26 de octubre de 2021

[Ecuador] ¡Octubre vive, la lucha sigue!... Pero no cometamos los mismos errores del 2019. Aprendamos y apliquemos las lecciones de la historia

Dialogar y negociar con los explotadores y asesinos del proletariado −indígena y mestizo−, fue la derrota de la revuelta.
Confiar en “representantes y salvadores del pueblo”, aunque se vistan de rojo y se digan “compañeros”, pero que en realidad sólo velan por sus propios intereses de poder y de dinero, es una derrota.
Confiar en las instituciones, las elecciones, los gobiernos −tanto de derecha (ej. Moreno y Lasso) como de izquierda (ej. Correa)−, las leyes y las reformas de la clase dominante, es una derrota.
Luchar por migajas y no por todo el pastel (la riqueza social) que las y los trabajadores hacemos con nuestras propias manos y herramientas, es una derrota.
No protestar contra tanta miseria y opresión que sufrimos todos los días, es una derrota.
 
Proletarios:
Confiemos en nuestras fuerzas y sólo en nuestras fuerzas.
Confiemos en la organización autónoma y la acción directa de masas (desde ollas comunes y asambleas autoconvocadas hasta barricadas y enfrentamientos con las fuerzas represivas) para satisfacer nuestras necesidades y reivindicaciones inmediatas.
Confiemos en la inteligencia y la creatividad colectivas.
Confiemos en el apoyo mutuo y la solidaridad de clase.
Porque la emancipación de las y los proletarios −con trabajo y sin trabajo− será obra de nosotros mismos o no será obra de nadie.

Y entre nosotros, dejemos a un lado los egos, los resentimientos, las diferencias ideológicas, las apariencias, las jerarquías, el aislamiento y la competencia.
Construyamos nuevas relaciones humanas entre nosotros desde ya, basadas en la igualdad, la honestidad y el apoyo mutuo entre hermanas y hermanos de clase, sin que intermedie la mercancía ni la autoridad.
Construyamos un tejido comunitario fuerte, autónomo, horizontal y combativo de los nadies que lo queremos y lo merecemos todo.
Porque Todo es de Todos (las y los proletarios hemos producido todo lo que existe en este mundo, por lo tanto, todo debería pertenecernos en común).
Y porque, contra la explotación capitalista y la represión estatal, nuestras mejores armas son la autoorganización y la solidaridad.

Proletarios:
Luchemos juntos y sin jefes por recuperar y transformar radicalmente nuestras vidas.
Luchemos, no sólo contra la nueva ley de precarización y superexplotación laboral, el aumento del costo de la vida, la evasión empresarial de impuestos mediante paraísos fiscales, los proyectos mineros, y el actual estado de excepción y la impunidad de los aparatos de represión so pretexto de “combatir la delincuencia y el narcotráfico”, pero que en realidad es para combatir las protestas de los explotados y oprimidos; es decir, no sólo contra este gobierno de un banquero ladrón, empresarios políticos mafiosos y policías asesinos, y no sólo por lograr mejores condiciones de existencia, sino que luchemos contra toda la burguesía y su dictadura llamada democracia, aboliendo sus condiciones de explotación y dominación. Aboliendo la misma relación de clase.
Luchemos contra su derecha y su izquierda, ya que, a fin de cuentas, ambas terminan siendo la misma mierda cuando “toman el poder”, alternándose en la administración del Estado y la crisis capitalistas, con diferentes medidas y discursos. Sin embargo, de la izquierda actual que no está en el poder sólo han de interesarnos sus bases cuestionando y desbordando a sus dirigentes en situaciones de revuelta e insurrección. Sí, sólo han de interesarnos el desborde y la ruptura revolucionaria desde las bases de las organizaciones de masas.
Luchemos contra el capitalismo −la raíz de todos los problemas actuales−, el cual incluye a toda forma de explotación y dominación entre seres humanos y sobre la naturaleza.
Luchemos contra todo lo que nos hace esclavos miserables de la propiedad privada, el trabajo, el dinero, las mercancías y las apariencias, aunque creamos que no lo somos.
Luchemos contra todo lo que nos hace muertos vivientes en las calles, las oficinas, los locales, las aulas, los buses, las casas y detrás de unas máscaras y unas pantallas digitales, aunque creamos que no lo somos.
Destruyamos lo que nos destruye en todo sentido; ataquemos las causas sociales de nuestras enfermedades físicas y mentales, esas que negamos u ocultamos a todo mundo, pero que nos destruyen día tras día, a solas y en silencio.
Creemos embriones de un mundo nuevo dentro del cascarón de este viejo mundo que se está pudriendo; creemos nuevas relaciones entre los individuos, para preservar, sanar y cambiar nuestras vidas rotas.
Impongamos por la fuerza las necesidades humanas y de la naturaleza sobre las necesidades de las empresas y de los Estados. Usando todos los medios que estén a nuestro alcance para ello. Yendo a las raíces de los problemas que nos aquejan a diario, para así tener objetivos y métodos claros, radicales y contundentes, no a medias tintas, de modo que nuestras luchas no sean en vano ni hagan más fuerte a nuestro enemigo, como pasó con la revuelta del 2019 hasta la fecha.
Luchemos juntos y sin jefes por recuperar y transformar radicalmente nuestras vidas.

