la insubordinación de los soldados. El fracaso militar estadounidense no fue simplemente una derrota en el campo de batalla, sino el resultado de una insubordinación de clase generalizada. La resistencia dentro del ejército y de la sociedad civil —deserciones, prensa clandestina de los soldados, negativas a combatir, asesinatos de oficiales por parte de sus propios subordinados[5], rupturas de la disciplina y el agotamiento de una clase trabajadora reclutada— paralizó la capacidad del Estado estadounidense para continuar la guerra. Esta resistencia no se cristalizó en un movimiento internacionalista proletario; se mantuvo en gran medida pacifista, democrática y, en general, antiimperialista. Sin embargo, demuestra que los rechazos más amplios a la guerra pueden adquirir una importancia material incluso cuando el internacionalismo explícito del “tercer campo” sigue siendo minoritario. El problema es cómo se pueden clarificar y conectar esos rechazos sin que sean absorbidos por el pacifismo liberal, el apoyo al campo rival o un antiimperialismo que deja sin examinar el contenido de clase de las fuerzas opuestas.

En relación con esto, y en contraposición a las posturas acríticas sobre la liberación nacional que prevalecen hoy en día, el “Manifiesto de París” de 1976, redactado por comunistas árabes e israelíes y publicado en la revista “Khamsin”, desarrolla una crítica simultánea al sionismo, al Estado israelí, a los regímenes árabes, a las organizaciones nacionales palestinas y a las fuerzas imperialistas activas en la región. El Estado israelí se analiza como un Estado capitalista sionista basado en el desplazamiento masivo, la dominación militar y la violencia brutal contra la población palestina, así como en la incorporación de las y los trabajadores judíos a la defensa nacional y al proyecto sionista nacionalista y expansionista. Hoy en día, la trayectoria del militarismo que ellos criticaban ha escalado en un genocidio. Al mismo tiempo, las y los trabajadores judíos israelíes no se reducen a una mera extensión del Estado. El conflicto de clases, las huelgas salvajes, las jerarquías internas y el descontento social de aquella época seguían siendo una realidad dentro de la sociedad israelí y mantenían su relevancia política. La correlación de fuerzas de clase es diferente en la actualidad y las ideologías nacionalistas reaccionarias tienen mucho más peso, no solo en Israel, sino en toda la región y a nivel internacional.

La crítica del “Manifiesto” al nacionalismo palestino no es secundaria respecto a su crítica al sionismo. Rechaza tanto la estrategia orientada al Estado de la OLP como la alternativa negacionista que se oponía a cualquier compromiso en nombre de la liberación nacional total y la destrucción del Estado de Israel. Estas posiciones diferían tácticamente, pero compartían el mismo horizonte: la organización de las y los proletarios palestinos como pueblo nacional representado por liderazgos políticos y militares. La emancipación no puede equipararse a la construcción de un Estado, a la victoria de un ejército nacional ni al reconocimiento diplomático de una dirección nacional. La posición de las y los camaradas era clara: un Estado palestino podría eliminar una coartada del nacionalismo árabe y poner a las y los trabajadores palestinos cara a cara con su propia clase dominante; pero no constituiría su emancipación.

La paz entre Estados, o entre actores estatales y cuasiestatales, no es lo opuesto a la guerra. Es una nueva organización de la misma realidad: fronteras, acuerdos de seguridad, medidas policiales, reconocimiento diplomático, gestión de la población, reconstrucción y nuevas formas de incorporación a las economías nacionales. En este sentido, la paz prolonga el contenido de clase de la guerra por otros medios. No elimina las fuerzas que organizaron el conflicto; puede estabilizar su relación y redistribuir sus roles.

Esta dinámica se aplica al presente sin anacronismos. Los acuerdos temporales, los altos al fuego, los intercambios de prisioneros o rehenes, los mecanismos de reconstrucción y las garantías de seguridad pueden resultar aceptables para actores como Hamás, Irán, Catar, Israel y Estados Unidos, cada uno por sus propias razones y dentro de su propia estrategia. Pero tales acuerdos no pueden equipararse a los intereses de las y los proletarios palestinos. Regulan las condiciones bajo las cuales las y los palestinos siguen siendo gobernados, vigilados, desplazados, contenidos, empleados, desempleados, dependientes de la ayuda, o incluso asesinados en masa.

El último texto de nuestra compilación, el de Arya Zahedi sobre Irán, traslada al presente la crítica al “campismo” antiimperialista. El conflicto del Estado iraní con Estados Unidos, Israel u occidente vuelve a ser considerado por estos “antiimperialistas” como motivo suficiente para pasar por alto su carácter de clase, su brutal represión de las luchas de clase y sociales, y su papel en la dominación capitalista en Asia occidental. La República Islámica utiliza el conflicto externo para imponer violentamente la disciplina interna: para reprimir huelgas, aplastar el movimiento de mujeres, imponer medidas de austeridad, vigilar la moral, reprimir a las minorías y presentar la lucha social como traición en un momento de emergencia nacional. Esto no es exclusivo de Irán. Todos los Estados utilizan el peligro externo para demandar la unidad interna. Lo que resulta específico hoy en día es que sectores de la izquierda internacional aceptan esta lógica cuando el Estado en cuestión confronta a Estados Unidos, Israel u occidente —mientras el esfuerzo bélico del Estado se rebautiza como “resistencia”— sin el pretexto del carácter socialista del Estado, ni una “tercera vía” hacia el socialismo, como ocurría en el pasado.

El resultado es previsible: las y los trabajadores, mujeres, migrantes, minorías y presos que luchan contra el régimen desaparecen de la vista cuando caen las bombas. El esfuerzo bélico del Estado se rebautiza como “resistencia”; aquellas y aquellos a quienes explota y reprime pasan a un plano secundario. El conflicto con un imperialismo más fuerte no convierte a un Estado en un agente de emancipación. Simplemente hace que el Estado sea más efectivo a nivel interno, ya que la disidencia puede criminalizarse como traición.

Este problema se extiende más allá de la vieja izquierda: el estalinismo, la socialdemocracia, el antifascismo patriótico o el “campismo” antiimperialista clásico. Afecta a corrientes que se presentan como una crítica radical del marxismo tradicional. No obstante, estas corrientes no deben equipararse entre sí. La teoría de la comunización, la crítica del valor, el marxismo influido por Postone, la herencia de la Escuela de Fráncfort y la política antialemana tienen historias diferentes y a menudo conducen a conclusiones políticas opuestas. Sin embargo, algunas versiones de estas corrientes comparten una tendencia común: el proletariado aparece tan completamente integrado en el capital que ya no puede concebirse como el sujeto contradictorio de la transformación comunista.

El enfoque de Théorie Communiste[6] es más sutil. TC no se limita a reproducir una teoría de la subsunción total del proletariado en el capital. Pero, asimismo, rechaza situar la superación comunista en la posible constitución de la clase trabajadora como clase para sí: cualquier autonomía positiva o autoafirmación del proletariado sigue siendo, para TC, una afirmación de uno de los polos de la relación del capital y, por lo tanto, un límite que hay que superar. El problema es que, una vez que la actividad de clase autónoma queda reducida a tal límite, el tránsito más allá de la relación del capital ya no puede surgir a través del desarrollo y la generalización de esa misma actividad. En su lugar, se sitúa estructuralmente en la transformación de la relación de clase: en la creciente superfluidad del trabajo para la valorización y en la brecha cada vez mayor entre la reproducción de las y los proletarios y la valorización de su fuerza de trabajo. La abolición del proletariado tiende así a aparecer menos como el posible resultado de su actividad propia contradictoria que como el resultado de una contradicción producida por el propio capital, que acaba convirtiendo la pertenencia de clase en una restricción externa que es luego abolida por las medidas comunizadoras de una población cuya afirmación como clase se ha vuelto imposible.

