6 de septiembre de 2014

¿Qué hacer? y El quehacer del ¿qué hacer? - Agustín Guillamón


¿Qué hacer? 

Agustín Guillamón, septiembre 2013 (Controversia con Octavio Alberola)

Octavio aparece un tanto pesimista: Incluso en una revolución burguesa, como la Revolución Francesa de 1789, el pueblo y el Tercer Estado en 1787 no eran nada, ni podían nada, pese a representar al 99 por ciento de la población francesa. En 1789 lo podían todo y en 1793 el Antiguo Régimen había sido despedazado. Así, pues, también cabe el optimismo.

Las cuestiones que plantea Octavio Alberola se resumen en una sola y clásica pregunta: ¿Qué hacer?

Quizás sea más adecuado contestar qué es lo que no hay que hacer.

No hay que crear organizaciones minoritarias que se propongan guiar, organizar y sustituir al proletariado.

Hay que combatir las ideologías burguesas. Hay que conocer y aprender de las experiencias históricas del proletariado. La teoría revolucionaria se alimenta de esas experiencias.

Hay que combatir las ideologías derrotistas, como la de los situs que proclaman que el proletariado ya ha sido derrotado y es mejor abandonar toda teoría revolucionaria y dedicarse al cultivo del huerto, o del jardín, porque ya no existe proletariado y porque la catástrofe ecológica del planeta ya es irreversible, y sucedió ayer.

Hay que combatir las ideologías que proponen la conquista del Estado, porque la única vía revolucionaria del proletariado pasa por la destrucción del Estado y de las relaciones sociales de producción capitalistas.

La revolución social no es una cuestión de formas organizativas adecuadas, sino que depende de la extensión de la condición de proletario y de la toma de conciencia de tal condición. La gran contradicción que sume a tantos analistas en la confusión más penosa y en el inmediatismo más chato radica en la incomprensión de la condición proletaria en la sociedad capitalista. El proletariado en el capitalismo no es nada, ni puede nada, ni aspira a nada, ni tiene fuerza alguna, mientras sea una clase para el capital. Sólo cuando se constituye en clase, con intereses antagónicos al capital y el Estado que lo defiende, y se enfrenta al partido del capital adquiere su potencial revolucionario, en el propio proceso de la lucha de clases.

Las fronteras de clase profundizan un abismo entre revolucionarios y reformistas, entre anticapitalistas o defensores del capitalismo. Quienes levantan la bandera nacionalista, sentencian la desaparición del proletariado o defienden el carácter eterno del Capital y del Estado están al otro lado de la barricada, se digan anarquistas o se llamen marxistas. La alternativa se da entre los revolucionarios, que quieren suprimir todas las fronteras, arriar todas las banderas, disolver todos los ejércitos y policías, destruir todos los Estados, romper con cualquier totalitarismo o mesianismo mediante prácticas asamblearias y de autoemancipación, terminar con la plusvalía y la explotación del hombre en todo el mundo, atajar las amenazas de destrucción nuclear, defender los recursos naturales para las futuras generaciones..., y los conservadores del orden establecido, guardianes y voz de su amo, que defienden el capitalismo y sus lacras. Revolución o barbarie.

El proletariado, para vencer, necesita una conciencia cada vez mayor, superior y más aguda, de la realidad y de su devenir. Sólo con una conciencia crítica, elaborada en el estudio riguroso de las experiencias internacionales de sus luchas pasadas, podrá avanzar hacia sus objetivos. La conmemoración de la muerte de sus militantes, o de las masacres de los asalariados, no puede ser jamás, para los revolucionarios, un acto religioso, o de homenaje a los héroes y de memoria individualista. Lo que importa es extraer las lecciones de las sangrientas derrotas obreras, porque las derrotas son los jalones de la victoria.

El proletariado es arrojado a la lucha de clases por su propia naturaleza de clase asalariada y explotada, sin necesidad que nadie le enseñe nada; lucha porque necesita sobrevivir. Cuando el proletariado se constituye en clase revolucionaria consciente, enfrentada al partido del capital, necesita asimilar las experiencias de la lucha de clases, para tomar conciencia de éstas, apoyarse en las conquistas históricas, tanto teóricas como prácticas, y superar los inevitables errores, corregir críticamente los fallos cometidos, reforzar sus posiciones políticas, corrigiendo sus insuficiencias o lagunas y completar su programa; en fin, resolver los problemas no resueltos en su momento: aprender las lecciones que nos da la propia historia. Y ese aprendizaje sólo puede hacerse en la práctica de la lucha de clases de los distintos grupos de afinidad revolucionarios y de las diversas organizaciones del proletariado.

