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17 de mayo de 2023

[Ecuador] Juicio político y "muerte cruzada": pugna interburguesa y dictadura democrática del Capital. Se avecina una nueva revuelta

 
El juicio político contra el presidente banquero Lasso que tuvo lugar antes de ayer, 16 de mayo de 2023, en la Asamblea Nacional del Ecuador no es más que una pugna interburguesa y una pantomima democrática: una nueva pelea entre patrones, sus políticos y sus abogados para adueñarse del botín del Estado y del botín del petróleo (ej. FLOPEC), arguyendo que lo hacen "en beneficio del pueblo". Porque el Estado ecuatoriano depende principalmente de la renta petrolera. Entonces, el fondo de este problema en realidad no es político, legal ni mucho menos "moral", sino que es un conflicto de intereses económicos o materiales entre diferentes fracciones de la clase capitalista de este país, en estos tiempos de crisis generalizada, que se está resolviendo bajo una forma política.
 
Por su parte, la izquierda del Capital de todos los colores (verdeflex, arcoíris y rojiamarilla) que, de manera ilusa y oportunista, apoyó el juicio político y dijo estar "vigilante" desde la vereda, también forma parte de esta pugna interburguesa y pantomima propia de la democracia sin comillas, a la cual además dice "defender". Decimos sin comillas, porque la democracia en realidad es la dictadura invisibilizada y normalizada del Capital y su Estado sobre el proletariado. Dictadura democrático-burguesa, entonces, en la que derecha e izquierda no son contrarias, sino complementarias, alternantes... y cómplices, así la izquierda diga lo contrario, tanto dentro como fuera de la Asamblea Nacional. La "muerte cruzada" decretada democrática y legalmente por el derechista Lasso el día de ayer, 17 de mayo de 2023, también demuestra en los hechos y una vez más que la democracia es la dictadura de la burguesía.
 
Por lo tanto, ni juicio político ni "muerte cruzada": no hay nada que apoyar por parte de la clase trabajadora que habita la región ecuatoriana, quien todavía es la gran perdedora y la gran ausente en toda esta situación, porque sus condiciones materiales de existencia se han empeorado, pero al mismo tiempo porque su conflictividad también ha bajado. Sin embargo, cuando ésta aparezca en escena lo hará por otros motivos, con sus propias reivindicaciones y sus propios métodos de lucha. Siendo entonces posible que patee el asqueroso tablero de ajedrez político de la clase dominante y su séquito.
 
Posible escenario "pesimista" en un futuro inmediato: puesto que Lasso ya activó la "muerte cruzada" (Decreto Ejecutivo 741) para no ser destituido de su cargo, con lo cual se convierte prácticamente en dictador civil con el apoyo de las Fuerzas Armadas y la policía, eso podría detonar un nuevo Paro Nacional o revuelta popular en los próximos 6 meses, misma que quizás podría "salirse de control", no sólo al Estado sino a la izquierda, hasta llegar a ser una huelga general e insurreccional. Decimos quizás, porque las condiciones aún no están dadas para ello, pero podría haber sorpresas. Más bien, dado que la burguesía ya se ha blindado, armado y anticipado con sus últimos Decretos Ejecutivos 707 (libre porte de armas) y 730 (militarización del Estado), eso también podría terminar en una masacre de la clase trabajadora que se levante. Masacre cometida no sólo por policías y militares, sino también por paramilitares y sicarios de las bandas de narcotraficantes. Por desgracia, tal como están las cosas de graves en el país, ésto último podría ser lo más probable en tal escenario. Sea como fuere, el futuro es incierto... y turbio.
 
A lo mejor podría darse una revuelta masiva parecida a la que ocurrió hace unos meses en Perú, con la obvia diferencia de que no sería para defender al presidente destituido por el poder legislativo, sino para presionar que se vaya y lo reemplace otro: ya no el actual vicepresidente Borrero, sino... ¿Nebot, Correa o Iza? En cualquier caso, todo seguiría girando alrededor del Estado capitalista y su sistema político-electoral, mientras que los proletarios de todas las "razas" lanzados a las calles seguirían siendo carne de cañón y luego de urna en la pugna interburguesa.
 
Excepto y sólo excepto si es que acontece un desbordamiento de ese posible estallido social, en el cual el proletariado comience a actuar como clase autónoma y antagonista. Lamentablemente, eso no ha pasado en las últimas revueltas, al menos aquí en Ecuador. Y es probable que tampoco ocurra en una nueva revuelta, pero en cambio podría ser su "caldo de cultivo". Porque para ello aún falta más golpes del enemigo (ej. una nueva reforma laboral), batallas y derrotas aleccionadoras como clase; así como también, más rupturas, saltos, "nuevos actores" y sorpresas.
 
Por ejemplo, si es que los trabajadores petroleros de aquí siguiesen el ejemplo de acción directa y autoorganización de los trabajadores petroleros de Irán, haciendo huelgas y tomas a mano propia, porque sólo ellos pueden hacerlo. Lo mismo los trabajadores de los demás sectores estratégicos de la economía. Eso sí sería golpearle al Capital y al Estado donde realmente les duele: en el terreno de la producción de valor y en su tasa de ganancia. Ahí es donde realmente radica y se juega el poder de clase, no en el Palacio de Carondelet ni en la Asamblea Nacional. Todo lo demás es andarse por las ramas. Lo cual no quiere decir que los demás sectores de la clase trabajadora no salgan a luchar. Tienen que hacerlo. Y lo van a hacer, más aún si este gobierno decreta una nueva reforma laboral, tal como ya lo ha anunciado aprovechando la "muerte cruzada". Pero sobre todo, nuestra clase tiene que aprender al calor de sus luchas para no volver a cometer los mismos errores, sino para avanzar o dar saltos hacia adelante.
 
Ahora bien, por más análisis críticos y llamamientos a la acción que hoy hagan las diferentes organizaciones de izquierda (y ultraizquierda) de esta región contra el gobierno del banquero sociópata Lasso, sólo el mismo desarrollo impersonal y contradictorio de la crisis capitalista y la lucha de clases real tendrán la última palabra. Si salimos a las calles a luchar por nuestras vidas y nos juntamos con otros, será como unos nadies más, a hacer lo que se pueda hacer y a aprender lo que se tenga que aprender para próximas batallas como clase. Teniendo siempre presente que la solidaridad, la autoorganización y la acción directa de masas son nuestras mejores armas.
 
