20 de noviembre de 2018

20 de Noviembre: Buenaventura Durruti y "Los Amigos de Durruti" en la memoria del proletariado revolucionario internacional

Durruti y el proletariado revolucionario, España 1936

Nota de Un Proletario (Quito, noviembre 2018): Sobre esta fecha y este compañero histórico, diré que no se trata de recordarlo como un "héroe" ni un "mártir" anarquista: ¡abajo el culto a la personalidad en las filas libertarias!, sino como la encarnación o condensación personal y circunstancial de todo un movimiento social e histórico de clase; como un "hijo", un brazo y una cabeza más del proletariado revolucionario internacional de esa época... y de siempre (así como antes de él lo fue un Blanqui y un Di Giovanni, y después de él acaso un Debord y un Cesarano... y tantos otros militantes anónimos). Ni más ni menos. 
Hablando más concretamente, hay que partir del hecho que la revolución "española" fue más radical que la revolución "rusa", puesto en que en la primera los proletarios lucharon de manera consciente y expresa por la abolición del trabajo y del Estado, mientras que en la segunda lucharon por "pan, tierra, paz y libertad". En este contexto, la lucha de Durruti y sus compañeros como revolucionarios "de acción" e internacionalistas durante toda su vida (recordemos, por ejemplo, sus "aventuras" expropiadoras en América Latina en la década de 1920 y su "gimnasia revolucionaria" desde principios de la década de 1930 en España), fue y sigue siendo, sin duda alguna, plausible y ejemplar. Pero no por ello hay que justificar ni mucho menos repetir sus debilidades, inconsistencias y errores teórico-prácticos, que en realidad fueron las debilidades, inconsistencias y errores de la mayor parte del movimiento anarquista español e internacional de ese entonces -y, en algunos casos, hasta la fecha-, sino que hay que realizar su respectiva crítica compañera y superación revolucionaria, a saber: 
A) el enemigo principal del proletariado NO fue ni es el fascismo sino el capitalismo, porque el fascismo, al igual que la democracia, sólo fue y es un rostro -sin duda, el más brutal- del capitalismo, cuya democracia en realidad fue y es su dictadura social, por lo tanto el proletariado debió y debe luchar a muerte tanto contra el fascismo como contra la democracia "antifascista"; 
B) el antifascismo NO fue ni es revolucionario sino contrarrevolucionario, porque sólo luchó y lucha contra el fascismo pero no contra la democracia, sino a favor de ésta en unidad o "frente popular" con la burguesía antifascista, lo cual lo convierte de facto en un partido democrático-burgués o social-demócrata, un tentáculo más del enemigo de clase, por lo tanto debe ser criticado, combatido y destruido como tal, sin medias tintas ni piedad alguna, en la misma medida que el fascismo, porque para destruir al fascismo hay que destruir al capitalismo y su democracia; 
C) el dilema "guerra o revolución", en una situación histórica de guerra civil, crisis revolucionaria y "poder dual" como la vivida en España 1936-1937, fue y es falso y contraproducente para el movimiento revolucionario del proletariado, debido a que tiende a "antifascistizarlo" y militarizarlo (militarización burguesa de las milicias proletarias "incontroladas" a la que sí se opuso Durruti, razón por la cual lo mataron), postergando y extraviando así su contenido social, toda vez que la revolución proletaria NO es una revolución política ni mucho menos militar, sino que es una revolución social, es decir que consiste fundamentalmente en la transformación revolucionaria de todas las relaciones y formas de vida capitalistas en relaciones y formas de vida comunistas y anárquicas, para lo cual la violencia no es un fin en sí mismo sino sólo un medio necesario, de modo que la única guerra que valía y vale la pena para el proletariado es la guerra de clases para la abolición de la sociedad de clases o, dicho de otra forma, la transformación de la guerra interburguesa e interimperialista en guerra civil revolucionaria internacional;
D) la llamada "guerra civil española" o "revolución española" en realidad no fue española ni mucho menos de "unidad y liberación nacional, anti-fascista y anti-imperialista" (como rebuznaban y rebuznan los estalinistas y los antifascistas), porque el capitalismo es mundial y por tanto la lucha de clase y la revolución social para destruirlo también lo es, porque los proletarios no tenemos patria, y más concretamente porque fue un hito clave de la larga oleada histórica de revolución proletaria mundial -y, al mismo tiempo, de contrarrevolución capitalista mundial- que se abrió en 1910 (México) y se cerró en 1937 (España), pasando por el determinante periodo 1917-1923 (Rusia, Ucrania, Alemania, Hungría, Argentina, Brasil, Chile, Ecuador...). De allí que no haya sido una casualidad que la llamada "Segunda Guerra Mundial" de 1939 (año en que triunfa la fracción burguesa fascista del General Franco dentro de España, después de que la socialdemocracia estalinista y antifascista le pavimentó el camino para ello) a 1945 (año en que triunfa la fracción burguesa antifascista internacional de Stalin, Wilson y Churchill sobre la fracción burguesa fascista internacional de Hitler y Mussolini) le haya seguido casi inmediatamente después a esta Gran Oleada de Revolución Proletaria Mundial de 1910 a 1937 -periodo dentro del cual también tuvo lugar la "Primera Guerra Mundial" (1914-1919) que, en cambio, fue derrotada por la lucha por la revolución proletaria internacional de 1917 a 1923-, pues constituyó su sangrienta venganza y derrota histórica, dado que toda guerra bajo el capitalismo en realidad es una guerra contra el proletariado;
E) la destrucción del Estado burgués es una condición fundamental de la revolución proletaria, pero ello no acontece en lo abstracto de la noche a la mañana (como creen y rezan los anarquistas ideológicos o dogmáticos), sino que se trata de un proceso de transformación histórico-social que es posible si y sólo si se destruye su base material (lo cual "olvidan" ese mismo tipo de anarquistas, al igual que los marxistas-leninistas): las relaciones sociales capitalistas y sus categorías económicas, lo que quiere decir que sin destrucción del Capital no hay destrucción del Estado;
F) los anarco-sindicatos y las "colectividades" autogestionadas de producción-comercialización-distribución-consumo en realidad NO fueron ni son una alternativa revolucionaria real a la dictadura social de la mercancía y el valor valorizándose, es decir a la dictadura social del Capital, porque lo único que hicieron y que pueden hacer es "autogestionarlo" de "abajo arriba" y por tanto seguirlo manteniendo y desarrollando bajo la ilusión o autoengaño ideológico-discursivo de que eso es "revolución social" y "comunismo libertario", cuando muy por el contrario de lo que en realidad se trata una revolución comunista y anárquica es de suprimir no sólo la propiedad privada sobre los medios de producción y los bienes de consumo, sino fundamentalmente suprimir el intercambio mercantil, el trabajo asalariado, el valor, el dinero, las clases sociales y el Estado, imponiendo la dictadura social de las necesidades de la comunidad humana o, si se prefiere, aplicando el principio "de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades" y reemplazando "el gobierno de los hombres por la administración de las cosas"; y,
G) la dicotomía entre "comunismo libertario" y "comunismo estatista" o entre anarquía y comunismo a secas también fue y es ideológica o falsa y contraproducente para el movimiento histórico del proletariado revolucionario internacional, que en realidad es uno solo, porque en estricto rigor comunismo significa sociedad sin clases y sin Estado, es decir que prácticamente significa lo mismo que anarquía, considerando a su vez que lo que realmente existió en la URSS y sus países satélites NO fue comunismo sino capitalismo de Estado, por lo tanto la dicotomía anarquía/comunismo o anarquismo/marxismo también debe ser criticada y superada en la praxis (teoría-práctica) proletaria revolucionaria contra el Capital-Estado y por el comunismo anárquico, a nivel mundial.
Finalmente, decir que tanto la crítica al culto de la personalidad como la crítica al (anarco)sindicalismo y al (auto)gestionismo aplican también para una de las pocas minorías realmente revolucionarias que participaron en las Jornadas de Mayo 1937 y que, meses después de la muerte de Durruti (sobre la cual, por cierto, hasta ahora no se sabe a ciencia cierta si fue cometida por fascistas, republicanos, estalinistas o incluso por otros "anarquistas"), tomaron el nombre de este compañero histórico "in memoriam" y diciendo "imitarlo": la Agrupación "Los Amigos de Durruti". 
Y digo realmente revolucionarias porque, junto con una pequeña fracción del POUM y el grupo trotskista de Grandizo Munis, y no obstante sus debilidades y errores señalados (nunca rompieron con la CNT-FAI ni con la ideología sindicalista y gestionista), esta minoría de anarquistas revolucionarios supo mantener la lucha y la autonomía de clase en las barricadas y los comités de trabajadores a contracorriente del colaboracionismo de clases que propugnaban y practicaban los antifascistas y los republicanos desde su gobierno burgués del Frente Popular (tanto marxistas-leninistas del PC y del PS como anarquistas de la CNT); denunciar y oponerse vivamente al reformismo y la traición de la CNT, principalmente de los "ministros anarquistas" (García Oliver, Abad de Santillán, Montseny, otros) dentro del gobierno republicano de "La Generalidad", dentro del Estado Capitalista (¡!); practicar el "derrotismo revolucionario", es decir rechazar la militarización estalinista-republicana de las milicias libertarias y abandonar el frente de "guerra contra el fascismo" en Aragón para en cambio marchar hacia Barcelona a luchar por la insurrección y la revolución proletaria; y, proponer con claridad, firmeza y sin purismos ideológicos anarquistas/socialdemócratas la necesidad concreta de "programa, fusiles y Junta Revolucionaria", es decir -respectivamente- la necesidad concreta de teoría, violencia y poder revolucionarios por parte del proletariado para la destrucción de la contrarrevolución capitalista-fascista-republicana-antifascista, y para su autoemancipación total.  
En este y sólo en este sentido de balance histórico, objetivo y crítico de todo el contexto y el proceso social de la llamada "revolución española", es que las acciones y las ideas de Durruti y de Los Amigos de Durruti han estado, están y estarán presentes en la memoria y la lucha del proletariado revolucionario internacional. 

