15 de febrero de 2020

Epílogo - Endnotes #1

(Sobre la autoabolición del proletariado como clave de la revolución entendida como comunización en esta época)

Endnotes # 1, octubre de 2008: materiales preliminares para un balance del siglo xx


El debate que hemos reproducido aquí entre Théorie Communiste (TC) y Troploin (Dauvé y Nesic) gira en torno a la cuestión fundamental de cómo teorizar la historia y la actualidad de la lucha de clases y de la revolución en la época capitalista. Como subrayamos en la introducción, ambas partes del debate surgieron del mismo medio político en Francia durante el período subsiguiente a los acontecimientos de 1968; ambos grupos comparten, hasta el día de hoy, una concepción del movimiento que suprime las relaciones sociales capitalistas como movimiento de comunización. Según esta visión común, la transición al comunismo no es algo que sucederá después de la revolución. Al contrario, la revolución como comunización es en sí misma la disolución de las relaciones sociales capitalistas a través de medidas comunistas adoptadas por el proletariado que, además de destruir el Estado, supongan la abolición de la forma empresa, la forma mercancía, el intercambio, el dinero, el trabajo asalariado y el valor. La comunización, pues, es la producción inmediata del comunismo: la autoabolición del proletariado a través de la abolición por parte de éste del capital y el Estado.
Lo que distingue claramente la posición de TC de la de Troploin es la forma en que ambos grupos conciben la producción, o la producción histórica, de este movimiento de comunización. Ninguno de los dos fundamenta la posibilidad de éxito de la revolución comunista en una decadencia «objetiva» del capitalismo [como arguye la Corriente "Comunista" Internacional-CCI]; ahora bien, la concepción de la historia de la lucha de clases que tiene Troploin, al igual que gran parte de la ultraizquierda en general, es la de un antagonismo fluctuante entre las clases, un flujo y reflujo de la lucha de clases de acuerdo con las contingencias de cada coyuntura histórica. En esta concepción más amplia, la lucha revolucionaria del proletariado parece sumergirse o se sumerge efectivamente en algunos momentos de la historia, sólo para volver a surgir en otros «picos» (por ejemplo 1848, 1871, 1917-1921, 1936, 1968-1969). Desde este punto de vista, en la actualidad estamos viviendo una recesión prolongada de la lucha de clases (al menos en los países capitalistas avanzados), y es cuestión de esperar a la próxima reaparición del movimiento comunista o a que el proletariado revolucionario lleve a término su labor subversiva: «¡Bien has hozado, viejo topo1
Así pues, para Troploin, el comunismo como comunización es una posibilidad siempre presente (aunque a veces sumergida), y aunque no exista garantía alguna de que se convierta en realidad, es un invariante de la época capitalista. Por el contrario, para TC la comunización es la forma específica que la revolución comunista debe adoptar en el ciclo de lucha actual. A diferencia de Troploin, pues, TC es capaz de basar de forma autorreflexiva su concepción de la comunización en la comprensión de la historia del capitalismo bajo la forma de ciclos de lucha.
CICLOS DE LUCHA Y FASES DE ACUMULACIÓN
TC historiza la relación contradictoria entre capital y proletariado sobre la base de una periodización de la subsunción del trabajo por el capital que distingue entre ciclos de lucha que corresponden a cambios cualitativos en la relación de explotación. Para TC esta historia está compuesta por tres periodos identificables en términos generales: (1) la subsunción formal, que terminó hacia 1900, (2) la primera fase de la subsunción real, que va desde 1900 hasta la década de 1970, y (3) la segunda fase de la subsunción real, que abarca desde 1970 hasta el presente.
Es importante destacar que para TC la subsunción del trabajo bajo el capital no es una mera cuestión de organización técnica del trabajo en el proceso de producción inmediato, en la que la subsunción formal va de la mano de la extracción de plusvalor absoluto (a través de la prolongación de la jornada de trabajo) y la subsunción real va unida a la extracción de plusvalor relativo (mediante el aumento de la productividad mediante la introducción de nuevas técnicas productivas que permitan a los trabajadores reproducir el valor de sus salarios en menos tiempo y producir así más plusvalor en una jornada de trabajo de una magnitud dada). En la concepción de TC, el carácter y magnitud o grado de subsunción del trabajo bajo el capital también están determinados, y quizás de modo fundamental, por la forma en que ambos polos de la relación capital-trabajo, es decir, capital y proletariado, se relacionan entre sí en tanto clases de la sociedad capitalista. Así, para TC, la clave de la historia del capital es el cambio en el modo de reproducción de las relaciones sociales capitalistas como totalidad en función de la evolución dialéctica de la relación entre las clases. Por supuesto, en sí misma esta evolución está intrínsecamente ligada a las exigencias de la extracción de plusvalor. En resumen, para TC la subsunción del trabajo por el capital media y está mediada por el carácter histórico concreto de la relación de clase a nivel de la sociedad en conjunto.
