12 de julio de 2018

Novedad de La RojiNegra Ediciones: "Tesis de Orientación Programática" del GCI














“Tesis de Orientación Programática” del Grupo Comunista Internacionalista (GCI) es un importante pero poco conocido documento histórico de 1989 que fue publicado en Bruselas-Bélgica, en varios idiomas (francés, español, inglés, árabe) y en varios países. Por estas tierras ecuatoriales, nosotros tuvimos la oportunidad de conseguir un par de ejemplares hace aproximadamente unos diez años. Hoy, a pesar de que su tapa/contratapa de cartulina se haya amarillado un poco y sus grapas se encuentren completamente oxidadas por el paso de los años, y a pesar de que su lenguaje político a algunos talvez les pueda parecer denso, vetusto, limitado y hasta “marxista-leninista-bordiguista” (que no lo es y que quede claro que no lo es); a pesar de ello, el contenido de estas Tesis sigue siendo plenamente vigente porque su razón de ser también lo sigue siendo y de manera más monstruosa y catastrófica que nunca antes: el capitalismo, la dictadura social de la mercancía y el valor llamada democracia, la esclavitud asalariada y otras formas de dominación inseparables de ella (patriarcado, racismo, etc.), la lucha de clases, el Estado (y su “terror blanco”), la familia, la escuela, la iglesia, la cárcel, las patrias, la contrarrevolución burguesa/socialdemócrata y sus diferentes agentes (las ideologías parcializadoras y reformistas como el nacionalismo, el sindicalismo, el ciudadanismo, el ecologismo, el feminismo, etc.); la necesidad de la autonomía y el antagonismo proletarios, la necesidad humana de revolución social mundial, de comunismo y anarquía (sociedad sin clases ni Estados), la necesidad de libertad y comunidad humana real… y universal; en fin, las posiciones revolucionarias invariantes del proletariado de todas las épocas, países, colores, sexos, edades, etc… para dejar de serlo. Posiciones que no son “sólo teóricas” sino que han sido adquiridas, sintetizadas y transmitidas, a manera de lecciones y directrices prácticas, por parte de sus fracciones o minorías revolucionarias (tanto marxistas como anarquistas), a partir de sus propias luchas reales y derrotas históricas contra el Capital, el Estado y la socialdemocracia, en todo el mundo.

Es vigente también porque, al igual que todos los materiales teóricos del proletariado en lucha, y como dicen sus propios autores, son tesis inacabadas o “tesis de trabajo” que, de hecho, ya se han trabajado; es decir, ya se han asumido, difundido, discutido, criticado, precisado, desarrollado, profundizado desde su publicación hasta nuestros días, de manera minoritaria pero internacional, a través del mismo órgano central del Grupo (la Revista Comunismo) y, décadas después, a través de otros órganos de grupos compañeros de otras latitudes como, por ejemplo, Cuadernos de Negación (Rosario-Argentina). Además, porque ningún texto es ni debe ser una maldita biblia.

Dicho esto, desde “la mitad del mundo” La RojiNegra Ediciones se complace en publicar, como novedad dentro de su primera línea editorial (teoría revolucionaria), las “Tesis de Orientación Programática” del GCI tanto en su versión anarko-kartonera original de hace 29 años (en A5, color verde pálido, 84 págs., ejemplar único no disponible para la venta) como en su versión anarko-kartonera actual (en A5, color rojo oscuro, 28 págs., disponible). Sin duda, un material fundamental, un ABC para la formación de antiguas, presentes y futuras generaciones de la revolución a venir. Por lo cual, recomendamos vivamente su lectura, difusión y discusión… ¡Oh, el “hilo rojo” y negro del “partido histórico” e internacional del proletariado no ha muerto! ¡El “fantasma” del comunismo y la anarquía sigue vivo! ¡Salud y revolución social mundial!

28 de junio de 2018

Gulag 2018: ¡Mundial es la miseria! ¡Nada que festejar!

Nota de Un Proletario: desde Rosario, recibimos y publicamos este necesario panfleto a contracorriente del megaevento y opio capitalista internacional que es el mundial de fútbol Rusia 2018.

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 Panfleto: ¡Mundial es la miseria! ¡Nada que festejar!


Una vez mas, como cada 4 años, el Mundial de Fútbol nos invade. Otra vez la burguesía internacional hace correr a sus soldaditos del deporte y el comercio. Otra vez el deporte como disciplina de control de los cuerpos y como mejor camino hacia el bombardeo mediático de mercancías.

Cada país participante aprovechara mejor la actuación de su equipo. Empezando por Rusia, en el ojo del turismo mundial para tapar con dinero y fanatismo la sangre que derramó bombardeando Siria.

Del lado argentino la hiper-explotación del empresario Messi, como ejemplo del débil que se convierte en fuerte y tiene que hacer lo imposible para triunfar… y la exigencia constante de que gane un titulo para Argentina, la sed de tener un fundamento para sentirnos “los mejores del mundo”. Que más puede querer el Estado argentino... en estos años marcados por la expansión de la miseria y la represión. Nada mejor que una pelota de fútbol para complementar el palazo del policía. Aunque no tengamos que comer, brindaremos en unidad nacional con quienes nos cagan, en un éxtasis de patriotismo, xenofobia y machismo.

En el caso ruso, la apología de una masculinidad competitiva, agresiva, fundada en el individuo que todo lo puede y que siempre tiene que dar más es complementaria con la hostilidad hacia la comunidad gay y trans característica de la Federación Rusa. Esta llega a su punto máximo en Chechenia con sus campos de concentración, donde se encierra y se tortura e incluso, según algunas versiones, se ha llegado a ejecutar a disidentes sexuales. 

También en campos de concentración se hacina a los trabajadores nepaleses en Qatar- la próxima sede- durante la construcción de los estadios. Engañados para viajar, y una vez allí se les retiene pasaportes y documentos para mantenerlos cautivos entre larguísimas jornadas bajo un calor sofocantes. Ya son mas de 2000 las personas que han muerto construyendo esos estadios.

Contra los festejos de los explotadores gritamos bien fuerte: ¡Mundial es la miseria! ¡Nada que festejar!

Junio de 2018. Región argentina.

27 de junio de 2018

La Leonera N° 1. Contra el trabajo. A propósito del 1 de Mayo y el 8 de Marzo

Nota de Un Proletario: Desde Asturias, recibimos y publicamos un excelente y necesario texto en estos tiempos sobre capitalismo y patriarcado, trabajo asalariado y trabajo doméstico, el 1° de mayo y el 8 de marzo, la lucha de clase y la lucha de género, desde una perspectiva revolucionaria, comunista. 

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 La Leonera Nº1. Contra el trabajo


CMYK básico


A propósito del 1 de Mayo y el 8 de Marzo



Hoy la mayoría de los explotados y explotadas vivimos la explotación y la opresión siempre hayan existido, que no pueda existir otra forma de vivir, de relacionarnos entre seres humanos. Vivimos nuestras desgracias como un destino terrible que nos ha tocado vivir. Eso hace que, actualmente, busquemos las soluciones en algo ajeno a nosotros mismos (las promesas de políticos o sindicalistas, la autoayuda, la secta de moda, el psiquiátra…).
Nadie o casi nadie se atreve a día de hoy a hablar de revolución, de transformación radical… a lo sumo se aspira a la consecución de pequeñas reformas o a la solución de tal o cual problema particular, al reconocimiento de alguna identidad ya sea nacional o de cualquier otro tipo. Nosotros, como explotados y oprimidos, no queremos que se reconozca nuestra identidad como trabajadores, queremos dejar de serlo, negar lo que nos niega. Hablar de revolución puede sonar extremista o utópico (y fuera de moda), sin embargo, extrema es la violencia que sufrimos cada día, extrema es la amenaza que pesa más y más cada día sobre la vida misma. La guerra contra la vida, conflicto que no tiene fronteras, y sea cual sea el punto del capitalismo en que vivamos, en cualquier lugar del mundo en que nos encontremos, por mucho que nos digan lo privilegiados o lo desafortunados que somos, todos y todas estamos heridos y marcados por ella. Lo utópico es pensar que esta catástrofe, este absurdo vital cotidiano pueda solucionarse con pequeños parches que solo sirven para continuar apuntalando este sistema.
Han hecho falta siglos de represión y de violencia para que los explotados y explotadas aceptemos sin más la explotación. Desde los cercamientos de tierras y el ordenamiento del trabajo reproductivo históricamente feminizado a la parcelación de nuestras vidas según horarios y obligaciones, nos lo han quitado todo: los lazos que nos permitían sentir en común, los medios para hacernos cargo de nuestras necesidades y responsabilidades. Nos han convertido en sumisas, en personas dependientes, sin sueños, encadenadas a insoportables rutinas de extenuación física y psicológica, de explotación, de aislamiento, de consumo y de obediencia.
Recientemente hemos asistido a una nueva conmemoración del Primero de Mayo, la festividad del trabajo. Que con el paso del tiempo este evento (como ha pasado también con tantos otros) haya sido despojado totalmente de su contenido, se haya convertido (por lo general) en una farsa, en un ritual vacío y aburrido, en una ofrenda a la servidumbre voluntaria, no debemos olvidar lo que está en el origen de su conmemoración: la lucha por la revolución social, la lucha contra el trabajo, el antagonismo con lo existente.
Ha pasado más de un siglo desde aquellos sucesos de 1886. Se argumentará que han cambiado mucho las cosas, pero lo cierto es que no han cambiado para nada en lo fundamental: seguimos perdiendo nuestras vidas trabajando, camino del puesto de trabajo, reponiendo nuestras energías para volver a la carga, buscando trabajo o formándonos para el trabajo. Si se ha conseguido que hablar de trabajo equivalga a hablar de actividad es gracias al triunfo de la ideología dominante; muestra hasta qué punto hemos interiorizado el lenguaje del amo. Sin embargo, “trabajo” es la forma que ha adquirido la actividad humana en el capitalismo, una forma que vuelve al ser humano mercancía y lo obliga a relacionarse con el resto de personas y de las cosas a través de mercancías. Pensemos que incluso nuestras relaciones más íntimas con otros individuos se conciben tambien de una forma muy similar al trabajo, como un intercambio de intereses.
Pese a las diversas alucinaciones cibernéticas o de otro tipo, el trabajo sigue siendo central en la sociedad capitalista. Es central para el Capital porque de él depende. El capitalismo necesita ponernos a trabajar para crear valor, su más valioso combustible. A los proletarios se nos obliga a vender nuestra fuerza de trabajo para sobrevivir: nuestra actividad humana está secuestrada por la economía, que la separa de nosotros. Esto nos hace olvidar que de hecho somos nosotros los que reproducimos este mundo. El Capital es un monstruo hecho por el ser humano, y no un misterioso fantasma que flota sobre nuestras cabezas, fuera de nuestro alcance. La creencia generalizada de que las personas no pueden cambiar el mundo tiene su origen en esta separación. La sensación de sinsentido y la apatía también pueden rastrearse en el hecho de que nuestra actividad está separada de nosotros y vuelta en nuestra contra como una fuerza extraña.
Los hechos aparentemente más normales: que cada cual no disponga más que de su fuerza de trabajo; que, para vivir, deba venderla a una empresa, que todo sea mercancía, que las relaciones sociales giren alrededor del intercambio, todo esto no es de hecho más que el resultado de un proceso violento y prolongado.
Hoy la sociedad, por su enseñanza, su vida ideológica y política, enmascara las relaciones de fuerza y la violencia pasada y presente sobre la que se ha establecido esta situación. Disimula a la vez su origen y el mecanismo de su funcionamiento. Todo aparece como el resultado de un contrato libre en que el individuo, portador y vendedor de su fuerza de trabajo, encuentra la empresa. La existencia de la mercancía es presentada como el fenómeno más cómodo y natural posible.
Esta sociedad mercantil generalizada esconde que tuvo un inicio para ocultar que puede tener un final. El trabajo tal como lo conocemos, el valor, la mercancía, el Capital… son procesos recientes teniendo en cuenta la larga historia del ser humano sobre la Tierra.
El trabajo no sólo aparece como algo natural, sino incluso como algo que dignifica a quien lo realiza, pero quienes sufrimos la explotación (cuando no estamos completamente alienados y el trabajo se ha convertido en nuestra vida), sabemos que no es así. Para quienes lo sufrimos es en realidad una tortura, y no es casualidad que el origen etimológico de la palabra venga precisamente del tormento. Sabemos que el trabajo nos machaca, nos destroza el cuerpo y la mente hasta convertirnos en seres pasivos y obedientes. El trabajo es imposición, es actividad forzada. Lo peor de todo es que no se limita al marco de la empresa: desde que suena el despertador comienza la angustia, el transporte hacia el trabajo es muchas veces otra tortura añadida… es toda nuestra vida la que vendemos al trabajo.
Esto se ve claro también en la forma en que la medicina funciona, no para sanar, sino para que podamos seguir trabajando. ¿Cuántas compañeras se hinchan de ibuprofenos y otras mierdas para poder volver a trabajar después de una jornada que nos ha dejado dolores por todo el cuerpo?¡Cuánto dolor provocan estas condiciones de explotación que se intentan tapar con psicofármacos! ¡Cuánto dolor y sufrimiento cuando no se tiene la posibilidad de trabajar, puesto que nuestra supervivencia e incluso el “derecho” a vivir dependen del trabajo! ¡Cuánta misería no sólo material, sino de todo tipo provocan estas relaciones sociales de mierda! Eso por no hablar de las muertes y accidentes en el trabajo o camino al mismo, ni de cuántos de los suicidios están directa o indirectamente relacionados con el trabajo. A este conteo de cadáveres se debe añadir las víctimas de la contaminación y la adicción al alcohol y drogas inducida por el trabajo. Tanto el cáncer como las enfermedades cardíacas son aflicciones modernas cuyo orígen se puede rastrear, directa o indirectamente, hacia el trabajo. La destrucción del planeta, las incesantes guerras, que obligan a millones de personas a desplazarse arriesgando sus vidas, no se pueden separar tampoco del trabajo.
Cuando hablamos de abolir el trabajo no estamos defendiendo el ocio mercantil: el tiempo libre existe porque el tiempo de trabajo lo define, no se puede en ningún caso contraponer las dos esferas. El tiempo libre es “ausencia” de “trabajo” por el bien del trabajo. El tiempo libre es tiempo gastado en recobrarse del trabajo, en un frenético y angustioso (pero inútil) intento de olvidarse del trabajo.
La resistencia al trabajo es una forma de recuperar parte de la “humanidad” de la que nos priva el trabajo: por lo tanto, hace que nuestra jornada laboral sea menos alienante. Lejos de la cantinela moralizante con la que cada uno solemos justificar nuestras acciones en este sentido, la mayoría de la peña huye del trabajo como de la peste, trabaja a desgana, roba material o pequeños instantes a la tarea, se escaquea… Actitudes que por sí solas no son panacea de nada ni el banderín de enganche de la nueva revolución, pero que son hechos reales de resistencia al Capital, actitudes que señalan que no todo está perdido.
Todo esto que tratamos de explicar no quiere apuntar a que simplemente dejemos de trabajar mañana para comenzar a vivir: uno puede buscarse la vida para trabajar lo menos posible o incluso robar, saquear… y esto está bien, pero no resuelve el problema. El trabajo es un mal social, abolir el trabajo significa abolir las relaciones sociales capitalistas.
Nos venden que la culpa es de tal o cual gobierno, de la forma de distribuir los beneficios, como si esto fueran algunos pequeños defectos que pudieran corregirse, cuando son por el contrario esenciales al capitalismo.
Entonces, si hoy tenemos trabajo tenemos que estar agradecidos, y si no lo tenemos, el único horizonte posible es reclamar el derecho al trabajo, o mejores servicios sociales.
Los políticos de cualquier color prometen trabajo para todo el mundo, como si eso fuera posible, ¡por no hablar de si es deseable! Políticos y sindicalistas se han esforzado a lo largo de la historia por imponer a los proletarios más decididos programas de reformas, para canalizar las reivindicaciones hacia peticiones que no pongan en cuestión la raíz de todos esos problemas. ¡Hablan de “derecho al trabajo”! Si el trabajo fuera algo bueno, los ricos se lo hubieran guardado para ellos.
El trabajo es nuestra actividad separada de nosotros, convertida en algo que alimenta a la economía y nos domina. Y este proceso puede cambiarse porque somos nosotros los que lo alimentamos.


