22 de mayo de 2020

No es la crisis del virus, es la crisis del capital

Grupo Barbaria
8 de mayo de 2020


Con más de un tercio de la población mundial en confinamiento y buena parte de la producción y circulación de mercancías detenida a nivel mundial, nos situamos en un contexto que pareciera completamente nuevo. Sin embargo, sería imposible tratar de explicar la situación actual sin comprender la crisis irresoluble en la que se encuentra el sistema capitalista. Crisis tras crisis este sistema ha dado salidas inmediatistas a los obstáculos a los que se ha ido enfrentando. Estas salidas van acumulando una serie de contradicciones en el seno del capitalismo que antes o después saltarán por los aires. Es imprescindible acercarnos al análisis del contexto actual desde una perspectiva que sitúe la crisis del coronavirus como otro hito histórico más que se amontona a todas las cuentas pendientes que se han ido dejando por el camino.
La fragilidad del capital
El coronavirus no solo ha detenido de forma repentina los procesos de valorización del capital a nivel internacional, sino que además ha revelado cuan frágil es la economía capitalista. Desde hace unas semanas asistimos a una crisis histórica de las bolsas de todo el mundo cuyo único causante a primera vista podría parecer este virus. Sin embargo, vivimos en un sistema que se caracteriza por su lógica abstracta e impersonal, y, por tanto, el análisis que hagamos no puede ser meramente fenomenológico, sino que tiene que ir más allá de lo concreto con el objetivo de entender la invarianza que determina a este sistema.
El objetivo de la circulación del capital es su propio crecimiento, no tiene límite ni final. Por tanto, lo que define al capitalismo es precisamente esta repetición imprescindible de los ciclos de acumulación. Por otro lado, la naturaleza competitiva del capitalismo le impulsa a innovar los procesos de producción, lo que provoca la expulsión de trabajo asalariado, reduciendo en la misma medida la capacidad de producir valor. Nos encontramos, así, en un contexto en el que la repetición de los ciclos de acumulación es indispensable para garantizar la supervivencia del sistema capitalista, pero a su vez, las dificultades que sufre el capital para valorizarse son cada vez mayores. En esta encrucijada en la que la riqueza social cada vez depende menos del trabajo asalariado, el capital ficticio será un elemento fundamental no solo para sustentar, sino para impulsar el ciclo de valorización del capital.
Aunque el capital ficticio en la época de Marx tenía una importancia menor, esta cuestión se trata en el libro III de El Capital, poniendo el foco en el carácter ficticio de los títulos de deuda pública, las acciones y los depósitos bancarios. En el caso de la deuda pública, es capital que nunca se invierte, puesto que el dinero que recoge el Estado no entra en ningún circuito de valorización, solo da derecho a una participación en los impuestos que recaude. Con respecto al capital accionario, son títulos de propiedad que dan derecho a participar en el plusvalor producido por el capital.  Las acciones tienen un componente de capital real (el dinero recaudado en la emisión inicial que se invierte en forma de capital) y un componente de capital ficticio que se origina a través de la mercantilización de estos títulos, ya que adquieren autonomía, y su valor comercial se despega del valor nominal sin modificar la valorización del capital subyacente. Por último, los depósitos de los bancos constituyen en su mayoría capital ficticio, ya que los créditos concedidos por el banco no existen como depósitos. De modo que el capital ficticio es aquel que está desconectado del proceso real de valorización de capital. Su sustento es la expectativa de una generación de plusvalía en el futuro, y cuando estas expectativas desaparecen, su naturaleza ilusoria queda al descubierto.
Antes de la segunda revolución industrial la producción de capital ficticio era pequeña respecto a la acumulación de capital total, y su papel consistía únicamente en expandir las fases de auge de los ciclos industriales. Sin embargo, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, el enorme desarrollo de las industrias impone elevados costes fijos de financiación, y al mismo tiempo, el incremento de la productividad hace que estas inversiones se complementen con una menor cantidad de trabajo asalariado. Es decir, las necesidades de acumulación de capital son mayores, pero paralelamente, el proceso de valorización se encuentra también con mayores obstáculos para llevarse a cabo. El capital ficticio se convierte entonces en un sostén indispensable para garantizar la acumulación real de capital, es decir, se trata de un proceso que colabora positivamente con la producción real de valor. Durante estos años, la creación de capital ficticio se complementa con distintos mecanismos de compensación que persiguen la ampliación del mercado. Hasta 1929, estos mecanismos de compensación que pretenden contrarrestar la decreciente producción de valor se basaban principalmente en la expansión estructural y espacial, por ejemplo, el colonialismo imperialista. Tras la década de los 30, la expansión se producirá de forma interna en las potencias capitalistas con mayor composición orgánica con la aparición del consumo de masas, lo cual permitirá vender una mayor cantidad de mercancías.