Desde esta semana, salgamos todos a las calles para sumarnos a las movilizaciones de la clase trabajadora del campo y la ciudad contra la clase capitalista, para que estas vayan en aumento y se intensifiquen; para que las protestas se conviertan en revuelta.
Durante este mes, en otros países (Chile, Brasil, EE.UU., Francia, Argelia, Líbano, Corea del Sur, Australia) nuestros hermanos proletarios también se están levantando nuevamente, porque la crisis capitalista, el malestar generalizado y la lucha de clases son mundiales.
Participemos, pues, en las protestas locales, desbordando a sus convocantes y sus pacificadores o bomberos. Sí, las bases desbordando a sus dirigentes y reconociéndose con otros nadies en la acción directa.
Confiando sólo en nuestras fuerzas como clase, sin representantes ni salvadores.
Perdiendo el miedo a la represión estatal y a la calumnia de propios y extraños. Al mismo tiempo que cuidándonos los unos a los otros para salir sanos y seguros de los combates en las calles.
Organizando en el acto y entre iguales la digna rabia proletaria contra tanta miseria y opresión diarias.
Desplegando e incrementando nuestra potencia común, así como nuestra rebeldía y alegría de vivir.
Interrumpiendo violentamente la violenta normalidad capitalista. Golpeando donde realmente le duele a este sistema. Reapropiándonos masivamente de los medios de producción y distribución, los servicios y los bienes de consumo. Imponiendo la gratuidad y la abundancia de todo para todos. Creando nuestros propios órganos asamblearios de poder revolucionario para tomar estas medidas comunizadoras. Creando nuevas relaciones no mercantiles ni jerárquicas entre las personas y con las cosas. En fin, usando la autoorganización y la solidaridad de clase como nuestras mejores armas para recuperar el control sobre nuestras luchas y vidas.
Porque esto es una guerra de clases y hay que asumirla como tal hasta las últimas consecuencias; es decir, no sólo hasta arrancharle a la burguesía y su Estado mejores condiciones de existencia para nosotros los desposeídos, explotados y oprimidos, sino hasta abolir la sociedad de clases e instaurar la comunidad humana real, aquí y en todas partes.
Aunque todo esto nos lleve varias generaciones, hay que empezar a hacerlo desde ya, antes de que la actual catástrofe y descomposición del capitalismo nos extinga como especie de la faz de la Tierra. 
 
¡Viva el paro nacional y la lucha proletaria internacional!
¡Por una nueva revuelta sin jefes ni medias tintas!
¡En comunidad y con organización, de la revuelta a la revolución!


Algunos proletarios desempleados y cabreados de la región ecuatoriana
Octubre del 2021

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*Se agradece difusión, traducción y discusión*

 

25 de octubre de 2021

Tesis sobre la Comuna de Sudán

Anónimo
Abril de 2021
Tomado de Ediciones Extáticas

Nota de PR (Quito, Octubre de 2021): En vista de la actual reactivación de la lucha de clases y quién sabe si de una nueva revuelta en la región ecuatoriana, tiene sentido y provecho para nosotros seguir publicando balances críticos de las revueltas internacionales de los últimos años, a fin de aprender y aplicar las respectivas lecciones aquí y ahora, en la medida de lo posible.