Quito, 18 de mayo de 2023

22 de mayo de 2020

No es la crisis del virus, es la crisis del capital

Grupo Barbaria
8 de mayo de 2020


Con más de un tercio de la población mundial en confinamiento y buena parte de la producción y circulación de mercancías detenida a nivel mundial, nos situamos en un contexto que pareciera completamente nuevo. Sin embargo, sería imposible tratar de explicar la situación actual sin comprender la crisis irresoluble en la que se encuentra el sistema capitalista. Crisis tras crisis este sistema ha dado salidas inmediatistas a los obstáculos a los que se ha ido enfrentando. Estas salidas van acumulando una serie de contradicciones en el seno del capitalismo que antes o después saltarán por los aires. Es imprescindible acercarnos al análisis del contexto actual desde una perspectiva que sitúe la crisis del coronavirus como otro hito histórico más que se amontona a todas las cuentas pendientes que se han ido dejando por el camino.
La fragilidad del capital
El coronavirus no solo ha detenido de forma repentina los procesos de valorización del capital a nivel internacional, sino que además ha revelado cuan frágil es la economía capitalista. Desde hace unas semanas asistimos a una crisis histórica de las bolsas de todo el mundo cuyo único causante a primera vista podría parecer este virus. Sin embargo, vivimos en un sistema que se caracteriza por su lógica abstracta e impersonal, y, por tanto, el análisis que hagamos no puede ser meramente fenomenológico, sino que tiene que ir más allá de lo concreto con el objetivo de entender la invarianza que determina a este sistema.
El objetivo de la circulación del capital es su propio crecimiento, no tiene límite ni final. Por tanto, lo que define al capitalismo es precisamente esta repetición imprescindible de los ciclos de acumulación. Por otro lado, la naturaleza competitiva del capitalismo le impulsa a innovar los procesos de producción, lo que provoca la expulsión de trabajo asalariado, reduciendo en la misma medida la capacidad de producir valor. Nos encontramos, así, en un contexto en el que la repetición de los ciclos de acumulación es indispensable para garantizar la supervivencia del sistema capitalista, pero a su vez, las dificultades que sufre el capital para valorizarse son cada vez mayores. En esta encrucijada en la que la riqueza social cada vez depende menos del trabajo asalariado, el capital ficticio será un elemento fundamental no solo para sustentar, sino para impulsar el ciclo de valorización del capital.
Aunque el capital ficticio en la época de Marx tenía una importancia menor, esta cuestión se trata en el libro III de El Capital, poniendo el foco en el carácter ficticio de los títulos de deuda pública, las acciones y los depósitos bancarios. En el caso de la deuda pública, es capital que nunca se invierte, puesto que el dinero que recoge el Estado no entra en ningún circuito de valorización, solo da derecho a una participación en los impuestos que recaude. Con respecto al capital accionario, son títulos de propiedad que dan derecho a participar en el plusvalor producido por el capital.  Las acciones tienen un componente de capital real (el dinero recaudado en la emisión inicial que se invierte en forma de capital) y un componente de capital ficticio que se origina a través de la mercantilización de estos títulos, ya que adquieren autonomía, y su valor comercial se despega del valor nominal sin modificar la valorización del capital subyacente. Por último, los depósitos de los bancos constituyen en su mayoría capital ficticio, ya que los créditos concedidos por el banco no existen como depósitos. De modo que el capital ficticio es aquel que está desconectado del proceso real de valorización de capital. Su sustento es la expectativa de una generación de plusvalía en el futuro, y cuando estas expectativas desaparecen, su naturaleza ilusoria queda al descubierto.
Antes de la segunda revolución industrial la producción de capital ficticio era pequeña respecto a la acumulación de capital total, y su papel consistía únicamente en expandir las fases de auge de los ciclos industriales. Sin embargo, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, el enorme desarrollo de las industrias impone elevados costes fijos de financiación, y al mismo tiempo, el incremento de la productividad hace que estas inversiones se complementen con una menor cantidad de trabajo asalariado. Es decir, las necesidades de acumulación de capital son mayores, pero paralelamente, el proceso de valorización se encuentra también con mayores obstáculos para llevarse a cabo. El capital ficticio se convierte entonces en un sostén indispensable para garantizar la acumulación real de capital, es decir, se trata de un proceso que colabora positivamente con la producción real de valor. Durante estos años, la creación de capital ficticio se complementa con distintos mecanismos de compensación que persiguen la ampliación del mercado. Hasta 1929, estos mecanismos de compensación que pretenden contrarrestar la decreciente producción de valor se basaban principalmente en la expansión estructural y espacial, por ejemplo, el colonialismo imperialista. Tras la década de los 30, la expansión se producirá de forma interna en las potencias capitalistas con mayor composición orgánica con la aparición del consumo de masas, lo cual permitirá vender una mayor cantidad de mercancías.
En los años 70, el proceso de valorización entra de nuevo en crisis y se produce un cambio de paradigma. Las necesidades de capital ficticio que produce esta crisis exigen un nuevo orden monetario que garantice la consecución del proceso de acumulación, y que no limite la capacidad de expansión del dinero crediticio. De esta forma, en el año 1971, llega el fin de los Acuerdos de Bretton Woods, y culmina así el proceso de desvinculación de la moneda y el oro. El abandono de estos acuerdos supone el establecimiento del dinero fiduciario, esto significa que el dinero ya no se basa en el valor de metales, como el oro, sino cada vez más en un respaldo de capital ficticio, es decir, de dinero sin valor. En este contexto de crisis se desvela que no es posible dinamizar el sistema económico a partir de producción real, ya que los mecanismos compensatorios que antes describíamos están agotados. Esto significa que la única forma de dinamizar el sistema económico es a través de la producción de capital ficticio. El capital ficticio ya no funciona como un complemento, sino que es el responsable de iniciar el proceso de crecimiento. Se consolida así, una nueva dinámica de crecimiento a través de un fenómeno de sobra conocido en la actualidad: las burbujas. La finalidad de las burbujas consiste en crear capital ficticio masivamente con la esperanza de que dentro de unos años se efectúe en valor real. Este capital ficticio se acumula, hasta que llega un momento en el que se vuelve insostenible, la ilusión desaparece y se revela su naturaleza ficticia, provocando así el estallido de las burbujas.
Por tanto, el papel del capital ficticio se ha ido transformando a medida que el desarrollo capitalista ha avanzado. Si durante el siglo XIX su función era la de expandir las fases de auge, a partir de la revolución industrial se convierte en un sostén indispensable, para finalmente ser el motor del ciclo de acumulación. En otras palabras, la consecuencia última de este proceso es que el capital ficticio se desvincula casi por completo de la producción real de valor. En este sentido, es fundamental aclarar que no existe una división entre un capital saludable, el capital vinculado de la producción real de valor, y un capital nocivo, el capital ficticio o desvinculado de la producción real de valor. La proliferación del capital ficticio no constituye una abominación para el sistema capitalista. Todo lo contrario, obedece a un proceso natural que es absolutamente coherente con la lógica del sistema. Es más, sin la ayuda de éste, la economía capitalista no podría haberse desarrollado hasta tal extremo. En consecuencia, afirmar que los males del sistema se encarnan en la “financiarización” o la llamada “economía financiera” dejando de lado a la “economía productiva” resulta afirmar algo que, además de carecer de significado, es profundamente inexacto. Entender el carácter ficticio de la economía capitalista como el resultado de un proceso histórico es también fundamental, porque nos permite comprender el momento que vivimos no como algo estático, sino como una realidad que está en movimiento. De esta forma, se evidencia que, si bien existen acontecimientos inmediatos que precipitan las crisis que sufrimos, la raíz del problema es mucho más profunda, y solo si tiramos de ella, podemos conseguir una perspectiva clara.