Vale, pero ¿qué pasa con el trabajo doméstico y la opresión patriarcal?



Poner en cuestión el trabajo, la explotación, significa poner en cuestión el capitalismo, significa poner en cuestión una relación social que es totalitaria y abarca todos los aspectos de nuestra existencia. Significa poner en cuestión el progreso, la democracia, el Estado y todas las categorías que nos separan y nos reducen a objetos. Significa luchar contra todas las separaciones.
Por eso queremos compartir aquí algunas reflexiones en torno a la opresión de las mujeres y sobre el paro que tuvo lugar el pasado 8 de marzo. Reflexiones que no pretenden cerrar el tema, sino que son una contribución a la necesidad de transformar esta realidad.
La violencia y la opresión que sufrimos las mujeres no se puede entender de forma aislada de todo esto. Y si bien no es lo mismo ser un adulto explotado en Suecia que un niño en una fábrica en China, ni una proletaria en Europa que una en una fabrica de bebés en la India; si bien, mujeres y hombres, niños y niñas, adultos o ancianos, blancos o negros, europeos o migrantes no vivimos exactamente las mismas condiciones de opresión y explotación, esto no debe hacernos olvidar que es la misma relación social capitalista la raíz de todas esas situaciones.
No vivimos en un mundo de dominaciones, donde el capitalismo sería una entre tantas… La acumulación de Capital es el corazón de nuestro mundo. La doble necesidad que tiene el proletario de venderse y el burgués de extraer el mayor valor posible de la fuerza de trabajo que ha comprado, esta doble necesidad no lo explica todo, pero sin ella no se puede entender nada.
Si bien el patriarcado es anterior al capitalismo, al contrario de lo que se suele entender, la dominación masculina no desaparece con el progreso sino que se intensifica con él. Es con el desarrollo del capitalismo cuando se intensifica la opresión específica sobre las mujeres, al mismo tiempo que se intensifica la violencia contra la vida en general. El capital subsume, y esto quiere decir que lo hace parte de su ser, las relaciones de dominación basadas en el sexo. De hecho, mientras se siga identificando la dominación masculina con algo atrasado que se solucionaría con el progreso, no seremos capaces de ver hasta qué punto el progreso es nocivo para la especie humana en general. Si las religiones tienen un papel importantísimo en el desarrollo de la subordinación de las mujeres, y en general de la explotación y de la dominación, ya desde los inicios del capitalismo la razón y el progreso se hicieron cargo de dar un fundamento de religiosidad científica a la supuesta inferioridad femenina. El progreso ha traído muchos avances en estas materias: así, actualmente los abortos selectivos de niñas son habituales en algunos países como China, y mujeres encerradas en fábricas de bebés en la India producen niños y niñas que se venden en el mercado gracias a las virtudes de la ciencia.
Si el espirítu racionalista soñaba (y sueña) con un mundo en que las mujeres y los hombres fueran iguales e intercambiables, es en tanto que necesitó explotarlos a ambos por igual, igualarlos en tanto que mercancía fuerza de trabajo. Sin embargo, como esto no siempre es posible en tanto que las mujeres son las que pueden parir, la familia se convirtió en pilar fundamental de la producción y la reproducción de las relaciones capitalistas y del Estado; según el momento histórico y las necesidades del Capital se exaltó bién al ángel del hogar o bien a la mujer ruda capaz de cargar con un martillo neumático, como en el mítico cartel: We can do it! Y sí, ha quedado demostrado, ¡podemos hacerlo! Incluso podemos hacerlo a tiempo parcial mientras seguimos asumiendo las tareas de reproducción, o incluso a jornada completa haciendo malabarismos, o asalariando a otros probablemente mujeres, seguramente migrantes que vienen, no por casualidad, a sustituir a otras mujeres en esa tarea, o que provéen de fuerza de trabajo más barata desde sus lugares de origen para suplir la falta de nacimientos, sea por imposibilidad (es decir, imposición); o por decisión surgida como rechazo a ese tipo particular de explotación.
La verdadera pregunta es si queremos ser tenidas en cuenta en la misma medida que los hombres, igualadas en el mercado, en un sistema que nos roba la vida y hace que nos relacionemos como objetos. Probablemente las burguesas sí deséen ser iguales a los varones de su clase, pero para las proletarias, como ya algunas compañeras teorizaron al calor de las luchas de los años 60-70 en Italia, la autonomía salarial es ser individuo para el capital, no menos en el caso de las mujeres que en el de los hombres. Quienes pretenden que la liberación de la mujer proletaria estriba en la posibilidad de encontrar trabajo fuera de casa, no están descubriendo más que una parte del problema, no la solución. La esclavitud en la cadena de montaje no es ninguna liberación de la esclavitud del fregadero de la cocina. Las mujeres deben redescubrir por completo sus posibilidades, que no son ni hacer calceta ni ser capitán de altura.
La misma crítica del trabajo que hemos estado apuntando es aplicable al trabajo doméstico de las mujeres. Si afirmamos que es trabajo y que es explotación es porque queremos liberarnos de esa esclavitud a la que se nos ha condenado históricamente. Sin embargo, no queda muy claro en algunos eslóganes, que más bien lo exaltan como algo positivo. Si históricamente el obrerismo y gran parte de quienes se dijeron revolucionarios exaltaron el trabajo en la fábrica, afirmaron la identidad obrera masculina (y musculada) como algo positivo, no podemos seguir cometiendo el mismo error. Entonces, si decimos “¡Eh! ¡Que nosotras también estamos siendo explotadas y en muchas ocasiones fuera y dentro del hogar!”, que sea para luchar por acabar con la explotación porque, ¿para qué nos sirve el reconocimiento? ¿El reconocimiento de quién?
Desde sus inicios, el capitalismo se encontró con una contradicción: necesita explotar a las mujeres como reproductoras de la fuerza de trabajo pero también, en ocasiones y según las necesidades del mercado, en el trabajo asalariado. Esta contradicción se ha ido salvando de diversas maneras, con la incorporación de mujeres en el mercado laboral, susituyendo a éstas por el trabajo de personas migrantes, mediante las dobles jornadas, asumiendo el Estado una parte de estas tareas en el llamado “Estado del bienestar”, etc. En períodos de crisis como el que vivimos, al igual que otras, éstas contradicciones se agudizan. Y si bien esta contradicción es insalvable para el capitalismo, y por ello no se puede poner fin a la opresión sobre las mujeres bajo el reinado del Capital, no es insalvable para los explotados y las explotadas si luchamos para dejar de serlo, y no para continuar reproduciendo este sistema.
Para los obreristas y muchos de los que se proclamaron revolucionarios, proletario era igual a obrero varón y la revolución consistía en trabajar más. Puesto que defendieron una supuesta revolución que no abolía ni el trabajo ni el valor, defendieron también que el trabajo liberaría a las mujeres. Los proletarios no pueden hacer de su rol una herramienta para emanciparse, porque este papel les es dado por el Capital. Así pues, su única arma radical es su potencial negativo: los proletarios sólo pueden ganar luchando contra sí mismos, es decir, contra lo que son forzados a hacer y ser como productores. Y esto es impensable si no negamos al mismo tiempo lo que somos forzados a hacer y ser en función de nuestro sexo en beneficio del Capital y del Estado.
El problema de muchos de los debates y problemas que están surgiendo también al interior del feminismo, por ejemplo, en torno al tema de la prostitución, parte también de la falta de reapropiación de esta crítica del trabajo que ha elaborado nuestra clase en su conjunto, de todas las razas y de ambos sexos, a base de derrotas. Se debate acerca de si la prostitución es un trabajo o no lo es, partiendo unas del trabajo como algo positivo y reivindicable y otras de negarlo como trabajo en base a que se considera algo degradante, cuando el trabajo es sinónimo de degradación. Y si bien hay trabajos más degradantes que otros, esto no puede hacernos perder de vista (como ya hemos desarrollado) que lo necesario es abolir todos los trabajos. La clave para acabar con estas falsas dicotomías es la crítica del trabajo como prostitución.
Tampoco se puede esperar ninguna tranformación social pidiendo al Estado, que sólo puede poner parches a los problemas que él mismo genera. Este sistema se nos presenta como fragmentado, pero no se puede separar el Estado del Capital, ni de las relaciones patriarcales. Son parte de una totalidad. Entonces, cuando pedimos al Estado, por ejemplo, una educación no sexista, ¿no estamos pidiendo peras al olmo? ¡Como si la escuela pudiera ser una burbuja que no fuese penetrada por el resto de relaciones que la rodean, como si no fuese un pilar para sostener estas relaciones, para deformarnos como futuros explotados y explotadas serviles a este sistema que es en sí sexista!
El 8M se pudo escuchar también algo distinto a la mayoritaria atmósfera de recuperación estatal, una consigna brutal, hermosa y potente: yo sí te creo. Se alzaban miles de voces para decir: tranquila, hermana, aquí está tu manada. Y ahí, en esas voces cargadas de rabia y de dolor encontramos una fuerza distinta, distinta porque parte de una solidaridad directa por fuera y contra el Estado.
Necesitamos urgentemente dejar de ser violadas, golpeadas, tratadas como cuerpos-objetos y queremos luchar contra ello en lo inmediato. Pero necesitamos urgentemente superar de raíz este estado de cosas, por eso no podemos esperar que las mismas instituciones que son el origen de estos problemas nos aporten las soluciones. Por eso necesitamos tejer lazos por fuera y contra del Estado y de la política, para apoyarnos y defendernos de las agresiones, pero también para profundizar en el contenido de las luchas, y que éstas no sean recuperadas de forma que terminemos remando en contra de nuestra propia emancipación.
No se trata de esperar a un mañana revolucionario que llegará del cielo dentro de 500 años, se trata de lo que hacemos hoy para luchar contra estas condiciones que nos ha tocado vivir. Es necesario también luchar contra esa separación entre nuestras necesidades inmediatas y la urgente necesidad de revolución social. El Estado va a tratar siempre de canalizar todas las luchas que surgen de nuestras necesidades hacia reformas, que no hacen más que perpetuar el problema, y todo lo que hacemos ahora va en una u otra dirección.
No queremos cadenas más largas, queremos destruir este mundo que nos aprisiona. Y sólo mientras luchamos por destruirlo podremos generar unas relaciones humanas que no nos dañen, eso sí con mucha lucha de por medio, pero mejor eso que la pasividad y el aislamiento, mejor eso que seguir reproduciendo la enorme suciedad que es esta sociedad.