Hay algo problemático tanto en la forma en que TC utiliza el concepto de subsunción para periodizar el capitalismo, como en el hecho de que este uso oculta parcialmente uno de los aspectos más significativos de la evolución de la relación de clase, que por lo demás su teoría sitúa en primer plano. En sentido estricto, la subsunción formal y real del trabajo en el capital sólo conciernen al proceso inmediato de producción. ¿En qué sentido, por ejemplo, podemos decir que todo aquello que está más allá del proceso de trabajo está realmente subsumido por el capital en lugar de meramente dominado o transformado por él2? TC, sin embargo, intenta teorizar bajo la rúbrica de estas categorías de la subsunción el carácter de la relación de clase capitalista per se en vez de limitarlo al modo en que el proceso de trabajo se convierte en proceso de valorización del capital. Sin embargo, a través de su discutible empleo teórico de las categorías de subsunción, TC consigue proponer una nueva concepción de la evolución histórica de la relación de clase. Dentro de esta periodización, el grado de integración de los circuitos de reproducción del capital y de la fuerza de trabajo tiene una importancia decisiva. El fundamento de la periodización histórica de la relación de clase es el grado en que la reproducción de la fuerza de trabajo, y por tanto la del proletariado como clase, está integrada en el circuito de autopresuposición del capital3.
El «período de la subsunción formal» de TC se caracteriza por una relación externa y no mediada entre capital y proletariado: la reproducción de la clase obrera no está plenamente integrada en el ciclo de valorización del capital. Durante este período, el proletariado constituye un polo positivo de la relación, y es capaz de afirmar su autonomía frente al capital al mismo tiempo que el desarrollo capitalista lo refuerza. No obstante, el poder cada vez mayor de la clase en el seno de la sociedad capitalista y su afirmación autónoma se contradicen cada vez más. Con el aplastamiento de la autonomía de los trabajadores durante las revoluciones y contrarrevoluciones posteriores a la Primera Guerra Mundial, esta contradicción se resuelve en un empoderamiento de la clase que resulta no ser otra cosa que el propio desarrollo capitalista. Este cambio cualitativo en la relación de clase marca el final de la transición de la época de la subsunción formal a la primera etapa de la subsunción real. A partir de ese momento la reproducción de la fuerza de trabajo queda plenamente integrada, si bien de forma muy mediada, en la economía capitalista, y el proceso de producción se transforma de acuerdo con los requisitos de la valorización del capital. En esta fase de la subsunción la relación entre capital y proletariado se está volviendo interna, pero mediada por el Estado, la división de la economía mundial en áreas nacionales y las zonas de acumulación orientales u occidentales (cada uno con sus modelos respectivos de desarrollo «tercermundista»), la negociación colectiva en el marco del mercado nacional de trabajo y los pactos fordistas que vinculan los aumentos salariales a los incrementos de la productividad.
Durante la etapa de la subsunción formal y la primera fase de la subsunción real, la positividad del polo proletario de la relación de clase se expresa en lo que TC llama el «programatismo» del movimiento obrero, cuyas organizaciones, partidos y sindicatos (ya sean socialdemócratas o comunistas, anarquistas o sindicalista-revolucionarios) fueron representativas del poder cada vez mayor del proletariado y defendieron el programa de la emancipación del trabajo y la autoafirmación de la clase obrera. En este ciclo de lucha, el carácter de la relación de clase durante la fase del movimiento obrero programático determina la revolución comunista como autoafirmación de uno de los polos de la relación capital-trabajo. Como tal, la revolución comunista no pone fin a la propia relación, sino que simplemente altera sus términos, y por tanto lleva en su seno la contrarrevolución en forma de gestión obrera de la economía y continuación de la acumulación de capital. La gestión descentralizada de la producción a través de consejos de fábrica, por un lado, y la planificación central del Estado obrero por otro, son dos caras de una misma moneda, dos formas que expresan el mismo contenido: el poder de los trabajadores como revolución y como contrarrevolución.
Según TC este ciclo de lucha quedó cerrado por los movimientos de 1968-1973, que señalan la obsolescencia del programa de emancipación del trabajo y de autoafirmación del proletariado; la reestructuración capitalista en el período subsiguiente a estas luchas y la crisis de la relación entre el capital y el proletariado arrastra o vacía de contenido las instituciones del viejo movimiento obrero. Los conflictos de 1968-1973, por tanto, marcan el comienzo de un nuevo ciclo de acumulación y lucha, que TC califica como segunda fase de la subsunción real, y que se caracteriza por la reestructuración capitalista o contrarrevolución entre 1974 y 1995, que altera fundamentalmente el carácter de la relación entre capital y proletariado. Desaparecen a partir de entonces todas las restricciones a la acumulación —todos los obstáculos a la fluidez y la movilidad internacional del capital— representadas por la rigidez de los mercados de trabajo nacionales, el bienestar, la división de la economía mundial en bloques de la Guerra Fría y el desarrollo nacional protegido que estos permitieron en la «periferia» de la economía mundial.
La crisis del pacto social basado en el modelo productivo fordista y el Estado del bienestar keynesiano engendró la financiarización, el desmantelamiento y reubicación de la producción industrial, el desmantelamiento del poder obrero, la desregulación, el fin de la negociación colectiva, las privatizaciones, el desplazamiento hacia el trabajo temporal y flexibilizado y la proliferación de nuevas industrias de servicios. La reestructuración capitalista mundial —la formación de un mercado laboral cada vez más global y unificado, la puesta en práctica de las políticas neoliberales, la liberalización de los mercados y la presión internacional a la baja sobre los salarios y las condiciones de trabajo— supuso una contrarrevolución cuyo resultado es que ahora capital y proletariado se enfrentan directamente entre sí a escala global. Los circuitos de reproducción del capital y de la fuerza de trabajo —circuitos a través de los cuales se reproduce la propia relación de clase— están ahora plenamente integrados: estos circuitos están relacionados internamente de forma inmediata. La contradicción entre el capital y el proletariado se ha desplazado ahora completamente al nivel de su reproducción como clases; a partir de este momento, lo que está en juego es la reproducción de la propia relación de clase.
