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11 de diciembre de 2024

Luigi Mangione: síntoma y símbolo del hartazgo contra la explotación capitalista y la condición proletaria en el siglo XXI. Dos textos compañeros

Presentación

El ajusticiamiento del CEO de la mayor empresa estadounidense de seguros de salud, Brian Thompson, por parte del informático Luigi Mangione, se justifica plenamente como contraofensiva a la violencia estructural, cotidiana y normalizada del Capital sobre el proletariado y su reproducción como tal. Más precisamente: como vindicación no domesticada de la vida frente a la inmisericorde administración de la muerte de miles de proletarios/as en las garras de las empresas de servicios de salud ya sea por falta de atención, por falta de dinero para atenderse o por quedarse endeudados y explotados de por vida para hacerlo.

Por lo tanto, la de Mangione no es una acción individual o aislada: es un síntoma y un símbolo colectivo, no sólo de la crisis del Capital en tanto que relación social, sino de la guerra de clases a pesar de la contrarrevolución capitalista y la derrota histórica del proletariado mundial. 

«La conciencia anarquista parece mantener la totalidad del objetivo al reducir el sujeto del movimiento al individuo, a lo singular, donde parece haberse refugiado la vitalidad de la clase vencida. En realidad la conciencia anarquista permite mantener durante ese período la totalidad inmediata del objetivo de la rebelión, totalidad ocultada por el reformismo, al presentarse como oposición constante a este.» (Cornelius Castoriadis, Fenomenología de la conciencia proletaria)

A lo que es preciso acotar que no se trata de "la conciencia anarquista" (concepción idealista e ideológica), sino del movimiento real que subvierte el orden capitalista (concepción materialista histórica), es decir, el comunismo o, si se prefiere, la anarquía, más allá de tal o cual grupo o individuo —incluida su ideologíaque lo exprese en una situación concreta. Eso: la expresión del movimiento real —e históricoque antagoniza cara a cara contra el Capital y sus personificaciones, y no la vida personal ni las ideas de Luigi —Galleani y Mangione, es lo que realmente importa en este caso. Mucho menos las opiniones infundadas ni los juicios moralistas de cualquier persona al respecto. La guerra de clases existe y es tal cual es. Porque como escriben Dauvé y Nesic en Salida de la fábrica

«Es cierto que nuestro “objetivo” es un sistema social, el Capital [la abolición del valor], y no los jefes, ejecutivos, expertos y la policía que pone a su servicio. […] Sin embargo, rehusarse a la violencia, y rechazar de antemano cualquier uso de las armas, es renunciar a la revolución […] No hay lucha por el comunismo sin un mínimo de pasión, y la identificación de lo que consideramos como un enemigo.»

Luigi Mangione: síntoma y símbolo del hartazgo anticapitalista en el siglo XXI que tarde o temprano ojalá se convierta en un detonante o acción ejemplar para las masas, en EE.UU. y todo el mundo; pero, no para que éstas se afirmen como clase del trabajo/capital, ni mucho menos como "pueblo", pidiendo democráticamente más migajas al Estado burgués que las exprime y las aplasta, sino para abolirse como tal mediante la insurrección y la comunización de todo lo existente, entendidas como procesos moleculares y autoorganizados, no como acontecimientos mesiánicos. 

Los textos compañeros que compartimos a continuación dicen todo lo que tienen que decir desde la crítica radical sobre este hecho, ya que explican el contexto, las causas, las implicaciones, el significado y los posibles alcances de la acción vindicadora contra una personificación del Capital por parte del camarada Mangione. Quien, por cierto, hace dos días fue capturado por la policía, después de haber sido "sapeado" por un empleado de McDonald's a cambio de una cuantiosa recompensa (hecho que, sin duda, muestra la hegemonía de la contrarrevolución capitalista sobre la contradicción viviente que es el proletariado; pero que, al mismo tiempo, no invalida en lo absoluto la acción de Luigi). Por lo cual, desde la región ecuatoriana nos solidarizamos con él y exigimos su libertad. 
 