Los movimientos revolucionarios no nacen perfectos, tal como si fueran Palas Atenea, que surgió de la cabeza de Júpiter ya adulta y armada, con lanza y coraza. No trazan jamás una línea recta y continua, no han sido nunca una flecha que da directamente en la diana, sino que por el contrario avanzan, dudan, retroceden ante la inmensidad de las tareas a realizar, reanudan el proceso revolucionario, avanzan un paso y retroceden dos, se asoman al vértigo del abismo que abre la barbarie del antiguo régimen, y luego dan un gran salto sobre ese precipicio, o perecen en el intento.

No existe una lucha económica y una lucha política separadas, en departamentos estancos. Toda lucha económica es, a la vez, en la sociedad capitalista actual, una lucha política, y al mismo tiempo una lucha por la identidad de clase. Tanto la crítica de la economía política, como la crítica de la historia oficial, el análisis crítico del presente o del pasado, el sabotaje, la organización de un grupo revolucionario, el ciego estallido de un motín, o una huelga salvaje, son combates de la misma guerra de clases.

La vida de un individuo es demasiado breve para penetrar profundamente en el conocimiento del pasado, o para ahondar en la teoría revolucionaria, sin una actividad colectiva e internacional que le permita hacerse con la experiencia de las generaciones pasadas, y a su vez le permita servir de puente y acicate a las generaciones futuras.

Y el papel de las minorías o vanguardias revolucionarias no puede, ni debe ser otro, que el de facilitar eses proceso de toma de conciencia del proletariado.

La bandera negra es la negación de todos los colores de todas las banderas, o si se prefiere, de todas las patrias y de todos los nacionalismos. Pero también es lo opuesto a la bandera blanca de la rendición, o si se quiere, al abandono de la lucha de clases para retirarse al cultivo del jardín, como proponen los situs y otros derrotistas “radicales” de distinto pelaje y confusión.

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El quehacer del ¿qué hacer? 

Agustín Guillamón, octubre 2013 (Controversia con Octavio Alberola)

1.-

Dos cosas: organización de los revolucionarios y apropiación de la teoría revolucionaria del proletariado, esto es, extraer las enseñanzas proporcionadas por las experiencias históricas del pasado.

La existencia de luchas obreras, y en su seno la existencia de revolucionarios, es la condición esencial para el surgimiento y apropiación de la teoría revolucionaria.

La distinción entre clase revolucionaria (proletariado) y revolucionarios (vanguardia) es impuesta por las condiciones de vida en el capitalismo y por las diferencias del nivel de conciencia y de compromiso individuales. Y se agranda en épocas de paz social.

La conexión entre esas minorías de revolucionarios organizados (vanguardias) y el proletariado es un proceso histórico, cuajado de peligros, como el substitucionismo, la contrarrevolución, la burocratización, la socialdemocracia, el evolucionismo gradual, y otros, que desemboca (en caso de éxito revolucionario) en la anulación de la diferencia existente entre vanguardia y clase, por la necesaria desaparición de todas las clases sociales.

La revolución no es asunto de ningún grupo, partido o vanguardia, sino que es fruto de la constitución de la clase en partido, opuesto y antagónico al partido del capital. AQUÍ LA PALABRA PARTIDO TIENE UN SIGNIFICADO DISTINTO AL HABITUAL: SE TRATA DEL PROCESO HISTÓRICO MEDIANTE EL CUAL EL PROLETARIADO TOMA CONCIENCIA DE CLASE Y DE SU ANTAGONISMO CON EL CAPITAL Y COMBATE POR DESTRUIR EL ESTADO Y ANULAR TODAS LAS CLASES SOCIALES. Es el proletariado, y no las distintas vanguardias, quien constituye y desarrolla su propio modelo organizativo (soviets, consejos, comités), que impulsa (en situaciones revolucionarias) como órganos de poder propio, al tiempo que se enfrenta al capitalismo y destruye el Estado. La plena adquisición de la conciencia de clase sólo puede darse durante esas confrontaciones revolucionarias, porque en el capitalismo el proletariado no es nada, ni posee otra cosa que sus cadenas, ni aparece como tal fugazmente sólo en los episodios radicales de lucha de clases.