Nuestra crítica a estas posturas no consiste en replegarse a un culto nostálgico y obrerista al trabajo y a la fábrica. El horizonte comunista no es la autoafirmación del proletariado como clase dentro del capitalismo, sino la abolición del capital como relación social y, por lo tanto, del proletariado como tal. El problema surge cuando la necesaria crítica a la autoafirmación proletaria se convierte en una negación teórica de la capacidad de la clase para transformarse a sí misma a través de sus propias luchas. Si se entiende al proletariado únicamente como algo plenamente subsumido en el capital, integrado en una “sociedad totalmente administrada” o incluso como nada más que un polo de la relación capitalista, entonces la posibilidad de ruptura tiende a desplazarse a otra parte. A veces se transfiere a las poblaciones excedentarias, a las y los migrantes, a los sujetos racializados, a las y los absolutamente excluidos o a una figura indefinida de resistencia como las y los “bárbaros”. A veces se transfiere a los movimientos de liberación nacional cuyo contenido de clase permanece sin examinar. En otros casos, especialmente en ciertos entornos antialemanes, el desplazamiento se mueve en la dirección opuesta: hacia la defensa de un Estado existente, es decir, Israel, como supuesta barrera contra la barbarie antisemita.

La trayectoria antialemana es un caso en el que la idea inicial ya contenía los gérmenes de su desarrollo posterior. Es cierto que en algunos sectores de la izquierda alemana había existido una tendencia a tratar el antisemitismo y el Holocausto como si el mero hecho de mencionar el fascismo, el capitalismo o el imperialismo en general bastara ya para captar su forma histórica determinada. Pero las y los antialemanes respondieron a esto separando esa forma histórica de la relación de clase, del Estado capitalista y de la historia material de la violencia imperialista. El resultado no fue una explicación dialéctica del antisemitismo como un momento específico dentro de la totalidad capitalista, sino la elevación de esta particularidad a la categoría de excepción política. El antisemitismo no es simplemente un racismo entre otros, ni el Holocausto es simplemente una masacre de Estado entre otras; pero ninguno de los dos puede entenderse como una singularidad no derivada, separada de la totalidad social capitalista que produjo el Estado moderno, la racialización, la competencia imperial y el nacionalismo exterminador. El error antialemán no fue, por tanto, solo el apoyo posterior a Israel, a Estados Unidos o a la OTAN. Ya estaba presente en la propia forma de la corrección: en lugar de derivar la particularidad a partir de la totalidad, terminaron contraponiendo cada vez más la particularidad a la totalidad.

A partir de ahí, se despojó a Israel de su realidad como Estado capitalista con sus propias relaciones de clase, su violencia nacionalista y su función geopolítica, y se le elevó a la condición de portador privilegiado de la memoria histórica y la razón antifascista. La defensa de Israel derivó sin fisuras en una apología del poder de EE. UU. y la OTAN, reformulada como la defensa de la civilización frente a la barbarie antisemita. No se trata de una desviación menor respecto a la crítica original. Es su reductio ad absurdum: la teoría crítica de la integración total, llevada a sus últimas consecuencias, que genera un apoyo acrítico al poder existente. Esa trayectoria merece ser señalada y descrita precisamente porque muestra hasta qué punto el desplazamiento de la emancipación fuera de las relaciones de clase puede invertir la intención política original.

Las consecuencias políticas de la concepción de TC se hacen más evidentes en su intercambio con Minassian[7] sobre Gaza[8]. En su análisis de Gaza, TC reconoce acertadamente la fragmentación del proletariado palestino y su producción como una “población excedente”. El problema radica en lo que entiende por actividad de clase autónoma. Para TC, la autoorganización proletaria sigue siendo una afirmación de la clase dentro de la relación del capital y, por lo tanto, un límite que hay que superar. Dado que la autoorganización implica que la clase actúa estrictamente como tal, ésta puede adoptar en sí misma formas nacionales u otras modalidades de incorporación. La distinción entre autoorganización y autonomía de clase queda así difuminada. La autonomía ya no designa una tendencia dentro de la lucha a través de la cual las y los proletarios entran en conflicto con las formas que los organizan como clase del capital, sino que se considera como la búsqueda de una actividad de clase supuestamente pura, separada de esas determinaciones. De ahí la acusación de “pureza conceptual” contra los intentos de identificar tendencias autónomas dentro de las luchas de la población palestina. El resultado es paradójico: dado que la autoorganización nacionalista puede aceptarse como la forma real de la lucha proletaria, mientras que distinguir los antagonismos que la atraviesan se considera sospechoso de imponer una pureza abstracta, las “banderas disponibles” de los protoestados nacionales o religiosos tienden a convertirse en las formas de lucha prácticamente ineludibles. Lo que, por lo tanto, queda privado de significado político independiente son, precisamente, las luchas reales y las fricciones materiales dirigidas contra Hamás como burocracia gobernante.

Esto tiene consecuencias que van más allá del propio análisis de TC. Converge políticamente con una izquierda “antiimperialista” más amplia que vigila con agresividad esta frontera nacional, desacreditando de forma preventiva la mera posibilidad de una solidaridad más allá de las fronteras nacionales —o cualquier intento de enmarcar el conflicto en términos de clase en lugar de nacionales— como expresión de una “mentalidad colonialista” o de un “sionismo liberal”. En última instancia, este enfoque trata el aparato capitalista de la liberación nacional como un límite insuperable de la lucha, cediendo la posición internacionalista a la lógica del mal menor.

El apoyo a la resistencia nacional palestina y el apoyo al Estado israelí son, obviamente, resultados políticos distintos. Sin embargo, subyacente a estas diferencias políticas evidentes, se esconde un desplazamiento teórico familiar: la emancipación ya no se sitúa en las luchas contradictorias del proletariado contra su propia constitución capitalista. En su lugar, la actividad transformadora tiende a buscarse ya sea en las determinaciones bajo las cuales la clase se organiza actualmente, en otras figuras privilegiadas de la negatividad o totalmente fuera de la autoactividad proletaria; en la nación oprimida, el sujeto excluido, la identidad victimizada, la negatividad abstracta o un Estado que afirma defender la civilización frente a la barbarie.

Nuestro punto de partida es diferente. No requiere una creencia ingenua en un sujeto revolucionario ya constituido. El proletariado no es revolucionario porque sea puro, ajeno al capital, o ya consciente de su tarea. Es importante porque es producido por el capital, disciplinado por el capital y, sin embargo, capaz, en la lucha, de interrumpir la reproducción de la relación que lo constituye. El problema no puede resolverse permitiendo que la integración del proletariado en el capital agote el significado político de sus luchas. No se trata de sustituir al viejo sujeto-trabajador afirmativo por otra figura purificada de negatividad —el llamado “abyecto”, las poblaciones excedentarias o un mecanismo estructural que se supone que produce la ruptura por sí mismo—, sino de trabajar a través de los rechazos contradictorios que emergen dentro de las propias relaciones sociales capitalistas.