Con esta perspectiva, y a pesar de que les tenemos algunas críticas puntuales a saber: que parecen confundir revuelta con revolución; que no desarrollan la crítica al carácter interclasista y populista de las revueltas de los últimos años; que no van a su raíz: la crisis de la reproducción de la relación de clase, cuya ruptura y superación es la clave para superar sus propios límites y devenir revolución, compartimos estas 23 Tesis sobre la Comuna de Sudán (2018-2019), cuyos aportes e innovaciones particulares se pueden apreciar a continuación.

***

Las revoluciones proletarias […] se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: Hic Rhodus, hic salta! 

—Mᴀʀx, El 18 de Brumario de Luis Bonaparte

A finales del 2018, Sudán se encontraba en medio de una crisis económica. El gobierno empezó a imponer medidas de austeridad. Esto incluyó el recorte a ayudas al combustible y al trigo. A modo de respuesta, los disturbios estallaron en Atbar, una ciudad del norte. Las protestas se extendieron rápidamente a media docena de ciudades, y posteriormente a casi todas las demás. En consecuencia, los manifestantes no tardaron en ya no sólo exigir el fin de la austeridad, sino la caída del régimen.

Las protestas fueron y vinieron durante meses hasta principios de abril, mes en el que se inició una acampada masiva frente el cuartel militar de Jartum. La ocupación no tardó en convertirse en un campo de batalla contra la policía, y luego entre distintas facciones de las fuerzas armadas. Los soldados comenzaron a desertar. A la siguiente semana se anunció que el presidente al-Bashir había sido arrestado, y que el Consejo Militar de Transición (CMT) tomaría el poder para supervisar la transición a la democracia.

La revolución en Egipto del 2011 había llegado a un abrupto final cuando los militares tomaron el poder con un golpe de estado. Concienciado a no seguir el mismo camino, el movimiento en Sudán tenía como objetivo derribar a su vez este nuevo régimen militar. «Victoria o Egipto» se convirtió en la nueva consigna de la revolución. Las huelgas, manifestaciones y bloqueos siguieron durante meses.  La acampada en Jartum se expandió hasta alcanzar un kilómetro y medio, con más de cien personas en el ocaso de la noche. Esta culminó a finales de mayo como una huelga general.

El 3 de junio, el régimen militar masacró a los manifestantes e incendió el campamento de Jartum. El movimiento respondió con otra ola de huelgas y protestas masivas coordinadas. Pero poco después, temerosos del riesgo de provocar una guerra civil con sus acciones, los representantes del movimiento entablaron negociaciones con el régimen. El resultado fue un acuerdo del reparto del poder en el que un gobierno provisional compuesto por representantes militares y civiles gestionaría la transición.

Lo que sigue son algunas reflexiones sobre la revuelta en Sudán y su importancia mundial.

I. La revolución en Sudán nos proporciona la visión nítida de la forma de la revolución social que viene. A su vez, plantea un gran contraste entre los límites y las potencias de la lucha contemporánea.

II. La Primavera Árabe planteó la cuestión de la revolución por primera vez en una generación, empezando una nueva secuencia global de luchas. Sin embargo, en casi cualquier lado, estas revoluciones terminaron en un golpe de estado o en una guerra civil. Si las revoluciones en Túnez y Egipto inspiraron la sensación de que todo era posible, la tediosa contrarrevolución que la acompañó indicó que cualquier intento de cambiar el orden de las cosas llevaría a la catástrofe. Esta derrota ensombreció el mundo.

III. Las revoluciones en Sudán y Argelia fueron los primeros esfuerzos conscientes del ir-más-allá de los límites a los que llegó Egipto. Fueron incapaces de superar estos límites, pero en sus intentos demostraron, no obstante, que tales intentos revolucionarios no tienen por qué sumergir inevitablemente a toda la región en caos. Los historiadores que observen hacia el pasado probablemente concluirán que esto fue necesario para que una nueva ola de luchas se extendiera de la forma en que lo hizo en 2019.