Con la reestructuración del capital (que es la disolución de todas las mediaciones de la relación de clase) surge para el proletariado la imposibilidad de relacionarse de forma positiva consigo mismo frente al capital: la imposibilidad de la autonomía proletaria. De ser un polo positivo de la relación como interlocutor o antagonista de la clase capitalista, el proletariado se transforma en polo negativo. Su mismo ser en tanto proletariado, cuya reproducción está totalmente integrada en el circuito del capital, se vuelve exterior a sí mismo. Lo que define el ciclo de lucha actual, frente al anterior, es el carácter de la relación del proletariado consigo mismo, que ahora es de forma inmediata su relación con el capital. Como dice TC, en el ciclo actual la propia pertenencia de clase del proletariado se objetiva contra él como restricción exterior, como capital4.
Esta transformación fundamental del carácter de la relación de clase, que produce esta inversión de la relación del proletariado consigo mismo como polo de la relación de explotación, altera el carácter de la lucha de clases, y lleva al proletariado a poner en entredicho su propia existencia como clase del modo de producción capitalista. De ahí que para TC la revolución como comunización sea una producción histórica específica: es el horizonte de este ciclo de lucha5.
UNA SUPERACIÓN PRODUCIDA
Para TC, la relación entre capital y proletariado no es una relación entre dos sujetos distintos, sino una relación de implicación recíproca en la que ambos polos de la relación se constituyen en momentos de una totalidad autodiferenciada. Es esta misma totalidad, esta contradicción en movimiento, la que produce su propia superación mediante la acción revolucionaria del proletariado en contra su propio ser de clase, en contra del capital. Esta concepción inmanente y dialéctica de la evolución histórica de la relación de clase capitalista supera los dualismos emparentados de objetivismo/subjetivismo y espontaneísmo/voluntarismo que caracterizaron a la mayor parte de la teoría marxista del siglo xx y hasta la fecha. El dinamismo y el carácter cambiante de esta relación se captan así como proceso unificado y no simplemente en términos de oleadas de ofensiva proletaria y contraofensiva capitalista.
Según TC, son las transformaciones cualitativas en la relación de clase capitalista las que determinan el horizonte revolucionario del ciclo de lucha actual como comunización. Para nosotros, también es cierto a un nivel más general de abstracción que la relación contradictoria entre capital y proletariado siempre ha apuntado más allá de ella misma, en la medida en que —desde sus orígenes mismos— ha producido su propia superación como horizonte inmanente a las luchas reales. Este horizonte, sin embargo, es inseparable de las formas reales e históricas que adopta la contradicción en movimiento. Por tanto, solo podemos hablar transhistóricamente (es decir, a lo largo de la historia del modo de producción capitalista) de comunismo en este sentido limitado. Tal como lo vemos nosotros, el movimiento comunista, entendido no como una particularización de la totalidad —ni como movimiento de los comunistas ni de la clase— sino más bien como la totalidad misma, es a la vez transhistórico y variable de acuerdo con las configuraciones históricamente específicas de la relación de clase capitalista. Lo que determina el movimiento comunista —la revolución comunista— a adoptar la forma específica de la comunización en el ciclo actual es la dialéctica misma de la integración de los circuitos de reproducción del capital y de la fuerza de trabajo6. Es esto lo que produce la negatividad radical de la auto-relación del proletariado con respecto al capital. En este período, al desprenderse de sus «cadenas radicales» el proletariado no generaliza su condición a toda la sociedad, sino que disuelve inmediatamente su propio ser mediante la abolición de las relaciones sociales capitalistas.
Traducido por: Federico Corriente
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Notas:
1. Marx, The Eighteenth Brumaire de Louis Bonaparte (MECW 11), p. 105. [ed. cast.: El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, trad. Elisa Chuliá Rodrigo, Madrid, Alianza, 2012]
2. Examinaremos más a fondo estas cuestiones en el siguiente número de Endnotes.
3. Por «autopresuposición del capital» TC se refiere al sentido en que el capital se establece como condición y como resultado de su propio proceso. Esto se expresa en el uso que TC (siguiendo la edición francesa de El capital) del término double moulinet, lo que significa dos ciclos que hacen intersección entre sí.
4. TC expresa esta negatividad fundamental en relación del proletariado consigo mismo con respecto al capital mediante el uso del término écart, que puede traducirse como «divergencia», «viraje» o «brecha». Según TC, este concepto expresa la idea de que la acción del proletariado como clase es el límite de este ciclo de lucha, pues sus luchas no tienen otro horizonte que su propia reproducción como clase, y al mismo tiempo es incapaz de afirmar esta reproducción como tal.
5. Para un debate sobre esta problemática en relación con luchas concretas, véase el texto de TC Self-organisation is the first act of the revolution; it then becomes an obstacle which the revolution has to overcome [«La autoorganización es el primer acto de la revolución; después se convierte en un obstáculo que la revolución tiene que superar»].
6. Examinaremos más a fondo estas cuestiones en el siguiente número de Endnotes.