Proletarios Hartos de Serlo
Quito, 11 de diciembre de 2024
 

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[Tomado de Comunismo Gótico, región mexicana, 6 de diciembre de 2024]

El asesinato del CEO Thompson de UnitedHealthcare no puede ser entendido como un hecho aislado ni como un simple acto de violencia individual. Este evento refleja las tensiones inherentes al modo de producción capitalista y las resistencias que genera su lógica de explotación y domesticación. Lejos de reducirse a una acción personal, este hecho reivindica la dimensión colectiva de una lucha que, aunque fragmentada, desafía las bases mismas del capital y de sus relaciones sociales.

En este texto exploramos cómo este acto, llevado a cabo por un sujeto anónimo [días después se sabrá su nombre: Luigi Mangione], está inscrito en un entramado más amplio de resistencia proletaria. Desde una comprensión de los ciclos históricos de lucha, el rechazo al humanismo domesticador y una lectura radical de nuestra época, analizamos el asesinato de Thompson como una expresión de las contradicciones estructurales del capital y un síntoma de la posibilidad de su abolición.

El capital, como relación social, no solo explota al trabajo vivo, sino que también coloniza la totalidad de la vida, convirtiéndola en portadora de valor. Empresas como UnitedHealthcare representan esta lógica en su forma más evidente: transforman necesidades básicas, como la salud, en mercancías, sometiendo los cuerpos y las vidas al cálculo económico. Esta colonización profundiza la alienación, deshumaniza y perpetúa la subordinación del proletariado como clase.

El CEO Thompson, en su rol como representante de esta maquinaria, simboliza más que una posición administrativa; es la encarnación de la violencia abstracta que el sistema ejerce. Su asesinato no es simplemente una reacción personal, sino un acto que rechaza la domesticación totalizante que el capital impone. Este evento pone de manifiesto la dimensión no domesticada del proletariado: aquella que se niega a ser reducida a un mero engranaje del sistema.

Aunque la acción haya sido llevada a cabo por un individuo anónimo, no puede considerarse puramente individual. Este sujeto forma parte de un entramado colectivo que da forma a la resistencia contra el capital. Su acción, aunque aislada en apariencia, es una expresión de una negación más amplia, una lucha colectiva que se enfrenta a las condiciones que perpetúan la explotación y la dominación.

A lo largo de la historia, las luchas proletarias han intentado afirmar al proletariado como sujeto revolucionario. Sin embargo, cada afirmación de la clase ha terminado reforzando las condiciones que la subordinan al capital. Este patrón revela que la verdadera emancipación no reside en la afirmación del proletariado, sino en su negación como categoría del capital.

El asesinato de Thompson debe leerse dentro de este contexto: no como una afirmación de la clase proletaria, sino como un síntoma de su negación. Es una expresión de la incapacidad del capital para integrar plenamente a las poblaciones que explota y despoja. Este acto no busca regresar a estrategias programáticas ni a formas tradicionales de lucha, sino que apunta hacia una ruptura más profunda con las categorías sociales que sostienen al sistema.

Para entender este acto, es crucial evitar caer en el moralismo o en una lógica humanista que condena o exalta la violencia desde principios abstractos. El antihumanismo crítico nos permite abordar la acción sin desligarla del sistema que la genera. En este sentido, la eliminación de Thompson no es una aberración moral, sino una respuesta visceral a la violencia estructural del capital, que opera de forma invisible pero constante.

Sin embargo, es necesario superar el mito de la revolución como un evento singular o glorioso. La revolución no es un momento aislado de heroísmo, sino un proceso de abolición de las relaciones sociales que sustentan al capital. Actos como el asesinato de Thompson deben ser entendidos como parte de un proceso mayor, uno que no se limita a confrontaciones directas, sino que busca disolver las estructuras que producen tanto al capital como al proletariado.

Nuestra época está marcada por una crisis sistémica del capital: aceleración tecnológica, exclusión masiva, devastación ecológica y desigualdades extremas. En este contexto, la radicalidad no reside en la mera oposición al sistema, sino en la capacidad de imaginar y construir formas de vida que escapen a su lógica. El asesinato de figuras visibles del poder económico, como el CEO de UnitedHealthcare, adquiere un significado simbólico dentro de esta lucha más amplia.