12 de junio de 2018

"El Trabajo es un Crimen" - Herman Schuurman (Holanda, 1924)

El trabajo es un crimen - Herman J. Schuurman, seguido de El grupo De Moker. La juventud rebelde en el movimiento libertario holandés de los locos años 20 - Els Van Daele [Libro]

Fuente y descarga: http://boletinlaovejanegra.blogspot.com.ar/…/dos-nuevos-lib…

De Moker, ppruiend blad voor jonge arbeiders (El Mazo, periódico de agitación para jóvenes trabajadores) fue publicado entre 1923 y1928 desde Holanda. Uno de sus fundadores redactó El trabajo es un crimen. Mientras participaban en todas las luchas contra el capitalismo vigente y el militarismo, dirigieron su crítica hacia los partidos y sindicatos, a los cuales veían más como un freno que un estímulo.

* * *
«El trabajo destruye la vida.
Si lo comprendemos bien, nuestra vida tomará otro sentido. Si sentimos en nosotros mismos ese impulso creador, se expresará a través de la destrucción de este sistema cobarde y criminal. Y si, por las circunstancias, debemos trabajar para no morir de hambre, hace falta que a través de este trabajo, contribuyamos al hundimiento del capitalismo. 
¡Si no trabajamos por el hundimiento del capitalismo, trabajamos por el hundimiento de la humanidad!
He ahí el porqué nosotros vamos a sabotear conscientemente cada empresa capitalista. Cada patrón sufrirá pérdidas a causa de nosotros. Allí, donde nosotros, jóvenes rebeldes, seamos obligados a trabajar, las materias primas, las máquinas y los productos serán obligatoriamente puestos fuera de funcionamiento. Saltarán a cada instante los dientes del engranaje, los cuchillos y las tijeras volarán en pedazos, las herramientas más indispensables desaparecerán de la vista —nos enseñaremos los unos a los otros las formas y maneras de hacerlo—. No queremos ser destruidos por el capitalismo: por eso el capitalismo debe ser destruido por nosotros.»

5 de junio de 2018

LA ROJINEGRA EDICIONES. A modo de Presentación


Proyecto anarco-editorial cartonero, hecho con cabeza y mano propias, desde Kito-Ecuador para el mundo entero. Nuestra propuesta es 1 rizoma-trinche de 3 LÍNEAS DE PUBLICACIONES: POESÍA (EN ESPECIAL, POESÍA MALDITA), ANTIPSIQUIATRÍA & TEORÍA SOCIAL REVOLUCIONARIA. En diferentes formatos y presentaciones: desde fanzines hasta libros (muy artesanales), y a precios muy accesibles (de vez en cuando también aceptamos trueques). Feriamos en recitales, ferias de libros y fanzines, festivales y tokatas.

Hemos venido trabajando de manera informal, silenciosa y anónima desde hace aproximadamente unos 3 años, pero es en mayo de 2018 que decidimos lanzar nuestra primera publicación como La RojiNegra Ediciones: LA VOZ DEL POETARIADO. UNA ANTOLOGÍA DE POESÍA PROLETARIA HISTÓRICO-MUNDIAL. Varios Autores (cuaderno rojo). La cual lanzamos, a su vez, en el recital homónimo que organizamos por el 1° de Mayo.

Además contamos con MÁS DE 30 TÍTULOS DE OTROS AUTORES Y OTROS TEMAS dentro de las 3 líneas editoriales arriba mencionadas: “CUADERNOS DE NEGACIÓN” (revista – de Argentina), en la línea de teoría social revolucionaria; “ENAJENADXS” (fanzine – de España), en la línea antipsiquiátrica; y, en la línea poética, desde Rimbaud y Baudelaire hasta Panero y Chaparro Madiedo, pasando por Artaud, Bucowski, Parra, Bolaño, Papasquiaro, Dalton, Xu Lizhi, así como también Eluard, Huidobro, Dávila Andrade, Jara Idrovo, Héctor Cisneros (“el poeta de la lleca”) Y MUCHOS OTROS.

Si estás interesadx en adquirir alguna de nuestras publicaciones o en cooperar en proyectos afines, contáctanos a través de nuestro correo electrónico o de nuestra página en Facebook y dialogaremos con gusto.

¡Salud y Autoliberación!

La RojiNegra Ediciones
larojinegraediciones@riseup.net
Kito, 29 de mayo de 2018




















Nota de Un Proletario: "Es un muerto que no para de nacer"

18 de marzo de 2018

Comunización - Dauvé y Nesic

Comentario de Un Proletario (Quito, marzo de 2018)

Publico este texto de Dauvé y Nesic ("Troploin", Francia, 2011) principalmente porque trata sobre la comunización, por lo tanto, sobre la revolución comunista: tema y pasión permanente de todo proletario harto de serlo, sediento de una vida y una comunidad realmente humanas, y consciente de que ello sólo es posible mediante la revolución social que abolirá la sociedad de clases. Es de carácter teórico, pero también es de carácter histórico y actual: la comunización hoy por hoy es uno de los principales temas de estudio y debate entre las minorías comunistas -y algunas anarquistas- de todas partes del mundo. Y no por moda intelectual, porque no lo es, sino como una expresión consciente de una necesidad humana real que nuestra clase la tiene hoy tal como la tuvo ayer y la tendrá mañana: la necesidad de la teoría de la revolución comunista, de "las armas de la crítica" que habrán de convertirse en fuerza material social una vez que, al calor del antagonismo de clases, el proletariado -ya no sólo sus minorías revolucionarias- se apropie de ellas y las empuñe en su lucha práctica por su autoemancipación... o no.

Ya como tal, el texto es bastante completo, lúcido, clarificador, formativo, didáctico, cotidiano, ameno, elegante, realista (como todos los textos de Gilles Dauvé -alias "Jean Barrot"-). Principalmente, porque recoge y hace el balance crítico así como la síntesis superadora de lo mejor de la herencia de "la historia del comunismo": las lecciones clave aprendidas de las derrotas en las revoluciones/contrarrevoluciones históricas (1848-50, 1871, 1917-1923, 1936-1937, 1968-1977), así como de Marx, Bordiga (y la Izquierda Comunista Italiana), la Izquierda Comunista Germano-Holandesa (en especial, Rühle), la Internacional Situacionista (Debord), "Invariance" (Camatte), la Corriente Comunizadora (incluida la propia experiencia vivencial de Dauvé y Nesic. Y digo balance crítico y síntesis superadora, considerando las diferencias, polémicas, rupturas y distancias entre todas las corrientes anteriormente mencionadas). Por otro lado, también es un análisis concreto de la situación concreta: del capitalismo, el trabajo, la vida cotidiana, la lucha de clases, el proletariado, las ideologías, la contrarrevolución y la revolución, en el actual periodo histórico, desde la perspectiva comunista, mejor dicho, comunizadora.   

La idea-fuerza de este texto de Dauvé es comprender el proletariado y la revolución como comunización; y la comunización, a su vez, como revolución o transformación por parte del proletariado de todas las relaciones sociales en relaciones comunistas: sin propiedad privada, valor, clases, Estado, fronteras, separaciones ni opresiones de ningún tipo. Lo cual presupone que hay que comprender al proletariado -el sujeto de la revolución- como contradicción viviente que se afirma al negarse y superarse a sí mismo en tanto que es la clase que trabaja y que también rechaza el trabajo -base material de esta sociedad-; que valoriza el Capital y que también puede desvalorizarlo y destruirlo; que, por sus condiciones materiales y (sub)humanas de existencia, y sobre todo por lo que ha hecho y hace en sus luchas reales contra el Capital-Estado, encarna la disolución de todas las clases y que, por eso mismo, puede abolirse como clase y así abolir todas las otras clases. En una palabra, clase explotada y clase revolucionaria (de hecho, el proletariado es la única clase explotada y revolucionaria de la historia... y la última). Por lo tanto, comprender la revolución comunista como la asunción y resolución positiva de esta contradicción real y fundamental: la autoabolición revolucionaria del proletariado como clase para devenir Comunidad Humana o "Gemeinwesen" (Marx). Proletarios de todos los países: ¡dejad de serlo!

Todo esto, no como si fuese el cumplimiento de una "ley" o fatalidad histórica y teleológica -deja claro Dauvé-, ni tampoco como si de un mero acto de voluntad colectiva de la noche a la mañana se tratase. La revolución social sólo es ni más ni menos que una posibilidad histórica contingente, es decir algo que puede como no puede acontecer y ser, dependiendo de lo que el proletariado haga o no con la sociedad y consigo mismo, objetiva y subjetivamente, a fin de transformarlo, revolucionarlo, comunizarlo todo... o no. Frente a la catástrofe generalizada llamada capitalismo -el peor de los mundos posibles- en el que hoy sobrevivimos, la revolución comunista es necesaria y posible, pero no es inevitable. Y si después de unas décadas llegase a acaecer, el comunismo ciertamente será una nueva sociedad realmente humana y vivible, pero no será el paraíso en la tierra: se abolirán las desigualdades y los antagonismos de clase, las catástrofes sociales, pero no los problemas y las contradicciones de la humanidad y de la vida (enfermedades, muertes, conflictos, desamores, etc.). Gozaremos la existencia de manera plena y consciente, sí; pero también sufriremos, sólo que ya no como "bestias de carga" o como máquinas, como cosas-mercancías-individuos, sino como seres humanos, "demasiado humanos" -y hasta eso sería bello...