Esto nos lleva de nuevo a Vietnam. La historia de la Guerra de Vietnam es importante no porque ofrezca un modelo replicable, sino porque mapea el terreno en el que debe operar la intervención internacionalista. El rechazo a la guerra casi siempre comienza de forma confusa, parcial y sin un programa definido. Sin embargo, es precisamente este espacio de resistencia espontánea el que proporciona la base material para una ruptura internacionalista proletaria con la maquinaria bélica nacional.

Además, esto nos devuelve a la pregunta con la que empezamos: ¿por qué esa resistencia espontánea rara vez se ha cristalizado en una ruptura de masas comparable a la que tuvo lugar entre 1917 y 1920? Para responder a ello, debemos mirar más allá de la derrota ideológica. La ausencia de una oleada internacionalista comparable en las décadas posteriores fue el resultado de un profundo cambio estructural. La “densidad organizativa” material que permitió los motines, la fraternización y el surgimiento de la forma consejo fue desmantelada sistemáticamente. Por un lado, las formas autónomas de organización de clase fueron aplastadas físicamente o integradas institucionalmente en el aparato estatal a través de la burocratización sindical, la socialdemocracia y el estalinismo. Por otro lado, la propia composición de la clase se ha transformado radicalmente: las sucesivas oleadas de reestructuración capitalista, desindustrialización y fragmentación de las comunidades obreras compactas han disuelto la antigua base material de la acción colectiva. Por lo tanto, el problema hoy no consiste simplemente en revivir los modelos organizativos de 1917, sino en cómo el rechazo contemporáneo a la guerra puede adquirir un contenido de clase y convertirse en una fuerza material dentro de la realidad estructuralmente fragmentada del proletariado actual.

El rearme europeo plantea este problema con urgencia en la actualidad. Los gobiernos hablan el lenguaje de la preparación y defensa nacional, pero la disposición de luchar no es algo de lo que el Estado disponga por sí mismo. Debe generarse mediante el miedo, la disciplina, la propaganda, las fronteras, las leyes de reclutamiento y el castigo. La voluntad política de luchar —en el sentido de una identificación voluntaria y masiva con los proyectos militares nacionales— es notablemente débil en toda Europa hoy. Ucrania es el indicador más claro de ello: el reclutamiento forzoso, la evasión generalizada del servicio militar y la fricción social interna generada por el coste de la guerra contradicen por completo el mito de una población uniformemente unida tras la bandera. Esto no significa que las y los trabajadores y soldados ucranianos hayan adoptado una posición proletaria internacionalista, al menos no en un sentido organizado. Sin embargo, la brecha entre lo que el Estado necesita y lo que la gente está dispuesta a soportar es una fractura real; el tipo de fractura en la que tenemos que trabajar.

En última instancia, la historia que estamos analizando nos lleva a un problema práctico más que a una conclusión cerrada: ¿bajo qué condiciones puede la posición internacionalista intervenir en las fracturas reales de la movilización bélica y ayudar a convertirlas en una ruptura de clase con el Estado, la nación y la organización capitalista de la vida? Estas fracturas no son inmediatamente revolucionarias y pueden ser absorbidas por el pacifismo o el “campismo”; una tendencia visible, por ejemplo, en el significado político controvertido de las movilizaciones de las y los trabajadores portuarios contra los envíos de armas. Pero sin ellas, el “tercer campo” sigue siendo una fórmula abstracta.

Antithesi, 21 de junio-11 de agosto de 2026

Notas 

[1] Berneri, Marie Louise (1952) Neither East Nor West: Selected Writings. London: Freedom Press. Estamos especialmente agradecidos a nuestras compañeras y compañeros de París por las conversaciones que ayudaron a poner en marcha este proyecto: por introducir los escritos de Berneri en nuestros debates y por llamar nuestra atención sobre la relación entre Henry Chazé y Henri Simon. Agradecemos especialmente el trabajo que se está realizando sobre su correspondencia, que despertó nuestra curiosidad y nos animó a explorar estas conexiones más a fondo.

[2] Se refieren al libro que editó el grupo recientemente en la región griega; 100 χρόνια ενάντια σε κάθε στρατόπεδο: Προλεταριακός διεθνισμός, πόλεμος και επανάσταση [100 años contra todos los campos: internacionalismo proletario, guerra y revolución], en donde reúnen textos que fueron escritos en contextos de guerra, ocupación, dominio colonial y represión, por anarquistas antimilitaristas, comunistas de izquierda y de consejos, internacionalistas de la Europa ocupada y combatientes de las colonias, quienes coinciden en una postura común: la emancipación del proletariado no pasa por la victoria de ninguna patria, ningún gobierno, ninguna burguesía nacional o “antiimperialista”. [N. del E.]

[3] Sin embargo, esta corriente política no debe analizarse aislada del contexto social más amplio de la Grecia ocupada. Las primeras oleadas de huelgas, manifestaciones y acciones colectivas en Atenas no surgieron de un aparato del EAM ya consolidado. Al comienzo de la ocupación, el mecanismo organizativo del Partido Comunista había quedado gravemente destrozado por la Dictadura, los encarcelamientos, el exilio y la infiltración policial. Muchas de las primeras luchas emergieron, en cambio, de las presiones materiales inmediatas del hambre, el colapso de los salarios, los comedores populares, los trabajos forzados, las condiciones hospitalarias y la cuestión de la supervivencia física. En numerosos casos, los obreros, empleados, inválidos del frente albanés, enfermos de tuberculosis y los comités locales se movilizaron antes o incluso en contra de las vacilaciones iniciales de la dirección del EAM/EEAM, que, no obstante, terminó apoyando, coordinando y absorbiendo políticamente estas iniciativas. Por lo tanto, el punto no consiste en oponer una espontaneidad pura a la organización. Más bien, el caso griego muestra cómo se forjó la hegemonía del EAM a través de un proceso de intervención en las luchas que inicialmente la precedieron. Lo que más tarde se presentó como un movimiento unificado de liberación nacional contenía en su seno una historia más desigual de autoactividad social: iniciativas en los lugares de trabajo, comités hospitalarios, protestas por el hambre y huelgas que surgieron de la reproducción concreta de la vida de la clase trabajadora bajo la ocupación. La crítica internacionalista de Stinas adquiere parte de su importancia en este contexto. Insistía en que estas rupturas sociales no debían subordinarse a la reconstrucción de un frente nacional, ya fuera bajo los auspicios de los Aliados o bajo el liderazgo político del EAM.

[4] En el verano y el otoño de 1946, en medio de una grave escasez de viviendas, la desmovilización y la austeridad de la posguerra, decenas de miles de personas —muchas de ellas ex combatientes y sus familias— ocuparon campamentos militares vacíos y, más tarde, hoteles y departamentos por toda Gran Bretaña. El movimiento no supuso un desafío revolucionario al Estado, pero muestra cómo el retorno de los soldados a la vida civil podía convertirse en una fuente de fricción social y de acción directa en la transición de la guerra al orden de la posguerra.

[5] En el texto original en inglés se utiliza la palabra fragging, que hace referencia a las granadas de fragmentación (frag grenades) que utilizaban normalmente los soldados estadounidenses para asesinar a sus superiores, simulando accidentes de combate. [N. del E.]

[6] Uno de los principales grupos/revista francófonos de la corriente comunizadora: https://www.theoriecommuniste.org/ [N. del E.]

[7]  En la región chilena fueron traducidas dos entrevistas y coeditadas en un libro por Mapas y Huellas, Pensamiento & Batalla y la Biblioteca Autónoma Laín Díez en 2025 bajo el título: Antagonismos actuales: división y composición de clases en Gaza. Dos conversaciones con Emilio Minassian. [N. del E.]