IV. Las luchas más intensas de nuestro tiempo se encuentran al llegar a un precipicio, y luego retornan. Ir más allá significaría saltar a lo desconocido. Nadie quiere ser el primero en saltar y ver si descubre nuevas tierras, o simplemente cae en picado. Todavía no sabemos cómo se terminará creando una situación que no permite volverse atrás y en la que las circunstancias mismas gritan: «hic Rhodus, hic salta!».

V. Las luchas anti-austeridad tienden a entenderse como una crítica a la corrupción del Estado, pero dentro de la fastidiosa crisis, el Estado tiene en realidad poco margen de maniobra. Es posible que no pueda hacer mucho más que implementar la austeridad, ya sea liberado o no de las ataduras de la corrupción. Los políticos que navegan estas olas de agitación para llegar a posiciones de poder a menudo se encuentran implementando políticas notablemente similares a las de los gobiernos que han reemplazado.

VI. Las revoluciones de nuestro siglo se encuentran inmediatamente enredadas en una red de geopolítica. Siria se convirtió en el espacio de un conflicto de poder entre potencias mundiales. El rumbo de la revolución de Sudán fue sobredeterminada por otras más regionales. De esto, podemos esbozar dos conclusiones. En primer lugar, la revolución tendrá que expandirse rápidamente y encontrar su escala adecuada — no hay revolución social en un único país; en segundo lugar, es probable que una ola revolucionaria tenga que expandirse y resonar a lo largo de las metrópolis capitalistas. Las luchas de allí están, por ahora, menos sobredeterminadas por las maniobras geopolíticas, y pueden tener la habilidad de destruir toda la arquitectura geopolítica.

VII. Una situación revolucionaria surge en el momento en que las fuerzas armadas rehúsan disparar contra la muchedumbre. Las revoluciones sociales de los siglos XIX y XX fueron posibles porque las fuerzas armadas colapsaron, a menudo como resultado de la pérdida de una guerra interimperialista. En el caos consiguiente, parecía posible no sólo sustituir el gobierno, sino destruir el Estado.

En cambio, las revoluciones de nuestro siglo han tenido lugar en países en los que los militares funcionan como un estado dual. En Egipto, Argelia y Sudán, esto ha dado lugar a una continuidad esencial entre el régimen caído y el que lo reemplaza. En otros lugares, como en Siria, el ejército se ha dividido en dos en el transcurso de la revolución, iniciando un período de guerra civil.

VIII. Un límite clave de las luchas contemporáneas ha sido su incapacidad para superar las separaciones reinantes en las sociedades de las que emergen. Sudán, un país predominantemente árabe-musulmán con grandes minorías étnicas africanas y religiosas, está construido sobre una base de separaciones raciales. Ha sido desgarrado por décadas de guerras civiles y limpieza étnica. Las atrocidades de Darfur son sólo el ejemplo más infame.

Los manifestantes se enorgullecen de haber superado estas divisiones en el transcurso de la revuelta. Los orígenes africanos del antiguo Sudán fueron uno de los temas principales de las charlas y debates en el campamento de Jartum. Cuando, al principio, el régimen intentó culpar de los disturbios de Jartum a los estudiantes de Darfur, el movimiento respondió con la consigna: todos somos Darfuríes. Todavía no se sabe en concreto hasta qué punto resurgirán estas divisiones ahora que la ola revolucionaria está retrocediendo.

IX. Otras divisiones, tales como las de clase y generación, volvieron a aparecer dentro del movimiento. El Consejo Militar de Transición fue capaz de aprovechar esta tensión para abrir brechas entre la revolución y su apoyo popular, entre el campamento y las barriadas  circundantes, y entre el movimiento en las calles y las organizaciones que habían llegado a representarlo. Estas separaciones y negaciones prepararon el terreno para la masacre de Jartum.