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Buenaventura Durruti (España, 14 de julio de 1896 – 20 de noviembre de 1936)

Video "José Buenaventura Durruti, revolucionario"

«Siempre hemos vivido en barracas y tugurios. Tendremos que adaptarnos a ellos por algún tiempo todavía. Pero no olviden que los obreros también sabemos construir. Somos nosotros los que hemos construido los palacios y las ciudades de España, América y todo el mundo. Nosotros, los obreros, podemos construir nuevos palacios y ciudades para reemplazar a los destruidos. Nuevos y mejores. No tememos a las ruinas. Estamos destinados a heredar la tierra, de ello no cabe la más mínima duda. La burguesía podrá hacer saltar en pedazos su mundo antes de abandonar el escenario de la historia. Pero nosotros llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones. Ese mundo está creciendo en este instante, mientras hablo con vosotros.» (Buenaventura Durruti, entrevistado por el diario "Toronto Star" de Canadá, julio de 1936)
«En tanto que revolucionarios conscientes nuestra misión consiste en hacer de detonadores, una vez, dos, veinte veces si es necesario hasta llegar a la explosión colectiva, que es la única que puede llevar a la revolución hasta su verdadero objetivo final: el cambio total en la forma de vivir de los hombres.» (Durruti, 1925) 
«¿Habéis organizado ya vuestra colectividad? No esperéis más. ¡Ocupad las tierras! Organizaos de manera que no haya jefes ni parásitos entre vosotros. Si no realizáis eso, es inútil que continuemos hacia adelante. Tenemos que crear un mundo nuevo, diferente al que estamos destruyendo.» (Durruti, 1936)
«Durruti fue uno de los que más contribuyeron al levantamiento del espíritu proletario, contra las injusticias y la explotación capitalista y contra el abuso del poder absolutista... No siendo un tribuno profundo, Durruti llegó a ser el hombre más escuchado y deseado por el auditorio. Los trabajadores querían a Durruti, anhelaban oírle hablar, porque hablaba su propio lenguaje. Lo comprendían bien y al oírle se emocionaban frenéticos. Durruti llevaba clavada en sus entrañas el alma del pueblo español. Por eso era querido de los desheredados y temido por los afortunados... Durruti era un hombre sencillo. No se sentía orgulloso con nadie, ni aún con sus enemigos. A pesar de la propaganda de sus adversarios, que han presentado a Durruti como un terrorista desalmado, violento e irreflexivo. Los hechos han demostrado que todo eso era falso... Jamás la venganza ni el odio, hallaron abrigo en su ancho pecho, sólo en los momentos de pasión, en los hechos de flagrante maldad, intervenía Durruti conscientemente, como lo hace el cirujano ante la gangrena. Luego era el hombre más pacífico y más tolerante de la creación humana.» (Fragmento de "Buenaventura Durruti. Tribuno del Pueblo", Ricardo Sanz, Ed. El Frente, Toulouse, 1945)
«A principios de 1936 Durruti vivía justo al lado de mi casa, en un pequeño piso en el barrio de Sans. Los empresarios lo habían puesto en la lista negra. No encontraba trabajo en ninguna parte. Su compañera Émilienne trabajaba como acomodadora en un cine para mantener a la familia.
Una tarde fuimos a visitarle y lo encontramos en la cocina. Llevaba un delantal, fregaba los platos y preparaba la cena para su hijita Colette y su mujer. El amigo con quien había ido trató de bromear: “Pero oye, Durruti, ésos son trabajos femeninos.” Durruti le contestó rudamente: “Toma este ejemplo: cuando mi mujer va a trabajar yo limpio la casa, hago las camas y preparo la comida. Además baño a la niña y la visto. Si crees que un anarquista tiene que estar metido en un bar o un café mientras su mujer trabaja, quiere decir que no has comprendido nada.”
Para mí, su heroísmo no estaba tanto en lo que dicen los diarios sino, sobre todo, en su vida cotidiana. Claro, eso lo sabe muy poca gente, lo saben los que lo conocieron en el café de la esquina, en su casa o en la cárcel.
Por las manos de Durruti han pasado millones, y sin embargo le he visto remedándose las plantillas de los zapatos porque no tenía dinero para llevados al zapatero. A veces, cuando nos encontrábamos en un bar, no tenía siquiera el dinero para pedir un café.
Cuando iban a visitarnos salía a menudo con un delantal puesto, porque estaba pelando patatas. Su mujer trabajaba. A él no le importaba; no conocía el machismo y no se sentía herido en su orgullo al hacer las labores domésticas.
Al día siguiente tomaba la pistola y se echaba a la calle para enfrentarse a un mundo de represión social. Lo hacía con la misma naturalidad con que la noche anterior había cambiado los pañales a su hijita Colette.»
(Testimonios recogidos en Hans Magnus Enzensberger, "El corto verano de la anarquía", Anagrama, Barcelona, 2002)
«Ningún gobierno lucha en contra del fascismo para destruirlo. Cuando la burguesía ve que el poder se les escapa de sus manos, alzan el fascismo para mantener sus privilegios. [...] Existen sólo dos caminos: victoria para la clase trabajadora, libertad, ó victoria para los fascistas, lo cual significa tiranía. Ambos combatientes saben lo que le espera al perdedor. Nosotros estamos listos para aplastar al fascismo para siempre, incluso a pesar del gobierno Republicano.» (Durruti, fragmento de uno de sus discursos de 1936)
«Si esa militarización decretada por la Generalidad es para meternos miedo y para imponernos una disciplina de hierro, se han equivocado. Vais equivocados, consejeros, con el decreto de militarización de las milicias. Ya que habláis de disciplina de hierro, os digo que vengáis conmigo al frente. Allí estamos nosotros que no aceptamos ninguna disciplina, porque somos conscientes para cumplir con nuestro deber. Y veréis nuestro orden y nuestra organización. Después vendremos a Barcelona y os preguntaremos por vuestra disciplina, por vuestro orden y por vuestro control, que no tenéis.» (Fragmento del discurso de Durruti del 4 de noviembre de 1936)
«Al oponerse a la militarización de las milicias, Durruti personificaba la oposición y resistencia revolucionarias a la disolución de los comités, la dirección de la guerra por la burguesía y el control estatal de las empresas expropiadas en julio. Durruti murió porque se había convertido en un peligroso obstáculo para la contrarrevolución en marcha: era un incontrolado.» (Fragmento de "Los incontrolados", Agustín Guillamón, marzo 2018)
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Agrupación "Los Amigos de Durruti" (España, marzo de 1937  septiembre de 1939) 
"El Amigo del Pueblo", periódico de "Los Amigos de Durruti"

¿Por qué Durruti?

«Antes de abordar las cuestiones de fondo, hay una interrogación que nuestros lectores pueden hacerse con pleno derecho y a la que debemos responder: ¿por qué esta referencia a Durruti?

Junto con Francisco Ascaso, que "El Amigo del Pueblo" [el periódico de Los Amigos de Durruti] también va a magnificar, Buenaventura Durruti es el héroe más popular de la lucha revolucionaria en la España de 1936. Ascaso cae en Barcelona el 20 de julio de 1936 cuando participa al ataque del cuartel de las Atarazanas con grupos armados de la CNT y de la FAI. Durruti sale de Barcelona hacia el frente de Aragón con una columna de milicianos. Se dirige después a Madrid cuando la ciudad es amenazada directamente por los fascistas. El 20 de noviembre es herido a muerte en circunstancias que permanecen oscuras. Su vida ha sido una sucesión de episodios aventurados, su muerte en el frente de Madrid le convierte en un personaje de leyenda.

Tanto sobre los episodios de su vida como sobre las circunstancias de su muerte, es el libro de Abel Paz que hay que consultar [30]. Igualmente, en complemento y en corrección, el libro de García Oliver, ya citado, que muestra los aspectos menos ensalzadores de la personalidad de Durruti. Un punto merece ser aclarado: Durruti, Ascaso, todo el grupo de afinidad de "Los Solidarios", durante los años 1920, ha sido considerado como "anarco-bolchevique" [como los anarquistas revolucionarios de "La Plataforma" de Archinov y Makhno] por otros anarquistas españoles. Partidarios de una alianza con otras fuerzas de izquierda revolucionaria, dado que las insurrecciones estrictamente anarquistas estaban destinadas al fracaso, hablaban de una "toma del poder" después de "haber destruido el viejo aparato del Estado" [es decir, hablaban de dictadura revolucionaria del proletariado]. Tal punto de vista no tenía nada que ver con la "participación gubernamental", contrariamente a lo que afirma César M. Lorenzo en su libro "Los anarquistas españoles y el poder" [31]. De hecho, Durruti ha evolucionado entre aquel periodo y 1936.