[8] Ver “Gaza 2024”, en “Theorie Communiste” N° 28, P. 101-138: https://www.theoriecommuniste.org/IMG/pdf/tc28final-a5.pdf [N. del E.] 

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2 de noviembre de 2019

Revueltas en Chile y Catalunya. Crítica al Nacionalismo - Temperamento Radio N° 40

Programa 40 de Temperamento Radio - ESPECIAL TESTIMONIOS Y REFLEXIONES DESDE CHILE y CATALUNYA - CRÍTICA AL NACIONALISMO - Escuchar AQUÍ


Grabado el 1 de Noviembre del 2019

-Audio: Niñas contra el toque de queda
-¿Neoliberalismo?
-Testimonios desde el Desierto de Atacama:
Compañeros de El Sol Ácrata desde Calama y Antofagasta
-Audio: ¡Por nuestrxs caidxs!
-Datos de la represión
-Testimonios desde el Sur:
Compañero argentino desde Punta Arenas
Compañero de Radio Kurruf desde Temuco
-Audio: Efecto Psicoterapéutico
-Recomendamos: Asambleas territoriales en tiempo de revueltas
Desde Villa Olímpica – Santiago de Chile
-Disturbios en Catalunya y la trampa del nacionalismo.
-Grupo Barbaria desde la región española

Nos acompañan: Ground Zero - Illapu – Asamblea Internacional del Fuego – Accidente – Los Planetas - Décima Víctima

13 de agosto de 2019

SOBRE LA REVOLUCIÓN EN LOS PAÍSES SUBDESARROLLADOS - IS

CONTRIBUCIONES  PARA  RECTIFICAR  LA  OPINIÓN PUBLICA  ACERCA  DE  LA  REVOLUCIÓN  
EN  LOS PAÍSES  SUBDESARROLLADOS

Internacional Situacionista nro. 12 (octubre 1967)

"Capitalismo de Estado Totalitario con características Chinas" desde tiempos del "presidente Mao" hasta hoy día