X. Las revueltas suelen pasar por una secuencia de «marcadores rítmicos» que sirven como pivotes o puntos de inflexión que catalizan nuestras energías. La revuelta de Sudán experimentó al menos cuatro: disturbios, no-violencia masiva, ocupación del espacio público y huelga general. El punto de ignición para la revuelta fue una ola de disturbios espontáneos. Pero para generalizarse, tuvo que asumir el carácter de la no-violencia masiva coordinada. La ocupación, las barricadas, y su defensa proporcionaron un contexto para confraternizar con los soldados, para que desertaran y para que el ejército se quebrara por dentro. La huelga general fue capaz de aclarar hasta qué punto el movimiento podía movilizar el apoyo popular, pero no fue suficiente por sí misma para detener en seco al gobierno o la economía.

XI. Las formaciones militantes forjadas en anteriores olas de lucha pueden actuar como vectores de intensificación. En el pasado, las revueltas anti-austeridad han ido y venido. Una diferencia esencial en 2018 fue la presencia de organizaciones que se habían formado tras la represión de un movimiento anti-austeridad en 2013. Esto incluye los comités de resistencia de los barrios y la Asociación Profesional de Sudán (APS). Al ser capaces de proporcionar cierta infraestructura, coordinación y determinación, estos grupos pudieron contribuir al avance de los disturbios a la insurrección.

XII. No obstante, estas formaciones también pueden convertirse en una barrera que habrá que superar. Las organizaciones que habían llegado a representar a la revolución eran, de las muchas que estaban en la calle, las más impacientes por establecer las negociaciones con el gobierno. El APS, por ejemplo, se había formado para presionar por un aumento del salario mínimo, no para liderar una revolución — una a la que se sentían arrastrados por los jóvenes. Estaban ansiosos por volver a la normalidad.

XIII. La relevancia del APS pone de manifiesto el rol principal de las clases medias profesionales dentro de la revolución. En la revolución participaron sudaneses de casi todas las clases y grupos sociales, pero en primera línea se encontraban los estudiantes y los profesionales. Estos grupos estaban motivados tanto por su preocupación por las pésimas condiciones de los pobres como por sus propias expectativas frustradas. Con las particulares condiciones de represión, las clases medias profesionales fueron las más capaces de organizarse, proporcionar algo de coordinación para un movimiento nacional y articular lo que pareciera ser un interés general. Paul Mason observa en alguna parte que la Revolución Francesa de 1789 «no fue un producto de gente pobre, sino de abogados pobres.» La revolución, pues, podría tener menos que ver con la creciente pauperización y más con las crecientes expectativas que no pueden ser satisfechas por la situación presente.

XIV. No obstante, el curso de la revuelta apunta hacia la posibilidad de una política proletaria autónoma. Los disturbios que prendieron la mecha de la revolución comenzaron por el precio del pan. Los campamentos estaban habitados en gran parte por los pobres de la ciudad. Muchos de ellos intentaron superar a los representantes del movimiento que entraron en las negociaciones. En cada fase de la revolución, los proletarios desempeñaron un rol práctico esencial, pero eran incapaces de encontrar una base para coordinar y articular su propia actividad inequívocamente. Es posible, aunque no seguro, que en futuras revueltas surja una fuerza realmente proletaria que confíe en su propio impulso.

XV. Debe recordarse que hizo falta un ciclo completo de disturbios, insurrecciones y revoluciones — desde 1830 hasta 1848 — antes de que el proletariado de París comenzara a enarbolar la bandera roja sobre sus barricadas. No fue hasta 1871 cuando se planteó claramente la elección entre una república burguesa y una comuna proletaria. Los eventos de nuestro joven siglo pueden acelerarse, pero estas maniobras llevan su tiempo.

XVI. En los campamentos de todo el país, concretamente en Jartum, se vislumbran los contornos emergentes de la comuna. Como dice un observador, estos campamentos «inadvertidamente […] constituyen un desafío político y social para el Estado.» Prosigue con ello:

«La organización y las actividades de la sentada proporcionaron un modelo igualitario y democrático sobre el que se podría haber construido un modelo de gobierno y de sociedad radicalmente distinto. Constituyó, así, los cimientos de la revolución social, pero pocos participantes lo comprendieron como tal, y los dirigentes del ASP y la Alianza para la Libertad (AFC) consideraron las sentadas como algo meramente instrumental.»