¿Quién podría decir cuál hubiera sido su orientación si la muerte no le hubiese alcanzado tan pronto? Sólo se sabe que quería movilizar todas las energías para vencer al fascismo y que había expresado su indignación y su desprecio frente a la indiferencia o la cobardía de la retaguardia. Una declaración hecha poco antes de su muerte (reproducida en el n° 3 del Amigo del Pueblo, pág. 4) condena las "intrigas, las luchas intestinas", pide "a los dirigentes que sean sinceros", afirma que "si esta guerra se prolonga mucho, hay que empezar por organizar la economía de Cataluña" y que "es necesaria una movilización efectiva de todos los trabajadores de la retaguardia". Emite reservas sobre la necesidad de la militarización y afirma que en el frente hay una disciplina eficaz [32].

No está seguro que hubiera seguido hasta sus más extremas consecuencias las opciones de los militantes que van a encontrarse en 1937 en una oposición radical a las cúpulas de la CNT y de la FAI. Se puede entender, sin embargo, que estos militantes le hayan elegido como símbolo de una lucha áspera y sin concesiones.

La primera página del n° 1 del Amigo del Pueblo es reveladora. Es una página en colores rojo y negro que sólo contiene una proclamación y unos eslóganes que enmarcan una representación de Durruti llevando la bandera rojinegra. He aquí el texto de la proclamación cuyo tono se sitúa plenamente en la vena de ese lirismo revolucionario inseparable del anarquismo español:

"Unos colores matizan la epopeya ibérica. Una bandera encarnó el despertar de las jornadas de julio.
Envuelto en los pliegues de la enseña rojinegra, surgió nuestro proletariado a la superficie hispánica con ansias de emancipación absoluta.
Un hombre floreció en aquellas sublimes jornadas. Buenaventura Durruti tomó raigambre humana en el corazón de las multitudes. Luchó por los trabajadores. Murió por ellos. Su pasado inmortal está ceñido a esta bandera rojinegra que flameó gallardamente en los albores de Julio majestuoso. De su ataúd la tomamos al descargarlo de nuestros hombros. Con ella en alto, caeremos o venceremos. No hay términos medios: o vencer, o caer."

En el pie de la página, con letras bastante gruesas, se lee: "¡No somos provocadores! ¡Somos los mismos de siempre! ¡Durruti es nuestro guía! ¡Su bandera es la nuestra! ¡Nadie nos la arrebatará! ¡Es nuestra! ¡Viva la FAI! ¡Viva la CNT!"

La insistencia para ligarse al recuerdo de Durruti (al mismo tiempo que para responder a la acusación de "provocadores" y de "irresponsables") es evidente en todos los números siguientes.

¿Se puede hablar aquí de culto a la personalidad? ¿El Amigo del Pueblo contesta a nuestra interrogación?

El n° 2 del periódico está más bien dedicado a Francisco Ascaso, y ciertamente los dos hombres son inseparables en la admiración que les dedican nuestros camaradas españoles, como fueron inseparables en el curso de los acontecimientos que han marcado su vida. Pero el n° 3, bajo el título "Imitemos al héroe del pueblo", declara en su página 2:

"No olvidamos nuestra condición de iconoclastas. Pero Buenaventura Durruti, escarnecido hoy en los hombres que audazmente falsean sus afanes e inquietudes, hubiese despreciado y combatido rudamente, sin lirismos ni oportunismos, a esas máquinas traga-gasolina que están permitiendo la pérdida de la revolución de JULIO [....]. [Hay que] comprender que imitar a Durruti, no es vacilar y claudicar. Es reflexionar sobre la experiencia del movimiento de julio y ante su análisis decidirnos a que la contrarrevolución no logre triunfar sobre nuestra interpretación de la responsabilidad."

El n° 5 plantea la cuestión en un plano más general pero el artículo, publicado en la página 4, bajo la rúbrica "Ideas" y titulado "Ni ídolos, ni arbitrariedades", es manifiestamente una tribuna libre, que se interesa por los Amigos de Durruti desde el exterior.

Este artículo toma por una parte la defensa de los Amigos de Durruti (la agrupación es designada como "institución anarquista creada al calor de la aureola que un caudillo extinto dejó tras su muerte"), apoya la legitimidad de su lucha "contra el centralismo tradicional de todo gobierno y forma de Estado" y contra "el centralismo incongruente y poco edificativo" de los llamados anarquistas que han "decretado" la expulsión de los Amigos de Durruti de la organización obrera. Pero, por otra parte, el autor (Albores) declara: "Somos contrarios a toda clase de idolatría o cultos personales", y, hablando de Durruti, "la gloria de héroe la consiguió por su gallardía espartana y por su nobleza de carácter y de sentimientos; no por sus ideas. En cuanto a idealidad acrisolada se refiere, otros hijos del pueblo que pertenecen a la masa anónima y no son considerados como símbolos, quizás estuvieran por encima de nuestro héroe."

El número siguiente (n° 6, del 12 de agosto 37) retorna sobre la cuestión, en primera página, bajo el título "Los Caudillos". Pero el caudillismo que es denunciado es el de los partidos y el que reina en las altas esféras de la CNT y de la FAI, el caudillismo de aquellos que son fabricados por la prensa y en las tribunas. En lo que respecta a los "héroes", es otra cosa, dicen:

"¿No hemos dicho un sinnúmero de veces que es el pueblo quien ha de escoger a sus hombres y si el pueblo quiere concederles una estima superior a la que concede al resto, es él quien ha de determinarlo? Lo que no puede aceptarse es que se quieran forjar caudillos con cartabón y tiralíneas.
Un caudillo cayó a los pies de Madrid. Buenaventura Durruti consiguió la estima del alma popular porque cumplió tal como quería el pueblo que se procediese. [....]
Buenaventura Durruti fue un caudillo. Pero no lo consiguió por mera coba. Se lo ganó a través de su vida, en la calle y en los campos de batalla, mientras que los otros aspirantes a caudillos alternaban en los halls de los grandes hoteles con elegantes turistas."

¡Esto es todo lo que podemos conseguir a modo de autocrítica! De hecho, la cuestión no será planteada en los últimos números de "El Amigo del Pueblo".» 

(Fragmento de "El Mensaje Revolucionario de Los Amigos de Durruti", George Fontenis, 1971)

¿Quiénes fueron "Los Amigos de Durruti"?

«La Agrupación “Los Amigos de Durruti” fue un grupo creado [por milicianos anarquistas "incontrolados" de la "Columna Durruti" y por anarcosindicalistas de la CNT redactores de los periódicos "Solidaridad Obrera", "Ideas" y "La Noche"] en marzo de 1937 como respuesta a la militarización de las milicias llevada a cabo por el gobierno burgués de la República, y que se oponían desde dentro de la CNT a la colaboración con el gobierno y a la contrarrevolución que se estaba fraguando. Desde un principio se constituyó como un polo de reagrupamiento de sectores descontentos con la política de la CNT; su actividad se basó en varios mítines, octavillas y un periódico, “El amigo del pueblo”, o intervenciones en actos públicos (como el boicot a una intervención de [la "ministra anarquista"] Federica Montseny durante un mitin en la monumental). 

Al estallar las Jornadas de Mayo, lucharon en las barricadas contra el gobierno burgués (del que CNT formaba parte) y lanzaron a la calle su famosa octavilla en la que llamaban a la creación de una "Junta revolucionaria" [dictadura revolucionaria del proletariado], al fusilamiento de los culpables, desarme de todos los cuerpos armados, etc. 
Octavilla de "Los Amigos de Durruti", Mayo de 1937

En su órgano de expresión, el periódico “El amigo del pueblo”, publicaron varias editoriales en las que expresaron una conclusión: la revolución necesita un programa y fusiles para defenderla. 

Estas editoriales fueron el prólogo del folleto “Hacia una nueva revolución”, publicado en julio de 1937 y que plasma las posiciones de la agrupación. 

En él analizan cómo el triunfo del Frente Popular en el mes de febrero de 1936 no consiguió esta vez aplazar por mucho tiempo la explosión de la guerra de clases en España, así como que tras el golpe del 18 de julio, el gobierno negó las armas al proletariado, no cómo se ha repetido hasta la saciedad, porque el presidente, Casares Quiroga fuera un inútil, o no hiciese caso de las advertencias previas y se tomara a broma el golpe de estado, sino porque la República burguesa temía más al proletariado en armas que a los militares golpistas, ya que sus intereses y los de los militares estaban contrapuestos a los del proletariado. De no haber sido porque éste salió a la calle y asaltó cuarteles y se hizo con armamento, el golpe probablemente no hubiera sido más que un traspaso de poderes. 

Denuncian que el 19 de julio no hubo una revolución completa, ya que el proletariado tras vencer en la calle a los militares, renunció, siguiendo las directrices de la CNT, a destruir el Estado burgués sometiéndose a la unidad antifascista y a la colaboración con el gobierno. Según Los Amigos de Durruti, la CNT, que llevaba años propugnando la revolución, no supo qué hacer debido a la falta de un programa revolucionario, y optó por dar fuerza a una burguesía que no la tenía y alimentar la contrarrevolución que, como se verá, se impondrá definitivamente en mayo. 

Sobre este episodio remarcan que, habiendo ganado la calle, tras percatarse de la indecisión y de la falta de una dirección revolucionaria, lanzaron la octavilla por la que se los tildó de “agentes provocadores”, a lo que responderían publicando una editorial en “El amigo del pueblo” con el titular: “Nosotros, agentes provocadores e irresponsables, propugnamos”, en el que la agrupación trató de plantear unas medidas alternativas a la línea que marcaba la CNT, a pesar de unas evidentes debilidades y falta de ruptura con concepciones de la socialdemocracia (respecto al sindicalismo, a la reorganización económica, a la misma ruptura revolucionaria...). Al fin no supieron ejercer esa dirección revolucionaria, y las barricadas fueron vaciándose poco a poco, entre llamamientos de la CNT y el POUM a abandonar la lucha. 

