23 de noviembre de 2018

Cuadernos de Negación N° 12: Crítica de la Autogestión


Contenido:

▪ Presentación
▪ Contra toda gestión del Capital
La gran ilusión: la autogestión
Perlas de la burguesía
▪ Argumentos en favor de la autogestión
Gallinas
▪ ¿Autogestión de la lucha?
Autogestión y lucha
Ideología de la producción 
▪ El ejemplo argentino
Carta al proletariado en Grecia
▪ El ejemplo español
Perla del autogestionismo libertario
▪ Contra la gestión de lo existente
Autogestión y democracia
¡Comunidad!
¡Comunismo!


***

«[L]a crítica a la propuesta (y la lucha) por una transformación gestionista de la sociedad es una tarea urgente. En estos últimos tiempos de breves revueltas es presentada como la salida más razonable. Lo hemos padecido en Argentina luego de los estallidos sociales del 2001, sabemos cómo en Grecia desde el 2008 y otras regiones parte del proletariado desesperado mira esa misma experiencia y quiere sacar lecciones para llevar adelante la autogestión pero «aprendiendo de los errores». En otros lugares, en cada momento de crisis, de cierre de lugares de trabajo, de desempleo, de escasez, de reagrupamiento en las calles, vuelve a deambular el cuerpo moribundo del capitalismo con el reluciente traje de la autogestión atrayendo tras de sí cientos y miles de proletarios, llevándolos a morir para continuar con vida.

No queremos apelar a presupuestos moralizantes que aseguren que los proletarios individuales son mejores y más honrados que los capitalistas individuales. El asunto es comprender que nuestras conductas están completamente determinadas por el modo de producción capitalista y que, por lo tanto, hay que acabar con este modo de producción que nos reproduce a imagen y semejanza.

El Capital domina hasta el más recóndito aspecto de la reproducción social y lo pone a trabajar para sí mismo. De esta manera, millones de proletarios no solo se sienten identificados con “su” trabajo sino que se enorgullecen de él. Y confunden sus necesidades con las del Capital, interiorizando de tal modo la relación social capitalista que incluso cuando quieren luchar contra lo que perciben los explota y oprime continúan reproduciéndolo.

El discurso dominante y la rutina capitalista cotidiana ha “integrado” a los explotados en tal grado que estos suponen resistir al comercio justamente comerciando. Muchos proletarios descontentos suponen luchar ¡mediante el trabajo, la producción de mercancía, la circulación de dinero, la valorización de la vida en general! Tal es así que, cuando criticamos el modo de producción capitalista en su fachada autogestionista, se sienten profundamente ofendidos y atacados. A tal nivel de fusión capitalista hemos llegado. 

Si nos disponemos a debatir abiertamente a la propuesta de la autogestión es porque hubo y hay espacios compartidos, no solo de lucha sino de mera subsistencia.

En dichos ámbitos, aunque no sea la regla, podemos encontrarnos proletarios en una sintonía común, con la intención, al menos incipiente, de cambiar la vida e integrar distintas esferas de la vida cotidiana que se hallan profundamente separadas. Aunque para cambiar la vida, evidentemente, no se trata de unir lo separado.

Naturalmente ningún oprimido puede oponerse a ganar algunos billetes para la supervivencia por fuera del trabajo bajo relación de dependencia, fuera de las órdenes de un jefe, sea como actividad principal o complementaria, solo o con más personas. Quienes hacemos esta publicación lo hemos hecho, lo hacemos y lo seguiremos haciendo. Pero del mismo modo que cuando trabajamos bajo un salario no reivindicamos el trabajo asalariado por ser el modo de subsistencia, o por ser la “escuela” de explotación y, por tanto del rechazo al trabajo; no podemos reivindicar la autogestión, ni las cooperativas, ni el trabajo denominado autónomo e independiente (de qué, nos preguntamos). Menos aún podemos aceptar que mediante el trabajo y la adaptación al sistema se lo esté combatiendo.

Luchemos contra la sociedad de clases para dejar de ser proletarios, para no organizarnos nunca más en torno a la mercancía, para no relacionarnos a través del intercambio, para no ser cosificados, para constituirnos en comunidad humana.