El carácter crecientemente ficticio del capitalismo es fundamental para explicar la crisis de valor profunda e irresoluble que este sistema sufre, que no es una crisis coyuntural sino intrínseca al propio sistema. Poner el foco en el aspecto ficticio de este sistema no significa otra cosa que apuntar a la gran fragilidad que sufren los cimientos del sistema capitalista. Por un lado, porque el capital, como hemos explicado, cada vez se apoya menos en el trabajo asalariado y más sobre el capital ficticio y, por tanto, progresivamente va teniendo menos bases reales y se asemeja más a un castillo de naipes. Por otro lado, al ser las expectativas el sustento del capital ficticio, cualquier ataque a la economía, ya sea la causa un virus o una burbuja, pone en jaque al sistema, descubriendo ante el mundo su naturaleza enfermiza. En este sentido, es especialmente significativo cómo ante la propagación del coronavirus, las consecuencias en los mercados financieros han precedido a los efectos en la producción real. Únicamente la posibilidad de que las ganancias disminuyan, sea esta real o no, tiene consecuencias sobre la economía capitalista. Queda desvelada, por tanto, la esencia débil y frágil de este sistema, y cuanto más se intensifica, menos relevantes son los detonantes que nos llevan a procesos de crisis. Son las causas de esta fragilidad, y no los hitos que precipitan los cambios en las expectativas, los que nos permiten establecer una línea de continuidad entre el estado putrefacto que vivía el capitalismo en el año 2008, como consecuencia de una crisis que en realidad empezó en la década de los 70 del siglo XX, y el que vive ahora.
La huida hacia delante como salida histórica
Las consecuencias inmediatas de la propagación del coronavirus a nivel mundial son ya incuestionables. En marzo, la OIT estimó que se destruirían alrededor de 25 millones de empleos en todo el mundo debido a la pandemia. Solo un mes después, esta estimación ha aumentado hasta los 195 millones de personas que perderían su empleo entre abril y junio de este año. En contraposición, la crisis del año 2008 aumentó el desempleo mundial en 22 millones de personas. Los estudios realizados por todo tipo de organizaciones internacionales financieras calculan que la destrucción del PIB mundial será de entre un 3% y un 7%, mientras que en la crisis del 2008 fue de un 0,1%. Al margen de estimaciones, si hay algo en lo que todas estas instituciones coinciden es que estamos viviendo un colapso de la actividad económica sin precedentes, y que la incertidumbre hace que sea muy probable que se estén infravalorando los costes que se deriven de la pandemia.
El caso del petróleo es tremendamente paradigmático de la singularidad de la situación. El 11 de abril la OPEP acordó una reducción histórica de la oferta del petróleo, disminuyendo la producción de petróleo cinco veces más que en la crisis del 2008, y, sin embargo, se tendría que haber recortado el doble para equilibrar la oferta con la demanda. El 20 de abril, el fantasma de la sobreproducción volvió a aparecer haciendo que el petróleo estadounidense rozase los -37 dólares por barril, alcanzando cotizaciones negativas, algo nunca visto en los mercados petrolíferos.
Las consecuencias de esta crisis se materializan también a través de la agudización de los conflictos entre los capitales nacionales. Las relaciones entre las principales potencias que ya eran tensas debido a las distintas guerras comerciales no harán más que agravarse ante el progresivo repliegue de los Estados. En este sentido, el cierre de las fronteras y la militarización de las mismas está siendo la tónica generalizada en todo el mundo. Conforme estas tensiones se intensifican, más débiles se muestran organizaciones internacionales como la Unión Europea, que en estas últimas semanas ha puesto de manifiesto cuáles son las contradicciones inherentes a ella que le hacen ser tan frágil. La Unión Europea es una asociación enormemente artificial porque agrupa a distintos Estados con desarrollos desiguales y necesidades diferentes bajo una misma organización política y una misma moneda. Establece una ilusoria persecución de idénticos propósitos, mientras que el choque de intereses entre naciones es una cuestión plenamente irrenunciable para el capitalismo. Por un lado, el propósito de la Unión es perseguir el desarrollo económico de todos los países que lo componen, pero, por otro lado, las limitaciones de sus propios mecanismos imposibilitan dicho desarrollo.
A pesar de la excepcionalidad y la gravedad que comprende la situación que vivimos, las soluciones que se proponen alrededor de todo el mundo son irremediablemente estériles. La principal arma de la que disponen los Bancos Centrales para determinar la política monetaria de cualquier país es la fijación de los tipos de interés oficiales, es decir, el precio del dinero. Cuando, por ejemplo, el BCE necesita estimular la economía, reduce los tipos de interés de referencia para que el dinero sea más barato, esto provoca que sea más asequible pedir préstamos y aumente la inversión y el consumo. Sin embargo, conforme estos intereses se van acercando a cero, su capacidad de maniobra se va agotando. De modo que cuando los Bancos Centrales pierden una de sus herramientas más potentes, como lo es el precio del dinero, solo les queda hacer arreglos con la cantidad del dinero que circula en la economía.
En este sentido, la Expansión Cuantitativa (Quantitative Easing) es una de las estrategias que más se han utilizado durante estos últimos años para tratar de estimular la economía. El objetivo de la EC es inyectar liquidez, es decir, aumentar la oferta monetaria a través del incremento de las reservas del sistema bancario mediante la compra de activos financieros, principalmente bonos, tanto públicos como privados. La compra masiva de bonos provoca un aumento de la demanda de los mismos, que se traduce en un incremento del precio, e inversamente la rentabilidad disminuye. Es decir, su finalidad es estimular la economía inyectando dinero en el sistema financiero para bajar los tipos de interés de los activos que compra. Los tipos de interés representan el riesgo que comportan estos activos. Por tanto, a través de su bajada, la EC pretende influir en la percepción del riesgo con el objetivo de alentar a los inversores a que sigan invirtiendo. Este proceso que puede resultar algo complejo se entiende más fácilmente si se dice que consiste en crear dinero de la nada, cuya única base es el aire para influir en las expectativas de la economía. La primera vez que se puso en práctica la EC fue en el año 2001 en Japón, con la crisis del año 2008 ganó relevancia en Estados Unidos, y el BCE comenzó a usar este mecanismo en el año 2015 y no lo abandonó hasta 2019, para finalmente, reactivarlo nueve meses después. Si bien esta política se define como “no convencional”, lo cierto es que su uso cada vez se prolonga más en el tiempo y está más generalizado. La llegada de la crisis producida por la pandemia ha significado el reforzamiento de esta política en Europa, Estados Unidos y Japón, pero también ha provocado la introducción de programas de compras de activos en países como Canadá, Sudáfrica, Filipinas, Colombia o Chile, entre otros. A esto, hay que sumarle que, por primera vez, tanto la Reserva Federal como el BCE han incluido dentro de estos programas de compra de activos, la adquisición de bonos basura e incluso han abierto la puerta a comprar deuda de empresas con calificaciones más bajas.
La compra masiva de deuda por parte de los Bancos Centrales (EC) es la principal solución que ofrecen los distintos Estados en un momento en el que el nivel de deuda en todo el mundo alcanza el 322% del PIB de todo el planeta. Asimismo, el FMI prevé que los Estados de todo el mundo se enfrenten a un incremento de la deuda pública que estima en un 23%. En resumidas cuentas, lo que los distintos gobiernos de alrededor de todo el mundo nos intentan decir es que, por un lado, van a emitir más deuda pública, y, por otro lado, los Bancos Centrales van a crear dinero para fomentar su compra.
Si algo tienen en común todas estas soluciones es que son las mismas que se proponen a lo largo de todo el arco político de derecha a izquierda. Desde los gobiernos más liberales hasta los más socialdemócratas están de acuerdo en una cuestión determinante para nuestro futuro: más deuda. En este sentido, es paradigmática la discusión que se ha dado en el seno de la Unión Europea entre los países del sur y el norte. Mientras que el sur pide mutualizar la deuda y compartir el riesgo para financiarse a un menor coste, el norte opta por facilitar ayuda en forma de préstamos. Por tanto, la discusión gira en torno al riesgo que comporta la deuda, al interés que debemos de pagar por ella, asumiendo que la deuda es tan necesaria para la vida como el agua. Esta pandemia nos descubre de nuevo que el capitalismo es incapaz de resolver las crisis que surgen porque solo puede posponerlas, que es irrelevante la ideología política del gobierno de turno porque no pueden sino ofrecernos miseria una vez más.
Asumir como soluciones a esta crisis la deuda pública y el dinero sin valor conlleva a que se refuerce irremediablemente el carácter ficticio de la economía. Este capital ficticio disfrazado de nuevo remedio está muy lejos de ser nuevo, como revela el desarrollo histórico del capitalismo. El castillo de naipes que ha ido construyéndose gracias al capital ficticio prosigue su levantamiento cada vez a un ritmo mayor, incapaz de reconocer que cuanto más alto, más frágil es. Y es que, además de no ser nuevo, tampoco es un remedio, ya que su única utilidad es la de posponer y acrecentar el conflicto hasta que este sea insostenible. En palabras de Marx, el capitalismo nunca resuelve sus contradicciones, sino que las eleva a una escala superior y las reproduce a una escala ampliada.