1
El  papel  eminentemente  revolucionario  de  la  burguesía  consiste  en  haber  introducido,  de forma  decisiva  e  irreversible,  la  economía  en  la  historia.  Dueña  fiel  de  esta  economía,  lo es  también  desde  su  aparición  de  forma  efectiva  -aunque  a  veces  inconsciente-  de  la “historia  universal”.  Ésta  ha  dejado  de  ser  por  primera  vez  un  fantasma  metafísico  o  un acto  de  Weltgeist  para  convertirse  en  un  hecho  material,  tan  concreto  coma  la  existencia trivial  de  cada  individuo.  Desde  el  advenimiento  de  la  producción  mercantil  nada  escapa  en  el  mundo  al  desarrollo  implacable  de  este  nuevo  fatum,  la  invisible  racionalidad económica:  la  lógica  de  la  mercancía.  Esencialmente  totalitaria  e  imperialista,  exige  por campo  de  acción  el  planeta  y  por  servidores  a  la  totalidad  de  los  hombres.  Allí  donde está  la  mercancía  no  hay  más  que  esclavos.
2
A  la  coherencia  opresiva  de  una  clase  particular  para  mantener  a  la  humanidad  en  la  pre-historia,  el  movimiento  revolucionario  -producto  directo e  involuntario  de  la  dominación  capitalista  burguesa-  ha  opuesto  desde  hace  un  siglo  un  proyecto  de  coherencia liberadora  obra  de  todos  y  cada  uno:  la  intervención  libre  y  consciente  en  la  creación  de  la  Historia,  la  abolición  real  de  toda  división  en  clases  y  la  supresión  de  la  Economía.
3
Allí  donde  ha  penetrado  -es  decir,  en  casi  todas  las  partes  del  mundo-,  el  virus  de  la  mercancía  trastorna  las  formaciones  socioeconórnicas  mas  esclerotizadas  y  permite  a  millones  de  seres  humanos  descubrir  en  la  miseria  y  en  la  violencia  el  tiempo  histórico  de  la economía.  Allí  donde  penetra  esparce  su  principio  destructor,  disuelve  los  vestigios  del pasado  y  exacerba  los  antagonismos.  En  pocas  palabras,  acelera  la  revolución  social. Todas  las  murallas  chinas  se  derrumban  a  su  paso,  y  apenas  se  instala  en  la  India  todo se  disuelve  a  su  alrededor  y  estallan  revoluciones  agrarias  en  Bombay,  en  Bengala  y  en Madrás:  las  zonas  pre capitalistas  del  mundo  acceden  a  la  modernidad  burguesa,  pero  sin la  base  material  de  esta.  Como  en  el  caso  de  su  proletariado,  también  allí  las  fuerzas  que la  burguesía  ha  contribuido  a  liberar  y  a  crear  se  vuelven  contra  ella  y  contra  sus  servidores  autóctonos:  la  revolución  de  los  subdesarrollados  se  convierte  en  uno  de  los  principios  capitales  de  la  historia  moderna.
4
El  problema  de  la  revolución  en  los  países  subdesarrollados  se  plantea  de  forma  específica  debido  al  propio  desarrollo  de  la  historia.  El  retraso  económico  general,  mantenido por  la  dominación  colonial  y  las  capas  que  la  apoyan,  y  el  subdesarrollo  de  las  fuerzas productivas  han  impedido  en  estos  países  el  desarrollo  de  las  formaciones  socioeconómicas  que  debían  ejecutar  inmediatamente  la  teoría  revolucionaria  elaborada  desde  hace más  de  un  siglo  a  partir  de  las  sociedades  capitalistas  avanzadas.  En  el  momento en  que entran  en  lucha  estos  países  desconocen  la  gran  industria,  y  la clase obrera está  lejos  de ser en  ellos  una  clase  mayoritaria.  Es  el  campesinado  pobre  el  que  asume  esta  función.
5
Los  diferentes  movimientos  de  liberación  nacional  han  aparecido  mucho  después  de  la derrota  del  movimiento  obrero,  consecuencia  del  fracaso  de  la  revolución  rusa,  convertida  desde  su  advenimiento  en  contrarrevolución  al  servicio  de  una  burocracia  supuestamente  comunista.  Han  sufrido  por  tanto,  sea  conscientemente  o  en  una  falsa  conciencia,  todas  las  taras  y  debilidades  de  esta  contrarrevolución  generalizada,  y  con  el  lastre añadido  del  atraso  general  no  han  podido  superar  ninguno  de  los  límites  impuestos  al movimiento  revolucionario  vencido.  Y  debido  precisamente  a  la  derrota  de  éste  los  países  colonizados  o  semicolonizados  han  tenido  que  combatir  solos  el  imperialismo.  Pero al  combatirlo  únicamente  en  una  parte  del  terreno  revolucionario  total  no  han  podido disiparlo  más  que  parcialmente.  Los  regímenes  de  opresión  que  se  han  instalado  allí donde  la  revolución  de  liberación  nacional  ha  creído  triunfar  no  son  más  que  una  de  las formas  bajo  las  que  se  opera  el  retorno  de  lo  reprimido.
6
Cualesquiera  que  sean  las  fuerzas  que  han  participado  en  ellos  o  el  radicalismo  de  sus directivas,  los  movimientos  nacionalistas  siempre  han  desembocado  en  el  ascenso  de  las sociedades  excolonizadas  a  formas  modernas  de  Estado  y  a  pretensiones  de modernidad en  la  economía.  En  China,  imago  pater  de  los  revolucionarios  subdesarrollados,  la  lucha de  los  campesinos  contra  el  imperialismo  americano,  europeo  o  japonés  acabó,  a  1a  vista del  fracaso  del  movimiento  obrero  de  los  años  1925-1927,  por  llevar al  poder  a  una burocracia  basada  en  el  modelo  ruso.  El  dogmatismo  estalino-leninista  en  el  que  baña  su ideología  -recientemente  reducido  al  catecismo  rojo  de  Mao-  no  es  otra  cosa  que  la  mentira  o,  en  todo  case,  la  falsa  conciencia  que  acompaña  su  práctica contrarrevolucionaria.
7
El  fanonismo  y  el  castro-guevarismo  son  la  falsa  conciencia  a  través  de  la  cual  el  campesinado  cumple  la  inmensa  tarea  de  librar  a  la  sociedad  pre capitalista  de  secuelas  semi-feudales  y  coloniales  para  restituir  la  dignidad  nacional  pisoteada  por  los  colonos  y  las clases  dominantes  retrogradas.  Benbellismo,  nasserismo,  titismo  o  rnaoismo  son  ideologías  que  anuncian  el  fin  de  estos  movimientos  en  su  apropiación  privativa  por  las  capas urbanas  pequeño-burguesas  o  militares:  la  recomposición  de  la  sociedad  de  la  explotación,  pero  con  nuevos  dueños  y  sobre  la base  de  nuevas  estructuras  socioeconómicas. Allí  donde  el  campesinado  ha  luchado  victoriosamente  y  ha  llevado  al  poder  a  las  capas que  han  encuadrado  y  dirigido  su  lucha,  él  ha  sido  el  primero  en  sufrir  su  violencia  y  en pagar  los  enormes  gastos  de  su  dominación.  La  burocracia  moderna,  como  la  más  antigua  (en  China  por  ejemplo),  edifica  su  poder  y  su  prosperidad  sobre  la  explotación  de los  campesinos:  la  ideología  no  cambia  la  cuestión.  En  China  o  en  Cuba,  en  Egipto  o  en  Argelia,  juega  en  todas  partes  el  mismo  papel  y  asume  las  mismas  funciones.
8
En  el  proceso  de  acumulación  de  capital,  la  burocracia  es  la  realización  de  aquello  que en  la  burguesía  era  únicamente  concepto.  Lo  que  la  burguesía  hizo  durante  siglos  “con sangre  y  sudor”,  La  burocracia  quiere  realizarlo  conscientemente  en  unos  decenios.  Sólo que  la  burocracia  no  puede  acumular  capital  sin  acumular  mentiras:  se  ha  bautizado siniestramente  como  “acumulación  socialista  primitiva”  lo  que  constituye  el  pecado  original  de  la  riqueza  capitalista.  Todo  lo  que  las  burocracias  subdesarrolladas  dicen,  se representan  e  imaginan  que  es  el  socialismo  no  es  otra  cosa  que  el  neo mercantilismo acabado.  “El  Estado  burgués  sin  burguesía”  (Lenin)  no  puede  superar  las  tareas  históricas  de  la  burguesía,  y  el  país  industrial  más  desarrollado  muestra  al  menos  desarrollado la  imagen  de  su  desarrollo  futuro.  La  burocracia  bolchevique  en  el  poder  no  encontró nada  mejor  que  proponer  al  proletariado  revolucionario  ruso  que  “matricularse  en  la escuela  del  capitalismo  de  Estado  alemán”.  Todos  estos  poderes  que  se  llaman  a  sí  mismos  socialistas  son  en  todo  caso  una  imitación  subdesarrollada  de  la  burocracia  que dominó  y  venció  al  movimiento  revolucionario  europeo.  Lo  que  haga  o  deba  hacer  la burocracia  no  emancipará  a  la  masa  trabajadora  ni  mejorará  sustancialmente  su  condición  social,  puesto  que  eso  depende  no  solo  de  las  fuerzas  productivas  sine  de  su  apropiación  por  los  productores.  Lo  que  no  dejará  de  hacer  es  crear  las  condiciones  materiales  para  realizar  ambas. ¿Hizo  alguna  vez  menos  la  burguesía?
9
En  las  revoluciones  burocrático-campesinas  solo  la  burocracia  aspira  consciente  y  lucidamente  al  poder.  La  toma  del  poder  corresponde  al  momento  histórico  en  que  la  burocracia  se  apodera  del  Estado  y  declara  su  independencia  ante  las  masas  revolucionarias, antes  de  la  eliminación  de  las  secuelas  coloniales  y  de  ser  efectivamente  independientes del  extranjero.  Al  entrar  en  el  Estado,  la  nueva  clase  se  refugia  en  la  heteronomía  militante  contra  toda  autonomía  de  las  masas.  Única  propietaria  de  toda  la  sociedad,  se declara  representante  de  sus  intereses  superiores.  El  Estado  burocrático  es  en  este  case el  Estado  hegeliano  realizado.  Su  separación  de  la  sociedad  consagra  al  mismo  tiempo la  separación  de  clases  antagónicas:  la  unión  momentánea  de  la  burocracia  y  el  campesinado  no  es  más  que  la  ilusión  fantástica  a  través  de  la  que  ambos  cumplen  las  inmensas  tareas  históricas  de  la  burguesía  desfalleciente.  El  poder  burocrático  edificado  sobre las  ruinas  de  la  sociedad  colonial  pre capitalista  no  es  la  abolición  de  los  antagonismos de  clase;  no  hace  más  que  sustituir  las  antiguas  por  nuevas  clases,  nuevas  condiciones de  opresión  y  nuevas  formas  de  lucha.
10
No  es  subdesarrollado  más  que  el  que  reconoce  el  valor  positive  del  poder  de  sus  amos. La  carrera  por  alcanzar  la  reificación  capitalista  sigue  siendo  la  mejor  vía  hada  el  subdesarrollo  reforzado.  La  cuestión  del  desarrollo  económico  es  inseparable  de  la  cuestión del  verdadero  propietario  de  la  economía,  del  dueño  real  de  la  fuerza  de  trabajo;  todo  lo demás  es  cháchara  de  especialistas.
11
 Hasta  hoy  las  revoluciones  de  los  países  subdesarrollados  no  han  hecho  más  que  tratar de  imitar  el  bolchevismo  de  formas  diferentes;  se  trata  en  lo  sucesivo  de  disolverlo  en  el  Poder  de  los  Soviets.
Mustapha KHAYATI

24 de febrero de 2015

¿Kurdistán? - Gilles Dauvé

¿Kurdistán?
















  
«Hay períodos en los que uno no puede hacer nada, salvo no perder la cabeza.»
Louis Mercier-Véga, La Chevauchée anonyme

Cuando los proletarios se ven obligados a encargarse de sus propios asuntos para asegurar su propia supervivencia, abren la posibilidad de un cambio social.

Los kurdos se ven forzados a actuar en las condiciones en las que se encuentran, y que intentan crear para sí en el marco de una guerra internacionalizada poco favorable a la emancipación.

Nosotros no estamos aquí para «juzgarlos», ni tampoco para perder la cabeza.