XVII. Esta comuna no parece tener nada del formalismo democrático que proporcionó a las comunas y los consejos del movimiento obrero la calidad de parlamentos-obreros-en-espera. Esto quizás nos permita distinguir la comuna destituyente que viene de las comunas constituyentes del pasado.

XVIII. Los espectadores comentaron a veces que el campamento de Jartum daba la sensación de ser más un festival que una protesta política. Desde escenarios para actuaciones musicales, teatrales y poéticas, hasta carpas para el arte se encontraban repartidas por todo el campamento. Era un lugar para experimentar cómo vivir. Esto adquiere un carácter especialmente urgente y subversivo en un país dominado por un régimen islamista. El comentario que hizo la Internacional Situacionista sobre la Comuna de París podría haberse aplicado también a Jartum: «La Comuna fue la mayor fiesta del siglo XIX. Se encuentra en ella, en su base, la impresión de que los insurgentes se han convertido en dueños de su propia historia, no tanto a nivel de la decisión política ‘gubernamental’ como de la vida cotidiana en esa primavera de 1871.»

XIX. Nadie tuvo el coraje o el presagio de reconocer este desarrollo como lo que era. Para CLR James, el rol de los pro-revolucionarios era registrar y reflejar las innovaciones espontáneas que surgen en el curso de la lucha. Esto, para él, era la genialidad de las Tesis de Abril de Lenin, que reconocía un salto adelante en las propias acciones de la clase que aún no veía, y esbozaba las conclusiones necesarias: todo el poder para los soviets.

XX. El régimen militar reprimió el campamento con intensidad pues percibió sin tapujos la amenaza que suponía. La comuna emergente es el principal enemigo del Estado. Dondequiera que se sitúe la comuna, habrá un Tiananmen y, tarde o temprano, aparecerán los tanques.

XXI. En cuanto emerge la comuna, sus tareas inmediatas son evidentes: la expansión del área de autonomía, el bloqueo de la economía y la defensa contra sus enemigos. A modo de respuesta frente a los nuevos ataques de la policía, el movimiento expande el campamento y coloca barricadas en nuevas carreteras y puentes. Esta estrategia se vuelve casi intuitiva una vez que existe un campamento como tal.

XXII. El surgimiento de la comuna suscita de inmediato el espectro de la insurrección y, como tal, de la guerra civil. La dinámica básica es tal que: la aparición de campamentos como este apunta hacia la posibilidad de la revolución social. El Estado es consciente de esto, motivo por el que trata de reprimirla. En respuesta, los campamentos intentan intuitivamente expandirse. Esto plantea la cuestión de la insurrección. La comuna debe reprimir al Estado para evitar ser reprimida por él. No obstante, la insurrección siempre conlleva el riesgo de la guerra civil.

XXIII. Uno, dos, muchos Sudanes. La guerra social de la  que la Revolución de Sudán fue un episodio se sigue librando hoy en día. Es probable que veamos nuevos intentos de superar los límites de la lucha contemporánea. Con cada nuevo experimento, podemos ver emerger los contornos de la comuna y la autonomía proletaria. Un avance puede darse en cualquier lugar, en el que la revolución política ceda el paso a la revolución social. A medida que este avance resuene externamente, entonces, podríamos ver la propagación de una ola revolucionaria.

Todo el poder para las comunas.

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21 de octubre de 2021

Resistir a la melancolía de izquierda

Wendy Brown (1999)
Traducción de Rodrigo Zamorano
Tomado de Rosa. Una revista de izquierda

La ilusión de El Fantasma de Pepper (1861)
 
«Melancolía de izquierda es el inequívoco epíteto de Benjamin para el revolucionario aficionado que, en último término, siente más aprecio por un análisis o ideal político particular –incluso por el fracaso de ese ideal– que por la oportunidad de aprovechar las posibilidades para la transformación radical en el presente. En la enigmática insistencia de Benjamin en el valor político de una comprensión dialéctica-histórica del “tiempo-ahora”, la melancolía de izquierda no solo representa una negativa a asumir el carácter particular del presente, es decir, el fracaso de la interpretación de la historia en términos distintos al del “tiempo vacío” o “progreso”. Significa, además, un cierto narcisismo con respecto a la propia identidad y los apegos políticos pasados que excede toda investidura contemporánea en la movilización, la alianza o la transformación política. [...]