30 de junio de 2014

[argentina] NUEVO MATERIAL DE DIFUSIÓN: ¡LIBERTAD A LOS PETROLEROS DE LAS HERAS!

Recibimos y Difundimos:

Una reciente publicación de información y agitación titulada ¡LIBERTAD A LOS PETROLEROS DE LAS HERAS! El material consta de los siguientes artículos: La miseria petrolera; Los petroleros se organizan; La burguesía responde; La condena y Más allá de los petroleros de Las Heras.

El texto se encuentra disponible en la web para su lectura, así como para imprimir en formato de hoja A3 y A4.

Tambien está disponible el video proyectado en la jornada de difusión realizado en Rosario: aquí.

¡Contra el Estado y sus cárceles!

27 de mayo de 2014

REFLEXIONES CRÍTICAS Y RADICALES ALREDEDOR DEL PROBLEMA DEL PETRÓLEO


(A propósito del “día anti-Chevrón” y del Yasuní-ITT) [1]


 
Llaman progreso a su más obvia destrucción,
cambiando bosques por cemento.
Cultura Profética

El movimiento ecologista es la respuesta burguesa ante esa
degradación generalizada de todas las condiciones de vida.
Grupo Comunista Internacionalista

Marx dice que las revoluciones son la locomotora de la historia universal. Pero tal vez ocurra con esto algo enteramente distinto. Tal vez las revoluciones son el gesto de agarrar el freno de seguridad que hace el género humano que viaja en ese tren.
Walter Benjamin


Si bien es cierto que lo que ha hecho y hace Chevrón (antes Texaco), una de las principales empresas transnacionales petroleras,[2] en todo el mundo (ecuador, nigeria, irak, argentina, rumania, venezuela, etc., etc.) es repugnante y condenable, el problema de fondo no es su impunidad por todos los desastres que ha causado, ni sus actuales proyectos de “fracking”, etc. Ni siquiera lo es el petróleo o la industria extractiva. Como ya hubimos de afirmarlo hace un par de años en una volante sobre la minería, el problema de fondo es el capitalismo y su progreso.

De hecho, pedirle a una empresa petrolera que no devaste y contamine la naturaleza, que no expropie a las comunidades locales, que no explote a sus trabajadores, que no especule en la bolsa de valores, que no soborne y que no mande a reprimir violentamente las protestas en su contra, es pedirle peras al olmo. Toda actividad extractiva, en particular, y toda actividad capitalista, en general, necesariamente tiene que hacer todo lo anterior para lograr su único objetivo, su razón de ser: lucrar, obtener ganancia. Eso sí, ganancia únicamente para las empresas y los estados, para nadie más. El progreso es progreso sólo para el capital, mientras que para el proletariado y la naturaleza sólo es miseria y muerte.

El caso Chevrón-Texaco en ecuador es la muestra incontestable de esta ley general y absoluta del modo de producción capitalista: en las provincias amazónicas donde operó durante décadas, mientras en el polo capitalista (extranjero y local) se acumulaba riqueza y poder, en el polo proletario (trabajadores y comunidades) se acumulaba miseria de todo tipo (despojo, empobrecimiento, falta de servicios, enfermedades, muertes, evangelización, clientelismo y asistencialismo, prostitución, violencia, etc.), con la connivencia del ejército, las iglesias, las ongs y las universidades. En realidad aquí y en todo el mundo, porque el capitalismo es mundial.

El gobierno capitalista, extractivista y neocolonial de la contrarrevolución ciudadana –y toda la opinión pública nacional e internacional que le hace seguidismo- miente hipócrita y cínicamente cuando condena “la mano sucia de Chevrón” mientras va a hacer prácticamente lo mismo en los campos petroleros ubicados en el Yasuní-ITT, esta vez en el marco de la “nueva era petrolera” y supuesta “soberanía energética” del ecuador, pero en realidad bajo relación de dependencia principalmente con transnacionales petroleras chinas.[3] No existe “petróleo responsable” (como tampoco existe “minería responsable”). El petróleo, como todo el capital, arrasa todo a su paso y derrama lodo y sangre por todos sus poros infectos. Y recalcamos: el tan cacareado ad náuseam progreso o desarrollo que traería consigo el petróleo –según el discurso del gobierno ecuatoriano[4]-, sólo es y será progreso o desarrollo para las empresas y los estados, mientras que para el proletariado y la naturaleza sólo es y será miseria y muerte. Los hechos de los próximos años confirmarán esta afirmación.