Ahora bien, considero necesario aportar dos acotaciones complementarias a este material teórico hoy en día tan necesario, fundamental para las minorías comunistas internacionales, sobre dos temas también fundamentales para las mismas, a saber: comunismo y dictadura del proletariado. La primera acotación tiene que ver con el concepto original y real de comunismo formulado por Marx y Engels en "La ideología alemana" (1845): "Para nosotros, el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que haya de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual." Movimiento que existe sobre la base de premisas materiales actualmente existentes (la explotación/dominación capitalista y la lucha de clases) y, al mismo tiempo, solamente en una dimensión histórico-mundial (porque el Capital y la lucha de clases son mundiales y llevan siglos de existencia). Anular y superar el estado de cosas actual significa, por lo tanto, negar y destruir por completo la sociedad capitalista, sólo a partir de lo cual se puede construir "en positivo" la sociedad comunista. Negación (de la sociedad de clases y de su propia condición de clase) como afirmación en sí misma (de la comunidad humana mundial). Revolución como ruptura y "aufhebung" (supresión/superación) en la historia de la especie humana realizados por el movimiento comunista como tal. Un concepto -sin duda- materialista, dialéctico, histórico y, por lo tanto, antiutópico; pero, sobre todo, revolucionario y humano, de comunismo. Pues bien, un siglo después de Marx, Bordiga, Benjamin, Camatte, Dauvé, Cesarano/Santini y el GCI (Grupo Comunista Internacionalista) también lo comprenden de la misma manera cuando expresan, de una u otra forma, que el comunismo es el movimiento milenario de autoemancipación y recuperación de la comunidad humana como especie y como naturaleza, encarnada en la humanidad desposeída y proletarizada, desde los tiempos de Espartaco y de los anabaptistas y las brujas hasta los actuales tiempos de revueltas anónimas de jóvenes desempleadxs y encapuchadxs. El movimiento o el "partido histórico" de la Gemeinwesen mundial cuyo grito de guerra es ¡Omnia Sunt Communia! (¡Todo es de Todos!) Entonces, si el comunismo es tanto el movimiento de lxs explotadxs y oprimidxs que destruye la sociedad del Capital como la futura sociedad sin clases ni Estado que resulta de tal movimiento, la comunización -tal como Dauvé la plantea- no es un nuevo sinónimo pero sí "actualiza" o, mejor dicho, revitaliza el concepto original e invariante de comunismo. Al mismo tiempo que hoy en día es una parte y una expresión teórica de este movimiento histórico real.

La segunda acotación, en cambio, es polémica porque tiene que ver con el problema del poder y, más específicamente, con la tan incomprendida y vilipendiada dictadura del proletariado. Pero de entrada hay que decir que la cita del GCI sobre la necesidad de la dictadura revolucionaria del proletariado que sigue a continuación, si bien critica a la autogestión y a la comunización, no es contradictoria sino complementaria con el planteamiento comunizador/comunista de Dauvé (sobre todo con lo que éste dice en aquella parte de su texto llamada "Violencia y destrucción del Estado" -ver más abajo-):
"La tiranía del capital, es decir la de la tasa de ganancia, se basa justamente en la libertad. La dictadura de la tasa de ganancia solo puede imponerse socialmente a partir de la libertad del  individuo, libertad de comprar y vender, libertad de propiedad privada, libertad de producir lo que se quiere..., libertad de reventar de todo tipo de carencias. Más aún, dictadura de la tasa de ganancia y libertad individual no pueden ser entendidos como conceptos separables, sino que son las dos caras de la misma forma social de producción. La clave de la sociedad del valor es justamente el carácter privado de la producción, o dicho de otra manera, toda la organización social de la producción se hace haciendo abstracción del destino social de la misma, como si cada uno produciendo para sí produjera para la sociedad, como si cada uno con su libre y egoísta libre arbitrio, en la búsqueda de su mayor beneficio, beneficiase a la sociedad. ¡Y sabemos bien a qué barbarie, a qué catástrofe conduce esa realidad e ideología de la mano invisible!
La cuestión central de la revolución es, entonces, destruir esta libertad de producir para un mercado, destruyendo así el carácter privado e independiente de la producción de cosas que es lo que convierte a los productos en mercancías, lo que hace de este mundo un mundo de producción de mercancías y en donde estriba la dictadura histórica del capital.
Dicha destrucción requiere entonces que la producción sea directamente social, que sea la sociedad toda que decida cómo se produce y que lo haga en función del ser humano. Este resultado sólo es posible si se ejerce una dictadura contra la tiranía del capital, es decir si se destruye la producción privada e independiente para el mercado, para lo cual hay que destruir la empresa misma como entidad de decisión. Seamos todavía más explícitos, porque una empresa autogestionada por sus trabajadores que se pretenda “no capitalista” y en producción libre y autónoma también debe ser destruida justamente por el carácter privado e independiente de su producción. La empresa no es capitalista por tener un patrón o ser una sociedad anónima, sino que lo es por producir en forma independiente y privada, y porque su producción sólo se hace social a través del mercado. De ahí que sea tan reaccionario, como utópico, llamar a la autogestión o a la comunización sin imponer la dictadura social efectiva contra el capital y sin que la sociedad decida a priori lo que debe y necesita producir. Es a este proceso social que los revolucionarios han denominado dictadura del proletariado (¡o dictadura revolucionaria o incluso dictadura de la anarquía!), proceso por el cual el proletariado, como fuerza, organiza socialmente lo que produce. Sólo si la producción es decidida y determinada por la sociedad toda y para la sociedad toda, se puede liquidar la libertad de la producción privada e independiente, que es la base de la sociedad mercantil. Esa es la clave de la abolición de la sociedad mercantil, del trabajo asalariado y de las clases sociales, incluyendo la autodisolución del proletariado en la comunidad humana mundial. 
[...]
No se puede hablar de destruir el capitalismo sin destruir su poder. Sin abolir la libertad capitalista, sin liquidar la autonomía e independencia de las unidades de producción privadas, es absurdo hablar de nueva sociedad o de comunización. No hay términos medios, no hay medias tintas. El poder, por ejemplo, no puede desaparecer o no ser de nadie. Todo el alternativismo, que empuja a hacer cosas sin destruir el poder del capital, solo sirve al capital. Lo mismo sucede con toda pretensión de autogestión de la empresa o de la mina, o con los emprendimientos productivos autogestionados. Como se ha verificado siempre con las colectivizaciones o empresas autogestionadas, al principio se mantienen como unidades autónomas (y se ensayan un conjunto de criterios para mantener la tan proclamada autonomía) apareciendo como si fuesen un doble poder o una oposición al poder. En los hechos funcionan integrados al capital a través del mercado y por eso mismo terminan siempre sirviendo al poder capitalista (¡que es el único que hay en el mundo!). ¡Cristina Kirchner agradece hoy a los baluartes del gestionismo en Argentina! Esos modelos de autonomía y gestión obrera se pretende hasta que sean un ejemplo para los países Europeos y Estados Unidos de cómo gestionar el capitalismo en crisis (lo que incluye esa recuperación de las autogestiones y colectivizaciones).
El capitalismo tampoco puede desaparecer por la “comunización” de espacios, de productos o de servicios, de empresas o de “toda la sociedad”. Ninguna comunización puede imponerse como nueva sociedad si no se destruye la ley del valor, que se reimpone inevitablemente por el funcionamiento mismo del mercado. Toda apología de la comunización que no plantee la cuestión misma del poder y de la destrucción práctica de la autonomía de las unidades productivas, es una forma ideológica más del gestionismo del capital.
La destrucción del mercado, del valor, de la ley del valor... requiere destruir socialmente el poder social del capital, el poder de la autonomía decisional. El verdadero programa de la revolución es unitarista, es esa totalidad de poder, de destrucción y de abolición. La nueva sociedad no puede ser otra cosa que el proceso mismo de esa abolición de la propiedad, de la ganancia, de todos los criterios capitalistas. Lo socialmente nuevo no puede ser otra cosa que la negación de todo esto, por eso lo más válido que nos legaron los revolucionarios, de todos los horizontes y de todas las épocas, son sus directivas destructivas de la sociedad presente, o dicho de otra manera, la necesidad de imponer el poder de la revolución, contra toda la formación social burguesa.
Por los límites mismos del lenguaje, así como también por aquello de que para unificar se requiere hacer énfasis en las dos facetas (o más) de una cosa, los revolucionarios siempre han resumido el programa de la revolución como síntesis de un aspecto que hace referencia al poder y otro que hace referencias a la destrucción del capitalismo y construcción de la sociedad comunista, la unidad de lo político y lo económico, en ese sentido la revolución es social, total y totalizadora. La revolución es necesariamente destrucción de la dominación capitalista e imposición de las necesidades humanas, dictadura del proletariado para abolir el trabajo asalariado, aplastar la dictadura capitalista imponiendo la dictadura del género humano, hasta que la humanidad toda sea una comunidad." (GCI. "Revolución". Comunismo nro. 62. Noviembre de 2012. Cursivas nuestras)
La cita es bastante elocuente y contundente como para comentarla. Solamente decir que su contenido no es contradictorio sino complementario con el planteamiento de Dauvé y Nesic, ya que éstos comprenden la comunización como la abolición del valor, del salariado, de la empresa, del mercado y, al mismo tiempo, como la destrucción violenta del Estado. En una palabra, insurrección y comunización son inseperables; dos aspectos del mismo y único proceso revolucionario, al igual que lo son dictadura del proletariado y comunización. De manera que, si la comunización es el conjunto de "medidas" para la autoemancipación del proletariado y la abolición de la sociedad de clases y fetiches, entonces insurrección y dictadura del proletariado para la destrucción del valor y del Estado serían "medidas comunizadoras" en sí, o sea medidas propias de la revolución comunista. Para que quede claro, entonces: sin dictadura del proletariado no hay comunización -y viceversa-, entendida como la dictadura social de las necesidades humanas sobre la dictadura mercantil-salarial-democrática generalizada o del valor hasta su abolición -proceso histórico e internacional inseparable, a su vez, de la destrucción del Estado burgués y de la autoextinción de la propia dictadura proletaria-; y, en su lugar, la instauración y libre desenvolvimiento de la comunidad humana real mundial: sin clases, razas, géneros, mercados, Estados ni fronteras nacionales. Esto y no otra cosa es la Revolución Comunista. La transformación (destrucción/creación) radical y humanamente despótica de todas las relaciones sociales en relaciones comunistas -y anárquicas.

Finalmente ¿cuál es el papel de los proletarios comunistas y/o comunizadores en todo ello, sobre todo en tiempos de contrarrevolución como los actuales? (¿Cuál es el sentido de todo esto hoy en día?) El mismo de ayer y siempre... Criticar de raíz y sin piedad toda esta sociedad capitalista de mierda, en la teoría y en la práctica - "del arma de la crítica a la crítica armada". Contribuir a preveer y preparar la revolución social proletaria, entendida como autoactividad y autoemancipación humana. Contribuir, entonces, a desarrollar la autonomía proletaria, el antagonismo de clases, la tensión revolucionaria y la comunización. A agitar por ella. A clarificarla. A organizarla. A dirigirla. Hasta el fin. Esto último, claro, en tiempos de revolución. En tiempos de contrarrevolución como el presente, se trata principalmente de "restaurar el programa comunista histórico", el cual ha de girar en torno a la resolución revolucionaria de la contradicción viviente que es su sujeto: el proletariado (revolución proletaria para abolir el proletariado y todas las clases); mejor dicho, se trata de revitalizar y desarrollar el pensamiento o la teoría de la revolución comunista a venir, entendida como una necesidad práctica, anunciativa y preparatoria de la misma, así como una forma conciente de expresión de la necesidad que tiene la humanidad y el planeta de tal revolución (o, al menos, de la necesidad que muchxs proletarixs tenemos de ella). Mantener y tensar el hilo rojo -y negro- del partido histórico del proletariado -el partido del comunismo, de la anarquía-, haciendo el balance crítico de sus derrotas del pasado para así extraer y aplicar las respectivas lecciones en forma de directrices prácticas en sus luchas del presente y el futuro, a fin de hacer posible y realizar por fin la revolución comunista. Participar en la lucha de clases histórico-mundial haciendo teoría y agitación de la lucha de clases y de la revolución que abolirá la sociedad de clases; y, cuando y donde sea posible, estando ahí, "poniendo el cuerpo" en las luchas proletarias reales, contribuyendo a la autoorganización, la acción directa y el avance real de nuestra clase contra el Capital, hasta lograr imponerle todas nuestras reivindicaciones o necesidades humanas -transformadas o radicalizadas, a su vez, al calor de las mismas luchas. Todo esto, en tiempos histórica y socialmente desfavorables como el actual, hay que hacerlo de manera tanto colectiva y estructurada (lo óptimo y plausible) como de manera individual y no estructurada (los individuos comunistas "sin partido" ni estructura, por más jodidos y aislados que se encuentren, también son o pueden ser partículas activas del comunismo histórico-universal y aportar al menos con actividad y discusión teórica). 