9 de febrero de 2020

Dossier Teoría de la Comunización

Portadas de las páginas de Endnotes, Troploin y Theórie Communiste
o la llamada "Corriente Comunizadora"

A fin de que lo conozca un público un poco más amplio, tanto en Ecuador como en todas partes, y de que algún día use este tipo de arsenal teórico revolucionario en la práctica (revolución en la revolución), aquí comparto un Dossier de Teoría de la Comunización (también incluye textos de la Internacional Situacionista y la Nueva Crítica del Valor) que un compañero de la región mexicana publicó a principios de este año en su muro de Facebook, con la siguiente introducción donde destaca el carácter de nueva síntesis revolucionaria o síntesis superadora que posee la teoría de la comunización con respecto a todas las anteriores teorías revolucionarias (marxistas y anarquistas), y la necesidad de tomar medidas comunistas inmediatas en esta época de subsunción real, crisis y revueltas para poder abolir el valor, la sociedad de clases, el mercado y el Estado:

«A nivel mundial se ha estado aportando reflexiones para superar el estado actual de cosas, la comunidad de lucha internacional ha puesto en cuestión los viejos paradigmas de la "lucha de clases" y ha planteado desde la derrota de las revoluciones proletarias de 1968-1982 UNA NUEVA "SÍNTESIS REVOLUCIONARIA", pues las causas de la derrota fueron varias y no pueden solo reducirse a los "traidores" (sindicatos, partidos comunistas, federaciones anarquistas, servicios secretos del Estado, espionaje, represión, entre otros factores), sino que LA CAUSA MÁS PROFUNDA DE LA DERROTA FUE NO HABER PROFUNDIZADO EN LA CREACIÓN DEL COMUNISMO EN LO INMEDIATO. La contrarrevolución viene de las bases mismas de las relaciones de producción capitalista, pues al no combatir una relación social se culpó a los "líderes", a "la policía", a los "burócratas" y un largo etc. LA REPRESENTACIÓN SOCIAL Y SUS MEDIACIONES TENÍAN QUE SER DESTRUIDAS, ES DECIR EL DINERO, EL CAPITAL, LA MERCANCÍA, LA EXPLOTACIÓN, LA GANANCIA, EL PLUSVALOR, EL VALOR, EL CRÉDITO Y POR SUPUESTO EL TRABAJO. Las ideologías del pasado, tanto reformistas como ultraizquierdistas, llámese "anarquismo", "consejismo", "leninismo", "trotskismo", "marxismo", "autonomismo", no han hecho más que replicar las bases de este viejo mundo, y han resultado ya IDEOLOGÍAS OBSOLETAS Y POR TANTO CONTRARREVOLUCIONARIAS. Por ello es que la síntesis revolucionaria de nuestro tiempo ha hecho obsoletas ya estas ideologías partiendo de la crítica de las relaciones de clase capitalistas en su realidad y su inmediato despliegue. Pues ninguna insurrección, asalto, motín, revuelta, rebelión o protesta podrá revertir el mundo ordenado a imagen y semejanza del capital sino pasa a TOMAR MEDIDAS COMUNISTAS INMEDIATAS.
Acá dejo muchos textos para quienes quieran entender la propuesta que se ha desarrollado a escala global y planetaria»:


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Contenido:

Comunización
1.       Un mundo sin dinero: el comunismo (1) – Les amis de 4 millions de jeunes travailleurs
2.       Un mundo sin dinero: el comunismo (2) – Les amis de 4 millions de jeunes travailleurs
3.       Comunismo. Elementos para la reflexión – L’Insecurité Sociale
4.       Hacia la comunidad humana – La Guerre Sociale
5.       El ocaso de la ideología democrática – Le Brise Glace
6.       Declive y resurgimiento de la perspectiva comunista – Gilles Dauvé y Francois Martin
7.       Más allá de la democracia – Gilles Dauvé y Karl Nesic (Troploin)
8.       El timón y los remos. Preguntas y respuestas – Troploin
9.       Comunización. Materiales para la Revolución Social – Klinamen
10.   Materiales para una Crítica de la Democracia – Klinamen
11.   Hablamos de la comunización al presente – Théorie Communiste
12.   Historia normativa y esencia comunista del proletariado – Théorie Communiste
13.   Comunización y teoría de la forma-valor – Endnotes
14.   Qué es la comunización – León de Mattis
15.   Crisis y comunización – Peter Åström
16.   El programatismo y su caducidad – Des Nouvelles Du Front
17.   España y la teoría de la comunización – Federico Corriente

Internacional Situacionista
18.   La Sociedad del Espectáculo – Guy Debord
19.   Comentarios sobre La Sociedad del Espectáculo – Guy Debord
20.   De la huelga salvaje a la autogestión generalizada – Raoul Vaneigem
21.   Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones – Raoul Vaneigem

Nueva Crítica del Valor
22.   Las aventuras de la mercancía – Anselm Jappe
23.   Guy Debord – Anselm Jappe

Anarquismo
24.   El Anarquismo y otras trabas para la Anarquía – Bob Black

Crítica humanista de la tecnología y el progreso
25.   El mito de la máquina (1). Técnica y evolución humana – Lewis Munford
26.   El mito de la máquina (2). El pentágono del poder – Lewis Munford

Otros materiales imprescindibles, para PR en este momento, que no están en este Dossier:

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«Algunas teorías han afirmado que el concepto de lucha de clases ya no servía para referirse a la revuelta en el mundo contemporáneo. No obstante, la persistencia de la relación social capitalista y sus determinaciones (empezando por el valor) prueba que las clases no han desaparecido.  La teoría de la comunización no renuncia por tanto a la teoría de las clases, sino que la retoma en la época del derrumbamiento del movimiento obrero. Para resumir, se puede decir que la comunización introduce tres ideas fundamentales: primero, la inmediatez del comunismo, o dicho de otra forma, la negación de cualquier período de transición. Segundo, el comunismo concebido como medio y fin de la lucha. Por último, la supresión de las relaciones de clase, y en consecuencia, del proletariado por su propia acción.
Es importante comprender de qué manera se conecta un elemento actual de la lucha de clases (el fin de la afirmación del proletariado y el declive de la identidad obrera) con una concepción determinada de la revolución (la supresión de las relaciones de clase por el proletariado). Esta perspectiva, un poco paradójica, resulta útil a la hora de buscar en el presente de las luchas aquellos elementos que ya anuncian la supresión de la relación social capitalista. Si la revolución es la supresión de las relaciones de clase y del proletariado mismo, entonces es también la actividad por la cual el proletariado se suprime a sí mismo. En la lucha de clases contemporánea, podemos encontrar situaciones paradójicas en las que un proletariado que pretende defender su propia condición termina por atacarla. Así se manifiesta la ambigüedad fundamental de la lucha de clases, reflejo de una contradicción inserta en las mismas formas sociales capitalistas: la lucha de clases puede conducir tanto a una recomposición de las relaciones de clase como a su destrucción. La teoría de la comunización propone pensar el comunismo desde la vinculación entre estas dos ideas (los aspectos de la lucha de clases actual que llevan al proletariado a atacar su propia condición, y una visión de la revolución como actividad que autodestruye a ese mismo proletariado). […]
Elaborar una teoría de la revolución y el comunismo es por lo tanto una actividad producida desde y para las luchas. El triunfo de tal tarea no está garantizado en absoluto. La extensión de una teoría actual de la revolución (de su existencia más allá de un círculo restringido de teóricos y militantes) se dará únicamente si ésta sirve a los elementos que expresan la caducidad de las relaciones de clase. Esta teoría es necesariamente una apuesta porque constituye una toma de posición. Una apuesta racional ya que trata de producir una explicación de las luchas por sí mismas, pero una apuesta al fin y al cabo. […]
La medida comunista no es el comunismo por sí misma.  El comunismo no se realiza después de una medida ni de una serie de medidas. Pero el comunismo no es otra cosa que el resultado de numerosas medidas comunistas, característica del período de la comunización, que se insertan en una dinámica que termina transformando cualitativamente la organización general del mundo. No habrá una continuidad necesariamente: al contrario, es muy posible que se den avances y retiradas hasta alcanzar un punto de no-retorno en que la ruptura es tan profunda que la sociedad de clases no pueda mantenerse. El comunismo y la sociedad de clases son excluyentes entre sí. Antes del punto de no-retorno las medidas comunistas sólo pueden ser efímeras, existen únicamente vinculadas al espacio de la lucha de clases y se agotan si no se generalizan. Constituyen momentos donde está en juego el desborde pero no por ello está garantizado. La producción del comunismo no surge de golpe. Es perfectamente posible que un día se encadene una dinámica comunizadora que sea la traducción de una serie de medidas comunistas tomadas en el transcurso de luchas radicales y prolongadas, y que tal dinámica acabe siendo vencida. Y que más tarde renazca por doquier terminando con la sociedad de clases. […]
Es sin duda comunista la medida tomada con el objetivo de apropiarse de los medios útiles para la satisfacción de las necesidades inmediatas de la lucha. Es sin duda comunista la medida que no reproduce los esquemas del enemigo durante la insurrección. Es sin duda comunista la medida que evita la reproducción durante la lucha de la segmentación del proletariado heredada de su atomización actual. Es sin duda comunista la medida que pretende acabar con la dominación de género y de raza.  Es sin duda comunista la medida que busca la coordinación sin jerarquización.  Es sin duda comunista la medida que tiende a liberarse de las ideologías que conducirían al restablecimiento de las clases. Es sin duda comunista la medida que anulase toda tentativa de restablecer entre comunidades el sentimiento mutuo de odio y separación.»

- León de Mattis. Las Medidas Comunistas (2015)

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26 de enero de 2020

Oleada mundial de revueltas y situación revolucionaria

Grupo Barbaria (31/12/2019)
"Viva la insurrección mundial de los proletarios" (Tela protesta Francia 2019)

