Anónimo
Abril de 2021
Tomado de Ediciones ExtáticasNota de PR (Quito, Octubre de 2021): En vista de la actual reactivación de la lucha de clases y quién sabe si de una nueva revuelta en la región ecuatoriana, tiene sentido y provecho para nosotros seguir publicando balances críticos de las revueltas internacionales de los últimos años, a fin de aprender y aplicar las respectivas lecciones aquí y ahora, en la medida de lo posible.
Con esta perspectiva, y a pesar de que les tenemos algunas críticas puntuales —a saber: que parecen confundir revuelta con revolución; que no desarrollan la crítica al carácter interclasista y populista de las revueltas de los últimos años; que no van a su raíz: la crisis de la reproducción de la relación de clase, cuya ruptura y superación es la clave para superar sus propios límites y devenir revolución—, compartimos estas 23 Tesis sobre la Comuna de Sudán (2018-2019), cuyos aportes e innovaciones particulares se pueden apreciar a continuación.
***
Las revoluciones
proletarias […] se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones,
de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece
que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra
nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas,
retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus
propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse
atrás y las circunstancias mismas gritan: Hic Rhodus, hic salta!
—Mᴀʀx, El 18 de Brumario de Luis Bonaparte
A finales del 2018, Sudán se encontraba
en medio de una crisis económica. El gobierno empezó a imponer medidas
de austeridad. Esto incluyó el recorte a ayudas al combustible y al
trigo. A modo de respuesta, los disturbios estallaron en Atbar, una
ciudad del norte. Las protestas se extendieron rápidamente a media
docena de ciudades, y posteriormente a casi todas las demás. En
consecuencia, los manifestantes no tardaron en ya no sólo exigir el fin
de la austeridad, sino la caída del régimen.
Las
protestas fueron y vinieron durante meses hasta principios de abril, mes
en el que se inició una acampada masiva frente el cuartel militar de
Jartum. La ocupación no tardó en convertirse en un campo de batalla
contra la policía, y luego entre distintas facciones de las fuerzas
armadas. Los soldados comenzaron a desertar. A la siguiente semana se
anunció que el presidente al-Bashir había sido arrestado, y que el
Consejo Militar de Transición (CMT) tomaría el poder para supervisar la
transición a la democracia.
La revolución en Egipto del 2011 había
llegado a un abrupto final cuando los militares tomaron el poder con un
golpe de estado. Concienciado a no seguir el mismo camino, el movimiento
en Sudán tenía como objetivo derribar a su vez este nuevo régimen
militar. «Victoria o Egipto» se convirtió en la nueva consigna
de la revolución. Las huelgas, manifestaciones y bloqueos siguieron
durante meses. La acampada en Jartum se expandió hasta alcanzar un
kilómetro y medio, con más de cien personas en el ocaso de la noche.
Esta culminó a finales de mayo como una huelga general.
El 3 de junio, el régimen militar masacró
a los manifestantes e incendió el campamento de Jartum. El movimiento
respondió con otra ola de huelgas y protestas masivas coordinadas. Pero
poco después, temerosos del riesgo de provocar una guerra civil con sus
acciones, los representantes del movimiento entablaron negociaciones con
el régimen. El resultado fue un acuerdo del reparto del poder en el que
un gobierno provisional compuesto por representantes militares y
civiles gestionaría la transición.
Lo que sigue son algunas reflexiones sobre la revuelta en Sudán y su importancia mundial.
I. La revolución en Sudán nos proporciona la visión nítida de la forma de la revolución social que viene. A su vez, plantea un gran contraste entre los límites y las potencias de la lucha contemporánea.
II. La Primavera
Árabe planteó la cuestión de la revolución por primera vez en una
generación, empezando una nueva secuencia global de luchas. Sin
embargo, en casi cualquier lado, estas revoluciones terminaron en un
golpe de estado o en una guerra civil. Si las revoluciones en Túnez y
Egipto inspiraron la sensación de que todo era posible, la tediosa
contrarrevolución que la acompañó indicó que cualquier intento de
cambiar el orden de las cosas llevaría a la catástrofe. Esta derrota
ensombreció el mundo.