A continuación en el folleto plasman sus posiciones, en las que propugnan “(...) la unidad del proletariado. Pero entiéndase bien, esta unidad ha de realizarse entre trabajadores y no con burócratas o enchufistas” y remarcan que el orden revolucionario lo debe ejercer el proletariado en armas, como única garantía del triunfo de la revolución. 

A pesar de todo, Los Amigos de Durruti nunca rompieron con la CNT, la cual creían que fuera posible que diera un vuelco hacia posiciones revolucionarias, achacando sus errores a la falta de programa y a “traiciones” de ciertos dirigentes, y no a la naturaleza propia del sindicato. 

Quizás por esa confianza en el sindicato y en su posible viraje revolucionario, no ejercieron esa dirección revolucionaria necesaria en ese momento, delegando en una esperanza el triunfo de la revolución. 

Las conclusiones a las que llegaron Los Amigos de Durruti tienen una gran importancia histórica y política, ya que frente a la absurda y lamentable disyuntiva en el seno de la CNT, tras la victoria en julio del 36, sobre la moralidad de imponer una "dictadura anarquista" y la decisión final de renunciar a ella, manteniendo así la dictadura del Capital [y su Estado], estos dedujeron que “las revoluciones son totalitarias o son derrotadas”, entendiendo por totalitarias el que afecten a la totalidad de las relaciones sociales que crea el capitalismo, a la destrucción del Capital y del Estado por la fuerza, y a la creación de estructuras que velen por el mantenimiento del orden revolucionario. Unas conclusiones que sin duda deberán ser tenidas en cuenta por el proletariado de cara al definitivo asalto a la sociedad de clases.» 

(Fragmento de "Reapropación N° 1. Sobre las jornadas de Mayo 1937 en Barcelona", Biblioteca Subversiva Crimental, 2013)

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19 de noviembre de 2018

15 de Noviembre Vivo y Combativo

Nota de Un Proletario: Realmente es digno de sorpresa y celebración el encontrarse por casualidad con un comunicado sobre el 15 de Noviembre de 1922 de tipo clasista, anticapitalista, antiestatista y crítico de las derechas e izquierdas del Capital por igual, que no haya sido hecho por uno mismo, en este pequeño gran desierto social plagado de amnesia histórica e inconsciencia de clase llamado Ecuador. Además se lo publicó junto con un video bastante breve en el que se puede observar a dos jóvenes encapuchados en el centro de Guayaquil, al pie del busto de León Febres-Cordero (burgués oligarca político mafioso ya muerto, ex-presidente del Ecuador y ex-alcalde de Guayaquil), sosteniendo una bandera negra con letras blancas que dice "15 de Noviembre de 1922. Sus fusiles no ahogaron nuestra lucha. Aquí estamos." Sin duda, una pequeña pero simbólica acción directa cargada de memoria histórica y conciencia de clase. ¡Bravo! Por ello es que publico aquí este comunicado, lo que no quiere decir que estoy totalmente de acuerdo con el contenido del mismo (por ejemplo, con aquello de "el ascenso del nuevo ciclo fascista y ultraconservador", "periodo de retrocesos en materia de derechos conquistados por los sectores oprimidos por la lucha social", "sabremos responder con toda contundencia en defensa de los intereses de nosotros mismos", y cierto sesgo ideológico anarco-antiespecista-antifascista-insurreccionalista), pero sí con su "espíritu" general y con el texto en sí mismo así como con la acción que se puede observar en el video, entendidos como un gesto simbólico de lo dicho. Porque, a pesar del desconocimiento y el aislamiento mutuos, y más allá de las particularidades y diferencias que podamos tener, somos la misma clase social harta de serlo y en pie de lucha contra el enemigo común, por la abolición de esta sociedad de clases y de toda forma de opresión.  
  
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15 DE NOVIEMBRE DE 1922 – VIVO Y COMBATIVO

“Nos perseguiste, nos torturaste, nos asesinaste, FALLASTE!!!
Tú estás muerto, nosotros seguimos aquí, luchando.”

A 96 años de la masacre que segó la vida de más de 1000 obreros (aunque no existe cifra exacta establecida) la memoria del 15 de noviembre y del legado del movimiento obrero y anarquista de Guayaquil permanece viva y despojada de toda connotación folclórica: es una memoria combativa. 

Los crímenes perpetrados por la burguesía agroexportadora porteña y su junta de gobierno, entonces encabezada por José Luís Tamayo, se repiten periódicamente cobijados por el silencio cómplice de los medios de desinformación y alienación masivas quedando totalmente en la impunidad. Entonces los trabajadores y trabajadoras acribillados a sangre fría por la policía y por los batallones Marañón y Cazadores de Los Ríos, bajo el mando del general Enrique Barriga fueron pasados a bayoneta, llevados en barcazas y lanzados al río que los vio nacer o llegar desde el interior del país para ya nunca más volver.

Los bastardos asesinos, lacayos del tirano de turno hacen su aparición cada vez que la burguesía y las demás fuerzas hegemónicas tienen problemas para conservar en su poder el control de la vida de sus esclavos. Entonces, cuando los oprimidos se atreven a soñar y explorar otras maneras de existir y aproximarse a una vida más deseable, libre y digna la miseria humana condensada en el obsceno privilegio de los poderosos desata su furia asesinándonos. Lo volvimos a vivir con León Febres-Cordero Ribadeneyra y su ahijado y lacayo Jaime Nebot Saadi. Pero pronto el deseo de olvidar los episodios traumáticos de nuestra historia nos hace echar al viento las muertes de todos aquellos jóvenes, todos aquellos luchadores sociales y todos aquellos otros y otras que por no encajar en los esquemas de uniformidad del opresor fueron obligados a encajar por fin en una fosa común, sin ningún ritual ni ceremonia.

Cada ciclo fascista y ultraconservador es producto del natural desgaste de los discursos demagógicos del populismo de la izquierda del capital y sus falsas salidas a la crisis sistémica que el capitalismo generaliza bajo la noción de “estilo de vida civilizado”. Y por lo mismo cada periodo de retrocesos en materia de derechos conquistados por los sectores oprimidos por la lucha social es un natural momento de análisis, de reflexión y de esclarecimiento de los verdaderos términos en los que se desenvuelve el circo político electorero de siempre.

En medio de la claridad y el silencio que preceden a la tormenta es innegable que el fascismo siempre releva a la izquierda del capital en la tarea de la administración del capitalismo, porque ninguna de ellas tiene interés en la abolición de la sociedad de clases, ni en la abolición de ninguna otra forma de opresión, pues participan muy a gusto de ellas desde un sitial de privilegio. Ante este interminable circo los oprimidos debemos decir BASTA y no solo romper toda dependencia de las organizaciones partidistas de estos dos bandos falsamente enfrentados entre sí, sino además romper toda dependencia de la institucionalidad del Estado y su racionalidad autoritaria y centralista para organizar nuestras estrategias de lucha y resistencia. Incluso es imprescindible que en aquel momento cotidiano de alimentar la sonrisa con la bondad, a pesar de enfrentar con gran dificultad los desafíos de nuestra propia existencia material, rompamos toda dependencia de los horizontes de vida que nos marca la racionalidad colonial y totalitaria de la “vida moderna”, que el capitalismo celebra como el mayor logro de la humanidad cuando en realidad se trata de la mayor catástrofe y tragedia en la historia del planeta y para todas las demás formas de vida que lo habitan.

Los trabajadores y los oprimidos seguiremos en pie de lucha, vigilantes ante el ascenso del nuevo ciclo fascista y ultraconservador que se avecina tras la caída de la careta del progresismo y sabremos responder con toda contundencia en defensa de los intereses de nosotros mismos, puesto que ni reconocemos a ningún mesías ni nos asumimos como tales para nadie más.

En defensa de todos nuestros hermanos y hermanas sin importar la especie...

En defensa de la Selva, los Ríos, los Cerros, los Mares y los Páramos…

En defensa de nuestras hijas, nuestros hijos, nuestras hermanas y hermanos, nuestros padres...

En defensa de nuestras compañeras y compañeros, nuestra manada…

Contra toda manifestación del odio asesino que habita en los poderosos de cada rincón del planeta.