Este texto es parte de la correspondencia internacional que mantenemos con compañeros de otras latitudes. En concreto, se trata de una respuesta a compañeros de la región argentina, que nos plantean algunas preguntas para profundizar la comprensión de la fase actual de la lucha de clases a partir de las Diez notas sobre la perspectiva revolucionaria y de La invasión alienígena. Para nosotros, la comunicación y discusión internacional entre minorías revolucionarias es una tarea fundamental de nuestra práctica militante.
Creemos que estamos viviendo un período bisagra que acaba con el fuerte período de reflujo que se vivió en la década de los noventa del siglo XX, un período anticipado por las luchas del 2001 en Argentina, Ecuador, Bolivia, 2006 en Oaxaca, 2008 con las revueltas por el hambre, hasta el 2011 mundial y su continuación en el 2013 en Brasil y Turquía.
Para entender mejor el momento en que nos encontramos, nos parece importante diferenciar entre la entrada en un período histórico de revolución social y que estemos ante situaciones revolucionarias. Creemos que estamos en el inicio de lo primero pero falta aún mucho para lo segundo. Es decir, la crisis cada vez más fuerte del capitalismo, el desarrollo de cada vez más humanidad superflua, la crisis de la valorización, etc. van a obligar a los proletarios a luchar en defensa de sus condiciones de vida y a activar luchas cada vez más contundentes y radicales. En este sentido vivimos el inicio de un proceso de polarización social a nivel mundial en el que las luchas van adquiriendo de manera creciente un carácter sincrónico y mundial, alimentándose unas con otras.
Pero estamos ante una oleada de revueltas, rebeliones, etc. No son revoluciones o situaciones revolucionarias donde podamos invertir la praxis del capital, donde estemos en disposición de desarrollar un ataque al capital y a sus relaciones sociales para poder imponer en alguna región del mundo la dictadura del proletariado contra el capital y el Estado. En nuestra opinión aún falta mucho para esto.
Por eso hay que leer lo que está sucediendo no como una fotografía, sino como una película que conocerá flujos y reflujos. Pero es una película cuya trama es la de la polarización social cada vez más intensa y concentrada, el desarrollo de bloques sociales cada vez más antagónicos.
Pensarlo como una película y no como una fotografía nos ayuda a pensar la dinámica en curso, en la que una de las tareas más importantes que tenemos minorías como las nuestras son las de la clarificación programática a través del estudio de las lecciones del pasado, la de la coordinación y comunicación internacional entre diferentes grupos, etc. Este tipo de cuestiones son decisivas. Hoy no se trata de realizar una insurrección victoriosa que acabe con el capital en los lugares más avanzados de la revuelta en curso (Chile e Irak), sino tratar de desarrollar al máximo los niveles de autoorganización y autonomía de clase tal y como existen, y que son una repetición fractal, impresionante, de las revueltas y revoluciones del pasado —en ese sentido, ver las imágenes de la Plaza Tahrir en Bagdad es algo increíble—, así como, sobre todo, realizar una defensa intransigente de nuestras posiciones comunistas y anárquicas: por ejemplo, en Chile necesitamos criticar la asamblea constituyente con toda claridad y contundencia.
La defensa de estas posiciones será decisiva de cara a los procesos futuros venideros. Creemos que estamos en el inicio de un período histórico que irá radicalizándose cada vez más y se irá internacionalizando también con más fuerza. Por eso insistimos tanto en que es importante pensar la dinámica en curso como una película y no como una fotografía, como decíamos más arriba. No se trata de obsesionarse ahora por la insurrección o por los reflujos de los procesos que se viven y se van a vivir necesariamente, como en Ecuador, sino pensar la dinámica en curso, y esta dinámica es revolucionaria y se dirige hacia niveles de antagonismo social cada vez más intensos.
En este sentido, sí creemos que estamos en el inicio de una nueva época de revolución social: una época caracterizada todavía por revueltas y rebeliones y aún no por situaciones revolucionarias en medio mundo, como sucedió hace cien años, en 1919. Estamos en el inicio de una época de revolución social y de oleada revolucionaria como la que atravesó el mundo de 1910 a 1937 —sobre todo de 1917 a 1921— o de 1968 a 1980. Y esta oleada va a continuar y desarrollarse con cada vez más fuerza.
Así, como decíamos antes, un aspecto que destaca de la actual oleada es la enorme sincronización internacional de las revueltas en curso. Por eso creemos poder afirmar que en el futuro se irá fortaleciendo la tendencia a la internacionalización de las luchas por parte del proletariado mundial, una sincronía emblemática en relación a los inicios de las oleadas revolucionarias anteriores, en 1917 o 1968. Sin duda este es uno de los elementos más destacados e importantes del actual seísmo de la lucha de clases. Contra todos los negadores del internacionalismo, la lucha del proletariado será cada vez más internacional.
Lo más importante ahora es cómo se pueden dar las líneas asintóticas que comuniquen el aprendizaje revolucionario del proletariado en lucha y las lecciones programáticas del pasado llevado a cabo por minorías. Es decir, cómo el proletariado se puede constituir en clase, en partido, ir alcanzando una claridad a partir de su propia experiencia que le lleve a desplegar su antagonismo contra el capital y el valor en sus múltiples formas. Y para eso es fundamental el papel de minorías como las nuestras, como parte de la clase. Es esencial nuestra participación en los momentos de las barricadas pero también en los momentos de balance, en el flujo de la lucha de clases pero también en los reflujos que se sucederán. Por eso iniciativas como las que estáis haciendo allá son tan importantes. ¿Cuál es el papel que podemos tener las minorías revolucionarias? Es sin duda uno de los aspectos más débiles en que nos encontramos en esta nueva oleada de lucha de clases internacional. Concretamente, esto significa cómo podemos reforzar la centralización y el debate en torno a posiciones, de experiencias, de balances, etc. entre los diferentes grupos de las comunidades de lucha en los que tienden a organizarse los proletarios revolucionarios e internacionalistas. Y esto implica, en última instancia, fortalecer el papel de la teoría revolucionaria a la hora de saber cuál es la naturaleza del capital para romper con él, el reconocimiento del hilo discontinuo de la historia de nuestra clase y de las lecciones que se pueden extraer de las revoluciones y contrarrevoluciones del pasado, así como ahondar y profundizar en el papel que las minorías podemos tener desde dentro de los movimientos de clase actuales y futuros, criticando las debilidades de nuestra clase y tratando de impulsar hacia adelante los movimientos prácticos y la clarificación en torno a los objetivos generales e históricos del proletariado. Estos aspectos nos parecen decisivos hoy.
Siempre hemos insistído en que nos parece muy importante tratar de analizar las relaciones de fuerza entre las clases. En última instancia un período de contrarrevolución es una época marcada por la paz social y el triunfo absoluto del capital. Son los tiempos normales del capital, de su fetichismo mercantil y de su lógica democrática. Períodos que fueron interrumpidos por otros de lucha de clases intensos, como las oleadas revolucionarias que mencionábamos más arriba. Por eso, sí creemos que estamos saliendo de un período de contrarrevolución y de reflujo social intenso como el de la década de los noventa. Ahora bien, no existe una línea de demarcación neta entre revolución y contrarrevolución. Sobre todo hay que saber que la revolución convive siempre con la contrarrevolución, que las luchas actuales despiertan la contrarrevolución por doquier por parte de la burguesía.
Dicho esto, es muy importante cómo los revolucionarios analizamos las épocas de contrarrevolución para distinguirlas del momento actual. No nos cansamos de repetir que estamos ante el inicio de una época bisagra que deja atrás la fase de reflujo contrarrevolucionario de la década de los noventa, un período que ya fue anticipado con toda una serie de luchas a principios de siglo y sobre todo en el 2008-2013. En cualquier caso, la contrarrevolución de la década de los noventa, que nunca fue absoluta, se puede comprobar en la manera en que se debilitó la perspectiva de superar el capitalismo a través de un proceso revolucionario. Este es el elemento principal de la contrarrevolución de los noventa y que todavía ondea como una pesada sombra sobre las debilidades de nuestra clase en las luchas actuales. En cualquier caso, no creemos que se pueda comparar el reflujo de los noventa con el período contrarrevolucionario que se inauguró a finales de los años veinte y en la década de los treinta del siglo XX, cuando era «media noche en el siglo», y la contrarrevolución se afirmó a través de los regímenes gemelos del fascismo, el estalinismo y los New Deal socialdemócratas: una contrarrevolución que redujo a algunos puñados de minorías aisladas las estructuras proletarias y de clase de la oleada revolucionaria anterior.
En fin, nos es muy útil este tipo de correspondencia para poder aclararnos comúnmente. Esperamos haber profundizado y matizado mejor algunos aspectos. En definitiva, nos parece que estamos solo en el inicio de una nueva época histórica marcada por la revolución, por la polarización social que despertará antagonismos entre las clases cada vez más fuertes y virulentos. Este es el terreno fértil para que nuestra clase se construya como partido, clarificando su perspectiva histórica: su negación como clase para negar el capital y sus relaciones sociales. Pero para eso aún queda bastante, como decía Marx tras la primera oleada de 1848:
Mientras nosotros le decimos a los obreros: tenéis que atravesar 15, 20, 25 años de guerras civiles para cambiar la situación y prepararos vosotros mismos para ejercer el poder, se les dice: tenemos que tomar el poder de inmediato, o nos podemos ir a dormir.
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1 de diciembre de 2019