Ahora bien, ¿por qué el petróleo? ¿Por qué éste se ubica –nuevamente- en el ojo de la tormenta global? Porque la energía es “la sangre de la economía”, siendo que el capitalismo es la dictadura de la economía sobre la humanidad y la naturaleza, y que el petróleo aún sigue siendo la principal fuente de energía. Por eso es que el petróleo es una industria histórica y mundial (capitaneada hasta ahora por ee. uu.), y por eso es que ha habido tantas alianzas[5] y sobre todo tantas guerras internacionales por el petróleo, p. ej. en medio oriente, así como también por el gas natural, otra importante fuente de energía para la economía mundial.[6] Hoy en día, en el contexto de crisis capitalista general e internacional en el que nos encontramos –de la cual la crisis energética es una de sus aristas-, la punta de lanza del capitalismo mundial es, tiene que ser la industria extractiva en general, y el petróleo en particular. Es una cuestión de sobrevivencia para este sistema: dado que su tasa de ganancia ha caído y entonces hay sobreproducción no sólo de mercancías sino de capitales, es decir capitales que no están siendo productivos y que en vez de ganancias están generando pérdidas (algo inadmisible y terrorífico para los capitalistas), de la mano de la especulación financiera tienen que inyectarle a como dé lugar enormes cantidades de esta sangre negra que es el petróleo a la economía, para ver si así recuperan la tasa de ganancia o al menos para evitar que siga cayendo aún más. Pero el motor fundamental del capital no es éste, sino la explotación de la fuerza de trabajo humano, el trabajo vivo, única fuente creadora de valor y plusvalor. Sin trabajo asalariado no hay capital. Y resulta que el trabajo hoy en día también se encuentra en crisis, muestra de lo cual son los altos índices de desempleo mundial, precisamente porque como al capital sólo le interesa obtener ganancia mediante una mayor productividad y competitividad, tiene para ello que invertir en tecnología de punta y “desinvertir” en trabajo asalariado, es decir sustituir el trabajo de miles y millones de trabajadores por el de unas cuantas novedosas máquinas, robots, programas informáticos, etc.; trabajadores, pues, que son despedidos a la calle, engrosando así el ejército de proletarios excedentes o sobrantes y cada vez más pobres que entonces ya no pueden comprar las mercancías y, por tanto, ya no pueden valorizar al capital ni generar ganancias. Sin duda, se trata de un círculo vicioso y, a la larga, de una contradicción mortal de este modo de producción: sus soluciones a corto plazo se vuelven problemas más grandes -y graves- a mediano y largo plazos. Por esta razón, las guerras internacionales más que por el petróleo, el gas, etc., son guerras para eliminar físicamente a ese proletariado excedente (“lumpen” y población de los suburbios, desempleados, soldados, etc.) así como al proletariado en lucha e incluso insurrecto, es decir en el fondo siempre son guerras contra el proletariado: desde las guerras abiertas en medio oriente hasta las guerras “de baja intensidad” actualmente en la frontera este de ucrania y en las favelas de brasil, por tan sólo citar un par de ejemplos concretos.[7] No cabe duda que el capitalismo es el mayor genocida y ecocida de la historia. Es la civilización del petróleo y la esclavitud asalariada; del plástico y el fetichismo de la mercancía y el dinero; de la basura, la sobrevivencia y la muerte, sobre todo de la muerte: de hambre, enfermedad y/o a balazos, el capitalismo mata.

Pero incluso si se llegase a acabar el petróleo (combustible fósil no renovable), el capitalismo tiene otras fuentes potenciales y reales de energía: la energía nuclear, con todas las tragedias que ésta ha generado (recordemos chernóbil y fukushima) y que puede generar[8]; y, las llamadas “energías alternativas” o “limpias” -las cuales también forman parte de la “nueva matriz energética” y la “nueva matriz productiva” propuesta por el gobierno de correa-. Sobre éstas últimas, tan sólo decir que en realidad no son “ambientalmente responsables” o “alternativas” “amigables” con la naturaleza como se dice; sino que, por el contrario, dada la crisis ambiental o ecológica actual del capitalismo mundial, “el desarrollo sostenible [y sustentable] no es ni una utopía ni incluso una protesta, sino la condición de supervivencia de la economía de mercado”. (Cuadernos de Negación N° 8. Contra la razón capitalista, 2013.) Por un lado, el capitalismo jamás podrá variar o alterar su basamento: la explotación del proletariado y la depredación de la naturaleza. Y, por otro, con “energías alternativas o limpias” ni siquiera podría disminuir la contaminación o el “calentamiento global” por él mismo causado, puesto que “las proposiciones de un “desarrollo sostenible” [y sustentable] o de un “capitalismo verde” no pueden conseguir resultado alguno, pues presuponen que la bestia capitalista puede ser domesticada; es decir, que el capitalismo tiene la opción de detener su crecimiento y permanecer estable, limitando así los daños que provoca. Pero esta esperanza es vana: mientras continúe la sustitución de la fuerza de trabajo por tecnologías, en tanto el valor de un producto resida en el trabajo que representa, seguirá existiendo la necesidad de desarrollar la producción en términos materiales y, en consecuencia, de utilizar más recursos y de contaminar a mayor escala. Se puede querer otra forma de sociedad, pero no un tipo de capitalismo diferente del ‘capitalismo realmente existente’”. (Ídem.) Además, como ya lo dijimos arriba, los problemas resueltos o gestionados por el capital-estado a corto plazo serán más grandes y fuertes en el mediano y largo plazos.

El ecologismo es harina del mismo costal, ya que no es más que un falso crítico y agente solapado del mismo capitalismo. En el caso de Chevrón y del Yasuní, los discursos que van desde exigir “justicia internacional” y “pagar la deuda ecológica”, hasta plantear “otro modelo de desarrollo” (cuya propuesta acaso más “original” y elaborada sea el tal “plan C”[9]) vía “consulta popular” como lo hace “Yasunidos” en ecuador, lo cual no pasa de ser una expresión de reformismo demócrata pequeñoburgués, de socialdemocracia en versión ecologista. Además con la ilusión de que así pueden “salvar a la Amazonía” y que “el Yasuní depende de ti” (de tu firma). Frente a lo cual, reiteramos una vez más que el progreso o el desarrollo sólo es y puede ser de carácter capitalista. Mientras que, como ya lo afirmamos en una reciente ocasión, la democracia es el modo de ser y de funcionar de la sociedad mercantil generalizada, es la dictadura del capital sobre el proletariado. Es decir, el capitalismo es progresista y democrático por excelencia. Por lo tanto, por un lado, cualquier modelo de desarrollo o de progreso sólo puede ser capitalista: el capitalismo, aunque se vista de “verde” o de “ecológico” y hasta de “indigenista”, capitalismo se queda; y, por otro lado, participando dizque como una “forma de presión” y “críticamente” en las instancias y mecanismos democráticos no se hace más que legitimarlos y reforzarlos. La democracia, o sea la dictadura del capital, en ecuador no está “en extinción” sino más fuerte, y los “Yasunidos” contribuyen a ello, por más que se quejen de sus trampas y “faltas de garantías”, etc. En fin, estos intelectuales-activistas “alternativos” de “nueva izquierda” (“marxistas ecologistas” incluidos) no cuestionan ni combaten el progreso ni la democracia –pilares del capitalismo-, sólo quieren reformarlos y humanizarlos, mejor dicho, “yasunizarlos”. Son agentes “verdes” del capital-estado, del enemigo del proletariado.