Sin embargo, como bien decía Vaneigem, quien habla de la lucha de clases y la revolución sin hablar de los problemas de la vida cotidiana y de lo subversivo que hay en el amor, tiene un cadáver en su boca. Por ello, pienso que igual de importante para el revolucionario en particular y para el proletario en general -sobre todo en tiempos oscuros de contrarrevolución, derrota, muerte en vida-, de manera tanto personal como colectiva, es saber mantener la "fe" materialista y la pasión por el comunismo, por la revolución social, "tan cierta como un hecho ya sucedido" (Bordiga dixit). Pero no por "mística" ni como un "delirium tremens" ultraizquierdistas, sino como necesidad sentida y deseo inmanente. Revolución para vivir una vida que merezca llamarse así, porque esta "vida" capitalista de mierda que nos tocó, mejor dicho, que se nos ha impuesto, nos está matando a diario en todo aspecto. Lo cual necesariamente implica de nuestra parte una consciencia, una voluntad y una actitud ante ésta (incluida la actitud de "no estamos deprimidos, estamos en huelga" y, principalmente, la de "somos antisistema porque el sistema es antinosotrxs"); es decir, una subjetividad antagonista a este mundo y su "normalidad" (violenta y asfixiante). Ser diferente, disidente y -por qué no- estar un poco "loco" pero, al mismo tiempo, sabiendo no perderse en "los bosques de la locura" que puede desembocar incluso en el suicidio. Resistir como ser humano que se sabe tal adentro pero en contra de un sistema inhumano; "en este mundo pero no de este mundo". No ser menos sino más que la mercancía desvalorizada a la que el Capital nos condena y reduce. Ser la nada que sabe que es todo y lucha por negar y destruir lo que le impide serlo, personal y colectivamente... En una palabra, resistir, mantener la voluntad de vivir, a pesar de todo, a contracorriente, porque luchar es vivir y vivir es luchar; porque el comunismo es la vida humana en lucha contra este sistema de alienación, explotación y muerte. "Ser la revolución", como dice Dauvé, en realidad significa asumir la contradicción viviente que uno es como proletario, luchar junto con otrxs proletarixs por resolverla y superarla de manera revolucionaria: la autoabolición del proletariado como clase explotada y sufriente para devenir comunidad humana mediante su comunidad de lucha... y no morir en el intento.

Ésto último de "no morir en el intento", lógicamente, aplica más para la clase que para los individuos, por lo tanto, aplica para esta y para las próximas generaciones proletarias. No tiene un sentido (sólo) individual y presente, sino colectivo e histórico. Ergo, si tales o cuales individuos de esta generación proletaria morimos, la clase proletaria seguirá existiendo y luchando contra el Capital por recuperar su vida y su humanidad, es decir seguirá "siendo la revolución", el partido histórico, la comunidad de lucha/comunidad humana en movimiento. Pero eso sí: si tales o cuales individuos proletarios morimos, que sea luchando por la vida, pues no se trata de "sacrificar el presente por el futuro" sino de vivirlo (aunque a veces duela esta lucha a contracorriente y minoritaria por la libertad y la felicidad reales); y "legando" al menos ciertos aportes para un arsenal teórico revolucionario que sirva como tal para las luchas de nuestras próximas generaciones, para la revolución comunista y anárquica del futuro. Como bien dice Flores Magón: "si los revolucionarios morimos, moriremos como soles: despidiendo luz." Mientras tanto, seguir luchando, seguir viviendo.

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Comunización (descargar en PDF)
Gilles Dauvé y Karl Nesic (2011)
Publicado originalmente en Troploin (Francia)
Traducción: Colectivo Germinal (España)

 
Contenido:

I. De la Izquierda Comunista a la comunización
  • ¿Qué herencia?
  • Censier
  • Maduración
  • Los obreros contra la burocracia
  • Crítica de la Izquierda Comunista
  • Hacia una síntesis
  • Algunas palabras sobre la palabra
II. Comunización: ¿Quién? ¿Qué? ¿Cómo?
  • No un programa
  • ¿Una novedad?
  • Estancamiento y progresión en la teoría revolucionaria
  • ¿«Comunismo o barbarie»?
  • Salarización no es proletarización
  • La comunización como autocrítica del trabajo asalariado
  • ¿(Casi) todos comunizadores?
  • «Deber histórico» y «límites objetivos»
  • Crítica del trabajo en su punto más moderno
  • Experiencia y memoria
  • Inevitable subjetividad social
  • ¿Transición?
  • Violencia y destrucción del Estado
  • Local y global
  • Cambiar la vida
  • Jerarquía y aprendizaje
  • El proletario y el ecologista
  • Transformar prácticas comunes ya existentes
  • Comunidad
  • Gratuidad
  • Comunismo y tiempo de trabajo
  • Abundancia, necesidades... e igualdad
  • Universalidad
Bibliografía

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Fragmentos clave del texto:

<<¿Para qué debatir de la comunización si está tan alejada del imaginario dominante? se podría preguntar… Los riesgos de huida hacia adelante no son menores: cuando la realidad escasea, la teoría se ve tentada de colmar sus carencias. Sin embargo, esta reflexión se impone porque, pese a nuestra actual impotencia, un movimiento social actúa y se comprende en función de su objetivo: es éste el que ordena los criterios de análisis de una realidad. El análisis concreto es válido sólo en relación con un objetivo. Por ejemplo, especializarse en la exposición de las luchas, incluso con la intención de fortalecerlas, no lleva más que a una defensa (radical, en el mejor de los casos) del trabajo contra  el capital, lo cual ya es mucho, pero no hace avanzar al movimiento comunista que estas luchas pueden o no llevar.
Lo que entendemos por comunización ya se ha expuesto en Communisation : un appel et une invite (2004) y Le Tout sur le tout (2009), pero esta idea subyace a todo lo que intentamos hacer, ya que se trata ni más ni menos del contenido de una revolución futura, de su único contenido posible, y por ejemplo nuestra crítica de la democracia sólo adquiere todo su sentido con la perspectiva de la revolución como comunización (Au-delà de la démocratie, L’Harmattan, 2009). De la misma forma, el análisis de los movimientos sociales del pasado y del presente supone una comprensión del contenido de una revolución comunista, de la cual pueden estar cerca o muy alejados. Aquí se encuentra un punto y una línea divisoria fundamentales.
Desde hace unos años se habla mucho de comunización en los círculos radicales, más allá incluso de los llamados “comunizadores”. Criticar los diversos usos de la palabra y de la noción habría oscurecido nuestro propósito por el enorme número de puntos de vista que habría que analizar. En efecto, aunque nuestro interés por la comunización a veces hace que se nos clasifique entre los comunizadores, no nos sentimos más miembros ni menos de una familia comunizadora de lo que lo seríamos de otros individuos o agrupaciones comunistas que también hay que tener en cuenta. Cuando un determinado número de compañeros hablan de la comunización (usen o no el término) sin hacer realmente diferencias entre proletario, explotado, dominado, precario, excluido o incluso pobre, esta indeterminación influye en su forma de considerar la comunización. Por eso, este ensayo tenía que volver a lo que significa proletario y trabajo. Pero no hemos querido hacer con esto una serie de refutaciones: hemos intentado en la medida de lo posible, aún criticando lo que entendemos que son errores, decir de manera positiva lo que nos parece verdad y exponer nuestra concepción lo más directamente posible. El lector comparará por sí mismo lo que debe ser (nuestra bibliografía da algunas referencias con este fin) y el movimiento social se encargará de hacer la criba:
El reagrupamiento y la unificación sólo se producirán con nuevas escisiones e intercambios de insultos más o menos fraternos. Habrá que tener los nervios de acero.
Trotsky, Carta a Alfred Rosmer, 24 de marzo de 1929
[...]

Crítica de la Izquierda Comunista

Como ya se ve, nuestra reflexión era tan crítica con la Izquierda alemana como con la Izquierda italiana, con Pannekoek y Gorter como con Bordiga. Cuando François Martin publicaba, a partir del proceso concreto de la lucha de clases, la Contribución a la crítica de la ideología de ultraizquierda[6], escrito en 1969 y firmado por Jean Barrot, enfocaba este texto gracias a un desvío por la herencia teórica de la Izquierda Comunista, que este texto confrontaba a nuestra práctica en mayo-junio del 68. Añadamos que el desvío pasaba también por la IS. En efecto, al extender la gestión obrera a todos los dominios de la vida, los situacionistas habían aportado —en parte a su pesar— los elementos que permitían hacer estallar el marco gestionista. La gestión de todo supone más que la mera gestión.
Se distribuyeron algunos ejemplares del texto en dos reuniones organizadas por iniciativa del ICO, una cerca de París en la primavera de 1969, después una segunda, ésta internacional, en Bruselas ese verano. No fue discutido ni en una ni en otra.
Cuarenta años después, algunos camaradas leen nuestra crítica como una apertura hacia una teoría postobrera o postproletaria de la revolución. Esta interpretación es contraria al objetivo del texto, que quería ser una tentativa, no para refundar, sino simplemente para retomar la teoría del proletariado. En 2011 tanto como en 1969, una perspectiva postproletaria supondría un postcapitalismo, el cual existirá quizá un día, pero hoy no es el caso.
Lo que intentamos decir es que el comunismo no es un capitalismo a la inversa, donde el salariado sería dirigido por los asalariados y donde tendríamos el trabajo sin el capital. (Vemos aquí un punto crucial del que hemos tenido que renunciar a debatir con los herederos de la izquierda alemana). En consecuencia, la revolución comunista es un momento de exacerbación de la lucha de clases —lo cual no significa ríos de sangre, sino en todo caso combates que no seguirán siendo solo verbales— para que las cuestiones clave sean puestas sobre la mesa y que hace posible pensar en el fin de las clases. Antes de llegar a un cierto umbral de conflicto, la existencia y la legitimidad de las clases jamás serán puestas en cuestión. Pero este paroxismo de la lucha social sólo es comunista si desde sus principios se pone en marcha el final de las clases: tampoco la lucha propiamente política, la destrucción del Estado, tiene sentido si no es con la comunización. Si no, encerrada en su radicalidad, tanto los enfrentamientos armados con el Estado y las fuerzas conservadoras como en la virulencia de sus debates internos, la revolución terminará por girar sobre sí misma y fracasaría. (Esto es lo que siempre hará que los herederos de la izquierda italiana nos califiquen de semianarquistas).