Auto(defensa)

En distintas regiones del mundo los proletarios se ven abocados a una autodefensa que pasa por la autoorganización:

«Una vasta nebulosa de “movimientos” —armados o no, que oscilan entre el bandidismo social y la guerrilla organizada— actúan en las zonas más desfavorecidas del vertedero capitalista mundial y presentan rasgos similares a los del PKK actual. De una forma u otra, intentan resistirse a la destrucción de economías de subsistencia residuales, al saqueo de los recursos naturales o minerales locales o incluso a la imposición de una propiedad territorial capitalista que limita o impide el acceso o su uso; […] podemos citar desordenadamente el caso de la piratería en los mares de Somalia, del MEND en Nigeria, de los naxalistas en la India, de los mapuches en Chile. […] es fundamental comprender su contenido común: la autodefensa. […] uno siempre se autoorganiza en función de lo que es en el modo de producción capitalista (obrero de tal o cual empresa, habitante de tal o cual barrio, etc.), mientras que el abandono del terreno defensivo («reivindicativo») coincide con la interpenetración de todos esos sujetos y la desaparición de las distinciones, puesto que comienza a deshacerse la relación que las estructura: la relación capital/trabajo asalariado.»[1]

¿Ha desembocado (o puede desembocar) la autoorganización en Rojava en pasar de la necesidad de sobrevivir a cambiar radicalmente las relaciones sociales?

Es inútil volver aquí sobre la historia del potente movimiento independentista kurdo en Turquía, Irak, Siria e Irán, o sobre las rivalidades entre estos países y la represión que han sufrido los kurdos desde hace décadas. Tras la descomposición de Irak en tres entidades (suníes, chiíes y kurdos), la guerra civil en Siria ha liberado un territorio donde la autonomía kurda ha adquirido una forma nueva. Se ha constituido una unión popular (es decir, interclasista) para administrar este territorio y defenderlo contra un peligro militar: el Estado Islámico (EI) ha servido como agente de ruptura. La resistencia combina viejos lazos comunitarios y nuevos movimientos, de mujeres sobre todo, mediante una alianza de hecho entre proletarios y clases medias con «la nación» como cemento. «La transformación que está teniendo lugar en Rojava se apoya en cierta medida en una identidad kurda radical y en una intensa participación de las clases medias que, a pesar de la retórica radical, siempre tienen cierto interés en la perpetuación del Estado y el capital.»[2]

¿Revolución democrática?

En política las palabras dicen mucho: cuando Rojava elabora su constitución y la llaman Contrato social, se trata de un guiño a las Luces del siglo xviii. Una vez olvidados Lenin y Mao, los actuales dirigentes kurdos leen a Rousseau, no a Bakunin.

El Contrato social proclama «la coexistencia y comprensión mutuas y pacíficas de todas la capas sociales» y reconoce «la integridad territorial de Siria». Es lo que dice toda constitución democrática y no hay que esperar de ella una apología de la lucha de clases, ni la reivindicación de la abolición de las fronteras, y por tanto, tampoco de los Estados.[3]

Es el discurso de una revolución democrática. En la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 1789, el derecho a «resistirse a la opresión», expresamente recogido, iba de la mano del de la propiedad. Existía una libertad completa, pero definida y limitada por la ley. También en Rojava la «propiedad privada» es un derecho reconocido en el marco de la ley. Aunque opte por el calificativo de «región autónoma», el Contrato social prevé una administración, policía, cárceles, impuestos (y por tanto un poder central que recaude dinero).

Ahora bien, estamos a principios del siglo xxi: la referencia a «Dios todopoderoso» se codea con el «desarrollo sostenible», la paridad casi completa (40% de mujeres) y la «igualdad de sexos» (ligada, no obstante, a la «familia»).

Si a esto le añadimos la división de poderes, la separación entre la religión y el Estado, una magistratura independiente, un sistema económico que garantice el bienestar general y los derechos de los trabajadores (entre ellos, el derecho a huelga), la limitación del número de mandatos políticos, etc., lo que tenemos es un programa de la izquierda republicana.

Si en Europa y Estados Unidos determinadas personas ven en esos objetivos el presagio de una revolución social, la culpa la tiene sin duda el «relativismo cultural». En París, este programa solo provocaría burlas en el medio radical, pero «para allí, no está tan mal…»

Quienes establecen paralelismos entre Rojava y la revolución española deberían comparar este Contrato social con el programa adoptado por la CNT en mayo de 1936 (y con la forma en que se concretó dos meses más tarde).

Nuevo nacionalismo

Al igual que cualquier movimiento político, un movimiento de liberación nacional se dota de las ideologías, los medios y los aliados que puede, y los cambia cuando más le conviene. Si la ideología es nueva, es porque refleja un cambio de época.

«No se puede entender el devenir actual de la cuestión kurda, ni la trayectoria de sus expresiones políticas —empezando por el PKK— sin tener en cuenta el fin del ciclo dorado del «nacionalismo desde abajo» —socialista o «progresista»— en las zonas periféricas o semiperiféricas del sistema capitalista». [4]

El PKK no ha renunciado al objetivo natural de todo movimiento de liberación nacional. Aunque en lo sucesivo evite un término que suena demasiado autoritario, lo que pretende, tanto hoy como ayer, es la creación de un aparato central de gestión y decisión política sobre un territorio, y no hay mejor palabra para designar algo así que Estado. La diferencia, más allá de la calificación administrativa, es que supuestamente será tan democrático y estará tan en manos de sus ciudadanos, que ya no merecerá el nombre de Estado. Eso en cuanto a la ideología.

En Siria, el movimiento nacional kurdo (bajo la influencia del PKK) ha reemplazado la reivindicación de un Estado de pleno derecho por un programa más modesto y más de base: autonomía, confederalismo democrático, derechos del hombre y de la mujer, etc. En lugar de la ideología de un socialismo dirigido por un partido único obrero-campesino que desarrolle la industria pesada, en lugar de las referencias «de clase» y «marxistas», lo que se pone en primer plano son la autogestión, la cooperativa, la comuna, la ecología, el antiproductivismo y, para completar el lote, el género.

El objetivo de una gran autonomía interna con una vida democrática de base no es en absoluto utópico: diversas regiones del Pacífico viven así; los gobiernos dejan un amplio margen de autoadministración a poblaciones que no interesan a nadie (salvo cuando están en juego intereses mineros: en ese caso envían al ejército). En África, Somalilandia posee los atributos de un Estado (policía, moneda, economía) salvo que nadie lo reconoce como tal. En Chiapas (que mucha gente compara con Rojava), los habitantes sobreviven en el marco de una semiautonomía regional que protege su cultura y sus valores sin que eso incomode a demasiada gente. Por lo demás, la insurrección zapatista, la primera de la era altermundialista, no aspiraba a obtener la independencia ni a transformar la sociedad, sino a preservar un modo de vida tradicional.

Por su parte, los kurdos viven en el corazón de una región petrolífera codiciada, desgarrada por conflictos interminables y dominada por dictaduras. Esto deja poco margen a Rojava, pero quizá, al menos, un poco de espacio: pese a que su viabilidad económica sea escasa, gracias a un poco de maná petrolífero, no es del todo inexistente. El oro negro ya ha creado Estados-títere como Kuwait, y permite sobrevivir al mini-Estado kurdo iraquí. Lo cual equivale a decir que el futuro de Rojava depende menos de la movilización de sus habitantes que del papel de las potencias dominantes.