III. Las
revoluciones en Sudán y Argelia fueron los primeros esfuerzos
conscientes del ir-más-allá de los límites a los que llegó Egipto. Fueron
incapaces de superar estos límites, pero en sus intentos demostraron,
no obstante, que tales intentos revolucionarios no tienen por qué
sumergir inevitablemente a toda la región en caos. Los historiadores que
observen hacia el pasado probablemente concluirán que esto fue
necesario para que una nueva ola de luchas se extendiera de la forma en
que lo hizo en 2019.
IV. Las luchas más
intensas de nuestro tiempo se encuentran al llegar a un precipicio, y
luego retornan. Ir más allá significaría saltar a lo desconocido. Nadie
quiere ser el primero en saltar y ver si descubre nuevas tierras, o
simplemente cae en picado. Todavía no sabemos cómo se terminará creando
una situación que no permite volverse atrás y en la que las
circunstancias mismas gritan: «hic Rhodus, hic salta!».
V. Las luchas anti-austeridad tienden a entenderse como una crítica a la corrupción del Estado,
pero dentro de la fastidiosa crisis, el Estado tiene en realidad poco
margen de maniobra. Es posible que no pueda hacer mucho más que
implementar la austeridad, ya sea liberado o no de las ataduras de la
corrupción. Los políticos que navegan estas olas de agitación para
llegar a posiciones de poder a menudo se encuentran implementando
políticas notablemente similares a las de los gobiernos que han
reemplazado.
VI. Las revoluciones de nuestro siglo se encuentran inmediatamente enredadas en una red de geopolítica.
Siria se convirtió en el espacio de un conflicto de poder entre
potencias mundiales. El rumbo de la revolución de Sudán fue
sobredeterminada por otras más regionales. De esto, podemos esbozar dos
conclusiones. En primer lugar, la revolución tendrá que expandirse
rápidamente y encontrar su escala adecuada — no hay revolución social en
un único país; en segundo lugar, es probable que una ola revolucionaria
tenga que expandirse y resonar a lo largo de las metrópolis
capitalistas. Las luchas de allí están, por ahora, menos
sobredeterminadas por las maniobras geopolíticas, y pueden tener la
habilidad de destruir toda la arquitectura geopolítica.
VII. Una situación revolucionaria surge en el momento en que las fuerzas armadas rehúsan disparar contra la muchedumbre.
Las revoluciones sociales de los siglos XIX y XX fueron posibles porque
las fuerzas armadas colapsaron, a menudo como resultado de la pérdida
de una guerra interimperialista. En el caos consiguiente, parecía
posible no sólo sustituir el gobierno, sino destruir el Estado.
En cambio, las revoluciones de nuestro
siglo han tenido lugar en países en los que los militares funcionan como
un estado dual. En Egipto, Argelia y Sudán, esto ha dado lugar a una
continuidad esencial entre el régimen caído y el que lo reemplaza. En
otros lugares, como en Siria, el ejército se ha dividido en dos en el
transcurso de la revolución, iniciando un período de guerra civil.
VIII. Un límite
clave de las luchas contemporáneas ha sido su incapacidad para superar
las separaciones reinantes en las sociedades de las que emergen.
Sudán, un país predominantemente árabe-musulmán con grandes minorías
étnicas africanas y religiosas, está construido sobre una base de
separaciones raciales. Ha sido desgarrado por décadas de guerras civiles
y limpieza étnica. Las atrocidades de Darfur son sólo el ejemplo más
infame.
Los manifestantes se enorgullecen de
haber superado estas divisiones en el transcurso de la revuelta. Los
orígenes africanos del antiguo Sudán fueron uno de los temas principales
de las charlas y debates en el campamento de Jartum. Cuando, al
principio, el régimen intentó culpar de los disturbios de Jartum a los
estudiantes de Darfur, el movimiento respondió con la consigna: todos somos Darfuríes. Todavía no se sabe en concreto hasta qué punto resurgirán estas divisiones ahora que la ola revolucionaria está retrocediendo.