La adquisición de conciencia de clase por el proletariado no se consigue como consecuencia de una crisis de sobreproducción, ni a causa de la caída tendencial de la tasa de beneficio, ni por puro espontaneismo, impulsado por las catástrofes de la crisis: paro masivo, generalización de la miseria, ataques criminales del capital a las condiciones de vida de los trabajadores…

Conciencia de clase y enfrentamiento revolucionario con el sistema de dominación y explotación capitalista son simultáneos. El papel de las vanguardias no puede ni debe ser otro que el de facilitar esa toma de conciencia y la asimilación de la teoría revolucionaria, que a su vez no es otra cosa que aprender de las enseñanzas proporcionadas por las experiencias históricas de las derrotas anteriores. Pero esas vanguardias, auténtico y único quehacer del qué hacer, han de estar bien preparadas, tanto organizativa como teóricamente, para cumplir con su papel de rápida transmisión al conjunto del proletariado de sus pasadas experiencias, su programa histórico y sus objetivos inmediatos y finales. SON LA SAL DE LA TIERRA, LA POTENCIAL CONCIENCIA DE CLASE, LA CHISPA QUE INICIA EL INCENDIO. Pero el papel de esas vanguardias no es sólo teórico, sino que han de estar implicados en las luchas cotidianas de la clase, creando una red de confianza, aprendizaje mutuo, entrenamiento, masificación y capilaridad entre vanguardias y clase.

2.-

La teoría revolucionaria sin la práctica no es nada. Del mismo modo, el activismo, es decir, la práctica sin teoría, tampoco lleva a ninguna parte. La teoría no ha avanzado nunca, ni un milímetro, sin una nueva experiencia práctica de una clase que sólo puede emanciparse suprimiendo todas las clases sociales, y por lo tanto a si misma. Nosotros, Octavio, formamos parte de esa clase.

Y lo queramos, o no, seamos conscientes de ello, o no, somos parte de una clase sometida al capitalismo, con la mentalidad que éste nos ha inculcado. Y con todos los condicionamientos personales que la supervivencia en el sistema nos obliga a superar. Sea uno un parado, un jubilado, un afortunado asalariado o un marginado, delincuente o no, que sobrevive como puede; un abismo nos separa del modo de vida de la clase burguesa y dirigente, ya sean asalariados, rentistas o delincuentes que cobran y/o roban todo lo que quieren, sin nadie que les fiscalice o juzgue. También aquí la división de clases, unos con penas y dificultades insuperables para llegar a fin de mes, empobrecidos por los impuestos, la precariedad o el paro, con recortes en todo tipo de prestaciones sociales, asomándose a la miseria, o en la indigencia más absoluta, y los otros sin tasa ni vigilancia alguna, atesorando grandes fortunas o detentando parcelas de poder.

Un nuevo mundo social que conquistar. Es necesario el surgimiento de un movimiento proletario con las ideas suficientemente claras y una práctica contundente que acabe con este mundo de desigualdades e injusticia. No hay que esperar nuevos profetas o novísimos gestores de la catástrofe, sino proletarios, sin pelos en la lengua, convencidos de que el mundo actual puede y debe ser cambiado, y que es posible una sociedad sin clases, sin policías ni ejércitos, sin fronteras, sin Estado, sin mercancías, sin plusvalía, sin trabajo asalariado, en el que cada cual y todos juntos podamos decidir sobre todo lo que afecta día a día a nuestras vidas, en lugar de votar cada cuatro años al explotador A o al ladrón Z. Y eso lo queremos ya y ahora.

Y, sí, por supuesto, esas grandes generalizaciones pueden parecer banales y utópicas, a fuerza de repetirlas una y otra vez, e incluso pueden parecer ridículas, si se considera que no existen las condiciones objetivas para alcanzarlas; pero es necesario gritarlas alto y fuerte, en todas partes y en todo momento, porque es nuestro objetivo final, el único realista y también inmediato, aunque ahora aún no tengamos los medios, ni la fuerza, y tal vez tampoco la voluntad. Ya se encargará el sistema de propaganda capitalista, con sus poderosos medios de convicción y adoctrinamiento, de convencernos de que no hay nada que hacer.

Nunca han existido movimientos revolucionarios sin revuelta, sin violencia colectiva, sin un enorme empeño y una voluntad inquebrantable por enfrentarse con las fuerzas del orden que garantizan la miseria y la explotación. La solidaridad es uno de los pilares fundamentales del movimiento revolucionario. CUALQUIER REVUELTA, POR  EXTENSA Y PROFUNDA QUE FUERE, NO ES NADA SIN OBJETIVOS CLAROS Y PRECISOS, y tarde o temprano será derrotada, sin dejar huella.

Así, pues, recapitulemos el abecé del qué hacer: organización de las minorías revolucionarias (vanguardias), apropiación de la teoría revolucionaria (estudio de las lecciones que nos dan las experiencias históricas del proletariado), controversia fructífera y sana entre las distintas vanguardias, planteamiento de objetivos inmediatos, pero también  de objetivos “utópicos” precisos, solidaridad con cualquier sector en lucha… y preparación física y psíquica, por supuesto, pero sobre todo teórica e histórica.