Hacia una síntesis

Decimos una síntesis, y no la síntesis, porque solo un espíritu religioso cree que pueda existir un momento tan excepcional como para que la historia pudiera desvelar la totalidad de su sentido (en un análisis que también sería excepcional).
Nos falta espacio para un análisis de conjunto, pero la evolución no se produjo de la nada, sino que sufrió en concreto dos “choques” en los siguientes años. Si en Portugal la autonomía obrera se mostró capaz de mucho en 1974-1975, no bastó para producir un antagonismo con el capital, y a menudo tomó vías muertas, sobre todo autogestionarias. Más tarde, en Polonia, aunque haya sido el principal agente de la caída de la burocracia, probando de forma brillante “la centralidad del trabajo” en las sociedades modernas, la clase obrera ayudó igualmente a resucitar lo que creíamos muerto: la nación, el pueblo o una democracia que renovara del Estado. Ahora bien, durante decenios y contra el comunismo oficial, contra las ciento y una variantes de reformismo, contra el pensamiento que cuestiona todo y el mundo intelectual, toda una parte de la crítica radical había afirmado la fuerza revolucionaria de la clase obrera y extraído en 1968 nuevos argumentos en este sentido. Los acontecimientos en Portugal y Polonia obligaban a comprenderlos un poco mejor. La solución (la clase obrera) hace parte del problema histórico que hay que resolver, pero este problema solo la clase obrera es capaz de afrontarlo, y eso implica que tiene que ajustar cuentas también consigo misma. Porque hacen funcionar el capitalismo, los proletarios también pueden hacerlo caer.
En la Alemania de 1919, la mayoría del proletariado dio su apoyo, al menos pasivo, a la contrarrevolución armada dirigida por un gobierno socialista. Pero en Portugal y en Polonia fue la acción de los obreros, incluido cuando escapaba al control de los aparatos sindicales y de partido, la que tomó el camino de la reforma. Por muy importante que fuera, la burocracia no era el obstáculo nº1 ni el candado que impedía a los proletarios forzar la puerta de la revolución, puesto que ellos mismos mantuvieron cerrada esa puerta.
Con una constatación como esa, algunos como Invariance (después de que Jacques Camatte hubiera contribuido de forma importante a clarificarnos sobre la importancia de la Izquierda italiana y de Bordiga después de 1945) concluían que los proletarios no actuaban ni actuarían nunca más que como clase del capital y para él.
Otros, entre los que nos encontrábamos, pensábamos al proletariado como una contradicción histórica que sólo él era capaz de resolver… o no:
Primero, hay una relación entre el contenido de la transformación y el grupo social del que la contiene: el proletariado es la disolución potencial de la sociedad moderna. Por otro lado, la naturaleza del que la contiene no produce automáticamente ese contenido: en dos siglos de lucha, esta fuerza de disolución que llevan consigo los proletarios no la han puesto aún en práctica para pasar al comunismo. Ya se habrá comprendido que no queremos “refundadores”.
Para resumir, se nos permitirá retomar lo que ya habíamos expuesto en otro sitio: la Izquierda “alemana” (en sentido amplio, incluyendo a muchos holandeses, sin olvidar a los herederos un poco lejanos, algunos deliberadamente ingratos como Socialisme ou Barbarie) nos había enseñado a comprender la revolución como autoactividad, autoproducción por los explotados de su emancipación. De ahí la necesidad de rechazar toda mediación: parlamento, sindicato o partido.
La Izquierda “italiana” (y de nuevo aquí, más allá de Italia, en concreto en Bélgica con la revista Bilan entre 1933-1938) recordaba que no hay comunismo sin destrucción del sistema mercantil, del salariado, de la empresa como tal y de toda economía como esfera especializada de la actividad humana.
Lo que Bordiga y los bordiguistas recordaban como programa a realizar una vez destruido el poder político burgués, la IS mostraba que no puede triunfar sin comenzar inmediatamente el proceso de extinción del intercambio mercantil, del salariado y de la economía, mediante una transformación de todos los aspectos de la vida, que no se llevará a cabo en una semana o siquiera un año, pero no tendrá ni impacto ni éxito si no se hace desde el principio de la revolución.
Esquemáticamente, la Izquierda alemana ayuda a ver la forma de la revolución, la Izquierda italiana su contenido, y la IS el único proceso que puede realizar ese contenido.
Decir que la izquierda alemana se funda sobre la experiencia proletaria, la izquierda italiana sobre el futuro y los situacionistas sobre el presente, basta para mostrar en qué se contraponen esas contribuciones, a riesgo de perdernos entre tantos espejos. Pero esta convergencia ayuda a comprender la revolución como comunización: no se trata ni de tomar el poder ni de pasar por encima, sino de destruirlo al mismo tiempo que se transforma el conjunto de las relaciones sociales, cada momento del doble proceso donde lo uno refuerza a lo otro.

Algunas palabras sobre la palabra

Por lo que sabemos, el primer texto donde la palabra comunización aparece en la acepción que nos interesa es en Un monde sans argent, escrito por Dominique Blanc y publicado en 1975-76 por la Organisation des Jeunes Travailleurs Révolutionnaires, que ya había editado antes en 1972 La militancia, fase suprema de la alienación[7], texto que se volvió más tarde en un clásico. (Algunos miembros de la OJTR participarán más tarde en King Kong International y después en La Guerre Sociale). Después de que la idea circulara en el pequeño entorno de La Vieille Taupe, D. Blanc —entonces habitual de la librería— es el primer en haberla puesto públicamente en el centro de la perspectiva revolucionaria:
Insurrección y comunización están íntimamente ligadas. No se producirá en un primer momento la insurrección y después, gracias a esta insurrección, la transformación de la realidad social. El proceso insurreccional extrae su fuerza de la propia comunización.
En ese sentido, Un monde sans argent es un texto fundador, retomado y desarrollado por otros en los años siguientes: citemos solo À bas le prolétariat. Vive le communisme (Les Amis du Potlatch, 1979).

[...]

No se trata de un proyecto que realizar algún día, de un programa que aplicar, es verdad que conforme a los intereses vitales del proletariado, pero que les sería “externo”, como una casa existe antes en la cabeza de un arquitecto antes de adquirir su propia existencia una vez construida. La comunización tiene que ver con lo que es y hace el proletario.

[...]

Lo que designa la palabra comunización es por tanto tan antiguo como las luchas de proletarios cada vez que han intentado emanciparse.

[...]

No llegamos a ponderar lo suficiente lo que deben nuestras teorizaciones a nuestros fracasos. Si la Comuna de París fue un avance gigantesco, en ciertos sentidos aún no superado, también indicaba el callejón sin salida del comunalismo. Rusia ha ilustrado ya la suerte de una insurrección que se limita a una toma del poder, y España mostró lo que ocurre a las socializaciones cuando se deja intacto el Estado. Pero en cada ocasión la “lección” es negativa, la contrarrevolución se fija y consolida el contenido de lo que ha intentado el proletariado.

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¿«Comunismo o barbarie»?

La única vía posible hacia la emancipación humana es la de una revolución que comunizará el mundo capitalista, porque ese mundo no producirá por sí solo una transformación que únicamente puede venir de la acción del proletariado: el capitalismo nunca se volverá por sí mismo caduco. [...]

Siempre es tentador hacer depender la revolución social de un nivel concreto del desarrollo capitalista. O bien se cree posible la revolución, incluso inevitable, ahora y sólo ahora, cuando antes habría sido irrealizable, o bien, como este obrero hace ya un siglo, se cree superado el umbral en que era realizable. En el primer caso, la revolución se ve excluida en tanto que las condiciones del comunismo no están maduras. En el segundo, cuando el capitalismo haya alcanzado y después superado su madurez, se pudrirá destruyendo todo poco a poco, incluida la posibilidad de la revolución. En los dos casos, se trata de creer en “leyes” de la historia que harían obligatorio o prohibirían un acontecimiento en cierta etapa histórica y no en otra. Es biologizar la historia de las sociedades, asimilada a la evolución de un ser que crece, madura y después inexorablemente llega a las últimas o cae en la decadencia.
Esas tentaciones históricas son tan inevitables que es necesario cuidarse de ellas: la revolución no es más imposible hoy (a causa de la dominación total del capitalismo) que posible solamente hoy —y no ayer— (a causa de la misma dominación total del capitalismo).

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Nosotros pensamos, bien al contrario, que la autonegación del proletariado será obra de los hombres y las mujeres que están aún en el mundo del trabajo… o no será. En su autoabolición como asalariados, exasalariados o asalariables, la relación colectiva que les liga al capital será a la vez un apoyo y un obstáculo. ¿Contradicción? Sí, y condensa la dificultad de un cambio tan amplio y profundo como la revolución comunista. No podremos escapar a eso. En todo caso, ciertamente no creyendo que antes de la revolución el capital nos prepararía la tarea desligando él mismo a los proletarios del trabajo, y por tanto del capitalismo en su conjunto. La comunización no será la obra de una masa de individuos previamente liberados de las cadenas del trabajo, ya creadas por el capitalismo como individuos sociales, puesto que: (1) el capitalismo se erige sobre la reunión conflictiva de dos clases, (2) el trabajo no ha desaparecido y la clase del trabajo tampoco, (3) existe claramente una clase diferente a otras. Por muy mistificante que fuera, la idea de un mesianismo proletario tenía el mérito de recordar que un grupo social particular es capaz de jugar un papel particular. Por cierto, también es importante admitir que se trata de un presupuesto fundado en la teoría, demostrable, pero cuya única verificación será práctica. El proletariado puede ser sujeto de su propia historia y de la del mundo: también puede no tomar ese rol. Para que lo tome, cientos de miles de proletarios tendrán que elegir (y qué se le va a hacer si alguien ve idealismo en este verbo) tomarlo, individual y colectivamente, ya que entonces las dos dimensiones tenderán a convertirse en una sola.

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La lucha de clases se parece más bien a una sucesión de comienzos, dado que el proletariado en su conjunto no extrae apenas conclusiones efectivas de su práctica, ya sea esta pasiva, activa, reformista o subversiva, o incluso insurreccional. Al día siguiente de 1848, 1871, de la capitulación del socialismo ante la guerra del 14, de 1917-1921, de los Frentes Populares, de 1939-1945 y del final del fascismo, del periodo 1960-1980, igual que después de la caída de las dictaduras militares o del capitalismo burocrático, las ”lecciones de la historia” no tienen realidad más que para las minorías, cuyo vínculo con la masa de proletarios y su influencia sobre su lucha generalmente es muy débil. Aunque la gestión obrera de la producción se haya mostrado como un callejón sin salida desde hace mucho tiempo, renace en periodos de crisis cada vez que los trabajadores encuentran un interés en volver a poner en marcha las empresas abandonadas por el jefe. La democracia bien puede haberse mostrado mil veces como ilusoria y opresiva: los más explotados, los que menos tienen que ganar, no son los últimos en movilizarse para instaurarla o restablecerla. El proletariado ha vivido  prácticamente todas las experiencias, incluida la toma (y la pérdida) del poder, todas excepto la revolución comunista. Imaginarse que irían aprendiendo poco a poco lo que deben y son capaces de llevar a cabo, que después bajo la presión de las derrotas perderían lo aprendido antes de recuperarlo más rico aún gracias a nuevos impulsos históricos, y que por ensayo y error irían avanzando en la vía de su emancipación, es tomar el movimiento comunista por una escuela. (El aprendizaje de las lecciones históricas supone por supuesto profesores, algunos malos —los dirigistas—, y otros buenos, los que fomentan la autonomía del alumno. No es necesario irse muy lejos para encontrar gente, a veces valiosa, que al mismo tiempo que rechaza “dirigir a la clase” se ve investida de una misión: hacer que se conozcan las luchas, difundir, transmitir la memoria, poner en contacto… cosas que tienen su utilidad, a condición de no creerse indispensable para llevarlas a cabo).
El movimiento proletario no posee la memoria acumulativa que construye, mantiene y modifica un individuo a lo largo de su vida. Si se puede hablar de memoria social, ciertamente no es comparable a la de un banco de datos que tendríamos que mantener, restaurar o actualizar. Como otras veces en el pasado, pero con la fuerza de un movimiento mucho más profundo que en 1871, 1917 o 1968, un periodo revolucionario nos obligará a volver a plantear las cuestiones esenciales con las que se chocaron las experiencias anteriores.