IX. Otras divisiones, tales como las de clase y generación, volvieron a aparecer dentro del movimiento.
El Consejo Militar de Transición fue capaz de aprovechar esta tensión
para abrir brechas entre la revolución y su apoyo popular, entre el
campamento y las barriadas circundantes, y entre el movimiento en las
calles y las organizaciones que habían llegado a representarlo. Estas
separaciones y negaciones prepararon el terreno para la masacre de
Jartum.
X. Las revueltas suelen
pasar por una secuencia de «marcadores rítmicos» que sirven como
pivotes o puntos de inflexión que catalizan nuestras energías. La
revuelta de Sudán experimentó al menos cuatro: disturbios, no-violencia
masiva, ocupación del espacio público y huelga general. El punto de
ignición para la revuelta fue una ola de disturbios espontáneos. Pero
para generalizarse, tuvo que asumir el carácter de la no-violencia
masiva coordinada. La ocupación, las barricadas, y su defensa
proporcionaron un contexto para confraternizar con los soldados, para
que desertaran y para que el ejército se quebrara por dentro. La huelga
general fue capaz de aclarar hasta qué punto el movimiento podía
movilizar el apoyo popular, pero no fue suficiente por sí misma para
detener en seco al gobierno o la economía.
XI. Las formaciones militantes forjadas en anteriores olas de lucha pueden actuar como vectores de intensificación.
En el pasado, las revueltas anti-austeridad han ido y venido. Una
diferencia esencial en 2018 fue la presencia de organizaciones que se
habían formado tras la represión de un movimiento anti-austeridad en
2013. Esto incluye los comités de resistencia de los barrios y
la Asociación Profesional de Sudán (APS). Al ser capaces de proporcionar
cierta infraestructura, coordinación y determinación, estos grupos
pudieron contribuir al avance de los disturbios a la insurrección.
XII. No obstante, estas formaciones también pueden convertirse en una barrera que habrá que superar.
Las organizaciones que habían llegado a representar a la revolución
eran, de las muchas que estaban en la calle, las más impacientes por
establecer las negociaciones con el gobierno. El APS, por ejemplo, se
había formado para presionar por un aumento del salario mínimo, no para
liderar una revolución — una a la que se sentían arrastrados por los
jóvenes. Estaban ansiosos por volver a la normalidad.
XIII. La relevancia del APS pone de manifiesto el rol principal de las clases medias profesionales dentro de la revolución.
En la revolución participaron sudaneses de casi todas las clases y
grupos sociales, pero en primera línea se encontraban los estudiantes y
los profesionales. Estos grupos estaban motivados tanto por su
preocupación por las pésimas condiciones de los pobres como por sus
propias expectativas frustradas. Con las particulares condiciones de
represión, las clases medias profesionales fueron las más capaces de
organizarse, proporcionar algo de coordinación para un movimiento
nacional y articular lo que pareciera ser un interés general. Paul Mason
observa en alguna parte que la Revolución Francesa de 1789 «no fue un
producto de gente pobre, sino de abogados pobres.» La revolución, pues,
podría tener menos que ver con la creciente pauperización y más con las
crecientes expectativas que no pueden ser satisfechas por la situación
presente.
XIV. No obstante, el curso de la revuelta apunta hacia la posibilidad de una política proletaria autónoma.
Los disturbios que prendieron la mecha de la revolución comenzaron por
el precio del pan. Los campamentos estaban habitados en gran parte por
los pobres de la ciudad. Muchos de ellos intentaron superar a los
representantes del movimiento que entraron en las negociaciones. En cada
fase de la revolución, los proletarios desempeñaron un rol práctico
esencial, pero eran incapaces de encontrar una base para coordinar y
articular su propia actividad inequívocamente. Es posible, aunque no
seguro, que en futuras revueltas surja una fuerza realmente proletaria
que confíe en su propio impulso.
XV. Debe recordarse que
hizo falta un ciclo completo de disturbios, insurrecciones y
revoluciones — desde 1830 hasta 1848 — antes de que el proletariado de
París comenzara a enarbolar la bandera roja sobre sus barricadas. No fue
hasta 1871 cuando se planteó claramente la elección entre una república
burguesa y una comuna proletaria. Los eventos de nuestro joven siglo
pueden acelerarse, pero estas maniobras llevan su tiempo.