Bloqueo


¿Se puede considerar el bloqueo como una estrategia efectiva dentro de la actual correlación de fuerzas? ¿Cuál es la relación entre el movimiento que comenzó el 5 de diciembre y los que sacuden el Medio Oriente y América Latina? Una tentativa muy general de evaluar las formas que puede tomar una crisis global de capital.

En cierto modo, el Comité Invisible tiene razón: el poder es logístico, y es una tautología de escasa entidad, ya que el poder es el poder de hacer cosas. Pero de lo que da cuenta sobre todo señalar esto es de que el «poder» ya no negocia, que en tiempos de crisis renuncia incluso a presentarse como la síntesis neutral de los diferentes intereses de clase, para presentarse como lo que es: la dominación de una clase. La fábula del interés general —la democracia en sus diversas formas— se desvanece ante la realidad del interés superior de la economía (que sería, por tanto, la verdadera síntesis social), este otro fetiche de la dominación de clase. La gestión de la huelga se convierte entonces en una cuestión de mantenimiento del orden y, en la práctica, en una cuestión logística. Por tanto, quienes protestan ya no son adversarios con los que se dialoga, sino infractores: elementos radicalizados. Ya no hace falta negociar, hay que «desbloquear», físicamente. La represión es el corolario obligado de la ausencia de diálogo; lo justifica a la vez que lo pone de manifiesto.

Pero allí donde el Comité Invisible veía una debilidad, la prueba de que el Estado ya no podía producir legitimidad simbólica sino «solamente» controlar el territorio, también hay que recordar que, dentro de las actuales relaciones de fuerzas, la logística no sólo es el punto fuerte del Estado, sino también el medio a través del cual tiene planeado durar para siempre: le hicieron falta menos de tres semanas para evacuar las rotondas de chalecos amarillos y poner fin a los bloqueos. Precisamente porque el Estado ganó la batalla logística (en el sentido de la Dirección Departamental de Fomento), por lo que la disputa regresó a la calle, donde la policía también la trató de manera logística. Vista la manera en que funciona todo esto, hay que plantearse una vez más la pregunta: ¿podemos luchar contra el Estado en el terreno de la circulación? ¿Podemos realmente, en la práctica, no desde un punto de vista técnico, sino teniendo en cuenta el estado de las fuerzas en presencia, «paralizar el país»? Y de ser así, ¿para hacer qué?