15 DE NOVIEMBRE – VIVO Y COMBATIVO.

COLECTIVO SIN JAULA

15 de noviembre de 2018

15 de Noviembre de 1922 en la memoria del proletariado de Ecuador y de todo el mundo

Nota de Un Proletario: A 96 años de la masacre obrera del 15 de noviembre de 1922 en Guayaquil-Ecuador, y frente a tanta amnesia histórica impuesta y generalizada por parte del Capital-Estado y su calendario oficial en este paisito, es menester recordar no sólo ese trágico día sino todas las jornadas de lucha de clase durante el mes de noviembre de aquel año y, sobre todo, sus lecciones históricas para el proletariado local e internacional. Por tal razón, vale compartir de nuevo el balance crítico que escribí al respecto hace un año: 

Hacer esto resulta necesario por varias razones. Porque, en vista de su contexto internacional y su relevancia histórica, consideramos que las jornadas de noviembre de 1922 en Ecuador deben ser recuperadas del olvido e incluso de la ignorancia para, en cambio, ser reivindicadas como un momento de la memoria del proletariado local e internacional. Porque en este país, hasta la fecha, no se ha realizado ningún balance de dichas jornadas desde una perspectiva proletaria, comunista-anárquica e internacionalista; éste sería el primero y el único de tal naturaleza. Porque, hoy en día, la explotación/dominación capitalista y la lucha proletaria en su contra continúan existiendo; la vivimos en carne propia. Porque, como proletarios, nuestro enemigo mortal sigue siendo el mismo: la Sociedad del Capital y su Estado. Porque la lucha por la reivindicación y la imposición de las necesidades humanas reales sobre tal enemigo, esto es la necesidad de revolución social, también sigue siendo la misma. En fin, porque la contrarrevolución y la revolución son invariantes, aquí y en todo el mundo… y seguimos en guerra de clases. [...]  
Tanto por contexto como por perspectiva, así como porque se ha hablado poco y/o de manera limitada de ellos, para nosotros los hechos más relevantes y reivindicables de estas jornadas y, por lo tanto, los dos ejes centrales de nuestro balance son: 1) el Soviet o Consejo Obrero de Guayaquil y 2) las minorías activas de anarquistas revolucionarios como Alejo Capelo y el periódico "El Proletario" en su seno. [...]

6 de noviembre de 2018

¿Fascismo? ¿Democracia? ¡Comunismo!

Bilan (1934)


La cuestión central que hoy día se le plantea al movimiento obrero es su actitud respecto a la democracia, o precisando más, la necesidad de defender o no las instituciones democráticas amenazadas por el fascismo al mismo tiempo que éste procede a la destrucción de las organizaciones proletarias. La solución más simple a esta cuestión -como a otras- no es la más clara, puesto que de ningún modo responde a la realidad de la lucha de clases. Por paradójico que pueda parecer a primera vista, el movimiento obrero solo conseguirá preservar realmente sus organismos del asalto de la reacción a condición de mantener intactas sus posiciones de lucha, de no unirlas a la suerte de la democracia y de librar la batalla contra el ataque fascista al mismo tiempo que lleva adelante la lucha contra el Estado democrático. En efecto, una vez establecida la comunión entre el movimiento obrero y las instituciones democráticas se da la condición política para el desastre completo de la clase obrera, puesto que el Estado democrático encuentra en la aportación de las masas obreras, no una posibilidad de vida o de persistencia, sino la condición necesaria para transformase en un régimen de autoridad, o la señal de su desaparición con el fin de ceder su puesto a la nueva organización fascista.

Si se considera la situación actual al margen de su conexión con las situaciones que le han precedido y que le sucederán, si se considera la posición actual de los partidos políticos sin vincularlos al papel que han jugado en el pasado y al que jugarán en el futuro, se desplazan las circunstancias inmediatas y las fuerzas políticas actuales del medio histórico general, lo que permite fácilmente presentar la realidad así: el fascismo pasa al ataque, el proletariado está completamente interesado en defender sus libertades, y por ello resulta necesario establecer un frente de defensa de las instituciones democráticas amenazadas. Pintada con un tinte revolucionario, esta posición se presenta bajo el barniz de una pretendida estrategia revolucionaria, preciándose además de ser fundamentalmente "marxista". A partir de aquí, el problema se plantea de esta forma: se manifiesta una incompatibilidad entre la burguesía y la democracia, en consecuencia, el interés del proletariado por defender las libertades que le otorga ésta última prevalece naturalmente sobre sus intereses específicamente revolucionarios y la lucha por la defensa de las instituciones democráticas se convierte así en una lucha anticapitalista!

En la base de estas proposiciones existe una confusión evidente entre democracia, instituciones democráticas, libertades democráticas y posiciones obreras a las que erróneamente se llama "libertades obreras". Constataremos tanto desde el punto de vista teórico, como desde el punto de vista histórico, que entre democracia y posiciones obreras existe una oposición irreductible e irreconciliable. El movimiento ideológico que ha acompañado la ascensión y la victoria del capitalismo se sitúa y se expresa, desde el punto de vista económico y político, sobre una base de disolución de los intereses y de las reivindicaciones particulares de las individualidades, las comunidades y sobre todo de las clases, en el seno de la sociedad. Aquí la igualdad de los componentes sería posible precisamente porque los individuos confían su suerte y su custodia a los organismos estatales que representan los intereses de la colectividad. Es útil señalar que la teoría liberal y democrática supone la disolución de agrupaciones, de categorías establecidas de "ciudadanos", los cuales tendrían interés en ceder espontáneamente una parte de su libertad para recibir en compensación la salvaguardia de su posición económica y social. Esta cesión se haría en beneficio de un organismo capaz de regularizar y dirigir el conjunto de la colectividad. Y si bien las constituciones burguesas proclaman los "derechos del hombre" y contienen igualmente la afirmación de la "libertad de reunión y de prensa", no reconocen de ningún modo las agrupaciones de categoría o de clase. Estos "derechos" están considerados exclusivamente como atribuciones otorgadas al "hombre", al "ciudadano" o al "pueblo", que deberán hacer uso de ellos para permitir el acceso de las individualidades a los organismos del Estado o gobierno. La condición necesaria para el funcionamiento del régimen democrático reside, pues, no en el reconocimiento de los grupos, de sus intereses o de sus derechos, sino en la fundación del organismo indispensable para guiar a la colectividad, que debe transmitir al Estado la defensa de los intereses de cada unidad que la constituye.

La democracia sólo es posible a condición de impedir a los "ciudadanos" que recurran a otros organismos aparte de los regidos y controlados por el Estado. Se podría objetar que las libertades de reunión, de prensa y de organización pierden todo su significado desde el momento en que se hace imposible hacer triunfar, a través de ellas, una reivindicación determinada. Aquí entramos en el terreno en que la crítica marxista muestra cómo tras la máscara democrática y liberal se esconde en realidad la opresión de clase, y que hizo afirmar con tanto acierto a Marx que el sinónimo de "Libertad, igualdad y fraternidad" es "infantería, caballería, artillería". Al contrario, hoy no se trata tanto de demostrar la inconsistencia de la base supuestamente igualitaria de la democracia, sino de poner al descubierto cómo pretenden ligar la expansión de los organismos obreros a la defensa de ésta.

Ahora bien, tal como lo hemos explicado, la condición de vida del régimen democrático consiste precisamente en impedir el poder a algunas agrupaciones en particular en nombre del interés de las individualidades así como de la sociedad. La fundación de una organización obrera conlleva directamente un ataque a la teoría de la democracia y por este motivo es característico constatar que, en el periodo actual de degeneración del pensamiento marxista, el solapamiento de las dos Internacionales (la de los traidores y la de los futuros traidores) se hace precisamente sobre la base de la defensa de la democracia, de donde derivaría la posibilidad de existencia e incluso de desarrollo de organismos obreros.

Desde el punto de vista histórico, la oposición entre "democracia" y organismos obreros se manifiesta de una forma sangrienta.

El capitalismo inglés se fundó en el siglo XVII, pero fue mucho más tarde cuando el movimiento Cartista arrebató a fuerza de luchas el derecho de organización de la clase obrera. En todos los países los obreros obtendrán esta conquista únicamente a base de fuertes movimientos que continuamente fueron objeto de la represión sangrienta de los Estados democráticos. Es totalmente exacto que antes de la guerra, y más concretamente hasta los primeros años de nuestro siglo, los movimientos de masas destinados a fundar los organismos independientes de la clase obrera estaban dirigidos por los Partidos socialistas hacia la conquista de los derechos que permitieran a los obreros acceder a las funciones gubernamentales o estatales. Ciertamente esta cuestión fue la más debatida en el seno del movimiento obrero; su expresión más concluyente se halla sobre todo en la teoría reformista que, bajo el estandarte de la penetración gradual del proletariado en la fortaleza del enemigo, en realidad permitió a este último -y 1914 representa la conclusión de este balance de revisión marxista y de traición- corromper y someter a sus propios intereses al conjunto de la clase obrera.

En la lucha contra lo que habitualmente se llama el "bordiguismo", se plantea con frecuencia por necesidades de la polémica (que generalmente son las necesidades del enredo y de la confusión), que tal o cual movimiento tuvo como objetivo la conquista del sufragio universal, o bien ésta o aquélla revindicación democrática. Esta manera de interpretar la historia es muy similar a la que consiste en explicar los acontecimientos, no determinando su causa en función de las clases antagonistas y los intereses específicos que les oponen realmente, sino basándose simplemente en las siglas inscritas en las banderas que ondeaban por encima de las masas en movimiento. Esta interpretación, que por otra parte no tiene más que un valor puramente acrobático en el que se complacen los pretenciosos que pueblan el movimiento obrero, se desvanece inmediatamente si se plantea el problema en términos realistas. En efecto, no se pueden comprender los movimientos obreros más que en la línea de su ascensión hacia la liberación del proletariado. Si por el contrario se les sitúa en la vía opuesta que conduciría a los obreros a conquistar el derecho de acceder a funciones gubernamentales o estatales, nos situaríamos directamente sobre el mismo camino que condujo a la traición de la clase obrera.

De todas maneras, los movimientos que tenían por objetivo la conquista del derecho de voto, podían llevar a cabo esta reivindicación y de una forma duradera, porque en definitiva, lejos de quebrantar al sistema democrático, no hacían más que introducir al propio movimiento obrero en su mismo juego. Las miserables hazañas de los obreros que llegaron a puestos gubernamentales son de todos conocidas: los Ebert, Scheidemann Henderson, etc., demostraron claramente lo que es el mecanismo democrático y la capacidad que tiene para desatar las más implacables represiones contrarrevolucionarias. Es totalmente distinto lo que concierne a las posiciones de clase conquistadas por los obreros. Aquí no es posible ninguna compatibilidad con el Estado democrático; al contrario, la oposición irreconciliable que refleja el antagonismo de clases se acentúa, se agudiza y se amplifica, y la victoria obrera será conjurada gracias a la política de los dirigentes contrarrevolucionarios.