En los años 70, el proceso de valorización entra de nuevo en crisis y se produce un cambio de paradigma. Las necesidades de capital ficticio que produce esta crisis exigen un nuevo orden monetario que garantice la consecución del proceso de acumulación, y que no limite la capacidad de expansión del dinero crediticio. De esta forma, en el año 1971, llega el fin de los Acuerdos de Bretton Woods, y culmina así el proceso de desvinculación de la moneda y el oro. El abandono de estos acuerdos supone el establecimiento del dinero fiduciario, esto significa que el dinero ya no se basa en el valor de metales, como el oro, sino cada vez más en un respaldo de capital ficticio, es decir, de dinero sin valor. En este contexto de crisis se desvela que no es posible dinamizar el sistema económico a partir de producción real, ya que los mecanismos compensatorios que antes describíamos están agotados. Esto significa que la única forma de dinamizar el sistema económico es a través de la producción de capital ficticio. El capital ficticio ya no funciona como un complemento, sino que es el responsable de iniciar el proceso de crecimiento. Se consolida así, una nueva dinámica de crecimiento a través de un fenómeno de sobra conocido en la actualidad: las burbujas. La finalidad de las burbujas consiste en crear capital ficticio masivamente con la esperanza de que dentro de unos años se efectúe en valor real. Este capital ficticio se acumula, hasta que llega un momento en el que se vuelve insostenible, la ilusión desaparece y se revela su naturaleza ficticia, provocando así el estallido de las burbujas.
Por tanto, el papel del capital ficticio se ha ido transformando a medida que el desarrollo capitalista ha avanzado. Si durante el siglo XIX su función era la de expandir las fases de auge, a partir de la revolución industrial se convierte en un sostén indispensable, para finalmente ser el motor del ciclo de acumulación. En otras palabras, la consecuencia última de este proceso es que el capital ficticio se desvincula casi por completo de la producción real de valor. En este sentido, es fundamental aclarar que no existe una división entre un capital saludable, el capital vinculado de la producción real de valor, y un capital nocivo, el capital ficticio o desvinculado de la producción real de valor. La proliferación del capital ficticio no constituye una abominación para el sistema capitalista. Todo lo contrario, obedece a un proceso natural que es absolutamente coherente con la lógica del sistema. Es más, sin la ayuda de éste, la economía capitalista no podría haberse desarrollado hasta tal extremo. En consecuencia, afirmar que los males del sistema se encarnan en la “financiarización” o la llamada “economía financiera” dejando de lado a la “economía productiva” resulta afirmar algo que, además de carecer de significado, es profundamente inexacto. Entender el carácter ficticio de la economía capitalista como el resultado de un proceso histórico es también fundamental, porque nos permite comprender el momento que vivimos no como algo estático, sino como una realidad que está en movimiento. De esta forma, se evidencia que, si bien existen acontecimientos inmediatos que precipitan las crisis que sufrimos, la raíz del problema es mucho más profunda, y solo si tiramos de ella, podemos conseguir una perspectiva clara.