El sujeto anónimo que llevó a cabo esta acción no debe ser visto como un héroe solitario, sino como parte de un entramado colectivo de resistencias. Aunque individual en su ejecución, su acción se inscribe en una lucha global contra las condiciones impuestas por el capital. Este acto refleja la interconexión de las resistencias locales con las dinámicas globales del sistema.

La solidaridad internacional es fundamental para superar las fragmentaciones que el capital impone. Las luchas del proletariado, aunque diversas en sus formas, comparten una raíz común: la resistencia contra un sistema que explota y aliena. Reconocer esta raíz es esencial para construir un horizonte colectivo más allá del capital.

El asesinato del CEO Thompson no debe ser visto como un fin en sí mismo, sino como un recordatorio de las tensiones fundamentales del capital y de las fuerzas que lo niegan. Este acto, aunque llevado a cabo por un individuo, está inscrito en una lucha colectiva que busca trascender las categorías de explotación y alienación. La emancipación no puede lograrse mediante la afirmación del proletariado, sino solo mediante su negación como categoría del capital.

Este evento nos desafía a imaginar un horizonte más allá de las violencias estructurales del presente, un mundo en el que las relaciones sociales del capital sean abolidas y sustituidas por formas de vida no domesticadas. En la radicalidad de nuestra época, junto con una solidaridad internacional renovada, reside la posibilidad de construir un futuro en el que el capital no determine las posibilidades de lo humano ni de lo no humano.

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Deny, Defend, Depose


[Tomado de Colapso y Desvío, región chilena, 9 de diciembre de 2024]

“No tenemos compasión, ni esperamos compasión de ustedes. Cuando llegue nuestro turno, no pondremos excusas para el terror revolucionario.” --Karl Marx.

El pasado viernes 6 de diciembre se dio el ajusticiamiento a Brian Thompson, CEO de UnitedHealthCare, la empresa más grande de seguros en Estados Unidos. Una de las empresas que, igualmente, es parte de un holding en el que se encuentran las aseguradoras, Isapres, y centros privados de servicios de distintos lugares del mundo. Banmédica, la Isapre más grande de Chile (con un 21,4% de los cotizantes), por ejemplo, es parte de esta subsidiaria que encuentra su matriz en UnitedHealth Group.

Sin tener más detalles del ajusticiamiento que los mensajes en los cartuchos de las balas (“Deny”, “Defend”, “Depose”), y la mochila del justiciero [Luigi Mangione], que se encontraba performáticamente llena de billetes del juego Monopoly, podemos posicionarnos a favor de prácticas que hacen que el temor a la muerte cambie de bando y de clase. ¿No es acaso la amenaza de muerte la que más millones de dólares mueve al año en la salud privada? ¿No juegan acaso todo el tiempo con nuestras vidas y lucran con el sufrimiento y la enfermedad tan naturales como propias de la especie humana?

No les interesan nuestras vidas, sólo nuestra capacidad de endeudamiento y de pagar en cuotas con intereses absurdos las cifras exorbitantes que cobran a partir de nuestra desesperación.

No nos tienen el mínimo de consideración. Para ellos, no merecemos solidaridad, ni apoyo. Para ellos, merecemos lo peor. Pues bien, que el tablero se iguale.

Frente a este contexto de crisis generalizada donde la violencia capitalista y colonial devora territorios y poblaciones enteras, no continuemos colocando la otra mejilla. Basta de dejarnos asaltar descaradamente. La interminable lista de personas que fallecieron al serles negadas la asistencia medica no son tristes consecuencias de un sistema roto que necesita ser reparado, sino muy al contrario, son el resultado lógico de un mundo determinado por el capital. El exterminio y marginación de la población sobrante, a través de genocidios, represión policial y violencia económica es un momento fundamental que compone las políticas gubernamentales de los Estados del mundo para el correcto funcionamiento de la economía espectacular. Exigir más democracia y más Estado, es colocarnos nosotrxs mismxs la soga al cuello. Nuestra práctica. en cambio, debe de apuntar contra el capitalismo y sus categorías esenciales (hablamos del Trabajo, el Estado, las relaciones de genero y la democracia), así como también a perseguir a quiénes gestionan este sistema y sostienen una guerra en nuestra contra. Es tomar la contraofensiva.