Igual de perdidos, ilusos y reaccionarios son los ecologistas que creen que se puede “aportar con un granito de arena” al dejar de consumir tanto plástico y demás derivados del petróleo, movilizarse en bicicleta, “ahorrar energía”, llevar un “consumo responsable”, “dejar una huella ecológica menor”, etc., etc., como si el problema real fuera el modo de consumo y no el modo de producción, cuando en realidad es éste el que determina a aquél, y como si la contaminación de las personas fuera comparable con la contaminación de las empresas; es decir, los que, so pretexto de “el medio ambiente”, quieren que el proletariado sea aún más austero y por tanto aún más miserable de lo que ya es, con lo cual el ecologismo ni siquiera le hace cosquillas al capitalismo sino que más bien le hace un gran favor.[10] Como siempre y sin duda entonces, el ecologismo es la respuesta burguesa a la catástrofe ecológica del mismo capital, ya que nunca ataca sus causas sino sólo algunos de sus efectos, parcializando y desviando así la lucha del proletariado de lo fundamental: la producción mercantil de valor y la explotación capitalista sobre el proletariado y la naturaleza, cuya base es la propiedad privada y el trabajo asalariado, y cuyo guardián es el estado; es decir, lo desvía de la lucha de clase contra el capital y el estado, y a favor de sus necesidades y de la vida. Por lo tanto, reafirmamos que “en una época en la cual los efectos devastadores de la producción mercantil provoca muertes cada vez masivas por desertificación, deformaciones físicas irreversibles o enfermedades incurables por contaminación ambiental,... la rebeldía proletaria contra el sistema se seguirá desarrollando y el desarrollo de la misma encontrará en los ecologistas de todo tipo un obstáculo más que deberá barrer para imponer su revolución.” (GCI, 1989: Tesis de Orientación Programática, N° 39d.)

Ya escuchamos los tartosos graznidos de “ortodoxos”, “extremistas”, “infantilistas”, o de “eurocentristas”, “especistas”, o la típica de “sólo critican y no proponen nada”, como “respuestas” a nuestras críticas anteriores. Nos tienen sin cuidado. No debatimos ni debatiremos con pseudorevolucionarios y reformistas, que son parte del enemigo. Los proletarios revolucionarios, de aquí y de todas partes, criticamos tanto teórica como prácticamente al capitalismo mundial de manera radical –esto es, desde su raíz o fundamento- y en cualquiera de sus formas históricas y regionales. Así pues, el “socialismo real” (mal llamado “comunismo”) nunca dejó de ser capitalismo[11] porque jamás abolió ni superó los fundamentos y relaciones sociales capitalistas, además que se basaba en el industrialismo destructor de la naturaleza y en la ideología del progreso. El “socialismo del siglo xxi” o “neodesarrollismo” extractivista, con todas las diferencias formales que pueda y diga tener del anterior, en esencia es lo mismo: capitalismo puro y duro. Y el ecologismo, en cualquiera de sus versiones, es el “nuevo movimiento social” de oposición progresista que necesita la democracia para reproducirse y mantenerse en este campo: es la izquierda verde… del capital. En suma, todos ellos son diferentes tentáculos mohosos de la misma bestia capitalista. ¿Entonces? ¿Cuál es la solución? “Sólo la revolución proletaria y comunista, en la medida que liquida los fundamentos de la contaminación generalizada, las causas de la destrucción de todos los medios necesarios a la vida verdaderamente humana de la especie [y a la vida de todas las especies], constituye la alternativa válida a la barbarie de la actual civilización.” (Ídem.)

En realidad, las verdaderas catástrofes en el mundo no son naturales sino sociales, las que produce y reproduce esta sociedad siempre a costa y en contra de los proletarios (p. ej. en el último terremoto e incendio en chile). Mejor dicho, el capitalismo es catástrofe; el progreso es catástrofe. Y hoy en día, esta catástrofe es generalizada y más evidente y grave que nunca: la crisis mundial actual no sólo es económica sino también ambiental o ecológica, a lo que se suma la amenaza latente de una nueva guerra mundial, de manera tal que el capitalismo nos está conduciendo directo a la autodestrucción planetaria y como humanidad.[12] En consecuencia, sólo una revolución que destruya y supere al capitalismo podría parar o evitar este potencial mega-suicidio. Si no hay revolución social, a la larga desapareceremos del mapa... del universo. Por lo tanto, la revolución proletaria mundial es la única opción que tenemos –o tendremos- para sobrevivir y vivir como especie y como planeta. (Pareciese que hasta la misma naturaleza pidiese a gritos la revolución total.) Es y será una cuestión de vida o muerte no más. ¿“Socialismo o barbarie”? Ya no, porque ya estamos inmersos en la barbarie propia de la civilización capitalista. ¿Entonces? ¡Comunismo o Muerte!

Pero la revolución comunista será antiprogresista, antidesarrollista o no será. No se trata de mantener y transformar “revolucionariamente” el “lado bueno” o los “aspectos positivos” del progreso (fuerzas productivas, avances tecnológicos, nuevos productos, etc.): eso ya lo hizo y lo sigue haciendo la contrarrevolución capitalista disfrazada de “socialista” y hasta de “comunista”, y por eso estamos en el nivel tan avanzado de catástrofe en el que estamos. Como aciertan en decir unos compañeros internacionales: El progreso es un cáncer que se expande, mata la tierra y por ende, nos mata a nosotrxs. No tiene un “lado bueno” el cual podamos ocupar para emanciparnos como se creía a principios de la modernidad, incluso por los revolucionarios. Su lógica requiere siempre abrir cerros, estupidizarnos con sus nuevos chiches tecnológicos, envenenar el agua y la tierra, cosificar todo a su paso, constituir rutinas y alienarnos para servirle... Muchas y muchos creemos que esta sociedad está construida sobre falsedades y cimientos podridos. Y sobre éstos no se puede levantar algo nuevo pues cederá prontamente. Todo está por construir.” (8 tesis críticas sobre las últimas catástrofes en chile, 2014.) Sobre el problema del petróleo, nosotros precisaremos diciendo que los proletarios deberíamos "golpear donde le duele" al capitalismo mundial actual: interrumpir abruptamente o sabotear la industria del petróleo y en general toda industria extractiva, así como todo megaproyecto, teniendo claro que "la lucha contra los megaproyectos es una lucha contra el capital." (Por la tierra y contra el capital, 2014.) Es más, deberíamos interrumpir abruptamente o sabotear para siempre el progreso mismo (como lo han hecho algunos proletarios en épocas pasadas, y como hoy lo siguen haciendo -o tensionan por hacerlo- otros proletarios en varias partes del globo). Agarrar y jalar el freno de esta gran locomotora suicida, parafraseando a Benjamin. Precisando -y rematando- aún más: el problema del petróleo devela que la solución a un problema radical sólo puede ser radical, que la solución sólo puede ser la revolución total. Por lo tanto, nosotros no queremos sólo un mundo sin petróleo, sino un mundo sin capitalismo: el comunismo, el verdadero comunismo.