El carácter crecientemente ficticio del capitalismo es fundamental para explicar la crisis de valor profunda e irresoluble que este sistema sufre, que no es una crisis coyuntural sino intrínseca al propio sistema. Poner el foco en el aspecto ficticio de este sistema no significa otra cosa que apuntar a la gran fragilidad que sufren los cimientos del sistema capitalista. Por un lado, porque el capital, como hemos explicado, cada vez se apoya menos en el trabajo asalariado y más sobre el capital ficticio y, por tanto, progresivamente va teniendo menos bases reales y se asemeja más a un castillo de naipes. Por otro lado, al ser las expectativas el sustento del capital ficticio, cualquier ataque a la economía, ya sea la causa un virus o una burbuja, pone en jaque al sistema, descubriendo ante el mundo su naturaleza enfermiza. En este sentido, es especialmente significativo cómo ante la propagación del coronavirus, las consecuencias en los mercados financieros han precedido a los efectos en la producción real. Únicamente la posibilidad de que las ganancias disminuyan, sea esta real o no, tiene consecuencias sobre la economía capitalista. Queda desvelada, por tanto, la esencia débil y frágil de este sistema, y cuanto más se intensifica, menos relevantes son los detonantes que nos llevan a procesos de crisis. Son las causas de esta fragilidad, y no los hitos que precipitan los cambios en las expectativas, los que nos permiten establecer una línea de continuidad entre el estado putrefacto que vivía el capitalismo en el año 2008, como consecuencia de una crisis que en realidad empezó en la década de los 70 del siglo XX, y el que vive ahora.
La huida hacia delante como salida histórica
Las consecuencias inmediatas de la propagación del coronavirus a nivel mundial son ya incuestionables. En marzo, la OIT estimó que se destruirían alrededor de 25 millones de empleos en todo el mundo debido a la pandemia. Solo un mes después, esta estimación ha aumentado hasta los 195 millones de personas que perderían su empleo entre abril y junio de este año. En contraposición, la crisis del año 2008 aumentó el desempleo mundial en 22 millones de personas. Los estudios realizados por todo tipo de organizaciones internacionales financieras calculan que la destrucción del PIB mundial será de entre un 3% y un 7%, mientras que en la crisis del 2008 fue de un 0,1%. Al margen de estimaciones, si hay algo en lo que todas estas instituciones coinciden es que estamos viviendo un colapso de la actividad económica sin precedentes, y que la incertidumbre hace que sea muy probable que se estén infravalorando los costes que se deriven de la pandemia.
El caso del petróleo es tremendamente paradigmático de la singularidad de la situación. El 11 de abril la OPEP acordó una reducción histórica de la oferta del petróleo, disminuyendo la producción de petróleo cinco veces más que en la crisis del 2008, y, sin embargo, se tendría que haber recortado el doble para equilibrar la oferta con la demanda. El 20 de abril, el fantasma de la sobreproducción volvió a aparecer haciendo que el petróleo estadounidense rozase los -37 dólares por barril, alcanzando cotizaciones negativas, algo nunca visto en los mercados petrolíferos.
Las consecuencias de esta crisis se materializan también a través de la agudización de los conflictos entre los capitales nacionales. Las relaciones entre las principales potencias que ya eran tensas debido a las distintas guerras comerciales no harán más que agravarse ante el progresivo repliegue de los Estados. En este sentido, el cierre de las fronteras y la militarización de las mismas está siendo la tónica generalizada en todo el mundo. Conforme estas tensiones se intensifican, más débiles se muestran organizaciones internacionales como la Unión Europea, que en estas últimas semanas ha puesto de manifiesto cuáles son las contradicciones inherentes a ella que le hacen ser tan frágil. La Unión Europea es una asociación enormemente artificial porque agrupa a distintos Estados con desarrollos desiguales y necesidades diferentes bajo una misma organización política y una misma moneda. Establece una ilusoria persecución de idénticos propósitos, mientras que el choque de intereses entre naciones es una cuestión plenamente irrenunciable para el capitalismo. Por un lado, el propósito de la Unión es perseguir el desarrollo económico de todos los países que lo componen, pero, por otro lado, las limitaciones de sus propios mecanismos imposibilitan dicho desarrollo.
A pesar de la excepcionalidad y la gravedad que comprende la situación que vivimos, las soluciones que se proponen alrededor de todo el mundo son irremediablemente estériles. La principal arma de la que disponen los Bancos Centrales para determinar la política monetaria de cualquier país es la fijación de los tipos de interés oficiales, es decir, el precio del dinero. Cuando, por ejemplo, el BCE necesita estimular la economía, reduce los tipos de interés de referencia para que el dinero sea más barato, esto provoca que sea más asequible pedir préstamos y aumente la inversión y el consumo. Sin embargo, conforme estos intereses se van acercando a cero, su capacidad de maniobra se va agotando. De modo que cuando los Bancos Centrales pierden una de sus herramientas más potentes, como lo es el precio del dinero, solo les queda hacer arreglos con la cantidad del dinero que circula en la economía.