XVI. En los campamentos de todo el país, concretamente en Jartum, se vislumbran los contornos emergentes de la comuna. Como dice un observador, estos campamentos «inadvertidamente […] constituyen un desafío político y social para el Estado.» Prosigue con ello:
«La organización y las
actividades de la sentada proporcionaron un modelo igualitario y
democrático sobre el que se podría haber construido un modelo de
gobierno y de sociedad radicalmente distinto. Constituyó, así, los
cimientos de la revolución social, pero pocos participantes lo
comprendieron como tal, y los dirigentes del ASP y la Alianza para la
Libertad (AFC) consideraron las sentadas como algo meramente
instrumental.»
XVII. Esta comuna no
parece tener nada del formalismo democrático que proporcionó a las
comunas y los consejos del movimiento obrero la calidad de
parlamentos-obreros-en-espera. Esto quizás nos permita distinguir la comuna destituyente que viene de las comunas constituyentes del pasado.
XVIII. Los
espectadores comentaron a veces que el campamento de Jartum daba la
sensación de ser más un festival que una protesta política. Desde
escenarios para actuaciones musicales, teatrales y poéticas, hasta
carpas para el arte se encontraban repartidas por todo el campamento.
Era un lugar para experimentar cómo vivir. Esto adquiere un carácter
especialmente urgente y subversivo en un país dominado por un régimen
islamista. El comentario que hizo la Internacional Situacionista sobre
la Comuna de París podría haberse aplicado también a Jartum: «La Comuna
fue la mayor fiesta del siglo XIX. Se encuentra en ella, en su base, la
impresión de que los insurgentes se han convertido en dueños de su
propia historia, no tanto a nivel de la decisión política
‘gubernamental’ como de la vida cotidiana en esa primavera de 1871.»
XIX. Nadie tuvo el coraje o el presagio de reconocer este desarrollo como lo que era. Para CLR James, el rol de los pro-revolucionarios era registrar y reflejar las innovaciones espontáneas que surgen en el curso de la lucha. Esto, para él, era la genialidad de las Tesis de Abril
de Lenin, que reconocía un salto adelante en las propias acciones de la
clase que aún no veía, y esbozaba las conclusiones necesarias: todo el poder para los soviets.
XX. El régimen militar
reprimió el campamento con intensidad pues percibió sin tapujos la
amenaza que suponía. La comuna emergente es el principal enemigo del
Estado. Dondequiera que se sitúe la comuna, habrá un Tiananmen y, tarde o temprano, aparecerán los tanques.
XXI. En cuanto
emerge la comuna, sus tareas inmediatas son evidentes: la expansión del
área de autonomía, el bloqueo de la economía y la defensa contra sus
enemigos. A modo de respuesta frente a los nuevos ataques de la
policía, el movimiento expande el campamento y coloca barricadas en
nuevas carreteras y puentes. Esta estrategia se vuelve casi intuitiva
una vez que existe un campamento como tal.
XXII. El surgimiento de la comuna suscita de inmediato el espectro de la insurrección y, como tal, de la guerra civil. La
dinámica básica es tal que: la aparición de campamentos como este
apunta hacia la posibilidad de la revolución social. El Estado es
consciente de esto, motivo por el que trata de reprimirla. En respuesta,
los campamentos intentan intuitivamente expandirse. Esto plantea la
cuestión de la insurrección. La comuna debe reprimir al Estado para
evitar ser reprimida por él. No obstante, la insurrección siempre
conlleva el riesgo de la guerra civil.
XXIII. Uno, dos, muchos Sudanes.
La guerra social de la que la Revolución de Sudán fue un episodio se
sigue librando hoy en día. Es probable que veamos nuevos intentos de
superar los límites de la lucha contemporánea. Con cada nuevo
experimento, podemos ver emerger los contornos de la comuna y la
autonomía proletaria. Un avance puede darse en cualquier lugar, en el
que la revolución política ceda el paso a la revolución social. A medida
que este avance resuene externamente, entonces, podríamos ver la
propagación de una ola revolucionaria.
Todo el poder para las comunas.
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