Al igual que Marx (cf. sus Manuscritos económico-filosóficos de 1844, en especial el capítulo “Propiedad privada y comunismo”), nosotros estamos convencidos que sólo el comunismo, sobre la base de la abolición de las clases sociales y de la división entre ciudad y campo, reunificará o reconciliará a la humanidad consigo misma y por tanto a la humanidad con la naturaleza. Al abolirse la explotación del hombre por el hombre, se abolirá también la explotación de la naturaleza por el hombre. Y es que los seres humanos también somos naturaleza, de manera que “el comunismo es, como completo naturalismo = humanismo, como completo humanismo = naturalismo; es la verdadera solución del conflicto entre el hombre y la naturaleza, entre el hombre y el hombre, [...] es la plena unidad esencial del hombre con la naturaleza, la verdadera resurrección de la naturaleza, el naturalismo realizado del hombre y el realizado humanismo de la naturaleza.” (Ídem.). A diferencia radical del “socialismo real” y del “socialismo del siglo xxi”, es impensable entonces el petróleo, la minería, etc. en el comunismo. Pero a diferencia de las variopintas propuestas ecologistas existentes, tampoco se trata de volver a un idílico pasado primitivo ni de crear una realidad aislada y paralela a esta (tipo “ecoaldeas”): utopías reaccionarias ambas. Se trata ni más ni menos de abolir, mediante la revolución y la dictadura proletarias, las condiciones que hacen posible la explotación humana y de la naturaleza, las catástrofes sociales, los sufrimientos innecesarios, para que la actividad humana no vuelva a ser organizada como trabajo, para que la producción material se decida según las necesidades humanas y de la vida en general y ya no según la ganancia, la cual ciertamente dejaría de existir. Organizando, usando y disfrutando de manera común, conciente y sensata tanto nuestras capacidades como lo que nos provea la naturaleza, respetándola y siendo recíprocos con ella. Construyendo nuevas relaciones de cooperación libre, solidaridad, complementariedad y transparencia entre los seres humanos y, como diría Dauvé... entre los animales-humanos y los animales-no humanos y demás seres. “El comunismo debe ser, entre otras cuestiones, la construcción social de un nuevo equilibrio del ser humano con el resto de la naturaleza.” (Cuadernos de Negación N° 8.) Todo lo cual no excluiría ni la contradicción ni el conflicto incluso violento, sino que lo humanizaría y lo resolvería como comunidad –en el caso de los humanos, claro está-. Porque el comunismo no será el paraíso en la tierra, sino una comunidad humana-natural real y mundial. Ni más ni menos. Y a estas alturas de la historia, será ésto o perecer para siempre.

Para ello no existen fórmulas o recetas ni tampoco será de la noche a la mañana, obviamente. De lo que sí estamos convencidos es que sólo existe una vía para lograrlo, para parar en seco y cortar de raíz la catástrofe del progreso o la barbarie de la civilización capitalista: la acción directa y autónoma del proletariado contra el capital y el estado, la lucha de clases revolucionaria, la revolución comunista mundial, cuyo fundamento invariante es la abolición de la propiedad privada, el trabajo asalariado[13], las clases sociales, el estado, las cárceles, las naciones, el mercado mundial, las leyes, las ideologías, las religiones, las guerras... Esto no es utópico. Es posible y, sobre todo, es necesario –inclusive urgente- porque, como dijimos arriba, la revolución social es y será una cuestión de vida o muerte para la humanidad y el planeta. Y su prefiguración o anticipación en actos ha estado y está siempre presente –aunque invisibilizada o distorsionada- en las acciones y relaciones que se tejen en las luchas proletarias no sólo contra la explotación petrolera, sino contra el capital y su estado en general. Allí están las acciones directas y autónomas (piquetes, huelgas, ocupaciones, sabotajes, lucha armada...) del proletariado contra la industria del petróleo y las fuerzas represivas estatales en irak, nigeria, perú, argentina en los últimos años para demostrarlo [14], así como para servirnos de fuente de inspiración y aprendizaje para las presentes y futuras luchas en este campo. En cualquier caso, y por el momento, quedan claras dos lecciones: hay que golpear donde le duele al capitalismo, y hay que hacerlo de manera directa, autónoma y radical.

Pero mientras el proletariado no actúe, no luche de esa manera -que es como lo determina nuestro ser de clase-, y entonces mientras no sea una fuerza social, histórica e internacional real, el capital seguirá su carrera catastrófica y suicida. En este caso concreto, Chevrón seguirá haciendo de las suyas en todo el mundo, mientras que aquí el petróleo del Yasuní se explotará de todos modos, así como también se llevarán a cabo los otros “proyectos estratégicos” del actual gobierno o las otras patas de la misma mesa (minería, hidroelectricidad, proyectos multipropósito, exploración marítima de gas natural, petroquímica, siderúrgica, astilleros, etc.). E, indefectiblemente, con los años también se desarrollarán y profundizarán las contradicciones intrínsecas a todo este progreso. Se acumularán y estallarán entonces no sólo como “conflictos ambientales” sino como conflictos sociales. Y, como estamos en un contexto de catástrofe y de sobrevivencia para esta sociedad toda, se agudizará el conflicto, el antagonismo de clases: el capital-estado desnudará su verdadero rostro depredador y asesino (seguirá comprando a la gente con migajas y baratijas, pero sobre todo reprimirá sanguinariamente a diestra y siniestra), y el proletariado tendrá que aprender al calor de la misma lucha a responder a estos ataques sin intermediarios ni representantes (gobiernos, partidos, sindicatos, ongs, iglesias, etc.), sin medias tintas ni concesiones, buscando reivindicar e imponer socialmente sus necesidades –y las de la Tierra- sobre las necesidades del capital. En esta guerra de clases, que de latente o velada algún momento pasará a ser abierta –como ya lo es en algunas regiones o al menos en algunos países-, en esta densa a la vez que incierta turbulencia histórico-social, será, por un lado, que el proletariado ha de reemerger, recomponerse y fortalecerse como clase, como sujeto y como poder autónomo; y, por otro lado, será la fuerza la que, en última instancia, decida. Al fin y al cabo, los revolucionarios sabemos que el orden social existente sólo puede ser derrocado por la violencia. Estamos en guerra de clases, y el capitalismo es estructural y cotidianamente violento. Nos maltrata, agrede y mata a diario de múltiples formas. Por lo tanto, la revolución proletaria será violenta o no será. Más aún en las actuales condiciones de catástrofe generalizada donde la solución sólo puede ser total y radical: si no eliminamos al capitalismo, será el capitalismo el que nos eliminará. No nos cansaremos de insistir en que esto es y será una cuestión de vida o muerte. Pero sobre todo de vida, porque la revolución se hace –con amor y rabia- para conquistar y defender la vida, siendo que una de las condiciones para vivir de verdad es destruir lo que nos destruye. “Todo está por construir” dicen aquellos compañeros; pero, como bien acotan otros compañeros: “para vivir en armonía y comenzar una historia verdaderamente humana debemos destruir toda la organización social actual”, puesto que como nos enseñó Bakunin: “No puede haber verdadera revolución sin una destrucción arrolladora y apasionada, una destrucción beneficiosa y fecunda, pues sólo de ella nacen y surgen mundos nuevos.” (La Oveja Negra N° 16.) Destruirlo todo y de raíz, para poder construir un mundo verdaderamente nuevo: ya no un mundo de y para las cosas-mercancías (cuyo dios es el dinero), sino un mundo de y para las personas y los demás seres de la naturaleza. No un mundo de la sobrevivencia, sino un mundo de y para la vida.