Denegar, derrocar, defender.
Denegar un sistema que sigue sosteniéndose en base a nuestra explotación.
Derrocar toda forma de opresión que siga alimentándose de nuestro lugar como humanidad residual.
Defender la vida, nuestras vidas, que se encuentran en constante riesgo de aniquilación.

Que el miedo cambie de bando.
   Haz que los capitalistas caigan.   

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«No hay lucha por el comunismo sin un mínimo de pasión, y la identificación de lo que consideramos como un enemigo. Matar no es, obviamente, sinónimo de comunismo: una revolución comunista subvierte más de lo que elimina. (...) Sin embargo, rehusarse a la violencia, y rechazar de antemano cualquier uso de las armas, es renunciar a la revolución (...) Es cierto que nuestro “objetivo” es un sistema social, y no los jefes, ejecutivos, expertos y la policía que pone a su servicio. Un punto fuerte de la socialdemocracia y del estalinismo fue equiparar el capitalismo con la burguesía, los ricos, los grandes señores. Al igual que en el caso del fetichismo de la mercancía, la relación social se presenta entonces como una cosa, encarnada a veces por una persona panzuda y con un puro, vieja caricatura del burgués de hace más de un siglo. (...) El mantenimiento de la agresividad en contra de estos personajes ayuda a desviar las críticas hacia una vía muerta: atacar a la burguesía en cuanto individuos y no por su función.
Si bien nuestro objetivo es el Capital, su fuerza estructurante y también su fuerza de inercia, y no el capitalista; no es menos cierto que las relaciones sociales capitalistas siguen adquiriendo figuras humanas. No ver en el director de una fábrica sino el director de una fábrica es una ilusión óptica. No enfrentarse a él con el pretexto (exacto por cierto) que él mismo no es sino un engranaje en un conjunto que le supera, equivale a ver la sociedad como un todo sin poder abordar una parte de esta totalidad. Despersonalizar la historia, es renunciar a actuar. No detestar [y atacar] a los que nos dominan lleva a la peor de las resignaciones, en el mejor de los casos a la reforma. Quien no conoce o no se atreve a experimentar un rechazo [y un ataque] hacia aquellos que le explotan y le desprecian, no va a cambiar nunca muchas cosas.»
(Troploin, Salida de la fábrica)

31 de diciembre de 2023

[Libro] Teoría revolucionaria y ciclos históricos

Jean-Yves Bériou. Lazo Ediciones (mayo de 2023)
 
«Teoría y práctica, marxismo y anarquismo, socialismo revolucionario y anarco-comunismo, socialdemocracia, programa comunista, revolución y contrarrevolución.

Tópicos fundamentales y por demás abordados, pero aquí el autor ofrece un enfoque a contracorriente: el de la teoría revolucionaria en estricta vinculación a los ciclos históricos del capital, los cuales son, al mismo tiempo, ciclos de formas particulares de acumulación y de lucha del proletariado.

De este modo, adentrarnos en el pasado significa una vez más preguntarnos por el presente. Se trata de la producción de la teoría comunista como autocomprensión del movimiento proletario.

Escrito en 1973, este texto propone una reconstrucción de la lucha del proletariado desde sus orígenes, elaborada desde la perspectiva teórica de la «autonegación del proletariado», la cual tomó impulso en aquella década y cuya crítica forma parte del surgimiento de la teoría de la comunización.»
(Lazo Ediciones, 2023)

Excelente y potente libro para cerrar con broche de oro este año. Lectura más que recomendada para la autoformación política en el ABC de la historia y la teoría comunistas, entendidas como herramientas prácticas para la producción de la ruptura revolucionaria, en manos de las nuevas –y no tan nuevas– generaciones proletarias de todas partes, a contracorriente del actual contexto contrarrevolucionario. 