Si el abandono del proyecto de Estado-nación por parte del PKK es real, hay que preguntarse qué sería una confederación de tres o cuatro zonas autónomas a través de las fronteras de al menos tres países, ya que la coexistencia de muchas autonomías no tiene por qué abolir la estructura política central que las une. En Europa, las regiones transfronterizas (como por ejemplo, alrededor de la línea Oder-Neisse) no disminuyen el poder del Estado.

Otra vida cotidiana

Como a veces sucede en casos parecidos, la solidaridad contra un enemigo ha hecho borrarse provisionalmente las diferencias sociales: gestión de los pueblos por parte de los colectivos, lazos entre combatientes (hombres y mujeres) y población, difusión del saber médico (comienzo de una superación de los poderes especializados), reparto y gratuidad de ciertos productos alimenticios durante los peores momentos (los combates), tratamiento innovador de los problemas psíquicos, vida colectiva de los estudiantes (de ambos sexos), justicia impartida por un comité mixto (elegido en cada pueblo) que arbitra en los conflictos, decide las penas y busca reinsertar y rehabilitar, integración de las minorías étnicas de la región y salida de las mujeres del hogar mediante su propia autoorganización.[5]

¿Se trata de «una democracia sin Estado»? Nuestra intención no es oponer una lista de puntos negativos a la lista de puntos positivos redactada por los entusiastas: hay que ver de dónde procede esa autoorganización y cómo puede evolucionar, porque ningún Estado se ha disuelto jamás en una democracia local.

Una estructura social idéntica

Nadie sostiene que el conjunto de «los kurdos» tenga el privilegio de ser el único pueblo del mundo que vive desde siempre en armonía. Los kurdos, como todos los demás pueblos, están divididos en grupos con intereses opuestos, en clases, y si «clase» suena demasiado marxista, en dominantes y dominados. Ahora bien, a veces leemos que se está produciendo o se está preparando una revolución en Rojava. Puesto que sabemos que las clases dirigentes jamás ceden voluntariamente el poder, ¿dónde y cómo han sido derrotadas? ¿Qué intensa lucha de clases ha tenido lugar en Kurdistán para desencadenar este proceso?

Sobre esto no se nos dice nada. Si las consignas y los grandes titulares hablan de revolución, los artículos afirman que los habitantes de Rojava combaten al Estado Islámico, al patriarcado, al Estado y al capitalismo… pero, en relación a esto último, nadie explica en qué y de qué manera son anticapitalistas el PYD y el PKK… y nadie parece haberse fijado tampoco en esta «ausencia».

La supuesta revolución de julio de 2012 coincide con la retirada de las tropas de Assad del Kurdistan. Cuando el poder administrativo o de seguridad desapareció, fue reemplazado por otro, y tomó las riendas una autoadministración que se hace llamar revolucionaria. Pero, ¿de qué «auto» se trata? ¿De qué revolución?

Si bien se habla de buena gana de toma del poder por la base y de cambios en el ámbito doméstico, jamás se trata de transformación de las relaciones de intercambio y explotación. En el mejor de los casos, nos describen las cooperativas, pero sin el menor rasgo de un inicio de colectivización. El nuevo Estado kurdo ha puesto en funcionamiento pozos y refinerías, y produce electricidad: nada se dice sobre quienes trabajan en ellos. El comercio, la artesanía y el mercado funcionan, y el dinero sigue cumpliendo su papel. Citemos a Zaher Baher, visitante y admirador de la «revolución kurda»: «Antes de marcharnos de la región, hablamos con comerciantes, hombres de negocios y con la gente en el mercado. Todo el mundo tenía una opinión bastante positiva sobre la DSA [la autoadministración] y Tev-dem [la coalición de organizaciones que gira en torno al PYD]. Estaban satisfechos con la paz, la seguridad y la libertad, y podían llevar a cabo sus actividades sin sufrir la ingerencia de ningún partido o grupo.»[6] Por fin, una revolución que no asusta a la burguesía.

Soldados

Bastaría con cambiar los nombres. Muchas de las alabanzas que se dedican hoy en día a Rojava, incluidas las referidas a las cuestiones de género, ya se dedicaban hacia 1930 a los grupos pioneros sionistas en Palestina. En los primeros kibutzs, más allá de su ideología a menudo progresista y socialista, se daban condiciones materiales (precariedad y necesidad de defenderse) que obligaban a no privarse de la mitad de la fuerza de trabajo: las mujeres también debían participar en las actividades agrícolas y en la defensa, lo cual implicaba liberarlas de las tareas «femeninas», especialmente mediante la crianza colectiva de los niños.

Nada de esto ocurre en Rojava. Armar a las mujeres no lo es todo (como bien muestra Tsahal). Z. Bahler manifiesta: «Observé algo curioso: no he visto a una sola mujer trabajando en una tienda, en una gasolinera, en un mercado, un café o un restaurante.»[7] Los campos de refugiados «autogestionados» de Turquía están llenos de mujeres que se ocupan de los críos mientras los hombres van a buscar curro.

El carácter subversivo de un movimiento o de una organización no se mide por el número de mujeres armadas. Su carácter feminista tampoco. Desde los años sesenta, en todos los continentes, la mayoría de las guerrillas estaban compuestas o se componen por un gran número de mujeres combatientes; Colombia es un ejemplo. Más todavía en las guerrillas de inspiración maoísta (Nepal, Perú, Filipinas, etc.) que aplican la estrategia de «guerra popular»: la igualdad entre hombres y mujeres debe contribuir a abatir los marcos tradicionales, feudales o tribales (todos patriarcales). No cabe duda de que la fuente de lo que los especialistas califican como «feminismo marcial» está en los orígenes maoístas del PKK-PYD.

Pero, ¿por qué pasan las mujeres en armas por un símbolo de la emancipación? ¿Por qué se ve tan fácilmente en ello una imagen de libertad, hasta el punto de olvidar por qué luchan?

Si una mujer armada con un lanzacohetes puede aparecer en la portada del Parisien-Magazine o de un periódico militante, es que se trata de una figura clásica. El monopolio del uso de armas ha sido un privilegio masculino, su inversión debe probar la excepcionalidad y la radicalidad de un combate o de una guerra. De ahí las fotos de las bellas milicianas españolas. La revolución está en la punta de un Kalashnikov… en manos de una mujer. A esta imagen se añade a veces otra, más feminista, de la mujer armada vengadora que va a freír a tiros a los tíos chungos, a los violadores, etc.

Nótese que el Estado Islámico y el régimen de Damasco también han constituido algunas unidades militares compuestas enteramente por mujeres. Pero sin criticar las distinciones de género, a diferencia del YPJ-YPG, no parece que hagan uso de ellas en primera línea, sino que las relegan a misiones policiales o de apoyo.

A las armas

Durante las manifestaciones parisinas de apoyo a Rojava, la pancarta del cortejo anarquista unitario pedía «armas para la resistencia kurda». Dado que el proletario medio no dispone de rifles de asalto ni granadas que enviar clandestinamente a Kurdistán, ¿a quién le pedían las armas? ¿Hay que contar con los traficantes de armas internacionales o con las entregas de armas de la OTAN? Estas últimas ya han empezado, con cierta prudencia, pero no se ven banderas anarquistas por ningún lado. A parte de las del Estado Islámico, nadie prevé que haya nuevas Brigadas Internacionales. Entonces, ¿de qué apoyo armado se trata? ¿Se trata de pedir más bombardeos aéreos occidentales, con los «daños colaterales» que todos conocemos? Evidentemente, no. Por tanto, se trata de una fórmula vacía, y quizá lo peor del asunto es que esta supuesta revolución sirva de pretexto a movilizaciones y consignas que nadie espera seriamente que tengan efecto. Nos encontramos de lleno en la política como representación.