La fuerza de los hechos confirmará la fuerza de estas afirmaciones, mejor dicho, de estas negaciones. El catastrófico progreso capitalista y la guerra de clases, tarde o temprano y de una u otra manera, llegarán a ese punto crítico y de no-retorno. Los proletarios revolucionarios, de aquí y de todas partes, hemos de prepararnos y de agitar para ello, para que la revolución social total, radical y mundial se vuelva posibilidad y para que ésta posibilidad se vuelva realidad.

proletarios revolucionarios

quito-ecuador, fines de mayo del 2014


[1] De entrada conviene decir que esta es sólo nuestra “primera entrega” sobre el tema porque, entre otras cosas, falta profundizar en información, datos, etc. Sin embargo, como bien dicen los compañeros Proletarios Internacionalistas: Por encima de todos estos aspectos secundarios, nosotros ponemos siempre por delante el contenido. Ante todo porque ni somos escritores [ni especialistas] ni pretendemos serlo, somos simplemente proletarios revolucionarios utilizando los medios que consideramos necesarios en la lucha contra el capital.” De modo que, sobre este y sobre cualquier otro tema, lo fundamental –e invariante- es y será la posición clasista y revolucionaria expresada.  

[2] Otras son: Exxon Mobil, Shell, Total, Sun Oil, British Petróleum, British Gas, Agip, CNPC-PetroChina, Gazprom (rusia), Petrobras (brasil), Repsol-YPF (españa/argentina),... 

[3] Lo cual para nada es en vano: uno, porque china, junto con superexplotar a miles de millones de trabajadores, tiene que devorar petróleo, carbón y gas natural a diario para ser la potencia económica y geopolítica emergente y ascendente que actualmente es; y dos, porque este es uno de los síntomas de cómo china ya le está disputando la hegemonía mundial a ee. uu. en esta región. Los grandes proyectos hidroeléctricos, actualmente en marcha también en ecuador (p. ej. Coca Codo Sinclair), son otro ejemplo de lo mismo. 

[4] El presidente-patrón-tecnócrata-policía correa ha dicho que “no podemos ser mendigos sentados en un saco de oro”, es decir que el petróleo y la minería son progreso y traen beneficio para todos los ecuatorianos, y por ende que los que se resisten u oponen al progreso son “infantiles”, “atrasapueblos” y “terroristas”. La verdad es que el único y gran terrorista es el Estado capitalista y, por tanto, este gobierno. 

[5] Aquí nos referimos no sólo a la tradicional y famosa OPEP, sino a la no tan conocida y multimillonaria alianza petrolera entre el gobierno “socialista del siglo xxi” de venezuela y nada más y nada menos que... Chevrón de ee. uu. Más información aquí. 

[6] P. ej. la al parecer ya descartada guerra por el gas entre rusia y ucrania (en realidad entre rusia y sus aliados y ee.uu./u.e./ucrania), así como también el reciente “acuerdo energético” entre rusia y china, el cual no es un dato menor. Ambos hechos íntimamente relacionados, claro está. 

[7] Frente a lo cual la respuesta del proletariado revolucionario sólo ha sido, es y será una: internacionalismo proletario y derrotismo revolucionario, con acciones que van desde deserciones masivas de los ejércitos hasta boicots y sabotajes a la guerra, a los estados, a la economía. 

[8] Por cierto, como parte de su “nueva matriz energética”, el actual gobierno ecuatoriano tiene un proyecto de energía nuclear –de uranio- en el suroriente del país, “asesorado” por rusia. 

[9] En resumen, el “plan A” del gobierno era no explotar el petróleo del Yasuní-ITT siempre y cuando los estados y empresas del "primer mundo" compensasen económica y financieramente la mitad de lo que significaba ese "sacrificio" ($ 18 000 millones). El "plan B", que es el que está en marcha debido a que el "plan A" obviamente no funcionó, es explotar el petróleo del Yasuní-ITT para “salir del subdesarrollo y la pobreza”, en especial de esa zona de la amazonía ecuatoriana. Y el “plan C”, propuesta hecha por fuera del gobierno, sería no explotar el petróleo del Yasuní-ITT pero en cambio sí “superar el subdesarrollo y la pobreza”, además de "salvaguardar a los indígenas aislados" y a la naturaleza, mediante la "redistribución de la riqueza", del ingreso, en especial a través del cobro de mayores impuestos a los grupos económicos más poderosos del país y de otras políticas públicas redistributivas de carácter social. Es decir, el típico pero remozado -mejor dicho, reverdecido- discurso socialdemócrata, economicista y estatista de la redistribución de la riqueza, como si ése fuera el problema de fondo y no el modo de producción capitalista, las relaciones capitalistas de explotación y de clase, que sí es el problema fundamental o de fondo. Entonces, el “plan C” no es más que una ilusión o una utopía reaccionaria de izquierda que, además, le hace al juego al falso dilema “intelectual, político y ético” planteado por el gobierno de la contrarrevolución ciudadana al respecto. Al fin y al cabo, entre reformistas se entienden ó se debaten. Muy por el contrario, los proletarios revolucionarios no tenemos absolutamente nada que debatir con estos personajes, sino que sólo podemos criticarlos y combatirlos sin piedad como lo que en realidad son: izquierdistas del capital, socialdemócratas, contrarrevolucionarios. 

[10] Además ¿quién los financia, especialmente a las ongs ambientalistas? Aparte de sus pequeñoburguesas billeteras –de sus papis y mamis-, generalmente son financiadas por empresas tanto extranjeras como locales, muchas veces bajo la figura de “cooperación”, las que primer lugar buscan defender sus intereses o negocios (evasión de impuestos incluida), y luego darse un baño de conciencia ambiental, hoy tan de moda. 

[11] “Capitalismo de estado” dijeron y hasta ahora dicen algunos; nosotros, en cambio, afirmamos que capitalismo a secas, puesto que el capital y el estado son inseparables. 

[12] Para profundizar al respecto, recomendamos leer “Catástrofe y Revolución” I y II, Revista Comunismo N° 58 y N° 59 del GCI, respectivamente. 

[13] La actual catástrofe ecológica mundial ha sido producida por el capitalismo, y el capitalismo se basa en el trabajo asalariado. Por consiguiente, para acabar con tal catástrofe hay que abolir fundamental y principalmente el trabajo asalariado, mediante la dictadura revolucionaria del proletariado. Véase el punto n° 8 de Nuestra (auto)crítica del trabajo. 

[14] Sobre estas luchas en irak y medio oriente puede verse “Guerra, capital y petróleo. Textos sobre Oriente Medio (2001-2009)”; en nigeria, “Delta en revuelta. Piratería y guerrilla contra las multinacionales del petróleo”; en perú, “Imponente desarrollo de las luchas proletarias en Perú“ (Comunismo N° 60); y, en argentina, “¡Libertad a los petroleros de Las Heras!”. Por su parte, en las protestas sociales que tuvieron lugar en el oriente ecuatoriano en 2006, 2009 y 2011, a pesar de sus limitaciones y contradicciones, así como a pesar de que fueron o cooptadas o reprimidas por el Estado, también hubo atisbos de este tipo de lucha proletaria.