Contenido:
 
 
 
Algunos fragmentos:

«El movimiento comunista nació con el establecimiento oficial de la sociedad civil burguesa. Forjó sus primeras armas en el curso de la revolución burguesa, y enunció su primera afirmación desde el inicio de la sociedad capitalista. El capitalismo estuvo preñado del comunismo desde su fundación histórica, y el movimiento comunista –producido por la dinámica del valor– impuso al capital y a la burguesía la necesidad de organizar la contrarrevolución a partir de su propia revolución. La primera derrota del proletariado tuvo lugar en el curso de la propia revolución burguesa (los Enragés, los sans‐culottes, Babeuf, etc.). Esto significa que el programa comunista está inscrito en las entrañas mismas del desarrollo capitalista, y que lo acompaña como un doble hostil, como una sombra enemiga. Por tanto, el movimiento comunista existe durante toda la época capitalista, desde el principio hasta el final; pasa por ciclos revolucionarios y ciclos contrarrevolucionarios, que son la expresión de la contradicción fundamental del capital, y que no hace sino desarrollarse. Sin embargo, el movimiento real del proletariado, el movimiento revolucionario, sólo se produce durante los ciclos revolucionarios, determinados por la crisis económica que coincide con la crisis constante del valor, que la reproduce hasta la crisis final y es reproducida cíclicamente por ella. Tras la derrota de cada asalto revolucionario, la contrarrevolución que se instaura liquida un poco más las mediaciones entre el movimiento comunista y el programa comunista. La teoría comunista puede reconstituirse así en el transcurso del asalto posterior, integrando el programa y el movimiento real, fecundándolos, impulsada por la práctica de la clase revolucionaria. La distinción: programa/teoría, por tanto, es muy importante para captar el vínculo práctico entre los momentos de ruptura. […]

Los momentos de reanudación revolucionaria suscitan la reanudación de la teorización revolucionaria. La reaparición del movimiento comunista como movimiento social, y ya no sólo como movimiento objetivo del valor (creación de las condiciones mismas del asalto revolucionario), permite que la teoría se convierta en teoría del movimiento social, en teoría de la práctica de las rupturas de clase. «Se trata del paso de la “teoría del objetivo final” –que en cierta medida reificaba el futuro al abstraer el objetivo (el comunismo) de su movimiento, el cual carecía así de realidad efectiva– a la teoría comunista desarrollada como teoría de un movimiento social, de una tendencia real de la sociedad hacia el comunismo.» (Bulletin communiste, «Proletarios y comunistas»)
No se trata, por tanto, de un paso a la acción, de una realización terrenal de la teoría, que habría sido conservada como reliquia durante todo el ciclo contrarrevolucionario, y que habría que aplicar ahora a las posibilidades reales. Se trata de la apropiación generalizada de la teoría por los comunistas, es decir, de la producción de la propia teoría del movimiento real, de la producción de la teoría por el movimiento real bajo el apremio de la crisis. Esta apropiación/producción de la teoría del comunismo como movimiento revolucionario se elabora a la vez contra el programa comunista transmitido en forma de «principios» fosilizados –porque este programa ha sido deformado y petrificado a su vez, convertido en parcial y abstractamente doctrinario como consecuencia de la contrarrevolución y el fracaso del último asalto revolucionario– pero también se elabora a partir de él, mediante su ingestión/digestión crítica bajo la presión de los acontecimientos. Los revolucionarios rectifican, completan y ultiman el programa a la luz de las posibilidades reales del movimiento social, al igual que, a la inversa, también asocian el programa a la comprensión del movimiento, a sus momentos de ruptura y a su dirección orgánica.
La teoría del proletariado, la teoría comunista, por tanto, es transmisión del programa, al igual que es apropiación de la comprensión teórica, síntesis de la teoría y la práctica en la praxis.
La reanudación revolucionaria significa: «el fin de la actividad teórica como práctica separada debido a la imperiosa necesidad de apropiación práctica de la teoría por parte del proletariado». (
«Proletarios y comunistas») […]