Lo que sucede en esta situación es que cada vez que se produce un movimiento importante, quienes entran en conflicto se topan con un muro que reduce efectivamente su acción a un problema logístico. La gestión ideológica de la cuestión por parte del Estado se lleva a cabo, pues, bajo la perspectiva exclusiva del retorno a la normalidad fluida del orden circulante de las cosas: descalificación política de las posiciones, marginación bajo la calificación de extremismo, dispersión inmediata de cualquier manifestación tratada como una perturbación del orden público, «desbloqueo» instantáneo, movilización de personal no huelguista para restablecer el funcionamiento normal, etc. La «normalidad» se presenta aquí como lo que es, una violencia permanente, pero sólo se les presenta así a quienes han entrado en lucha porque padecen esta violencia. Para los demás, la normalidad es la normalidad, y punto. La pregunta, por consiguiente, es: ¿hasta qué punto puede el Estado, rodeado de aquellos para los que la normalidad sigue siendo deseable, continuar negando la existencia de aquellos para los que esta normalidad se vuelve cada vez más insoportable? Es esta dinámica de «desconexión» la que nos invita a pensar la guerra civil como algo siempre implícito en la situación actual, en cualquier parte del mundo, desde la peor de las dictaduras a las democracias más asentadas. Y aquí también, se tiembla ante la idea del deslizamiento hacia una guerra civil en la que el Estado conserve todos sus medios logísticos: la Siria de Bashar-el-Assad está allí para recordarnos de aquello de lo que es capaz de un Estado que logra reagrupar tras él a una parte de la población frente a la otra. Eso puede prolongarse, y en este caso la prolongación es un aplastamiento programado.

Ese es el motivo por el que, en la actualidad, cada movimiento que comienza a extenderse entre de lleno en una zona desconocida, cargada de incertidumbres y bastante aterradora, sin otras perspectivas que el retorno a una «normalidad» cada vez más insoportable, el aplastamiento o el caos de la guerra civil. Para el capital, el fin de la política nunca ha sido otra cosa que la guerra. Ver estas condiciones plasmarse en Francia, en el marco de un movimiento tan «clásico» como una lucha contra la reforma de las pensiones, ver cómo esta lógica destructiva despliega sus premisas en lo que hace veinte o treinta años se habría traducido en una especie de danza nupcial ritualizada entre los «interlocutores sociales» y el Estado, nos dice bastante acerca de la profundidad de la crisis en la que hemos entrado. Evidentemente, lo que se está preparando en Francia no tiene comparación alguna —cuantitativamente hablando— con lo que existe en estos momentos en Chile o en Irak, y cada situación debe ser comprendida en sus propios términos, pero, no obstante, forma parte de una situación general que sin lugar a dudas es global. Lo que hay en común entre la forma en que el Estado francés está considerando el movimiento contra la reforma de las pensiones, y movimientos como los que se producen en Medio Oriente o en América Latina, es esta situación en la que al Estado ya no le queda nada que dar (y en los casos anteriores la crisis del Estado rentista extractivista y redistribuidor no hace sino manifestar aún más violentamente esta situación) y en la que realmente ya no se espera nada de él, pese a que, sin embargo, siga siendo la única perspectiva de las luchas: «el pueblo quiere la caída del régimen» en todas partes, y al infinito. Quizás resida ahí el verdadero «bloqueo» de este interminable choque frontal con el Estado. En la actualidad sería una locura considerarlo desde otra perspectiva que como la de una crisis revolucionaria mundial, y no considerar la perspectiva comunista en este contexto sería nihilismo.

Desde esta perspectiva, las luchas evolucionarán como puedan; no hay una vanguardia que pueda imprimirles un rumbo. La radicalidad no está ni en las ideas ni en las personas; está en la situación. Sin embargo, también sería tan irresponsable no señalar este simple hecho: las «luchas sobre la circulación» y la estrategia del bloqueo, al igual que la perspectiva puramente alborotadora, están condenadas al fracaso. Su única perspectiva es la de llegar a desestabilizar al Estado para obligarlo a mejorar las condiciones de existencia de masas de proletarios excluidas o apartadas por el capitalismo de su «normalidad», pero esa perspectiva integradora ya no está en el orden del día. En ese caso, al Estado ya no le queda más que organizar el bloqueo y el retorno a la normalidad, tarea para la cual le sobran medios. Piensen lo que piensen ciertos soñadores, no se puede ser más eficiente que el Estado en el terreno logístico, ni mediante el bloqueo ni mediante los disturbios. En el mejor de los casos, si la crisis se generaliza, puede obtenerse un cambio del personal político encargado de organizar el retorno a la normalidad; en el peor, el aplastamiento. Eso es lo que nunca dice el eslogan «bloquearlo todo». ¿Para qué? ¿De cara a qué «victoria» exactamente? ¿Y con qué posibilidades de éxito? Ante la perspectiva de este fracaso programado, hay que decir que un movimiento revolucionario que comenzase a ponerse en situación de prevalecer no tendría otra opción que abordar la producción, apoderarse de elementos productivos y empezar a poner en práctica una producción sin intercambio, la gratuidad, a no bloquear la circulación, sino a apropiarse de ella para apoyar su lucha, etc., es decir, implementar de inmediato el comunismo. Solo en este marco, en el que el movimiento comenzara a hacer posible la vida fuera del capital, en el que la lucha ya no se limite al enfrentamiento homicida con el Estado, los disturbios y el bloqueo podrían desempeñar un papel positivo. Ni que decir tiene que aún estamos lejos de ello.

(Original francés en Des Nouvells Du Front traducido por Federico Corriente)

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Relacionado (lectura recomendada): "A nuestros amigos" del Comité Invisible (2014)