Ahora bien, ¿por qué Benjamin usa este término, y la economía emocional que representa, para hablar de una formación específica de y en la izquierda? Benjamin nunca ofrece una formulación precisa de la melancolía de izquierda. Lo emplea, más bien, como un término oprobioso dirigido a quienes están más comprometidos con ciertos sentimientos y objetos por mucho tiempo atesorados que con las posibilidades de transformación política en el presente. Benjamin presta particular atención a las investiduras del melancólico en las “cosas”. En El origen del Trauerspiel alemán sostiene que “[t]raiciona al mundo la melancolía y lo hace justamente por mor del saber”, sugiriendo que la lealtad del melancólico convierte su verdad (“todo voto o conmemoración”) sobre el objeto amado en una cosa, tratando así al conocimiento mismo como si de una cosa se tratara. Otra versión de esta formulación: “Pero su perseverante ensimismamiento [del melancólico] asume en su contemplación las cosas muertas”. En términos más sencillos, la melancolía es fiel al “mundo de las cosas”, lo que sugiere una cierta lógica del fetichismo –con todo el conservadurismo y la retirada de las relaciones humanas que el deseo fetichista implica– contenida dentro de la lógica melancólica. En su crítica al poeta izquierdista de la República de Weimar, Erich Kästner, –texto donde por primera vez utiliza la frase “melancolía de izquierda”– Benjamin sugiere que los sentimientos mismos se vuelven cosas para el melancólico de izquierda, quien “se solaza tras las huellas de antiguos bienes intelectuales tanto como el burgués con la de sus bienes materiales”. Llegamos a amar nuestras pasiones y razones de izquierda, nuestros análisis y convicciones de izquierda, más de lo que amamos el mundo existente que supuestamente buscamos transformar con estos términos, o el futuro que estaría alineado con ellos. En suma, la melancolía de izquierda es el nombre que Benjamin da a un apego luctuoso, conservador y retrógrado a un sentimiento, un análisis o una relación que se ha vuelto cosificada y congelada en el corazón del presunto izquierdista. [...]

La izquierda ha llegado a representar una política que busca proteger una serie de libertades y derechos que no confrontan ni las dominaciones contenidas en ellos ni tampoco el valor limitado de aquellas libertades y derechos en las configuraciones contemporáneas del capitalismo. Y cuando este tradicionalismo va de la mano con una pérdida de fe en la visión igualitaria tan esencial para el cuestionamiento socialista del modo de distribución capitalista, y una pérdida de fe en la visión emancipatoria fundamental para el desafío socialista al modo de producción capitalista, el problema del tradicionalismo de izquierda se vuelve de hecho muy serio. Lo que surge es una izquierda que opera sin una crítica profunda y radical del status quo, y sin una alternativa atractiva al orden de cosas existente. Pero de modo quizás aún más preocupante, es una izquierda más apegada a su imposibilidad que a su potencial fecundidad, una izquierda que se siente menos cómoda en la esperanza que en su propia marginalidad y fracaso, una izquierda que está así atrapada en una estructura de apegos melancólicos a un cierto relato de su propio pasado muerto, cuyo espíritu es fantasmal, cuya estructura de deseo es retrógrada y autoflagelante.

¿Qué implicaría el deshacerse de los hábitos melancólicos y conservadores de la izquierda para fortalecerla nuevamente con un espíritu crítico y visionario radical (del latín radix, “raíz”)? Se trataría de un espíritu que abrazaría la noción de una transformación profunda y, de hecho, perturbadora de la sociedad en vez de uno que reculara ante esta posibilidad, aun cuando debemos ser conscientes de que ni la revolución total ni el progreso histórico automático nos conducirán a cuales sean las visiones reformuladas que podamos elaborar.»