Éstos últimos desnaturalizan el esfuerzo realizado por los obreros para crear sus organismos de clase, los cuales no pueden ser sino el fruto de una lucha sin piedad contra el Estado democrático. El triunfo proletario sólo es posible en esta dirección. Cuando las masas obreras son seducidas por la política de los dirigentes oportunistas, terminan por ser arrastradas al pantano democrático. Ahí no son más que un simple peón de un mecanismo que se hace tanto más democrático cuanto consigue anular todas las formaciones de clase que representan un obstáculo para su funcionamiento.

El Estado democrático que acciona este mecanismo llegará a hacerlo funcionar "igualitariamente" sólo a condición de tener ante sí, no categorías económicas antagonistas agrupadas en distintos organismos, sino "ciudadanos" iguales (!) entre sí que se reconocen de posición social similar para atravesar juntos los múltiples caminos que acceden al ejercicio del poder democrático.

Hacer la crítica del principio democrático con el fin de demostrar que la igualdad electoral no es más que una ficción que oculta los abismos que separan a las clases en la sociedad burguesa, excede el marco de este artículo. Lo que nos interesa aquí es poder poner en evidencia que entre el sistema democrático y las posiciones obreras existe una oposición irreconciliable. Cada vez que los obreros han llegado a imponer -a costa de luchas heroicas y de sacrificar sus vidas- una reivindicación de clase al capitalismo, han atizado un peligroso golpe a la democracia, de la que sólo el capitalismo se puede reivindicar. Al contrario, el proletariado encuentra la razón de su misión histórica proclamando la mentira del principio democrático, en su propia naturaleza y en la necesidad de suprimir las diferencias de clases y las clases mismas. Al final del camino que recorre el proletariado a través de la lucha de clases no habrá el régimen de la democracia pura, pues el principio sobre el que se basará la sociedad comunista es el de la inexistencia de un poder estatal dirigente de la sociedad, mientras que la democracia se inspira absolutamente en ello y en su expresión más liberal, se esfuerza continuamente por lanzar al ostracismo a los explotados que osan defender sus intereses con la ayuda de sus organizaciones en lugar de permanecer sumisos a las instituciones democráticas creadas con el único fin de mantener la explotación de clase.

Tras haber situado en su marco normal el problema de la democracia -no vemos realmente cómo sería posible para los marxistas hacerlo de otra manera- es posible comprender los acontecimientos de Italia, de Alemania, lo mismo que las situaciones que vive actualmente el proletariado en los diferentes países y en particular en Francia. A primera vista, el dilema en el que se sitúan estos acontecimientos consiste en la oposición "fascismo-democracia", o, para utilizar términos corrientes, "fascismo-antifascismo".

Los estrategas "marxistas" dirán para colmo que la antítesis sigue siendo la existencia de dos clases fundamentalmente opuestas, pero que el proletariado tiene la ventaja de aprovechar la oportunidad que se le ofrece y de presentarse como la figura principal de la defensa de la democracia y la lucha antifascista. Ya hemos puesto en evidencia la confusión entre democracia y posiciones obreras que está en la base de esta política. Ahora nos falta explicar por qué el frente de defensa de la democracia en Italia -al igual que en Alemania- no representó, a fin de cuentas, más que una condición necesaria para la victoria del fascismo. Pues lo que impropiamente se llama "golpe de Estado fascista", sólo es, en definitiva, un trasvase de poder, más o menos pacífico, del gobierno democrático al nuevo gobierno fascista. En Italia un gobierno en el que están los representantes del antifascismo democrático cede el paso a un ministerio dirigido por los fascistas que tendrá una mayoría asegurada en este parlamento antifascista y democrático, cuando sin embargo los fascistas no tenían mas que un grupo parlamentario de cuarenta representantes sobre 500 diputados. En Alemania, el antifascista Von Schleicher cede el paso a Hitler, llamado, por otro lado, por otro antifascista, Hindenburg, el elegido de las fuerzas democráticas y socialdemócratas. En Italia y en Alemania, en la época de la conversión de la sociedad capitalista al fascismo, la democracia no se retira inmediatamente de la escena política, sino que mantiene una posición política de primer orden: en efecto, si permanece en el gobierno, no es con el fin de representar en él un centro de reunión para romper el curso de las situaciones que desembocarán en la victoria fascista, sino para permitir el triunfo de Mussolini y de Hitler. En Italia, además, después de la marcha sobre Roma, y durante varios meses, encima, se formará un gobierno de coalición del que los fascistas formarán parte en colaboración con los demócrata-cristianos e incluso Mussolini no renunciará a la idea de tener representantes de la social-democracia en la dirección de las organizaciones sindicales.

Las acontecimientos actuales en Francia, donde no es cierto que la perspectiva fascista represente la única salida capitalista a la situación, y donde el "Pacto de acción" entre socialistas y centristas ha hecho de la clase obrera el elemento principal de la defensa de la democracia, terminarán por esclarecer la controversia teórica que opone nuestra fracción contra las otras organizaciones que se reclaman de la clase obrera. Pues la condición necesaria para la derrota del fascismo, y que consistía en el reagrupamiento de los partidos que actúan en el seno de la clase obrera en un frente único enarbolando la bandera de la defensa de la democracia, esta condición que no existía ni en Italia ni en Alemania, se cumple totalmente en Francia. Ahora bien, en nuestra opinión, el hecho de que el proletariado francés haya sido apartado de su camino de clase y espoleado como lo está, por centristas y socialistas, en la vía que hoy le inmoviliza y mañana le enviará al capitalismo, hace prever la victoria indudable del enemigo en la doble perspectiva de estar obligado a recurrir al fascismo o bien a una transformación del Estado actual en un Estado en que el gobierno absorberá gradualmente las funciones legislativas fundamentales y donde las organizaciones obreras deberán ceder su independencia y admitir el control estatal a cambio de su "ascensión" a la categoría de instituciones consultivas colaterales.

Cuando se dice que la situación actual ya no permite al capitalismo mantener una forma de organización social análoga o idéntica a la existente en el periodo histórico ascendente de la burguesía, no se hace más que constatar una verdad evidente e indiscutible. Pero se trata también de una constatación de hechos que no es específica de la cuestión de la democracia, sino que es general y que se aplica de igual modo a la situación económica y a todas las demás manifestaciones sociales, políticas, culturales, etc. Esto viene a abonar que hoy no es ayer, que actualmente hay fenómenos sociales que en el pasado no se presentaban en manera alguna. No pondríamos de relieve esta afirmación banal si no fuera por las conclusiones políticas, extrañas como mínimo, que comporta: no se reconoce ya a las clases sociales por el modo de producción que instauran, sino por la forma de organización política y social de la que se dotan. El capitalismo es una clase democrática que se opone necesariamente al fascismo, que sería la resurrección de los oligarquías feudales. O bien el capitalismo ya no sería capitalismo desde el momento en que deje de ser democrático y el problema consistiría en matar al demonio fascista valiéndose del propio capitalismo. O bien, puesto que al capitalismo hoy le interesa abandonar la democracia, no hay más que ponerle contra las cuerdas retomando los textos de la constitución y de las leyes, y así llegaríamos a romper la conversión de capitalismo al fascismo y abriríamos la vía que conduce a la victoria proletaria.

En definitiva, el ataque fascista nos obligaría provisionalmente a poner en cuarentena nuestro programa revolucionario para pasar a la defensa de las instituciones democráticas en peligro, y después reanudar la lucha integral contra esta misma democracia que, gracias a esta interrupción, nos habría permitido tender una trampa al capitalismo. Una vez eliminado el peligro, la democracia podría ser nuevamente crucificada.

La simple enunciación de las conclusiones políticas derivadas de la constatación de la diferencia entre dos épocas capitalistas -la ascendente y la descendente- permite ver el estado de descomposición y de corrupción de los partidos y de los grupos que se reclaman del proletariado, en el periodo actual.

Los dos periodos históricos considerados separadamente pueden diferir y realmente difieren, pero para llegar a la conclusión de que existe una incompatibilidad entre el capitalismo y la democracia o entre el capitalismo y el fascismo, habría que considerar democracia y fascismo no tanto como formas de organización sociales sino de las clases, o bien habría que admitir que a partir de ahora la teoría de la lucha de clases ha dejado de ser cierta y que asistimos a una batalla que librará la democracia contra el capitalismo, o el fascismo contra el proletariado. Pero, los acontecimientos de Italia y de Alemania están ahí para demostrarnos que el fascismo no es más que el instrumento de represión sangriento contra el proletariado, al servicio del capitalismo, que ve a Mussolini proclamar la santidad de la propiedad privada sobre los escombros de las instituciones de clase que habían fundado los obreros para dirigir su lucha contra la apropiación burguesa del producto de su trabajo.

Pero la teoría de la lucha de clases se verifica, una vez más, en las crueles experiencias de Italia y de Alemania. La aparición del movimiento fascista no modifica en absoluto la antítesis capitalismo-proletariado, sustituyéndola bien por capitalismo-democracia, o bien por fascismo-proletariado. En la evolución del capitalismo decadente llega un momento en que éste último se ve obligado a emprender otro camino diferente del que había recorrido en su fase ascendente.