Sorprende menos que gente siempre dispuesta a denunciar el complejo militar industrial apele ahora a él, si recordamos que ya en 1999, ciertos libertarios apoyaron los bombardeos de la OTAN sobre Kosovo… para impedir un «genocidio».

Libertario

Más que a las organizaciones que siempre han apoyado a los movimientos de liberación nacional, lo que entristece es que esta exaltación afecta a un medio más amplio de compañeros anarquistas, okupas, feministas o autónomos, a veces a amigos generalmente lúcidos.

Si la política del mal menor penetra en estos medios, es que su radicalismo no está vertebrado (lo que no es obstáculo ni para el coraje ni para la energía).

Hoy en día es tanto más fácil entusiasmarse con el Kurdistán (como sucedía hace veinte años con Chiapas), ahora que Billancourt desespera a los militantes[8]: «allí», al menos, no hay proletarios resignados que empinan el codo, votan al Frente Nacional y no sueñan más que con ganar la lotería o encontrar un empleo. «Allí» hay campesinos (pese a que la mayoría de los kurdos vivan en ciudades), montañeses en lucha, llenos de sueños y esperanzas… Este aspecto rural-natural (y por tanto ecologista) se mezcla con una voluntad de cambio aquí y ahora. Se acabó el tiempo de las grandes ideologías y de las promesas de nuevos amaneceres: se construye algo, se «crean lazos»; pese a la escasez de medios, se cultivan huertos, se hace un jardincito público (como el que menciona Z. Baher). Eso recuerda a las ZAD[9]: arremanguémonos y pongámonos a trabajar en cosas concretas, aquí, a pequeña escala. Igual que hacen ellos «allí», con un AK-47 a la espalda.

Ciertos textos anarcos no evocan a Rojava más que desde el punto de vista de los logros locales, de las asambleas de barrio, casi sin hablar del PYD, del PKK, etc. Como si no se tratara más que de acciones espontáneas. Un poco como si, al analizar una huelga general, no se hablara más que de las asambleas generales de huelguistas o de los piquetes, sin tener en cuenta a los sindicatos locales, las maniobras de sus cúpulas, las negociaciones entre el Estado y la patronal…

La revolución cada vez se ve más como una cuestión de comportamiento: la autoorganización, el interés por el género, la ecología, la creación de lazos, el debate, la afectividad. Si a eso le añadimos el desinterés, la indiferencia respecto al Estado y el poder político, es lógico ver en Rojava una revolución de buena ley, y por qué no, «una revolución de mujeres». ¿Qué más da que las clases, o la lucha de clases, estén ausentes del discurso del PKK-PYD cuando nosotros mismos hablamos cada vez menos de ellas?

¿Qué crítica del Estado?

Si lo que incomoda al pensamiento radical en relación con la liberación nacional es el objetivo de crear un Estado, basta con renunciar a él y considerar que en el fondo, la nación —siempre y cuando sea sin Estado— es el pueblo. ¿Y cómo estar en contra del pueblo? Somos poco más o  menos todos, en fin casi el 99%. ¿O no?

El anarquismo tiene como característica (y como mérito) su hostilidad de principios al Estado. Dicho esto, y no es poca cosa, su gran debilidad consiste en considerarlo ante todo un instrumento de coacción –lo que sin duda es– sin preguntarse por qué y cómo desempeña ese papel. Por consiguiente, basta que se eclipsen las formas más visibles del Estado para que los anarquistas (no todos) concluyan que su desaparición ya se ha producido o está al caer.

Por esta razón, el libertario se encuentra desarmado ante aquello que se parece demasiado a su programa: tras haber estado siempre en contra del Estado pero a favor de la democracia, el confederalismo democrático y la autodeterminación social gozan naturalmente de su favor. El ideal anarquista consiste en reemplazar al Estado por miles de comunas (y colectivos de trabajo) federadas.

Sobre esta base, el internacionalista puede apoyar a un movimiento nacional por poco que practique la autogestión generalizada, social y política, llamada hoy en día «apropiación de lo común». Cuando el PKK finge que ya no aspira al poder, sino a un sistema en el que todo el mundo se lo reparta, a los anarquistas les resulta fácil reconocerse en ese discurso.

Perspectivas

El intento de revolución democrática en Rojava, y las transformaciones sociales que lo acompañan, sólo han sido posibles debido a condiciones excepcionales: la desintegración de los Estados iraquí y sirio, y la invasión yihadista de la región, amenaza que ha favorecido una radicalización.

Hoy parece probable que, gracias al apoyo militar occidental, Rojava pueda subsistir como entidad autónoma (a semejanza del Kurdistan iraquí) al margen de un caos sirio persistente pero mantenido a distancia. En tal caso, cuando se normalice, este pequeño Estado, por muy democrático que pretenda ser, no dejará intactas las conquistas ni los avances sociales. En el mejor de los casos subsistirán un poco de autoadministración local, una enseñanza progresista, una prensa libre (siempre que evite las blasfemias), un Islam tolerante y, por supuesto, la paridad. Y nada más. Pero suficiente para que quienes quieran creer en una revolución social sigan creyendo en ella, deseando evidentemente a la vez que la democracia se democratice más todavía.

En cuanto a esperar un conflicto entre la autoorganización de la base y las estructuras que la controlan, eso equivale a imaginar que en Rojava existe una situación de «doble poder». Supone olvidar la fuerza del PYD-PKK, que ha impulsado él mismo esta autogestión, y que conserva el poder real, político y militar.

Por volver sobre la comparación con España, en 1936 fueron las «premisas» de una revolución las que fueron devoradas por la guerra. En Rojava, la guerra vino primero, y por desgracia, no hay nada que anuncie que esté a punto de surgir de ella una revolución «social».

G. D. (Gilles Dauvé) & T. L.

Traducido y corregido por Editorial Klinamen a partir del original francés. Estamos muy agradecidos a F.C. por su ayuda con la traducción. 
 
Notas:

[1] Il Lato Cattivo, «La cuestión kurda, el Estado Islámico, Estados Unidos y otras consideraciones». En inglés aquí
[2] Rebecca Coles, Una revolución en la vida diaria. En castellano aquí
[3] El Contrato social. En castellano aquí
[4] Il lato cattivo, op. cit.
[5] Eclipse relativo de las desigualdades sociales, porque los kurdos más ricos se han librado de participar en la autogestión de los campos refugiándose en países donde las condiciones son más confortables.
[6] Zaher Baher, «Vers l’autogestion au Rojava?». Versión en castellano aquí 
[7] Ídem.
[8] Billancourt es el nombre del mítico extrarradio obrero de París, donde se alzaban las fábricas de automóviles Renault, fortaleza de la clase obrera, y epónimo de esta en su conjunto. «No hay que desesperar a Billancourt» fue lo que replicó Sartre a los críticos de izquierda, estando en pleno gremio obrero con el PCF en los años cincuenta, refiriéndose a que no era obligatorio decirle la verdad a los obreros, por miedo a desmoralizarles.
[9] Zone d’Aménagement Différé (Zona de Ordenamiento Diferido): Una ZAD  es un sector del interior en el que se ejerce, a beneficio de la colectividad pública, un derecho de tanteo sobre todas la cesiones a título oneroso de bienes inmobiliarios o de derechos sociales. (N. del t.)

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