En este sentido, la Expansión Cuantitativa (Quantitative Easing) es una de las estrategias que más se han utilizado durante estos últimos años para tratar de estimular la economía. El objetivo de la EC es inyectar liquidez, es decir, aumentar la oferta monetaria a través del incremento de las reservas del sistema bancario mediante la compra de activos financieros, principalmente bonos, tanto públicos como privados. La compra masiva de bonos provoca un aumento de la demanda de los mismos, que se traduce en un incremento del precio, e inversamente la rentabilidad disminuye. Es decir, su finalidad es estimular la economía inyectando dinero en el sistema financiero para bajar los tipos de interés de los activos que compra. Los tipos de interés representan el riesgo que comportan estos activos. Por tanto, a través de su bajada, la EC pretende influir en la percepción del riesgo con el objetivo de alentar a los inversores a que sigan invirtiendo. Este proceso que puede resultar algo complejo se entiende más fácilmente si se dice que consiste en crear dinero de la nada, cuya única base es el aire para influir en las expectativas de la economía. La primera vez que se puso en práctica la EC fue en el año 2001 en Japón, con la crisis del año 2008 ganó relevancia en Estados Unidos, y el BCE comenzó a usar este mecanismo en el año 2015 y no lo abandonó hasta 2019, para finalmente, reactivarlo nueve meses después. Si bien esta política se define como “no convencional”, lo cierto es que su uso cada vez se prolonga más en el tiempo y está más generalizado. La llegada de la crisis producida por la pandemia ha significado el reforzamiento de esta política en Europa, Estados Unidos y Japón, pero también ha provocado la introducción de programas de compras de activos en países como Canadá, Sudáfrica, Filipinas, Colombia o Chile, entre otros. A esto, hay que sumarle que, por primera vez, tanto la Reserva Federal como el BCE han incluido dentro de estos programas de compra de activos, la adquisición de bonos basura e incluso han abierto la puerta a comprar deuda de empresas con calificaciones más bajas.
La compra masiva de deuda por parte de los Bancos Centrales (EC) es la principal solución que ofrecen los distintos Estados en un momento en el que el nivel de deuda en todo el mundo alcanza el 322% del PIB de todo el planeta. Asimismo, el FMI prevé que los Estados de todo el mundo se enfrenten a un incremento de la deuda pública que estima en un 23%. En resumidas cuentas, lo que los distintos gobiernos de alrededor de todo el mundo nos intentan decir es que, por un lado, van a emitir más deuda pública, y, por otro lado, los Bancos Centrales van a crear dinero para fomentar su compra.
Si algo tienen en común todas estas soluciones es que son las mismas que se proponen a lo largo de todo el arco político de derecha a izquierda. Desde los gobiernos más liberales hasta los más socialdemócratas están de acuerdo en una cuestión determinante para nuestro futuro: más deuda. En este sentido, es paradigmática la discusión que se ha dado en el seno de la Unión Europea entre los países del sur y el norte. Mientras que el sur pide mutualizar la deuda y compartir el riesgo para financiarse a un menor coste, el norte opta por facilitar ayuda en forma de préstamos. Por tanto, la discusión gira en torno al riesgo que comporta la deuda, al interés que debemos de pagar por ella, asumiendo que la deuda es tan necesaria para la vida como el agua. Esta pandemia nos descubre de nuevo que el capitalismo es incapaz de resolver las crisis que surgen porque solo puede posponerlas, que es irrelevante la ideología política del gobierno de turno porque no pueden sino ofrecernos miseria una vez más.
Asumir como soluciones a esta crisis la deuda pública y el dinero sin valor conlleva a que se refuerce irremediablemente el carácter ficticio de la economía. Este capital ficticio disfrazado de nuevo remedio está muy lejos de ser nuevo, como revela el desarrollo histórico del capitalismo. El castillo de naipes que ha ido construyéndose gracias al capital ficticio prosigue su levantamiento cada vez a un ritmo mayor, incapaz de reconocer que cuanto más alto, más frágil es. Y es que, además de no ser nuevo, tampoco es un remedio, ya que su única utilidad es la de posponer y acrecentar el conflicto hasta que este sea insostenible. En palabras de Marx, el capitalismo nunca resuelve sus contradicciones, sino que las eleva a una escala superior y las reproduce a una escala ampliada.