Antes, podía combatir a su enemigo mortal, el proletariado, presentándose una perspectiva de una mayoría progresiva de su suerte hasta conseguir su liberación y, con este fin, abría las puertas de las instituciones democráticas acogiendo en ellas a los llamados representantes obreros, pero que se convertían en agentes de la burguesía en la medida en que llegaban a encadenar a los organismos obreros en el engranaje del Estado democrático. Hoy -tras la guerra de 1914 y la revolución rusa- el problema para el capitalismo es dispersar, con la violencia y la represión, todo foco proletario que pueda estar relacionado con el movimiento de clases. En el fondo, la explicación de la diferencia de actitud entre el proletariado italiano y alemán ante el ataque fascista, de la resistencia heroica del primero para defender hasta el último ladrillo de las instituciones obreras y del hundimiento del segundo nada más formarse el gobierno Hitler-Papen-Hugenberg, depende únicamente del hecho de que en Italia el proletariado fundaba -por el cauce de nuestra corriente- el organismo que podía conducirle a la victoria, mientras que en Alemania el Partido comunista, quebrado por la base en Halle mediante la fusión con los independientes de izquierda, vive una serie de etapas en el curso de las múltiples convulsiones de la izquierda y extrema izquierda, que marcan sucesivos pasos adelante en la corrupción y descomposición de un partido del proletariado alemán que en 1919 y 1920 había escrito páginas de gloria y heroísmo.

Incluso si el capitalismo pasa a la ofensiva contra las posiciones democráticas y las organizaciones que se reclaman de ellas, incluso si asesina a las personalidades políticas que pertenecen a partidos democráticos del ejército o del mismo Partido nazi (como el 30 de junio en Alemania), esto no significa que deban haber tantas antítesis como oposiciones hayan (fascismo-ejército, fascismo-cristianismo, fascismo-democracia). Estos hechos prueban solamente la extrema complejidad de la situación actual, su carácter espasmódico y no atacan en manera alguna a la teoría de la lucha de clases. La doctrina marxista no presenta el desafío proletariado-burguesía en la sociedad capitalista como un conflicto mecánico, hasta el punto que toda manifestación social podría y debería estar ligada a uno u otro extremo del dilema. Al contrario, la esencia misma de la doctrina marxista consiste en el establecimiento, derivado del análisis científico, de dos órdenes de contradicciones, de contrastes y de antagonismos, desde el punto de vista económico así como del político y social. Aparte de la antitesis burguesía-proletariado, único motor de la historia actual, Marx puso en evidencia las bases y el curso contradictorio propio del capitalismo, hasta tal punto que no se establece de ningún modo la armonía de la sociedad capitalista, incluso después de que el proletariado ha dejado de existir (como es el caso en la situación actual a consecuencia de la acción del centrismo y de las traiciones social-demócratas) en tanto que clase que trata de quebrantar el orden capitalista y fundar la nueva sociedad. Actualmente el capitalismo puede haber amputado provisionalmente la única fuerza progresista de la sociedad, el proletariado, pero, tanto en el terreno económico como en el político, las bases contradictorias de su régimen no cesan de determinar la oposición irreconciliable de los monopolios, de los Estados, las fuerzas políticas que actúan en interés de la conservación de su sociedad, en particular el contraste entre fascismo y democracia.

En el fondo la alternativa guerra-revolución significa que, una vez descartada como solución a la situación actual la fundación de la nueva sociedad, no aparecerá en absoluto una era de tranquilidad social, sino toda la sociedad capitalista (incluidos los obreros) caminan hacia la catástrofe, resultado de las contradicciones inherentes a esta sociedad.

El problema a resolver no es el de atribuir al proletariado tantas actitudes políticas como oposiciones haya en la situación, ligándolo a tal monopolio, tal Estado, a tal fuerza política contra los que se le oponen, sino mantener la independencia de la organización del proletariado en lucha contra todas las expresiones económicas y políticas del mundo del enemigo de clase.

La conversión de la sociedad capitalista al fascismo, la oposición y el mismo conflicto entre los factores de ambos regímenes, no deben de ningún modo alterar la fisionomía específica del proletariado. Tal como hemos señalado en varias ocasiones, los fundamentos programáticos proletarios deben ser hoy los mismos que Lenin publicó, con su trabajo de fracción, antes de la guerra y contra los oportunistas de todos los colores. Ante el Estado democrático, la clase obrera debe mantener una posición de lucha por su destrucción y no debe entrar en él con el fin de conquistar posiciones que permitan construir gradualmente la sociedad socialista; los revisionistas que defendieron esta posición, convirtieron al proletariado en víctima de las contradicciones del mundo capitalista, en carne de cañón, en 1914. Hoy que las situaciones obligan al capitalismo a proceder a una transformación orgánica de su poder, del Estado, el problema continúa siendo el mismo, es decir, el de la destrucción y la introducción del proletariado en el seno del Estado enemigo para salvaguardar sus instituciones democráticas, lo que pone a la clase obrera a merced del capitalismo; y allá donde éste último no debe recurrir al fascismo, de nuevo le hace víctima de los conflictos interimperialistas y de la nueva guerra.

El dilema marxista, capitalismo-proletariado, no significa que los comunistas ante cada situación deban plantear el problema de la revolución, sino que en cualquier circunstancia el proletariado debe agruparse en torno a sus posiciones de clase. El problema de la insurrección lo podrán plantear cuando existan las condiciones históricas para la lucha revolucionaria, y en las otras situaciones estará obligado a promover un programa de reivindicaciones más limitado, pero siempre de clase. La cuestión del poder se plantea únicamente en su forma íntegra y si faltan las premisas históricas necesarias para el desencadenamiento de la insurrección, esta cuestión no se plantea. Las consignas a promover, entonces, corresponderán a las reivindicaciones elementales que conciernen a las condiciones de vida de los obreros desde el punto de vista de la defensa de los salarios, las instituciones proletarias y de las posiciones conquistadas (derecho de organización, de prensa, de reunión, de manifestación, etc.).

El ataque fascista encuentra su razón de ser en una situación económica que anula toda posibilidad de equívoco, y que supone que el capitalismo debe pasar al aniquilamiento de toda organización obrera. En este momento, la defensa de las reivindicaciones de la clase obrera amenaza directamente el régimen capitalista, y el desencadenamiento de las huelgas defensivas no puede situarse más que en el curso de la revolución comunista. En esta situación -tal como ya lo hemos dicho-, los partidos y las formaciones democráticas y social-democráticas tienen una función de primer orden, pero a favor del capitalismo y contra el proletariado, en la línea que conduce a la victoria fascista y no en la línea que lleva a la defensa o al triunfo del proletariado. Éste último será movilizado por la defensa de la democracia con el fin de que no luche por las reivindicaciones parciales. Los socialdemócratas alemanes llaman a los obreros a abandonar la defensa de sus intereses de clase para no amenazar al gobierno de mal menor de Brüning; Bauer hará lo mismo por Dollfuss entre marzo de 1933 y febrero de 1934; el "Pacto de acción" entre socialistas y centristas en Francia se realiza porque contiene (cláusula de principio Zyromski) la lucha por las libertades democráticas a excepción de las huelgas reivindicativas...

Trotsky dedicará un capítulo de sus documentos sobre la revolución alemana a demostrar que la huelga general ha dejado de ser el arma de defensa de la clase obrera. La lucha por la democracia es una potente maniobra de distracción para apartar a los obreros de su terreno de clase y engancharlos a las contradictorias volteretas que realiza el Estado en su metamorfosis de democracia a Estado fascista. El dilema fascismo-antifascismo actúa, pues, en interés exclusivo del enemigo; el antifascismo, la democracia adormece a los obreros para que, a continuación, los fascistas los apuñalen, aturden a los proletarios a fin de que no vean ya ni el terreno ni la vía de su clase. Estas son las posiciones centrales que han marcado con su sangre los proletarios de Italia y de Alemania. El capitalismo mundial puede preparar la guerra mundial porque los obreros de otros países no se inspiran en estas ideas programáticas. Nuestra fracción, inspirada en estos principios programáticos, continúa su lucha por la revolución italiana, por la revolución internacional.

"Bilan" (Balance) N° 13, 1934 (Ottorino Perrone)

[Tomado de la Revista n+1

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Relacionados:

Contra la Democracia [Libro]. Miriam Qarmat (2006)

Contra la Democracia y las Guerras Imperialistas. Revista Comunismo nro. 65. Diciembre de 2015

5 de noviembre de 2018

No es "fascismo o democracia", sino fascismo y democracia

Gilles Dauvé (1979)


De acuerdo a la actual sabiduría izquierdista, el fascismo es el poder estatal y del capital en su crudeza y en su brutalidad, sin máscara alguna, de manera que la única manera de liquidar al fascismo es terminar con el capitalismo.

Hasta ahí, vamos bien. Desafortunadamente, tal análisis suele volverse contra sí mismo: como el fascismo es el capitalismo en su peor forma, debemos prevenir que éste llegue a esa forma luchando, por ejemplo, por un capitalismo “normal”, no fascista, e inclusive apoyar a capitalistas no fascistas.

Además, como el fascismo es el capitalismo en su forma más reaccionaria, tal visión significa intentar promover al capitalismo en su forma más moderna, no feudal, no militarista, no racista, no represiva, no reaccionaria; un capitalismo más liberal, en otras palabras, un capitalismo más capitalista.