En períodos contrarrevolucionarios, el acervo de la revolución anterior, del programa y de la teoría comunista, se dispersa en el seno de grupos, núcleos o sectas que se convierten así en el vínculo físico y espiritual entre los asaltos revolucionarios. La ausencia de una lucha realmente comunista del proletariado transforma la teoría en dogmas, principios, programas, preguntas, hipótesis, etc., tan numerosos como sean los grupos, los núcleos o las sectas. No obstante, la teoría comunista es conservada de esta manera por gente que intenta resistir a la época, no participar en ella. La exclusión de la «vida pública» es la condición sine qua non de la posibilidad de transmitir la teoría y el programa comunistas a las siguientes generaciones. Incluso es porque están aislados, separados de la vida pública, de la actividad histórica, que en ese momento es contrarrevolucionaria, por lo que los revolucionarios pueden continuar el curso programático del movimiento.
Por supuesto, no hay que creer que es posible excluirse del mundo real. El idealismo, que consiste en creer en la posibilidad de mantener el programa comunista durante todo un ciclo contrarrevolucionario sin desviaciones, degeneración ni amputaciones, sólo puede ir de la mano de una concepción intemporal del revolucionario eterno, «battilochio» [“jefe genial”] de la teoría. La teoría, que es siempre teoría de un movimiento histórico, si este movimiento histórico es inmediatamente contrarrevolucionario, no puede ser revolucionaria sino es a través de una serie de mediaciones e ideologizaciones. No vive por la gracia de la historia, fuera del alcance de la realidad contrarrevolucionaria, sino que llega a expresarla en ciertos aspectos; como superviviente del ciclo contrarrevolucionario, se convierte en la expresión de la contrarrevolución durante la reanudación revolucionaria: así, el bordiguismo o el consejismo son expresiones contrarrevolucionarias del movimiento real actual y pronto serán partícipes activos en la contrarrevolución práctica [tal como lo fueron el marxismo y la socialdemocracia después de la Primera Internacional y durante la Segunda Internacional, y tal como lo fue el bolchevismo –fracción radical de la socialdemocracia– después de la derrota de la revolución rusa y la revolución alemana].
Ahora bien, la teoría comunista sobrevive a las derrotas de los asaltos revolucionarios porque es la teoría de un movimiento que atraviesa todo el período capitalista, a través de todos sus ciclos. No es una producción inmediata. Siempre está –y esta es su característica fundamental– un paso por delante del momento histórico porque expresa su sentido, su dirección, sus posibilidades y sus necesidades. No sólo es inmanente a todo el ciclo capitalista, es decir, que se forma como programa básico desde el principio del ciclo, sino que también es profecía en cada momento. La concepción inmediatista de la teoría es una puerta tras la que pululan los empirismos «teorizados».
Esto no impide al movimiento comunista sobrevivir en períodos contrarrevolucionarios bajo diversas apariencias, idiomas, trajes y máscaras (por ejemplo, el anarquismo entre 1875 y 1905, las sectas bordiguistas, consejistas, surrealistas, etc. después de 1921, y hasta mayo de 1968). El movimiento es tan poderoso, tan fuerte, que incluso a veces obliga a la contrarrevolución a hablar en su nombre, a través de la voz de sus propias agencias (ejemplos de Rassinier, Rossi, etc.). Pero es inevitable que esas diversas máscaras se le peguen a la piel y lo transformen irremediablemente, incrustándose en él. En un período contrarrevolucionario, la teoría tiene un carácter dispar: se centra en aspectos parciales de la totalidad (la crítica del estalinismo, por ejemplo, o la crítica del trabajo en nombre del juego, otro ejemplo) sin captar todos sus aspectos. Por lo general, no entiende el ciclo en el que se encuentra como contrarrevolucionario, y todo incidente social o racionalización del sistema se convierte en la inminencia de la revolución comunista (anarquista) o de la guerra mundial (Socialisme ou Barbarie). El movimiento cae en el activismo (Programme Communiste) al mismo tiempo que construye de cabo a rabo una historia personal en la que siempre defendió a capa y espada una doctrina pura y dura. Es incapaz de hacer un balance, y esta es una de sus características. No existe ninguna teoría del movimiento real que le permita captarse a sí mismo como un momento particular. Se teoriza el Consejo, al igual que se teoriza el Partido, pero no se capta su contenido histórico. En resumen, el movimiento, en los períodos contrarrevolucionarios, no está saturado de teoría comunista sino de retazos y aproximaciones. Además, hay tantos sistemas como pretensiones de comprender las razones de la derrota pasada.
De hecho, en los períodos contrarrevolucionarios la teorización sigue cuatro ejes principales:
a) la incapacidad de sacar la lección de la revolución‐derrota, de extraer de ella un balance teórico que no sea parcial. […]
b) el predominio del trabajo teórico consistente en precisar y completar la formulación y definición del «programa» comunista. […]
c) la visión y descripción de los «nuevos» fenómenos de la sociedad que aparecieron con el desarrollo del capital durante el ciclo contrarrevolucionario. […]
d) la crítica de la sociedad contrarrevolucionaria, es decir, sobre todo, la crítica de lo que unifica, expresa y simboliza a esta sociedad. […]