Inevitable subjetividad social

No habrá comunización si no existe previamente en el imaginario colectivo la posibilidad, inevitablemente multiforme y confusa, de otra forma de vivir, donde “trabajo”, “salario” y “economía” dejen de ser algo evidente. Las ideas no hacen la historia, pero la fuerza (o a la inversa, la debilidad) del movimiento comunista depende también de una voluntad subjetiva en los proletarios, y de la capacidad de una minoría para tomar iniciativas, tanto colectivas como individuales. Una revolución viene precedida de fenómenos que la anuncian. ¿Es el caso de hoy? Por todos lados se denuncia el capitalismo, pero la perspectiva comunista está muy poco activa en los ánimos y los comportamientos.
«La revolución está determinada por circunstancias favorables, pero éstas crean una ocasión que hay que aprovechar, y para esto se necesita un deseo colectivo de hacerlo que supere las contingencias de la explosión social. No se puede encontrar ninguna causa última que explique por qué en 1919 cientos de miles de obreros berlineses no participaron en la insurrección espartaquista: ninguna, si no es el hecho de que no sentían socialmente la necesidad. La voluntad no lo es todo, pero sin voluntad no hay nada», escribíamos en 2009 en Le Tout sur le tout.

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Ahora bien, el proletario es también una contradicción social, y el papel específico del proletariado en la comunización pone en juego al mismo tiempo la objetividad y la subjetividad. Porque está a la vez en el capitalismo y fuera de él, el proletario es capaz de luchar para defenderse y de defender intereses aparte de los suyos, intereses más generales que su propia condición, que son los de la humanidad. No es un mero partero de una gestación ya emprendida, sino el sujeto de una transformación que es producto de su propia lucha.

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¿Transición?

[...] Hablar de comunización es decir que la revolución no puede ser comunista si no transforma el conjunto de las relaciones sociales en relaciones comunistas, suprimiendo aquello en lo que se sostienen nuestras sociedades desde al menos doscientos años: la compra del trabajo por parte de una empresa y la omnipresencia del intercambio mercantil, así como las instituciones políticas que mantienen ese estado de cosas.

Lo que el neologismo comunización designa es una revolución que crea el comunismo, no las condiciones del comunismo.

Un proceso de esta amplitud no se terminará en unas semanas: hará falta una generación al menos para llevarlo a escala planetaria. Hasta entonces, no se extenderá como una oleada irresistible, sino que conocerá avances, sufrirá retrocesos y seguirá siendo vulnerable a una destrucción violenta del exterior o a una desagregación interna, en tanto que los diversos países y regiones no desarrollarán esas nuevas formas de vida al mismo ritmo. Ciertas zonas estarán rezagadas durante mucho tiempo, otras caerán temporalmente en el caos. Por ejemplo, la supresión de la moneda no creará solamente relaciones sin dinero, fraternales y sin beneficio económico, sino que a veces también surgirá de ello también el trueque, o incluso el mercado negro. No se sabe con qué formas concretas pasaremos de la falsa abundancia capitalista a otras maneras de vivir, pero el paso no se hará sin sacudidas y raramente lo hará con suavidad. Aquí y allí, se producirán inevitables cortes de abastecimiento que conllevarán una escasez provisional y que los partidarios del viejo mundo explotarán contra nosotros. Todo eso está claro, pero lo esencial es que el proceso comunizador comienza desde el primer día: desde ese momento, la manera en que los huelguistas tratan el espacio de su (ex)trabajo, en que se llevan las batallas callejeras, y en que los insurgentes afrontan cómo alimentarse y desplazarse los siguientes días, esta manera indica opciones que ya se han tomado. Cuanto más pronto comienza la transformación comunista de las relaciones sociales y de la vida cotidiana, más profunda es desde el principio, y más grandes serán las posibilidades de triunfar.

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Violencia y destrucción del Estado [OJO]

No solo es artificial la división entre lo social y lo político sino que, aún más grave, su teorización —como la de un “periodo de transición”— es un signo añadido de ideologización de un movimiento socialista que no hacía lo que decía y decía lo que no hacía. Si lo político es sinónimo de un poder central que se ramifica en el conjunto de la sociedad (a diferencia del poder del jefe, limitado a su empresa), y lo social es sinónimo de relaciones entre los individuos y entre los grupos en el día a día, en el trabajo, etc., en ese caso, ningún movimiento histórico de gran amplitud ha sido nunca únicamente político o únicamente social, sino las dos cosas a la vez. Nuestros fracasos del pasado no han sido políticos o sociales, sino ambas cosas. El poder bolchevique no se habría convertido en un poder sobre los proletarios si éstos hubieran transformado las relaciones sociales, y después de 1936 las “socializaciones” en España no habrían terminado en una derrota si los obreros hubieran conservado el poder conquistado en la calle en julio del 36.
La clase obrera sustituirá la antigua sociedad civil por una asociación que excluya a las clases y su antagonismo, y no existirá ya un poder político propiamente dicho, pues el poder político es precisamente la expresión oficial del antagonismo dentro de la sociedad civil.
Mientras tanto, el antagonismo entre el proletariado y la burguesía es una lucha de clase contra clase, lucha que, llevada a su más alta expresión, implica una revolución total. Además, ¿puede causar extrañeza que una sociedad basada en la oposición de las clases llegue, como último desenlace, a la contradicción brutal, a un choque cuerpo a cuerpo?
No digáis que el movimiento social excluye el movimiento político. No hay jamás movimiento político que, al mismo tiempo, no sea social.
Sólo en un orden de cosas en el que ya no existan clases y antagonismo de clases, las evoluciones sociales dejarán de ser revoluciones políticas.
(Marx, Miseria de la filosofía, 1847)
Lo que quiere decir comunización es que no habrá primero una toma (tampoco una demolición) del poder político y después una transformación social. No se trata solamente de hacer, sino de ser la revolución, según la fórmula de Ursula Le Guin en su novela Los desposeídos (1974).
Admitiendo este principio, un cierto número de compañeros, anarquistas o marxistas, son reticentes si no hostiles a la idea de comunización, temiendo que se limite a modificar el tejido social sin enfrentarse al poder del Estado. Sin embargo, en el sentido en que la entendemos, la comunización es hecha de practicas y de medidas sociales, es decir que afecta a la forma en que vivimos el día a día, en la que producimos, vivimos, nos alimentamos, aprendemos, viajamos, etc., pero esta dimensión social no es apolítica, ni siquiera política solamente por su cuenta, por sus meros efectos. Por su naturaleza y en sus intenciones, y para que triunfe, la comunización tiene una dimensión política: implica, otra vez desde el principio, una lucha, también armada, para echar abajo los órganos públicos y privados de represión. La revolución es violenta.
El Estado es «una relación determinada entre los seres humanos […] que destruiremos iniciando otro tipo de relaciones, comportándonos de forma diferente» (Gustav Landauer, 1870-1919), y afrontando las fuerzas de cuyo uso no se privará ese Estado para prohibir o acabar con esas nuevas prácticas.
La comunización sólo tiene sentido en una sociedad ya trabajada y sacudida por paros de trabajo masivos, cientos de miles de manifestantes en la calle, la ocupación de edificios públicos y de lugares de producción, una huelga general, disturbios, tentativas insurreccionales, una pérdida de control del Estado sobre porciones cada vez más grandes del territorio, en definitiva, por un movimiento suficientemente fuerte como para que las transformaciones sociales sean más que unos cuantos cambios.
Cuando J. Holloway declaraba en el Foro Social Mundial de Caracas en 2006 que «el problema no es abolir el capitalismo, sino dejar de crearlo», exponía bien un aspecto de la comunización que consiste efectivamente en iniciativas y prácticas de masas, pero le quitaba a ese proceso de toda eficiencia que pudiera negar su antagonismo con el Estado. Holloway se ha hecho famoso por su frase de «cambiar el mundo sin tomar el poder». Igual que él, nosotros tampoco queremos tomar el poder. Contrariamente a él, sabemos que el poder del Estado no morirá tranquilamente, sino que desplegará todos los medios que tenga a su alcance para defender el mundo existente: por tanto, la revolución deberá destruirlo. La revolución comunista no es apolítica, sino antipolítica. (Por cierto que los partidarios de «cambiar el mundo sin tomar el poder» no esperan que un amplio número de prácticas sociales baste para neutralizar y suavizar la fuerza estatal, sus instituciones y fuerzas armadas: su objetivo no es liberarse del Estado, solamente eliminar sus peores aspectos).
La comunización no seguirá el esquema marxista clásico, perfectamente resumido por Amadeo Bordiga en 1920: «Para que la revolución pueda cumplir con su tarea económica, es necesario derribar primero el sistema político que centraliza el poder». Sea la obra de un partido, como quería Bordiga, o de una organización democrática de los trabajadores (tipo consejo), en todo caso esta visión parte del principio de una división entre los planos político y económico, y de ahí deriva la sucesión de fases política y después socioeconómica.
Al contrario, la comunización combinará las dos dimensiones, “social” y “política”. Una dinámica insurreccional no se limita a ocupar edificios, cortar calles y liarse a tiros hoy, para mañana no preocuparse más que del abastecimiento y de la vivienda. Una revolución implica algo más que la mera espontaneidad y unos efímeros agrupamientos ad hoc. Es indispensable un mínimo de continuidad. Está claro que un cierto número de insurgentes seguirán disponibles y unidos en grupos armados. Incluso si el comunismo no significa un oficio de por vida, nadie tiene talento ni gusto para todo.
Una revolución obliga a desmarcarse constantemente, y su desarrollo modifica sin cesar las líneas divisorias, pero también habrá inevitablemente personas al otro lado de la barricada, es decir, contra nosotros. La revolución comunista triunfará más neutralizando a sus adversarios que matándolos, subvirtiendo más que eliminando, no será una guerra, un ejército frente a otro, pero supondrá inevitablemente una parte de violencia, de lucha armada, de riesgo a morir. Una visión cándida preferiría que todos y cada uno salieran ganando en el proceso revolucionario: en última instancia, es verdad, pero solamente en última instancia.  Cuanto más se rechace el mito de una guerra de clases, tanto más hay que recordar que una revolución obliga a enfrentarse a personas y grupos: nuestro objetivo son las relaciones sociales, pero una relación social sólo existe materializada en seres de carne y hueso. Por ejemplo, una parte de las fuerzas del orden pasarán a nuestro lado u optarán por la neutralidad: lo que les decidirá no será solamente constatar que el comunismo va a proporcionarles una vida mejor, sino también la presión de una violencia revolucionaria cualitativamente superior. Uno deja de dar y recibir golpes cuando el fin tiene cada vez menos sentido.
Por el contrario, si la lucha armada solamente estuviera asegurada por grupos de cuerpos cerrados y especializados en ese papel, detentando de hecho un monopolio de la violencia, ese sería un signo innegable de que la revolución se ha congelado. Pronto nacería una fuerza de “policía proletaria”, al servicio de un “gobierno revolucionario” apoyado sobre un “ejército popular”.
Un periodo insurreccional no se desarrolla en una sola noche, sino que se extiende a varios meses, y probablemente años: nada está decidido definitivamente, el control del espacio es inestable y el empleo de las armas (o con más frecuencia la amenaza de recurrir a ellas) viene acompañado de confusión y realineamientos en todos los sentidos. Algunos miembros de las fuerzas del orden se vuelven a sus casas o pasan a nuestro lado. A la inversa, se forman bandas privadas contrarrevolucionarias ligadas a los restos del aparato represivo, así como a métodos que son tanto más cruentos cuanto que esos grupos a menudo se escapan a la autoridad de aquellos que en teoría les dirigen. En semejantes condiciones, es muy posible que algunos miembros de categorías sociales privilegiadas o de cuerpos represivos susciten entre cierto número de proletarios un rechazo violento que puede llegar hasta el asesinato. En un periodo de guerra civil —y la comunización tendrá sin duda aspectos de una guerra civil— las posiciones y las oposiciones de clase no se simplifican ni se resuelven de un día para otro. Tanto el policía como el obrero del metal tienen mucho que ganar en la revolución comunista, pero no tienen inmediatamente el mismo interés en ella. La superación de las clases no pasa por poner en práctica una indiferenciación social efectiva desde el principio: al principio, se verán pocos abogados de negocios y pequeños empresarios en la calle y en las asambleas, y muchos menos directivos que empleados. ¿Y qué significará la subversión —y la no eliminación “física”— de la policía para un compañero cuyos amigos acaban de ser torturados por unos policías? La única garantía que tenemos para que no ceda a la venganza es que la presión del movimiento sepa disuadirlo, pero está claro que no siempre funcionará eso.
Otros antes de nosotros han pensado en esto: «Lejos de oponerse a los llamados excesos, deben emprenderse actos de odio ejemplar contra edificios individuales o públicos a los cuales acompaña odiosa memoria, sacrificándolos a la venganza popular; tales actos, no sólo deben ser tolerados, sino que ha de tomarse su dirección» (Circular del Comité Central a la Liga Comunista, marzo de 1850). En 1850, Marx y Engels se situaban en la hipótesis de una revolución democrática que la clase obrera debería obligar a superar, sin embargo la cuestión sigue vigente.
Entre capitalismo y revolución comunista, el enfrentamiento es asimétrico. Para ganar, a los burgueses les basta con no perder, con “mantenerse” en la tormenta, esperando a reconquistar a continuación el terreno perdido, a cambio del sacrificio de algunas fortunas y el rejuvenecimiento de las élites dirigentes. El comunismo debe tomar la iniciativa. Ganará más socavando las bases sociales del bando contrario que oponiéndole una fuerza militar “frente contra frente”, pero socavar no será siempre suficiente, y habrá que combatir también con las armas lo que la comunización no haya podido neutralizar.
No hay que negar la violencia revolucionaria, ni creer que lo resuelve todo, ni tampoco buscar una respuesta intermedia mediante una represión “moderada” de las intrigas contrarrevolucionarias y la construcción de prisiones más “humanas”. Ninguna fórmula organizacional garantiza el control de la violencia proletaria que puedan ejercer los propios proletarios. (Igualmente, a menos que se suprima toda delegación, no hay normas de procedimiento que garantice por anticipado el control de los mandantes sobre sus delegados).
La solución dependerá de las respuestas que se den a preguntas bien concretas, por ejemplo el uso que haremos de los expedientes de la policía que estén en nuestras manos. Habrá voces que pidan que se utilicen, en pro de la eficacia. Contra esta tendencia, la revolución no se privará de recurrir a ellos por principio moral, porque así estaría imitando al Estado que se está rechazando, sino que hará valer el hecho de que no los necesite —o los usará si acaso en situaciones excepcionales—, ya que no combate contra sus adversarios como combate la policía contra los revolucionarios. El fin de la revolución da también sus medios: no intenta identificar a los objetivos para excluirlos de la sociedad metiéndolos en prisión o llevándolos al cementerio. El comunismo es integrador, y no persigue a monstruos antisociales.
Sean cuales sean las formas que tomen la destrucción del Estado y la invención de nuevos hábitos de administración, ese proceso irá a la par de la comunización. O bien convergen, o bien fracasan juntos. Si permiten que continúe la policía, el ejército, los partidos y el parlamentarismo, las actividades sociales más fraternales e innovadoras acabarán siendo destruidas desde el exterior por la fuerza, o asfixiadas por falta de espacio. A la inversa, si los insurgentes se limitan a consolidar un poder político-militar queriendo superar al del Estado, su eficacia no será más que aparente, puesto que lo combatirán poniéndose en su terreno: reducido a un duelo entre dos bandos, la revolución perderá el partido porque habrá renunciado a su dinámica social.
En los primeros momentos, sería absurdo esperar de una insurrección liberadora, incluso de masas, que se limitara a gestos pacíficos. Después, si los insurgentes transforman en profundidad sus relaciones sociales y sus comportamientos, no se encerrarán en el hábito de la violencia y de la muerte, cuya persistencia coincidiría con la pérdida de lo que la revolución tiene de más emancipador. En todo caso, la comunización no transcurrirá como un río en calma. Violencia y creatividad social son inseparables: el control de los proletarios sobre su propia violencia sólo es posible si es tan destructora como creadora.