Y en ese proceso de luchas se va creando una red de relaciones y confianza que establece una capilaridad entre vanguardias y clase. Es una espiral en ascenso. No se trata de que esas vanguardias o grupos sustituyan a la clase, no se trata de educar a nadie sino de aprender mutuamente, no se trata de estar por encima o por debajo, sólo se trata de luchar todos juntos y de crecer juntos en la práctica de la lucha de clases, planteando como objetivo final, pero también inmediato, las utopías de un mundo distinto y posible: sin policías ni ejércitos, sin fronteras, sin Estado, sin plusvalía, sin mercancías, sin trabajo asalariado…

3.-

Sin duda alguna, vivimos en un momento en que la conciencia de clase del proletariado está bajo mínimos, en comparación con otras etapas del movimiento obrero. El estado teórico y organizativo de las posibles vanguardias quizás sea casi siempre deplorable, nulo y, muchas veces, contraproducente. La mayoría de los grupos, grupúsculos y profetas existentes repiten nociones muertas; otros, falsamente innovadores, quedan al margen de la lucha de clases, e incluso (cono hacen los situs) levantan la bandera blanca de la rendición y la plena sumisión, declarándose gestores de la catástrofe y el antidesarrollismo; pero todos coinciden en que la pasividad del proletariado reside en el consumismo, o en su contrario, el paro masivo, y a veces (muy contradictoriamente) en los dos. Y de ahí nacen ideologías y prácticas delirantes. El panorama es flaco, débil y desalentador. Y nadie escapa a ello. Ni tú, Octavio, ni yo. Apaga y vámonos.

La revolución social es el desafío más importante y decisivo de la Humandidad, en la actualidad. Si el proletariado como clase es el partido de la revolución, enfrentado al partido antagónico del capital, generará inevitablemente diversas vanguardias revolucionarias, expresión de las distintas tendencias, tácticas y estados de conciencia de ese proletariado. Esa es la alternativa revolucionaria; la otra, es la ausencia de revolución y el paso libre a la barbarie.

4.-

Y el papel de esas vanguardias ya se ha dicho que era:

a.- Su organización, a escala local e internacional.

b.- La apropiación de la teoría revolucionaria, esto es, de las lecciones que ofrecen las experiencias históricas del proletariado (la Comuna de París, revolución rusa de 1905 y 1917, Cronstad, revolución alemana de 1919, Plataforma de 1926, revolución española de 1936-37, la Autonomía Obrera de los años setenta, etcétera).

c.- Defensa del programa histórico del proletariado: supresión de la policía y ejércitos, de todas las fronteras, de todos los Estados, del trabajo asalariado, de las mercancías, de la plusvalía…

d.- Promover y extender la solidaridad con cualquier sector en lucha…

e.- Análisis económico, que permita conocer las características fundamentales de la actual fase del capitalismo.

f.- Funcionar como cerebro de la pasión revolucionaria del proletariado.

g.- Entender que cada vanguardia es expresión de las distintas tácticas y sectores de un proletariado heterogéneo, que acabará disolviendo todas las clases sociales, y por lo tanto al propio proletariado.

h.- Rechazar y tomar medidas contra el sustitucionismo, el educacionismo y cualquier institucionalización o estatismo que pueda anidar en cada uno de esos grupos o vanguardias de la clase.

5.-

Para los materialistas el ser precede a la conciencia. Dicho de otra forma, la conciencia es un atributo del ser. Sin una teorización de las experiencias históricas del proletariado no existe teoría revolucionaria, ni avance teórico. Entre la teoría y la práctica puede existir un lapsus de tiempo, más o menos largo, en el que el arma de la crítica se transforma en la crítica de las armas. Cuando un movimiento revolucionario hace su aparición en la historia rompe con todas las teorías muertas, y suena la hora anhelada de la acción revolucionaria, que por sí misma vale más que cualquier texto teórico, porque pone al descubierto sus errores e insuficiencias. Esa experiencia práctica, vivida colectivamente, hace estallar las inútiles barreras y los torpes límites, fijados durante los largos períodos contrarrevolucionarios. Las teorías revolucionarias prueban su validez en el laboratorio histórico.

Espero, estimado Octavio, que mis argumentos sirvan para que la controversia iniciada entre nosotros se convierta en una espiral en la que ambos elevemos nuestro nivel de comprensión sobre el quehacer que nos aguarda y nos llama. Y si eso sirve a otros, pues perfecto, y quizás sea el objetivo adecuado y por fin alcanzado del debate.

Pero es evidente que si esta controversia no trasciende el nivel teórico, consiguiendo que el pan se convierta en carne y el vino en sangre, es decir, si queda aislado y al margen de la práctica de la lucha de clases se quedará en mera palabrería, vacía y sin sentido.

Por mi parte, no tengo nada más que añadir, y espero que tú mismo, Octavio, cierres esta controversia y realices un balance que ponga el punto final.

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N. del E. Las negritas son nuestras. Recomendamos leer el debate completo entre Guillamón y Alberola aquí