Si bien sería más que extenso detallar cómo el fascismo sirve a los intereses del gran capital, el antifascismo mantiene que el fascismo podría haber sido evitado en 1922 o 1933, o sea sin destruir el gran capital, si tan solo el movimiento obrero y/o los demócratas hubieran puesto bastante presión para mantener a Mussolini y a Hitler lejos del poder. El antifascismo es una comedia de lamentos sin fin: si sólo, en 1921, el Partido Socialista Italiano y el recién fundado Partido Comunista Italiano se hubieran aliado con las fuerzas republicanas para detener a Mussolini… si sólo, a principios de los años treinta, el KPD (Partido Comunista Alemán) no hubiera lanzado una lucha fratricida contra el SPD (Partido Socialdemócrata), Europa se habría salvado de una de las dictaduras más feroces en la historia, una segunda guerra mundial, un imperio nazi de dimensiones casi continentales, los campos de concentración, y la exterminación de los judíos. Por encima y más allá de sus observaciones muy certeras sobre las clases, el Estado, y los lazos entre el fascismo y la gran industria, esta visión no tiene en cuenta que el fascismo provino de un doble fracaso: el fracaso de los revolucionarios después de la Primera Guerra Mundial, aplastados por la socialdemocracia y la democracia parlamentaria, y luego, en el curso de los años 20, el fracaso de los demócratas y los socialdemócratas en gestionar el capital. Sin una comprensión efectiva del período precedente así como de la fase previa de la lucha de clases y sus límites, no puede entenderse ni la naturaleza del fascismo ni su ascenso al poder.

¿Cuál es el verdadero motor del fascismo, sino la unificación política y económica del capital, una tendencia que se ha vuelto general desde 1914? El fascismo fue un modo particular de llevar a cabo aquella unidad en países -Italia y Alemania- donde, aunque la revolución había sido derrotada, el Estado era incapaz de imponer orden, incluso en las filas de la burguesía. Mussolini no era ningún Thiers, con una sólida base de poder, ordenando a fuerzas armadas regulares masacrar a los comuneros. Un aspecto esencial del fascismo es su nacimiento en las calles, su uso del desorden para imponer orden, su movilización de las viejas clases medias semi-enloquecidas por su propia decadencia, y su regeneración, desde afuera, de un Estado incapaz de tratar con la crisis de capitalismo. El fascismo fue un esfuerzo de la burguesía para resolver por la fuerza sus propias contradicciones, para usar los métodos de la clase obrera de movilización de masas a su favor, y desplegar todos los recursos del Estado moderno, primero contra un enemigo interno, luego contra uno externo.

Esta fue en efecto una crisis del Estado durante la transición a la dominación total de la sociedad por el capital. Primero, las organizaciones obreras habían sido necesarias para enfrentar el levantamiento proletario; entonces se requirió que el fascismo acabara con el desorden consiguiente. Este desorden no era, por supuesto, revolucionario, pero era paralizante, y fue un obstáculo a las soluciones que, como resultado, sólo podrían ser violentas. La crisis sólo fue erráticamente vencida en aquel entonces; el Estado fascista era eficiente sólo en apariencia, porque integró a los golpes a la fuerza de trabajo asalariada, y sepultó conflictos de manera artificial proyectándolos en aventuras militaristas. Pero la crisis fue superada, relativamente, por el Estado democrático multitentacular establecido en 1945, que potencialmente se apropió de todos los métodos del fascismo, y añadió algunos propios, ya que neutralizó las organizaciones de obreros asalariados sin destruirlas. Los parlamentos han perdido el control sobre el ejecutivo. Mediante la asistencia social o políticas laborales, mediante técnicas modernas de vigilancia o mediante la ayuda estatal extendida a millones de individuos, en resumen por un sistema que hace a todos cada vez más dependientes, la unificación social va más allá de lo conseguido por el terror fascista, pero el fascismo como movimiento específico ha desaparecido. Correspondió a la disciplina forzada de la burguesía, bajo la presión del Estado, en el contexto particular de Estados recién creados apremiados para constituirse también como naciones.

La burguesía incluso tomó la palabra "fascismo" de las organizaciones obreras en Italia, que a menudo eran llamadas "fasci". Es significativo que el fascismo se definió antes que nada como una forma de organización y no como un programa. La palabra se refería tanto a un símbolo de poder estatal (los fascios vieron la luz antes que los cónsules de la Antigua Roma), como a la voluntad de reunir al pueblo en grupos. El único programa del fascismo es organizar, hacer converger por la fuerza a los componentes que conforman la sociedad.

La dictadura no es un arma del capital (como si el capital pudiera sustituirla por otras armas menos brutales); la dictadura es una de sus tendencias, una tendencia que se efectiviza siempre que se la juzgue necesaria. Un "regreso" a la democracia parlamentaria, como ocurrió (por ejemplo) en Alemania después de 1945, indica que la dictadura es inútil para integrar a las masas en el Estado (al menos hasta la próxima vez). El problema no es por lo tanto el hecho que la democracia asegura una dominación más flexible que la dictadura; cualquiera preferiría ser explotado al modo sueco a ser secuestrado por los esbirros de Pinochet. ¿Pero acaso uno tiene opción? Incluso la suave democracia escandinava sería transformada en dictadura si las circunstancias lo exigieran. El Estado sólo puede tener una función, que puede ser llevada a cabo democráticamente o dictatorialmente. El hecho de que la primera es menos áspera no significa que es posible reorientar al Estado para prescindir de la última. Las formas del capitalismo no dependen de las preferencias de los obreros asalariados más que de las intenciones de la burguesía. Weimar capituló ante Hitler con los brazos abiertos. El Frente Popular de Leon Blum no “detuvo al fascismo”, porque en 1936 Francia no requirió ni una unificación autoritaria del capital ni un encogimiento de sus clases medias.

No hay ninguna "opción" política a la cual los proletarios podrían ser atraídos o que ellos podrían imponer por la fuerza. La democracia no es la dictadura, pero la democracia prepara el terreno para la dictadura, y se prepara a sí misma para la dictadura.

La esencia del antifascismo consiste en resistir al fascismo defendiendo a la democracia; ya no se trata de luchar contra el capitalismo, sino de presionar al capitalismo para que renuncie a la opción totalitaria. Ya que el socialismo es identificado con la democracia total, y el capitalismo con una tendencia acelerada al fascismo, los antagonismos entre proletariado y capital, comunismo y trabajo asalariado, proletariado y Estado, son rechazados por una contraposición entre democracia y fascismo presentada como la quintaesencia de la perspectiva revolucionaria. La izquierda y la extrema izquierda oficiales nos dicen que un verdadero cambio sería la realización, por fin, de los ideales de 1789, traicionados una y otra vez por la burguesía. ¿Un nuevo mundo? Para qué, ya está aquí, hasta cierto punto, en embriones que deben ser preservados, en pequeños brotes que deben ser sembrados: los derechos democráticos ya existentes deben ser impulsados una y otra vez dentro de una sociedad infinitamente perfectible, con dosis diarias cada vez mayores de democracia, hasta el logro de la democracia completa, o socialismo.

De esta manera, reducida a la resistencia antifascista, la crítica social es llevada al terreno de todo lo que una vez denunció, y renuncia a nada menos que a aquel artículo deteriorado, la revolución, y abraza el gradualismo, una variante de la “transición pacífica al socialismo” como fue alguna vez defendida por los Partidos Comunistas, y objeto de burla, antes de 1968, por cualquier persona seria que quisiera cambiar el mundo. El retroceso es palpable.

No vamos a caer en el ridículo de acusar a la izquierda y a la extrema izquierda de haber abandonado una perspectiva comunista que sólo conocían en la realidad desde la oposición. Es demasiado obvio que el antifascismo renuncia a la revolución. Pero el antifascismo falla exactamente donde su "realismo" afirma ser efectivo: en prevenir una posible mutación dictatorial de la sociedad.

La democracia burguesa es una fase de la toma del poder por el capital, y su extensión en el siglo veinte completa la dominación del capital mediante la intensificación del aislamiento de los individuos. Propuesta como solución a la separación entre los hombres y la comunidad, entre la actividad humana y la sociedad, y entre las clases, la democracia nunca será capaz de solucionar el problema de la sociedad más separada de la historia. Como forma eternamente incapaz de modificar su contenido, la democracia es sólo una parte del problema del cual afirma ser la solución. Cada vez que dice fortalecer el “vínculo social”, la democracia aporta a su disolución. Cada vez que trata sobre las contradicciones de la mercancía, lo hace fortaleciendo la red que el Estado ha tejido a través de las relaciones sociales.

Incluso en sus propios términos desesperadamente resignados, los antifascistas, para ser creíbles, tienen que explicarnos cómo la democracia local es compatible con la colonización de la mercancía que vacía de contenido el espacio público y llena los centros comerciales. Ellos tienen que explicar cómo un Estado omnipresente al cual la gente constantemente se vuelve para pedir protección y ayuda, esta verdadera máquina para producir lo socialmente "bueno", no se volverá hacia el "mal" cuando contradicciones extraordinarias lo requieran para restaurar el orden. El fascismo es la adulación del monstruo estatista, mientras que el antifascismo es su apología más sutil. La lucha por un Estado democrático es inevitablemente una lucha para consolidar el Estado, y lejos de herir al totalitarismo, tal lucha fortalece el estrangulamiento de la sociedad por el totalitarismo.

(Fragmento de “Cuando las insurrecciones mueren”, 1979. Traducido por el CICA y editado por Mariposas del Caos, 2008.)