[…]

La sociedad plenamente autogestionada será quizás la última promesa que estaremos obligados a desechar el proletariado en un estadío avanzado en la lucha para dejar de serlo. Se nos presentará como la salida al Capital sólo para poder conservarlo, se nos presentará como comunidad para alejarnos de ella. Por lo tanto, es en la misma práctica social de la lucha que deberemos escoger entre autogestión de lo existente o comunismo, entre una sociabilización a través de la mercancía o comunidad humana.

Tras la coartada de un supuesto realismo y la exigencia de “propuestas concretas” se esconde un chantaje ideológico: la justificación para defender el orden existente. Del mismo modo que se trafica el conformismo en nombre del antisectarismo y el antidogmatismo. Lo real y concreto es la necesidad de acabar de una vez y para siempre con el capitalismo, sin sectarismo ni dogmas ni con sus falsas contestaciones. Nuestra lucha no es sectaria sino social y surge no de un dogma o un conjunto de principios detallados en una plataforma sino de estas condiciones materiales de existencia y la necesidad de suprimirlas.

En cada discurso conformista subyace una necesidad de garantías que expresa brillante, aunque tímidamente, la incapacidad de pensar más allá de lo existente. Ese más allá no es irreal, surge de este mismo mundo, de sus contradicciones, de la acción social revolucionaria. El reformista y conformista de hoy llamaría sectario y utópico a quienes en el pasado lucharon por lo que él hoy mismo defiende y supone eterno. El conformista ignora la historia. El conformista no reconoce fronteras entre su compromiso político y la forma que tiene de ganar dinero, es impotente para comprender que lo que suele expresarse discursivamente surge de razones materiales concretas. Piensa y actúa de acuerdo a sus propias razones comerciales. Es por esto que decimos que los autogestionistas y cooperativistas defienden el orden existente y se oponen a la realización de la comunidad humana cuando ponen su comercio por delante.

[…] Cuando expresamos la necesidad de destruir el Capital, hacemos referencia a un espacio físico y temporal, una relación social totalitaria donde la actividad humana se ha transformado en trabajo y este se ha abstraído y autonomizado, volviéndose una fuerza opresora contra nosotros mismos.

“El comunismo no suprime al Capital para devolver las mercancías a su estado original. El intercambio mercantil es un vínculo y un logro, pero es un vínculo entre partes antagonistas. Su desaparición no supondrá un retorno al trueque, esa forma primitiva de intercambio. La humanidad ya no estará dividida en grupos opuestos o en empresas. Se organizará a sí misma para planificar y usar su herencia común y para compartir obligaciones y disfrutes. La lógica del compartir reemplazará a la lógica del intercambio.” (Les Amis de 4 Millions de Jeunes Travailleur, Un mundo sin dinero)

[…]

Por eso cuando nos referimos a la revolución insistimos principalmente con su contenido social y en que no se trata de tomar este mundo tal cual está, desplazando a los “parásitos” como han mostrado la mayoría del marxismo y del anarquismo, por no hablar de ideologías ya completamente suscritas al orden dominante. Una revolución social debería poner en cuestión todo nuestro mundo desde el primer momento, y no solo luego de un indefinido período de transición. Contra eso el movimiento revolucionario debe imponer medidas abiertamente comunistas en lo inmediato, “no solo por el propio mérito intrínseco de tales medidas, sino también como forma de destruir las bases materiales de la contrarrevolución. Si después de una revolución se expropia a la burguesía pero los trabajadores siguen siendo trabajadores que producen en empresas separadas y dependen de su relación con su lugar de trabajo para subsistir y seguir intercambiando con otras empresas, entonces importa muy poco que ese intercambio sea “autogestionado” por los trabajadores o sea dirigido de forma centralizada por un “Estado obrero”: el contenido capitalista seguirá ahí, y tarde o temprano el papel concreto o la función de capitalista se reafirmará. Por el contrario, la revolución como movimiento comunizador destruiría (dejando de constituir y de reproducirlas) todas las categorías capitalistas: el intercambio, el dinero, la mercancía, la existencia de empresas separadas, el Estado y –lo más fundamental de todo— el trabajo asalariado y la propia clase trabajadora.” (Endnotes, nro. 2, Comunización y teoría de la forma–valor)»

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