Si unos revolucionarios consiguen conservar los principios del comunismo cuando todo contribuye a su olvido, si lo hacen contra viento y marea, deformándolos y entregándolos a las siguientes generaciones, sin entregarles otra cosa que principios, tejiendo de este modo el hilo del tiempo, no hay que hacerse ilusiones. Aparte de que el hilo sea rojo –por el considerable número de sufrimientos, deserciones, suicidios y caídas en la locura padecidas para tejerlo, lo que se corresponde con la tragedia del comunismo (su imposible realización, su falta de base social real) durante este período– hay que darse cuenta de que los revolucionarios que así subsisten no se encarnaron por voluntad propia, sino que también fueron producidos por la historia. No hay contrarrevolución tan total que no tenga que luchar continuamente contra revueltas (sin porvenir), resistencias (a la racionalización del capital) y luchas proletarias (sin dirección orgánica). Además, algunas zonas geográficas experimentan el desarrollo del proceso revolucionario con retraso (caso de Nieuwenhuis y de Holanda) o, por el contrario, se adelantan a la reanudación, etc. Incluso podría decirse que ese es el precio al que subsisten los revolucionarios. Realmente no existe escapatoria alguna.» (Jean-Yves Bériou, 1973) 
 
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«[...] fue preciso que la crisis de 2008 hiciera aparecer en el plano internacional una «corriente comunizadora» ya claramente delimitada de la antigua ultraizquierda francesa de los años ’70, que fue quien rescató del olvido a sus antepasados y precursores. Y es esto lo que explica, a su vez, que un texto como Teoría revolucionaria y ciclos históricos —una de cuyas principales tesis es precisamente la suerte que corren las teorías revolucionarias en función del período histórico en que se encuentran— vea ahora la luz en castellano

A estas alturas debería ser un lugar común decir que todo gran paso adelante del movimiento real, además de valer más que una docena de programas, permite ver con ojos nuevos tanto el presente como el pasado. La explicación es sencilla: todo período de reanudación revolucionaria se caracteriza, por fugazmente que sea, por el dominio del presente sobre el pasado, del trabajo vivo sobre el trabajo muerto. Mucho menos conocido parece, en cambio, el hecho de que también suscita siempre un vigoroso retorno de lo reprimido, a saber, la resurrección —en sí misma tan legítima como inevitable— de los «mejores momentos» del ciclo revolucionario inmediatamente anterior, cuyos apoderados a menudo tienen más ganas de impartir las lecciones y enseñanzas correspondientes que de ser ellos quienes escuchen y aprendan algo del nuevo movimiento que comienza. 
 
Si, además —como hasta ahora ha sido la regla—, la reanudación revolucionaria se estanca o se salda con la derrota y, en consecuencia, el «trabajo pretérito» vuelve a contraponerse «de manera autónoma y avasallante al trabajo vivo» [Marx, El Capital III] ese retorno de lo reprimido tenderá irresistiblemente a convertirse en una fuerza de represión de la conciencia, digna heredera de esa «tradición de las generaciones muertas» que «oprime el cerebro de los vivos» evocada por Marx al comienzo de El 18 de Brumario de Luis Napoleón Bonaparte. [...]

En efecto, como veremos a continuación, a pesar de todas sus contribuciones pasadas y de los arduos esfuerzos que hicieron para «actualizarse» tras el ’68, tampoco los representantes de la nueva ideología «autónoma» y «autogestionaria» ni los usufructuarios más o menos bordiguizantes del legado de las izquierdas comunistas del período 1917-1923 lograron sustraerse a los efectos de esa «ley» de inercia histórica de las contrarrevoluciones, lo que les condujo, a la vez que a engañarse a sí mismos acerca del significado histórico real de su actividad, a combatir enérgicamente todas y cada una de las inquietantes novedades suscitadas por la reanudación revolucionaria sesentayochista.
» (Federico Corriente, 2023)