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Cambiar la vida

Sin lugar a dudas, se tratará de cambiar la vida cotidiana, desde la cocina hasta la forma de comer, pasando por la forma de desplazarse, habitar las casas, aprender, viajar, leer, no hacer nada, amar, no amar, tener hijos, debatir y decidir nuestro futuro, etc., a condición de darle un sentido pleno al término “vida cotidiana”. Sin embargo, lo más frecuente, sobre todo desde que el término se puso de moda en el 68, es que se limite lo cotidiano al espacio-tiempo fuera del trabajo, como si se renunciara a intervenir en la economía y el salariado, resignándose a no modificar más que los pequeños actos y gestos, nuestros afectos, el cuerpo, la familia, la sexualidad, la pareja, la alimentación, el ocio, las relaciones de amistad…
La comunización, bien al contrario, tratará las “pequeñas” cosas de la vida como aquello que son: una manifestación de las “grandes”. Dinero, salariado, empresa como unidad separada y polo de acumulación de valor, tiempo de trabajo separado del resto de nuestra vida, producción para el beneficio económico, órganos de Estado que mediatizan la vida social y sus conflictos, separación entre aprender y hacer, circulación al máximo de todo y de todos por sistema… cada uno de esos momentos y de esos lugares no debe ser simplemente gestionado por un colectivo o reconvertido en propiedad pública, sino remplazado por formas de vida solidarias, sin dinero, sin beneficio económico, sin Estado.
Puesto que la relación capital/trabajo estructura y reproduce la sociedad, la abolición del salariado es condición de todo lo demás, pero no habrá que esperar a que la abolición completa de la empresa, del dinero y del beneficio para comenzar a actuar. Comunizar, por ejemplo, es transformar nuestra relación con la técnica. Sin regresar a la medicina antigua, nos alejaremos de la hipermedicalización y de las prácticas que curan más la enfermedad que al enfermo. La persistencia de la jerarquía hospitalaria sería un signo evidente de la ausencia de una revolución. Igualmente, una sociedad como la de hoy donde proliferaran los psicólogos estaría probando nuestra incapacidad para tratar las tensiones individuales y los conflictos interpersonales por medio de las relaciones sociales, puesto que seguiríamos necesitando profesionales de la psique.
Comunizar es tirar abajo los aparatos represivos al mismo tiempo que se instauran relaciones sociales no mercantiles, yendo cada vez más hacia lo irreversible: «A partir de cierto punto no hay retorno. Ese es el punto que hay que alcanzar» (Kafka).
Citemos nuestra Más allá de la democracia:
Hacer circular materias primas y productos sin la mediación del dinero también requiere eliminar los muros de los estrechos apartamentos que están adaptados a las normas de la familia nuclear, o plantar verduras en una calle o sobre un tejado. Supone romper la escisión entre un universo urbano mineralizado y una naturaleza cada vez más reducida al espectáculo y el ocio, donde un viaje de trekking de diez días en el desierto compensa la obligación de hacer las compras en coche cada sábado; practicar en una relación social lo que pertenecía a una actividad privada y remunerada, incluso en el voluntariado (porque ahí también se paga todo, nada puede ser gratuito); no volver a tratar al vecino como un extraño, pero también dejar de considerar el árbol de la esquina como un elemento decorativo mantenido por los empleados municipales. Supone, en definitiva, una relación diferente con los otros y con uno mismo, en la que la fraternidad no proviene de un principio, sino de una práctica que incluye una lucha, incluso violenta, incluso armada.
La huelga general y los disturbios suspenden los automatismos y la reproducción social, y obligan a los proletarios a inventar algo distinto, lo cual implica subjetividad y libertad, ya que hay elecciones que hacer y eso obliga a cada uno a encontrar un lugar, ya no el del individuo aislado, sino en una interacción que produce una realidad colectiva. El paro laboral generalizado abre la posibilidad para los ferroviarios de pasar a una actividad diferente decidida en común: en lugar de cruzarse de brazos, poner en funcionamiento los trenes con un objetivo opuesto al del Estado y los jefes, dejar de creer que el “AVE está bien porque va rápido”. Las prácticas concretas no están ligadas directamente al papel que se tenía antes en la producción, es decir, la conductora de autobús no decidiría sola lo que hacer con el bus. El hecho de que apenas ayer fuera ella quien estaba al volante no dejará de tener importancia: durante cierto tiempo, sabrá conducir y mantener la máquina mejor que otros. Una cosa es poner el autobús atravesado para bloquear una calle, o prenderle fuego, y otra cosa distinta es hacerlo circular gratuitamente, lo cual supone en concreto neutralizar a los controladores y a los policías de tráfico. Al principio del periodo (indispensable) en que los proletarios toman posesión del conjunto de la producción, los que antes trabajaban o tenían experiencia en una actividad determinada juegan un papel específico, pero provisional: lo superaremos a medida que las determinaciones sociológicas pierdan su importancia, lo cual supone preguntarse si tenemos necesidad y ganas de tener AVE y autobús, cuál de los dos y para ir dónde.

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El comunismo no es una nueva “economía”, ni siquiera regulada, descentralizada, democratizada o autogestionada.

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La comunización tiene que ver con esta exigencia de una fraternidad que implica el apoyo mutuo teorizado por Kropotkin, y la igualdad resumida en la frase de «ni dios ni amo, ni césar ni tribuno». Pero la fraternidad no es contabilizable y, mientras que se mida para “igualar”, la desigualdad reinará con toda seguridad. El comunismo no es un reparto (por fin) equitativo de las riquezas. Incluso si a veces, al principio, la primera preocupación será repartir las cosas con la mayor justicia, nuestro punto de partido no será la mejor forma de distribuir bienes, sino las relaciones humanas y lo que nuestras actividades producen.

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Comunizar será poner fin a la separación entre los lugares donde reina la falsa riqueza ofrecida por el capitalismo, y los que sufren la verdadera miseria.

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La perspectiva comunista siempre ha integrado el desarrollo de las potencialidades humanas. En el plano material: disponer en cualquier sitio de productos del conjunto del planeta. Y sobre el plano de los comportamientos: favorecer, armonizar y satisfacer aptitudes y deseos. Surrealistas (“libertad absoluta”) y situacionistas (“vivir sin tiempo muerto y disfrutar sin trabas”) no han sido los únicos revolucionarios que han exaltado las virtudes subversivas de la transgresión.
Hoy en día el capitalismo más moderno vuelve esta crítica contra nosotros: el reino de los buenos sentimientos y del consenso moral encaja bien con un elogio de la provocación, si no de la transgresión, generalmente verbal y a veces practicada. Basta con mirar las pantallas que nos rodean: comparada con lo que era en 1950, se ha difuminado la frontera entre lo sagrado y lo profano, lo prohibido y lo permitido, lo escondido y lo decible. Es evidente que un periodo conflictivo confundiría aún más las coordenadas. Al contrario que en los años veinte y treinta, la contrarrevolución no se reclamará tanto de un orden moral, sino que tendrá un regusto “liberal-libertario” y se mostrará permisiva y transgresora.
Ante esto, la comunización ganará al llevar a cabo formas de vida que vayan efectivamente (y no en imagen) hacia lo universal. Esto será posible porque los que hacen el mundo también pueden deshacerlo, porque la clase del trabajo es también la clase de la crítica del trabajo, porque a diferencia de los explotados antes del capitalismo, el asalariado puede poner fin a la explotación, porque el hombre mercantilizado puede abolir el reino de la mercancía. Se trata de la dualidad clase obrera/proletariado: una clase, como escribía Marx en 1844, que no es una clase y que tiene la capacidad de poner fin a la sociedad de clases.
Basta con formularlo así para comprender que esta dualidad es contradictoria. El conjunto de los que manejan los medios de producción más modernos y disponen por tanto de la capacidad de subvertir este mundo, son igualmente aquellos que por ello tienen interés en el “desarrollo de las fuerzas productivas”, incluidas las más destructivas, y que a menudo se ocupan en la defensa de la industria, el culto del trabajo y la mitología del progreso.
No hay otro terreno fuera de esta contradicción. Estalló dramáticamente cuando en enero de 1919 algunos miles de insurgentes espartaquistas lucharon en medio de la pasividad de varios cientos de miles de obreros berlineses. La comunización es el estallido y la resolución positiva de esta contradicción, cuando el proletariado salga de la crisis social “por arriba”. La comunización será también un ajuste de cuentas del proletario consigo mismo.
Hasta entonces, para contribuir a ello, la teoría comunista no dejará de girar en torno a esta contradicción, como no dejarán los proletarios en su práctica de enfrentarse a ella.>>